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El efecto climático de las erupciones volcánicas que arrojan SO2 y CO2 a la atmósfera es complejo. El dióxido de azufre (SO2) se oxida a SO3 y acaba formando gotitas de ácido sulfúrico (H2SO4) que amarillean y oscurecen el cielo, haciendo sombra y enfriando la superficie (ver forzamientos). Por el contrario, el dióxido de carbono (CO2) es transparente a la luz solar (flechas amarillas) pero opaco a la radiación infrarroja terrestre (flechas rojas), por lo que calienta el aire y la superficie (ver flujos de energía). Tras una erupción importante, la troposfera tiende a enfriarse en una primera fase por el efecto preponderante del SO2. El enfriamiento puede durar uno o dos años, dependiendo de la altura que alcanzan los gases y del contenido de SO2. Luego, en una segunda fase, los aerosoles de azufre sedimentan y, si la erupción contiene también CO2, este gas puede quedar en el aire durante mucho más tiempo, calentándola. Los aerosoles volcánicos juegan también un papel importante en la evolución del ozono estratosférico |
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