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El
Utimo Máximo Glacial.
1. magnitud del frío
y del hielo
2.
los mantos de hielo Laurentino y Finoescandinavo
3.
aridez glacial
4.
el viento
5.
excepciones húmedas en América y en Asia
Desde
hace 115 ka (115.000 años) y durante el transcurso de la glaciación,
el aire se fue enfriando progresivamente, aunque no de forma lineal.
El punto más frío se alcanzó hace unos 22 ka,
en el llamado Ultimo Máximo Glacial Entonces la temperatura
media global de la superficie del planeta llegó a ser unos
7ºC inferior a la del comienzo de la glaciación.
magnitud
del frío y del hielo
La magnitud del enfriamiento fue muy diferente según la latitud.
La bajada térmica fue mucho mayor en las latitudes altas que
en las bajas, y fue también mayor en el interior de los continentes
que en las costas. Así, en muchas partes del planeta, la temperatura
media pudo descender más de 15ºC. De recientes sondeos en Groenlandia
se deduce que la temperatura en el Ultimo Máximo Glacial era
allí, en Summit, 23ºC inferior a la actual, una diferencia
que es el doble, de la deducida, unos 10ºC, a partir de los estudios
isotópicos del oxígeno y del deuterio del hielo (Dahl-Jensen,
1998). Se calcula que la bajada de la temperatura media en el conjunto
de las tierras del hemisferio norte fue entre 5,7ºC y 8,7ºC.
En las tierras tropicales la bajada de temperatura media fue menor,
de unos 5ºC, aunque el cambio hidrológico y paisajístico
fue también considerable. En los períodos fríos
disminuyeron las precipitaciones y vastas extensiones de selva fueron
sustituídas por otras de sabana.
Con respecto al mar, la superficie oceánica se enfrió
por término medio entre 4ºC y 5ºC, y las aguas profundas se
enfriaron entre 1ºC y 2ºC. En las latitudes altas del Atlántico
Norte el enfriamiento del agua superficial pudo superar los 10ºC.
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Figura.
Diferencias de temperatura (en ºC) con respecto al presente de las
aguas superficiales del Atlántico Norte durante el Ultimo
Máximo Glacial (22 ka), en los meses de Agosto y Febrero,
según el proyecto CLIMAP realizado en 1976.
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La magnitud
del enfriamiento en los mares tropicales ha sido en las últimas
décadas tema de discusión. Las estimaciones de las temperaturas
superficiales basadas en el estudio isotópico de los foraminíferos,
que realizaron los miembros del proyecto internacional CLIMAP en 1976,
indicaban con respecto al presente un descenso térmico de tan
sólo unos 2ºC, e incluso un aumento de 1ºC y 2ºC en algunas
zonas del Pacífico subtropical. Sin embargo, una nueva reconstrucción
de las variaciones de los conjuntos de foraminíferos en los
mares tropicales indica un enfriamiento mayor, de entre 3ºC y 4ºC,
especialmente en las partes orientales del Oceáno Atlántico
y del Oceano Pacífico (Mix, 1999).
Durante el Ultimo Máximo Glacial, en el período comprendido
entre el 23 ka y el 19 ka, el total de los hielos acumulados en los
glaciares y en los mantos continentales alcanzó su mayor valor.
A medida que se acumulaba hielo en los continentes, se sustraía
agua de los océanos y en consecuencia descendía el nivel
de los mares. Cuando la acumulación de hielo continental fue
máxima, el nivel de los mares quedó entre 120 y 140
metros por debajo de la cota actual. De este modo, vastas extensiones
de las plataformas continentales, hoy emergidas, quedaron al descubierto,
con lo que los cursos bajos de muchos ríos seguían entonces
una trayectoria muy diferente y podían tener una desembocadura
muy alejada de la que tienen hoy día.
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Figura.
El descenso del nivel del mar hizo que la
región de Beringia, entre Siberia y Alaska, quedase emergida durante la
Ultima Glaciación, uniéndose los continentes de América y de Asia. Europa
en el Ultimo Máximo Glacial. El norte quedaba cubierto por los mantos de
hielo Finoescandinavo y Británico. Las tierras emergidas en el Mar
del Norte y en el canal de la Mancha unían Francia con Inglaterra.La
bajada del nivel del mar en el Ultimo Máximo Glacial (entre hace
unos 30.000 y 18.000 años) permitió que se uniesen con el
continente asiático las islas de Java,Sumatra y Borneo. Las islas del archipiélago
de Filipinas quedaron también reunidas por las tierras emergidas. Nueva
Guinea y Tasmania se unieron con Australia. |
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En el
hemisferio norte la glaciación supuso un enorme
cambio paisajístico. Durante los estadios más fríos,
los mantos de hielo y el suelo congelado (permafrost) ocupaban de
forma perenne, en invierno y en verano, 27 millones de kilómetros
cuadrados, es decir, un 40 % de las áreas continentales de
Norteamérica y de Eurasia. La cota más baja de las nieves
perpetuas de los sistemas montañosos estaba de media unos 900
metros por debajo de la actual.
En el hemisferio sur el aumento del área continental
cubierta de hielo no fue tan importante, pues el mar impedía
su expansión. En la propia Antártida, el volumen del
hielo durante la Ultima Glaciación parece que era muy poco
diferente al actual (Colhoun, 1992). En América —en los
Andes del Sur y en la Patagonia— así como en las montañas
de Nueva Zelanda, la cota de las nieves perpetuas descendió
unos 1.000 metros. Es interesante anotar que estudios polínicos
en Nueva Zelanda parecen indicar que allí las condiciones de
frío más intensas, es decir, el período del Ultimo
Máximo Glacial, comenzaron a darse antes que en el hemisferio
norte, entre hace 28 ka y 30 ka (Vandergoes, 2005).
En el
mar, durante las épocas de más frío de la Ultima
Glaciación, la superficie cubierta por la banquisa
de hielo marino era más amplia, tanto la del Artico,
que se expandía por el Atlántico Norte hasta el sur
de Islandia, como la que rodea el continente de la Antártida
(en la actualidad la extensión máxima de la banquisa
marina de hielo llega a cubrir el 13% de la superficie terrestre).
En el
Atlántico Norte, los icebergs provenientes del manto laurentino
eran llevados, por una circulación ciclónica diferente
a la actual, hacia el este, y bajaban hasta latitudes muy meridionales,
a la altura de la Península Ibérica. La frialdad de
las aguas, entre 5ºC y 10ºC más frías que las actuales,
ayudaban en su avance meridional, especialmente en invierno. El frío
intenso afectaba también al Mediterráneo. En la cueva
Cosquer, cercana a Marsella, cuya entrada se encuentra hoy sumergida
bajo el agua, los habitantes prehistóricos que vivieron allí
hace 20.000 años incluyeron en sus pinturas rupestres pingüinos
de una especie (pinguinus impennis) que posteriormente, durante el
Holoceno, solamente ha habitado el Atlántico Norte.
La banquisa antártica —que en la actualidad tiene una
extensión de unos 20 millones de km2, en invierno y de 4 millones
de km2 en verano, y un espesor medio de 1 metro— se expandía
considerablemente hacia el norte en invierno, aunque el paso de Drake,
entre la Antártida y América del Sur, nunca llegó
a congelarse, con lo que siempre existió la corriente oceánica
fría que circunvala y aísla aquel continente. En verano
la extensión de la banquisa austral era semejante a la actual,
según se deduce del estudio de los límites latitudinales
de las diatomeas encontradas en los sedimentos de las costas de la
Antártida (Crosta, 1998).
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2.
los mantos de hielo Laurentino y Finoescandinavo.
En los avances glaciales se creaban dos enormes zonas ocupadas por
hielos, una en Norteamérica y otra al norte de Eurasia: el
manto Laurentino y el manto Finoescandinavo, respectivamente. El área
de acumulación de los hielos avanzaba en las épocas
más frías hasta latitudes muy meridionales. Los mantos
de hielo septentrionales no sólo fueron cubriendo las latitudes
altas sino que se adentraron profundamente también en las latitudes
medias.
Un problema, todavía no dilucidado, es saber de dónde
provenía la humedad suficiente para formar el enorme volumen
de hielo acumulado con rapidez en los mantos continentales, especialmente
en el Laurentino. Hasta ahora, la hipótesis más aceptada
era que la humedad procedía del Atlántico Norte. Para
ello debió mantenerse cálido durante bastante tiempo,
gracias a que la Corriente del Golfo siguió funcionando. Pero
en la formación del gran manto Laurentino se necesitaban tormentas
de nieve mucho mayores y más frecuentes que las que hoy día
suelen afectar al Quebec y al nordeste de Estados Unidos. Esas tormentas
de nieve, diez veces más intensas que las actuales, debían
estar asociadas a frentes muy activos provocados por el contraste
entre las masas polares de aire frío que procedían del
continente americano y las masas de aire húmedo y templado
que se formaban sobre el océano Atlántico (Duplessy,
1993).
En una segunda teoría más reciente prima la idea de
que la humedad procedía de latitudes meridionales, incluso
tropicales. En efecto, el análisis detallado de los foraminíferos
indica que el enfriamiento de las aguas de las latitudes altas fue
muy rápido, por lo que, al ocurrir desde el inicio de la glaciación,
no pudo ser la fuente de humedad. Sin embargo, las aguas superficiales
de las latitudes tropicales se mantuvieron cálidas o, incluso,
en un primer momento aumentaron su temperatura. De esta manera aumentó
el gradiente térmico meridiano, lo cual repercutió en
un mayor transporte de humedad desde el Trópico hacia el Artico
(Khodri, 2001).
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Figura.
Circulación durante la glaciación. A medida que masas
de aire muy frío superficial (en punteado blanco) son expulsadas
hacia el sur desde el manto Laurentino y desde la región ártica,
se crean flujos de retorno por sus bordes orientales (líneas
rojas), que llevan hacia el norte aire cálido y húmedo,
el cual suministra abundante nieve a los mantos de hielo. En la costa
norteamericana del Pacífico, el relieve de las Rocosas (en
marrón) facilita este retorno (fuente M.Leroux)
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Cuando
en superficie las masas de aire polar, frías y densas, se encaminan
hacia el sur, se forma en altura y por los bordes una corriente de
aire subtropical que se mueve en dirección contraria, de sur
a norte, y que aporta la humedad evaporada en zonas más meridionales,
de aguas más cálidas. Durante la glaciación,
al irse formando los grandes casquetes de hielo Laurentino y Finoescandinavo,
el proceso de intercambio meridiano de masas de aire muy diferentes
se agudizó.
En el
Pacífico, la configuración norte-sur de las Montañas
Rocosas intensificaba las corrientes de retorno cálidas que
se movían por encima y por el borde oriental de la masa de
aire superficial fría expulsada desde el Artico. Su humedad
abasteció de nieve abundante a la parte occidental del manto
Laurentino y al manto de las Cadenas Costeras norteamericanas (Leroux,
1998).
El principal
manto norteamericano, el manto Laurentino, ocupaba
durante el Ultimo Máximo Glacial una extensión de 16
millones de km2 (32 veces la superficie de España) y su volumen
era de unos 30 millones de km3, mayor que el del manto de hielo que
cubre en la actualidad la Antártida. De esta forma, los hielos
de Norteamérica acaparaban en volumen nada menos que un tercio
del total del hielo continental terrestre. El manto Laurentino, extendiéndose
hacia el sur, llegaba por la costa este de Norteamérica hasta
una latitud de 36ºN, en donde hoy se localiza Nueva York (ese avance
meridional, de haberse producido de forma semejante en Europa, hubiese
supuesto que el manto Finoescandinavo llegase hasta el Mediterráneo).
Gracias
a los aportes de la humedad proveniente del Atlántico, la acumulación
de hielo en el manto Laurentino era más importante en su mitad
oriental. La máxima altura del domo se situaba por encima de
lo que es hoy la hundida Bahía de Hudson. Allí el espesor
del hielo alcanzaba entre los 3.000 y los 4.000 metros. Toda esta
región estaba alimentada por la humedad oceánica aportada
por la actividad de las potentes borrascas invernales que se forman
en la costa atlántica del nordeste de Estados Unidos y del
Canadá. Probablemente existía otro domo importante al
oeste, sobre Keewatin. En el extremo occidental, el manto Laurentino
se juntaba, al llegar al sistema de las Rocosas, con el manto de hielo
occidental que cubría las Cadenas Costeras del Pacífico:
el manto de la Cordillera. Entre ellos dos había una vaguada
en sentido meridiano, que se desheló antes, y que quizás
fue utilizada en su emigración hacia el sur por los primitivos
pueblos de América que llegaron desde Asia. En esta región
occidental el suministro de humedad era mucho menor. Incluso, en gran
parte de Alaska no se llegaron a acumular capas importantes de hielo
a nivel del mar y existen pruebas de que la región sirvió
de refugio para algunas especies de coníferas que sobrevivieron
allí pese al frío. Por otra parte, al estar la superficie
del océano unos 120 por debajo del actual nivel, no existía
el actual estrecho de Bering, que separa Alaska de Siberia, por lo
que era posible el paso de animales y de seres humanos entre Asia
y América.
En Europa,
los hielos del manto Finoescandinavo alcanzaron en
el Ultimo Máximo Glacial un volumen de unos 7 millones de km3,
unas cuatro veces menos que el volumen del manto Laurentino. El manto
Finoescandinavo cubría esencialmente lo que es hoy Escandinavia
y Finlandia. La máxima altura del domo, de unos 2.000 metros
de espesor, se centraba en el norte del actual mar Báltico.
Hacia el sur, los hielos cubrían todo el Báltico hasta
Dinamarca y las llanuras del norte de Alemania y de Polonia, hasta
lo que es hoy Berlín, en donde dejó unas claras huellas
de relieve glaciar.
Hacia
el oeste, a través de una llanura de tundra que hoy está
inundada por las aguas poco profundas del Mar del Norte, se pasaba
del manto de hielo Finoescandinavo al manto de hielo Británico,
que cubría casi toda Gran Bretaña y casi toda Irlanda.
El Canal de la Mancha también se encontraba emergido y probablemente
el Rin, torciéndose hacia el oeste con respecto a su trayectoria
actual, lo recorría hasta desembocar en el Atlántico
a la altura de Bretaña. El descenso del nivel del mar hacía
que una vasta extensión de la plataforma continental atlántica
del noroeste de Francia y suroeste de Cornualles estuviese emergida.
Hacia
el este, las fronteras del manto Finoescandinavo son todavía
bastante vagas. Los hielos se prolongaban por el norte de Siberia,
pero parece dudoso que en las zonas orientales alejadas del Atlántico
se produjesen nevadas suficientes como para formar un casquete de
hielo importante. Estudios recientes de sedimentos glaciares en los
fondos de los mares de Barents y de Kara (Polyak,
2001; Polyak et al. 2002), y en el norte continental de Rusia, indican
que probablemente el manto de hielo allí alcanzó su
máxima extensión, no durante el Ultimo Maximo Glacial,
sino al principio de la glaciación, hace unos 80 ka, cuando
los hielos ocuparon todo el norte de Siberia Occidental, incluído
el mar de Kara (Krinner et al, 2004). Entonces es posible que los
ríos siberianos que hoy se dirigen al Artico quedasen bloqueados,
formando gandes lagos en el margen meridional del manto y que incluso
desviasen sus aguas predominantemente hacia el sur, hacia el Mar Negro
y hacia el Caspio.
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Figura.
Mantos de hielo de Escandinavia, y de Barents y Kara hace 80.000 años
(principio de la última glaciación). Es probable que
al comienzo de la última glaciación se formase sobre
lo que son hoy los mares árticos de Barents y de Kara, de aguas
poco profundas, un gran domo de hielo de más de 3.000 metros
de altitud, con su cúspide sobre las islas de Novaya Zemlya.
Este manto luego menguó debido probablemente al crecimiento
del domo finoescandinavo que le hizo sombra pluviométrica.
En el último máximo glacial, hace 22.000 años,
no parece ya existir. En los márgenes meridionales de este
manto de hielo se formaron grandes lagos resultantes del caudal que
los ríos siberianos ya no podían transportar hasta el
Artico.
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Luego,
debido a la sombra que producía en esa zona oriental el domo
finoescandinavo que crecía por el oeste y, quizás también,
debido al enfriamiento de las aguas atlánticas y del mar de
Kara, la nieve disminuyó y los hielos orientales menguaron
o, incluso, desaparecieron (Svendsen,1999). Recientemente se han encontrado
huellas de población humana (quizás Neanderthales) de
hace 40 ka al norte de los Urales, en el círculo Artico, lo
que indicaría que, a pesar del frío, el manto Finoescandinavo
estaba entonces constreñido al oeste del continente euroasiático
(Pavlov, 2001).
3.
aridez glacial
El frío de la glaciación vino acompañado, a escala
global, por una mayor aridez, debido a la ralentización del
ciclo hidrológico. Del estudio de los yacimientos de polen,
del análisis de los paleosuelos y de los sedimentos glaciales,
se deduce que hubo un gran empobrecimiento en la biomasa terrestre.
Por ejemplo, en Europa se extendían por sus latitudes medias
extensas áreas de permafrost sobre el cual sólo podía
crecer una vegetación de tundra. Incluso las tierras ribereñas
del norte del Mediterráneo estuvieron ocupadas por una vegetación
esteparia y seca. De todas formas, hubo algunas regiones en las que
ocurrió lo contrario.
En los
Trópicos las selvas fueron en gran parte sustituídas
por paisajes más abiertos de sabana. En la Amazonia
la temperatura bajó unos 6ºC. Con el enfriamiento, las precipitaciones
se redujeron y, en consecuencia, la extensión selvática
perdió terreno a costa de un incremento de las sabanas. La
fragmentación de la selva y su parcelación en refugios
biológicos, que también había ocurrido en los
anteriores ciclos glaciales, hizo que evolucionara cada nicho de forma
independiente, lo cual pudo fomentar la riqueza en biodiversidad que
hoy aparece en el conjunto de la Amazonia. La probable disminución
de las precipitaciones fue en parte debida a la menor humedad transportada
hacia el interior del continente por los vientos alisios del Atlántico,
ya que la superficie del océano estaba más fría.
También pudo ocurrir que la propia reducción de la selva
agudizara la disminución de las precipitaciones, ya que más
de la mitad de las precipitaciones de la Amazonia proceden del agua
reciclada y evaporada en su propia cuenca.
Sin
embargo, zonas contiguas a la Amazonia, en las regiones ocupadas hoy
por el paisaje de sabana del cerrado brasileño y por el paisaje
árido de la caatinga del nordeste, es muy posible que disfrutaran
cíclicamente de períodos de mayores precipitaciones
que las actuales. Ocurrirían cuando la insolación durante
la época de lluvias (hacia Marzo) alcanzaban máximos
en el ciclo determinado por la precesión de los equinoccios.
En estas fases lluviosas la zona de convergencia intertropical ITCZ
ganaba fuerza por la mayor insolación. El crecimiento de espeleotemas
(estalactitas y estalagmitas) en algunas cuevas estudiadas se reanudaba
en estas épocas lluviosas. Es posible que entonces la floresta
amazónica conectase e intercambiase especies con la floresta
atlántica que recubre la región costera brasileña
(Wang, 2004).
En Africa
tropical, en donde la bajada térmica fue de unos 5ºC,
las selvas del Congo y de la costa del Golfo de Guinea se sabanizaron
en su mayor parte y apenas quedaron unos retazos de selva cerrada
en las riberas de los ríos y en algunos lugares costeros favorecidos
por la topografía. En las altas mesetas de Africa oriental,
los estudios polínicos indican también una reducción
de las precipitaciones de un 30 %, lo que parece concordar con las
estimaciones derivadas de las fluctuaciones del nivel de los lagos.
Esta mayor sequedad sería también debida a cambios en
la circulación atmosférica. En este caso, a la intensificación
de los secos vientos del norte que desde Eurasia llegaban hasta la
Península Arábiga y el este de Africa. Estimaciones
basadas en el descenso del límite altitudinal superior de la
vegetación arbórea y en el descenso altitudinal del
límite de las nieves perpetuas del Kilimanjaro indican durante
el Ultimo Máximo Glacial un enfriamiento incluso de entre 5ºC
y 8ºC.
El desierto del Sahara era bastante más extenso
que el actual durante los períodos más fríos
de la glaciación. Avanzaba hacia el sur y se prolongaba por
todo el oriente Próximo y suroeste de Asia. El estudio de los
paleolagos muestra que tanto en esu borde norte —en las proximidades
del Atlas— como en el sur —en la franja del Sahel—
la aridez era mayor (Gasse, 1990).
Las
causas eran varias:
1) La mayor frialdad de las aguas oceánicas tropicales, tanto
del Atlántico como del Indico, provocaban una menor evaporación
marina y un menor aporte de humedad de las masas de aire veraniegas
que penetran en el continente africano.
2)
El reforzamiento del anticiclón subtropical de las Azores en
el Atlántico, menos extenso pero más potente, hacía
que se intensificasen los vientos alisios. Aumentaba así el
afloramiento de aguas frías profundas en la costa occidental
africana, lo que daba una mayor estabilidad a las capas bajas del
aire. Además, en el interior del continente, los vientos alisios
del nordeste interferían en verano con los vientos del suroeste
del monzón africano, y dificultaban la entrada de las masas
húmedas atlánticas.
3)
La pérdida de vegetación en la franja que discurre entre
el Sahara y la costa del Golfo de Guinea restaba humedad al aire.
Hay que tener en cuenta que parte de la humedad que precipita en el
Sahel, en la zona semiárida del sur del Sahara, proviene de
la evapotranspiración del agua previamente precipitada en las
selvas costeras del Golfo de Guinea. Durante la glaciación,
el retraimiento de estas selvas, redujo el reciclaje de la humedad
y facilitó el avance hacia el sur del Sahara.
4) Debido a la
pérdida de vegetación en el Sahel, aumentaba el albedo
superficial (la cantidad de radiación solar reflejada), lo
cual enfriaba la superficie. Disminuía así el gradiente
térmico vertical y los movimientos convectivos y las precipitaciones.
4.
el viento
El viento
y la erosión eólica fueron durante la glaciación
más intensos en las latitudes medias y altas. Espesos depósitos
de polvo amarillento (loess) de aquella época recubren vastas
llanuras del norte de Europa y, sobre todo, de China. Los ice cores
de Groenlandia y de la Antártida contienen también en
las capas correspondientes a la nieve de la Ultima Glaciación
mucho más polvo que en las correspondientes al período
actual.
El viento,
la aridez de los paisajes y la falta de protección de una cubierta
vegetal, favorecían la erosión eólica. El aumento
de polvo en el aire, a su vez, pudo repercutir en el enfriamiento
del clima glacial de dos maneras. En primer lugar, hacía más
opaca la atmósfera a la penetración de los rayos solares;
en segundo lugar, contribuía a la fertilización de las
aguas marinas, pues, al aportar hierro, incrementaba la productividad
del fitoplancton y hacía disminuir el CO2 atmosférico.
Trataremos de este aspecto, aún muy debatido, un poco más
adelante.
¿Por
qué había más viento? Fundamentalmente porque
aumentó el contraste térmico latitudinal entre las masas
de aire originadas en las latitudes altas, recubiertas de hielo, y
las masas de aire origindas en zonas de latitudes más bajas,
libres de hielo.
En cuanto
a los Trópicos, parece que aumentó la fuerza de los
alisios en el océano Atlántico, pero no así en
Pacífico. También los monzones de la India parece que
eran más débiles en las épocas más frías
de la glaciación (en correspondencia con situaciones del Niño).
El upwelling y la abundancia del foraminífero Globigerina Bulloides
en el mar de Arabia, frente a las costas de Omán, que se refuerza
con monzones intensos y se debilita con lo contrario, disminuía
en los estadiales y aumentaba en los interestadiales. Es probable
que durante la glaciación una mayor cubierta de nieve y el
enfriamiento del Tibet hiciese disminuir el gradiente térmico
entre el mar y el continente, frenando el monzón de verano.
Un mecanismo semejante parece haber actuado en los dos ultimos milenios
(Feng, 2005).
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Figura.
Situación media en Julio en la India y en el Mar de Arabia.
Se representa con diferentes colores la pluviometría del mes
de Julio (las isoyetas en blanco). Las bajas presiones se centran
al noroeste de la India y las altas presiones en el Indico. Los vientos
del sureste (flechas azules) soplan fuertes frente a las costas de
Omán, provocando resaca, un intenso afloramiento de aguas profundas
y el enfriamiento de las aguas superficiales. Como resultado, el foraminífero
planctónico Globigerina Bulloides se hace entonces abundante.
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En el
Atlántico, disminuyeron en extensión, pero aumentaron
en potencia, el anticiclón de las Azores y su homólogo
en el Atlántico sur, con lo que entre ellos y las bajas presiones
ecuatoriales aumentó la fuerza de los alisios.
Al ser más fuertes, los alisios atlánticos provocaban
a lo largo de todo su recorrido un mayor afloramiento en superficie
de aguas frías intermedias (Bush, 1998).
También
provocaban un cambio en la configuración y en el reparto altitudinal
de la nubosidad. Con las aguas más frías, se formaban
en el Atlántico tropical más neblinas y nubes bajas,
de alta reflectividad, mientras que disminuían las nubes altas,
que tienden a retener el calor abajo y calentar la superficie. Por
lo tanto, la fortaleza de los alisios ejercía, a través
de los cambios en la nubosidad, un efecto de feedback que se saldaba
en más frío.
En el
Pacífico tropical, recientes estudios de las temperaturas del
agua del mar (en las islas Galápagos y en Mindanao) indican
que en su zona oriental (la más fría) el agua apenas
se enfrió, mientras que en su zona occidental (la más
cálida) el enfriamiento fue de unos 3ºC. Esto parece indicar
que la situación barométrica y los vientos se parecían
en cierta manera a los de una situación típica del Niño,
con alisios más débiles, menos afloramiento de aguas
frías intermedias y menos contraste térmico entre la
región occidental y oriental del Pacífico tropical.
Este vaivén térmico se repetía de la misma manera
entre los estadiales y los interestadiales, con una situación
del Niño en los primeros y de la Niña en los segundos
(Stott et al. 2002; Koutavas et al. 2002).
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5.
excepciones húmedas en América y en Asia
Hubo, sin embargo, algunas e importantes excepciones con respecto
al aumento de la aridez durante la Ultima Glaciación.
En
Norteamérica, vastas extensiones de la Gran Cuenca
(que ocupa los estados de Nevada, Utah y Arizona), hoy semidesértica,
fueron ocupadas durante el Ultimo Máximo Glacial por grandes
lagos, en cuyas orillas crecía una vegetación de bosques
abiertos de coníferas. Se debió a un cambio de la circulación
atmosférica que incrementó las precipitaciones de aquella
zona. Debido a la nueva topografía creada por los enormes mantos
de hielo, especialmente por el manto Laurentino, la ondulación
de los vientos del oeste quedó modificada (Broccoli, 1987).
El enorme domo de hielo, de tamaño comparable a la meseta del
Tibet, hacía que se dividiese en dos el flujo principal de
los vientos del oeste a su paso por Norteamérica. Una de las
ramas, la meridional, hacía que los vientos húmedos
del Pacífico, con sus borrascas y frentes asociados, atravesasen
América del Norte, por latitudes más sureñas.
Así, en la Gran Cuenca americana, entre el sistema costero
de Sierra Nevada y el sistema interior de las Montañas Rocosas,
existieron desde el 30 ka hasta el 12 ka, dos enormes lagos: el Lahontan
y el Bonnevillle, de los cuales hoy sólo quedan grandes extensiones
salinas y algunos lagos residuales de mucha menor extensión,
como Pyramid Lake, en Nevada, y Salt Lake, en Utah. El corrimiento
hacia el sur de la posición media del flujo de vientos del
oeste hacía que tanto la cordillera de Sierra Nevada como las
Montañas Rocosas, de cuyas precipitaciones se alimentaban aquellos
grandes lagos, fueran mucho más húmedas que en la actualidad
(Hostetler, 1994).
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Pyramid
Lake, en Nevada. Es un lago remanente del gran lago Lahontan que ocupaba
gran parte de ese estado norteamericano durante la última glaciación.
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Uno
de los métodos originales que se han utilizado para estudiar
estas variaciones climáticas del suroeste de Estados Unidos
es el análisis de las paleomadrigueras de roedores que habitaron
esa zona. Las paleomadrigueras se encuentran en cavidades rocosas
que son utilizadas por los roedores (especialmente del género
Neotema en Norteamérica) como refugios y sitios de
defecación. Si el clima es seco y la orina de los roedores
cristaliza y preserva durante miles de años los restos vegetales
y fecales de estas madrigueras. Su análisis, a partir de más
de 2.500 paleomadrigueras encontradas en esta zona, permite sacar
conclusiones y datar los cambios en la vegetación que experimentó
esta región en el Pleistoceno final y en el Holoceno. Estudios
semejantes de paleomadrigueras se están llevando a cabo más
recientemente en regiones áridas y semiáridas de Sudamérica
(Betancourt y Saavedra, 2002).
En Sudamérica,
en la zona tropical situada al sur del ecuador, la humedad durante
la glaciación era superior a la de hoy. Los sedimentos del
lago Titicaca y del Salar de Uyuni—una
gran superficie salina, reminiscencia de antiguos paleolagos que cubrían
el altiplano boliviano— indican que el agua desbordaba con creces
su cuenca actual. Durante el Ultimo Máximo Glacial la extensión
de esos lagos andinos aumentaba, debido, con casi seguridad, al aumento
de las precipitaciones. La mayor insolación del hemisferio
sur en aquella época glacial (hacia el 20 ka), un 8 % superior
en el Trópico de Capricornio a la que habría después,
al comienzo del Holoceno (hacia el 10 ka), reforzaba el monzón
de verano de la zona meridional de la Amazonia. Quizás también
la penetración de la humedad atlántica en la zona meridional
de la Amazonia era superior a la actual gracias a la mayor fuerza
de los vientos alisios durante el Ultimo Máximo Glacial, lo
que compensaba la menor evaporación de las aguas del Atlántico,
más frías entonces (Baker, 2001). El estudio de morrenas
en valles próximos al lago Junin en Perú y al lago Titicaca
parecen indicar que los glaciares alcanzaron su máxima extensión
mucho antes que en otras partes del globo, hacia el 34.000 antes del
presente (Smith, 2005).
Por
el contrario, en el norte de los Andes, parece que algunos glaciares
ecuatorianos se encogieron durante la Ultima Glaciación debido
a una disminución de las precipitaciones, lo que parece apoyar
la tesis de una mayor aridez del norte de la Amazonia en aquella época.
En Asia,
las lluvias del monzón de verano eran menos intensas. La baja
presión térmica estival que se forma en el sur del continente
y que atrae a los vientos del Indico y del Pacífico no era
tan potente. Sin embargo, en Mongolia, en regiones que en la actualidad
y durante el Holoceno han sido desiertos, como el desierto de Tengger,
hay constancia de que durante diversos períodos de la Ultima
Glaciación estuvieron recubiertas por grandes lagos. Probablemente
estas épocas, que por el tipo de sedimentación parecen
haber gozado de mayor humedad y de unas temperaturas semejantes o
superiores a las actuales, coincidieron con alguno de los interestadiales
cálidos y unas condiciones de circulación de vientos
diferente, con una mayor penetración de los monzones húmedos
(Zhang, 2001).
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referencias:
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changes at millenial and orbital timescales on the Bolivian Altiplano,
Nature, 409, 698-701
Betancourt J. & B. Saavedra, 2002, Paleomadrigueras
de roedores, un nuevo método para el estudio del Cuaternario
en zonas áridas de Sudamérica, Revista Chilena de Historia
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