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Variabilidad
térmica durante la Ultima Glaciación
A lo largo
de la glaciación, el enfriamiento no se produjo de forma uniforme,
sino que existieron episodios milenarios de agudización del frío,
denominados estadiales. Al final de los estadiales se producían
a veces en el Atlántico Norte grandes derrumbes hacia el mar
de flotillas de icebergs procedentes de los mantos continentales, llamados
eventos Heinrich. El frío
de los estadiales era interrumpido luego por períodos de brusco
calentamiento, llamados tradicionalmente interestadiales, o bien, en
terminología más moderna, eventos de calentamiento Dansgaard-Oeschger.
En estos interestadiales las temperaturas continentales y marinas eran
muy superiores a las de los estadiales y, a veces, en períodos
cortos seculares, casi alcanzaban las de los interglaciales. Al parecer
se sucedían, con intermitencias, en ciclos de unos 1.470 años
(Rahmstorf, 2003) que algunos investigadores relacionan con los ciclos
solares de Gleissberg y de DeVries (Braun, 2005).
Se ha comprobado
que estas variaciones afectaban no sólo al Atlántico y
a mares adyacentes como el Mediterráneo (Martrat, 2004), sino
también a lugares muy alejados de él. Parece, por ejemplo,
que los interestadiales atlánticos (señalados en los hielos
de Groenlandia) coincidían con una mayor intensidad de los monzones
asiáticos (Schulz, 1998). Análisis de la composición
isotópica de la calcita de estalactitas de cuevas dispersas por
el mundo y alejadas entre sí, como en Israel (Soreq), China (Hulu),
y el Océano Indico (Socotra) atestiguan también esta fuerte
variabilidad (Genty et al, 2003; Burns et al., 2003).
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Esta
variabilidad climática durante la Ultima Glaciación podía
estar motivada por rápidos cambios en el tamaño de los grandes
mantos de hielo del hemisferio norte, lo que a su vez provocaba variaciones
en la circulación atmosférica y océanica, especialmente
en el Atlántico Norte (Dokken,1999) (Schmittner, 2002). Además
se producían importantes variaciones del nivel del mar que según
estudios coralinos podían ser de hasta 35 metros (Thompson, 2005).
También es muy posible que acumulaciones y fusiones sucesivas de
hielo de los mantos produjeran cambios en la salinidad de las aguas, lo
que también acababa afectando a todo el sistema de corrientes termohalinas
(Clark, 2002). En efecto, existen pruebas bastante consistentes de que
las temperaturas y las corrientes del Atlántico Norte eran durante
la glaciación muy diferentes de las actuales. La Corriente del
Golfo se debilitaba y su influencia no llegaba a las latitudes superiores
a 45ºN. La masa de agua polar avanzaba hacia el sur y su borde meridional
se extendía en paralelo desde la costa nordeste de Estados Unidos
hasta la Península Ibérica. Es decir, a diferencia de lo
que ocurre en la actualidad, el norte del Atlantico quedaba fuera de la
influencia del agua subtropical. Por lo tanto, el Atlántico ejercía
una efecto moderador sobre el clima de Europa mucho menor.
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Los
desplomes de hielo del manto Laurentino, que al derretirse en el océano
desalinizaban las aguas del Atlántico Norte, podían modificar
no sólo las corrientes marinas termohalinas sino también
provocar modificaciones en el flujo de vientos de las latitudes medias
y altas. Según un modelo de McAyeal, el manto Laurentino experimentaba
repetidos períodos de crecimiento, llegando a superar el espesor
de hielo los 3.000 metros en los tiempos más fríos, seguidos
de períodos de rápida descarga tras los cuales la altura
del domo se reducía en más de mil metros (Mc Ayeal, 1993).
Estas variaciones topográficas hacían que se modificase
sensiblemente la trayectoria de los vientos del oeste, afectando no sólo
al Atlántico sino también al Pacífico. Se modificaba
la posición y fuerza del anticiclón subtropical del Pacífico
Norte, y la circulación oceánica de aquella región.
De hecho, durante los últimos 40 ka, las rápidas fluctuaciones
en la costa de California de la abundancia del foraminífero de
aguas polares N.Pachyderma (s), indicador de agua frías, son señal
de bruscos avances y retrocesos hacia el sur de las aguas polares del
Pacífico Oriental (Thunell, 1995).
la erupción
del Toba
Hay que señalar por último que durante el comienzo de la
segunda parte de la glaciación, hacia el 73,5 ka, se produjo la
erupción volcánica de mayor magnitud ocurrida en los últimos
cien milenios, la del Toba, en el norte de Sumatra. Sus cenizas han sido
identificadas en estratos marinos que distan miles de kilómetros
del lugar de la erupción. Lanzó a la atmósfera unos
mil millones de toneladas de polvo volcánico y de gases sulfurosos.
Los vulcanólogos calculan que las explosiones debieron durar varios
días. Se calcula que multiplicaron por diez la potencia de cualquier
otra erupción habida en los últimos cien mil años.
Los gases sulfurosos llegaron con facilidad a la estratosfera, alcanzando
alturas de entre 27 y 37 km. Al cabo de unos meses la capa de suciedad
estratosférica debió esparcirse y cubrir todo el planeta.
En el sondeo GISP de los hielos de Groenlandia, se ha encontrado que en
aquellos años (los correspondientes a una profundidad de entre
2.000 y 2.500 m) aumentó enormemente la precipitación de
azufre. La capa de polvo, de vapor de agua y de gases sulfurosos en la
estratosfera debió aumentar el albedo terrestre y reducir significativamente
la luz del Sol, sumiendo a la Tierra bajo una duradera penumbra.
Es muy probable
que durante varios años descendiesen las temperaturas del Hemisferio
Norte entre 3ºC y 5ºC y que en las latitudes polares las temperaturas
veraniegas bajasen 10°C durante dos o tres años.
La erupción del Toba ocurrió cuando ya había comenzado
la última Glaciación, pero coincidió con un período
en el que el frío se agudizó: el paso del estadio isotópico
oceánico mis 5a al mis 4. Los parámetros de Milankovitch
favorecían de nuevo el crecimiento de los casquetes de hielo en
el hemisferio norte (insolación veraniega baja) y la erupción
del Toba quizás agudizó el proceso. Como consecuencia, se
produjo otro descenso del nivel del mar, que desde entonces hasta hace
unos 30 ka, se mantuvo más o menos unos 70 metros por debajo del
actual. Según Rampino pudo incluso ocurrir que la erupción
fuese consecuencia de la desestabilización litosférica producida
por un previo descenso del nivel del mar y que produjese una aceleración
del proceso de enfriamento (Rampino, 1992; 1993). |
referencias:
Braun, H. et al., 2005, Possible solar
origin of the 1,470-year glacial climate cycle demonstrated in a coupled
model, Nature, 438, 208-211
Burns J. et al. 2003, Indian Ocean climate and an absolute
chronology over Dansgaard/Oeschger events 9 to 13
Science, 301, 1365-1367
Clark P.et al., 2002, The role of the thermohaline circulation
in abrupt climate change, Nature, 415, 863-869
Dokken T. & Jansen E. 1999, Rapid changes in the
mechanism of ocean convection during the last glacial period, Nature,
401, 458-461
Genty D. et al. 2003, Precise dating of Dansgaard-Oeschger
climate oscillations in western Europe from stalagmite data, Nature, 421,
833-837
Martrat B. et al. 2004, Abrupt temperature changes in
the Western Medierranean over the past 250,000 years, Science, 306, 1762-1765
McAyeal D.R. 1993, Binge/purge oscillations of the Laurentide
ice-sheet as a cause of the North-Atlantic Heinrich events, Paleoceanography
, 9, 775-784
Rahmstorf S., 2003, Timing of abrupr climate change,
Geophysical Research Letters, vol 30, no 10, 17
Rampino M.R. & Self S. 1992, Volcanic winter and
accelerated glaciation following the Toba super-eruption, Nature, 359,
50-52
Rampino M.R. & Self S. 1993, Climate-volcanism feedback
and the Toba Eruption of 74.000 years ago, Quaternary Research, 40, 269-280
Schmittner A. et al., 2002, Instability of Glacial Climate
in a Model of the Ocean- Atmosphere-Cryosphere System Science, 295, 1489-1493
Schulz H. et al. 1998, Correlation between Arabian Sea
and Greenland climate oscillations of the past 110,000 years, Nature,
393, 54-57
Thompson W. & S. Goldstein, 2005, Open-system coral
ages reveal persistent suborbital sea-level cycles, Science, 308, 401-404
Thunell R.C. & Mortyn G. 1995, Glacial climate instability
in the Northeast Pacific Ocean, Nature, 376, 504-506
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