Accidente (esta vez de verdad)
ACCIDENTE (esta vez de verdad)

Para los que seguís estas lamentables crónicas, encontrareis a su escriba un tanto cabizbajo y alicaído, debido, según Elena, por una parte a una bajada de los biorritmos, desincronización con el universo estelar, desajuste de los mantras y chacras u otras patrañas surtidas de ese calibre, y al hilo de las distintas filosofías y abracadabras que aquí tanto se dan y a los que es tan afín y abraza con tanta alegría como desapego, dejando unas y adquiriendo otras con la facilidad con que el resto de los mortales cambiamos de gayumbos (los unos) y de bragas (las otras) y por otro lado por la más inmediata y, para mi, mucho mas desasosegante y traumática experiencia que paso sin ambages a relatar.

El fin de semana pasado, puente aquí que celebra la festividad del día del trabajo, o Labor Day, y estando yo, como bien he indicado, apático, remolón, y reticente a salidas y excursiones, fui azuzado por la susodicha, a fuer de ser sincero sin oposición alguna por mi parte, mas bien dejándome llevar como la bufanda, o trapo, o lo que sea que lleva el Felipe de Mafalda, a dar una vuelta por el faro de Point Reyes, a lo que, estando sito a pocas millas de San Francisco, y conociendo mi afición por ese tipo de edificaciones costeras, accedí sin demasiadas alharacas ni reticencias.

Hasta ahora bien. Salimos de casa como dos buenos excursionistas, bien pertrechados de gorras (para el viento en el automóvil descubierto), gafas de sol, cremas y mucílagos para el ataque de Lorenzo y otras inclemencias, arrancamos el coche sin mayores (algunas veces los vetustos carburadores se resienten), y nos dirigimos, pletóricos de energía, en el caso de Elena, y de resignación, en el mío propio, a la costa y el susodicho faro.

No habíamos hecho sino salir de casa, y, dada la circunstancia de una malhadada carrera ciclista que corría por los alrededores, tuvimos que dar una vuelta un poco tonta, pero sin mas enjundia.

El caso es que, en una revuelta del camino, fuimos a parar a llegar detrás de una fregoneta gigante, del tipo americano en el que puedes cargar una casa mediana o incluso grande (yo he sido testigo de esos acarreos, impensables en un continente civilizado, o al menos, impensable sin el permiso de las autoridades competentes, sea esta la Benemérita Guardia Civil, los Carabinieri, o la Guardia Suiza del Vaticano, terciese quien se tercie), y la anteriormente susodicha fregoneta, sin encomendarse a Dios ni al diablo, echo marcha atrás, embistiéndome sin empacho ni, supongo, consciencia ninguna por su parte.

Dado que la fuerza del impacto debe ser una variable de la masa y la velocidad, si bien no me acuerdo de en que proporción exacta, ya que tengo las clases del bachillerato un tanto abotargadas y además yo siempre fui de letras, opción esta denostada ya en mis tiempos y sospecho aun mas ahora, y siendo la velocidad poca pero la masa mucha, el resultado fue que la megafregoneta no se hizo ni un rasguño y si bastante daño a la niña de mis ojos, reventándole uno de ellos, el faro delantero derecho, y la aleta delantera.

Para fortuna mía, pues si no sospecho que la Maruja Asesina conductora se habría dado a la fuga sin mirar para atrás siquiera, había allí un policía de estos que dirigen el trafico, que tras regañar y amonestar levemente a la estantigua conductora de la tanqueta procedió a tomarnos los datos del carne y el seguro, encomiándonos a intercambiar los mismos de cara a resolver el nutrido papeleo que, tengo para mi, nos ocupara las siguientes crónicas y no pocos quebraderos de cabeza.

La próxima semana: Mis peleas, que sospecho enjundiosas, con los agentes del seguro.
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