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El
final del Eemiense
¿cómo
fue?
Según
la hipótesis hasta ahora más aceptada es que el fin
del Eemiense y comienzo de la Ultima Glaciación se inició
hacia el 115 ka (hace 115.000 años), cuando las nieves que
caían durante el invierno en el norte de Canadá comenzaron
a resistir el verano, sin licuarse del todo. En las regiones de Labrador
y de la Tierra de Baffin, una pequeña bajada de las temperaturas
veraniegas sería suficiente, aún hoy, para que la nieve
sobre el suelo persistiese de un año a otro sin derretirse.
Hacia el 115 ka se daban unas condiciones de insolación idóneas
para que tal cosa ocurriera. Debido a los ciclos de Milankovitch
—especialmente al referido a la excentricidad de la órbita
terrestre— durante el transcurso del interglacial (entre el
125 ka y el 115 ka) se produjo en esas latitudes altas del hemisferio
norte una transición rápida desde una insolación
veraniega fuerte a otra mucho más débil. En poco más
de diez milenios hubo una disminución de más de 100
Wm-2 en la intensidad de radiación solar recibida en 65ºN (de
550 Wm-2 a unos 440 Wm-2 ).
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Diferencias
de insolación hace 115 mil años con respecto al presente
(en W/m2) según el mes y la latitud. Los valores
negativos son los de la zona azul. Se observa que en el hemisferio
norte la insolación era menor que ahora durante los meses
de verano (Jn-Jl-Ag). En el hemisferio sur, sin embargo, los más
desfavorecidos eran los meses de la primavera austral (Sp-Oc-Nv).
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En el 115 ka,
el perihelio de la órbita anual de la Tierra alrededor del
Sol, es decir la época del año de máxima proximidad
al Sol, ocurría en el invierno del hemisferio norte, igual
que acontece en el presente. Y el afelio, el momento de mayor lejanía
de la Tierra al Sol, se producía en el verano del hemisferio
norte. Por otra parte, la excentricidad de la órbita era mayor
que la actual y la inclinación del eje era menor.
Estos factores
reunidos producían un menor contraste estacional que el que
existe hoy en el hemisferio norte, es decir, una insolación
invernal más alta y, lo que es más importante, una insolación
veraniega más baja.
Una vez que la
nieve resistía la fusión del verano, las primeras nieves
del siguiente otoño, a diferencia de lo que ocurre hoy, encontraban
un terreno favorable sobre el que poder cuajar y acumularse. El color
blanco de la nieve producía una superficie muy reflectante,
aumentaba el albedo, disminuía la insolación absorbida
y, por un mecanismo de feedback positivo, facilitaba la progresiva
acumulación de más nieve.
Además,
en los bordes meridionales de aquellas regiones árticas cubiertas
de nieve, los bosques de la taiga se degradaban debido al refrescamiento
del verano y daban paso a un paisaje de tundra mucho más claro.
La blancura de la nieve caída en la tundra hizo aumentar el
albedo. De esta forma se producía una agudización del
frío y quedaba anulado el aumento de la insolación invernal.
Para algunos paleoclimatólogos el papel jugado por este cambio
del color de los paisajes en las altas latitudes fue decisivo en el
comienzo de la glaciación (Noblet, 1996).
En el Océano
Artico, los sedimentos marinos parecen indicar que hacia el 115 ka
se produce una frenada bastante brusca de la circulación termohalina,
que coincide con el aumento de la extensión de la banquisa
helada, lo que favorece aún más el aumento del albedo
y el enfriamiento.
Pero en el sur
de Europa el clima se mantuvo relativamente caliente durante varios
milenios más, hasta que una gran pulsión de agua frías
polares con icebergs procedentes de los mantos septentrionales ya
formados, alcanzó la latitud de Portugal hacia el 106 ka. Terminaba
así definitivamente el Interglacial Eemiense y comenzaba la
Ultima Glaciación.
interrogantes
Uno de los mayores
interrogantes paleoclimáticos es saber por qué el hemisferio
norte y el hemisferio sur entraron casi sincrónicamente en
la Ultima Glaciación, ya que la geometría orbital que
implicaba la existencia de veranos boreales frescos en el 115 ka,
no provocaba lo mismo en el hemisferio austral, en donde la disminución
radiativa en el 115 ka recaía en la primavera, y no en el verano.
Como hemos indicado,
según la teoría clásica de Milankovitch, la glaciación
debió haber comenzado en el hemisferio norte. Ahora bien, los
yacimientos paleoclimáticos del hemisferio sur indican que
allí también se produjo, casi simultáneamente,
hacia el 115 ka, un recrudecimiento del frío, con avances de
los glaciares del sur de los Andes, de la Patagonia y de la banquisa
de hielo que circunda la Antártida.
El mecanismo
de transmisión de la glaciación de un hemisferio a otro
no está todavía muy claro. Hay incluso indicios de que
en los Mares del Sur el enfriamiento que marcó el final del
Eemiense comenzó varios milenios antes que el 115 ka, es decir,
antes de que se dieran las condiciones adecuadas para el inicio de
la glaciación en el hemisferio norte (Ikehara, 1997). De la
comparación de las mediciones en los hielos de Groenlandia
y de la Antártida, no se puede deducir tampoco que la glaciación
en el norte precedió a la del sur. Sólo cuando consigamos
tener resoluciones temporales inferiores a los 500 años para
la época del comienzo de la Ultima Glaciación, se podrá
aclarar el problema de la interconexión de los dos hemisferios.
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En el caso de
que la glaciación comenzara en las latitudes altas del hemisferio
norte, es posible que una disminución en la circulación
termohalina oceánica provocara el enfriamiento de la Antártida.
Ocurre que en las épocas cálidas interglaciales, como
la actual, parte del agua profunda que se forma en el Atlántico
Norte (NADW) aflora en los Mares del Sur tras recorrer todo
el Atlántico por niveles profundos e intermedios. Esta masa
de agua aflorante, aunque fría, no lo es tanto como la que
se forma en la costa antártica (AABW), por lo que
modera el intenso frío del aire que rodea, cerca de la costa,
al continente austral. Una vez comenzada la glaciación en el
hemisferio norte, la circulación termohalina atlántica
se debilita y dismuye ese afloramiento, por lo que las capas de agua
de los Mares del Sur quedan más estratificadas y se enfrían.
Al final, como consecuencia, la Antártida también se
enfría.
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Corte
vertical esquematico de las aguas y corrientes profundas en
el Atlantico en la actualidad. En el circuito termohalino el agua superficial
se hunde en las latitudes altas. En las cercanías del Artico
se forma la masa de agua denominada NADW (North Atlantic Deep Water)
y en las cercanías de la Antártida la masa de agua, aún
más densa, denominada AABW (Antarctic Bottom Water).
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Otra hipótesis,
que pondría el acento en el hemisferio sur, es que el incremento
de la banquisa invernal que rodea la Antártida, muy sensible
a los cambios térmicos del aire, unido al incremento de la
salinidad del agua, pudo también provocar una mayor producción
de AABW (Antarctic bottom water). Esta masa de agua muy fría,
que avanza hacia el norte del Atlántico por las profundidades,
pudo incrementar la estabilidad vertical del agua al llegar al Atlántico
Norte, reducir allí la producción de NADW (North Atlantc
Deep Water) y la circulación termohalina y, en consecuencia,
incrementar el enfriamiento (Liu, 2005).
gases invernadero
Un posible mecanismo de transmisión del frío al hemisferio
austral fue la disminución a escala global de los gases invernadero
(dióxido de carbono, metano y vapor de agua). Según
Shackleton, la disminución en unas 80 ppm de la concentración
de CO2 tuvo más importancia a escala global que el
feedback producido por el aumento del albedo en las regiones árticas
(Shackleton, 2000). Gracias a una mejora en los nutrientes marinos,
especialmente del hierro (acarreado por los vientos desde los continentes),
se intensificó la fotosíntesis planctónica, aumentó
la captación oceánica de CO2 y disminuyó su concentración
atmosférica. Sin embargo, estudios recientes sobre la productividad
biológica en el último ciclo glacial, realizados en
numerosos sondeos marinos, indican que el bombeo biológico
no puede dar cuenta más que de la mitad de esa disminución
atmosférica de 80 ppm del CO2 (Kohfeld, 2005). Quizás
también ocurrió que disminuyó la ventilación
y trasvase de CO2 del mar al aire, especialmente la que ocurre en
los Mares del Sur, debido al incremento de la extensión de
la banquisa antártica y a la estratificación de las
aguas (Gildor, 2001; Sigman, 2004).
Por otra parte,
la reducción en las latitudes altas de la extensión
de las zonas pantanosas y de las turberas, así como la reducción
de la actividad biológica, debido al frío y a la expansión
de los suelos congelados (permafrost), hizo disminuir drásticamente
las emisiones de metano, CH4, potente gas invernadero.
También es posible que las emisiones de metano procedentes
de los hidratos congelados del subsuelo marino disminuyesen. La reducción
de los bosques y de sus emisiones de VOC (volatile organic compounds;
compuestos orgánicos volátiles: isoprenos y monoterpenos)
también pudieron influir en una menor concentración
de metano en la atmósfera, ya que la reducción de VOC
pudo provocar una mayor concentración de los radicales OH que
destruyen el metano (Valdés, 2005).
También
por la disminución de los VOC y por la disminución del
NO2 de origen biológico disminuyó probablemente el ozono
troposférico, que actúa también como
gas invernadero.
En último
lugar, la disminución del vapor de agua en
la atmósfera, debido a la disminución de la capacidad
higrómetrica del aire causada por el frío, actuaría
también como un importante feedback de enfriamiento. Piénsese
que en las regiones subtropicales, que pasaron en el transcurso de
la glaciación de semiáridas a áridas, una disminución
de la concentración absoluta del vapor de agua del 0,1 % al
0,01 % implicaría una disminución de la retención
del flujo saliente de la energía infrarroja terrestre de nada
menos que 26 Wm-2 (Pierrehumbert & Roca, 1998). Por eso, algunos
autores creen ver en los cambios de humedad del Trópico la
clave principal de la propagación de los cambios climáticos
a escala global. No es fácil determinar la disminución
global que se produjo, ya que el vapor de agua no se distribuye homogéneamente
en la troposfera. Sin embargo, se ha calculado que en el Trópico,
en la capa límite superficial, de 0 km a 3 km, era un 20 %
menor que en la actualidad y, por observaciones en los hielos de los
Andes, se cree que en la alta montaña era un 50 % menor. Esas
diferencias de la concentración de vapor de agua serían
por sí solas suficientes para explicar una disminución
de 3ºC o 4ºC en la temperatura.
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referencias:
Gildor
H. & Tziperman E., 2001, Physical mechanisms
behind biogeochemical glacial-interglacial CO2 variations, Geophysical
Research Letters, 28, 12, 2421-2425
Ikehara M. et al. 1997, Alkenone sea surface temperature
in the Southern Ocean for the last two deglaciations, Geophysical
Research Letters, 24, 679
Kohfeld K. et al., 2005, Role of marine biology in
glacial-interglacial CO2 cycles, Science, 308, 74-78
Liu Z. et al, 2005, Atmospheric CO2 forcing on glacial
thermohaline circulation and climate, Geophysical Research Letters,
32, L02706
Noblet N. et al. 1996, Possible role of atmosphere-biosphere
interactions in triggering the last glaciation, Geopysical Research
Letters, 23, 22, 3191
Pierrehumbert R. & Roca R. 1998,
Evidence for control of Atlantic Subtropical humidity by large scale
advection, Geophysical Research Letters, 25, 4537-4540
Shackleton N., 2000, The 100,000-year ice-age cycle
identified and found to lag temperature, carbon dioxide and orbital
eccentricity, Science, 289, 1897-1902
Sigman D. et al., 2004, Polar ocean stratification
in a cold climate, Nature, 428, 59-62
Valdés P. et al., 2005, The ice age methane
budget, Geophysical Research Letters, 32, L02704
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