La Vuelta al Mundo de Juan Francisco Ferré (Editorial Jamais, 2002) es
un
estudio tomográfico de la realidad contemporánea, un exitoso experimento
llevado a cabo
en los laboratorios narrativos de Kafka, Beckett, Cortázar y Manganelli. Y
es que hay
pocas cosas más contemporáneas que la tomografía, ese modo de
observar la realidad
mediante secciones o cortes sucesivos.
La condición posthumana no consiste en que el hombre vaya siendo sustituído
por
"otras cosas", "invadido por la tecnología", sino, al
contrario, aparece cuando el hombre –el
cuerpo humano– ha ocupado todos los territorios, construído máquinas
a su imagen y
semejanza delegando en ellas una parte de su conciencia, cuando ha creado una naturaleza
a su antojo para reproducirse infinitamente mediante mecanismos panópticos
en los que
ya no importa lo que se vé ni quien lo observa sino lo que puede ser copiado.
En el tiempo
de lo posthumano, la imagen del hombre se ha convertido en la medida de todas las
cosas
no por la semejanza de su anatomía con el cosmos (como en las metáforas
de la Edad
Media o el Renacimiento), sino a través de la apropiación metastásica
del Universo entero.
No es de extrañar que, en estas circunstancias, nuestro modo de imaginar el
mundo se
derive de las técnicas anatómicas para observar el cuerpo.
A lo largo del pasado siglo, la anatomía ha ido refinando sus métodos
desde la
autopsia a la tomografía. Los cuerpos son hoy seccionados por instrumentos
metaópticos
que, previa digitalización, nos los muestran hechos rodajas. Las artes plásticas,
que
siempre han gustado del estudio anatómico, comienzan a emplear motivos similares,
como
pueden observarse en las secciones de animales de Damien Hirst ("Some Comfort
Gained
from the Acceptance of the Inherent Lies in Everything") conservadas en bloques
de
polímero transparente o, seguramente inspirada en la idea del artista inglés,
en la escena de
la película "La Celda" donde un caballo es cortado digitalmente
en palpitantes láminas.
Cuando, en lugar de poner un espejo al borde del camino (o filmar, o describir la
realidad fragmentaria y deformada que transmiten los medios) cortamos el mundo en
rodajas las imágenes que aparecen son considerablemente distintas a las que
estamos
acostumbrados. Tubos, órganos y vísceras quedan transformados en vacuolas
y manchas
de tinta. Los flujos se congelan, previniendo toda relación prefijada por
el despliegue del
desarrollo somático. Se obliga al cuerpo a retornar a los estadios primitivos
del desarrollo,
a ese tiempo inicial durante el que estamos segmentados como insectos (segmentación
que
se mantiene, invisible, en la médula espinal y en la distribución de
la sensibilidad somática)
y somos incapaces de distinguir el sueño de la realidad.
En la obra citada, Damien Hirst ha seccionado dos vacas y alternado las secciones
de tal modo que la relación entre lo que antes fueran dos animales independientes
ha
cambiado por completo. Podemos imaginar lo que sienten dos vacas frente a frente
o
dándose la espalda y caminando en direcciones opuestas; sin embargo, como
ha escrito
algún comentarista de la obra, no podemos imaginar cual es la relación
entre estos dos
animales que, aún divididos en bloques laminares, conservan dos identidades
reconocibles.
Podría decirse que el artista ha conseguido que las dos vacas residan en el
mismo espacio.
Hemos pues de acostumbrarnos a discernir contornos, diferencias de densidad,
leer auténticos mapas en dos dimensiones que pueden superponerse para dar
lugar a un
gran atlas tridimensional. Pero ¡ojo!, no podemos confiar exclusivamente en
lo afilado del
instrumento, pues guillotinando no se obtiene sino un amasijo de carne y sangre en
el que
nada puede verse. Lo importante es seccionar el cuerpo con técnicas inocuas,
cortar, por
así decirlo, no el cuerpo en sí, sino la exacta imagen de ese cuerpo.
Cuando cortamos la exacta imagen de la realidad con el microtomo de las palabras
no encontramos una historia, un argumento cuyo desarrollo sería el producto
de la
descripción de una autopsia en la que es necesario ir retirando cada órgano
para observar
el que está detrás. Lo que hayamos es una sucesión de mapas
verbales en los que
debemos acostumbrarnos a distinguir matices, voces que son contadas mientras cuentan
y
hablan entre ellas —y superponiendo todos esos mapas quizá podamos llegar
a componer
una visión inteligible del mundo contemporáneo. Del mismo modo que
para fotografiar no
un cuerpo sino su imagen seccionada necesitamos acudir a técnicas diversas
y sutiles,
evaluar como lo atraviesan determinados rayos o como colisionan y rebotan determinadas
partículas elementales, para escribir la imagen segmentada de una parte del
mundo
debemos servirnos de nuevas formas de significar, hacer incidir las palabras en
determinados ángulos para que el efecto de sus colisiones pueda ser recibido
y reconocido
en nuestra mente. El resultado es tan manifiestamente distinto a una colección
de relatos
como a una novela tradicional —tanto como difiere un estudio por imagen de resonancia
magnética de las fotografías de una autopsia— Permite, como la obra
de Hirst, hacer
residir simultáneamente a diferentes personajes en el espacio que ocuparía
un sólo
narrador, destacando lo incierto de sus relaciones.
Cada uno de los capítulos de "La Vuelta al Mundo", agupados en dos
"hemisferios" y numerados en orden decreciente, cuenta un historia completa,
pero los
anónimos personajes de Ferré son tan elípticos como los protagonistas
de un anuncio de
la televisión, según nos indica la cita incial de Giorgio Agamben y
es evidenciado por el
uso continuo de la segunda persona con el propósito de implicar al lector
como se implica
al espectador en la publicidad. Tan habilmente constituídos como nos han enseñado
los
grandes periféricos del surrealismo (Blanchot, Gracq, Bataille, Klossowsky),
tampoco
saben exactamente como se sienten los unos con respecto a los otros, han sido cruelmente
troceados por la vida y por la sintaxis y, sin dejar de reconocerse, se desconocen
por
completo.
Dice Ferré que le interesa el estudio de las nuevas relaciones humanas y el
conflicto que supone la necesidad de abordarlas en el marco de una historia de
comportamientos adquiridos, de hábitos de pensamiento, de ideas preconcebidas
acerca de
lo que somos y de lo que son los otros. A mí me parece que ese conflicto está
perfectamente representado en la tragedia de vernos obligados a ocupar el mismo espacio
sin entremezclarnos, en ese barajar continuo de las rebanadas de cuerpos.
Germán Sierra 2002 (publicado originalmente en "Revista das Letras")
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