Los castros gallegos

Volviendo al Ora maritima de Avieno, podemos encontrar ya una fecha para el inicio de lo que después se conocerá como cultura castreña: el siglo VI a. C. Si, como se sabe, esta cultura, con modificaciones, se prolonga hasta el siglo VI d. C., se comprenderá su importancia para conocer una de las vetas esenciales del trasfondo gallego.
Las fuentes materiales no son suficientes para poder estudiar y conocer todos los aspectos de la cultura castreña y galaicorromana. Por eso resultan tan útiles las fuentes literarias, de autores clásicos o de la historiografía más recientes.
La cultura castreña se remonta a la Edad del Bronce, en la transición hacia la del Hierro. Pero todo se ve ampliamente modificado por la conquista romana, aunque con esa conquista no desaparecen las viejas tradiciones culturales ni muchos de los antiguos modos de vida.
El conjunto de las fuentes permite estudiar cómo evolucionaron las instituciones aborígenes como la aportación de los elementos nuevos, romanos antes que nada. Todo esto reviste un interés no meramente arqueológico, porque esas formas de vida han configurado la cultura gallega hasta épocas muy recientes e incluso se puede decir que siguen latentes en el subconsciente colectivo Así, cuando se una actualmente un rebrote del nacionalismo, la cultura de los castros sigue allí, al menos como símbolo..
En definición de López-Cuevillas, los castros son “recintos fortificados, de forma oval o circular, provistos de uno o varios muros concéntricos, precedidos generalmente de su correspondiente foso, y situados, en su mayoría, en la cima de colinas o montañas”. El Castro es una realidad física que se refiere a un núcleo antiguo de po-blación, correspondiente a un contexto histórico muy amplio, ya que, como se ha dicho, los primeros castros son de la Edad del Hierro, muchos de la Edad del Bronce y se prolongan hasta la etapa de los suevos, ya en plena Edad Media.
Hay que distinguir la realidad de los castros, forma poblacional primitiva, de la cultura castreña, con límites muy claro. En el espacio, el Noroeste ibérico (desde el río Douro al Navia, por lo menos); en el tiempo, cuatro o cinco siglos, en torno al cambio de Era. Conlleva de por sí una cultura material, de estructuras constructivas y de útiles e instrumental, vinculadas a ese tipo de asentamiento, generalmente bien defendido de forma natural y/o artificial.
Existen en esta cultura algunos elementos que reaparecen siempre, así en los tipos de cerámica, y esto puede deberse a las circunstancias de unas comunidades cerradas sobre sí mismas y relativamente aisladas de otras áreas. Además, debe añadirse un "celtismo". Pero hay mucho que hablar sobre esto. El celtismo se ha exagerado, con cierto romanticismo arqueológico. Hoy está claro que no se trató de oleadas de pobladores y mucho menos de una invasión. Antes de que se dieran algunas influencias celtas, el pueblo aborigen contaba con su propia cultura, bien asentada. La zona peninsular del Noroeste no es un lugar aislado, impermeable a influencias. Los contactos, si no frecuentes, son periódicos.
¿Cuáles fueron los primitivos habitantes? Antes de que empezara la cultura de los castros hay ya un pueblo que nada tiene que ver con los celta. Alrededor de los siglos IX-VIII a.C. es probable que llegaran a la Península grupos de población procedentes de Europa Central; los celtas, que no fueron los primeros, llegarían a partir del siglo VII. Hay por tanto mucho tiempo antes de que la influencia celta empezara a notarse y tenía que convivir con las demás. No se pueden descartar en absoluto influencias púnicas, de la civilización de Cartago, ni griegas, aunque ya en los siglos VI a IV a. C., como, por lo demás, ocurrió en otras zonas de la península. Se encuentran, además, materiales romanos antes de que este pueblo realizara la conquista del territorio, ya que antes de este hecho se dieron intercambios comerciales.
La cultura castreña, que abarca propiamente desde el s. VI a.C. al s. I d. C., pero que pervive (en cuanto a que se siguen ocupando castros) hasta el s. VI d. C., no es un concepto estanco e unitario a lo largo de su extensa duración, sino que hay una evolución y unos cambios producidos, por un lado, por la propia dinámica interna de esta cultura, y por otro, por las influencias e impulsos procedentes del exterior.
En síntesis, se habría dado esta periodización:
1.- Periodo Castreño Inicial (s. VII - V a.C.): transición Edad del Bronce - Edad del Hierro, primeros castros con estructuras pétreas.
2.- Periodo Castreño Pleno (s. V - I d. C.), con varias subfases (según algunos autores):
A) S.V - III a.C.: aparecen materiales de importación de procedencia fenicio-púnica y griega
B) S.II - I a.C.: aparecen los materiales de importación romana, sobre todo a raíz de las campañas de Décimo Junio Bruto y de Julio César; hay además una evolución en la construcción arquitectónica o en el arte (con influencias centroeuropeas y mediterráneas), así como en el conjunto de la cultura material (cerámica, molinos circulares, difusión del hierro al lado del bronce, etc.).
C) Periodo castreño romano, hacia fines del s. I a.C. - fines s. I d. C. (época Flavia): se acentúan los influjos externos que impulsan la propia evolución interna de los castros, aumentan las importaciones (comercio estable, circulación monetaria, cerámica...), comienza la explotación económica por parte de Roma (minería del oro), y hay un desenvolvimiento de las artes plásticas castreñas.
3.- Periodo Castreño Final o galaicorromano (fines s. I d. C. - s. VI d. C.: entrada plena de la Gallaecia en los sistemas romanos de organización territorial, social y económica, con difusión de nuevos asentamientos (ciudades, mansiones viarias, villae, vici...), recuperación y refortificaciones de algunos castros o castella y, en suma, formación de una cultura galaicorromana tanto en los aspectos materiales y socioeconómicos como ideológicos (político-religiosos).
Atendiendo a las fuentes escritas, de grecolatinos y romanos, se cita a la Gallaecia de manera muy diversificada.
Hay autores que proporcionan noticias y datos de carácter geográfico o etnográfico (a veces simples menciones en itinerarios). Entre ellos, Silio Itálico, Pomponio Mela, Ptolomeo y, sobre todo, Plinio El Viejo y Estrabón. Plinio estuvo en Hispania en el 73 d. C. y da su visión in situ sobre los aspectos administrativos como y la vida económica del Noroeste. Describe, por ejemplo, la minería aurífera asturgalaica. Estrabón, en cambio, en el s. I d. C., basándose en otros autores anteriores y sin haber estado nunca en la Gallaecia, relata cómo eran las poblaciones prerroma-nas del Norte y Noroeste peninsular (sin hacer excesivas distinciones entre todas ellas) y, sobre todo, las "ventajas" que tuvo para aquéllas su conquista y posterior integración en el Imperio Romano. Estrabón no es un autor imparcial; desea, sobre todo, agradar a Augusto; ensalza las ventajas de la conquista, comparando la civilización romana con la “barbarie” del pueblo justamente conquistado. En realidad, el mismo esquema fue aplicado, por Estrabón y otros, a la labor conquistadora de Roma. Pero, de todos modos, las noticias de Estrabón son tan abundantes que ha sido desde entonces una de las principales fuentes para referirse a la cultura de muchos pueblos peninsulares. Por supuesto, es preciso contrastar lo que escribe Estrabón con otras fuentes, además de con las conclusiones elementales de cualquier estudio antropológico. Por ejemplo, Estrabón se refiere al ateísmo de los primitivos galaicos, cosa absurda; primero, porque se conocen pocos pueblos primitivos ateos (si es que hubo alguno); segundo, porque existens numerosas inscripciones que contienen nombres de deidades indígenas.
Un segundo grupo de fuentes escritas grecolatinas lo forman los autores que nos dejaron el relato histórico de aquella época, en particular referidos a la conquista militar del Noroeste y a la etapa final del Imperio. Además de las referencias contenidas en Estrabón, Silio Itálico, Plinio el Viejo ya citados, o en Avieno (autor del s. IV d. C. pero que usa textos del s. VI a.C.), otros autores como Tito Livio y Apiano hablan de la expedición de Décimo J. Bruto, mientras Dión Casio y Floro (y más tarde Paulo Orosio) s dan su versión de las guerras astur-cántabras, resaltando sobre todo las gestas y hazañas, como los episodios del Monte Medulio.
Lo que conocemos en la época romana como Gallaecia no existe como entidad territorial histórica antes de la llegada de los romanos. Estrabón explica que los Kallaikoi (Gallaeci) poseían tierras limítrofes con la Lusitania, y Plinio los sitúa en el Conventus Bracaraugustanus (cerca del Porto) como un pueblo más; este nombre de Galaicos se aplicó a todos los pueblos del N.O. por simplificación, teniendo los otros populi unos nombres "demasiado largos y oscuros", como escribe Plinio.
A partir de las campañas de D. J. Bruto, el nombre de Gallaeci deja de ser desconocido para los romanos, pasando a designar una zona mucho mayor que la originaria, dándole nombre a los pueblos del Noroeste, todos ellos con rasgos comunes, y conformando así el concepto de la Gallaecia, luego subdividida también con un trasfondo de la realidad de cada área, en Lucensis y Bracarensis.
Es lógico pensar que las comunidades que hallamos con los romanos ya existían antes de su llegada, ya que éstos siempre utilizaron las formas organizativas preexistentes, adaptándolas y transformándolas en su provecho, constituyéndolas ya a fines del s. I d. C. en res publicae. En Galicia, las comunidades se agrupaban de forma distinta que en el resto de Hispania, y así, aquí no existe ningún testimonio de organización gentilicia ni, por supuesto, "tribus" ni "clanes" en el sentido propio del término. Lo que se documenta aquí (por las fuentes textuales, las inscripciones y hasta la arqueología), son las formas de organización social representadas por una C invertida, que debe leerse (según la mayoría de los autores actuales) como castellum (=castro), forma indígena aunque esté formulada a la manera romana, de la misma forma que las inscripciones están escritas en latín, como lengua oficial del poder, cuando los indígenas aún hablaban en otro idioma, céltico o menos céltico. Cada comunidad, cada populus o pueblo, funciona como una unidad, aunque no a la manera de la polis griega o una res publica romana. Dentro de cada pueblo de aquéllos había diferentes subnúcleos o subcomunidades que tenían cierta autonomía, y que estarían expresadas en las inscripciones por medio del término Castellum. Por debajo de ellas estaría ya la estructura familiar, seguramente de amplios núcleos de parentesco, dentro de un modelo patriarcal (como el romano). No está claro si, a diferencia del sistema de parentesco romano, que es, como en muchos pueblos de Europa, patrilineal (la descendencia se cuenta por la línea del padre y por ahí se transmiten los derechos y las obligaciones), en el mundo galaico el sistema fuese matrileneal.
Hacia el año 19 a.C., cuando terminan las guerras astur-cántabras, se consuma la conquista romana de Galicia. La primera campaña militar había tenido lugar en el lejano 137 a.C. Décimo Junio Bruto cruza el río Limia y llega a orillas del Miño, recibiendo así el sobrenombre de "Galaico". Hacia el año 60, Julio César llega por mar a Brigantium, buscando, más que el control del territorio, el descubrimiento de nuevas vías de acceso y el logro de recursos para él mismo.
Terminada la conquista, viene la época de la reorganización, de la división del territorio, del establecimiento de todo el aparto jurídico que los romanos ya tenían experimentado en muchas otras partes de Europa. Como se dijo ya, los romanos aprovecharon las formas organizativas existentes en estos pueblos, pero adaptándolas e interpretándolas según las necesidades prácticas del Imperio. La estructuración de estas sociedades en pequeñas agrupaciones no era adecuada a la nueva administración, por lo que fue preciso definir unas entidades territoriales mayores, que serán los populi o las civitates (como comunidad o conjunto de personas, no como "ciudades" propiamente dichas). Es muy probable que, aunque enmarcadas en algo más amplio, muchas formas de la cultura castreña permanecieran intactas, fenómeno que se suele dar en casi todos los casos de conquista y colonización.
En el año 1 d. C. ya se habían constituido los Conventos Jurídicos, demarcación territorial de carácter administrativo, jurídico, religioso y hasta militar. Los conventus que se crean, con las capitales en Lucus Augusti, Bracara Augusta y Asturica Augusta, son regiones con una entidad histórica clara, semejantes entre ellas pero también con matices propios en cada caso. Al establecer estos conventus, los romanos convirtieron regiones con determinada identidad cultural en verdaderas comunidades históricas.
Ya después de la conquista, Gallaecia aparece como una realidad administrativa nueva creada por los romanos, al lado de la existencia de otras connotaciones (por ej. militares). No inventaron una nueva región, sino que le dieron forma político-administrativa, con una entidad muy bien definida culturalmente, y que perdurará a lo largo del tiempo como comunidad histórica.
Los castella, como figura de demarcación social y territorial (pero no tanto como lugar de asentamiento habitacional), desaparecen a finales del s. I d. C.; esto se traduce en un cambio en la mención del origo: hay ahora un nuevo tipo de comunidades que abundan a la hora de citar la procedencia u origen de una persona; se da paso así a las res publicae romanas, lo que proporciona integridad y coherencia a las comunidades mayores, procurando eliminar los subgrupos o subcomunidades. De esta manera, al mencionar el origo se hace innecesaria la referencia al propio castellum, pero aparece la fórmula de mencionar el adjetivo del nombre de los castella (Talabrigensis, Eleanobrigensis...), o bien sólo la referencia al populus o a la civitas (Seurri, Limicorum...).
También habrá cambios en la religión, pues desde mediados del s. I d. C. tiene lugar la adopción, por parte de los indígenas, de las prácticas y creencias funerarias y religiosas romanas. En las tumbas de incineración y, más tarde, de inhumación, comienza a constatarse el uso de inscripciones según modelos latinos, aunque con peculiaridades propias. Otro ejemplo significativo son las dedicatorias a Júpiter Óptimo Máximo (como representante del poder romano en todos los sentidos), o la asimilación de divinidades indígenas a deidades como los Lares Viales o Marte. Con todo, perviven, como muestra de sincretismo, dioses prerromanos como Coso, Bandua, Verore, Navia, etc.
Los tratados o pactos de hospitalidad, hechos en placas de bronce como los ya mencionados de O Courel o de Castromao, realizados entre algunas comunidades indígenas o entre éstas y las autoridades romanas, cumplían la función de obligar a los hispánicos a convivir en "armonía", para poder crear las nuevas comunidades y que éstas funcionasen como tales dentro del Imperio.
La cultura de los Castros no fue algo estanco ni uniforme a lo largo del tiempo. Desde luego la impronta romana fue muy fuerte. De ahí que muchos consideren una o unas fases más del Castreño, el período que abarca desde la organización de Augusto hasta la de Vespasiano (los dos primeros tercios del s. I d. C.), e incluso desde éste hasta el fin del Imperio en el s. V d. C. Es probable que los cambios producidos durante el último tercio del s. I d. C. fuesen debidos, en todo o en parte, a la concesión (alrededor del año 73-74) por el emperador Vespasiano del llamado Ius Latii a toda Hispania. Este derecho de ciudadanía latina suponía la organización al estilo romano para todas las comunidades que se acogían a él. Las que ya habían alcanzado un alto grado de transformaciones, lo que las posibilitaba para vivir al modo de vida romano o "romanizadas", eran impulsadas a acogerse a este derecho, pues era beneficioso para el Imperio y para preservar la paz y el orden que facilitarían la subsiguiente explotación económica.
Paralelamente, se produjo una mayor diversificación de la población frente al poblamiento antes también disperso, pero que estaba concentrado sólo en los núcleos determinados y bien defendidos que eran los castros. Empiezan a darse (después de los campamentos militares), las ciudades, los vici o pequeños poblados mal conocidos, las mansiones viarias, las villae (sobre todo en época tardía), casales y otros núcleos, todo alrededor de un nuevo e importante entramado viario.
Se aprecian también cambios en la arquitectura de las construcciones: los muros, ya siempre de piedra, son rectos, forman esquinales perfectos y se cubren con tejas de barro, pero conviven, sobre todo en los castros, con las plantas circulares y ovales cubiertas de paja, conformando en ellos una organización casi "urbanística" o "protourbanística" (que no urbana, reservada a las ciudades), pero siempre adaptada al terreno y a las necesidades peculiares de cada caso.
El desarrollo de las explotaciones mineras auríferas a gran escala, sobre yacimientos primarios (en roca) o secundarios (en aluvión), supuso un factor importante y fundamental en la actividad económica y en la organización del territorio, como sucedió con el desarrollo del comercio marítimo y terrestre. La agricultura y la ganadería se hacen, al tiempo, más intensivas y extensivas (introduciéndose además nuevos productos, como el trigo, el aceite, el vino o la salazón), lo que igualmente se deja ver en la ocupación del espacio, tanto de habitación como de explotación.
El paisaje histórico de Galicia se formó, pues, en gran medida, en la época galaicorromana, precisamente por la conjunción del mundo castreño prerromano con los aportes de fuera, fundamentalmente venidos de otras provincias romanas. Un ejemplo estaría en la convivencia de castros (coma el de Viladonga), con el nuevo tipo de asentamientos tipo villa (como la cercana de Doncide), ya en plena época bajoimperial tardía.
El substrato de población sería mayoritariamente indígena, pero el grupo social de mayor dominio y poder tiene muchos elementos foráneos (sobre todo al comienzo de esta etapa galaicorromana), procedentes de otros lugares de Hispania, de otras provincias ya romanizadas o, incluso, de zonas del Mediterráneo oriental, además de los indígenas "con fortuna".
La Romanización, pues, así determinada, consistiría en la asimilación por parte de la cultura castreña, de unos cambios y unas transformaciones materiales e ideológicas que, por un lado, la impulsan y la desenvuelven, y por otro, la incluyen en un contexto, el del Imperio romano, común a otras áreas, pero manteniendo unas características singulares y bien diferenciadas.

Algunos ejemplos de castros
Se calcula que hubo en Galicia unos 2.000 castros, aunque no todos fueron habitados; quizá fueron refugios temporales, con fines defensivos.
Una excelente visión de los castros se obtiene en el Museo del Castro de Viladonga, que tiene entre sus fines y objetivos el de divulgar y difundir todo tipo de actividades y trabajos relacionados con la investigación arqueológica. En cuanto a las prospecciones de reconocimiento e identificación de yacimientos uno de los aspectos más utilizados es el de la fotografía aérea, como complemento de otros estudios e investigaciones tanto de campo como de gabinete. Pero, además, la visión desde el aire de los diferentes tipos de sitios arqueológicos resulta particularmente interesante, vistosa e incluso espectacular. Por esta razón, se vio que era interesante ofrecer a todo tipo de público una Exposición selectiva de diversos yacimientos arqueológicos de la provincia de Lugo vistos desde el aire.
No todos los yacimientos se ven igual desde la altura de un avión o de un helicóptero, y en la propia Exposición se explican las distintas características de cada sitio o de cada bloque (cronológico-cultural) de sitios. Es necesario destacar, como ejemplos bien demostrativos que abundan en esta selección, la presencia tantas veces monumental de la mayoría de los castros o bien de las minas de época romana, mientras que otras veces, la visión desde lo alto apenas permite localizar algunas formas en el paisaje que se deben a acciones del hombre sobre el medio geográfico y natural a lo largo de los siglos, dejando en éste unas huellas que ya son, en muchas ocasiones, verdaderos restos arqueológicos.
Muchas de las fotografías que se recogen en el Museo se deben a diversas personas y/o entidades: al vuelo "americano" de 1956-1957, a Juan Carballal, a José Latova (Ministerio de cultura), a Luciano G. Alén y Xosé M. G. Vilasó, a José R. Pro, a Jesús Caínzos (SAGA) y, sobre todo, a miembros de la Sección de Arqueoloxía del Instituto de Estudios Gallegos y a Gerardo Gil (ICONO).
Por su propio tamaño, su estructura exterior y la disposición en el terreno, las mámoas o medorras (túmulos megalíticos gallegos) no suelen destacar en una fotografía aérea, ya que su visión más fácil es la que se produce precisamente a la misma altura del suelo sobre el que se ubican, generalmente de pendiente suave. Aún así, es factible a veces reconocer ciertas marcas o puntos en el terreno, como sucede con las medorras de Rozas, en el vuelo de 1956-1957, comúnmente agrupados en conjuntos que son característicos de este tipo de cementerios de hace más de 3.500 años. En este sentido, las modernas técnicas de prospección mediante fotografía aérea (sea convencional, infrarroja o de otro tipo), han avanzado mucho para localizar necrópolis megalíticas.
En otras ocasiones, el yacimiento es perfectamente visible al estar al descubierto el dolmen o cámara funeraria pétrea, como ocurre con el situado en el monte de Adai.
La llamada Croa de Goberno, en Castro de Rey, ocupa el pico de una pequeña elevación sobre el Val de Francos, tiene una disposición irregular y presenta un sistema defensivo. Hay que señalar su proximidad y su más que posible relación con el Castro de Viladonga.