Las temperaturas en el siglo XX y comienzos del XXI 3. Oscilación térmica diaria, temperaturas diurnas y nocturnas 4. Cambios en los paisajes y en el uso de los suelos
La temperatura media de la superficie de la Tierra durante el siglo XX, medida con termómetros en superficie, subió aproximadamente unos 0,6 ºC. La tendencia a lo largo del siglo no fue uniforme, ni en el tiempo ni en el espacio. La subida se produjo en dos períodos: 1910-1944 y 1978-1998. Entre ellos la temperatura media global de la superficie terrrestre tendió a bajar. Esta evolución desigual implica probablemente que han existido factores naturales, y no sólo antrópicos, en las variaciones térmicas, especialmente durante el primer período de subida, el de 1910-1944, ya que entonces las emisiones de CO2 y de otros gases invernadero eran todavía muy escasas (Stott, 2000). Sea por razones naturales o antrópicas, o por una combinación de ambas, los termómetros de superficie indican que la década de 1991-2000 fue la década más calurosa del siglo, aunque la erupción del Pinatubo en 1991 hizo descender la temperatura global en casi medio grado centígrado durante algunos meses. El año 1998, que coincidió con una fuerte intensidad del fenómeno de El Niño, registró el máximo anual del siglo, que aún no ha sido superado en los primeros años del siglo XXI. |
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Las diferencias regionales en la evolución térmica son importantes. No hay que olvidar que la temperatura media global es una media aritmética que suele contabilizar fenómenos simultáneos de calentamiento y de enfriamiento en unas zonas y en otras. Estas diferencias regionales son conocidas con bastante verosimilitud sobre todo a partir de mediados del siglo XX, desde que la red de estaciones meteorológicas se densificó en el hemisferio norte. Durante la segunda mitad del siglo XX el calentamiento del hemisferio norte refleja en sus tres cuartas partes el calentamiento ocurrido concretamente en las masas de aire muy frías, invernales, que forman los anticiclones del noroeste de América y de Siberia. Quizás se deba a que debido a su baja humedad específica, el incremento del CO2 repercute con más fuerza que en otras partes en el calentamiento invernal de estas dos regiones, ya que, a falta de vapor de agua, el CO2 adquiere allí más importancia en la absorción de la radiación infrarroja terrestre (Michaels, 2000). Las diferencias regionales de tendencia pueden también deberse a cambios en la componente meridiana de la circulación atmosférica, los cuales motivan que unas zonas se calienten mientras otras se enfrien. Por ejemplo las diferencias de tendencia de las temperaturas que se registran en las tierras que contornean el Artico (calentamiento en Alaska y Siberia, enfriamiento en el nordeste de Canadá y en Groenlandia) están probablemente causadas por el cambio en la ondulación del flujo normal del oeste, con un aumento de la componente sur en Alaska y Siberia, y un aumento de la componente norte en Canadá y Groenlandia. |
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3. Oscilación térmica diaria, temperaturas diurnas y nocturnas Durante el período 1950-2004, un análisis reciente que abarca el 71% de las tierras continentales indica que las temperaturas mínimas han subido bastante más que las máximas: 0,20ºC/década contra 0,14ºC/década. En los últimos veinte años las subidas han sido, no obstante parecidas (Vose, 2005). Otros estudios anteriores indicaban mayores diferencias (Easterling, 1997). En algunos lugares esta diferencia entre la tendencia de las temperaturas diurnas y nocturnas es todavía más aguda. Así, en Suiza, la media de las temperaturas mínimas ha aumentado más de 2ºC durante el transcurso del siglo XX y, sin embargo, la media de las temperaturas máximas ha descendido unos 0,2ºC. Probablemente esta diferencia se deba al aumento de las nubes bajas, las cuales procuran temperaturas nocturnas más templadas en superficie, a la vez que tienden a atenuar el calentamiento diurno (Rebetez, 1998). En general, en el futuro, un calentamiento global que estuviese causado por el incremento de las temperaturas mínimas nocturnas (sobre todo, invernales) podría ser considerado de consecuencias benignas para la humanidad, e incluso beneficiosas. Se ha comprobado estadísticamente que a lo largo del siglo XX en la mayoría de las regiones, no en todas, han disminuído los días de helada y se considera como muy probable que las olas de frío hayan también disminuído (Lockwood, 1998; Easterling, 2000). |
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4. Cambios en los paisajes y en el uso de los suelos Más de la tercera parte de la superficie terrestre ha sido transformada por las actividades humanas. Se ha calculado que en el territorio de Estados Unidos, la urbanización y la agicultura han provocado un aumento de casi 0,3 ºC en el último siglo (Kalnay & Cal, 2003). Su efecto térmico es mayor que el ocasionado por las emisiones de CO2 (Laat & Maurellis, 2004). Sin embargo el informe del IPCC 2007 sólo atribuye a la urbanización de los continentes una subida térmica de 0,0006 grados centígrados al año, es decir, nada. Dice textualmente que "los efectos de las islas de calor urbanas son reales pero locales y tienen una influencia despreciable". Otra razón de la subida de las temperaturas mínimas ha podido estar en algunas regiones ligada a la expansión de las extensiones regadas artificialmente. El desarrollo de los campos de regadío, al aumentar la capacidad de calor del suelo, provocan un aumento de la radiación nocturna desde el suelo y por lo tanto el incremento de las temperaturas mínimas. Además aumentan la evaporación y el contenido de agua en las capas bajas cercanas al suelo. El vapor de agua actúa como un gas invernadero. En definitiva hacen aumentar la temperatura de los niveles más bajos y se reduce la oscilación térmica entre los días y las noches. Entre 1960 y el 2000 la extensión del regadío se duplicó. Un estudio de John Christy en el Valle de San Joaquín, en California, llegaba a esta conclusión, que las temperaturas mínimas del valle habían aumentado en paralelo con los regadíos, mientras que los observatorios colindantes de Sierra Nevada, al no tener regadíos, no habían experimentado esa subida. Pero hay regiones en las que ha ocurrido lo contrario: debido al desarrollo de la agricultura y de la urbanización han perdido humedales, se han vuelto más áridas y han sufrido un aumento de sus temperaturas máximas. Tal es al parecer el caso de México (Englehart, 2005). En otras zonas, como Florida, la desecación de los humedales ha tenido como probable efecto que los veranos se hayan hecho más secos y las heladas invernales más duras y frecuentes (Marshall, 2005). Otros investigadores, en cambio, creen que la agricultura en las latitudes medias ha tenido históricamente un efecto de enfriamiento, al convertirse antiguos bosques en campos de labrantío, aumentando así el albedo, especialmente el invernal, cuando la nieve recubre el paisaje (Gibbard, 2005). Por el contrario, en los trópicos, la deforestación ha ocasionado probablemente un calentamiento ya que allí han sido sustituidos por superficies con albedo igual o inferior, como es el caso de los campos de arroz (Feddema, 2005). Finalmente señalaremos que los cambios de usos del suelo pueden provocar cambios en la generación de los cumulonimbos tormentosos que ayudan al transporte de calor y humedad de las latitudes más bajas a las más altas. De 1.500 a 5.000 tormentas se producen simultáneamente y en cualquier instante en el planeta. Es probable que los cambios en los usos del suelo produzcan efectos diversos que se contrarresten entre sí si sólo se tiene en cuenta la evolución media de la temperatura global, pero parece indudable su importancia en la evolución de los climas regionales (Pielke, 2005). |
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Christy J. et
al., 2003, Central California: opposing temperature trends valley vs mountain,
Sixteenth Conference on Climate Variability and Change, www.ams.confex.com/ams/pdfpapers/82851.pdf |
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