Una nota sobre las historias
“A note about story“ por James Hillman (1974)
Traducción: Enrique Eskenazi Desde mi perspectiva como psicólogo profundo, veo que los que tienen una conexión con la narración (story) están en mejor forma y tienen una mejor prognosis que aquellos que deben ponerse en contacto con el narrar. Esta es una afirmación muy general que me gustaría analizar de diversas maneras. Pero no quiero disminuir su pretensión apodíctica: tener "conciencia-narrativa (story-awareness)" es per se psicológicamente terapéutico. Es bueno para el alma.
Haber tenido una narración, una historia de cualquier tipo en la niñez -y quiero decir historia oral, aquella contada o leída (puesto que la lectura tiene un aspecto oral incluso si uno lee para sí mismo) en lugar de ser vista en una pantalla- coloca a la persona en un reconocimiento básico de y en familiaridad con la realidad legítima de la historia per se. Está dada con la vida, con el lenguaje y la comunicación, y no algo ulterior que viene con el aprendizaje y la literatura. Al venir tempranamente con la vida, ya es una perspectiva de la vida. Uno integra la vida como narración porque uno tiene narraciones detrás de la mente (inconsciente) como contenedores para organizar los acontecimientos en experiencias significativas. Las historias son modos de contarse uno mismo a través de acontecimientos que de otro modo no podrían tener sentido psicológicamente. (Las explicaciones económicas, científicas e históricas son tipos de "narraciones" que a menudo no consiguen dar al alma el tipo de significado imaginativo que busca para entender su vida psicológica).
Al tener historias construidas con la infancia, una persona está usualmente en mejor relación con el material patologizado de imagenes obscenas, grotescas o crueles que aparecen espontáneamente en el sueño y la fantasía. Aquellos que se adhieren a la teoría racionalista y asociacionista de la mente, que ponen la razón en contra y como superior a la imaginación, argumenta que si no dispusiéramos de tales cuentos feroces en la los primeros impresionables años de la vida, tendríamos menos patología y más racionalidad en los años ulteriores. Mi práctica me muestra en cambio que mientras más sintonizados y experto es el lado imaginativo de la personalidad, menos amenazador es lo irracional, menos necesidad de represión, y por tanto menos patología efectiva vivida en acontecimientos cotidianos y literales. En otras palabras, mediante la narración la cualidad simbólica de las imágenes y temas patológicos encuentra un sitio, de modo que estas imagenes y temas tienen menos tendencia a ser enfocados naturalísticamente, con literalismo clínico, como signos de enfermedad. Estas imágenes encuentran sitios en la narración que los legitima. Pertenecen a los mitos, leyendas y cuentos de hada donde, al igual que en los sueños, aparecen todo tipo de figuras peculiares y comportamientos tortuosos. Después de todo, "La Mayor Historia Jamás Contada", como algunos llaman a la Semana Santa, está repleta de imaginería horrorosa patologizada con sumo detalle.
La conciencia narrativa ofrece un modo mejor que la conciencia clínica para ponerse de acuerdo con el propio historial de caso. El historial de caso es también una forma de ficción escrita por miles de manos en miles de clínicas y consultas, almacenada en archivos y raramente publicada. Esta forma de ficción llamada “historial de caso” sigue el género del realismo social; cree en hechos y acontecimientos, y se toma con excesivo literalismo todos los cuentos contados. En el análisis profundo, el analista y el paciente juntos reescriben el historial de caso en una nueva narración, creando la “ficción” en la obra colaborativa del análisis. Parte de la curación que ocurre, incluso acaso su esencia misma, es esta ficción colaborativa, este poner todos los acontecimientos caóticos y traumáticos de una vida en una nueva historia. Jung dijo que los pacientes necesitan “ficciones que curen”, pero tendremos dificultades en llegar a esta perspectiva a menos que haya ya una predilección por la conciencia narrativa.
La terapia junguiana, al menos tal como la practico, genera una consciencia de que la fantasía es la fuerza dominante en una vida. Uno aprende en terapia que la fantasía es una actividad creativa que continuamente está narrando una persona ahora en esta historia, ahora en esa otra. Cuando examinamos estas fantasías descubrimos que reflejan los grandes temas impersonales de la humanidad tal como los representa la tragedia, la épica, el folklore, las leyendas y el mito. La fantasía, desde nuestra perspectiva, es el intento de la psique misma de re-mitologizar la consciencia; intentamos desarrollar esta actividad estimulando la familiaridad con el mito y el cuento. El hacer alma (soul making) va de la mano con desliteralizar la consciencia y restablecer su conexión con los esquemas de pensamiento mítico y metafórico. Más que interpretar las historias en conceptos y explicaciones racionales, preferimos ver las explicaciones conceptuales como elaboraciones secundarias de acuerdo a historias básicas que son contenedoras y dadoras de vitalidad. Como han escrito Owen Barfield y Norman Brown: “El literalismo es el enemigo”. Y yo añadiría: “Literalismo es enfermedad”. Siempre que estamos atrapados en una visión literal, un creencia literal, un enunciado literal, hemos perdido la perspectiva metafórica imaginativa de nosotros mismos y de nuestro mundo. La narración es profiláctica en tanto se presenta como “érase una vez”, como un “como si”, una realidad “de cuento”. Es el único modo de dar cuenta o contar que no se postula como real, verdadero, factual, revelado, es decir: literal.
Esto nos lleva al tema del contenido. ¿Que historias necesitan contarse? Aquí soy clásico, prefiriendo las antiguas, las tradicionales, las de nuestra propia cultura: mitos griegos, romanos, celtas y nórdicos; la Biblia, leyendas y cuentos populares. Y estos con el mínimo marketing moderno (actualización, edición, maquillaje, etc.), es decir, con la mínima interferencia del racionalismo contemporáneo que está sometido al mismo estrechamiento de consciencia que las mismas historias podrían expandir. Aunque no seamos de linaje celta o nórdico o griego, estas narraciones son los fundamentos de nuestra cultura occidental y operan en nuestra psique nos guste o no. Podemos considerarlas distorsionadas en su tendencia pro-aria o pro-machista o pro-belicista, pero a menos que comprendamos que estos cuentos describen los motivos básicos de la psique occidental, permaneceremos inconscientes de los motivos básicos de nuestras dinámicas psicológicas. Nuestro ego psicológicamente aún resuena con el motivo y la motivación del héroe lo mismo que gran parte de la psicología de lo que hoy llamamos “lo femenino” refleja las estructuras de las diosas y ninfas de los mitos griegos. Estos cuentos básicos canalizan la fantasía. Los platónicos hace tiempo, y Jung más recientemente, destacaron el valor terapéutico de los grandes mitos en cuanto dan orden a los aspectos caóticos y fragmentados de la fantasía. El cuerpo principal de los cuentos bíblicos y clásicos dirigen a la fantasía hacia estructuras psicológicas organizadas, profundamente dadoras de vida; estas historias presentan los modos arquetipales de experimentar.
Creo que los niños necesitan menos ser convencidos sobre la importancia de las historias que los adultos. Ser adulto ha venido a significar ser adulterado con explicaciones racionalistas, y evitar las niñerías que encontramos en los cuentos de hadas. He intentado mostrar en detalle cómo adulto y niño han llegado a oponerse el uno al otro: la niñez tiende a significar maravilla, imaginación, espontaneidad creativa, mientras que la adultez, la pérdida de estas perspectivas. De modo que la tarea primera, tal como lo veo, es re-narrar al adulto -el maestro y el padre y el abuelo- a fin de restaurar la imaginación a un lugar primario en la conciencia en cada uno de nosotros, independientemente de la edad.
He llegado a esto desde un punto de vista psicológico, en parte porque deseo sacar la narración de su asociación demasiado estrecha tanto con la educación como con la literatura -algo enseñado y algo estudiado. Mi interés en la narración es en tanto que algo vivido y a través de lo cual se vive, un modo en el que el alma se encuentra a sí misma en la vida.
Incluído en “Loose Ends” (Cabos sueltos). Primary papers in archetypal psychology”, Spring, 1983 |