Sintética historia de Galicia
Vamos a adentrarnos en el Miño no sólo espacialmente, sino también
temporalmente, ya que es la mejor manera de tener una visión de conjunto,
más completa y, por tanto, más verídica. Vamos a ver todos
los factores que han ayudado a configurar el Miño y sus alrededores, teniendo
en cuenta los condicionantes físicos, políticos, religiosos, militares
y, en definitiva, históricos y culturales que son los que, a fin de cuentas,
conforman el Miño, que no sólo es un caudal de agua; es riqueza
artística y económica, escenario de importantes acontecimientos
y conformador del medio gallego y también español; incluso, por
qué no, mundial. Si las aguas del Miño no hubieran regado las vides
del Ribeiro en el siglo XVIII, muchas mesas inglesas no habrían tenido
vino que beber. Si el Miño no hubiera existido nunca, centenares de pueblos
tampoco se habrían asentado a sus márgenes ni habrían desarrollado
una identidad cultural que enriquece no sólo a Galicia, sino a todo el
que se acerque a ella.
Por eso es importante conocer todos los datos, para así poder trazar un
panorama completo que muestre a O Pai Miño a través del espejo
de los acontecimientos históricos.
La Galicia Prehistórica
Los vestigios de actividad humana sobre el territorio gallego son muy abundantes,
como demuestran los dólmenes (mámoas) de la época
megalítica. No obstante, la escasez de restos óseos humanos que
se conservan dificulta enormemente el conocimiento antropológico de los
primeros pobladores de la galaica tierra. Fueron las informaciones de tipo literario,
procedentes de autores griegos y romanos, las que durante muchos años identificaron
a los primeros pobladores de Galicia como oestrymnios. En el poema de Avieno,
Ora maritima, compuesto en el siglo IV d. C. (tal vez basado en relatos
marítimos realizados mucho antes, alrededor del siglo VI. a. C.), se alude
a los “loca et arva Oestrymnicis habitantibus”, describiendo
a aquellas gentes como hombres fuertes y valerosos, comerciantes y muy marineros,
que surcaban el mar en barcos de cuero. Esta población oestrymnia,
que correspondería aproximadamente al Bronce final, sería desplazada
de su territorio por una invasión de serpientes, los celtas, para entendernos,
cuya denominación literaria era la de saefes. En la obra de Avieno
se llama a Galicia Ophiusa:
“Ophiusa es tan ancha como la isla de Pelope, en la tierra de los griegos;
se llamó primero Oestrymnis, porque su suelo y campos los habitaron los
Oestrymnios; después que muchas serpientes ahuyentaron a los habitantes,
de ellas tomó su nombre la tierra vacía”.
Es aconsejable recurrir a datos de índole antropológica y arqueológica
para aproximarse mejor al conocimiento de una población que iría
conformando la etnia gallega. A pesar de haberse encontrado restos óseos
pertenecientes al Bronce inicial (es el caso de la cista de Cubillón,
en la parroquia lucense de Cazás), los análisis realizados hasta
ahora de estos elementos raciales tuvieron que hacerse sobre restos procedentes
de necrópolis bajorromanas y suevas, por lo que sus resultados son aún
bastante provisionales. Con todo, se pueden apreciar varios sustratos referentes
a las razas; uno, de tipo cromañoide, supuestamente el más antiguo,
encontrado en una necrópolis de A Lanzada (Pontevedra); otro sustrato de
tipo mediterráneo, moreno y de baja estatura, ya presente en el neolítico
y muy frecuente en Galicia; y diferentes aportes de origen nórdico o alpino,
incorporados en la época del Bronce final, que ayudaran a configurar una
etnia compleja; complejidad que se acentuaría más con la llegada
de pobladores europeos en la edad del Hierro, englobados bajo la denominación
genérica de celtas, y con los posteriores aportes de los pueblos romano
y germánico.
El período paleolítico y mesolítico se extiende hasta el
V milenio a. C., en el que la actividad humana en Galicia dejó vestigios
de industrias líticas y de un poblamiento que no lleva a cabo la construcción
de asentamientos estables y perdurables.
La época más remota de este período es el paleolítico
inferior, que empieza a conocerse en Galicia a partir de los primeros descubrimientos
en superficie de piezas talladas, realizados en 1924 en Camposancos (Pontevedra),
en la desembocadura del Miño (pueden verse numerosos restos arqueológicos
en Santa Tecla), aunque su conocimiento más preciso no tiene lugar hasta
la excavación de los yacimientos de las Gándaras de Budiño
(Pontevedra, 1963) y de Toén (junto a Orense, realizada en 1973). En las
Gándaras se encontraron unas 700 piezas de cuarzo y cuarcita, restos de
hogares al aire libre e, incluso, talleres donde se fabricaban estos útiles
líticos. Este yacimiento da testimonio de la existencia de campamentos
de cazadores y recolectores que practican una economía depredadora, en
la que el hombre caza ciervos, corzos y elefantes, mientras la mujer recoge frutos
silvestres.
El paleolítico superior, que se extiende hasta el año 8000 a. C.,
se desarrolla en un clima frío y húmedo, lo que explica que sean
lo abrigos rocosos, como los descubiertos en Muras y Vilalba, los lugares en los
que se encuentran restos de actividades humanas. Las piezas encontradas son pequeñas
y talladas sobre sílex, lo que indica una capacidad técnica superior.
También aparecieron en estos abrigos restos de ocre, que muy bien podrían
suponer la existencia, en tiempos pretéritos de una pintura mural o corporal,
aunque no hay restos que permitan confirmarlo.
Este tipo de actividad cazadora y recolectora comenzó a cambiar lentamente
durante el período mesolítico, en el que deja su lugar, en las comarcas
costeras, a la práctica intensa del marisqueo.
El proceso de “neolitización” o de “revolución
neolítica”, consistente en el tránsito de una economía
depredadora a una economía productora, es un fenómeno histórico
que en Galicia acostumbra a asimilarse al megalitismo. J. M. V. Vázquez
apuntó la posibilidad de la existencia de un “neolítico agrícola”
anterior a la cultura megalítica, basándose en datos climatológicos
que dan testimonio de una agricultura cerealística, practicada mediante
el sistema de rozas (se queman parcelas de terreno sin cultivar y las cenizas,
ricas en potasa, sirven de abono).
La denominación de “cultura megalítica” se deriva de
la construcción de grandes monumentos de piedra, de carácter generalmente
funerario, que pueden ser de diferentes tipos: cromlechs, menhires (las
piedras que transporta Obelix, llamadas en Galicia pedras fitas) y sepulcros
de varios tipos, que son lo más abundante, denominados con diferentes nombres:
mámoas, medorras, modias...
El megalitismo gallego forma parte de un fenómeno cultural muy amplio,
con especial difusión en las zonas costeras del Occidente europeo (fijémonos,
por ejemplo, en el famoso y monumental cromlech de Stonehenge, en Inglaterra).
Los primeros constructores de megalitos en Galicia se inspiraron en Portugal.
Los megalitos más frecuentes, como hemos dicho, son los sepulcros, que
están formados por un túmulo de tierra que recubre un dolmen
interior (arca, anta o casota). Los túmulos están
formados por una capa de tierra y piedras, no muy grandes, de forma circular y
presentando la apariencia de un montículo. En su interior se efectuaban
los enterramientos, generalmente colectivos. Estos sepulcros eran de pequeñas
dimensiones y presentaban un ajuar funerario pobre. Esta aparente pobreza de los
sepulcros megalíticos tiene que ver, entre otras cosas, con el expolio
sistemático a que fueron sometidos en el siglo XVII por el hidalgo Vázquez
de Orxas.
De esta forma de entender la muerte y de la disposición sobre el terreno
de los monumentos funerarios pueden deducirse algunas características sobre
las formas de vida de esta sociedad de constructores de megalitos. El número
de mámoas existentes todavía hoy permite inducir un poblamiento
denso y disperso, pues son varios miles de mámoas las esparcidas
por todo el territorio gallego. Dada la pequeña dimensión de los
sepulcros y la poca concentración de los mismos (apenas existen necrópolis),
el modo de ocupar el territorio parece caracterizarse por su dispersión.
Por otra parte, la localización de las mámoas ofrece algunas
pistas sobre la economía megalítica, ya que su ubicación
se registra en los páramos y penillanuras, es decir, en terrenos aptos
para la explotación ganadera.
Del emplazamiento de los megalitos cabe deducir una base económica centrada
en la agricultura, una agricultura arcaica, apoyada en la ganadería y en
la caza. La dispersión y el “minifundismo” de la población
explica que estas sociedades no generasen los excedentes económicos necesarios
para desarrollar las ricas y complejas sociedades megalíticas de otras
zonas peninsulares.
La sociedad megalítica gallega no desarrolló una importante jerarquización
social, tal como demuestran los enterramientos colectivos, donde son más
frecuentes los útiles de finalidad productiva que los objetos de adorno.
Se trata, en resumen, de una sociedad relativamente igualitaria, poco belicosa,
asentada de forma dispersa sobre el territorio y extremadamente religiosa.
Parece que fueron grupos humanos procedentes del sur del Duero los que introdujeron
un conjunto de instrumentos metálicos que fueron sustituyendo progresivamente
la tecnología basada en la piedra propia del neolítico.
La introducción de la metalurgia en Galicia se asocia a la cultura del
vaso campaniforme, que se localiza aquí entre el 2100 y el 1800 a. C. No
se sabe muy bien si estos restos cerámicos campaniformes son fruto de relaciones
comerciales con el sur portugués o de una instalación definitiva
de grupos humanos, pero parece seguro que los introductores del vaso campaniforme
cumplieron un papel importante en la obtención de materias primas, en la
organización de las relaciones comerciales y, en general, en la difusión
de la metalurgia del cobre.
Hasta el siglo VI, cuando aparece con fuerza la cultura castreña, basada
en la utilización del hierro, se desarrolla la edad del Bronce, caracterizada
por la combinación de cobre, plomo y estaño. El Bronce inicial se
caracteriza por el empleo del cobre en la fabricación de pequeños
puñales encontrados en cistas y escondrijos. El denominado Bronce medio
presenta un desarrollo tecnológico más importante, que se manifiesta,
por ejemplo, con la utilización del estaño en la fabricación
del bronce y una extraordinaria riqueza artística, como ponen de relieve
las joyas de oro y, muy especialmente, el tesoro de Caldas de Reis, encontrado
en 1940, que constituye el conjunto más importante de joyas de toda la
prehistoria gallega. El Bronce final se caracteriza por el empleo de una aleación
ternaria de cobre, estaño y plomo, y cierra esta primera fase de la metalurgia
en Galicia.
El desarrollo de la metalurgia del cobre y el bronce es muy grande en Galicia,
debido a su riqueza mineral. Esto provocó la creación de un auténtico
foco metalúrgico dedicado a la extracción de minerales, a la fabricación
de instrumentos y también a su comercialización en el Mediterráneo
o en las costas atlánticas. La existencia de talleres artesanales y el
descubrimiento de escondrijos repletos de hachas de tope (más de trescientas
se encontraron en alguno) testimonian este esplendor metalúrgico.
La sociedad gallega del Bronce practica con más intensidad la agricultura
cerealista y la explotación de ganado, pero también es capaz de
establecer relaciones comerciales con Bretaña, Inglaterra y, obviamente,
con Portugal y el Mediterráneo. La jerarquización social es ahora
más clara; aparecen ya el enterramiento individual y el empleo de joyas
como signo de distinción social. La decadencia de la metalurgia del bronce
y la progresiva introducción de pueblos procedentes de Centroeuropa, conocedores
de la técnica del hierro, provocará un cambio, hasta desembocar
en la cultura castreña. Es entre estas dos fases cuando se desarrolla fundamentalmente
el arte rupestre, que consiste en un conjunto de grabados o incisiones hechos
al aire libre sobre las rocas graníticas, que se conocen como petroglifos
(estrechamente relacionadas con las piedras rúnicas de origen celta).
La cultura de los castros
(Ver capítulo del mismo nombre).
La Galicia romana
La incorporación de Galicia al Imperio Romano se efectuó tardíamente
y nunca de un modo completo. Después de la conquista militar, el territorio
gallego sufrió una serie de transformaciones que muy bien pueden considerarse
definitivas en su conformación histórica.
La primera de ellas es, sin duda, la adopción misma del nombre de Gallaecia,
que se impone al resto de topónimos de la zona y que designa a la provincia
más occidental de Hispania; es en el siglo III cuando Gallaecia
adquiere, con Diocleciano, este rango y por vez primera un individuo define su
origen como gallaecus. Al propio tiempo, el proceso de romanización
provocó un cambio en las bases económicas de la población
mediante la estabilización de la agricultura y la creación de las
villae, junto con la intensificación de las explotaciones mineras,
verdadero objetivo de los romanos en Galicia. Finalmente, la difusión de
una lengua universal y la introducción de nuevas formas religiosas, a través
de las cuales habrá de penetrar el cristianismo.
Está generalmente admitido que el territorio que más tarde sería
la Gallaecia romana fue conquistado y dominado por Roma después
de varias guerras que se dividen en dos fases. Lo que hoy resulta más problemático
es aquilatar la verdadera dimensión histórica de la resistencia
castreña a la presión militar romana. Es una tradición historiográfica
profundamente arraigada que en el episodio del monte Medulio se simboliza toda
esa oposición de los castreños. También es cierto que no
se sabe hoy del monte Medulio más que lo que Paulo Orosio escribió
en el siglo V. Sin embargo, la conquista y anexión de la Gallaecia
al Imperio Romano duró más de un siglo.
La primera campaña militar fue la realizada en el año 137 a. C.
por Décimo Junio Bruto, quien llegó a orillas del Miño después
de atravesar, no sin dificultades, el río Limia. De regreso a Roma, Bruto
será apodado “Callaicus”, como premio a esta primera incursión
de castigo en el territorio situado al norte de la Lusitania. De creer a Paulo
Orosio, el general romano habría acabado con unos cincuenta mil “callaicos”,
llevando presos consigo a otros seis mil.
Durante los años 96-94 a. C. tienen lugar las campañas de Craso
por la Lusitania y Galicia, en el 74 la expedición de Perpena, y en los
años 61-60 la decisiva expedición de Julio César, que se
realiza por vía marítima y llega hasta Brigantium, situado
en el golfo ártabro y en el centro de la que se creía vía
del estaño.
La segunda fase de esta conquista es la ocupada por las campañas de Augusto,
iniciadas en el año 29 a. C. y que se consideran finalizadas diez años
después. El gran despliegue militar permite suponer que, con Medulio o
sin él, la resistencia de los castreños, o de algunos de sus populi,
tuvo que ser pertinaz.
La organización del territorio sigue inmediatamente a la conquista y conlleva
una serie de transformaciones en el plano administrativo, urbanístico y
de comunicaciones.
Fruto inmediato de la conquista es la creación de tres ciudades que llevarán
el nombre de Augusto: Bracara Augusta (Braga), Asturica Augusta (Astorga)
y Lucus Augusti (Lugo). Ciudades que habrán de constituir el triángulo
básico de la Galicia romana, los principales núcleos urbanos y las
capitales de sus respectivos conventus: el bracarense, asturicense y lucense.
Estos conventos fueron creados a lo largo del siglo I, cuajando bajo el mando
de Vespasiano. Sus límites son conocidos sólo de forma aproximada
y su población fue registrada por Plinio. El conventus bracarense
tendría unos 285.000 habitantes, el asturicense 240.000 y 166.000 el lucense.
Los conventos tenían una función administrativa, un papel religioso
para estimular el culto al emperador y un papel judicial, al servir como centro
de administración de justicia a un nivel inferior al de la provincia.
La integración administrativa de la Gallaecia en el Imperio conoció
su etapa decisiva durante el reinado de los Flavios, en la que se instala una
Legión en el confín del convento asturicense y se estabiliza una
administración centrada sobre todo en Astorga.
Factor decisivo en esta organización del territorio es la red de caminos
trazada después de la conquista, con fines militares inicialmente y de
intercambio comercial con posterioridad. Esta red de comunicaciones se compone
de diferentes vías romanas que enlazaban las tres ciudades fundadas por
Augusto y la infraestructura urbana creada, sobre todo, en la época flavia.
Las vías que atravesaban el territorio de Gallaecia fueron descritas
en el Itinerario de Antonino y numeradas de la siguiente forma: vía
XVII, de Bracara a Asturica, por Chaves; vía XVIII, denominada “nova”,
por se construida en la época flavia, de Bracara a Asturica, por Orense,
entrando por Portela de Homem y saliendo por Valdeorras; vía XIX, de Bracara
a Lucus Augusti y a Asturica; y vía XX, con la misma dirección,
pero más próxima a la costa, hasta Brigantium.
En el terreno económico, se renuevan también las formas de explotación
de los recursos naturales, tanto agrarios como mineros.
El abandono de los castros no fue condición de la pax romana, pero
tampoco el hábitat castreño duró toda la romanización.
A finales del siglo I empezaron a abandonarse los recintos castreños y
a instalarse la población en las tierras llanas al pie de los castros y
en los valles fluviales.
Este fenómeno obliga a la población a estabilizar las prácticas
agrícolas, a crear un hábitat rural nuevo, a reestructurar la posesión
de la tierra y a intensificar la producción agraria. Todo este conjunto
de transformaciones está implícito en el sistema de las villae,
que encontrará en Galicia su gran desarrollo durante la Edad Media. Las
villae eran explotaciones agrícolas de tipo estable, dirigidas por
un gran propietario, que disponía de un desarrollo instrumental agrícola
y que poseía abundante mano de obra, no de tipo esclavista.
La explotación de los recursos minerales fue el “aspecto esencial
del interés económico”, como ya hemos apuntado, de los romanos
sobre el noroeste hispánico. Entre los metales obtenidos por los romanos
estaban la plata, el estaño y, especialmente, el oro, que dejó gran
cantidad de topónimos (Ouro, Oural, Ourille).
Según datos de Plinio, la producción minera en Gallaecia
era de unas veinte mil libras de oro por año. Esta actividad minera no
disminuyó hasta los últimos momentos de la dominación romana.
Entre los diferentes centros de extracción de los metales, hay que destacar
el eje Miño-Sil.
El campo de la religiosidad quizá sea uno de los más ilustrativos
de esta conjunción de las tradiciones indígenas y de la romanización.
Se introducen los cultos romanos, pero el elemento dominante de la vida religiosa
es el mantenimiento de las tradiciones locales. Las inscripciones epigráficas
relativas a dioses no romanos son muy frecuentes, sobre todo las evocaciones de
las divinidades Bandua (la autoridad) y Nabia (el agua).
La Galicia altomedieval
Al final del siglo III se inicia una etapa de transformaciones y crisis que afectarán
decisivamente al Imperio Romano y a su quiebra definitiva, ante el empuje desplegado
por los pueblos germánicos. Se difunden las villae, se reocupan
algunos castros y se fortifican ciudades como Lugo, mientras que da comienzo la
expansión del cristianismo.
Con la caída del Imperio Romano, el territorio galaico forma parte de los
foedus de los invasores. Primero fueron los suevos, que forman un reino
de escasa duración, ante el empuje de los visigodos. Después de
un oscuro período de predominio visigodo sobre Galicia y de la posterior
invasión musulmana que apenas dejará huella aquí, se inicia
una etapa de repoblación del territorio, en la que se ponen las bases de
lo que puede considerarse un régimen señorial y una sociedad feudal.
Proceso de formación del feudalismo en el que las inmigraciones hacia Galicia
de nobleza visigoda huida de tierras musulmanas y la organización de la
monarquía asturiana desempeñarán un importante papel. La
integración de Galicia en el seno de la monarquía asturleonesa no
estará exenta de tensiones y revueltas que habrán de ser frenadas
con la difusión del hallazgo del cuerpo del apóstol Santiago el
Mayor.
La modificación del paisaje histórico de la Galicia bajorromana
parece obedecer a dos fuerzas contrapuestas. Por una parte, tenemos una reactivación
de las ciudades y de su papel. Varios recintos urbanos son ahora fortificados
(Lugo, Astorga, León, Chaves...). El caso de la ciudad de Lugo es el más
ilustrativo: en la segunda mitad del siglo III se levanta una muralla de 2.140
metros de perímetro que cierra una extensión de 32 hectáreas,
la mayor parte de la cual no está urbanizada.
Por otra parte, en el mundo agrario, se desarrollan dos formas de establecerse
el hábitat rural. Se produce una difusión de las villae (auténticos
gérmenes del feudalismo medieval). Pero también se constata una
reocupación de los castros.
Por lo que respecta a la difusión del cristianismo, es un hecho tardío.
Ninguna noticia permite hablar de cristianización de Galicia antes del
año 200, siendo de mediados del siglo III las primeras comunidades cristianas
que se conocen. Pocos años más tarde son varios sarcófagos
paleocristianos de los que el de interpretación más controvertida
es el aparecido en Temes (Carballedo, Lugo), datado hacia 325. Las principales
ciudades de Gallaecia se fueron convirtiendo en sedes episcopales a lo
largo del siglo IV, mientras que en el seno de la población rural seguían
vigentes cultos y tradiciones paganos. A finales del siglo IV, numerosos indicios
avalan la fortaleza de la cristianización de Galicia, como el enigmático
monumento de Santa Eulalia de Bóveda (Lugo).
A principios del siglo V diferentes pueblos germánicos se lanzaron sobre
el Imperio Romano. Los suevos, en el año 411, fueron asignados por Honorio
a la provincia de Gallaecia, y su zona de ocupación y asentamiento
fue la región bracarense. En general, mantuvieron una actitud pacífica,
hasta la decisiva batalla del Orbigo (456), donde su política expansionista
fue bruscamente frenada por los visigodos. Tanto Teodomiro como su sucesor llevan
a cabo diferentes acciones de guerra contra los visigodos. Pero a la muerte de
Mirón, y con el pretexto de unas luchas dinásticas internas, el
rey Leovigildo incorpora el reino suevo al hispano-visigodo en el año 585,
dando fin así a la existencia independiente del reino suevo.
La impronta de los suevos en Galicia, por lo que se refiere a la organización
social y a la estructuración del régimen de explotación de
la tierra, no parece que tuviera la importancia que las invasiones germánicas
produjeron en otras regiones del Imperio. Existe, evidentemente, una sedentarización
de la agricultura que abandona de modo definitivo el hábitat castreño.
Más importante es, sin duda, la influencia que los suevos tendrán
en la cristianización de Galicia y en la organización de la Iglesia.
Martín de Dumio lleva a cabo una ingente labor en el plano monástico,
fundando el monasterio de Dumio, convocando varios concilios y dirigiendo la fundación
de diócesis y parroquias, tratando de erradicar herejías, tradiciones
paganizantes y restos de priscilianismo. En su obra Parrochiale Suevorum
se reflejaría la situación de la iglesia galaico-sueva en la segunda
mitad del siglo VI. En un concilio celebrado en Lugo, se efectuaron divisiones
de diócesis y parroquias entre los distintos obispos.
Después de la incorporación de Galicia al reino visigodo, apenas
disponemos de noticias sobre su evolución histórica concreta, aunque
cabe suponer que se acentuarían las tendencias iniciadas con la implantación
de los suevos. Este proceso que conduce a la feudalización de la sociedad
gallega tampoco parece torcerse con la invasión musulmana. Si bien tuvieron
cierta presencia en Galicia las tropas del moro Muza (llegaron a Lugo en el 714),
ésta no pasó de lo meramente episódico, sobre todo en la
Galicia situada al norte de la línea Astorga-desembocadura del río
Miño. La reconquista del territorio gallego fue, por tanto, tarea fácil
que tuvo lugar ya durante el reinado de Alfonso I. A partir de aquí, se
inicia la repoblación de Galicia, que conlleva una generalización
de la estructura señorial y una progresiva dependencia personal entre los
hombres.
En Galicia se asiste a una nueva organización de la agricultura basada
en el establecimiento de nuevas relaciones sociales y en la difusión de
las vilas. Éstas suponen ahora no sólo una gran explotación,
sino también lugar de residencia de la población. El afianzamiento
de la vila es tan fuerte que, ya en el siglo X, aparecen núcleos
de menor rango agregados a las vilas, como son los vilares y los
casais. Esta generalización de las vilas supuso unas nuevas
relaciones sociales entre una minoría de grandes propietarios y la abrumadora
mayoría de campesinos. Ésta es la base de un régimen señorial,
en el que se produce una progresiva concentración de la propiedad de la
tierra, con la consiguiente desaparición de pequeños propietarios
o poseedores de pequeñas parcelas.
Nobles, familiares del rey, inmigrados del sur, abades y obispos fueron también
premiados por los reyes asturleoneses con grandes extensiones de tierras. Existe,
por tanto, un proyecto de reconstrucción de la monarquía de tradición
goda, sobre todo en los reinados de Alfonso II y Alfonso III el Magno.
Con todo, no siempre hubo armonía entre la nobleza gallega y la monarquía
asturleonesa, lo que es señal evidente de la voluntad de parte de la nobleza
gallega de querer convertirse en reino independiente.
A principios del siglo IX, durante el reinado de Alfonso II el Casto, comienzan
a extenderse las noticias de que in finibus Amaee, próximo a la
iglesia de San Fiz de Solovio, un ermitaño y, más tarde, el obispo
iriense Teodomiro, descubren los restos de un pequeño edículo que
identifican con el sepulcro de Santiago el Mayor, cuyo culto de difunde no solamente
por razones religiosas, sino también políticas.
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