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Sobre la tumba del marinero no crecen rosas. En memoria de Kathy Acker (1947–1997) "La vie est vaste, étant ivre d'absence Et l'amertume est donce, et l'esprit clair." Paul Valéry
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Los días siguientes a la muerte de la escritora norteamericana Kathy Acker yo estaba viajando por los Estados Unidos y, por lo tanto, ignoro si la prensa española le ha dedicado ya algunas líneas a su recuerdo. Aunque así fuera, considero que la calidad de su obra –en mi opinión estrictamente personal es la mejor literatura firmada por una mujer en la segunda mitad del siglo XX– merece una atención que estoy seguro hasta ahora se le ha negado, incluso entre los lectores en lengua inglesa. No tuve la fortuna de conocerla: Me encontré por primera vez con dos de sus libros en una librería de Los Angeles en el año 1991. El tiempo que pasé en California es el único de mi vida del que conservo algo parecido a un diario. Escribí: "Acabo de hacer un descubrimiento de lo más extraordinario; se llama Kathy Acker". La lectura de aquellas novelas ("In memoriam to identity" y "The empire of the senseless") me produjo una sensación dificilmente igualable por ningún otro autor contemporáneo. Estaba fascinado por su estilo salvaje y delicado, de una crudeza y una inteligencia extraordinarias. Sentí que, por casualidad, bajo aquellas cubiertas de aspecto metalizado, me había topado con la auténtica heredera de Bataille, de Artaud, de Kafka, de Rimbaud, de Nerval, de Lautreamont. Al contrario que muchos otros escritores contemporáneos, era capaz de transformar los sentimientos más brutales, los actos más extremos de violencia, los escondites de la verguenza, en un lenguaje propio, desgarrado, de una sencilla exquisitez. Me hizo escuchar, más que ninguna otra escritora, la verdadera voz de una mujer. Compré toda su obra. Cada vez que viajaba a los Estados Unidos, buscaba con afán su nombre en los estantes de las librerías. Ya no volveré a sentir ese placer. A pesar de no haberla conocido en persona, me sentía muy cercano a ella a través de sus libros: Quizás porque tampoco me he encontrado nunca con ninguno de sus otros lectores (Creo que existen traducciones de dos de sus libros al castellano, pero me temo que no han sido precisamente éxitos de ventas). Así, a diferencia de otros de mis escritores favoritos, reseñados aquí y allá, comentados por los amigos o citados por otros autores, los libros de Kathy Acker me relacionaban exclusivamente con ella y con sus propias obsesiones literarias, con los grandes a los que plagiaba con la libertad de un clásico, de cuyas personalidades se apropiaba –como dejándose poseer por sus almas– para hablar sin pudor por su boca. En sus libros se transformaba en Rimbaud (sus "traducciones" –más bién interpretaciones– de las "Iluminaciones" en "In memoriam ti identity" son realmente sorprendentes), en Artaud o en Don Quijote; en las víctimas de la palabra y la brutalidad. La imaginaba un Ahab reencarnado en el cuerpo de Moby Dick. Siempre a la caza del sentido que se esconde en la carne. Llamaban en ella la atención su aspecto punk, su militancia feminista, su compromiso con esos vagos movimientos de vanguardia conocidos como posmodernidad y, más recientemente como avant-pop. Dejo tales consideraciones para biógrafos o profesores de literatura. Quizás haya sido a la literatura de los ochenta y los noventa lo que fué su admirado William Burroughs para las generaciónes anteriores. Para mí era, ante todo, una verdadera escritora, capaz de utilizar los recursos del pensamiento contemporáneo para desbrozar el camino ya antes transitado por los románticos, los poetas malditos y los surrealistas. La imagino ahora paseando por las ruinas de un cementerio marino. La capitana de los piratas ha preferido hundirse con su barco, ha preferido naufragar en el océano por el que había navegado sin descanso impulsada por los vientos del lenguaje hasta conseguir extraer los más preciosos tesoros de sus profundidades: Su propio cuerpo, embravecido por la tormenta del cáncer, terminó por ahogarla. Como médico y profesor de una facultad de medicina, las circunstancias de su muerte me preocupan profundamente: Después de haber sido sometida a una doble mastectomía rechazó el empleo de la quimioterapia y, como ella misma describe en un testamento literario que puede encontrase en Internet, decidió ponerse en manos de herboristas, homeópatas y curanderos. Quede bien claro que no juzgo su decisión. Lo que me preocupa son los motivos de esa decisión, y no sólo en su caso, ya que tales motivos parecen afectar cada vez a más personas, cada vez de mayor nivel intelectual: A medida que las ciencias médicas progresan en el conocimiento de la biología humana y en el tratamiento de las enfermedades, crece la desconfianza de una importante parte de la población hacia la medicina científica. Y la medicina científica es sustituída por tratamientos que ya no es que no estén suficientemente contrastados, sino que en muchos casos se ha comprobado, tanto empírica como experimentalmente, su ineficacia. Esto, junto con los ataques de pánico que producen la publicación de los avances en genética molecular y otras ramas de la biología, me lleva a pensar que estamos fracasando en nuestro intento por explicar el papel de la ciencia en la vida humana –¿O es que ni siquiera lo estamos intentando? Kathy escribe que abandona el tratamiento convencional de su enfermedad porque el médico no le inspira confianza, ha perdido la esperanza y la fe en sus fuerzas: "La medicina convencional me estaba reduciendo, rápidamente, a un cuerpo que era exclusivamente material, a un cuerpo sin esperanza y, por lo tanto, sin voluntad. A una marioneta que, separada por el miedo de su imaginación y su visión, haría lo que le fuese dictado", escribe. Es una frase terrible. He escuchado muchas veces que la evolución de la medicina moderna se debe en parte a la comprensión de la salud como un problema social en lugar de individual. Es cierto en parte, pero tal evolución también ha dado lugar a la medicalización de la sociedad –algo muy evidente en los EEUU, y que empieza ya a sentirse en Europa–, y a unos sistemas de salud invasivos que conciben la sociedad como potencialmente enferma, se sienten legitimadas para tomar demasiadas decisiones políticas –o para apoyar decisiones políticas– y son, sin embargo, incapaces de comunicarse con el hombre que sufre. Los sistemas de salud, controlados directa o indirectamente por el poder político, han producido una medicina de gran calidad técnica pero también muchos discursos engañosos, favoreciendo la habitual desconfianza del ciudadano hacia toda institución que hace una continua ostentación de poder. La política sanitaria de todos los países está llena de discursos falaces, de medias verdades expresadas con arrogancia y transformadas en leyes sin demasiada reflexión. El sistema dice: «Vuestra salud está en mis manos». El hombre sano se siente protegido, pero, cuando enferma, se sabe indefenso, desvalido, desposeído de su voluntad de vivir. Entonces va a un curandero que le dice: «Tu salud está en tus manos, debes luchar por recuperarte». Kathy abandona el norte de California, donde probablemente se encuentra la mayor concentración de biólogos moleculares del mundo, para buscar un tratamiento alternativo en la ciudad mejicana de Tijuana, justo en la frontera con los EEUU. Es posible que en el mejor hospital de San Francisco, tratándose de un cáncer en estado muy avanzado con metástasis en varios órganos vitales, no hubieran conseguido nada mejor. Pero eso no es lo importante, lo importante es que ella confía en los médicos naturistas de Tijuana y no en los oncólogos de San Francisco. Y este hecho es terriblemente preocupante. Los médicos no debemos olvidar jamás que nuestra responsabilidad es la salud y la calidad de vida de los pacientes. Aunque dispongamos de la mejor tecnología del mundo, si el paciente no confía en ella y rechaza su empleo, toda esa tecnología vale menos que un hueso de gallina en las manos de un brujo. Kathy, como buena capitana, ha legado a sus compañeros piratas los mapas y su cuaderno de bitácora. Navegamos. En nuestra bandera, bajo las tibias, se lee una divisa: "No roses grow on sailors' graves" Germán Sierra, Diciembre de 1997. |
Sobre la tumba del marinero no crecen
rosas La cultura del apocalipsis Guerras de sucesión Formas narrativas de la cultura contemporánea Galicia ya no vive aquí Ciencia y ficciones Patólogo interior Emocionante Los intelectuales de la cuarta cultura Por qué no abjuro Droga y literatura Más allá del turismo sexual Materializar el realismo Meterse en Ríos El otoño del patriarca Ciborgianos Villasanta desde Compostela Cervantes Reloaded |