La era compostelana
Desvanecidos los temores del año mil, Galicia conoce una etapa histórica
de gran desarrollo que se manifiesta en el crecimiento de la población,
la expansión de la agricultura, la difusión del fenómeno
urbano, del artesanado y el comercio a larga distancia; en la aparición
de una extraordinaria cultura literaria y artística y en la creación,
finalmente, de unas rudimentarias estructuras administrativas y políticas
en torno a las monarquías feudales.
La aparición de Portugal como reino independiente, a partir del siglo XII,
impide la expansión gallega hacia el sur. Se configura así, de forma
definitiva, el espacio territorial que corresponde a la Galicia actual y que,
hasta este momento, había participado en la historia conjuntamente con
el Portugal bracarense.
La expansión de la agricultura viene indicada por un importante crecimiento
demográfico que se produce en los siglos XII y XIII. Se fragmentan las
antiguas vilas; aparecen otras nuevas, denominadas vilanovas, de
tanta presencia en la toponimia galaica; crecen los antiguos núcleos urbanos
o se fundan en nuevos emplazamientos.
Pero este crecimiento de la población no sería posible si no hubiera
ido acompañado de una modificación en la organización de
la producción agraria. Cambios que se refieren a la extensión del
espacio cultivado, a la intensificación de lo que ya se venía cultivando.
Se produce también una importante intensificación de la producción.
Por una parte, es capaz de abonar mejor una parte de las tierras de labranza más
próximas a los establos. Nacen así las cortiñas, en
las que se cultivan leguminosas, hortalizas y frutales, y los ejidos o circundos.
En segundo lugar, de produjo una reducción del barbecho. Por último,
el campesino medieval dispone de un mejor instrumental agrícola. Por ejemplo,
se utiliza el hierro como material básico para la fabricación del
instrumental. Por eso se les llama ferramentas. Los conocimientos técnicos
de los frailes cistercienses fueron decisivos para el trabajo del hierro y para
la formación de un equipo de ferreiros. Tarea técnica que
correrá a cargo, fundamentalmente, de los herreros o arotzas de
origen vasco.
Y también se diversificó la producción agraria. En este sentido,
es de una fundamental importancia la extensión del viñedo en las
cuencas del Miño y del Sil, del Avia y del Arnoia, y en las comarcas meridionales
del Bajo Miño. Aunque algunos repobladores, como Odoario, hicieran plantaciones
de vides por las orillas del Miño hasta Os Peares, este cultivo no se generaliza
hasta los siglos XII y XIII, en los que Orense y Ribadavia ya destacan por su
condición de mercados vinícolas. Posteriormente, se incorporan otras
comarcas al cultivo de la vid, pero no lograrán mantener la especialización
vitícola de las zonas plantadas en estos siglos centrales de la Edad Media.
La expansión económica va a propiciar el crecimiento de los núcleos
urbanos ya existentes y, especialmente, la creación de otros nuevos. En
estos núcleos o “burgos” residían las actividades artesanales,
comerciales y de servicios. El urbanismo gallego había sido muy débil
antes del siglo XII. Compostela será hasta el siglo XX la ciudad más
importante de Galicia.
La ciudad compostelana es el punto final de una línea urbanística
formada por el Camino de Santiago, camino de peregrinación que dio
origen a la creación de pequeños núcleos urbanos destinados
a ofrecer los servicios mínimos al aluvión de peregrinos. Las villas
de Triacastela, Portomarín, Melide o Arzúa son buenos ejemplos de
este eje urbanizador que es el Camino Francés.
También la reactivación del comercio con la Europa atlántica
propicia un segundo eje urbanizados, que dio lugar al nacimiento de numerosas
villas de base comercial y pesquera.
Los artesanos, agrupados en gremios, surtían a la población urbana
de sus más acuciantes necesidades: vivienda, alimentación, indumentaria,
mobiliario, herramientas, etc. Los artesanos, cuando eran muchos, formaban barrios
o habitaban una calle que tomaba, por ello, la denominación gremial: concheiros,
ferreiros, azabachería...
Además del comercio interior, realizado entre el campo y la ciudad y en
el que los monasterios ejercieron un papel esencial, existía el comercio
exterior, consistente en la exportación de vino y en la importación
de tejidos y sal.
La expansión del mundo agrario y el renacimiento de la vida urbana provocaron
cambios que no beneficiaron a todos por igual.
Los instrumentos y figuras jurídicas que regulaban las relaciones sociales
en el seno del feudalismo gallero eran muy variados, desde tributos feudales como
la facendeira o el xantar, hasta la loitosa, que aún
se practicaba en los siglos XVII y XVIII. Pero es, sin duda, el foro el
instrumento principal en esta regulación de las relaciones entre señores
y campesinos. El foro hace a finales del siglo XII, y tiene, desde el principio,
unas características muy marcadas; supone una larga duración y estipula
el pago de una renta, además de una serie de servicios de tipo vasallático.
El foro se configura en el siglo XIII como un contrato agrario.
El vértice de esta sociedad feudal seguía ocupado, no obstante,
por la nobleza. La nobleza laica experimenta un proceso de decadencia después
de su pasado esplendor altomedieval. Sobresale solamente el linaje de los Traba.
Quizá la explicación fundamental de esta decadencia de la nobleza
laica resida en la pujanza de la nobleza eclesiástica. Obispos de las diferentes
sedes episcopales y abades de los grandes monasterios. Estas abadías y
los prioratos y granjas que de ellas dependían tenían inmensos territorios
procedentes de donaciones particulares, de adquisiciones y de concesiones del
rey.
Los más importantes eran los monasterios cistercienses. Desde 1142 hasta
1225 se fundaron o reformaron 14 monasterios, casi todos ellos con gran proyección
en el futuro de la historia de Galicia. Esta floración de monasterios fue
promovida directamente por los monarcas, que concederán grandes privilegios
territoriales a estos nuevos monasterios, a los que les encomiendan la doble tarea
de transformar y organizar la producción agraria y controlar políticamente
el territorio.
A la muerte de Fernando I, Don García no llegó a gobernar más
de seis años. Depuesto y preso, Galicia se convierte en una provincia del
reino leonés, gobernada por sucesivos condes, que disponían de amplios
poderes.
Después de la muerte de Don Raimundo de Borgoña (1107), se produce
una profunda crisis política. Alfonso Raimúndez, hijo de Doña
Urraca, fue proclamado rey de Galicia en 1109. Al poco tiempo, Alfonso Raimúndez
tiene la posibilidad de reinar en Castilla y León, convirtiéndose
en Alfonso VII. Fue, en cierto modo, el último rey de Galicia, y el primero
que aplicó con rigor un criterio de centralización política.
La crisis bajomedieval
Las últimas centurias de la Edad Media se caracterizan por la existencia
de dificultades procedentes de hambres, pestes y guerras. Todo esto desemboca
en continuos conflictos sociales que afectan a los nobles, a los hombres de la
ciudad, más preocupados ahora por sus derechos, y también a los
campesinos.
En Galicia, además de las dificultades materiales, tienen lugar varias
guerras dinásticas y castellano-portuguesas, levantamientos urbanos, cribas
en la vieja nobleza laica y continuos pleitos entre la nueva aristocracia trastamarista
y los señores eclesiásticos. En el siglo XV, todas estas tensiones
sonarán estruendosamente en las guerras irmandiñas y en la
posterior incorporación de Galicia a la renovada unidad administrativa
que estaban configurando los Reyes Católicos. Esta estructura, representada
por la Audiencia de Galicia, las Juntas del Reino y la figura del Capitán
General, es la manifestación de la superior integración del reino
de Galicia en el contexto de la monarquía hispánica, pero se produce,
al mismo tiempo, una recuperación de los antiguos límites. Recuperan
su fuerza los monasterios, queda derrotada la nobleza laica ya aparece un conjunto
de nuevos personajes, que irá conformando la futura hidalguía.
Alrededor de los siglos XIII y XIV, las malas cosechas y la difusión de
males epidémicos abren el camino para que se extiendan hambres y pestes,
que tienen su punto final en la Peste Negra de 1348.
Esta mortandad de la población tardaría muchos años en ser
superada y provocó evidentes dificultades en la producción agraria
y en la organización de las relaciones sociales agrarias. Se registra un
abandono de los campos roturados. Esto trae consigo impago de rentas y la necesidad
de que los señores cambien las condiciones de sus foros. Pero también
se constatan tendencias opuestas.
Estas dificultades demográficas y agrícolas no se manifestaron con
la misma intensidad en el mundo urbano.
El abandono de los campos y la pérdida de las rentas cobradas anteriormente
en concepto de foro, afectaron fuertemente a la nobleza eclesiástica. Por
otra parte, la mayor actividad de artesanos y comerciantes propició duros
enfrentamientos con los señoríos de las ciudades, casi todos ellos
detentados por los obispos. El objetivo de las luchas protagonizadas por los vecinos
de las ciudades de Santiago, Orense, Lugo o Tuy es bien claro: quieren liberarse
del señorío eclesiástico y ponerse bajo la protección
directa del rey, procurando así una mayor libertad para su desarrollo comercial.
En Orense, una revuelta urbana contra el obispo, ocurrida en 1419, acabó
en un asedio de la catedral y, posteriormente, en la muerte del obispo, echado
al río Miño. En Lugo, resalta como dirigente de las luchas contra
el obispo la legendaria María Castaña, mujer de Martiño Cego.
En una revuelta popular, varios “feridores e matadores” acabaron con
la vida del obispo don Lope. Los conflictos sociales con escenario urbano son,
por tanto, abundantes e indicativos de las dificultades en las que se encontraba
la nobleza de tipo eclesiástico.
Se realiza una selección de la vieja nobleza laica, de la estirpe de los
Traba, que tiene lugar en la primera mitad del siglo XIV, en el momento en que
se producen las luchas dinásticas entre Pedro I y Enrique II. Esta criba
nobiliaria, que arrincona a la vieja nobleza de estirpe galaica e incorpora una
buena nómina de “linajes externos”, como los Sarmientos, Enríquez
u Osorios, conlleva la formación de una nueva nobleza laica, muy guerrera
y agresiva, protegida por el monarca, que quiere las rentas que no poseía,
por estar en manos de la nobleza eclesiástica.
Monasterios e iglesias se quejan constantemente de las rapiñas y expoliaciones
que sufren de parte de estos nobles que quieren convertirse en patrones y defensores
militares, en tiempos tan revueltos, de los discutidos patrimonios eclesiales.
Las guerras irmandiñas son la expresión más acabada
de estas tensiones que azotan a la sociedad gallega del siglo XV. Su misma denominación
ya muestra bien el carácter colectivo y solidario que supusieron estas
guerras. Tradicionalmente se distinguen dos guerras irmandiñas,
llamada la primera irmandade fusquenlla y la segunda gran guerra irmandiña.
La irmandade fusquenlla se formó el año 1431 en tierras del
señor Andrade, debido a la extremada dureza con que Nuño Freire
de Andrade, el Malo, trataba a sus vasallos. Iniciada la revuelta en Pontedeume
y Betanzos, llegó a extenderse por los obispados de Lugo y Mondoñedo
y a destruir el castillo de los Andrade en Betanzos. Pero las disensiones internas
acabaron con esta primera irmandade. Dirigió a los irmandiños
un hidalgo llamado Roi Xordo, de perdurable fama.
La “gran guerra irmandiña” tuvo lugar en los años 1467-69,
aunque los preparativos habían comenzado tiempo antes, a instancias de
Alonso de Lanzós, y con el apoyo de Betanzos, Coruña, Ferrol, Lugo...
Las malas cosechas y las pestes hicieron estallar la revuelta popular, que adquiere
un carácter de auténtica guerra civil. Según algunos testimonios
del pleito Tavera-Fonseca, los irmandiños serían alrededor de 80.000,
número un tanto exagerado
En la organización y desarrollo de la guerra irmandiña participan
varios grupos sociales, pero el protagonismo de los irmandiños pertenece
a la baja nobleza. Tres grandes dirigentes irmandiños pertenecían
a este grupo: Pedro de Osorio, que actuó en tierras compostelanas; Alonso
de Lanzós, en el norte, y Diego de Lemos, en el sur de Lugo y en el norte
de Orense.
Los enemigos de los irmandiños fueron los nobles laicos, propietarios de
castillos y fortalezas. Los linajes de los Lemos, Andrade y Moscoso fueron los
blancos preferidos; cerca de 130 castillos o torres fuertes fueron desmanteladas.
Por el contrario, los irmandiños no atacaron a los eclesiásticos.
Si en un primer momento los nobles retroceden, al poco consiguen reponerse. En
1469, Pedro Madruga inicia el contraataque feudal, viniendo desde Portugal con
modernos arcabuces, a quien se unen el arzobispo compostelano y otros nobles,
que acaban derrotando rápidamente a los ejércitos irmandiños.
Muy pronto volvió a estar en vuelta esta nobleza en guerras dinásticas
que preparan su definitivo desarraigo del territorio galaico. Pese a todo, la
represión no parece haber sido muy dura. Así se entiende que cuando
el mariscal Pardo de Cela le dice al conde de Lemos que “llenase los robles
de vasallos”, éste respondiera con evidente pragmatismo que no haría
tal cosa porque “no había de sustentarse con robles”.
El tránsito a la Edad Moderna supone para Galicia una integración
más fuerte en el seno de la monarquía hispánica. El primer
cambio de importancia es la derrota de la nobleza, simbolizada en la cabeza del
mariscal Pardo de Cela rodando por la plaza de la catedral de Mondoñedo,
diciendo: “¡Credo, credo, credo!”, mientras dos taimados canónigos
detenían a su mujer en el puente del Pasatempo, portadora del indulto
regio. La muerte de Pardo de Cela dejó expedito el camino para que los
Reyes Católicos pudiesen implantar en Galicia su política centralizadora
y proceder a la pacificación del territorio.
Por otra parte, la guerra sucesoria emprendida en la Corona de Castilla entre
la reina Isabel y Juana la Beltraneja divide a la nobleza gallega en dos bandos,
capitaneados por Fonseca, el arzobispo de Compostela, isabelino, y por Pedro Madruga,
el “sutil” conde de Camiña, de parte de la Beltraneja. Ganadora
la causa dinástica isabelina, solamente la resistencia de Madruga en Portugal
o la de Pardo de Cela en A Frouxeira detienen la política de la reina Isabel
en Galicia. Pero después de 1486, en que muere Pedro Madruga, la nobleza
debe abandonar sus fortalezas y castillos roqueros, con lo que los Reyes
Católicos completan así el trabajo iniciado por los irmandiños.
La reforma de los monasterios, ejecutada con precisión y urgencia, supone
una profunda reorganización de estos centros. En segundo lugar, se integran
en las congregaciones formadas en la Corona castellana. Pero lo más decisivo
fue la estabilización de sus patrimonios, de obtención de nuevos
bienes. El poderío territorial de la Iglesia se reafirma ahora hasta la
desamortización.
Esta estabilización de los patrimonios eclesiásticos no sería
posible sin el apoyo regio, la integración social del campesinado y la
alianza establecida con un conglomerado de nobleza baja, eclesiásticos
y administrativos, que habrán de constituir la hidalguía intermediaria.
Al mismo tiempo, el reformismo de los Reyes Católicos se traduce en la
aparición de nuevos ámbitos administrativos (las provincias) y nuevas
instituciones de gobierno, tales como el Capitán General, la Audiencia
o la Junta del Reino.
El Capitán General es el representante del monarca en Galicia y posee amplios
poderes. La mayor parte de estos capitanes no era de origen gallego.
La Junta del Reino de Galicia fue la institución representativa del mismo
durante todo el Antiguo Régimen. Estaba formada por cada uno de los procuradores
de las provincias en las que se dividía Galicia; inicialmente, cinco: Santiago,
“cabeza del Reino”, Lugo, Orense, Betanzos y Mondoñedo; a las
que luego se le añadieron Coruña y Tuy. Las principales tareas llevadas
a cabo por las Juntas fueron las de recuperar el voto en Cortes en 1623, hacer
memoriales y peticiones al rey sobre las necesidades de Galicia, aunque su labor
fue más bien de tipo consultivo.
La Real Audiencia es una institución de mayor relevancia, dadas sus funciones
gubernativas y de justicia. Tiene su origen en el año 1480, cuando los
Reyes enviaron a Galicia a Fernando de Acuña y a Garci López con
la misión de administrar justicia. El proceso de constitución de
la Audiencia, sin embargo, tarda años en llevarse a cabo. Por eso no tuvo
inicialmente una residencia fija, aunque más tarde se instaló en
Compostela. Posteriormente, Felipe II ordenó, en 1563, su traslado a Coruña.
Las atribuciones de la Audiencia eran amplísimas, ya que abarcaba desde
problemas de gobierno hasta provisión del ejército o pleitos derivados
del ejército de la jurisdicción y de la posesión de la tierra.
El Antiguo Régimen
La etapa histórica que abarca los siglos XVI al XVIII se conoce por el
nombre de Antiguo Régimen. Sus características más destacadas
son el predominio de la agricultura en el conjunto de las actividades económicas,
conformación estamental de la sociedad y organización política
bajo la forma de monarquía absoluta.
En Galicia, presenta una serie de características que, salvo en el plano
político, se asemejan bastante a la mayor parte de las sociedades europeas
occidentales. El futuro desarrollo del capitalismo en Galicia se efectuará
con grandes dificultades y retrasos. Son muchos los cambios que acontecen durante
el Antiguo Régimen, pero no fueron suficientes para introducir a Galicia
en el terreno de la modernidad.
Se multiplicó la población y se desarrolló la agricultura;
aparece en el siglo XVIII una fuerte industria rural doméstica de tipo
textil y se asientan en la costa las primeras familias de “fomentadores”
salazoneros de procedencia catalana; se hace más compleja la sociedad e
instituciones y pensadores de carácter ilustrado aparecen a finales del
siglo XVIII.
La población de Galicia se duplicó entre finales del siglo XVI y
mediados del XVIII, con una densidad de población de 45 habitantes por
kilómetro cuadrado, que casi era el doble de la densidad del Principado
de Cataluña.
Los años de mayor crecimiento de la población son los dos cuartos
centrales del siglo XVI y la centuria que precede al censo (Catastro de Ensenada)
de 1752. La natalidad era baja, pero también la mortalidad, especialmente
la infantil, inferior a los promedios europeos coetáneos.
La distribución espacial ya era desigual a fines del siglo XVI, como el
litoral meridional pontevedrés o el Ribeiro, de 40 a 60 habitantes por
kilómetro cuadrado. La Galicia del final del Antiguo Régimen es
un país con una población muy densa, que casi satura el territorio
y que presenta algunos indicadores de tipo maltusiano. Este desequilibrio explica
la existencia de una intensa corriente emigratoria que expulsa de Galicia importantes
excedentes. Además de la emigración temporal intrapeninsular, tuvo
lugar también una emigración definitiva o de larga duración
que supondría la pérdida de 350.000 personas durante la segunda
mitad del siglo XVIII. Los puntos de destino principales eran Oporto, Lisboa y
Madrid.
Este comportamiento de la población gallega plantea algunos interrogantes
que no pueden tener respuesta sin la obligada referencia a la situación
de la agricultura y a su organización social.
La agricultura gallega del Antiguo Régimen realiza un extraordinario esfuerzo
de ampliación de su espacio cultivado y de intensificación del proceso
productivo. Se introducen nuevas plantas de cultivo y se reafirman las viejas
estructuras organizativas: los contratos forales, las rentas en especie, las pequeñas
explotaciones de base campesina y la aldea, que se constituye en el eje del modo
de vida agrario.
Los cultivos siguen siendo los tradicionales, hasta los años 1630-40, cuando
se incorpora el maíz, planta procedente de América y que acabó
robando el nombre al antiguo mijo. Su éxito es casi inmediato. Se introdujo
muy pronto en las comarcas litorales pontevedresas, para ganar luego los valles
fluviales en dirección al interior. En pocas décadas, el maíz
pasa a significar los dos tercios de la producción cerealística
de las explotaciones agrarias de las tierras bajas y medias de la Galicia meridional
entre el Tambre y el Miño. En el interior lugués y orensano, sin
embargo, nunca se adaptó plenamente.
El maíz provocaría una eliminación de los barbechos, la multiplicación
y diversificación de la despensa de los cereales y un retroceso del ganado,
privado de mieses en agras y vilares. Esta rápida difusión
fue posible gracias a sus grandes ventajas: altos rendimientos, ciclo vegetativo
más corto y fácil planificación mediante las famosas broas
de maíz.
Otro nuevo cultivo que se incorpora a la agricultura gallega es la patata, acogida
enseguida en las tierras altas y planicies interiores y en los valles mindonienses
poco receptivos al maíz. La patata comienza a generalizarse en la primera
mitad del siglo XVIII, para difundirse rápidamente con la presión
de las crisis y hambres del último tercio del siglo XVIII.
El nivel tecnológico se mantiene en su horizonte medieval y las explotaciones
agrícolas son cada vez más pequeñas, pues tanto los monasterios
como los hidalgos y nobles entregaron la tarea de la producción agraria
a los propios campesinos, que poseían pequeñas labranzas. Esto permitía
cierta laxitud a los campesinos, pero aseguraba el nivel de ingresos de los titulares
de los dominios de la tierra a través de las rentas forales y, además,
posibilitaba la reproducción del sistema e, incluso, su propia estabilidad.
Los intentos de diversificación económica e industrialización
surgen con fuerza en la Galicia del siglo XVIII y abarcan muy diferentes actividades:
elaboración del hierro, curtidos, astilleros de protección regia,
fábricas de loza, mantelerías y fábricas de sombreros; pero
es, sin duda, en la industria textil del lino y en las factorías costeras
de salazón de sardina donde mejor se concentran estas tentativas de cambiar
la economía gallega del Antiguo Régimen.
La elaboración de tejidos, tanto de lana como de lino, es una actividad
de larga tradición artesana, pero no será hasta el siglo XVIII cuando
se pueda hablar de auténtica industria textil. La producción de
lienzos aumentó durante todo el siglo XVIII, llegando a ser muy sonados
los viveros, coruñas o lorenzanas que se vendían en
la Corte madrileña. Hasta el último tercio del siglo XVIII, esta
industria doméstica es un sector fundamentalmente rural; los productores
son trabajadores independientes.
Una segunda etapa se abre, en el último tercio de siglo, en conexión
con varios hechos: liberalización del mercado colonial, proteccionismo
de la producción interior e importación masiva de lino.
No obstante, un elemento importante para el “fracaso” de la industria
textil fueron las limitaciones técnicas que se observaban en el proceso
de producción. Es éste, en suma, un intento industrializador de
prometedoras consecuencias que quedó a medio camino. El lino siguió
cultivándose, perviviendo hasta hace bien poco la actividad de telares
y tejedoras.
Un segundo intento industrializador tiene lugar en el siglo XVIII en el sector
pesquero. Las novedades que traen consigo los comerciantes catalanes son importantes:
se cambian las artes de pesca y mejoran las técnicas de salazón.
Finalmente, aportarían la introducción del trabajo asalariado, la
conservación del pescado mediante factorías salazoneras y la comercialización
de la producción.
Lo de Sargadelos fue una experiencia histórica que se mantuvo durante mucho
tiempo en el sentir de los gallegos. La fábrica de Sargadelos fue construida
por don Raimundo Ibáñez, comerciante en lino y otros productos.
En el año 1791 consiguió una cédula que le permitía
construir una herrería que produjera potes, herramientas y municiones para
el ejército. Asesorado por un alemán, construyó un alto horno,
empleando carbón vegetal y hierro del país. Más tarde, en
1804, aparecerá la fábrica de loza que iría acompañada
de otra de tejidos, pero un motín durante la guerra de Independencia, acaba
en 1809 con la vida de Ibáñez. Once años atrás, ya
habían intentado destruir la fábrica y acabare con Ibáñez.
La fábrica esquilmaba la producción de madera de los montes próximos
y los campesinos que trabajaban ocasionalmente para la empresa, recibían
remuneraciones arbitrarias. Los curas e hidalgos alentaron el plan. He aquí
cómo la estructura social de esta comarca mindoniense no es capaz de asimilar
el intento industrializador de Sargadelos.
Otras actividades económicas contribuyeron a hacer más tupido el
entramado industrial. Tenemos las fábricas de sombreros, de las cuales
la más famosa fue la coruñesa adquirida en 1796 por el francés
Barrié. Todas estas fábricas siguieron el mismo camino que las lencerías,
acabando bloqueadas por las guerras napoleónicas y la fuerte competencia
inglesa (algo parecido a lo que acontecería con los astilleros de Ferrol).
Pese a todo, no estamos ante una economía autárquica sin más.
Existe un comercio interior, como demuestra el desarrollo de ferias y mercados
de ámbito local, a los que ya concurren maragatos y arrieros que trafican
en lienzos y ganado. Incluso el mismo vino del Ribeiro, truncada ya su salida
al exterior, forma parte ahora del comercio interior, al ser destinado casi en
exclusiva a la ciudad de Santiago.
El comercio exterior tuvo que ser más importante que en épocas pasadas.
Se exportan lienzos y se importan aguardientes y semillas. Lo catalanes trafican
con las conservas de pescado y los ganaderos en su exportación a Castilla
y Portugal. Pero en su conjunto, el desarrollo comercial de la Galicia del Antiguo
Régimen no alcanza niveles significativos.
Socialmente, el grupo que mayor dominio ejerció en la Galicia del Antiguo
Régimen, fue el clero, que sumaba más de la mitad de la riqueza
agraria de toda Galicia, aunque su reparto interno estaba muy diferenciado.
Con todo, fue la nobleza laica la que mayores ingresos y riqueza agraria logró
conseguir a lo largo del Antiguo Régimen. La nobleza menor era el grupo
social fundamental de la Galicia del Antiguo Régimen. Se trata de la hidalguía
intermediaria, beneficiada por la concesión de foros eclesiásticos
y plenamente asentada en el campo y en el reparto de las rentas agrarias desde
mediados del siglo XVII. Se puede calcular que más de un tercio de los
ingresos de origen agrario que anualmente producía Galicia, iban a parar
a manos de la hidalguía.
Los campesinos formaban la base fundamental de esta sociedad, tanto por su número
(un 80% de la población) como por la riqueza que producían. Además
de campesinos, existen algunos grupos sociales que no están inmediatamente
vinculados a la tierra. Están los pescadores agrupados en gremios y cofradías
y dominados por los catalanes, los artesanos urbanos y los comerciantes o burguesía
mercantil.
Las características más destacadas de esta sociedad gallega del
Antiguo Régimen son su vinculación a la tierra y el desarrollo de
la hidalguía. Al mismo tiempo, es muy alta la fortaleza que tiene el campesinado.
Los conflictos sociales tienen una tipología muy variada. Los hay contra
las levas militares y contra los tributos. Se producen motines y asonadas en épocas
de hambre, como los acontecidos en 1790 en Valdeorras. Sin embargo, los conflictos
sociales más importantes se refieren a la tierra. Aquí fue donde
se forjó la auténtica estructura social del Antiguo Régimen,
produciéndose casos sonados como los pleitos de los paisanos de Oia contra
el monasterio y los de Refoxos contra el monasterio de Celanova.
En el terreno cultural, la Ilustración en Galicia no llevó a cabo
toda la función crítica que habían de realizar sus hombres
ilustrados. La práctica de los ilustrados estuvo orientada a la resolución
de problemas concretos de Galicia, para lo cual redactaron informes y alegatos
sobre asuntos como el de la xábega, los caminos, la navegación
del río Miño o el comercio de ganado, pero su labor floreció
en las instituciones, como la Academia de Agricultura del Reino de Galicia, cuya
influencia había de ser escasa. Otras de mayor aliento fueron las Sociedades
Económicas de Amigos del País. En Galicia se fundan la de Santiago
en 1784 y la de Lugo en 1785. Dedicaron sus preocupaciones al perfeccionamiento
de la industria del lino. También se funda el Real Consulado.
Iniciada la época de los ilustrados con la obra ambiciosa y universalista
de Feijóo, tiene una extraordinaria continuidad en su compañero
de hábito benedictino, el padre Sarmiento, preocupado por la emigración,
la lengua y la historia de Galicia, la historial natural y la agricultura. Su
obra tiene el mérito de constituir un alegato en favor de la cultura de
Galicia.
A finales del siglo XVIII brillan autores como Luis Marcelino Pereira o Lucas
Labrada, quien redactó una Descripción económica do Reino
de Galicia que demuestra su preocupación por la industria y el progreso
económico del Reino. En su conjunto, los ilustrados gallegos no fueron
capaces de imponerse a los grupos rentistas dominantes.