TRISTES BATALLAS
Encontré una cerveza fría más; ya no pierdo el tiempo con
buscarme amoríos, bastante tengo con “cargar” la historia de
Ayesha que no me deja… que me acapara aunque ella esté tirándose
a algún ingeniero o contador que siempre lo primero que miraron fueron sus
senos. Prefiero perderme entre cerveza y cerveza, no me molesta cada vez estar
más gordo y acumular tejido adiposo; eso le importa a las mujeres,
¿no? Un tipo que prefiere una birra fría antes que todo ese falso
ritual de conquista nunca es una buena elección, al menos con las mujeres
racionales y añoñadas. Las totalmente enfermas y enloquecidas puede
ser que me den una oportunidad, pero de qué sirve, si todo termina en
madrugadas bajo el resguardo del alcohol. Para mi Ayesha era la mujer más
hermosa que había conocido, quizá no era así, pero a mi me
deslumbró al menos desde sus líneas por mail. Una mujer desesperada y
totalmente anárquica cómo no me iba a enganchar, además su forma
de beber… de preguntarme si nos bebíamos una más. Nunca tuvo
miedo a los excesos, desde aquella primera vez que nos vimos, nos emborrachamos,
caímos en casa y de verdad, cuándo se subió al taxi por la
mañana, después de terminarnos la reserva de tinto y cerveza, fue el
primer dolor y una de las peores angustias al alejarme de alguien. Tuve
“suerte”, no solo duró una noche, aunque ella estaba segura de
que no la buscaría, yo hice todo lo que puede, le llamé a su casa, al
móvil, la busqué en su trabajo y de alguna forma resultó.
Después de eso, aprendí que solo estoy hecho para breves momentos,
para tristes batallas que nunca ganaré; no la gané con Ayesha, tampoco
con Jade, y recientemente con Nadia, ese tipo de batallas son muy
predecibles… las perderé.
Por eso, encontrar una cerveza
fría es más un alivio; que me importa cuidar mi apariencia, mi
maltratada salud… que putas importa manejar mis sentimientos, de todos
modos es una batalla perdida. Ellas me dicen que les intereso, ja… aunque
sean “lindas mujeres” lo dicen, y hasta parece que si, sus llamadas,
su aparente preocupación, sin embargo, cuando hay que recostarse a mi lado
bajo los efectos de varias cervezas, no hay esa paz que Ayesha, la mujer de
mi vida, me dio cada madrugada en su pequeño cuarto, en mi sucia
colchoneta o en cualquier lugar en el que termináramos. Todo, sin
importarle a ella, que a la mañana siguiente la resaca o los efectos de las
bezodiacepinas le harían sentir aletargada, soñolienta, y muchas
veces, ajena a mi, el que no era, "el hombre de su
vida”.
©Copyright 2008 Juan Beat
Posted at 02:59 AM