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El
clima cambiante del Mioceno
Mioceno
inicial, episodio Mi-1
Toda la
primera parte del Mioceno conserva el alto nivel de temperaturas alcanzado
justo al final del Oligoceno. Sin
embargo, la transición del Oligoceno al Mioceno queda marcada
por un corto episodio, llamado Mi-1, de intensa erosión en los
continentes, que ocurre hace 23,7 millones de años (ver figura
aquí), y que es apreciable a escala
general del planeta.
Probablemente un enfriamiento y un aumento de la acumulación
de hielo en la Antártida —especialmente en la Antártida
Occidental— provocó una brusca bajada del nivel del mar,
dejando las plataformas costeras en seco y expuestas a la erosión.
Todavía no existían mantos de hielo permanentes en el
hemisferio norte, por lo que la fuerte bajada del nivel del mar debió
deberse exclusivamente a la expansión del manto austral. Recientes
investigaciones en sedimentos del mar de Ross indican que en esa transición
entre el Oligoceno y el Mioceno se produjeron una serie de variaciones
cíclicas en el volumen de hielo de la Antártida, ligadas
a ciclos orbitales semejantes a los descritos por Milankovitch para
el Cuaternario (Zachos, 2001; Naish, 2001).
Optimo
climático del Mioceno medio
Después
de este corto pico inicial de frío las temperaturas se recuperan
y se mantienen más altas que las del Oligoceno durante toda la
primera mitad del Mioceno. El volumen de los hielos de la Antártida
vuelve a disminuir y el mar se eleva. Las latitudes altas del hemisferio
norte se calientan gradualmente y el paisaje de tundra de nuevo es sustituído
por un paisaje de coníferas. El nuevo máximo de calor
se alcanza en el Mioceno medio, entre hace 17 Ma y 14,5 Ma (Mid-Miocene
Climatic Optimum). Los fósiles oceánicos y continentales
indican que las temperaturas en las latitudes medias eran entonces 6ºC
superiores a las actuales.
Mioceno
final
La segunda parte del Mioceno, que comienza hace unos 14 Ma, es muy diferente
a la primera. El estudio de la ratio Mg/Ca de foraminíferos planctónicos
en el suroeste del Pacífico indica un enfriamiento brusco de
6ºC a 7ºC entre hace 14,2 y 13,8 Ma (Shevenell, 2004). Las temperaturas
se desploman y, sobre todo, el hielo continental aumenta en la Antártida.
Se atribuye este aumento del hielo en la Antártida a períodos
de baja inclinación del eje terrestre. Esta baja oblicuidad provocaba
menor intensidad en la insolación veraniega y además aumentaba
el gradiente entre los polos y los trópicos, lo que motivaba
una mayor transferencia meridiana de calor y de humedad hacia la Antártida.
Se produjo también una disminución del CO2, según
se aprecia en el análisis isotópico
del carbono (ratio 12C/13C) de sedimentos marinos. Para algunos
autores este momento representa así el paso de un clima “invernadero”
al clima “nevera” en el que estamos metidos desde entonces
(Holbourn, 2005).
Al
final del Mioceno, entre hace unos 7 Ma y 5 Ma, un manto glacial acaba
por cubrir, no sólo el continente austral, sino también
toda Groenlandia. Otro hecho climático importante, que acompaña
este enfriamiento final, es el aumento de la aridez en vastas regiones
de Asia y Africa, fenómeno que se agudizará en el Plioceno.
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Isotópos del
carbono (d13C) de los suelos de los montes Siwalik (sur de Nepal) cuya
evolución indica un cambio brusco hace 7,4 Ma, en el enfriamiento
de final del Mioceno, que provocó la sustitución de las
plantas arbóreas de tipo C3 por hierbas esteparias de tipo C4,
más ricas en carbono 13 (fuente: Quade, 1995)
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Dos acontecimientos geológicos
a gran escala tuvieron probablemente una influencia importante en el clima
del Mioceno: el levantamiento del Tibet y la
desecación del Mediterráneo. |
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Levantamiento
del Tibet
La meseta del Tibet comenzó a levantarse al chocar la placa india
con la asiática, hace unos 50 Ma, pero su impulso de ascensión
más importante se produce durante el Mioceno (Chung, 1998).
Su
elevación media actual es superior a los 5.000 metros y su superficie
es de más de 1 millón de kilometros cuadrados. La meseta
reúne unas condiciones óptimas para que en sus bordes
se produzca una fuerte erosión. Alta, cortada en sus márgenes
por abruptas pendientes y cercana al Indico —océano de
aguas calientes y proveedor de humedad— sus lluvias son intensas
y crean corrientes fluviales fuertemente erosivas. Los grandes ríos
que nacen allí —Ganges, Bramaputra, Indo, Yangtze y Mekong—
acarrean el 25 % de la materia disuelta que alcanza los océanos
del mundo.
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La barrera montañosa
del Himalaya y sus prolongaciones por el oeste y el este, intensifican
las precipitaciones monzónicas en la India y en el sureste asiático,
a la vez que impiden el paso de la humedad del Indico (flechas azules)
hacia el centro de Asia. En el
mapa se representa la cantidad media de lluvia que se recoge entre el
1 de Mayo y el 31 de Octubre. Las isoyetas son las de 250, 750 y 1500
milímetros.El levantamiento principal
de las cordilleras y de la meseta del Tibet se produjo en el Mioceno,
entre hace 25 y 5 millones de años.
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La
influencia de la emersión del Tibet sobre el clima global es
considerable y sus efectos son varios:
- Disminución del CO2 atmosférico.
Gracias al clima húmedo y caluroso de sus vertientes, el Tibet
contribuyó a la intensificación de dos procesos importantes
de captación del CO2 atmosférico: meteorización
de los silicatos y enterramiento de la materia orgánica. Por
una parte, un proceso químico de meteorización (weathering),
por el cual los minerales silicatados de las rocas, en conjunción
con las abundantes lluvias, disuelven el CO2 atmosférico en iones
bicarbonato (HCO3—) que los ríos se llevan al mar. En segundo
lugar, un proceso físico de erosión y arrastre de enormes
cantidades de materia orgánica vegetal (árboles, hierbas
y hojarasca), que acaba enterrada y sedimentada en el Golfo de Bengala
(Raymo, 1992; Ruddiman, 1997).
Se calcula que estos dos procesos pudieron provocar en unos pocos millones
de años una disminución considerable del CO2 contenido
en la atmósfera. Según la teoría tradicional, la
disminución del CO2 indujo un menor efecto invernadero y un descenso
de la temperatura global del planeta.
- Intensificación de las lluvias monzónicas de
verano que afectan al sur de Asia debido especialmente al efecto de
la ascensión orográfica.
- Intensificación de la aridez en extensas áreas interiores
de Asia Central y de China, al actuar de barrera al aire húmedo
proveniente del Indico. Además, la elevación del Tibet
contribuyó al desarrollo del monzón seco de invierno,
que sopla del interior del continente hacia el océano. De esta
forma, fomentó la erosión eólica y la sedimentación
de espesos estratos de loess en la meseta del río Amarillo en
China. Precisamente es la cronología estratigráfica del
loess la que indica que el sistema de monzones, semejante al que conocemos
actualmente, viene funcionando desde entonces (Zhiseng, 2001; Donghuai,
1998).
- Aumento de las extensiones cubiertas de hielo en la propia
meseta y en los Himalayas, lo que hizo aumentar el albedo terrestre.
En la actualidad, debido a la aridez de su clima (entre 100 y 600 mm
de precipitación anual) sólamente el 4% de la superficie
del Tibet está cubierta por hielo. Es probable que en épocas
más frías y menos áridas los hielos ocupasen un
espacio mayor, pero no se cree que haya estado nunca, ni siquiera durante
las glaciaciones cuaternarias, cubierta por un manto glacial, tal y
como hasta hace poco se creía. Lo que sí es más
posible es que la emersión del Tibet favoreciera un incremento
de la nubosidad sobre la región, lo que, de haberse producido,
habría contribuído también al enfriamiento.
- Obstaculización de la trayectoria de los vientos del oeste
que circundan las latitudes medias, lo que desde entonces aumenta la
amplitud de las ondas del flujo de los westerlies y provoca
un clima más variable en toda la franja templada del hemisferio
norte.
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La
desecación del Mediterráneo
A comienzos del Terciario, hace uno 60 millones de años, el
nivel del mar seguía estando aún por encima del actual
e inundaba con aguas someras gran parte de los continentes actuales.
El amplio y abierto Mar de Tethys (precursor del Mediterráneo)
anegaba vastas extensiones de Europa y del norte de Africa. Europa
era un archipiélago de islas, en cuyos mares poco profundos
se formaron típicos depósitos de rocas calizas y coralinas.

Durante
el Terciario, en los últimos 60 millones de años, el
Mar de Tethys se fue estrechando por el este hasta quedar separado
del Océano Indico. Así se formó una gran cuenca
marina casi separada del océano abierto. Abarcaba en una misma
extensión al Mediterráneo, al Mar Negro y al Mar Caspio.
Luego, el movimiento orogénico alpino aisló al Negro
y al Caspio, que quedaron convertidos en mares interiores.

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El
Mediterráneo siguió conectado por occidente con el Océano
Atlántico. Pero el intercambio de aguas se realizaba, no por
el estrecho de Gibraltar, sino por zonas que hoy están emergidas:
el corredor bético en el norte (Andalucía), y el corredor
del Rif en el sur (Marruecos).
Pero
entre hace unos 6 Ma y 5 Ma, en el piso Mesiniense, el Mediterráneo
sufrió desecaciones repetidas ya que su conexión con el
Atlántico llegó a ser tan restringida que, en ciclos de
unos pocos miles de años, se abría y se cerraba por completo
sucesivamente. Fueron movimientos geodinámicos en su región
occidental los causantes del aislamiento.
El
fenómeno pudo también estar ayudado parcialmente por bajadas
y subidas glacio-eustáticas del nivel del mar, relacionadas con
cambios que se registraban en el volumen acumulado de hielo en la Antártida
y en Groenlandia.
También
se ha constatado que cambios climáticos debidos a ciclos orbitales,
como el de la precesión de los equinoccios, produjeron en esta
época en la cuenca mediterránea agudas y duraderas sequías,
que influenciaron en los ritmos de desecación y llenado de las
pequeñas cuencas en que quedaba dividido y en donde se depositaban
espesos sedimentos salinos.
La
repercusión climática de la desecación mediterránea
debió ser muy importante, no sólo a escala europea, sino
también hemisférica. Los espesos sedimentos de sal que
se depositaron en algunas zonas del fondo del Mediterráneo modificaron
sensiblemente la salinidad de la globalidad de los océanos, que
se debió reducir en un 2 por mil, provocando lo que se ha llamado
la crisis salina mediterránea o mesiniense (Messinian Salinity
Crisis).
La
bajada de la salinidad oceánica global debió repercutir
en la circulación oceánica, en donde los aportes de aguas
saladas del Mediterráneo, por su diferente densidad, juegan un
papel específico e importante.
Es
también probable que la disminución de la salinidad océanica
se hiciese notar en las latitudes altas, y que, al elevarse el punto
de congelación del agua marina, la superficie del Artico se congelase
con mayor facilidad y los hielos fuesen más abundantes.
Las
investigaciones sobre la desecación del Mediterráneo alcanzaron
un punto álgido en agosto de 1970, durante las perforaciones
que realizaba el buque oceanográfico Glomar Challenger
en el Mediterráneo (Hsu, 1983). En los fondos de cuencas marinas
que hoy estan cubiertas por una capa de agua de más de 3.000
metros de profundidad, se descubrieron espesos estratos de rocas evaporitas,
como yesos y anhidritas, y ciertos fósiles típicos de
antiguos lagos sometidos a una fuerte evaporación.
Que
el fondo desecado del Mediterráneo estuvo entonces cientos de
metros por debajo del nivel superficial actual, parece probarlo también
el estudio de los sedimentos de la cuenca del Nilo. El geólogo
ruso Chumakov encontró que por debajo de los sedimentos de la
cuenca más reciente existían otro tipo de sedimentos,
correspondientes a un antiguo y estrecho brazo de mar que se encontraba
más de 1.500 metros por debajo del nivel actual. Según
Chumakov, a medida que el Mediterráneo se fue desecando, el Nilo
fue excavando un profundo valle para ajustar su pendiente al hundimiento
progresivo del nivel costero.
Durante
cientos de miles de años, el paisaje del fondo del Mediterráneo,
casi completamente desecado, debió asemejarse a una región
semidesértica, con lagunas diseminadas de aguas salobres, hacia
las que fluían los ríos a través de profundos cañones.
Durante este período las aguas remanentes eran tan saladas que
impedían la vida de la fauna marina. No se sabe con certeza el
grado de desecación, pero la acumulación de sedimentos
salinos llegó a alcanzar un espesor de hasta 2 y 3 km en algunas
zonas. Tales espesores son difíciles de explicar si no es porque
se fuesen acumulando en sucesivas invasiones y evaporaciones de aguas
saladas oceánicas.
Hoy
día, la evaporación completa del actual Mediterráneo,
si se cerrase Gibraltar, llevaría unos 1.000 años y en
su fondo se formaría un sedimento de sales de 70 metros de espesor.
Por lo tanto, para acumular los 2 o 3 km de sedimentos del episodio
mesiniense se habrían necesitado 30 o 40 ciclos de llenado y
secado de la cuenca.
El
Mesiniense finalizó justo en la frontera entre el Mioceno y el
Plioceno, hace unos 5,4 millones de años. Entonces otro cataclismo
orogénico en el extremo occidental del Mediterráneo volvió
a abrir la comunicación con el Atlántico. Esta vez, por
Gibraltar. Y desde entonces el Mediterráneo se encuentra en equilibrio
gracias al agua superficial que entra desde el Atlántico, que
compensa la pérdida por evaporación que sufre la cuenca
(mayor que la precipitación y el aporte de los ríos) y
también la pérdida de agua muy salada que se escapa al
Atlántico en dirección contraria por las profundidades
del Estrecho.
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referencias:
Chung S.L. et al.
1998, Diachronous uplift of the Tibetan plateau starting 40 Myr ago,
Nature, 394, 769-7 ¾73
Donghuai S. et al. 1998, Magnetostratigraphy and paleoclimatic
interpretation of a continuous 7.2 Ma Late Cenozoic eolian sediments
from the Chinese Loess Plateau, Geophysical Research Letters, 25, 85-88
Holbourn A. et al, 2005, Impacts of orbital forcing
and atmospheric carbon dioxide on Miocene ice-sheet expansion, Nature,
438, 483-488
Hsu K., The Mediterranean Was a Desert, Princeton University
Press, Princeton, New Jersey, 1983
Naish T. et al., 2001, Orbitally induced oscillations
in the East Antarctic ice-sheet at the Oligocene/Miocene boundary, Nature,
413, 719-722 Quade J. et al., 1995, Late Miocene environmental change in Nepal and the
northern Indian subcontinent: Stable isotopic evidence from paleosols,
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Raymo M.E. & Ruddiman W.F. 1992,
Tectonic forcing of late Cenozoic climate, Nature, 359, 117-122
Ruddiman W.F. (ed.) 1997, Tectonic uplift and climate
change, Plenum Press
Shevenell A. et al., 2004, Middle Miocene Southern
Ocean cooling antarctic cryosphere expansion, Science, 305, 1766-1770
Zachos J. et al., 2001, Climate response to orbital
forcing across the Oligocene-Miocene boundary, Science, 292, 274-278
Zhisheng A. et al., 2001, Evolution of Asian monsoons
and phased uplift of the Himalaya-Tibetan plateau since Late Miocene
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Historia
del Clima |
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