Labores tipo del hogar.
Estimados todos:

La vuelta de Elena a casita me ha forzado, muy a mi pesar, la retomar las tareas marujiles de entretenimiento del hogar.

Antes de sentarme a escribir estas andanzas correspondientes a los últimos días he tenido que bajar a hacer la colada, limpiar lo que aparenta ser más indecente a la vista, ocultar el resto bajo las alfombras y otros escondrijos de mi diminuto si bien
coqueto apartamento, para solaz de ácaros, arañas y otros parásitos que también son animalitos del Señor y bien les vendrán las migajas que sobran de mi mesa que yo, al contrario del rico Esaú o como se llamara el susodicho de la parábola bíblica, comparto con generosidad y sin empacho, en la esperanza, si bien remota no descartable del todo, de que dicha criatura divina inspiradora del Libro de los Libros exista, y me conceda los correspondientes puntos para el Juicio Final bajo el capítulo de “auxilio a criaturas más débiles y necesitadas”, sección “insectos y artrópodos”.

Además he fregado sartenes en número de dos, que databan en la pila del fregadero desde la fecha en que Elena tomó las de Villadiego, y que estaban adquiriendo un color irisado y algo sospechoso. Ahora duermen, limpias y brillantes, el sueño de los justos en el horno, del que sospecho que no saldrán a ver la luz hasta que vuelva su cuidadora y responsable.

Tras tan hercúleos y ciclópeos trabajos, me he rendido exhausto, y dejo para capítulos futuros las siguientes tareas: pasar el aspirador, ingenio ruidoso y desapacible donde los haya, limpiar el baño de pelos y otras excrecencias del cuerpo humano, y cambiar las sabanas de la cama, que empiezan a levantarse antes que yo.

Los que bien me conocen se estarán preguntando ya a estas alturas a qué se debe esta repentina, desmedida y casi rayana en la obsesión preocupación y encono por la limpieza y la higiene, defectos éstos que nunca se contaron entre los muchos que albergo.

Pues bien, es porque no quiero figurar como un cerdo redomado en la memoria de dos chavales, amigos de una amiga de Elena, una tal Úrsula, a la que en mi vida he puesto los ojos encima, de nombres Emilio y Chesco, que han dado en recalar en mi casa durante unos días, y con los que estoy compartiendo mesa, que no cama, ya que todavía el talante alborozado y de tendencias sexuales desviadas en todas las direcciones que esta ciudad propicia e incluso alienta, no ha hecho mella en mis inclinaciones, solidamente formadas en una juventud en la que se mezclaba el deseo imperioso de relacionarme sexualmente con las hembras de la especie con la abstinencia, en mi caso forzada sin duda por las despiadadas, para el que suscribe, y provechosas para el resto del genero humano, leyes de la selección natural y evolución de las especies, comportamientos atávicos que, tengo yo para mí, motivaron que la mayoría de las susodichas hembras a las que me acercaba con intenciones melosas y acarameladas que escondían intenciones aviesas, me rechazaran con energía y determinación, siguiendo las instrucciones indeleblemente escritas de tapadillo en nuestro código genético, que les imbuía a buscar entre los machos a su alcance alguien más capacitado y dispuesto a cuidar de la
progenie, lo que demuestra la inmensa sabiduría de nuestra madre naturaleza.

Otra razón igualmente poderosa es que a las tres de la tarde, hora para la que supongo habré acabado ya este capítulo, van a venir a visitarme a mi humilde morada dos de los estudiantes que tengo en mi curso de “Creative Thinking for Advertising” en la
Academy of Art University, una institución educativa de renovado prestigio por estos lares y que, en una acción provocada indudablemente por el atolondramiento, ha cometido la imprudencia de acogerme con los brazos abiertos entre su cuerpo docente, ignorantes de las consecuencias que tan arbitraria decisión puede finalmente acarrear al prestigio académico de dicha institución.

Con dos huevos como los osos me enfrento, cada jueves por la tarde de 7 a 10, a 17 estudiantes 17, que tengo que lidiar como a Miuras o Vitorinos, en una lengua que desconozco, y que, afortunadamente, muchos de ellos también, pues proceden de variadas y diferentes nacionalidades, predominando el cuadrante asiático, y con los que llevo ya lidiadas tres novilladas, sin ninguna cogida grave, ni aun leve.

Los dos susodichos, de nombres Wuthichai Dulyavidh y Kevin Leung, vienen por su propio pie y sin que nadie les obligue, a que les haga una revisión critica del book de trabajos, sin sospechar mi natural ácido y mordaz, y después de una exhaustiva sesión de labores tipo del hogar motivada en parte por su visita y que no ha contribuido en nada a alegrarme el carácter, encontrándome en una disposición de animo mas bien sombría, por lo que sospecho van a salir por la puerta entre lágrimas y pucheros. Espero, no obstante, que les sirva de experiencia y lección y les aproveche para sus futuras carreras, pues el mundo de la publicidad es en todas partes rastrero y mezquino, propicio a zancadillas, puñaladas por la espalda y, en los casos más graves, envenenamientos. Cuanto antes aprendan lo que les espera, tanto mejor.

Dejo aquí estas crónicas porque tengo que bajar a recoger la ropa de la secadora, que, junto con la lavadora, es por estos pagos bien comunal y mostrenco, que no particular de cada casa o apartamento y se encuentra ubicado, las más de las veces, en el garaje de la propiedad. Esto propicia simpáticos encuentros con los vecinos, que, en los casos más graves, te sacan la ropa de la lavadora y la dejan encima de la misma, los más considerados, y en el puto suelo, los más makokis, algo que no quiero ocurra con mi reciente colada, por lo que corro raudo y veloz abajo, que ha sonado el pitido de la alarma de tiempo del reloj.

Permaneced atentos a estas crónicas - y a ver si escribimos o por lo menos posteamos comentarios – que habrá mas jugosas en breve con la aventura “Lucha a brazo partido con los burócratas y oficinistas del seguro tras el lamentable incidente de tráfico”

Besitos en las corvas y hasta pronto.

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