|
PATÓLOGO INTERIOR: ENFERMEDAD Y VACUNA EN LOS ORÍGENES DEL NARRADOR CONTEMPORÁNEO A Josan Hatero.
|
home |
I- El hombre subterráneo. Escuchémosle hablar: "Soy un hombre enfermo... Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático. Creo que padezco del hígado. Sin embargo, no sé nada de mi dolencia ni sé a ciencia cierta de qué padezco. No estoy en tratamiento y nunca lo he estado, aunque siento respeto por la medicina y por los médicos. Por añadidura, soy sumamente supersticioso, al menos lo suficiente para respetar la medicina. (Soy lo bastante culto para no ser supersticioso, pero soy supersticioso.) No señor, me niego a ponerme en tratamiento por puro despecho. He aquí algo que ustedes probablemente no comprenden. Ahora bien, yo sí lo comprendo. Yo, por supuesto, no sabría explicarles contra quién precisamente va dirigido mi despecho en este caso; sé perfectamente que no puedo jorobar a los médicos por el hecho de no consultar con ellos; sé perfectamente que el único perjudicado en esto soy yo y sólo yo. En todo caso, si no me pongo en tratamiento es por despecho. ¿Que mi hígado está mal? ¡Bueno, pues que se ponga peor!" [1] Mientras nos dejamos llevar por el ritmo endiabladamente moderno que Dostoyevski impone al monólogo del hombre subterráneo, no es la eventualidad de una muerte prematura lo que nos preocupa ("¡Yo voy a vivir hasta los ochenta!..."[p.19]). Antes bien al contrario, lo que nos mantiene en vilo es la convicción de que mientras el narrador sea capaz de mantener su discurso se verá aplazado su final, como si se tratase de una solitaria Sherezade. La enfermedad, en este caso, asegura la vida y marca indefectiblemente el carácter del narrador, su obstinación, su voluntad, su desacuerdo con el tiempo que le ha tocado vivir. La medicina existencial de von Weizsäcker (1886-1957), enterrada hoy bajo los adelantos de la medicina científica, expresaba claramente la relación entre enfermedad y narrativa: "La salud y la enfermedad humanas no deben ser entendidas en términos de normalidad-anormalidad, sino en términos de verdad-no verdad (salud: realización de la verdad de cada hombre); de ahí que la enfermedad tenga sentido vital, y que éste, puesto que es un hombre el sujeto afectado por ella, haya de expresarse biográficamente." [2] Que la narración alivia el terror a la enfermedad e incluso, suavizando la cuarentena, previene el contagio del morbo colectivo, forma parte de nuestra tradición literaria —lo hallamos en Bocaccio y en Defoe, así como en numerosos cuentos infantiles. La novedad aparece cuando nos damos cuenta de que el narrador ya ha sido contagiado, es capaz de transmitirnos la enfermedad, y las normas que rigen en la narrativa saludable han sido suspendidas y sustituídas por las reglas físicas de la patología crónica. El narrador enfermo o hipocondríaco no describe su enfermedad como un observador ajeno, sino que, de acuerdo a las ideas de von Weizsäcker, se explica a sí mismo a través de ella, explica su vida a través de ella, explica la vida de los otros a través de ella, creando un patrón de incompleta recurrencia que lo mantiene atrapado en 'su' verdad, hundido en el barro o en la arena u oculto en un cubo de basura, y que permite, a través de su exposición serial, abrir camino a la expresión de lo innombrable. De hecho, lo que menos importa es la patología en sí, la precisión semiológica o lo insólito de sus consecuencias (recurso que ha convertido en autor de éxito a algún que otro neurólogo) ya que, una vez tentados por el patólogo interior, lo mismo podemos contagiarnos de la locura excepcional de Antonin Artaud que de un sofisticado virus informático —como la reciente novela RE.LA.VIR de Jan Ramjerdi. En la literatura y la medicina clásicas se había hecho patente que el cuerpo y sus avatares son parte de la mente y que, por ello, la enfermedad física interfiere con la razón. Que, por ejemplo, la tuberculosis y el cáncer, enfermedades literarias por excelencia, modifican las percepciones y el carácter del personaje/paciente. Sin embargo, es probablemente el hombre subterráneo de Dostoyevski con su discurso atrabiliario ("Creo que padezco del hígado.") quien primero se atreve a proponer a la mente como parte del cuerpo, o lo que es lo mismo, a permitir hablar al cuerpo, convirtiéndolo en el verdadero receptáculo de la experiencia y motor de la voluntad, atribuyéndole la capacidad lingüística hasta entonces patrimonio del espíritu. Dostoyevski encuentra la técnica precisa para distanciarse de las dos tendencias al uso en sus contemporáneos —el romanticismo espiritualista y el racionalismo mecanicista—, y consigue dar un enorme salto (de ahí la sensación de contemporaneidad que produce su lectura casi 150 años después) hasta la corporeización no determinista de la mente: De acuerdo a la expresión de Merleau-Ponty, a un cuerpo entendido como "a la vez estructura física y estructura experiencial—a la vez «interior» y «exterior», biológico y fenomenológico". [3] En un reciente artículo [4], Richard Burgin proclama a los Apuntes del subsuelo de Dostoyevski como "la obra que más ha influenciado el curso de la ficción del siglo XX en general", señalándola como el origen de la técnica narrativa que ha venido a ser denominada "monólogo interior" (con permiso de Joyce, que declaró haberla aprendido de Edouard Dujardin)."Desde su aparición con Dostoyevski", continúa Burgin, "el monólogo extenso ha mantenido su capacidad subversiva tanto intelectual como emocinalmente, y ha permanecido impregnado de enfermedad física y psíquica." La habilidad de Dostoyevski no consiste aquí, por lo tanto, en la precisión de su "ojo clínico", puesta de manifiesto en muchas de sus obras; ni se debe, como en El idiota, a su propia experiencia con la enfermedad —su epilepsia, de la que, además sufre una variante poco común. Su habilidad se manifiesta en que, a diferencia de Dickens, Tolstoi o Thomas Mann, excelentes nosógrafos, Dostoyevski se adelanta a su tiempo permitiendo que la enfermedad se exprese por sí misma, prefigurando a Sigmund Freud que recomendará, unos cuantos años más adelante, dejar hablar a la neurosis. La enfermedad, cuando se expresa, no lo hace como un narrador corriente. No está, por así decirlo, "para cuentos". Aunque habla de todo, no se para en melindres, no describe el miedo y el dolor sino que describe a su través; posee ritmos propios: el jadeo, el dolor pulsante, la fiebre cíclica y el delirio que la acompaña. El enfermo o el hipocondríaco no son moribundos estoicos que aceptan su destino sin rebelarse, sino más bien melancólicos hechos carne que trasladan la carne a su escritura. La enfermedad del narrador lo hace consciente de su tiempo, que no es el tiempo de los otros sino el latido de la inflamación, el crecimiento de las metástasis, el flujo de la secreción excesiva. El texto se convierte en agente infeccioso, obliga al lector a infectarse de él en una forma donde la distancia es abolida y la simple "colaboración" no tiene sentido. No se trata tanto de encontrar en el lector un aliado como un nuevo huésped para el virus. Samuel Beckett, Maurice Blanchot, Louis Ferdinand Céline, Thomas Bernhard, Pierre Guyotat, Dennis Cooper o Kathy Acker emplean la misma técnica, sin necesidad de recurrir en todos los casos a la enfermedad explícita, pues, insisto, no es el tema lo que interesa, sino el proceso. Sin embargo, muy a menudo, el patólogo es perfectamente reconocible en el interior del monólogo. II La medicina y el enfermo rebelde. El hombre del subsuelo no sólo filtra su relato a través de la enfermedad: la utiliza para afirmar su voluntad y para manifestar su rebeldía contra el mundo en el que vive. La enfermedad le permite aferrarse a esa no-verdad de la que se sirve para corroer la verdad establecida, la salud oficial que ya no es la realización de cada hombre, sino el discurso simbólico del poder que impone normas de conducta bajo el pretexto de la prevención. El enfermo rebelde ("...me niego a ponerme en tratamiento por despecho") pretende construírse una identidad nueva a partir de su enfermedad: "Mi vida comenzó cuando tuve gonorrea." —Escribe Kathy Acker en The empire of the senseless— "Tenía dieciocho años. O, más bien, comenzó cuando acabó la gonorrea, si esas cosas alcaban alguna vez. Porque la asquerosa enfermedad me había incapacitado completamente: Pasé a depender de otros incluso para mis necesidades vitales. Ahora no sólo soy inútil, como lo son todos los seres humanos y como muchos seres humanos, aquellos que no son ricos, creen que lo son. También estoy física y mentalmente dañada porque mi único deseo es el suicidio." [5] La enfermedad es una forma de rebeldía porque la salud es el modo más contemporáneo de dominación. Cuando todos los territorios —incluídos los intelectuales— han sido conquistados, el territorio a conquistar es el cuerpo de los conquistadores. Al definir la salud como un estado de bienestar perfecto (por lo tanto objetivo, excluyendo la biografía individual), nos convierten a todos en enfermos, facilitando el camino para una nueva invasión del cuerpo por medicamentos que responden más a la demanda creada por el mercado (lifestyle drugs) que a motivos médicos reales. Aceptamos convertimos en ignorantes, obligándonos a aprender lo que desean enseñarnos e impidiéndonos perder el tiempo con nuestros propios intereses. Nos empujamos a pleitear por nimiedades, extrayendo posibles delitos/patologías de todas las conductas. Y evitamos nuestra responsabilidad, tanto los aquiescentes como los críticos, trasladándola a las "ciencias de la salud". Es más sencillo aceptar un saber cuando se ampara tras esa etiqueta, y es más sencillo criticar a la "ciencia" o a los "científicos" que situarse en la necesaria ambiguedad del escepticismo. El pensamiento mecanicista al que se enfrenta el hombre subterráneo y, por extensión, todo patólogo interior, ignora aquellas cuestiones que no son susceptibles de cálculo según los medios contemporáneos. Dostoyevski quizás intenta, siguiendo la labor iniciada por los discípulos de Demócrito y Epicuro, devolver la mente y la cultura a la naturaleza. A nosotros nos toca reflexionar un poco acerca de qué cuerpo va a recibir esa mente. ¿Se trata del cuerpo mecánico, campo de batalla de los intereses económicos y políticos? ¿Un cuerpo homeostáticamente regulado por los perfiles de consumo ideológicos? Si nuestra mente es materia, se nos propone, nuestra conducta deja de ser objeto de la ética y pasa a ser objeto de la física: por lo tanto, no podemos decidir qué es lo deseable hasta que sepamos a ciencia cierta los mecanismos físicos del deseo. Del mismo modo que el psicoanálisis se ocupó de desenterrar los deseos ocultos en la mente, el nuevo somaanálisis se ocupará de descubrir los deseos de nuestro cuerpo, las condiciones perfectas de su desarrollo, lo que conviene o no a nuestra naturaleza: Y los mercados están ahí, esperando para suministrarlo. Un ejemplo de la sofisticación a que se ha llegado en la manipulación del discurso de la salud lo proporciona el conflicto acerca de la regulación del consumo de tabaco (el fumador contemporáneo es el último y quizás más significativo bastión del despecho hacia la prevención de la enfermedad). Se trata de una de las paradojas más curiosas de los últimos años, y, a la vez, es probablemente uno de los pocos puntos de resistencia no ilegales frente a la manipulación de las metáforas del cuerpo y las metonimias de la salud. Es justamente un asunto revelador porque la industria del tabaco es legal, billonaria, y se encuentra ampliamente establecida en la nación más poderosa de la Tierra —lo que impide su radical ilegalización— previniendo que se convierta en seguida en una cuestión subterránea y marginal para los medios como lo es el consumo de las llamadas "drogas recreativas". La batalla legal que se lleva a cabo en los Estados Unidos y se exporta ahora al resto del mundo no se ocupa de la salud de los ciudadanos, sino que es, una vez más, parte de la guerra abierta entre los viejos poderes —en este caso los tabaqueros— y los nuevos —las instituciones de salud. No me cabe duda de que muchos médicos (y no médicos) abrazan la cruzada con espíritu honesto e hipocrático; como no dudo que la mayoría de los soldados estén convencidos de que luchan por una causa justa, y, a veces, estén en lo cierto. Pero lo que se decide en la cruzada político-medíatico-sanitaria no es la salud o la vida de las personas, sino la capacidad de influencia sobre la máquina productora de metáforas. Lo que importa no es que se fume o no, sino que se consienta en transmitir, impresos en las cajetillas, en los anuncios, autorizados por el cuño de las instituciones, los mensajes del Gran Hermano —"la Gran Madre", como ha sido rebautizado por un ingenioso periodista— que cuida de nosotros. Los beneficios económicos no están en discusión: se lucha por establecer de quién es la palabra. En la cruzada antitabaco, como en las cruzadas antidroga o en muchas campañas supuestamente humanitarias, no se ponen en cuestión las ganancias de los vendedores ni las desgracias de las víctimas del comercio; ni, muchísimo menos, el bienestar general. Lo que realmente importa es que el poder no puede dejar pasar ninguna oportunidad para hablar por boca de "la ciencia", para convencer de que sus decisiones —esas, y todas por extensión— son técnicas y no políticas. La cruzada antitabaco es útil porque el argumento empleado es auténtico, y, por lo tanto, sirve de ejemplo para reforzar la confianza de un público muy escéptico hacia el controlador de los productos. ¿Por qué esa obsesión continua con este tipo de estrategias? La razón es muy sencilla: los sistemas democráticos le han concedido a los ciudadanos la posibilidad de responsabilizarse ética y políticamente; la capacidad "técnica", sin embargo, ha sido apropiada por instituciones que se amparan en supuestos saberes (el verdadero conocimiento científico no es susceptible de apropiación porque no produce verdades, sólo se legitima en la investigación continua y se modifica continuamente). Hoy los discursos éticos y políticos carecen de valor: la palabra válida —la palabra técnica— no es accesible para los ciudadanos. Por eso, la exposición del patólogo interior se parece más al auténtico conocimiento científico que la jerigonza político-mediática que aparenta divulgar los nuevos saberes; y, por eso justamente, aún admitiendo su ignorancia y empecinándose en su voluntad, mantiene intacta su capacidad de rebelión cuando prácticamente todos los demás discursos la han perdido. Debido a su potencial subversivo —y no a causa de la supuesta "dificultad" de su palabra— el patólogo interior permanece incomprendido por el gran público y es objeto de embestidas de la "crítica", cuyo propósito es "explicar" su patología, encontrar causas de "anormalidad". Porque el patólogo interior es susceptible, a su vez, de ser atacado, infectado por enfermedades colectivas. El patólogo interior no es, todavía, un narrador inmune. III- El narrador inmune. Tengo la convicción de que Joyce, dijera lo que dijese, se encontró con la necesidad de enfrentarse a la paradoja del narrador enfermo, y que la respuesta a su problema fué una respuesta inmune ¡Qué sorpresa para todos si resulta que su modelo no es Freud, sino Pasteur! Leopold Bloom no es, en efecto, un narrador hipocondríaco, sino el narrador vacunado por el lenguaje que da lugar a un discurso inmunitario: a combinaciones inéditas, a la diversidad que será capaz de enfrentarse a las futuras infecciones. Su propósito se manifiesta con mucha más claridad en Finnegan's Wake. Cuando Joyce se burla diciendo que lo ha escrito para dar que hablar a los críticos de los próximos mil años, en realidad sabe que, habiendo producido un texto inmunitario, será capaz de responder a cualquiera de los ataques a que pueda estar sometido. Porque Joyce se ha dado cuenta —y quizás es de los pocos, de hecho quizás es el último "autor"— de que no sólo el texto es capaz de infectar al lector, sino, y sobre todo, el lector siempre infecta al texto con sus prejuicios, sus opiniones y las opiniones de otros que ha leído previamente. Y se ha dado cuenta de que el modo de permanecer, de mantener su "autoría" no es el establecimiento de un texto fijo, de una opinión canónica, de una explicación, más o menos sofisticada, de maestro de escuela. Joyce ha previsto a los estructuralistas y a los posmodernos y a lo que venga después flexibilizando su texto y llenándolo de anticuerpos, de respuestas a cada lectura, a cada interpretación. Joyce ha vacunado su ficción mediante técnicas recombinatorias, de un modo muy similar a cómo inmuniza un organismo vivo. De hecho, la recombinación de la expresión se ha convertido ya en la nueva trinchera contra la apropiación de los significados por el mercado de masas: Recombinaciones puramente lingüísticas como el spanglish, germen importantísimo del futuro literario del español y quizá del inglés; el hipertexto y otros medios de combinación de lenguajes informáticos con las lenguas tradicionales (como la ya citada novela RE.LA.VIR de Jan Ramjerdi); el cine no narrativo de Harmony Korine; la narrativa ensayística de Maurice Blanchot; la aproximación entre el arte y la ciencia... Al patólogo interior de nuestros días no le basta con enterrarse en el subsuelo para huír del diagnóstico que lo persigue porque el médico lo ha infectado a él también, se encuentra también en su interior. Antes de dar inicio a su discurso es consciente de su depresión, su obsesión compulsiva o su enfermedad bipolar. Está obligado a vacunarse contra el médico interior y a desarrollar la variedad suficiente de anticuerpos para resistir a las dos infecciones contra las que tendrá que luchar su narración: él mismo y los otros. [1] Fiodor Dostoyevski, Apuntes del subsuelo (Madrid: Alianza, 1991), 17. [2] Pedro Laín Entralgo, Historia de la Medicina. (Barcelona: Salvat 1978), 637. [3] Francisco J. Varela, Evan Thompson y Eleanor Rosch, The embodied mind. (Cambridge, MA: MIT Press, 1999), "Introduction", xv. [4] Richard Burgin, Reading Thomas Bernhard. Context , 4. (Online edition: www.) [5] Kathy Acker, The empire of the senseless (New York: Grove Weidenfeld, 1988), 27. 2000 |
Sobre la tumba del marinero no crecen
rosas La cultura del apocalipsis Guerras de sucesión Formas narrativas de la cultura contemporánea Galicia ya no vive aquí Ciencia y ficciones Patólogo interior Emocionante Los intelectuales de la cuarta cultura Por qué no abjuro Droga y literatura Más allá del turismo sexual Materializar el realismo Meterse en Ríos El otoño del patriarca Ciborgianos Villasanta desde Compostela Cervantes Reloaded |