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Yo digo buenos días y
la mujer que está detrás del mostrador dice buenos días y yo
digo, disculpe, necesito que me ayude, necesito saber si he estado aquí antes,
hace unas tres horas, y ella, parapetada tras los quesos y los salchichones y la
mortadela y el salmón ahumado me mira como si estuviese loco y yo digo, si
he estado aquí probablemente he comprado mortadela porque, ¿sabe?,
me gusta la mortadela, y ella se echa hacia atrás y no contesta y sigue mirándome
con recelo y le digo ¿puede hacerme un bocadillo de mortadela?, así
quizás recuerde si me he comido otro antes, sí, como no, me dice. Debe
disculparme, debe pensar que estoy loco, estoy enfermo pero no loco, simplemente
he sufrido un ataque de amnesia. ¿Sabe lo que es la amnesia? Pérdida
de la memoria, seguramente lo habrá visto en alguna película, cuando
reciben un golpe en la cabeza y pierden la memoria, eso se llama amnesia post-traumática,
aunque no es mi caso porque yo no me he golpeado en la cabeza. Mi caso es muy raro.
Los médicos están muy sorprendidos con mi enfermedad. Lo normal, ¿sabe?,
es que se pierda la memoria después de haber estado inconsciente. Pero en
mí parece ser como un ataque. De repente ¡pluf!, todo lo anterior se
ha borrado. Como si nunca hubiera sucedido. Varias horas. Como si hubiera dado un
salto en el tiempo y todas esas horas hubiesen desaparecido. Como si hubiera estado
dormido, aunque, en mi caso, sé que no he estado inconsciente, lo sé
porque me ha pasado otras veces en compañía de gente que me lo ha contado
y se lo han explicado a mi médico, que he actuado normalmente hasta que en
un instante ¡pluf!, se borran las horas anteriores y mi sensación es
la de haber dado un salto en el tiempo, un movimiento instantáneo. Es una
sensación muy extraña ¿sabe?
Me mira con ese respeto que sienten las mujeres mayores ante la enfermedad. Es algo
más que miedo o compasión, una reverencia panteísta ante las
fuerzas de la Naturaleza, similar a la que se siente cuando se es testigo de una
tormenta en el mar o de la erupción de un volcán.
No me sucede muy a menudo, continúo, pero cuando sobreviene es un grave inconveniente.
No es que olvidar, en sí, sea un inconveniente, olvidar es necesario, mi médico
me dice que olvidar es parte del aprendizaje, que si no olvidásemos los detalles
insignificantes de nuestras sensaciones no podríamos recordar lo importante.
Lo malo es que, cuando me sucede, lo olvido todo, es como si durante ese tiempo no
hubiera existido, pero sí he existido, he hablado con gente, he actuado, y,
por lo tanto, ese pasado mío existe en la memoria de otros, lo que demuestra
que ha sido presente en mí. La memoria es un fenómeno curioso, siempre
pensamos que es la nuestra la que cuenta, nos enfurecemos porque se nos olvidan las
cosas ¿No se olvida usted de cosas? Sin embargo nuestra memoria nunca es exclusivamente
personal, nada es exclusivamente personal, incluso la memoria es siempre un diálogo,
la intercomunicación de varias memorias. Aceptamos los recuerdos de otros
como propios más a menudo de lo que nos parece.
¿Comprende cual es mi problema? Hace tres horas yo pasaba, o creo que pasaba,
por aquí. Creo que pasaba porque recuerdo que había pensado en parar
aquí. Estrictamente, lo que sé con seguridad es que hace una hora estaba
en Santiago, y según mi impresión, había aparecido allí
de repente, como si me hubieran teletransportado, ¿sabe?, como en esas películas
de ciencia-ficción en las que desintegran a alguien con un rayo y desaparece
y aparece en otro planeta, porque, según mi recuerdo, en el instante anterior
estaba en mi casa, a cien kilómetros, ya sabe, teniendo que ir a Santiago,
y aparezco en Santiago como si me hubiera llevado la necesidad por arte de magia.
Lo que recuerdo perfectamente es lo que pensaba hacer cuando estaba en mi casa y
tenía que llevar un sobre azul con una importante información, que
además desconozco, y entregarlo en Santiago. Y allí estaba, en Santiago,
en medio de la calle, sin el sobre azul. Había perdido la memoria y había
perdido el sobre. Cuando se pierde algo, lo habitual es volver sobre los propios
pasos, desandar el camino para intentar encontrarlo. Pero yo he perdido el sobre
y he perdido el camino. Ahora, trato de encontrar el camino para encontrar el sobre.
No crea que esto me sucede constantemente, si fuera así no podría hacer
nada. No es la primera vez, pero en los últimos cinco años sólo
se me ha presentado en tres o cuatro ocasiones. El médico los llama episodios,
como si se tratase de una serie de televisión. Pues bien, en mis anteriores
episodios de amnesia no estaba haciendo nada importante, porque lo peligroso de esto
es que puede haberle sucedido algo realmente importante y no ser capaz de recordarlo
jamás, puede ocurrírsele una combinación ganadora en la lotería,
o cruzarse con esa persona que siempre ha deseado encontrar, porque yo soy soltero,
¿sabe?, y no saber nunca que has quedado con ella. O como ahora, es importante,
debo recuperar ese sobre y hacérselo llegar a su destinatario, por eso debo
saber si he estado aquí. Creo que podría haberme detenido aquí
porque lo he hecho otras veces, quizá no me recuerde de ocasiones anteriores,
pero me paro aquí por su mortadela, me gusta la mortadela, y es difícil
encontrarla buena, y hoy, antes de salir, pensaba detenerme en su tienda, por eso
he venido para saber si he pasado antes por aquí.
La mujer me contesta que está casi segura de que no he pasado por la tienda,
ella ha estado tras el mostrador casi todo el día, y cuando ha salido, ha
quedado encargada su hija. Su hija está en la cocina, la llama. Su hija es
una jovencita sonriente y algo entrada en carnes de unos veinte o veintidós
años que lleva un mandil sobre los pantalones vaqueros. Su hija tampoco me
ha visto hoy. Me recuerda de otras veces, hace quizá un mes. Y antes. Recuerda
que hace un mes me senté en una de las mesas del bar a tomar un bocadillo
y una cerveza. Pero no hoy. Ambas llegan a la conclusión de que no he estado
hoy aquí. Mal comienzo. La madre explica a la hija mi problema. Pobre hombre,
perder la memoria de ese modo, al menos sólo ha olvidado un par de horas,
no es mucho tiempo, aunque se me ocurren demasiados sitios donde haya podido pararse
en el camino. La hija me pregunta si estoy seguro de no haber entregado el sobre,
y le contesto que sí, que ya he ido a preguntar si lo habían recibido,
me pregunta si he mirado bien en mi coche. Mi coche está aparcado frente a
la tienda-bar y he mirado dos veces por todas partes. Vamos a buscarlo de nuevo.
Yo le ayudo. Pero antes tómese un café, siéntese en una de esas
mesas, descanse un momento, pobre hombre. En una esquina, frente a la ventana que
da a la carretera y a través de la cual, desde aquí, puedo ver mi coche,
está sentado un abuelo que asiste impasible a la escena. La hija me acompaña
a una mesa mientras la madre prepara café para los dos, me dice que me ayudará
a buscar el sobre, me pregunta que hay en el él y le digo que no lo sé,
pero que son papeles importantes para mi hermana, que no puedo perderlos. Si los
pierdo por culpa de mi enfermedad, mi hermana podría verse metida en un lío
en el que, por otra parte, tampoco tiene nada que ver. Es difícil de explicar.
No debo preocuparme, dice la hija, el sobre aparecerá aquí o allá.
Si estuviera lleno de dinero sería otra cosa, alguien podría habérselo
quedado, pero si sólo son papeles, si sólo son de utilidad para su
hermana, lo más probable es que, si alguien lo encuentra, lo entregue en el
Ayuntamiento, porque aquí no tenemos oficina de objetos perdidos, y cuando
alguien encuentra algo y quiere devolverlo lo entrega en el Ayuntamiento o en la
Parroquia, que podemos ir también a mirar a la iglesia, porque lo que suele
hacer el párroco es poner un anuncio en la puerta de la iglesia diciendo se
ha encontrado tal o cual objeto, se ruega a su propietario que pase a reclamarlo
en la sacristía. A veces incluso el producto de pequeños robos, no
porque el ladrón se arrepienta, si acaso puede entrarle miedo, aunque muchas
veces es la Guardia Civil la que lo recupera y, si el ladrón es menor de edad
e hijo de un vecino conocido, bueno, no lo van a detener, le echan un rapapolvos,
avisan a sus padres y el chico va a ver al cura y le dice, padre, he encontrado esto
y el párroco lo anuncia en la puerta de la iglesia y todos contentos, aunque
luego se sepa, pero no vas a meter en la cárcel a un niño por una gamberrada,
que es de lo que normalmente se trata, porque aquí no hay muchos yonquis,
antes había, pero se han ido a la ciudad o se han muerto o lo han dejado.
¿Y usted, entonces, en qué trabaja? Trabajo para un notario, le digo.
¡Ah! ¿Es usted abogado? No, sólo un empleado, poco más
que un recadero. No es fácil conseguir otro puesto sin una licenciatura. Cuando
era más joven quería estudiar Periodismo, pero entonces había
que ir a Madrid o a Barcelona. Llegué a matricularme en Filosofía y
lo dejé, porque era demasiado inquieto para los estudios académicos.
Me puse a trabajar, aquí y allá, para ganarme la vida.
La madre trae los dos cafés y lanza a su hija una mirada de cariño
y advertencia mientras pasa la mano por sus cabellos artificialmente rizados y aclarados
y yo pienso que le hubieran quedado mejor más lisos y más oscuros y
que la madre todavía desconfía un poco de mí, no está
segura de si estoy o no completamente loco, aunque parece aprobar el que su hija
sea dicharachera con los extraños y se siente a hablar conmigo y trate de
consolarme, me dé conversación para tranquilizarme. Creo que cuando
me dirigí a ella la primera vez lo hice en un tono de voz demasiado estridente
y eso la sobresaltó, porque yo estaba muy nervioso, muy alterado, y, aunque
sigo preocupado por el sobre azul, estoy un poco más sereno, gracias a la
conversación me he olvidado un poco de mi olvido y me tomo el café
a pequeños sorbos porque está muy caliente. A las mujeres mayores les
gusta el café hirviendo porque tienen frío el gaznate y siempre lo
calientan demasiado para mí, que no soporto el calor en la boca ni en la lengua
¿Todavía desea el bocadillo de mortadela? Sí, muchas gracias,
creo que necesito comer algo, puede que la búsqueda lleve mucho tiempo, no
recuerdo si he desayunado. Mi intención, cuando salí, era la de detenerme
a comer algo, por eso he empezado a buscar donde pudiera haber comprado comida.
Vamos a revisar su coche, dice la hija. Fuera hace frío, el barro del aparcamiento
está casi helado. Deberías ponerte algo, dice la madre, te va a coger
el frío, y entra en la cocina y vuelve a salir con un abrigo de lana marrón
y se lo pone sobre los hombros, ¡va siempre tan desabrigada!, dice. Abro mi
coche, reviso cuidadosamente cada uno de los papeles que están sobre el salpicadero,
la hija, entretanto, palpa debajo de los asientos delanteros, los levanta, no hay
nada debajo excepto suciedad. El asiento trasero no puede levantarse. De rodillas
sobre él revuelve las carpetas de la bandeja trasera, las abre una a una y
me va mostrando su contenido ¿No será este sobre? No ¿Y éste?
Tampoco. Abro el capó. Déjame a mí, te vas a poner hecha un
asco, le digo. Hay pegotes de grasa ennegrecida, herramientas sucias, una caja de
cartón medio rota con un par de zapatos muy viejos, una gorra gastada, trapos,
botas de agua. Una caja de plástico con aparejos de pesca. Antes me gustaba
ir a pescar, ahora casi lo he dejado. Los domingos iba hasta un acantilado, me ponía
las botas y la gorra y me pasaba el día tentando congrios. Casi nunca pescaba
nada, pero siempre me quedaba allí hasta la puesta de sol y pasado el día
me sentía lleno del tiempo que había perdido, exactamente lo opuesto
a la sensación que tengo ahora, tras el ataque de amnesia. El mar se queda
en la mirada de uno, la sal se queda en la boca y es agradable. Siempre me han gustado
las cosas saladas, como el mar y el queso y la mortadela, los dulces no tanto, aunque
prefiero el sabor dulce al amargo, y por eso añado mucho azúcar al
café sólo.
Me doy cuenta de que uno de los faros de mi coche está roto, el parachoques
abollado. No estaban así antes ¿habré tenido un accidente? Si
es así, esta vez la amnesia podría deberse al golpe ¿Lo habré
comunicado a mi compañía de seguros? Si he chocado con alguien, quizá
él o ella puedan darme una pista de donde estaba, de lo que había hecho,
o de dónde me había detenido. Habitualmente hablo mucho, le cuento
a la gente lo que me pasa, aunque no mis ataques de amnesia, porque pueden pensar
que estoy loco. No puedo llamar a la compañía de seguros y preguntarles
si he llamado antes ¿qué pensarían si les digo que no recuerdo
si he tenido un accidente? Tratarían de averiguar si la amnesia es a causa
del golpe y, si conocieran mi historial médico, nadie volvería a asegurarme.
Podría crearme muchos problemas, también en la notaría. Mi jefe,
por supuesto, no sabe nada de mis episodios, nunca me había sucedido antes
en horas laborables. Si lo averigua me quedaré sin trabajo, eso seguro, y
¿quién iba a darme trabajo con estos antecedentes? Ni siquiera sé
si podrían declararme inútil y cobrar una pensión de invalidez,
porque la verdad es que no soy inútil y, en cualquier caso, no podría
vivir exclusivamente de la pensión. Afortunadamente, mi neurólogo es
una persona muy discreta. Un gran médico, ha curado un montón de casos
difíciles, pero mi caso es especialmente difícil. Lo ha publicado,
en una revista americana, desde luego, sin citar mi verdadero nombre.
La hija me acompaña al Ayuntamiento. Yo le digo que no es necesario, que no
se moleste, que yo puedo encontrarlo. Pero ella insiste en acompañarme y en
hacerme preguntas y en compadecerse de mí. El Ayuntamiento es un caserón
viejo con balcones y banderas en los balcones y un guardia en la puerta que parece
a punto de quedarse dormido. Me sorprende que esté situado en medio de una
calle estrecha, porque los Ayuntamientos, en general, suelen estar en una plaza y
tener una torre y un reloj, que la mayor parte de las veces no funciona, pero que,
de algún modo, simboliza el preeminencia de la Casa Consistorial. Este es
un edificio sin apariencia de autoridad, casi indiscernible del resto de las casas.
La hija se dirige al funcionario uniformado de la entrada, llamándolo por
su nombre de pila. Le pregunta si alguien ha entregado un sobre azul esta misma mañana
y él responde que no, que no ha recogido nada en todo el día, pero
que puede ir a preguntar a la iglesia. Ella le da las gracias, me pregunta la hora,
poco más de la una. Podemos encontrar al párroco, ya tiene que haber
concluido la misa. No es necesario volver a por el coche, ya que la iglesia parroquial
se encuentra al final de la misma calle, esta vez sí en una plaza, como corresponde,
una plaza cuadrada y adoquinada con una vieja fuente en el centro rodeada por un
aro de césped que nadie parece preocuparse de cortar. Muchas mujeres saludan
a la hija mientras camina junto a mí por la estrecha acera que rodea la plaza
y me miran con curiosidad, casi diría que con impertinencia. La iglesia es
románica y el párroco présbita. Tampoco ha recibido ningún
sobre, aunque tiene un recado para la madre. Le digo a la chica que puedo volver
a dejarla en la tienda, que debo pensar cual es el próximo lugar en el que
puedo preguntar. Ella me pregunta si la entrega es urgente y le digo que probablemente.
Si no, ¿por qué me han enviado a mí en lugar de llamar a un
servicio de mensajeros o enviarlo por correo certificado, como suele hacerse? Ella
sigue interesada en el contenido del sobre, especula, debe tratarse de algo confidencial,
y yo lo he perdido. ¡Menudo desastre! Mientras caminamos de vuelta a mi coche
ella sigue tratando de animarme, incluso parece coquetear conmigo. Me da la impresión
de que no desea volver a la tienda, que intenta utilizar mi compañía
como excusa para librarse del trabajo. Me siento un poco incómodo, pese a
su amabilidad, por haberla atosigado con mis problemas.
Me explica que apenas hay clientes estos días, que su madre se las arregla
perfectamente con la empleada. Yo no he visto ninguna empleada, parece estar en la
cocina. Me dice que si, de todos modos, tengo que volver a pasar por allí
a la vuelta, podría acompañarme en mi búsqueda, si no me importa,
si me apetece. Se le ocurre una idea, si comienzo a recordar desde el inicio de la
mañana, si le cuento todo lo que recuerdo, por orden cronológico, quizás
pueda seguir recordando al llegar al tiempo que parece haberse desvanecido, sería
como coger carrerilla, como, dice ella, cuando has aprendido algo de memoria, como
cuando eres un niño y aprendes cantando la tabla de multiplicar y la profesora
te pregunta cuantas son siete por ocho y para recordarlo tienes que empezar la tabla
del siete desde el principio, eso en mis tiempos de escolar se llamaba saberse las
cosas “de carretilla”, y, entonces, con el impulso mnemónico, podría
continuar recordando, rellenar el espacio vacío, perseguir mi trayectoria
y la trayectoria del sobre a lo largo del día hasta atrapar su imagen mental.
Sería como poner en acción circuitos de neuronas en mi cerebro, tal
como lo diría mi neurólogo, que deben estar relacionados de algún
modo al haberse activado en una secuencia temporal, de tal modo que unos pudieran
poner a los otros en marcha. No recuerdo haberlo intentado en anteriores ocasiones.
Al menos no con especial concentración, con un propósito específico.
Y, desde luego, no con un oyente. Eso puede ser importante. Un relato no es lo mismo
que una secuencia de recuerdos, requiere un esfuerzo adicional. Pienso que la sucesión
de imágenes del sobre a lo largo del tiempo están ahí, en mi
cabeza, aunque no consigo hacerlas efectivas. Me viene a la mente la imagen de tratar
de localizar un grillo, su nido en la pradera, oyes el cricri aquí y allá
pero no sabes exactamente de donde viene. Cuando era niño solía cazar
grillos y meterlos en unas pequeñas jaulas de plástico y alimentarlos
con lechuga durante días, creo que era algo habitual en los niños de
hace treinta o cuarenta años. No creo que ella haya cazado nunca grillos,
a pesar de vivir tan cerca del campo. La procedencia de los sonidos es muy difícil
de determinar en espacios abiertos, el viento se los lleva en sus remolinos y nos
confunde. Mi cerebro se lleva las imágenes en sus remolinos y en uno de ellos
deben estar esas horas que se me han ido, porque el médico dice que, aunque
no pueda recordarlas, siguen estando ahí, en algún sitio, más
o menos deformadas. ¡Quien sabe!
Ella se sienta a mi lado en el coche. Esta mañana, le digo mientras pongo
en marcha el motor, he salido de casa muy temprano. Duermo mal en invierno, me despierta
el aliento de la oscuridad. Las calles estaban vacías, había niebla,
hacía frío. Al alba se solía ejecutar a los condenados a muerte,
es el momento en que se cumplen los destinos. Para mí, explico, la hora de
los espectros es la que precede al despuntar del día...
Mi hermana, continúo, me llamó al teléfono móvil. Odio
el teléfono móvil, pero lo necesito para el trabajo. Ya sabes, en la
carretera, entre los montes, no se oyen más que chirridos y voces distorsionadas,
electrónicas, como las de esa canción, “Trans Europe Express”, que
cantaban unos alemanes hace bastantes años. Me dijo que estaban en un lío,
ella y su novio, que había un sobre en mi casa, ella lo había dejado
allí, que debía entregar con urgencia. Lo que más me revienta
de mi hermana no es que esté siempre creándose problemas, sino que
sea incapaz de meterse en un lío ella solita. Precisamente uno de los motivos
por los que he dejado la ciudad ha sido para librarme de sus fiestas, de sus problemas
sexuales, que si creo que soy lesbiana, que si creo que estoy embarazada, que si
eres muy grosero con mis amigos...
Disculpa, le digo, siempre me voy por las ramas. He llegado a pensar que mis olvidos
se deben a que hablo demasiado, como si, al recuperar palabras de mi memoria, se
derramase algo y no pudiera volver a recogerlo, aunque probablemente sea una tontería.
La gasolinera, apunto mentalmente, el bar que está detrás. Es otro
de los sitios donde suelo parar. Ella me dice que no me preocupe, que siga hablando,
que le gusta. Me da la impresión de que tiene el propósito de alargar
la conversación, bueno, casi mi monólogo, con el objetivo de crear
una especie de confianza. Parece no poder abstenerse de querer escuchar. Su rostro
tiene una expresión cariñosa un poco grotesca con la que aparenta prestarme
verdadera atención. Mi neurólogo me escucha siempre con atención,
eso es algo de agradecer en un médico. Para mí, un buen médico
necesita saber escuchar atentamente y explicar sus conclusiones con exactitud. De
todos modos, no pienso contarle todo lo que sé o supongo. Sospecho que el
contenido del sobre es algo comprometedor para alguien importante, documentos con
los que el novio de mi hermana puede negociar, presionar para que lo dejen en paz.
Probablemente cuestiones de dinero o de pastillas. El novio de mi hermana está
metido en el negocio de las pastillas, las fabrica. Para la síntesis de MDMA,
DMT o MDA no se requiere un Woodward, un Corey o un Georg Wittig, cualquier pelagatos
con un libro de recetas e instrumentación sencilla es capaz de conseguir éxtasis
impuros. Recientemente, un par de minoristas, llamados “camellos” por la prensa,
han sido detenidos con los bolsillos llenos de cápsulas de colores y comprimidos
sellados con conejitos de playboy y siluetas de personajes de dibujos animados. El
periódico habla de un imaginario vikingo tatuado y greñudo que llegaba
a la ciudad en un coche extranjero, pero yo sé perfectamente, a través
de los infibulados acólitos de mi peluquero, que el principal suministrador
es el novio de mi hermana.
¿Recuerdas algo?, pregunta. Perdona, le digo, tengo mi atención en
la carretera, esta maldita carretera llena de coches...Me gustaría conducir
por una carretera vacía, a través de un desierto o un páramo,
embriagarme de la soledad y la nada, como en esas carreteras interestatales americanas
que cruzan las interminables praderas del Oeste, los desiertos o los campos de maíz.
Allí la memoria no tiene importancia, porque el paisaje es siempre el mismo.
Cuando te pierdes, te pierdes para siempre.
Yo no tomo pastillas, pienso, porque tengo miedo a perderme para siempre, el riesgo
es mayor con mi enfermedad. Una noche fui con mi hermana a “La Máquina del
Tiempo”, esa discoteca de las afueras, y vi cómo una jovencita pelirroja con
aros en la nariz y en el ombligo detenía sus meneos de ménade y se
desplomaba sincopada en medio del ritmo, cómo un muchachote rapado sufría
una convulsión tónica, cómo una drag-queen de weekend vomitaba
sobre el D.J. Todo ese expresionismo popular es grotesco y hermoso a la vez. Cada
cual es libre de elegir su opción recreativa. No me sorprende que tanta gente
pretenda retener la emoción con fijadores químicos, porque la vida
se les escapa a demasiada velocidad, como a mí cuando sufro una amnesia. No
se trata de que se pierdan los recuerdos, lo que se desvanece, habitualmente, es
el sentido de la memoria. La causa es ese latido, interior y constante, que dice:
yo..., yo..., yo... Intentan narcotizarlo de forma pasajera. Tratan de servirse de
la tensión acumulada por la sucesión de emociones artificiales, algo
parecido a lo que estoy haciendo ahora, formo un muelle con las palabras que fluyen
de mi mente y...¡bang!...mis recuerdos, comprimidos hasta entonces en un punto
inaccesible, se extienden violentamente, el registro de mi pasado inmediato accede
a mi conciencia y allí está el sobre, rectangular, azul. Veo el asombro
reflejado en el rostro de la chica, casi nos salimos de la carretera, me detengo.
A unos cinco kilómetros, calculo, puede verse la silueta de un pueblo pequeño
que parece desparramarse desde una colina cubierta de verde gris. ¿Dónde
demonios está el mar? Lo he visto a lo lejos durante diez o quince minutos
y después ha desaparecido. Me reclino en el asiento, enciendo un Marlboro
light. La chica no para de preguntar, ¿recuerdas?, ¿recuerdas? Dos
motoristas nos adelantan a más de doscientos por hora dejando una estela cromada
en medio de la bruma. Ya sé donde está el sobre, en buenas manos, ni
siquiera es necesario que vaya a recogerlo. Es sábado, no trabajo hasta el
lunes, ella me mira desde el asiento de al lado.
Voy a dejarte en tu casa, le digo.
Ella no parece sorprendida. Creo que se apunta mentalmente un pequeño éxito
con una grieta a reparar, unas pocas fibras rotas en la telaraña que nos atrapa.
Ven a buscarme esta noche, tomaremos una copa, dice, y cree que es una llamada inescapable,
por la carne que pone en la promesa.
Germán
Sierra, 1997
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