Acerca de "Efectos Secundarios". El País (Babelia), 2 de Febrero del 2001



A mediados de 1999 apareció en las librerías una novela con una ilustración en la cubierta de la
fantástica retratista de la cultura pop Elizabeth Peyton que me hizo abrir el libro y hojearlo de forma
compulsiva. Un año y medio más tarde aparece una nueva novela del mismo autor y descubro con
asombro que la ilustración de la cubierta es del enfant terrible de la escena neoyorquina, Damian Loeb.
Esta anécdota me parece apta para describir la experiencia del primer encuentro con la obra de Germán
Sierra: desde que uno empieza a leer sus libros y encuentra alusiones a gente como Poppy Brite, J. G.
Ballard o Damien Hirst, queda claro que se trata de un autor comprometido con la realidad estrictamente
contemporánea y con una representación de la misma integrada en la experimentación colectiva que
conforman las últimas tendencias del arte y la ficción.

Efectos secundarios, la nueva novela de Germán Sierra, desarrolla las premisas establecidas por la
anterior, La felicidad no da el dinero, y sin embargo, el salto cualitativo entre ambas es tan asombroso
que no se puede desligar la sorpresa de la sensación de reconocimiento. Las dos pueden describirse como
intrigas burocráticas: si La felicidad no da el dinero estaba centrada en el modo en que la cultura funciona
como tapadera de una regresión abisal de intereses financieros, Efectos secundarios va más allá. En sus
primeras páginas, un abogado es chantajeado para investigar una desaparición. Las pesquisas apuntan al
entorno de las empresas químicas que llevan a cabo experimentos de biotecnología en el Tercer Mundo y
destapan una conspiración de repercusiones inciertas. Poco a poco, sin embargo, el conjunto de la
investigación queda en entredicho cuando el abogado descubre que la llamada inicial y los indicios
podrían ser simulacros destinados a desencadenar una serie de efectos indirectos impredecibles.

Es una suerte que a la hora de representar el vértigo del héroe trágico perdido en la confusión de estratos
burocráticos, el autor no haya seguido a Kafka, sino al padre de la sociología posmoderna, Jean
Baudrillard. "La búsqueda de pruebas", dice el Baudrillard de La procesión de los simulacros, "ya no
puede detener el vértigo interpretativo. Nos hallamos en medio de una lógica de los simulacros que ya no
tiene nada que ver con una lógica de los hechos". El tratamiento que lleva a cabo Germán Sierra del tema
de la biotecnología (y la tecnología en general) y su relación con la economía global se basa en un uso
brillante de la forma del thriller sociopolítico en un ámbito trastornado por la simulación donde la
determinación se ha esfumado. Existe, dicho sea de paso, un precedente importantísimo en esta
concepción del thriller como procesión de simulacros: Don DeLillo, que en 1984 se convirtió con
Ruido de fondo en el visionario social de la literatura americana.

Entre la novela anterior de Sierra y esta nueva hay una diferencia abismal de ambición. La pretensión de
teorización social en toda regla que rige Efectos secundarios se resuelve satisfactoriamente mediante el
procedimiento formal de la novela, que imita el mecanismo de regresión abisal de la simulación política.
Sin embargo, el resultado final no sería tan formidable a no ser por unos personajes que a medida que
avanza la trama adquieren resonancias míticas: Pascual, por ejemplo, el joker proteico que entra y sale de
la estructura de simulación, o el doctor Valcárcel, el enigmático agente doble que dinamita desde dentro
dicha estructura y hace que emerja otra espontáneamente como un fractal. Pero ninguno como el abogado
Oriol, verdadera figuración trágica del hombre neoliberal, completamente solo en medio del colapso de
todas las estructuras (desde la familiar o la social hasta la epistemológica), y sin embargo guiado por un
impulso macbethiano irrefrenable y ajeno a toda moral. Invito a los lectores y lectoras a que descubran por
sí mismos el alcance monumental de esta novela, una de las más interesantes de los últimos años y una
invitación a reconfigurar el panorama literario español sobre la base de nuevas ambiciones temáticas,
formales y estéticas.

Autor Crítica: Javier Calvo