Piensa en sus amigos: Alex,
Alberto, la propia Violeta, que ha quedado durmiéndose en su
cama. Todos ellos
han seguidoun
camino difícil, han conseguido vivir de acuerdo a sus
inclinaciones; pero
no serán capaces, ninguno de ellos, de dar un giro definitivo a
sus destinos [...]. Debiera haber tenido en cuenta aquella frase
cínica con la que, en una película ya vieja,el malvado hombre
maduro pretendía evitar que la chica se fugase con el
protagonista:
"La felicidad no da el dinero"
La
palabra es escurridiza:
No puede ser atrapada en la burbuja terminal del profiláctico
como la efusión
de plasma blanco que la acompaña. Si acaso, impedir su
exhalación mediante
la interferencia de un reflujo de solutos inhibitorios en alguna voluta
del cerebro
encargada de acciones voluntarias. Pero a menudo se escabulle sin
permiso para posarse
en el oído de Marisa. Sale volando de los labios de Alberto como
una zumbante
mosca azul de la boca de un muerto y va a dejar su puesta en el nido
cefálico.
A ella, a veces, la excita. Se siente poseída por su brutalidad
verbal y asiente
entre gemidos. Un aluvión de sopa química inunda sus
entrañas
y sube por sus arterias y su médula espinal hasta anegar sus
hemisferios cerebrales
rompiendo las membranas que separan el ordenado archivo de las
sensaciones del caótico
cuarto de los trastos donde guarda sus fantasías, del que
extrae, con la aviesa
ayuda del azar, alguna máscara grotesca bajo la que no
osaría disimularse
en ocasiones menos memorables.
Exprimida expresión del éxtasis. Llena sus pulmones de
oxígeno.
Desea ser golpeada, estrangulada, hasta acuchillada. El parásito
burlón
que se alberga en su sangre reclama su alimento, y los músculos
responden
al clamor de las células con máxima flexión.
En otras circunstancias, quizá en función de la cambiante
intensidad
de su placer, ella se sentirá vejada por el término y se
defenderá
a golpes para desasirse de él, o se echará a llorar, o le
responderá
con alguna otra palabra cargada de resentimiento. Se revolverá
debajo de su
masa adhesiva de buey apuntillado hasta librarse del pringoso contacto
de su piel.
Sepultada entre las mantas, renegará de su
compañía.
El,
confuso, para evitar
conflictos, tratará, en próximos encuentros, de forzarse
al silencio.
La goma de mascullar se revolverá en su buche. Subirá y
bajará
de su estómago provocando las náuseas. Se hinchará
como un cáncer
y amenazará con ahogarlo.
Sin embargo, el silencio no es en modo alguno garantía de paz:
Se presta a
interpretaciones tan dispares como el exabrupto. El silencio la induce,
muchas veces,
a tratar de adivinar sus pensamientos y a poner en duda el goce
masculino, con independencia
de la visible efusión atrapada en la goma.
De hecho, en aquellas ocasiones en las que reacciona con violencia ante
la exclamación
obscena, en seguida se calma y hace valer el placer de él por el
de ella.
Lo busca, cariñosa, y le pide disculpas por el arrebato; y
él, que
la conoce lo bastante para no dar importancia a sus accesos de ira, la
sienta en
su regazo y recibe en los labios el lacre del perdón.
Pero si la cópula termina en silencio, fruto de su
concentración, entonces
ella insistirá en averiguar el motivo empleando torpes
artimañas. Lo
atribuirá a falta de amor o de atención, o, lo que es
peor, a una imperceptible
pérdida de atractivo, y entonces, horas después, sin que
él
pueda imaginar la causa, ella se mostrará rencorosa y esquiva
hasta desatar
una discusión que se zanjará con la humillación
recíproca
y un período, más o menos largo, de solitaria resistencia
al amor físico.
Ella pasa esas cuarentenas ante el televisor. Por más que los
sonidos chirriantes
y las voces metálicas auguren un futuro de plácido
consumo, el silencio
se escucha por encima de todo. Aunque él acuda a visitarla y las
botellas
de ron rueden vacías entre las rosas caídas en la mesa y
vayan a estrellarse
contra el suelo, y la embriaguez les desate las lenguas y se insulten
el uno al otro
con eructos de vapor inflamable, el aire ha perdido su elasticidad y no
difunde sonido
alguno. La muerte muda funde a su medida un ataúd de hierro, un
sarcófago
satélite girando en el la nada orbital.
Y esas noches, un glaciar de algodón blanco se desliza muy
lentamente debajo
de su cuerpo llevándose sus sueños a los pies de la cama,
de tal modo
que despertará con una inexplicable sensación de
pérdida.
El pasa esas cuarentenas en la barra de un bar. Por más que los
sonidos de
máquina y las voces gorgoteantes auguren una noche de febril
galanteo, el
silencio se escucha por encima de todo. Aunque visite algún
burdel y las botellas
de ron rueden vacías entre las copas caídas en la mesa y
vayan a estrellarse
contra el suelo, y la embriaguez le desate la verga y alguna de las
chicas se la
mame entre eructos de vapor inflamable, el aire ha perdido su
elasticidad y no difunde
sonido alguno. La puta muda funde a su medida un ataúd de carne,
un sarcófago
salival girando en la nada orbital.
A él, a veces, le excita. Se siente poseído por la
brutalidad oral
y asiente entre gemidos. Un aluvión de sopa química
inunda sus testículos
y sube por sus arterias y sus nervios hasta anegar sus hemisferios
cerebrales rompiendo
las membranas que separan el ordenado archivo de los recuerdos del
caótico
sótano donde guarda sus instrumentos de dominio, del que extrae,
con la aviesa
ayuda del azar, alguna máscara grotesca con la que no
osaría mostrarse
en ocasiones menos memorables.
Disparará allí la palabra : No podrá atraparla en
la burbuja
terminal del profiláctico como la efusión de plasma
blanco que la acompaña.
Podría impedir su exhalación mediante la interferencia de
un reflujo
de solutos inhibitorios en alguna voluta del cerebro encargada de
acciones voluntarias,
pero deseará penetrar sin permiso ese oído comprado.
Saldrá
volando de sus labios como una zumbante mosca azul de la boca de un
muerto e irá
a dejar su puesta en el nido cefálico.
Cuando ella vuelva a admitirlo en su cama, una morrena de sueños
rencorosos
habrá acumulado un negro montón bajo las sábanas.
El, mimado
y maleado por las bocas vendidas, volverá a ofrecerle el placer
de la palabra."