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Egotrónica
(QUIMERA Nº 300, NOVIEMBRE 2008)
Parece
haberse puesto de moda hablar de “autoficción” y “narrativas del
yo” (El Yo asalta la literatura, El País 13/09/2008). Me
gustaría saber es si ese yo que viene se había ido a
alguna parte y, en tal caso, si el que ahora nos asalta es el mismo que
se había marchado. Lo que retorna nunca vuelve del todo, y a la
mayoría de la narrativa pseudobiográfica de antes y de
ahora se le puede aplicar muy bien la frase de Musil sobre la
“distancia histórica”: que consiste en “esperar a que de cien
hechos se hayan perdido noventa y cinco, con lo cual los restantes se
dejan ordenar como uno quiera”. Me pregunto si esta moda de la
“autoficción” refleja algo más que nuestra manía
de mirarnos el ombligo, como individuos, como nación y como
lengua.
Con
todo, se la intenta presentar como algo novedoso: Se pretende, por
ejemplo, relacionar la subjetividad literaria con el auge de las
“máquinas del ego” en internet —autoblogs, redes sociales y
demás recursos online destinados a la autoamplificación—
y con una creciente (y supuestamente postmoderna) desconfianza hacia la
objetividad como recurso literario. Según la
interpretación mas extendida, la red potenciaría
aún mas el aislamiento individual característico de las
sociedades tecnológica y económicamente avanzadas (“la
escalada individualista de voluntad de autonomía privada”, que
diría Lipovetsky), y este hipertrofiado narcisismo
tendría como consecuencia el (¡eterno!) retorno de la
literatura a la práctica introspectiva, subjetiva,
autocomplaciente y proclive a una interpretación sentimental del
mundo. No cabe duda, por otra parte, que la autoficción
española también ensaya otros caminos, y los
últimos libros de Manuel Vilas, Robert Juan-Cantavella y
José María Pérez Álvarez, entre otros, son
magníficas muestras de ello.
Si
bien la red, al permitir a cualquiera insertarse en el mediascape como
autoproductor y autoeditor de sí mismo y lo que le acontece,
facilita la amplificación de los aspectos más banales del
yo tradicional (el ego como spam), es también el catalizador de
identidades nuevas, fragmentarias, extraterritoriales y
metahistóricas. A diferencia del autoficcionador tardomoderno
(tomo prestado el término de Vicente Luis Mora), el autor
egotrónico accede al pasado como a un archivo (de tal modo que
la distancia de una referencia cualquiera con respecto al aquí y
al ahora es completamente irrelevante), ha sustituído el
recuerdo por la reposición, y la nostalgia por los mecanismos
automáticos de búsqueda.
El
yo sólo es ya interesante si está originado por una
máquina o por una persona que la imita (algunos métodos
empleados por Rousell, Quenau y varios oulipianos estarían en
esa línea). Se trata de un ego efímero, organizado, por
ejemplo, a partir de los resultados de una busqueda en google o, mejor
incluso, en googlism. El mejor
ejemplo de ello lo constituye el autorretrato textual del artista Miltos Manetas (Self-portrait in
googlism, Electronic orphanage press, 2005), donde el yo del autor —y
de los demás “retratados” en el libro mediante la
aplicación del mismo procedimiento— se convierte en una especie
de “objeto encontrado” en la red; un poco diferente del objet
trouvé tradicional al no haber sido descubierto tal cual, pero
que “estaba ahí” de todos modos, como el resultado de una
ecuación “estaba ahí” antes de haberlo calculado. El
mismo Manetas, en otro de sus textos, se burla del “arte
contemporáneo” diciendo que está basado en que “al
colocar cualquier cosa en una habitación vacía, parece
extraña y significativa”, por lo que su procedimiento no ha de
interpretarse como una simple descontextualización de los
resultados de una búsqueda para ponerlos sobre papel en blanco,
sino como la necesidad de identificar la autoficción con un
método de rastreo automático, parcialmente determinado y
parcialmente aleatorio. Debido a las características cambiantes
de los contenidos en la red y al componente azaroso de la
búsqueda, el proceso se convierte en virtualmente irrepetible, y
el resultado impreso, una de las combinaciones posibles con elementos
de un conjunto cuya composición se modifica
constantemente, no es sino la instantánea de un particular
fragmento del sistema: no simplifica al sujeto —no lo transforma en un
spam infinitamente repetido—, sino que sirve como muestra de la
complejidad del sistema que lo contiene.
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Aprendiendo
del porno
(QUIMERA Nº 301, DICIEMBRE 2008)
La industria del porno se ha
caracterizado desde sus inicios, a diferencia de otras empresas
dedicadas a la producción y distribución de contenidos,
por ser la primera en adoptar las tecnologías emergentes y en
abandonar las obsoletas. La flexibilidad del porno para adaptarse
rápidamente a nuevos tiempos y soportes se debe en gran medida a
que su principal objetivo consiste en llegar cuanto antes al mayor
número de usuarios del modo más anónimo posible
sin importar demasiado la calidad de reproducción. Cada
innovación técnica ha multiplicado esa capacidad a la vez
que reducido los costes de producción, hasta el punto de que
ahora, como explicaba recientemente el Financial Times, es la misma
industria la que, debido a la competencia de internet, corre el riesgo
de volverse obsoleta (Rude
Awakening, Matthew Garrahan, 4/10/08). ¿Quién va a
pagar, se preguntan, por ver una película de hora y media cuando
lo que desea ver son unos pocos minutos y eso lo puede obtener gratis?
Lo cierto es que el
colapso de la industria tradicional del porno no se debe exclusivamente
a los portales gratuítos y no sólo se está viendo
afectada por la piratería, sino, además, por la
aparición de numerosas pequeñas productoras
independientes, algunas amateur y otras no, que han roto con las
convenciones estilísticas y temáticas de un género
absurdamente rígido y plagado de inamovibles reglas. En
internet, al margen de la repetición ubicua de fragmentos de
gonzo, han ido desarrollándose los nichos —previamente
denominados perversiones— hasta convertirse en lo más exitoso
del porno gratuíto y de pago. Bastantes de estas nuevas
producciones se inspiran en el cómic y en la nueva literatura
erótica —apóstoles de la abyección como Denis
Cooper, Peter Sotos o Stephen Barber—, con unos resultados mucho
más provocadores y arriesgados que la simple repetición
mecánica de actos sexuales por atletas de exagerada
anatomía.
El texto es, en cierto
modo, como el porno: tampoco requiere una gran resolución de
imagen, ni su transmisión un gran ancho de banda. Sin embargo,
las editoriales se encuentran entre las empresas más reacias al
cambio y entre las menos conscientes de lo que se les viene encima. Las
recientes declaraciones salidas de la feria de Frankfurt acerca de la
buena salud del mercado editorial durante la presente crisis
económica, así como la confianza en que siempre van a
poder controlar a su antojo el ámbito de la edición
electrónica son casi exactamente las mismas que vienen
realizando año tras año mientras el resto del mundo
cambia a su alrededor. La literatura, no sólo la erótica,
tiene mucho que aprender de lo que le está pasando al porno. El
lanzamiento continuo de novelas casi idénticas con un trimestre
de vida media es una estrategia que puede ser rentable por el momento,
pero me temo que la fidelidad a largo plazo se la están llevando
algunos bloggers y algunas editoriales de culto con criterio que saben
sacar partido de la red. La existencia de long-sellers va a depender
cada vez más de las opiniones compartidas por los lectores en
las redes sociales. El mercado ya no es sólo consumo de masas,
sino, cada vez más, producción y distribución de
masas, y no es inverosímil que el papel de las industrias
culturales comience a dejar de consistir en tomar decisiones sobre lo
que se publica para pasar a seleccionar entre lo ya directamente
publicado por los autores. Pero ahí aguarda una dura
competencia. ¿Empezará internet matando a la estrella del
porno para terminar enviando al escritor mediático al olvido?
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Singularidad
(QUIMERA Nº 302, ENERO 2009)
La filosofía
ciberpunk se basa en un razonamiento tan atractivo como equivocado: si
el cerebro funciona como un ordenador, entonces un ordenador (o una red
de ordenadores) podría llegar a comportarse como un cerebro
humano. Las consecuencias de semejante corolario han dado lugar a
numerosos argumentos de ciencia-ficción y también a
extravagantes extrapolaciones acerca de un posible futuro post- o
trans-humano en el que los seres humanos y las máquinas
llegarían a fusionarse para dar lugar a entes completamente
nuevos. Uno de los profetas del cambio que supuestamente se avecina es
el teórico de la inteligencia artificial Ray Kurzweil, quien
vaticina que debido al desarrollo exponencial de la tecnología
(durante el siglo XXI, manifiesta en su artículo “The
Law of Accelerating Returns”, experimentaremos el equivalente a
20.000 años de progreso al ritmo actual) “en pocas
décadas la inteligencia de la máquina sobrepasará
a la humana y producirá La Singularidad —un cambio
tecnológico tan rápido y profundo que representará
una total ruptura con la continuidad de la historia”. Entre las
consecuencias de esta Singularidad se incluirán “la
fusión de la inteligencia biológica y la no
biológica, seres humanos inmortales basados en software y
niveles ultra-elevados de inteligencia que se expandirán en el
universo a la velocidad de la luz.”
La página de Kurzweil
es una estupenda base de datos para quien desee escribir ciencia
ficción, y, de hecho, parte de las colaboraciones que pueden
allí encontrarse se refieren o proceden de autores de sci-fi
como Vernor Vinge o el ex-Coordinador Nacional para la Seguridad y
Contraterrorismo de los EEUU Richard Clarke. Sin embargo, la
mayoría de las extrapolaciones fundamentadas en la
interpretación kurzweiliana del desarrollo exponencial de
ciertos aspectos de la tecnología, suponen poco más que
una versión actualizada de las numerosísimas y cada vez
más aburridas convicciones teleológicas frente a las que,
a estas alturas, deberíamos estar ya prevenidos.
Uno
de los inconvenientes de la teorías funcionalistas que se acogen
a la definición de inteligencia artificial es la
indefinición del término que estudian: los significados
de “inteligencia” y “artificial” son ambos problemáticos,
vagamente científicos y derivados de un concepto obsoleto de la
materia. Se confunde demasiado a menudo “inteligencia” —e incluso
“información”— con “flujo de datos” e “instrucciones”, y suelen
extraerse conclusiones extravagantes. Lo que suele denominarse
inteligencia de la máquina no es más que su capacidad de
adaptarse a nuestras hipótesis del mundo. La máquina, por
muy sofisticada que sea, no deja de ser una herramienta, y la
única “inteligencia” que la anima es la inteligencia del usuario
—en este sentido, ambas “inteligencias” son una ya desde el principio.
De llegar un día en el que la máquina estableciese sus
hipótesis propias, sucedería exactamente lo contrario a
lo que Kurzweil dice: la inteligencia humana y la del instrumento se
disociarían, y la máquina se nos haría
completamente incomprensible.
La
ciencia ficción que, desde siempre, más me ha interesado
no es la que abunda en conceptos cuasi místicos como la
“Singularidad” de Kurzweil, —más semejante a una Parusía
que a un desarrollo evolutivo— sino aquella que recupera una
interpretación instrumental, antropológica, de la
máquina. Las mejores ficciones son, o bien las que imaginan
máquinas con pensamiento descaradamente antropomorfo (La Eva
Futura de Villiers, los androides de Philip K. Dick o el Hal 9000 de
2001: Una Odisea en el Espacio…), o aquellas que problematizan la
interacción del ser humano con sus más o menos
sofisticados utensilios (Erewhon de Butler, buena parte de la
ficción de Ballard o las películas de Cronemberg). En el
fondo, o las máquinas se conducen a nuestra imagen y semejanza,
o se convierten en metáfora de lo que desconocemos en nosotros
mismos y a menudo nos aterroriza. Por eso no es extraño que la
comunicación electrónica haya pasado de ser considerado
el lugar de los sercretos y las conspiraciones a convertirse en el
lugar de los espectros (en películas como The Ring o Pulse). De
creer que, quien supiera buscarlos, encontraría en la red todos
los misterios ocultos, hemos pasado al “perded toda esperanza: no
hayaréis aquí nada más que la singularidad que
acecha al otro lado de la muerte. El sueño de la materia
engendra espectros. Muy decimonónico.
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Baja
tecnología
(QUIMERA Nº 303, FEBRERO 2009)
La verdad está en la baja
tecnología, escribe Eloy Fernández Porta en su
reciente y magnífico ensayo Homo
sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop (Anagrama, 2008).
La re-presentación de elementos paradigmáticos de la
“baja tecnología” en un contexto de alta tecnología tiene
un efecto opuesto a la apropiación nostálgica del pasado:
recupera el objeto técnicamente obsoleto como forma de
vanguardia, reivindica el gesto del pionero antiguo y actualiza las
vanguardias históricas como formas de vanguardia presente, un
movimiento imprescindible ya que el argumento más esgrimido por
los tradicionalistas contra el arte experimental del presente es que
“eso” ya se hizo en otras épocas y, aunque entonces pudo tener
algún sentido, el tiempo ha demostrado que se trataba de una
ingenuidad.
Un claro ejemplo de
tales efectos es la inserción protésica de nuevos o
recuperados “objetos mecánicos” en la cultura
electrónica; instrumentos que, como el Quijote de Pierre Menard,
cobran un significado diferente al ser trasladados al “futuro”,
transformándose, por ejemplo, en los “objetos mutantes” de la
retro-ciencia-ficción steampunk. Por citar un ejemplo al que
también se refiere Fernández Porta, los innecesarios y
anhelantes relojes mecánicos que colecciona William Gibson.
Relojes mecánicos que han mutado en manos de Eric Freitas para convertirse en
obras maestras de la mecánica gótico-industrial.
Un viejo libro fotografiado para ser leído en la pantalla del
ordenador juega el papel de “objeto literario técnicamente
obsoleto” arrojado al universo digital. El fenómeno resulta
especialmente llamativo cuando el libro que así se nos presenta
(aunque sea con propósito de archivo) constituye en sí
mismo un “antecedente” de la literatura digital. Esto es lo que sucede
con los vanguardistas poemarios de David Melnick y especialmente con PCOET,
publicado originalmente en 1975. PCOET muestra, según el
teórico de la poesía digital de vanguardia Loss
Pequeño Glazier, el modo en el que la poesía, como
género que investiga la textualidad, está particularmente
cualificada para ofrecer una importante perspectiva para la
comprensión de la naturaleza condicional de los medios digitales
(Loss Pequeño Glazier, Digital Poetics, University of
Alabama Press, 2002). PCOET no se parece en nada a un poema
tradicional; no puede ser leído de forma literal, ya que muy
pocas de las palabras que componen el texto son comprensibles. Su
única posible “lectura” consiste en apreciar las variaciones
textuales, en darse cuenta de que existen una serie de patrones
cambiantes a lo largo del texto, y que la percepción de
cómo estos patrones cambian da la impresión de que el
texto progresa. La eliminación de toda posíble
“analogía” con el significado evita que pueda ser considerado un
texto “analógico”, pero la fotografía de las
páginas impresas manifiesta sin duda que no se trata de un
artefacto programado. Según Glazier, PCOET muestra como un texto
puede ser condicional, porque el “significado “ sólo emerge
cuando las condiciones han sido identificadas.
Pero lo más
significativo del PCOET fotografiado y digitalizado no es el testimonio
de un arte de vanguardia que podría considerarse precursor de la
poesía en UNIX, sino que al ser insertado y enlazado pasa a
formar parte de un bucle que conecta la poesía pre-digital con
la tecnología digital, demostrando, como
insiste Glazier, que la poesía ya era electrónica
antes de la electrónica, y que la web, más que una
enciclopedia donde todo aparece conectado con todo (lo que
supondría, en palabras de Fernández Porta, lo mismo que se ve en los museos–, pero
eso sí, usando los medios técnicos de última ola
para traer aquí el calmoso tiempo del clasicismo), es, en
realidad, una colección de inestabilidades textuales, el
resultado de un sueño de poetas.
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Exospección
(QUIMERA Nº 303, MARZO 2009)
La
experiencia humana siempre ha estado mediatizada. La información
que recibimos a través de los órganos de los sentidos es
una interpretación biológica de modificaciones en los
“medios” que nos rodean, como el aire o el agua. El desarrollo de la
cultura ha dependido en gran medida de la capacidad humana para
re-mediatizar estas interpretaciones, reorganizar los “medios crudos”,
y construír “nuevos medios” capaces de almacenar y evocar
sensaciones —y sus consecuencias cerebrales— en ausencia de su causa
original.
Esta capacidad humana para trasladar la información
biológica (procesada y almacenada por el cerebro) a sustratos no
biológicos (piedra, papel, ordenadores…) ha generado en nuestra
especie una memoria dual con dos maneras diferentes de acceder a los
datos: mediante significados y mediante listas. En el primer caso, la
memoria está asociada a un orden jerárquico
preestablecido, de tal modo que la naturaleza del contenido y las
circunstancias de su recepción determinan la prioridad del
acceso: Recordamos un número de teléfono con más
facilidad que otro debido al interés que nos suscita la persona
que nos lo ha dado (la evocación de recuerdos puntuales mediante
técnicas electrofisiológicas, farmacológicas o
psicológicas es anecdótica: nunca es posible acceder a
los datos de manera específica).
En el segundo caso,
al no existir ese orden previo, es posible establecer condiciones
concretas para la búsqueda: Por ejemplo, la probabilidad de
localizar una pieza de información determinada puede estar en
relación con la redundancia (si buscamos al azar, la
probabilidad de encontrar algo dependerá del número de
veces que se repita). También podemos instituír un orden
no jerárquico con un criterio de búsqueda (el orden
alfabético de la guía telefónica o el orden
temático en los libros de una librería), o añadir
un orden jerárquico a posteriori (situar las revistas porno en
los anaqueles más inaccesibles).
A
pesar de trabajar con información obtenidas por el segundo
método, la creación artística, hasta hace
relativamente poco tiempo, se había ocupado principalmente de
los problemas inherentes al primero. En el ámbito de la
literatura es probablemente Borges quien comienza a darse cuenta de la
radical disimetría entre archivo y memoria. Sin embargo, con la
proliferación de listas electrónicas, la
tecnología está empezando no sólo a definir el
modo en que obtenemos la mayor parte de nuestra información,
sino a fusionar lista y significados. Si bien es cierto que, por el
momento, los ordenadores sólo permiten acelerar el acceso a
listas e incrementar la eficacia de las búsquedas textuales (no
olvidemos que cuando buscamos una imagen en Google, buscamos en
realidad un texto asociado a una imagen), la creciente
sofisticación del software permite simular que se accede
directamente a un significado, al tiempo que se disimulan las
condiciones y los criterios de selección.
Uno de los principales desafíos de la crítica cultural
contemporánea es desarrollar un debate tecno-cultural que
evolucione en lo posible a la misma velocidad que la innovación
tecnológica. Según Caroline Jones (Sensorium. Embodied
experience, technology and contemporary art, MIT Press, 2006), el modo
más eficaz de hacerlo es apropiarse de la tecnología y
ponerla al servicio del arte. La contemplación estética,
apunta Caroline Jones, nos permite adquirir tiempo y espacio. Las
prácticas estéticas ayudan a investigar en tiempo real la
interacción de los cuerpos con las tecnologías,
proporcionando una oportunidad para cuestionar los nodos de
interacción.
Una nueva máquina universal, globalmente distribuída, y
“pantextual” (en el mismo sentido en que Foucault escribía
“panóptica”) ha supalntado —afortunadamente, en mi
opinión— a lo que se denomiaba “introspección
artística”. La “exospección” electrónica no es ya
unicamente una cuestión instrumental en el arte
contemporáneo, sino que empieza a ser comprendida como una nueva
forma simbólica (1).
(1) Se profundizará en estas y otras cuestiones al respecto
durante las jornadas Google Revolutions, a celebrar en Mataró
los días 20 y 21 de Marzo, y en las que participaré
gracias a la amable invitación de Jorge Carrión,
organizador del evento.
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Cada
vez más cerca
(QUIMERA Nº 304, ABRIL 2009)
El
lanzamiento de Kindle 2, versión renovada y mejorada del
instrumento inalámbrico de lectura de Amazon.com, nos acerca un
poco más al futuro digital del libro, que comienza, por fin, a
parecerse al presente de la música, el cine, y otras artes cuya
distribución es ya mayoritariamente electrónica. Parece
evidente que la intención de Amazon ha sido diseñar un
iPod para textos y seguir los pasos de la tienda iTunes (aunque han
contratado a un antiguo diseñador de Frog Design para dirigir el
desarrollo de Kindle 2, la semejanza formal con los reproductores de
MP3 de Apple es manifiesta), pero todavía es pronto para saber
si Kindle 2 supondrá un auténtico hito en la
revolución tecno-cultural que encabezan Jonathan Yve y Steven
Jobs.
Sin haber tenido la
oportunidad de probarlo más que en la simulación online
que proporciona Amazon, Kindle 2 parece ciertamente un soporte de
lectura muy bien conseguido. Puede almacenar hasta 1.500 libros (y
supongo que pronto quince o cincuenta mil, ya que 2 GB de memoria es
una capacidad ridícula para un aparato de su tamaño), e
incluso leerlos en voz alta. Además, proporciona acceso a una
selección de contenidos online como la Wikipedia, más de
1000 blogs, y numerosas publicaciones periódicas. Algo muy
importante para el éxito del proyecto: La tienda Kindle permite
ya descargar más de 230.000 libros, muchos de ellos a un precio
de 9,99 $. El propósito de Amazon es ofrecer a través de
Kindle todos los libros publicados en todas las lenguas.
No
sé si Kindle se convertirá en el hardware estándar
que usaremos para leer en un futuro próximo, pero es indudable
que, como ha sucedido con la música y el vídeo, pronto
aparecerán competidores y algunos libros de gran éxito
comenzarán a circular regularmente a través de redes de
archivos compartidos.
Esta es una
perspectiva que me apasiona: Desde el momento en que la
distribución de todos los libros pasa a ser digital, los
lectores es español podríamos transformar de una vez por
todas lo que hasta ahora ha sido un gran inconveniente —la
dispersión geográfica de nuestro idioma— en una gran
ventaja. No hay ningún motivo, por ejemplo, para que tras leer
en el blog de un estudiante colombiano en la Universidad de Sydney un
comentario sobre una novela publicada en Chile, no pueda descargarla
inmediatamente y leerla mientas asisto a un congreso en Varsovia. Si la
novela me ha gustado, enviaré mi recomendación por email
a docenas de personas de mi lista de correo que podrían estar
interesados en ella. La circulación electrónica no
garantiza la difusión de una obra, pero le ofrece una
oportunidad global que no tendría de otro modo.
El
precio de los libros electrónicos es significativamente menor
que el de las versiones impresas, y todavía puede reducirse
mucho más. Eliminando los problemas logísticos actuales y
a un precio mucho más bajo, la literatura en castellano
podría aprovecharse de muchas prerrogativas que hoy en
día son exclusivas del inglés. No será
difícil conseguir miles de posibles lectores en cuestión
de horas (aparte de que el autor podría conocer en tiempo real
el número y el origen de las descargas de su libro, como si
fueran entradas en su página web). Las estrategias de
comunicación cambiarán por completo y los autores
recuperarán una parte del control que han perdido.
Por cierto, algo en lo que coinciden casi todos los usuarios que han
probado Kindle 2 es en que leen más. El vídeo promocional
de Amazon no podría transmitir otra idea, pero es lógico
que promocione la lectura. Los estudiantes universitarios, por ejemplo,
con todos los textos de la carrera en su lector y la posibilidad de
actualizar las ediciones a un precio asequible, lo tendrían
mucho más fácil.
Está claro que Amazon parte con muchísima ventaja, pero
un mercado único hispano es lo bastante grande como para
rentabilizar infraestructuras alternativas de distribución
digital. Incluso puede hacerse mejor que Amazon si se le dedica
suficiente esfuerzo y talento. Aunque, para ello, será necesario
revisar las estrategias idiomático-territoriales a partir de las
que se ha desarrollado hasta ahora la industria del libro en
español.
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Semi-real
(QUIMERA Nº 305, MAYO 2009)
Jasper Juul, pionero de la teoría
de videojuegos, comienza el prólogo de su ensayo Half-Real:
Video games between real rules and fictional worlds (MIT Press, 2005)
explicando que el título de su libro se refiere a que los
videojuegos son el producto de una interacción práctica
(puesta en marcha por el jugador) entre “realidad” y “ficción”:
“Los videojuegos son reales” —apunta Juul— “porque consisten en reglas
reales con las que los jugadores interaccionan físicamente y
porque ganar o perder en el juego es un hecho real.” [...] “Jugar a un
videojuego es interactuar con reglas reales mientras se imagina un
mundo de ficción, y el videojuego es tanto un conjunto de reglas
como ese universo ficticio”. Precisamente, la diferencia esencial entre
los videojuegos y los juegos tradicionales no electrónicos,
mayoritariamente abstractos, es la asocoación de esos mundos
imaginarios: El objetivo de Half-Real es examinar las complejas
interacciones entre ficción y reglas.
Para comprender la
importancia histórica del ensayo de Juul, es necesario recordar
que, a pesar de tratarse de una muy reciente disciplina
académica (el uruguayo Gonzalo Frasca, otro de los pioneros, ha
iniciado receintemente su primer blog en español: www.ludologia.org), la
ludología —término que se aplica actualmente a la
teoría de videojuegos en general— puede enorgullecerse de haber
realizado una exitosa síntesis de sus dos principales
líneas de investigación conceptual: la denominada
“ludológica” en su origen, que concede mayor importancia a las
“reglas del juego”, y la “narratológica”, que se ocupa
principalmente de los aspectos ficcionales y narrativos en los
videojuegos.
Una de las aportaciones más
interesantes de estos estudios (que proceden de la teoría de
juegos y de su estudio cultural, de Wittgenstein y de Caillois) es el
reconocimiento del papel de lo “real” en el videojuego. “Real” se
define aquí como el conjunto de reglas y algoritmos, y no tiene
nada que ver con que la ficción representada en el juego sea
“realista” (como en los juegos de guerra o de interacción
social) o “fantástica” (como en los juegos mitológicos o
de ciencia ficción). En los videojuegos, la ficción es
siempre de segundo orden, pues su modelo no suele ser la realidad
percibida sino sus representaciones técnicas o
artísticas: Las ficciones proceden habitualmente de la novela,
el cine, el cómic, las artes plásticas o la
televisión, por lo que el ambiente del videojuego resulta
siempre “fantástico”, estemos fulminando extraterrestres o
tocando la guitarra en un grupo de rock. Esto ha llevado a los pioneros
de la ludología a prestar una gran atención a los
aspectos “reales”—o sea, al videojuego como sistema formal basado en
reglas— independientemente de si se trata de juegos abstractos o de
sofisticados mundos de artificio.
Cuando nos referimos a
la literatura, casi siempre entendemos por “real” una
característica de la ficción: su verosimilitud o su
compromiso con una particular percepción de la realidad,
contextualizada a menudo a través de una mirada expresamente
ideológica. Se entiende que un escritor comprometido con lo real
es aquel que representa y/o “denuncia” determinados aspectos de la
realidad que son frecuentemente ignorados o manipulados por los medios
de comunicación de masas, en el mismo lenguaje de esos medios.
Sin embargo, apenas se tienen en cuenta los aspectos materiales y
técnicos: las “reglas del juego”. De hecho, aquellos autores que
se ocupan de los sistemas formales y sus reglas, que consideran y ponen
en cuestión los aspectos materiales de la escritura, suelen ser
considerados “fantásticos” (Borges, Cortázar,
Pávic, Rousell, Pérec, Pynchon, Carroll, Coover,
Danielewski, Calvino...), y a los seguidores de tan respetable y
antigua tradición se les acostumbra a presentar como una
corriente literaria menor, lúdica, formalista, y, para muchos,
más frívola que la de vocación “realista”.
Echo de menos la consideración de
que la literatura (electrónica o en papel) es también
semi-real, y que cuando deja de serlo, abandona su propósito
artístico. Echo de menos un poco de ludología en buena
parte de los estudios literarios, algo que nos permita discutir la
eficacia de determinados esquemas formales, la capacidad de los
novelistas y los poetas para establecer reglas que faciliten la
consecución de objetivos estéticos. Echo de menos una
síntesis de las diferentes corrientes actuales de crítica
literaria que comience a aceptar que una novela contemporánea,
para ser merecedora de tal nombre, necesita ser bastante más que
la elegante descripción de un suceso.
Traducción al
francés de este artículo
Semi-réel
par Le Fric-Frac Club
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Las
nuevas dos culturas
(QUIMERA Nº 306, JUNIO 2009)
El
quincuagésimo aniversario de la publicación del
célebre ensayo de C.P. Snow “Las dos culturas” está
siendo aprovechado para retomar una vieja polémica convertida en
un cliché en lugar de reconocer que el fenómeno analizado
por Snow va más allá de la “incompresión mutua”
entre una cultura supuestamente “humanística” y otra
“científica”, y es síntoma, en cambio, de un espejismo
característico de la modernidad tardía que, aún
superada la tradicional dualidad académica, continúa
provocando perplejidad y afectando a la difusión fluída
de los conocimientos.
Snow
pretendía llamar la atención sobre la falta de
entendimiento entre los intelectuales “literario-humanísticos” y
“científicos”: Le resultaba insólito que
físicos de renombre como Einstein, Heisemberg o Rutherford no
fuesen considerados “intelectuales” por los hombres de letras, y
solía contraatacar preguntándoles cuantos de ellos eran
capaces de enunciar el segundo principio de la termodinámica.
Cuatro años más tarde, en el prólogo a la segunda
edición del libro, Snow predecía la emergencia de una
“tercera cultura” que permitiría a los intelectuales
“literarios” comunicarse con los intelectuales “científicos” en
su propio lenguaje. Desde entonces se ha intentado definir el
ámbito de esa “tercera cultura” en numerosas ocasiones: (Por
ejemplo, en www.edge.org, John
Brockman, considera que está constituída por
científicos que, escribiendo libros serios para no
especialistas, comunican directamente sus ideas al público).
Curiosamente, la propuesta de Snow, que presenta el inconveniente de
ser exclusivamente aplicable a una interpretación
académica de la cultura, aparece en el momento histórico
en que ésta comienza a ser integrada, saqueada y puesta en
cuestión por la emergencia de los mass media, el pop, la
cibernética, la deconstrucción y las nuevas
teorías científicas que se ocupan de sistemas complejos.
Pasados cincuenta
años, a pesar de que la frontera entre ciencias y humanidades se
evapora, y la distinción entre “entretenimiento” y “cultura” ha
prácticamente desaparecido, persiste una multiplicidad de
culturas-nicho que, si bien están muy interconectadas en lo que
se refiere al proceso creativo, mantienen todavía sistemas de
difusión y lenguajes muy compartimentalizados que sólo
recientemente han comenzado a fundirse gracias a la ubicuidad de los
medios electrónicos. Hoy en día, parece ridículo
seguir buscando un “lenguaje común” para el conocimiento, y se
hace cada vez más evidente que tanto los creadores del futuro
como quienes deseen estar al tanto de sus creaciones, deberán
ser políglotas. Por eso me asombra continuar leyendo de vez en
cuando artículos que disocian, en lógica y en tiempo, el
“cambiante universo tecnológico” de la “acción y el
pensamiento de los hombres”, o presentan “la evolución
vertiginosa de la tecnociencia y las demandas del mercado” como algo
diferente de la “reflexión”. Como si la tecnología no
fuera un producto del pensamiento, como si no fuera, en sí
misma, pensamiento.
La reflexión
se entiende erróneamente como un fenómeno a posteriori
porque es concebida como el resultado de un lento proceso individual en
lugar del producto de la compleja interacción entre millones de
seres humanos. Pero es ya completamente imposible que cualquier
individuo pueda “reflexionar” sobre todos los elementos que componen
nuestra tecnología. Las “culturas” que hoy parecen ser incapaces
de comprenderse mutuamente no son la ciencia y las humanidades, sino la
cultura interpretada como resultado de la reflexión personal de
un individuo aislado y la entendida como diálogo colectivo y
continuo: la “evolución vertiginosa” de la ciencia, la
técnica, el mercado... y las artes. No hay tiempo para el
consenso: Para su establecimiento se requieren ensayos cada vez
más complicados que puedan dar la medida de la utilidad —e
inocuidad— de una tecnología nueva, incluso de la viabilidad de
una hipótesis cuyo desarrollo posterior dependerá de una
larga secuencia de decisiones; de tal modo que, en el momento en que se
concluyen todas las pruebas, el problema ha mutado y la solución
se ha quedado obsoleta. No nos queda más remedio que intentar
habituarnos al vértigo, ni más opción que el
riesgo.
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Cincuenta
kilómetros al día
(QUIMERA Nº 307, JULIO-AGOSTO 2009)
En Small worlds and the groundbreaking theory
of networks (Norton, 2003), el físico Mark Buchanan nos
recuerda que la distancia media que recorre una persona al día
se ha multiplicado aproximadamente por mil durante los últimos
doscientos años. A principios del siglo XIX muchos campesinos
permanecían en los alrededores de su casa durante la mayor parte
de su vida y, con la excepción de militares, marinos y algunos
comerciantes, viajar incluso a una ciudad vecina constituía un
acontecimiento extraordinario. Algunos historiadores estiman que la
media de desplazamiento por individuo era de unos cincuenta metros
diarios. A principios del siglo XXI, viajamos una media de cincuenta
kilómetros por día.
Algo semejante ha
sucedido con la actividad intelectual y artística. Hace no mucho
tiempo, la mayoría de las obras de arte eran producidas para un
destinatario único o un número reducido de personas.
Incluso con el advenimiento del pop, la expansión de los museos
y la universalización de los medios de reproducción
analógicos, sólo una minoría de artistas
consiguió ser verdaderamente “popular”, y casi todos ellos lo
continúan siendo todavía —de ahí que en la
historia del siglo pasado abunden las estrellas, celebridades e iconos
en todos los ámbitos de la creación.
La emergencia de lo
digital ha cambiado este panorama por completo. Cualquier productor
cultural tiene a su alcance, prácticamente gratis, un sistema de
amplificación más potente que cualquiera de los que
jamás han existido, y cualquier individuo recorre sus cincuenta
kilómetros diarios a través de la red. La competencia por
la atención del público se ha intensificado, facilitando
la expansión inmediata y la rápida obsolescencia de
cualquier propuesta intelectual, artística o de entretenimiento.
Una obra o un producto pueden hacerse populares en pocos días
entre millones de personas y dejar de serlo en cuestión de
semanas o meses, antes de que muchos otros, ocupados en sus asuntos,
puedan siquiera darse cuenta. Casi a diario descubro “fenómenos
de masas” de los que nunca antes había oído hablar. Es,
por ejemplo, improbable que vuelvan a aparecer grupos de pop-rock con
el impacto de los Beatles o los Stones, pero surgen bandas
independientes capaces de vender más en un mes que cualquier
estrella de rock de los setenta durante todo un año: El 1% de
una audiencia potencial de mil millones supone un éxito
clamoroso que la inmensa mayoría no tendrá tiempo de
conocer.
La
digitalización pone a disposición del ser humano una
herramienta extraordinaria, representa un cambio comparable a la
invención y universalización de la escritura, y se ha
expandido con tanta rapidez que apenas hemos tenido tiempo de
reflexionar sobre ello. En muchas ocasiones, continuamos aferrados a
referentes obsoletos que ya no son aplicables al mundo mediatizado por
la red digital.
Hace unas semanas he
leído dos anuncios que ejemplifican esta
inadecuación: El Ministerio de Cultura español
hacía públicas sus intenciones para desarollar un plan de
fomento de contenidos culturales en internet casi al mismo tiempo que
Microsoft inicaba el lanzamiento de Bing, su nuevo motor de
búsqueda, invirtirndo cien millones de dórales para
convencernos de que es “el próximo Google”. El problema, como
explica Seth Godin en su influyente blog, es que ya existe el
próximo Google, y se llama Google. El problema es que ya existe
un plan de fomento de contenidos culturales en internet, y se llama
internet. Las agencias gubernamentales y las grandes empresas (incluso
las empresas nacidas en el ámbito digital como Microsoft)
están demasiado acostumbradas a partir de una situación
muy ventajosa, y actúan pensando que pueden mantener esa ventaja
sobre y desde la red. Sin embargo, la red es más grande,
más rápida y más creativa que cualquier empresa o
gobierno, y, como cualquier sistema autoorganizativo complejo, impone
su dinámica a quien se adentra en ella. Desconozco si la
pretensión del Ministerio de Cultura es aportar algo más
que unas cuantas bases de datos de consulta (lo que, si se hace bien,
supone una contribución notable), pero si quiere ir más
allá deberá que hacer lo mismo que cualquiera: producir
contenidos que atraigan a un sector de usuarios, ser creativo y
ágil, aceptar las reglas de juego del sistema. Sobre las puertas
de la red está grabada una advertencia: Abandonad toda arrogancia los que
entráis aquí.
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Pasadizos hacia lo oscuro
(QUIMERA Nº 308, SEPTIEMBRE 2009)
Se nos ofrece hoy una
gran variedad de productos culturales de vida corta, de usar y tirar
podríamos decir, tan pronto ensalzados por el circo
mediático como ignorados al instante siguiente. Adecuada para
ciertos artículos destinados al ocio, incapaces de mantener su
atractivo y cuyo destino es ser reemplazados de inmediato, esta
técnica se aplica también, indiscriminadamente, a la
producción artística.
Para ser rentable en
el nuevo mercado, el producto cultural o artístico se debate
entre dos opciones que parecen incompatibles: Un modelo de cultura como
entretenimiento y otro que requiere el compromiso intelectual, con una
clara ventaja inicial de la primera que, sin resistencias, ha
colonizado una buena parte de nuestras vidas. La auténtica
investigación estética genera desconfianza, y aunque,
como siempre a lo largo de la historia, subsiste gracias al
empeño de los creadores, permanece marginada mientras puedan
obtenerse beneficios de las peculiaridades formales en vigor. La
preeminencia de una estética con vocación temporalmente
universal supone que los atributos que confieren belleza a los objetos
deben ser reconocibles de un vistazo, pero la relevancia
estética del objeto desaparece en cuanto han sido asimilados a
nuestro pre-juicio, y sólo podrá recobrarla si aprendemos
a mirarlo con ojos nuevos, si sabemos desconstruir el “sesgo
perceptivo” que creamos en nosotros mismos a medida que consumimos.
Esta es una de las principales funciones del arte contemporáneo.
La red permite que la
creación artística influya a través de sistemas
alternativos, cuya emergencia en las corrientes principales es cada vez
más frecuente porque el hipertrofiado mercado del ocio tiende a
agotar los temas y los estilos con una rapidez asombrosa. Sin embargo,
no debemos contentarnos con ese breve flujo. Una vez salida a la
superficie, no existe espacio mas allá de los límites
marcados por el espectáculo. La extenuación prematura de
un concepto (lógico, visual, acústico, etc...) por
insistencia en la representación de su caricatura
mediática impide la asociación de ideas, el encaje del
concepto en la abigarrada trama de la cultura. Para producir un efecto
persistente —esto es, para dar lugar a un aprendizaje—, se requiere la
presencia del estímulo durante un tiempo mínimo, su
integración en un contexto de relaciones. Un tiempo del que cada
vez tememos más no disponer.
Escribía
Jaques Derrida en 1989: "Cada vez que una institución
mediática regula fenómenos de mercado a una escala
masiva, confisca y censura también masivamente, dogmatiza,
cualesquiera que sean su eclecticismo real o su liberalismo de fachada,
sus virtudes o sus vicios, ya cautive, ya aburra, ya se la encuentre
distinguida, vulgar, o las dos cosas a la vez. Cuando a un solo juez,
se piense lo que se piense de tal o cual de sus talentos, se le
confía aquí o allá un monopolio de
evaluación, de filtración, de exposición a la
plena luz, determina las ventas en los supermercados de la cultura.
Así, una obra queda relegada lejos de la corte, hacia la noche
de un recinto quasi privado, si no cumple las condiciones de
visibilidad en ese gran pequeño espejo que fascina deformando,
filtra y desvía hacie él tanta energía, interrumpe
la conversación, pliega el cuerpo y la mirada social a una nueva
fisiología, proyecta en fin al extranjero los útimos
iconos de la cultura nacional. Hoy, con esta escala, de un libro tienen
que venderse y, distingamos, leerse, más de diez mil ejemplares
para ser otra cosa que una correspondencia confidencial y casi privada.
Resultado: las investigaciones llamadas "difíciles", rebeldes al
estereotipo de la imagen o de la narración, poco sometidas a las
normas de la cultura así representada en su "media" (en
singular, la "opinión" significa siempre la "media") quedan
excluídas de la escena: ocultadas, privadas de la luz, del
día. En consecuencia, se las juzga, cada vez más,
"oscuras", "difíciles", o "ilegibles" y así se convierten
en aquello que se dice que son y se quiere que sean: inaccesibles. (J.
Derrida, El otro cabo/La democracia, para otro día, Ediciones
del Serbal, pp 96-97)
No
nos olvidemos de aplicarlo a los nuevos medios. Muchos de los conceptos
emergentes dificilmente serán capaces de mantenerse activos lo
suficiente para suscitar una reflexión, a menos que que podamos
anular su inaccesibilidad, construír pasadizos que nos lleven,
por lo menos de vez en cuando, desde lo popular hasta lo oscuro, lo
difícil y lo ilegible.
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Hiperlugares
(QUIMERA Nº 309, OCTUBRE 2009)
Aunque en los
últimos meses he asistido a varios debates online acerca del
espacio en la literatura que, de un modo u otro, cuestionan la
actualidad del célebre concepto de no-lugar introducido por Marc
Augé, apenas he encontrado alternativas novedosas para definir
las nuevas coordenadas del espacio simbólico. Una interesante
excepción es el artículo de Mateo Bittanti, titulado
“Species of Spaces. Introducing Mauro Ceolin´s SolidLandscapes”,
publicado el año 2004 en la revista a mínima ,
donde propone la sustitución de la idea de no-lugar por la de
hiper-lugar, más conveniente, en su opinión, para definir
los nuevos espacios digitales. “Nuestros espacios cambian de forma ante
nuestros ojos”, escribe Bittanti. “Los no-lugares de Marc Augé
han sido reemplazados por hiper-lugares, los paisajes
electrónicos del videojuego han trascendido a la pantalla para
convertirse en una forma mentís, una manera de entender y
formarse un concepto de la realidad, una versión actualizada de
la noción de mapa cognitivo de Jameson. Los Hiper-lugares son
abstracciones de espacios mediados, como los que experimentamos en la
televisión y el cine. Los Hiper-lugares son el instante espacial
de las simulaciones. Los Hiper-lugares están omnipresentes en
las sociedades desarrolladas tecnológicamente. Estos espacios
tienen sus propias reglas. Su lógica interna, cronologías
peculiares, dinámicas específicas. Los videojuegos no
simulan la realidad realmente: más bien simulan realidades
mediadas.”
He pasado las vacaciones de verano en diversos hiper-lugares narrativos
que me han terminado de convencer de que, pese a todo, los
hiper-lugares literarios son más complejos que las
geografías —todavía elementales a pesar de su aparente
sofisticación— de la simulación virtual. La existencia de
estos hiper-lugares no se fundamenta exclusivamente en la
simulación de un espacio mediatizado (decir que la literatura
contemporánea trabaja a partir de una realidad ya simbolizada
por los media, se ha convertido en un lugar común), sino en la
superposición de lugares físicos o geográficos con
flujos de energía, diferencias de potencial, cambios de fase;
analizando las transiciones, en palabras de Gilles Deleuze y
Félix Guattari, entre un “espacio liso o nómada” y un
“espacio estriado o sedentario” (1)
Los
hiper-lugares literarios (Zona de Mathias Enard, España de
Manuel Vilas, Imperial y Europa Central de William Vollmann o Australia
de Jorge Carrión, por citar cuatro ejemplos recientes en los
que, curiosamente, el título del libro coincide con el nombre
del hiper-lugar) se encuentran a menudo en el borroso límite
entre la ficción y el reportaje. Los hiper-lugares son
psicológica y cognitivamente inabarcables, pero se despliegan a
partir de lugares reales y trayectos auténticos. De hecho, en
plena era de Google Earth, todos los autores citados más arriba
desatienden el consejo borgiano y se desplazan en persona a los
territorios que van a describir, incuyéndose a sí mismos
en los flujos).
Los
inmigrantes ilegales que circulan por Imperial no se dirigen en
realidad a ninguna parte, fluyen a través de la frontera entre
México y los EEUU para, en la mayor parte de los casos, ser
repatriados a su país de origen por las patrullas fronterizas.
Imperial no es un conjunto de historias personales más o menos
exitosas, más o menos trágicas, sino la historia de esa
atracción por la frontera, la historia de esos flujos
continuamente cambiantes. La topología de un espacio
nómada superpuesto al espacio estriado de las divisiones
fronterizas, a las dificultades para llegar más allá del
desierto y de las montañas. Los no-lugares están repletos
de transeúntes comunes, criaturas de hábito que tienden a
recorrer más o menos el mismo camino en intervalos de tiempo
semejantes, pero pueden transformarse en hiper-lugares aplicando la
maquinaria literaria adecuada, como demuestra Robert Juan-Cantavella en
El Dorado. Los hiper-lugares, en cambio, están marcados por el
accidentado y cambiante recorrido de los ilegales, los soldados, los
espías, los traficantes. Los hiper-lugares son el paraíso
del contrabando y la mentira y, por eso, también de la
literatura.
(1)
Los diferentes modelos de espacio liso y estriado son analizados en
detalle por Gilles Deleuze y Félix Guattari en “Mil Mesetas”,
Pre-Textos, 1994, pp 483-509.
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