
| Moderador: Eloy Fernández Porta Coloquio de jóvenes escritores y artistas donde se proponen nuevos modos de aproximación a la obra cumbre de la literatura española, alejados tanto de lo trivial e institucional como del ruido mediático. El encuentro se estructura en dos sesiones. En la primera se aborda el diálogo creativo con las posibilidades textuales inauguradas por Cervantes: el relato ramificado, el relato alusivo, el ensayo ficcional, la auto ficción, etcétera. En la segunda, se analiza y expone el tratamiento que el Quijote ha tenido en el arte, el cine y el ámbito multimedia. Irene Zoe Alameda, Jordi Carrión, Germán Sierra y Manel Zabala. Los nuevos cervantinos Sábado 3, 12.30h > Hall Proteo. Catalán y castellano. Ariadna G. García, Robert Juan-Cantavella, Vicente Luis Mora y Ester Xargay. El Quijote y el giro cultural: nuevos lenguajes Sábado 3, 17.00h > Hall Proteo. Catalán y castellano. |
| A lo largo del siglo XVI, una
nueva tecnología material se extiende, invade Europa de un modo semejante a como las tecnologías audiovisuales se extenderán durante el siglo XX: la tecnología Gutemberg de impresión de libros. Del mismo modo que hoy proliferan los debates acerca del efecto de las tecnologías electrónicas sobre el cuerpo, que se discute la influencia de la televisión, de los videojuegos, de Internet, el gran asunto tecnológico del siglo XVI debe haber sido la inesperada expansión de lo escrito. En lo que respecta a los textos sagrados, el acceso de los ciudadanos a la Biblia impresa cambiará para siempre la política europea y obligará a Roma a ensimismarse en una Contrarreforma de corte tradicional-platónico, cuyo objetivo será, curiosamente, desautorizar en gran medida los textos bíblicos. En lo que se refiere al acceso a los clásicos, la expansión del Renacimiento no podría entenderse sin la accesibilidad del pensamiento grecorromano primero y reformista después, o sin las numerosas reproducciones de imágenes grabadas e impresas. Aunque el objetivo de los primeros impresores es justamente universalizar los libros bíblicos y otras buenas lecturas, muy pronto la nueva capacidad de producir reproducciones fieles infesta toda Europa de lecturas profanas y hasta “perniciosas”. La literatura se convierte por primera vez en negocio, lo que da lugar a la aparición de géneros populares de éxito como las novelas de caballerías o las novelas picarescas: autenticos medios de entretenimiento de masas. Aquí entra Cervantes, quizás haciéndose eco de las preocupaciones de sus contemporáneos para preguntarse: ¿Qué efecto tiene esa nueva tecnología sobre nosotros? Una nueva tecnología que, entre otras cosas, libera al texto de su declamación o lectura en voz alta, permite una relación mucho más íntima del lector medio con el texto y, por lo tanto, lo “aleja” de la realidad –de la razón, el sentido común y un sinfín de convenciones sociales– hasta un extremo desconocido previamente. Una tecnología que permite que el lector incauto pueda ser seducido primero por el “artefacto libro”, y luego por el texto. Hasta entonces, el efecto físico de la palabra se atribuía a la voz, así en los conjuros como en el teatro, y, de repente, pasa a depender de la íntima relación libro-lector: un lector liberado porque ahora es él quien decide la pauta de lectura, a quien se le ofrece la posibilidad de aislarse y embeberse de literatura como jamás antes se pudo. Asunto que, sin duda, vuelve a estar de actualidad en los siglos inmediatamente anteriores al Quijote debido a la expansión de las ideas neoplatónicas y la citada Contrarreforma católica: es sabido que Platón desconfiaba de la escritura como tecnología, pues la consideraba el simulacro de un simulacro. A mi entender, Cervantes se burla de las preocupaciones de sus contemporáneos construyendo una novela que sobrepasa con mucho los elementos literarios de su tiempo, y la forma en que esa novela comienza representa de forma magistral lo que serán las obsesiones futuras de la sociedad frente al siempre creciente dominio de las tecnologías de comunicación: Alonso Quijano, como el niño que pasa demasiadas horas en la televisión, jugando con videojuegos o navegando por Internet, sufre los efectos físicos de la tecnología: delgadez, descuido, aislamiento social, pérdida de contacto con la realidad. El perfil que retrata Cervantes en las primeras páginas del Quijote es uno que hoy en día reconocemos muy bien: se trata del perfil del adicto (“vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías que leer”). La tecnología Gutemberg, como después la televisión, los videojuegos o Internet, provocan adicción, actúan directamente sobre el cuerpo no sólo por sus contenidos más o menos fantasiosos, no sólo porque trasladan al lector a mundos imaginarios, sino porque el exceso en su manipulación consume la carne, aísla al cuerpo de sus necesidades y al hombre de su entorno social. Los niños se encierran en su habitación con la consola, se tiran por la ventana después de haber visto Supermán o degüellan a su familia por haber jugado demasiado a Dragones y Mazmorras... Los libros son, por vez primera, producidos como objetos de consumo, y terminan por consumir al sujeto. La novela, convertida en uno de los símbolos de la primera burguesía, comienza a ser temida y denostada como el lugar donde pueden realizarse, de modo virtual, los anhelos profanos. Sin embargo, Cervantes, que cuando comienza a escribir el Quijote es ya un hombre mayor y probablemente ha perdido casi todas sus ilusiones de éxito, aborda sin complejos los problemas de la lógica platónica del deseo, rompiendo las barreras entre satisfacción real e imaginaria, entre el mundo psíquico y el mundo real. FRAGMENTO DE "CERVANTES RELOADED" publicado en "El Quijote, instrucciones de uso", editado por Juan Francisco Ferré, Ediciones de Aquí, Málaga 2005. |
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