3. Las
causas del comienzo
Para que se produjese la acumulación de hielo en los mantos
Laurentino y Finoescandinavo se necesitó esperar a que el clima
general se enfriase para que las precipitaciones invernales en el
hemisferio norte fuesen más sólidas (nieve ) que líquidas.
Se debió también esperar a que el clima fuese más
frío que el existente cuando se formó el manto de Groenlandia
(7 millones de años antes), a quien la insularidad le favoreció
en la acumulación de su casquete helado, y más aún
de lo que se había necesitado para que el hielo se acumulase
en la Antártida en donde ya lo había hecho 35 millones
de años antes. A diferencia de la Antártida, que es
un continente, la región del Artico está ocupada en
su mayor parte por un océano profundo recubierto por una fina
capa de agua marina congelada de dos o tres metros de espesor. La
tierra firme en el Artico se encuentra a bastantes grados al sur del
Polo Norte, con lo que, al disminuir la latitud y aumentar la insolación
veraniega, la acumulación del hielo en grandes cantidades se
hizo más difícil en el hemisferio norte que en el hemisferio
sur.
La teoría
tradicional indica que para la acumulación de hielo en esos
mantos no sólo se necesitaban precipitaciones abundantes de
nieve invernal sino sobre todo que no se derritiese en verano. Por
eso se cree que el disparador de las glaciaciones cuaternarias fue
de carácter astronómico, cuando comenzó a haber
épocas en las que los veranos en las latitudes altas del hemisferio
norte tenían una baja insolación. Esta posibilidad comenzó
a verificarse justo al final del Plioceno, hace unos 3 Ma, cuando
la oscilación en los valores de la inclinación del eje
de la Tierra fue aumentando, con épocas en las que la inclinación
del eje terrestre era bastante menor que la actual.
Periódicamente,
cuando los valores de inclinación eran bajos (leve basculación
del eje), y coincidían con otros parámetros astronómicos
favorables (alta excentricidad de la órbita y máxima
lejanía del Sol durante el solsticio de verano del hemisferio
norte), se daban veranos frescos que favorecían
la entrada en una glaciación.
Desde
los tiempos de Köppen, los climatólogos han dedicado una
particular atención a lo que ocurre en las regiones del norte
de Canadá, cuyo clima es particularmente sensible a los cambios
astronómicos de insolación. La teoría tradicional
paleoclimática es que las variaciones en la insolación
veraniega de esas latitudes han actuado como detonadores en la formación,
o en la fusión, de los grandes mantos de hielo Laurentino y
Finoescandinavo.
Aparte
de los cambios de insolación relacionados con la inclinación
del eje terrestre, se producen a lo largo de los milenios otros cambios
relacionados con la excentricidad de la órbita y la precesión
de los equinoccios. Estos cambios fueron sugeridos por primera vez
por el escocés James Croll, en 1864, pero fue ya en este siglo
cuando el serbio Milankovitch desarrolló la teoría de
una forma precisa. La periodicidad del ritmo de las glaciaciones cuaternarias
no es fácil de constatar, pero parece claro que está
influenciada por los ciclos de Milankovitch, que explicamos con más
detalle en otra parte de este libro.
Otra
condición importante para el comienzo de las glaciaciones es
que las nevadas invernales fuesen suficientemente
importantes. Para ello era necesario que los mares de donde provenía
la humedad estuviesen relativamente calientes. Se ha solido considerar
que una corriente del Golfo suficientemente activa y un Atlántico
Norte relativamente cálido podían explicar las fuertes
nevadas. El cierre del istmo de Panamá habría facilitado
este funcionamiento. Sin embargo, todavía los modelos paleoclimáticos
no son capaces de simular las fuertes nevadas que se requerirían
para formar los mantos Laurentino y Finoescandinavo (Duplessy, 1993).
Recientemente se ha descubierto que probablemente también la
región subártica del Pacífico Norte jugó
un papel importante en el inicio de la aumulación de hielo
en Norteamérica. En este caso se cree que las condiciones idóneas
ocurrían cuando durante el final del verano y el otoño
la temperatura del agua de la zona más septentrional del Pacífico
era extraordinariamente alta gracias a una prolongada estratificación
de las aguas. Estudios sobre la abundancia relativa de diatomeas y
cocolitóforos, así como el análisis de las alquenonas,
parecen indicarlo (Haug, 2005).
Un importante
feedback positivo que intensificaba las glaciaciones una
vez iniciadas debido a razones astronómicas, era el aumento
del albedo. El albedo (del latín
albedo: blancura) es el porcentaje de luz solar que es reflejada al
espacio y que se pierde sin calentar la Tierra. En las épocas
interglaciales cálidas y más húmedas, la superficie
azul o gris de los mares subárticos, libres de hielo, y, en
tierra, los paisajes verdes ocupados por los bosques boreales, tenían
(y tienen) un albedo mucho menor —absorben más radiación
solar— que las superficies marinas o terrestres que quedan cubiertas,
durante los tiempos glaciales, por el blanco brillante de los hielos,
o por las extensiones blanquecinas de tundras y estepas frías.
De esta forma, los cambios en el color de los paisajes han repercutido
en los ciclos glaciales cuaternarios, con un importante efecto de
retroalimentación positiva.