|
El clima
muy cálido del principio del Terciario
El primer período del Terciario, el Paleoceno
(65 Ma- 54 Ma), transcurrió en un clima semejante al de algunas
épocas muy cálidas del Cretácico. Cocodrilos y
tortugas habitaban latitudes árticas. Crecían palmeras
en la península de Kamchatka. El
Artico tenía una extensión menor que la actual y una comunicación
más precaria con el Atlantico. Sus aguas eras mucho menos profundas,
más dulces y mucho más cálidas. El
agua del mar estaba varios grados más caliente que la actual,
tanto en superficie como en profundidad. El plancton subtropical del
Atlántico llegaba unos 15º de latitud más al norte que
en la actualidad. Los corales ocupaban una banda tropical más
ancha que la de hoy. Las corrientes océanicas y la circulación
termohalina eran también diferentes (Diekmann, 2004; Thomas,
2004).
Máximo Térmico del Paleoceno Final (LPTM o PETM)
En
la frontera con el Eoceno, hace unos 55 millones de años, la
temperatura aún subió más y se produjo un corto
pico de calor (Late Paleocene Thermal Maximum, o bien, Paleocene-Eocene
Thermal Maximum).
Fue
un abrupto evento de calentamiento, que apenas duró unos 80.000
años, pero que influenció enormemente en la evolución
de la vida animal. El episodio coincidió con una importante
extinción de fauna, tanto en los continentes como en los océanos,
y con la aparición de numerosos órdenes de mamíferos
nuevos, que dominan el reino animal desde entonces. La flora se adaptó
respondiendo con cambios en la fisonomía de sus hojas y con
migraciones hacia latitudes más altas (Wing, 2005).
Las
temperaturas continentales subieron entre 5ºC y 7ºC sobre unos niveles
térmicos anteriores que ya eran altos. En los mares las aguas
superficiales costeras en la Antártida pasaron de tener una
temperatura de 13ºC a otra de 20ºC, y en el Artico se llegaron a alcanzar
los 24ºC. Aunque las aguas de las regiones subtropicales también
se recalentaron, el efecto se notó más en las latitudes
altas.

Figura.
Mapa del Paleoceno y comienzos del Eoceno, hace unos 55 millones de
años (fuente: Brinkhuis, 2006).
También
las temperaturas del agua del fondo llegaron a ser entonces —como
lo habían sido en la mitad calurosa del Cretácico—
unos 12ºC superiores a las actuales (Lear, 2000). Probablemente fue
debido a un cambio del lugar principal de formación de las
aguas profundas, que pasó de estar ubicado en mares fríos
del hemisferio sur a estarlo en mares más cálidos del
hemisferio norte. El análisis del carbono-13 de los sedimentos
indica este abrupto cambio circulatorio (Nunes, 2006).
Se cree que el pico de calentamiento del PETM pudo deberse a la extrusión
brusca de metano que hasta entonces había
permanecido atrapado en cristales de hielo en sedimentos del fondo
oceánico. La erupción del gas pudo ocurrir tras rebasar
la temperatura de las aguas del fondo marino un cierto umbral de calor
que descongeló los hidratos de metano. Es posible que un cambio
en la circulación oceánica fuese el disparador de este
proceso (Tripati, 2005). Una vez en la atmósfera, el metano
liberado se oxidaría convirtiéndose en CO2 y vapor de
agua (CH4 + 2O2 = CO2 + 2H2O), incrementando en 2 o 3 veces la concentración
de dióxido de carbono en la atmósfera (Zachos, 2003).
La
mejor prueba del incremento brusco de metano parece residir en un
pico de disminución y posterior subida del carbono-13 en los
sedimentos. El metano, por su origen biológico es muy pobre
en ese isótopo (d13C , –60‰). Además el
metano se oxidó rapidamente a CO2, que al disolverse en el
agua alteró la química oceánica del carbono.
Esa disolución acidificó el agua marina y rebajó
la concentración del ion carbonato. Para compensarlo la lisoclina
ascendió y hubo una disolución de la calcita que se
aprecia en los sedimentos océanicos (Zachos, 2005).
No
se descarta que la abundancia del metano pudo también ser el
resultado de una intensa producción bacteriana en los humedales
que recubrían entonces vastas extensiones de las latitudes tropicales
y medias. O en las turberas creadas en las latitudes altas. Pero lo
abrupto del episodio parece avalar más la teoría de la
fusión de hidratos congelados del subsuelo
marino (Bains, 1999; Katz, 2000).
Optimo Climático del Eoceno Inicial
Tras el pico de calor del final del Paleoceno, la temperatura disminuye
pero se mantiene alta durante toda la primera parte del Eoceno, hasta
hace unos 40 Ma. Especialmente notable es la
situación del Artico, libre de hielo, con inviernos mucho menos
fríos que los actuales. Recientes estudios del proyecto ACEX
(Arctic Coring Expedition) indican la existencia de microfósiles
sedimentarios cerca del Polo Norte típicos de aguas con temperatura
de 20ºC (Moran, 2006).
Se
han barajado diversos factores en la explicación de este clima
cálido de comienzos del Terciario:
-
una
circulación atmosférica más zonal
-
alta
concentración de dióxido de carbono y de metano
-
más
nubes estratosféricas
una circulación atmosférica más zonal
Los modelos geológicos
actuales consideran que el Artico estaba demasiado cerrado para beneficiarse
de un acarreo directo de calor océanico desde el Trópico.
Existía una comunicación exigua entre el amplio
mar de Tethys y el Artico a través de un mar somero en Siberia
Occidental y también a través del estrecho que se abría
en la zona de separación entre Groenlandia y Escandinavia.
Eso hacía que la circulación oceánica transportase
con mucha dificultad el calor tropical hacia las latitudes medias
y altas.
En
este sentido, estos modelos atribuyen el calor de las latitudes altas
a un reforzamiento de los vientos del oeste alrededor de un Océano
Artico cerrado, en donde permanentemente, en contra de lo que ocurre
actualmente, existiría una baja presión. Los fuertes
vientos del oeste incrementarían la advención de masas
de aire templadas y húmedas del Pacífico y del Atlántico,
sobre Norteamérica y Eurasia respectivamente, y calentarían
el interior del continente (Sewell, 2001).
Además,
la baja presión del Artico impondría una circulación
de corrientes superficiales en aquel océano que debilitaría
el actual Giro de Beaufort y dificultaría la formación
del hielo. Así, durante esta primera parte del Terciario, el
índice AO (Arctic Oscillation) sería muy positivo (debido
a la intensa baja del Artico), lo que favorecería fuertes vientos
del oeste.
alta concentración de dióxido de carbono y de metano
También se ha barajado como causa del calor la alta concentración
de CO2. La existencia de una elevada concentración de CO2 atmosférico
al principio del Eoceno, que según algunos autores era superior
a las 2.000 ppm, pudo deberse a un período de intensa desgasificación
magmática, que se debería, a su vez, a un fuerte ritmo
de movimiento de las placas tectónicas durante aquella época,
especialmente en la zona de apertura atlántica entre Groenlandia,
Islandia y Noruega, y también en Alaska y en la zona asiática
en donde el borde norte de la placa de la India se hundía bajo
la de Asia meridional (Pearson, 2000).
Pero
el incremento brusco del dióxido de carbono pudo deberse también
a la oxidación de grandes cantidades de metano que escaparon
del subsuelo marino, tras un primer proceso de calentamiento de las
aguas del fondo. La pobreza en carbono-13 de los sedimentos parece
probar este origen. En las costas de Noruega se han encontrado recientemente
estructuras geológicas de aquella época que parecen
corresponder a grietas submarinas por donde se escapó el metano,
que permanecía atrapado en forma de hidratos congelados hasta
que se descongelaron los clatratos y quedó libre (Svensen,
2004).
Otra
hipótesis es que los movimientos de subducción tectónica
en el Artico pudieron hundir en las profundidades sedimentos ricos
en materia orgánica que crearían metano, el cual acabaría
saliendo al aire bruscamente por esas chimeneas abiertas en los estratos
(Clift & Bice, 2002).
Una
teoría más reciente sugiere que la alta concentración
de CO2 fuera el resultado de gigantescos incendios, que bajo un clima
ya seco y cálido, pudieron afectar a las turberas muy extensas
que existían entonces (Kurtz, 2003). Sería algo semejante,
pero en mucha mayor proporción, a lo que ocurrió en
1997 en Indonesia y que motivó un aumento significativo del
CO2 durante aquel año.
más nubes estratosféricas
Finalmente, se ha pensado también en la existencia de una densa
y extensa cubierta de nubes estratosféricas que actuaría
de tapadera del calor troposférico. Investigadores de la Universidad
de Santa Cruz han añadido este factor como posible causante
del clima caluroso de las latitudes altas en el Eoceno inicial. El
efecto invernadero de las nubes provocaría un relativo calentamiento
en las zonas polares, que frenaría la formación de hielo
continental y marino, haría disminuir el albedo y, finalmente,
contribuiría a que existiese un clima en todo el globo más
cálido y más húmedo (Sloan 1998).
Estas
nubes se forman en la estratosfera, en latitudes altas, a una altura
de unos 15 kilómetros, en donde las temperaturas son muy frías.
Producen un efecto invernadero ya que, a la vez que son translúcidas
a la radiación solar, son, sin embargo, bastante opacas a las
radiaciones infrarrojas terrestres, de tal forma que, tras absorberlas,
reemiten su energía de vuelta hacia abajo. Las nubes estratosféricas
polares se forman bajo dos condiciones: que la temperatura del aire
sea muy fría (por debajo de los –75°C) y que la humedad
sea suficiente. Esta última condición no es fácil
de conseguir, ya que la estratosfera es muy seca. Es seca porque el
vapor de agua troposférico apenas penetra en ella, ya que antes
de llegar a la tropopausa (frontera entre la troposfera y la estratosfera)
se condensa en gotas de agua, o en cristales de hielo, y precipita.
Pero el metano troposférico sí que alcanza la estratosfera.
Por eso la mayor parte del agua estratosférica proviene en
realidad de la oxidación del metano. Por lo tanto, la alta
producción de metano en aquella época del Eoceno —parte
del cual ascendía a la estratosfera y aportaba humedad tras
su oxidación—, explicaría la abundancia de nubes
estratosféricas.
Es
posible también que cambios en la circulación general,
iniciados por un aumento de CO2, reforzasen la inyección de
vapor de agua en la estratosfera (Kirk-Davidoff, 2002).
|
|
referencias:
Bains S et al.,
2000, Termination of global warmth at the Palaeocene/Eocene boundary through
productivity feedback, Nature, 407, 171-174 Brinkhuis H. eta al., 2006, Episodic
fresh waters in the Eocene Arctic Ocean, Nature, 441,
606-609
Clift P. et Bice K., 2002, Baked Alaska,
Nature, 419, 129-130
Diekmann B. 2004, Message from the fish teeth, Nature,
430, 26-27
Kirk-Davidoff et al., 2002, On the feedback of stratospheric
clouds on polar climate, Geophysical Research Letters, 29, 51-1
Kurtz A.C. et al., 2003, Early Cenozoic decoupling of
the global carbon and sulfur cycles, Paleoceanography,18,4, 1090, doi:10.1029/2003PA000908
Lear C.H. et al 2000, Cenozoic deep-sea temperatures
and global ice volumes from Mg/Ca benthic foraminiferal calcite, Science,
287, 269
Moran K. et al., 2006, The Cenozoic palaeoenvironment
of the Arctic Ocean, Nature, 441, 601-605
Nunes F. & R. Norris, 2006, Abrupt
reversal in ocean overturning during the Palaeocene/Eocene warm period,
Nature, 439, 60-63
Pagani M. et al., 2005, Marked decline in atmospheric
carbon dioxide concentrations during the Paleogene, Science, 309, 600-603
Pearson P. & Palmer M., 2000, Atmospheric
carbon dioxide concentrations over the past 60 million years, Nature,
406, 695-699
Sewall J. & Sloan L., 2001, Equable
Paleogene climates: The result of a stable, positive Arctic Oscillation
?, Geophysical Research Letters, 28,3693-3695
Sloan L C. & Pollard D., 1998, Polar
stratospheric clouds : A high latitude warming mechanism in an ancient
greenhouse world, Geophysical Research Letters, 25, 3517-3520
Svensen H. et al., 2004, Release of methane from a volcanic
basin as a mechanism for initial Eocene global warming, Nature, 429, 542-545
Thomas D., 2004, Evidence for deep-water production in
the North Pacific Ocean during the early Cenozoic warm interval, Nature,
430, 65-68
Tripati A. & H. Elderfield, 2005, Deep-sea temperature
and circulation changes at the Paleocene-Eocene thermal maximum, Science,
308, 1894-1898
Wing S. Et al., 2005, Transient floral change and rapid
global warming at the Paleocene-Eocene boundary, Science, 310, 993-996
Zachos J. et al., 2001, Trends, rhythms, and aberrations
in global climate 65 Ma to present, Science, 292, 686-693
Zachos J. et al., 2003, A transient rise in tropical
sea surface temperature during the Paleocene-Eocene thermal maximum, Science,
302, 1551-1554
Zachos J. et al., 2005, Rapid acidification of the ocean
during the Paleocene-Eocene Thermal Maximum, Science, 308, 1611-1615
Antón
Uriarte Cantolla |
|