El clima y la cultura magdaleniense

Durante el Paleolítico Superior Europa sufrió un clima altamente inestable, en los que se pasó con altibajos y brusquedades del clima muy frío del último máximo glacial, hacia el 22.000 antes del presente, al clima templado y relativamente estable que ha imperado en los últimos 11.500 años.

La desglaciación no fue linealmente progresiva.

En el hemisferio norte hacia el 14.500 se produjo un fuerte calentamiento que parecía indicar el fin de los tiempos gélidos del Oldest Dryas. Sin embargo, este período templado (Bølling/Allerød) fue abortado por un nuevo y largo milenio de recrudecimiento del frío ocurrido hacia el 13.000 antes del presente y denominado Younger Dryas. El Younger Dryas acabaría hacia el 11.500 antes del presente, comenzando entonces definitivamente el clima del actual interglacial Holoceno. Fue precisamente en estos milenios de transición climática y especialmente en sus períodos fríos, Oldest Dryas y Younger Dryas, cuando llegó a su culmen en Europa Occidental, y especialmente en la costa Cantábrica y en el Sudoeste de Francia, la gran cultura Magdaleniense de arte rupestre.

Los modelos paleoclimáticos de aquellos milenios de transición parecen indicar que los vientos del sur y del suroeste que soplaban durante el invierno en la región cántabro-aquitana eran en aquel tiempo más frecuentes de lo que son hoy.

El aire que atravesaba la Península procedente del suroeste perdía humedad y se calentaba de forma notable por efecto föhn al bajar al Cantábrico y a la Aquitania, tal y como ocurre en la actualidad. De esta manera, en la región cantábro-aquitana el frío invernal quedaba muy atenuado, creándose una zona refugio de clima más benigno para la fauna y para los seres humanos.

¿Por qué había más viento sur ?

El manto de hielo Laurentino que se asentaba sobre Canadá y el norte de Estados Unidos llegaba a ser en los períodos más fríos 4 o 5 veces mayor que el Finoescandinavo. Su volumen era casi semejante al que ocupa hoy la Antártida. Por su masividad y por su posición producía modificaciones importantes en la fuerza y dirección de los vientos que cruzaban el Atlántico Norte. También enfriaba las masas de aire y modificaba indirectamente las corrientes marinas.

Uno de los efectos más significativos del manto de hielo Laurentino en la circulación atmosférica era el de la partición en dos de la corriente en chorro a su paso por Norteamérica: una rama septentrional que lo circundaba por el norte y otra meridional, más potente, que salía hacia el Atlántico en una latitud bastante inferior a la del jet actual más frecuente.

La rama norte impulsaba en superficie vientos catabáticos del noroeste que salían hacia el Océano Atlantico, sobre el mar de Labrador, canalizados entre el domo de hielo Laurentino y el de Groenlandia. Este flujo acarreaba en invierno una masa de aire muy fría que invadía la superficie de las aguas del Atlántico Norte y provocaba un espeso hielo marino. Así, la temperatura del aire en invierno frente a las costas de Terranova era en el último máximo glacial más de 20°C inferior a la actual . En las costas europeas las diferencias eran menores: en el Golfo de Vizcaya entre 8 °C y 16°C, con un fuerte gradiente norte-sur. Las mayores diferencias de temperatura del agua con respecto al presente se registraban entre los 40°N y 50°N. Durante el último máximo glacial las temperaturas en Febrero en el Golfo de Vizcaya eran muy frías, inferiores a los 4°C . También las temperaturas de las aguas que bordeaban la Península eran bajas: en Febrero eran de 8°C frente a Lisboa y de 10°C en Huelva.

La otra importante influencia del domo de hielo Laurentino era la traslación hacia el sur de la rama meridional del jet y de los frentes y borrascas asociados a él. Una extensa zona de bajas presiones se extendía en Enero desde Norteamérica hasta Europa con vientos medios del oeste más fuertes que los actuales.

Además se producía una onda en este flujo del oeste que provocaba vientos del suroeste fuertes y regulares sobre España y Francia. Posteriormente, de nuevo el flujo se torsionaba hacia el Mediterráneo Oriental.

El frío de las aguas y el hielo marino repercutían también en el campo de presiones con un aumento de la presión media en las latitudes altas del Atlántico y un descenso de la presión media en el sur. Así, en latitudes subpolares eran frecuentes los anticiclones de bloqueo mientras que la zona sur, hacia los 40°N, se convertía en una región ciclogenética. Como consecuencia, las bajas presiones posicionadas al oeste de la Península eran más frecuentes que en la actualidad.

Los vientos oceánicos del suroeste impulsaban masas de aire marino sobre la Meseta, produciendo abundantes nieves en ella y en sus estribaciones montañosas, especialmente en las vertientes meridionales. A pesar de venir ell flujo del suroeste, la precipitación invernal era en forma de nieve y no de lluvia debido a las bajas temperaturas que prevalecían entonces en aquellas latitudes del Atlántico Norte, en donde la corriente del Golfo no estaba operando como hoy. En estas condiciones invernales, la supervivencia humana en el interior de la Península Ibérica tuvo que ser muy difícil.

Francia, exceptuando la región aquitana y la vertiente norte de los Pirineos, tampoco sería habitable en invierno. Las llanuras del norte del país galo sufrían unos inviernos muy fríos, debido a los blizzards que soplarían en las proximidades del manto de hielo Finoescandinavo. Por el este, el Macizo Central francés, cubierto por el hielo, formaba también una barrera climática para la gente que vivía en la región aquitana. Sin embargo es posible que en verano, con una insolación en el Oldest y en el Younger Dryas que era superior a la actual, estas tierras norteñas fueran visitadas por cazadores nómadas venidos del sur.

Particularmente interesante resulta esta época del Younger Dryas (13.000-11.500). Durante la desglaciación, por razones de geometría astronómica, la insolación fue disminuyendo en los inviernos del Hemisferio Norte. Esto significa que el frío invernal llegó a su culmen en el Younger Dryas, motivado principalmente por el enfriamiento de las aguas atlánticas, pero también por la disminución de la insolación, que en el 11.500 antes del presente era en las latitudes medias casi un 10 % inferior a la actual.

En la Península Ibérica es muy posible que se reforzasen entonces los anticiclones invernales de superficie, acusándose aún más el frío inverenal en la Meseta y aumentando el contraste térmico con la costa cantábrica, mucho más templada.

En definitiva, mi hipótesis de investigación es que el territorio cántabro-aquitano se convirtió en los períodos más fríos de la glaciación en un refugio de invierno de los habitantes de Europa Occidental, y allí el incremento de la densidad de población facilitó el desarrollo de la cultura magdaleniense (y quizás también resida ahí la clave del origen de algunas particularidades de los vascos).

En el otro extremo del Mediterráneo, en tierras de Israel y Palestina, el endurecimiento del clima durante el Younger Dryas obligó a la población a reagruparse. La vuelta al frío y a la sequedad de los vientos del norte les hizo abandonar un modo de vida, que durante el templado Bölling/Alleröd estaba basado exclusivamente en la caza y la recolección de frutos. Ante la adversidad surgió también allí una nueva cultura, la cultura Natufiense y con ella la agricultura.

 
         
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