Droga y literatura

Elegimos no elegir la vida
Irvine Welsh

No vivas: lee
Fernando Pessoa



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I- Metaquímica

    Lo más habitual, al evaluar el protagonismo de las drogas en la literatura, es dejarnos llevar por la tentación de indagar en la conducta privada del autor; lo más sencillo, recurrir a la farmacia y a la química. Pero al abandonarnos a la costumbre corremos el riesgo de olvidar que, en el ámbito de la escritura, sólo una forma particular de experiencia nos incumbe: la experiencia simbólica.
    El argumento realista, que justifica la ubicuidad de las drogas en la narrativa contemporánea por lo común de su uso, resulta insufiente para explicar los profundos motivos que han convertido a las drogas en un tema literario per se : Merece la pena resaltar que, aunque alucinógenos, narcóticos y estimulantes forman parte de la cultura humana desde su inicio, no adquieren entidad como tema artístico hasta el siglo XIX (con la dudosa excepción del alcohol). Para los antiguos lo importante era el efecto: la sustancia inductora era un emblema deliberado, una metáfora de su acción sobre el alma o el cuerpo. La flor de loto en La Odisea es una evidente representación simbólica del olvido, no un narcótico; el filtro de amor medieval es la pasión, no el afrodisíaco; la pócima de la hechicera es el pecado —como Cristo es el agua del manantial. El vino mismo, desde los griegos hasta Rabelais, es la embriaguez, el "espíritu" que posee al espíritu, el susurro del dios de la sinrazón y el oráculo de la veracidad infantil. Los antiguos, quizá más sabios que nosotros, siempre desconfiando de la autenticidad de las sensaciones, tenían muy claro que la droga no existe.
    El mito del narcótico es producto de la sensibilidad romántica. Y su papel simbólico en la literatura moderna aparece indisolublemente ligado al pensamiento fenomenológico que se extiende por Europa a la vez que el romanticismo. "Si se abrieran las puertas de la percepción...", escibe William Blake, como declaración programática de los artistas de su siglo. Y durante casi ciento cincuenta años ésta es una de las funciones primordiales de la literatura en Occidente: extender, modificar, manipular la percepción —continuando así el proyecto de filosofía visual implícito en artes plásticas del Renacimiento y del Barroco. Los románticos y los simbolistas transforman la poesía y la narrativa en sutiles instrumentos de evocación, núcleos del ensueño y técnicas para la anamorfosis del sentido. Cuando los narcóticos comienzan a hacer su aparición como protagonistas —con Byron, Shelley, Baudelaire, Rimbaud, Coleridge, Villon o de Quincey—, simbolizan la quintaesencia del ideal romántico: El alma, desde Kant, se construye a base de sensaciones, y las drogas inducen sensaciones más intensas, más íntimas, más auténticas que la propia realidad.
    Wolfgang Schivelbusch escribe, en su Historia de los estimulantes : "Baudelaire formuló su preferencia por el hachís, en detrimento del vino, como programa de asocialidad" (1). El narcótico, al igual que la poesía y las alas del albatros en su célebre poema, elevan al hombre hacia los cielos a costa de entorpecer su caminar sobre la tierra. Los ignorantes, como los crueles marineros del poema, se burlarán del embriagado porque desconocen el vuelo de su alma. Pero las palabras de Baudelaire esconden una trampa. Cuando se pregunta "¿para qué trabajar, derrengarse, escribir, hacer lo que sea, si con un solo plumazo se puede alcanzar el paraíso?" (2), es muy consciente de su intención de provocar al lector. Baudelaire no nos propone ni se propone abandonar la literatura por la droga, porque sabe perfectamente lo que, años después, explicará Gastón Bachelard en La poética de la ensoñación : "Si se vive pasivamente este estupor, no se participa lo bastante profundamente en la imaginación creadora. La fenomenología de la imagen impone la participación activa en la imaginación creadora"(3). Baudelaire y el Club des Hachischins de París, al "equiparar programáticamente producción literaria y consumo de drogas" (1), no sustituyen la literatura por la droga: transforman la droga en literatura y convierten la literatura en una droga —"elegimos no elegir la vida."
    La idealización es patente. Basta leer las "Confesiones" de Thomas de Quincey para saber que eran ya muy conscientes de los efectos fisiológicos del opio; sin embargo, con excepción de esta obra y pocas más, no suelen referirse a ello. Por añadidura, el consumo de opio o de hachís no era ni mucho menos exclusivo de los artistas e intelectuales; al contrario, se estima que en la Inglaterra Victoriana estaba muy extendido en todas las clases sociales. El uso médico de morfina para tratar el dolor daba lugar a la aparición de numerosos morfinómanos. Si hubo una droga "intelectual" por excelencia en el siglo XIX y a principios del XX, fué la cocaína —la de Sigmund Freud y Sherlock Holmes.
    Los paraísos artificiales fueron, en realidad, paraísos sensoriales y sensuales. Sus efectos físicos, como el retrato de Dorian Grey, podían permanecer encerrados en algún desván de la literatura. La tragedia del cuerpo disponía de numerosos argumentos sin necesidad de recurrir a la monotonía de la adicción: la sífilis, la tuberculosis o el hambre hacían las veces.
    La popularización de alucinógenos potentes, como el peyote primero y el LSD más adelante, mantuvieron viva esa tendencia romántica casi hasta nuestros días. Los escritos de Witkiewitz, Hoffman, Junger o Huxley reflejan la continuidad del proyecto de William Blake: abrir las puertas de la percepción e insistir en la comunicación mística con el universo, interrumpida, supuestamente, por el predominio de la razón humana.

II-Infiermedad.

    A principios del siglo XX, el significado de los narcóticos en la cultura occidental comienza a modificarse. En primer lugar, la aparición de la heroína, a finales del siglo anterior, pone en circulación lo que, en adelante, será la "droga mítica" por excelencia; una pócima con peligrosísimas propiedades adictivas capaz de inducir un placer casi sobrenatural. La leyenda fatal, alimentada por la literatura, el cine y las campañas de prevención, ha llegado a calar tan profundo en la cultura, que un importante sector de la sociedad identifica automáticamente "droga" con "heroína". La prohibición legal de los narcóticos ayuda a reforzar el mito marginalizando a una buena parte de sus usuarios y forzando la identificación de "consumo de drogas" con "adicción" y "enfermedad".
    Una mitología tan potente, por fuerza, cala hondo en el arte. La droga se desplaza desde el espacio metafísico a donde la habían llevado los románticos hasta el espacio de la tragedia personal y el inconformismo trágico. Para Baudelaire, fumar hachís era un acto de rebeldía intelectual, "un 'mal' en el sentido del título de su mas conocida antología de poemas" (1). Para Burroughs, ser yonqui es una tragedia física, una autodestrucción inescapable, una declaración de marginalidad. Mientras los personajes de Baudelaire expresan la repugnancia que les produce la sociedad burguesa, Burroughs muestra a sus héroes como seres que se disuelven en la repugnancia, atrapados en la mortal despreocupación de una tragedia sin sentido ni destino de la que son protagonistas únicos. Si para Baudelaire la soledad del embriagado es un ideal, para Burroughs forma parte de un proceso de mutación que da lugar a una interminable serie de monstruos, terribles y entrañables, que flotan en un espacio enrarecido. Para Baudelaire el opio señala el camino hacia Mallarmé, Burroughs se aparta de cualquier camino para compartir con una puta una jeringuilla cargada con Beckett, con Kafka y con Céline.
    A mediados del siglo XX, las puertas de la percepción ya están definitivamente abiertas. Vemos las cosas como son: infinitas —y nos parecen absurdas, inaprehensibles, ruinosas e inhóspitas.

III-Contra-adicción

    El espacio simbólico que hoy ocupan las drogas es más bien el del antídoto, refugio contra la salud. Recuperando en cierta medida la exigencia romántica, admiramos la evanescente belleza implícita en la decadencia física y moral. Sin embargo, la cuestión a la que autores como Kathy Acker, Dennis Cooper, William Vollmann o Irvine Welsh se enfrentan es, ante todo, el omnipresente discurso de la adicción" "Drogas, sexo, comida, compras, e incluso el trabajo. pueden ser adicciones ", escribe el grupo radical Critic Art Ensamble. " Cualquiera puede convertirse en adicto; todo puede ser adictivo. Semejante discurso, una vez internalizado, produce un pánico involuntario que da lugar a una crisis en la capacidad para distinguir los deseos y acciones apropiados de los inapropiados. En su lugar, se inicia la búsqueda frenética de una autoridad externa capaz de legitimar el estado de no-adicción." (4)
    En la literatura contemporánea, la droga es la metáfora de la guerra simbólica por el control del cuerpo —con el cuerpo, precisamente, como campo de batalla.
    "Probablemente nos ayuda a enfrentarnos a las nuevas ansiedades en relación con el cuerpo y la identidad en un período de cambios constantes", escribe Rebeca Arnold (5), interpretando la tendencia (sobre todo en fotografía de moda y publicidad) denominada "heroin chic" que desató un gran escándalo en los EEUU a mediados de los noventa. Y nos invita a compararlo con lo que Jason Jacobs ha escrito acerca de la creciente presencia de la violencia en el arte conteporáneo: "Está conectada con una fascinación moderna, centrada en el cuerpo como lugar de perfección y decadencia. Si la responsabilidad es nuestra, también lo es la ansiedad. Un cuerpo saludable acribillado a balazos reproduce gráficamente esta ansiedad; lo que es más, celebra la abdicación de la responsabilidad hacia el propio cuerpo." (5)
    El arte, la ficción en particular, permite crear un espacio experimental en el que podemos investigar esas ansiedades, desvincularnos de la responsabilidad. La ficción debe enfrentarse a la narrativa impuesta y ofrecernos la elección que la vida nos niega. Por eso elegimos no elegir la vida. Por eso no vivas: lee.


(1) Wolfgang Schivelbusch, Historia de los estimulantes. Barcelona: Anagrama, 1995.
(2) Charles Baudelaire, Del vino y del hachís en Los Paraísos Artificiales. Madrid: Akal, 1993
(3) Gaston Bachelard, La poétique de la rêverie. Paris: Presses Universitaires de France, 1960
(4) Critic Art Ensamble, Addictionmania (http://mailer.fsu.edu /~sbarnes/).
(5) Rebecca Arnold, Heroin Chic. Fashion Theory, 3 (3):279-295 (1999)

2000
 



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