Segunda
hipótesis: en el Polo Sur
Algunos
análisis de los sedimentos oceánicos adelantan el comienzo
del Eemiense al 135 ka, o incluso antes (Henderson, 2000). También
dataciones radiométricas de terrazas coralinas en las Bahamas,
en Barbados y en Huon indican que el nivel del mar subió antes
del 130 ka, pues ya hacia el 135 ka estaba sólo unos 20 metros
por debajo del nivel actual (Gallup, 2002).
También
los isotopos del oxígeno de la caliza de la cueva de Devil’s
Hole, en Nevada, parecen indicar que el Eemiense comenzó en el
135 ka o incluso antes (Karner, 2000). Los cambios de d18O de la caliza
de la cueva dependen de la temperatura del agua de la lluvia local.
Se sospecha, sin embargo, que los datos de Devil’s Hole representan
variaciones del clima específico de Nevada y California y no
del clima global. Según esto, el adelanto de la deglaciación
(Terminación II) en este lugar se debería al debilitamiento
de la corriente fría de California que ocurre, paradójicamente,
cuando la glaciación es más intensa y cuando el domo de
hielo que recubre Norteamérica es mayor. Ocurre que el cambio
topográfico causado por el gran domo de hielo origina un cambio
en el sistema de presiones y de vientos, que a su vez causa el colapso
de la corriente fría de California. De esta forma las precipitaciones
que caen en Devil’s Hole, en Nevada, señalan más
calor, cuando en realidad, a escala global, la Tierra se encuentra aún
sumida en el máximo glacial de la penúltima glaciación
(Herbert, 2001).
De todas
maneras , si se acepta el adelanto de la deglaciación, la insolación
recibida en verano en el hemisferio norte no pudo ser el detonante del
interglacial Eemiense, ya que entonces era todavía demasiado
baja como para provocar un calentamiento suficiente para el deshielo.
Resulta
entonces que quizás la clave habría que buscarla en la
insolación de las latitudes altas del hemisferio sur.
En efecto, la insolación de verano en la latitud de 65º del hemisferio
sur alcanza su máximo en el 138 ka, lo que podría quizás
explicar que fuese el sur y no el norte el detonante de la desglaciación,
al afectar especialmente al hielo marino que circunda la Antártida
(ver aquí). Según
esto, la reducción de la banquisa de hielo austral facilitaría
luego el transvase de CO2 del mar a la atmósfera, provocando
un feedback positivo de calentamiento que aceleraría
la desglaciación en ambos hemisferios.
Tercera
hipótesis: en el Trópico
Una tercera
hipótesis explica la Terminación II y el origen del interglacial
Eemiense no en el norte ni el sur, sino en el Trópico,
debido más específicamente al calentamiento de las aguas
del Pacífico. En este sentido, algunos sondeos en el Pacífico
Tropical indican, a partir de la evolución Mg/Ca de los foraminíferos,
que la datación de los cambios térmicos de la superficie
del mar coinciden más con la datación de Devil’s
Hole que con la datación tradicional derivada de Milankovitch
(Lea, 2000; Kerr, 2003). También en un sondeo realizado en la
cálida región oceánica de Indonesia, al sur del
Borneo, parece claro que el calentamiento de la temperatura del mar
antecedió en unos 2.000 o 3.000 años al deshielo en los
polos (Visser, 2002).
La
temperatura del agua superficial en tiempos pasados puede ser estimada
a partir del análisis de las alquenonas.
En un sondeo frente a las costas de Nueva Zelanda, se observa el considerable
aumento, de 12ºC a 19,5ºC, en la temperatura media del agua frente a
Nueva Zelanda durante el interglacial Eemiense (en la actualidad la
temperatura es de unos 15ºC) (Pelejero, 2003). Este y otros sondeos
indican que el enfriamiento de las aguas del Pacífico Tropical
y del Pacifico Sur (y del Atlántico Sur) se enfriaron antes de
que se produjese el deshielo de los mantos del Hemisferio Norte. En
otro sondeo en el Pacífico subtropical, frente a la costa de
Perú, se deduce también a partir del análisis de
las alquenonas que allí el aumento térmico comenzó
hacia el 150 ka, mucho antes, por lo tanto, que el comienzo del Eemiense
(Calvo, 2001).
Quizás
los cambios térmicos en los océanos tropicales, originados
por las variaciones astronómicas de ciertos parámetros
de la insolación —especialmente el de la excentricidad
de la órbita— modificaban el intercambio de CO2 mar/atmósfera
y en consecuencia alteraban el clima mundial. Pero también es
posible que los datos de los sondeos, aún muy escasos, no sean
extrapolables al conjunto del globo y no reflejen sino cambios marinos
locales.