El CO2
añadido a la atmósfera durante la desglaciación
no pudo provenir del reservorio de la vegetación continental
y de los suelos, ya que se produjo también un aumento del carbono
retenido por los suelos y por la biomasa terrestre. Se calcula que durante
el Ultimo Máximo Glacial el carbono retenido en el reservorio
de las tierras continentales (suelos y vegetación) era unos 800
Pg menor que el de hoy (Kaplan, 2002). Durante la desglaciación
se produjo una expansión de las zonas de vegetación selvática
y una disminución de las extensiones de sabanas y desiertos.
En las latitudes medias y altas, la vegetación arbórea
colonizó tierras que antes estaban heladas o que sostenían
una pobre vegetación de tundra (Adams, 1990) En definitiva, en
el transcurso de la desglaciación hubo una captación de
CO2 por parte de la vegetación continental, cuya biomasa se incrementó
notablemente.
Con una
salvedad que actualmente ha salido a la luz: quizás provino en
gran medida del carbono que había estado retenido en los suelos
y en la vegetación que con la subida del nivel del mar quedaron
inundados. Se ha calculado que el carbono liberado debido a la inundación
y la descomposición de la vegetación y suelos de esas
plataformas emergentes, podría haber incrementado la concentración
de CO2 atmosférico entre 90 y 120 pmm (Montenegro, 2006). Ahora
bien, esta teoría es reciente y no se sabe aún en qué
proporción ese carbono biológico inundado pasó
al aire.
Por lo
tanto, parece que una gran parte del incremento del carbono atmosférico
lo suministró el océano.
Son dos los procesos posibles de transferencia (inversos a los que ocurrieron
en el inicio de la glaciación:
a) una
mayor ventilación oceánica con afloramiento más
intenso de aguas profundas ricas en CO2
b) una
disminución de la captación fotosíntética
de CO2 atmosférico por parte del fitoplancton marino.
Paradójicamente
estos dos procesos son contradictorios, ya que un mayor afloramiento
de aguas profundas implica más suelta de CO2 al aire, pero suele
estar acompañado de un mayor aporte de nutrientes y, por lo tanto,
de una mayor producción fitoplanctónica, lo que implica
lo contrario: más absorción de CO2 por parte del océano.
Y viceversa. Por lo tanto no es fácil saber cuál de estos
dos procesos prevaleció y cómo variaron de intensidad
en el transcurso de la desglaciación (Sundquist, 1993).
Recientes
modelos de circulación oceánica indican que probablemente
lo más importante fue la mayor ventilación oceánica,
especialmente en los Mares del Sur cercanos a la Antártida. La
mengua de las banquisas de hielo y el incremento del flujo termohalino
de corrientes, con un mayor afloramiento de aguas profundas, ventiló
el océano, exhalando a la atmósfera parte del CO2 que
durante la glaciación había sido retenido en sus aguas
(Stephens, 2000).
También
pudo haber cambios en la ventilación de CO2 que se produce en
el Pacífico Ecuatorial. Actualmente esta es la zona de mayor
evasión de CO2 a la atmósfera (del orden de 1 Pg/año).
La mayor parte se produce en su zona oriental, en donde el upwelling
es más intenso. En las épocas más cálidas
de la glaciación, en los interestadiales, parece que las situaciones
de La Niña son más frecuentes y la suelta de CO2 en el
Pacífico Ecuatorial más intensa. Lo mismo pudo ocurrir
en los milenios de la desglaciación, especialmente durante el
Bølling-Allerød (Palmer & Pearson, 2003).
Recientemente
se ha pensado que el CO2 también pudo provenir del permafrost
descongelado que durante la glaciación habría retenido
una gran cantidad de carbono. Según el investigador ruso Zimov
en la actualidad el permafrost retiene más carbono que el contenido
en la vegetación (650 Gt) y algo menos que el contenido en los
suelos (1.500 Gt). Durante la glaciación pudo contener más
del doble y este carbono, por descomposición, fue liberado en
forma de dióxido de carbono y de metano durante el proceso de
la desglaciación (Zimov, 2006).
Una parte
indeterminada del incremento del CO2 pudo provenir también de
la oxidación atmosférica del metano, ya que el CH4 en
la atmósfera se combina con los radicales OH y se destruye formando
CO2 y agua.
el metano
La concentración de metano durante la desglaciación se
duplicó, pasando de 0,4 ppm a 0,7 ppm. Esta duplicación
produjo un aumento radiativo directo de unos 0,3 Wm-2, por lo que la
subida térmica atribuíble en sí a este aumento
(sin otros efectos indirectos) sería tan sólo de alguna
décima de grado.
No está
claro aún a qué se debió el incremento del gas
en el aire. Probablemente la clave está más en las regiones
de las latitudes altas que en las tropicales. En las latitudes altas
se formaron nuevos humedales allí en donde se fueron retirando
los hielos: en Canadá, Siberia y norte de Europa, especialmente.
Además la subida del nivel del mar y la ocupación de las
tierras costeras polares contribuiría a la descongelación
de vastas zonas de permafrost y al escape de metano retenido en los
cristales de hielo del subsuelo (MacDonald, 1990).
Por otra
parte, un factor importante del incremento de la concentración
del metano atmosférico pudo ser la disminución de los
radicales OH en el aire, los cuales oxidan y destruyen la molécula
de CH4. Esta disminución de radicales OH pudo ser debida al aumento
de ciertos compuestos volátiles orgánicos, VOC, como isoprenos
y monoterpenos, aceites olorosos que arrojan al aire los bosques y que
consumen también esos radicales. En definitiva, el aumento de
la vegetación arbórea favoreció también
el incremento del metano (Valdés, 2005).
el
óxido nitroso
Otro gas
invernadero que incrementó su concentración atmosférica
en el transcurso de la desglaciación fue el óxido nitroso
(N2O): de 0,19 ppm a 0,27 ppm. El aumento supuso un forzamiento radiativo
directo de unos 0,3 Wm-2 , semejante al del metano. Las principales
fuentes de N2O son los suelos tropicales y templados, y las zonas oceánicas
de afloramiento de aguas profundas. Su sumidero principal es la estratosfera,
en donde se fotodisocia en otros compuestos. Al igual que el metano,
sus variaciones durante la desglaciación siguieron la evolución
de las temperaturas (Flückiger, 1999).
el
vapor de agua
Finalmente, pero no menos importante, el aumento del vapor de agua contenido
en la atmósfera fue posible gracias al aumento de la temperatura
del aire, lo cual reforzó decisivamente el efecto invernadero
y el calentamiento.