Érase una vez un niño que, sentado en su pupitre, hacía garabatos en su libreta en lugar de atender a la maestra. Unos años más tarde y en la misma posición, dibujaba unos monigotes en su agenda. Esta vez ya no era un juego, ¿o sí?


La obra de Ximo se nos presenta como algo ligeramente divergente a las propuestas actuales. La redondez de las formas encierra con una tremenda nitidez contextos que a simple vista podrían evocar inocencia. Sin embargo, si nos dejamos adentrar en la contemplación de sus cuadros, grabados y esculturas, veremos que nos susurran temas para la reflexión tanto del mundo interior del artista como de su implicación en el mundo actual.
Aparte de la sorna y el descaro, el espectador se estrella contra un colorido que se niega a pasar desapercibido. Tampoco son tímidas sus versiones menos optimistas en tonalidades grises.
Una tabla de la calle, un pedazo de tela vieja sacada de un cajón de la abuela, todo material es válido para ser reutilizado y tomar un volumen bien definido, incluso en dos dimensiones. El resultado es una mezcla que podría calificarse de humor negro, ternura y risas nerviosas.


Escenas de su propia vida, visiones de sus viajes, su imaginario, todo parece tomar exagerado cuerpo. En su mundo, los niños tienen las preocupaciones de un adulto; animales y paisajes tienen su propia personalidad. El conjunto despierta en el que observa deseos de acercarse, palpar y entrar en ese bello juego que Joaquim García nos propone, el de su propio arte.

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