Botón de ancla 1
Otra significativa novedad es que Elena y el que suscribe se apuntaron – Elena pletórica de energía y entusiasmos y el que suscribe un tanto a regañadientes y refunfuñando - a un Curso de Vela, en la reconocida escuela Spinnaker ya que daba mucha envidia ver los barquitos dándose pingos en la bahía desde la gloriosa terraza de nuestra no menos gloriosa morada, y del que ya hemos pasado las primeras lecciones.

Así pues, el sábado por la mañanita nos levantamos a diana floreada, bastante más temprano que para ir al curro, a dirigirnos al muelle 40, donde un japonés ex Navy Officer e instructor de, entre otras cosas, paracaidismo o su más sofisticada versión de skydiving, nos daba las primeras nociones de cómo hacer los nudos y otros arcanos del mundo de la marinería.

Mientras tanto se entretenía él y nos entretenía a nosotros relatándonos entretenidas aventuras de cómo, siendo instructor de paracaidismo o skydiving, que no me enteré muy bien, uno de sus malhadados alumnos, siendo, como luego se comprobará, para su desgracia, zurdo, no atinó a en su debido momento a tirar de la correspondiente argolla que suelta el paracaídas, situada para su desgracia en el lado derecho, y dando, como consecuencia, con sus huesos en la tierra desde una altura de 5 ó 6 mil metros y sin amortiguación alguna, con las consecuencias que todos vosotros sin duda habréis previsto y en las que no quiero abundar en el desconocimiento de que las lecturas de estas memorias os pillen antes, durante o después de la comida.

Como el buen hombre relataba esto sin un atisbo de remordimiento, examen de conciencia o propósito de enmienda por la responsabilidad que pudiera corresponderle por ello, no contribuyó ni un ápice a mi tranquilidad de espíritu a la hora de enrolarme en un viaje que podría devenir en azaroso y erizado de peligros en unas aguas gélidas, con corrientes traicioneras y aviesas y con, si bien no frecuentes, si ocasionales tiburones y barracudas.

No fué sino haciendo alarde de valor y entereza de animo y para evitar los comentarios de “Cobarde gallina, capitán de las sardinas” con los que sin duda Elena me habría regalado, que me embarque en la cáscara de nuez de nombre “First Class” sin duda bautizado así por alguien con gusto y talento para la ironía, pues en medio de los suntuosos yates y deslumbrantes veleros que le hacían compañía en el embarcadero de San Francisco que compartían, mas bien parecía un escarabajo pelotero entre aves del paraíso y tigres albinos. Pero no me quedo mas remedio que hacer de tripas corazón y hacerme a la mar en el susodicho “First Class”

Bien, pues llegados aquí y en la mejor tradición de los culebrones venezolanos y, para los mas entrados en edad, los seriales y dramones de Don Guillermo Sautier Casaseca, que Dios conserve en su gloria, voy a dejar en momento tan emocionante esta aventura, para provocar, no tengo empacho en decirlo, que vengáis a visitarme, si bien virtualmente, con mas frecuencia y asiduidad.


Continuará.
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