LOS
CINCO TÍTULOS CAPITALES EN EL PENSAMIENTO DE NIETZSCHE
La primera utilización filosófica de la palabra «nihilismo» proviene
presumiblemente de E H. Jacobi. En su carta a Fichte se encuentra con
mucha frecuencia la palabra «nada». Y en un momento dice:
«Verdaderamente, mi querido Fichte, no
me disgustaría si usted, o quien fuera, quisiera llamar quimerismo a
aquello que opongo al idealismo, al que tacho de nihilismo ...» (E
H. Jacobi, Werke, t. 3, Leipzig, 1816, pág. 44; extraído
de: «Jacobi a Fichte», aparecido por primera vez en el
otoño de 1799).
Posteriormente, la palabra «nihilismo» entró en
circulación gracias a Turgueniev para denominar la concepción
según la cual sólo el ente accesible en la percepción
sensible, es decir experimentado por uno mismo, es real y existente,
y ninguna otra cosa. Con ello se niega todo lo que esté fundado
en la tradición y la autoridad o en cualquier otro tipo de validez.
Para esta visión del mundo, sin embargo, se utiliza generalmente
la designación «positivismo». La palabra «nihilismo» es
empleada por Jean Paul en su Vorschule der Ästhetik, par. 1 y
2, para designar como nihilismo poético a la poesía romántica.
A ello conviene confrontar el prólogo de Dostoievski a su discurso
sobre Pushkin de 1880 (Sämtliche Werke, ed. por Moeller v. d.
Bruck. sección 2a., t. XII, pág. 95). El pasaje en cuestión
dice:
«Por lo que respecta a mi discurso, en él quería
desplegar simplemente los siguientes cuatro puntos relativos a la importancia
de Pushkin para Rusia:
1) Que Pushkin, con su espíritu profundo, penetrante y altamente
dotado, y partiendo de su corazón auténticamente ruso,
ha sido el primero en descubrir y reconocer como lo que es ese fenómeno
significativo y patológico de nuestra intelectualidad, de esa
sociedad nuestra desarraigada que se cree muy por encima del pueblo.
Lo ha reconocido y ha sido capaz de poner plásticamente ante
nuestros ojos el tipo de nuestro hombre ruso negativo: el hombre que
no tiene sosiego y que no puede contentarse con nada de lo que existe,
que no cree en su tierra natal ni en las fuerzas que surgen de ella,
que en última instancia niega a Rusia y a sí mismo (o
mejor dicho, a su clase social, a todo el estrato de la intelectualidad
a la que él también pertenece y que se ha desprendido
de la tierra de nuestro pueblo), que no quiere tener nada en común
con sus compatriotas y que sufre sinceramente por todo esto. El Aleko
y el Onegin de Pushkin han suscitado en nuestra literatura una serie
de figuras similares.»
Para Nietzsche, en cambio, el término «nihilismo» significa
esencialmente «más». Nietzsche habla de «nihilismo
europeo». Con ello no se refiere al positivismo que surge a mediados
del siglo XIX y a su difusión geográfica por Europa; «europeo» tiene
aquí un significado histórico y dice lo mismo que «occidental» en
el sentido de la historia occidental. Nietzsche utiliza el término «nihilismo» para
designar el movimiento histórico que él reconoció por
vez primera, ese movimiento ya dominante en los siglos precedentes
y que determinará el siglo próximo, cuya interpretación
más esencial resume en la breve frase: «Dios ha muerto».
Esto quiere decir: el «Dios cristiano» ha perdido su poder
sobre el ente y sobre el destino del hombre. El «Dios cristiano» es
al mismo tiempo la representación principal para referirse a
lo «suprasensible» en general y a sus diferentes interpretaciones,
a los «ideales» y «normas», a los «principios» y «reglas»,
a los «fines» y «valores» que han sido erigidos «sobre» el
ente para darle al ente en su totalidad una finalidad, un orden y -tal
como se dice resumiendo- «un sentido». El nihilismo es
ese proceso histórico por el que el dominio de lo «suprasensible» caduca
y se vuelve nulo, con lo que el ente mismo pierde su valor y su sentido.
El nihilismo es la historia del ente mismo, a través de la cual
la muerte del Dios cristiano sale a la luz de manera lenta pero incontenible.
Es posible que se siga creyendo aún en este Dios y que se siga
considerando que su mundo es «efectivo», «eficaz» y «determinante».
Esto se asemeja a ese proceso por el que aún brilla la apariencia
resplandeciente de una estrella apagada hace milenios, lo cual, a pesar
de ese brillo, no es más que una mera «apariencia».
De este modo, el nihilismo no es para Nietzsche de ningún modo
una determinada opinión «defendida» por alguien,
ni un «suceso» histórico cualquiera entre otros
muchos que es posible catalogar historiográficamente. El nihilismo
es, por el contrario, ese acaecimiento que dura desde hace tiempo en
el que la verdad sobre el ente en su totalidad se transforma esencialmente
y se encamina hacia un final determinado por ella.
La verdad sobre el ente en su totalidad lleva desde antiguo el nombre
de «metafísica». Cada época, cada humanidad,
está sustentada por una metafísica y puesta por ella
en una determinada relación con el ente en su totalidad y por
lo tanto también consigo misma. El final de la metafísica
se desvela como el derrumbe del dominio de lo suprasensible y de los «ideales» que
surgen de él. El final de la metafísica no significa
sin embargo de ninguna manera que cese la historia. Es el comenzar
a tomar en serio el «acaecimiento» de que «Dios ha
muerto». Este comienzo ya está en marcha. El propio Nietzsche
comprende su filosofía como la introducción al comienzo
de una nueva época. Prevé que el siglo siguiente, es
decir al actual siglo XX, será el comienzo de una época
cuyas transformaciones no podrán compararse con las conocidas
hasta entonces. Los escenarios del teatro del mundo podrán seguir
siendo los mismos durante un cierto tiempo, la obra que se está representando
ya es otra. Que en ella los fines anteriores desaparezcan y que los
valores anteriores se desvaloricen no es vivido ya como una mera aniquilación
y lamentado como una carencia y una pérdida, sino que se lo
saluda como una liberación, se lo impulsa como una conquista
definitiva y se lo reconoce como un acabamiento.
El «nihilismo» es la verdad que se torna dominante, según
la cual todos las metas que tenía el ente hasta el momento se
han vuelto caducas. Pero con la transformación de la anterior
referencia a los valores conductores, el nihilismo llega a su acabamiento
en la tarea libre y auténtica de una nueva posición de
valores. El nihilismo en sí acabado y determinante para el futuro
puede designarse como «nihilismo clásico». Nietzsche
caracteriza a su propia metafísica con este nombre y la comprende
como el «contramovimiento» respecto de todas las anteriores.
De este modo, el nombre «nihilismo» pierde el significado
meramente nihilista que poseía en la medida en que con él
se aludía al aniquilamiento y la destrucción de los valores
existentes hasta el momento, a la mera nihilidad del ente y a la falta
de perspectivas de la historia humana.
«Nihilismo», pensado de modo clásico, significa
ahora, en cambio, la liberación de los valores anteriores como
liberación hacia una transvaloración de todos (esos)
valores. La expresión «transvaloración de todos
los valores habidos hasta el momento» le sirve a Nietzsche, junto
a la palabra conductora «nihilismo», como el segundo título
capital por medio del cual su posición fundamental metafísica
se asigna su lugar y su destinación dentro de la historia de
la metafísica occidental.
Ante la expresión «transvaloración de los valores» tendemos
a pensar que, en lugar de los valores que ha habido hasta el momento,
se ponen otros diferentes. Pero «transvaloración» significa
para Nietzsche que «el lugar» mismo de los valores anteriores
desaparece, y no sólo que éstos caducan. Ello implica:
el modo y la dirección de la posición de valores, así como
la determinación de la esencia de los valores, se transforma.
La transvaloración piensa por vez primera el ser como valor.
Con ella, la metafísica comienza a ser pensamiento de los valores.
Forma parte de esta transformación el hecho de que no sólo
los valores que había hasta el momento caen presa de una desvalorización
sino que, sobre todo, se erradica la necesidad de valores del tipo
que había y en el lugar que ocupaban hasta el momento, o sea
en lo suprasensible. El modo más seguro de que se produzca la
erradicación de las necesidades habidas hasta el momento es
mediante una educación que lleve a una creciente ignorancia
de los valores válidos hasta el momento, mediante una extinción
de la historia que ha habido hasta el momento por la vía de
una transcripción de sus rasgos fundamentales. «Transvaloración
de los valores válidos hasta el momento» es en primer
lugar transformación de la posición de valores existente
hasta el momento y «adiestramiento» de una nueva necesidad
de valores.
Si una tal transvaloración de todos los valores válidos
hasta el momento no debe ser sólo llevada cabo sino también
fundamentada, se requiere para ella un «nuevo principio»,
es decir la posición de aquello desde lo cual se determine de
manera nueva y con carácter de norma el ente en su totalidad.
Pero si esta interpretación del ente en su totalidad no tiene
que tener lugar desde un suprasensible puesto de antemano «sobre» él,
los nuevos valores y la norma que les corresponda sólo pueden
extraerse del ente mismo. El ente mismo requiere, por lo tanto, una
nueva interpretación por la que su carácter fundamental
experimente una determinación que lo haga apto para servir como «principio» para
la escritura de una nueva tabla de valores y como norma para un correspondiente
orden jerárquico.
Si la fundación de la verdad acerca del ente en su totalidad
constituye la esencia de la metafísica, la transvaloración
de todos los valores, en cuanto fundación del principio de una
nueva posición de valores, es en sí metafísica.
Como carácter fundamental del ente en su totalidad Nietzsche
reconoce y pone lo que denomina la «voluntad de poder».
Con este concepto no sólo está delimitado qué es
el ente en su ser. Este título de «voluntad de poder»,
que se ha vuelto corriente de múltiples maneras desde Nietzsche,
contiene para él la interpretación de la esencia del
poder. Todo poder sólo es poder en la medida en que sea y mientras
sea más-poder, es decir acrecentamiento del poder. El poder
sólo puede mantenerse en sí mismo, es decir en su esencia,
en la medida en que supere y sobrepase el nivel de poder alcanzado
en cada caso, es decir, en la medida en que se supere y sobrepase a
sí mismo, nosotros diremos: en que se sobrepotencie. Apenas
el poder se detiene en un nivel de poder se vuelve ya impotencia. «Voluntad
de poder» nunca significa sólo un «romántico» desear
y aspirar a la toma de poder por parte de lo que carece aún
de él, sino que «voluntad de poder» significa: el
darse poder del poder para su propio sobrepotenciamiento.
«Voluntad de poder» es, al mismo tiempo, el nombre del
carácter fundamental del ente y de la esencia del poder. En
lugar de «voluntad de poder», Nietzsche dice con frecuencia,
y de una manera que conduce fácilmente a equívocos, «fuerza».
Que Nietzsche conciba el carácter fundamental del ente como
voluntad de poder no es el invento ni la arbitrariedad de un extravagante
que ha ido a la caza de quimeras. Es la experiencia fundamental de
un pensador, es decir de uno de esos individuos que no tienen elección
sino que más bien tienen que llevar a la palabra lo que el ente
es en cada caso en la historia de su ser. Todo ente, en la medida en
que es y es tal como es, es: «voluntad de poder». Este
título nombra aquello desde donde parte y hacia donde vuelve
toda posición de valores. Sin embargo, de acuerdo con lo que
se ha dicho, la nueva posición de valores no es una «transvaloración
de todos los valores válidos hasta el momento» sólo
en cuanto que, en lugar de los valores precedentes, pone al poder como
valor supremo, sino, sobre todo y antes que nada, en cuanto que el
poder mismo y sólo él pone los valores, los mantiene
en vigencia y es el único en decidir sobre la posible justificación
de una posición de valores. Si todo ente es voluntad de poder,
sólo «tiene» valor y «es» un valor aquello
que cumple con la esencia del poder. Pero el poder sólo es poder
como acrecentamiento del poder. El poder, cuanto más esencialmente
lo es y cuanto más exclusivamente determina todo ente, no reconoce
que nada fuera de sí tenga el carácter de valor y sea
valioso. Ello implica: en cuanto principio de la nueva posición
de valores, la voluntad de poder no tolera ningún otro fin fuera
del ente en su totalidad. Pero puesto que todo ente en cuanto voluntad
de poder, es decir en cuanto sobrepotenciarse que nunca cesa, es un
constante «devenir», y este «devenir», sin
embargo, no puede nunca en su movimiento salir hacia un fin que esté fuera
de sí sino que, por el contrario, encerrado en el acrecentamiento
del poder, sólo vuelve constantemente a éste, también
el ente en su totalidad, en cuanto es este devenir del carácter
del poder, tiene siempre que volver a retornar y a traer lo mismo.
Por ello, el carácter fundamental del ente como voluntad de
poder se determina al mismo tiempo como «eterno retorno de lo
mismo». Nombramos así otro título capital de la
metafísica de Nietzsche y señalamos además algo
esencial: sólo a partir de la esencia de la voluntad de poder
suficientemente comprendida se vuelve inteligible por qué el
ser del ente en su totalidad tiene que ser eterno retorno de lo mismo;
y a la inversa: sólo a partir de la esencia del eterno retorno
de lo mismo es posible aprehender el núcleo esencial más íntimo
de la voluntad de poder y su necesidad. La expresión «voluntad
de poder» dice qué es el ente según su «esencia» (constitución).
La expresión «eterno retorno de lo mismo» dice cómo
el ente de tal esencia tiene que ser en su totalidad.
Hay que prestar atención aquí a la circunstancia decisiva
de que Nietzsche tuvo que pensar el eterno retorno de lo mismo antes
que la voluntad de poder. El pensamiento más esencial se piensa
en primer lugar.
Cuando el propio Nietzsche insiste en que el ser, en cuanto «vida»,
es en esencia «devenir», con este basto concepto de «devenir» no
se refiere a un progreso continuo e infinito hacia una meta desconocida,
ni piensa un confuso hervir y agitarse de pulsiones desencadenados.
El impreciso y hace tiempo desgastado título de «devenir» quiere
decir: sobrepotenciamiento del poder como esencia del poder que, en
su carácter de tal, vuelve sobre sí y retorna constantemente
en su modo.
El eterno retorno de lo mismo proporciona al mismo tiempo la interpretación
más precisa del «nihilismo clásico», que
ha aniquilado toda meta fuera y por encima del ente. Para este nihilismo,
la sentencia «Dios ha muerto» expresa no sólo la
impotencia del Dios cristiano sino la impotencia de todo suprasensible
a lo que el hombre debiera o quisiera subordinarse. Pero esta impotencia
significa el desmoronamiento del orden que reinaba hasta el momento.
Con la transvaloración de todos los valores válidos hasta
el momento al hombre se le formula, por lo tanto, la ilimitada exigencia
de erigir de modo incondicionado, a partir de sí mismo, por
medio de sí mismo y por encima de sí mismo, los «nuevos
estandartes» bajo los cuales tiene que llevarse a cabo la institución
de un nuevo orden del ente en su totalidad. Puesto que lo «suprasensible»,
el «más allá» y el «cielo» han
sido aniquilados, sólo queda la «tierra». Por consiguiente,
el nuevo orden tiene que ser: el dominio incondicionado del puro poder
sobre el globo terrestre por medio del hombre; no por medio de un hombre
cualquiera, y mucho menos por medio de la humanidad existente hasta
el momento, que ha vivido bajo los valores hasta el momento válidos. ¿Por
medio de qué hombre entonces?
Con el nihilismo, es decir con la transvaloración de todos los
valores válidos hasta el momento en medio del ente en cuanto
voluntad de poder y a la vista del eterno retorno de lo mismo, se vuelve
necesaria una nueva posición de la esencia del hombre. Pero
puesto que «Dios ha muerto» lo que ha de ser medida y centro
para el hombre sólo puede ser el hombre mismo: el «tipo»,
la «figura» de la humanidad que asuma la tarea de transvalorar
todos los valores en dirección del poder único de la
voluntad de poder y que esté dispuesta a emprender el dominio
incondicionado sobre el globo terrestre. El nihilismo clásico,
que, en cuanto transvaloración de todos los valores válidos
hasta el momento, experimenta el ente como voluntad de poder y sólo
admite como única «meta» el eterno retorno de lo
mismo, tiene que impulsar al propio hombre -es decir al hombre existente
hasta el momento- «por sobre» sí mismo y tiene que
crear como medida la figura del «superhombre». Por eso
se dice en Así habló Zaratustra, IV, «Del hombre
superior», 2: «¡Adelante! ¡Arriba! ¡Vosotros,
hombres superiores! Sólo ahora parirá la montaña
del futuro del hombre. Dios murió: ahora nosotros queremos -que
viva el superhombre» (VI, 418).
El superhombre es la figura suprema de la más pura voluntad
de poder, es decir del único valor. El superhombre, el dominio
incondicionado del puro poder, es el «sentido» (la meta)
de lo único que es, es decir de «la tierra». «No
la “humanidad” sino el superhombre es la meta» (La
voluntad de poder, nn. 1001 y 1002). En la visión y la opinión
de Nietzsche, el superhombre no es una mera ampliación del hombre
que ha existido hasta el momento, sino esa forma sumamente unívoca
de la humanidad que, en cuanto voluntad de poder incondicionada, se
eleva al poder en cada hombre en diferente grado, proporcionándole
así la pertenencia al ente en su totalidad, es decir a la voluntad
de poder, y demostrando que es verdaderamente «ente», cercano
a la realidad y a la «vida». El superhombre deja simplemente
detrás de sí al hombre de los valores válidos
hasta el momento, «pasa por encima» de él y traslada
la justificación de todos los derechos y la posición
de todos los valores al ejercicio de poder del puro poder. Todo actuar
y realizar sólo vale como tal en la medida en que sirve para
equipar, adiestrar y acrecentar la voluntad de poder.
Los cinco títulos capitales citados -«nihilismo», «transvaloración
de todos los valores válidos hasta el momento», «voluntad
de poder», «eterno retorno de lo mismo», «superhombre»-
muestran la metafísica de Nietzsche en cada caso desde un respecto
particular, el cual resulta, sin embargo, siempre determinante para
el todo. Por eso, la metafísica de Nietzsche es comprendida
si y sólo si lo nombrado en los cinco títulos capitales
puede pensarse, es decir experimentarse esencialmente, en su copertenencia
originaria, por el momento sólo señalada. Qué sea
el «nihilismo» en el sentido de Nietzsche sólo puede
saberse, por lo tanto, si comprendemos al mismo tiempo y en su conexión,
qué es la «transvaloración de todos los valores
válidos hasta el momento», qué es la «voluntad
de poder», qué es el «eterno retorno de lo mismo»,
qué es el «superhombre». Por eso, en sentido contrario,
partiendo de una comprensión suficiente del nihilismo puede
prepararse ya el saber acerca de la esencia de la trasvaloración,
de la esencia de la voluntad de poder, de la esencia del eterno retorno
de lo mismo, de la esencia del superhombre. Pero un saber tal es estar
en el interior del instante que la historia del ser ha abierto para
nuestra época.
Cuando hablamos aquí de «conceptos», de «comprender» y
de «pensar», no se trata, sin embargo, de una delimitación
meramente proposicional de lo que hay que representarse al nombrar
los cinco títulos capitales aludidos. Comprender quiere decir
aquí: sabiendo, experimentar lo nombrado en su esencia y reconocer
así en qué instante «estamos» de la oculta
historia de Occidente; reconocer si estamos erguidos en él,
si nos estamos cayendo o si ya estamos tendidos, o bien si no presentimos
nada de lo uno ni estamos afectados por lo otro sino que simplemente
nos dejamos arrastrar por las imágenes engañosas del
opinar cotidiano y del actuar corriente y no hacemos más que
revolvernos en el descontento de la propia persona. El saber pensante,
en cuanto presunta «doctrina meramente abstracta», no tiene
un comportamiento práctico sólo como consecuencia posterior.
El saber pensante es en sí mismo una actitud [Haltung] que no
es sostenida [gehalten] en el ser por ente alguno sino por el ser.
Pensar el «nihilismo» tampoco quiere decir, por lo tanto,
tener en la cabeza «meros pensamientos» sobre esta cuestión
y eludir lo real en calidad de simple espectador. Pensar el «nihilismo» quiere
decir, por el contrario, estar en aquello en lo que todos los hechos
y todo lo real de esta época de la historia occidental tienen
su tiempo y su espacio, su fundamento y su trasfondo, sus vías
y sus metas, su orden y su justificación, su certeza y su inseguridad,
en una palabra: en aquello en que tienen su «verdad».
La necesidad de tener que pensar la esencia del «nihilismo» en
conexión con la «transvaloración de todos los valores»,
con la «voluntad de poder», con el «eterno retorno
de lo mismo», con el «superhombre», ya hace suponer
que la esencia del nihilismo posee en sí misma muchos significados,
muchos niveles y muchas formas. El término «nihilismo» permite
un uso múltiple. Se puede abusar del título «nihilismo» como
una ruidosa consigna carente de contenido que tiene a la vez la función
de amedrentar, de descalificar y de ocultar al mismo que comete el
abuso ocultando su propia falta de pensamiento. Pero también
podemos experimentar toda la gravedad de lo que dice este título
en el sentido de Nietzsche. Esto significa entonces: pensar la historia
de la metafísica occidental como el fundamento de nuestra propia
historia, y esto quiere decir como el fundamento de las decisiones
futuras. Finalmente, podemos pensar de modo aún más esencial
lo que Nietzsche pensaba con este término comprendiendo su «nihilismo
clásico» como ese nihilismo cuya «clasicidad» consiste
en que, sin saberlo, tiene que oponer una extrema resistencia al saber
de su esencia más íntima. El nihilismo clásico
se descubre entonces como ese acabamiento del nihilismo en el que éste
se considera dispensado de la necesidad de pensar precisamente aquello
que constituye su esencia: el nihil, la nada, en cuanto velo de la
verdad del ser del ente.
Nietzsche no expuso su conocimiento del nihilismo europeo en la conexión
coherente con la que seguramente lo veía internamente y cuya
forma pura no conocemos ni podremos ya nunca «reconstruir» a
partir de los fragmentos que se conservan.
Y sin embargo, dentro del ámbito de su pensar, Nietzsche ha
pensado en profundidad lo aludido con el título «nihilismo» en
todas las direcciones, los niveles y los tipos esenciales, fijando
los pensamientos en escritos de diferente amplitud y diferente grado
de elaboración. Una parte, pero sólo una parte, escogida
por momentos de manera arbitraria y casual, ha sido reunida posteriormente
en el libro compilado después de su muerte con textos inéditos
y que se conoce con el título de «La voluntad de poder».
Los fragmentos tomados de los manuscritos inéditos son, por
su carácter, totalmente diferentes entre sí: reflexiones,
meditaciones, determinaciones conceptuales, tesis, imperativos, predicciones,
esbozos de razonamientos más extensos y breves referencias.
Estos fragmentos escogidos están repartidos bajo los títulos
de cuatro libros. Pero al hacer esta distribución, los fragmentos
fueron ordenados para formar el libro de que disponemos desde 1906
sin tener en cuenta de ningún modo la fecha de su primera redacción
o de su reelaboración, sino que fueron yuxtapuestos siguiendo
un plan, ni claro ni convincente, del propio editor. En el «libro» así confeccionado,
se amontonan y entreveran de manera arbitraria e irreflexiva pensamientos
de épocas muy diversas y pertenecientes a diversos planos y
perspectivas del preguntar. Todo lo publicado en este «libro» ha
sido ciertamente escrito por Nietzsche, pero así no lo ha pensado
jamás.
Los fragmentos están numerados de forma correlativa del 1 al
1067, y con la indicación de su número son fáciles
de encontrar en las diferentes ediciones. El primer libro -«El
nihilismo europeo»- abarca los números del 1 al 134. No
es éste, sin embargo, el lugar para discutir en qué medida
a otros fragmentos inéditos, ya sea que se encuentren en los
libros siguientes o que directamente no hayan sido recogidos en este
libro póstumo, les corresponde con el mismo o mayor derecho
estar bajo el título capital «El nihilismo europeo».
Pues lo que queremos es pensar a fondo el pensamiento nietzscheano
del nihilismo como el saber de un pensador que piensa en dirección
de la historia del mundo. Los pensamientos de este tipo no son nunca
la mera opinión de este ser humano individual; menos aún
son la tan mencionada «expresión de su tiempo».
Los pensamientos de un pensador del rango de Nietzsche son la resonancia
de la aún no reconocida historia del ser en la palabra que el
hombre histórico habla como su «lenguaje».
Nosotros, hombres de hoy, no sabemos sin embargo la razón por
la que lo más interno de la metafísica de Nietzsche no
pudo ser hecho público por él mismo sino que permaneció oculto
en su legado; y aún está oculto, aunque ese legado, si
bien en una forma muy equívoca, se haya vuelto accesible.
EL NIHILISMO COMO «DESVALORIZACIÓN DE LOS VALORES
SUPREMOS»
De lo que se ha señalado sobre el carácter
del libro póstumo La voluntad de poder se desprende fácilmente
que no nos está permitido recoger las diferentes notas siguiendo
directamente el orden de su numeración. Procediendo de este
modo no haríamos más que quedar librados a las idas y
venidas sin rumbo de la compilación hecha por los editores y
mezclaríamos indiscriminada y continuamente pensamientos de épocas
muy diversas, es decir de diversos planos y direcciones del preguntar
y del decir. En lugar de ello, elegiremos fragmentos determinados.
Tres criterios serán determinantes para esta elección:
1) El fragmento debe pertenecer a la época de más clara
lucidez y de visión más aguda; son los dos últimos
años, 1887 y 1888.
2) El fragmento debe contener en lo posible el núcleo esencial
del nihilismo, analizarlo de una manera suficientemente abarcadora
y mostrárnoslo en todos sus aspectos esenciales.
3) El fragmento debe ser apropiado para llevar al terreno adecuado
la confrontación con el pensamiento nietzscheano del nihilismo.
Estas tres condiciones no son impuestas de modo arbitrario; surgen
de la esencia de la posición metafísica fundamental de
Nietzsche, tal como se determina desde la meditación sobre el
comienzo, el desarrollo y el acabamiento de la metafísica occidental
en su conjunto.
En nuestra meditación sobre el nihilismo europeo no aspiramos
a citar y comentar exhaustivamente todas las declaraciones de Nietzsche
sobre esta cuestión. Quisiéramos comprender la esencia
más íntima de esa historia que se designa con el nombre
de nihilismo para acercarnos así al ser de lo que es. Si en
ocasiones aportamos declaraciones que van en la misma dirección
o incluso notas que se expresan en los mismos términos, hay
que tener siempre en cuenta que en la mayoría de los casos éstas
provienen de otro nivel del pensar y que sólo ofrecen su pleno
contenido si se determina al mismo tiempo este desplazamiento de nivel,
con frecuencia imperceptible. Lo importante no es si conocemos todos
los «pasajes» sobre el «tema» nihilismo; lo
esencial es que, por medio de los fragmentos apropiados, encontremos
una relación persistente con aquello de lo que hablan.
El fragmento n. 12 cumple las tres condiciones citadas. Su redacción
tuvo lugar en el período que va de noviembre de 1887 a marzo
de 1888. Lleva por título «Caducidad de los valores cosmológicos» (XV,
148-151). A él le agregamos los fragmentos n. 14 y n. 15 (XV
152 s.; de la primavera al verano de 1887). Introduciremos la meditación
con una nota de Nietzsche de la misma época que los editores
colocaron con razón al comienzo del libro (XV, 145). Dice así:
«¿Qué significa nihilismo? Que los valores supremos
se desvalorizan. Falta la meta; falta la respuesta al “¿por
qué?”».
La breve nota contiene una pregunta, la respuesta a la pregunta y un
comentario de la respuesta. Se pregunta por la esencia del nihilismo.
La respuesta dice: «Que los valores supremos se desvalorizan».
Con esta respuesta nos enteramos de inmediato de algo decisivo para
toda comprensión del nihilismo: el nihilismo es un proceso,
el proceso de desvalorización, el proceso en el que los valores
supremos se vuelven sin valor. Con esta caracterización no queda
decidido si con esto se agota la esencia del nihilismo. Si los valores
se vuelven sin valor, entonces decaen como tales, se vuelven caducos.
Qué carácter tiene este proceso de «caducidad» de
los «valores supremos», en qué medida es un proceso
histórico, e incluso el proceso fundamental de nuestra historia
occidental, en qué medida constituye la historicidad de la historia
de nuestra propia época, todo esto sólo puede comprenderse
si previamente sabemos qué «es» en general algo
así como un «valor», en qué medida hay valores «supremos» («sumos»)
y cuáles son esos «valores supremos».
Evidentemente, el comentario de la respuesta nos proporciona una indicación.
La desvalorización de los valores, y con ella el nihilismo,
consiste en que falta «la meta». Queda, sin embargo, la
pregunta: ¿por qué una «meta» y para qué una «meta»?
El comentario dice: «falta la respuesta al “¿por
qué?”». En la pregunta «¿por qué?» preguntamos:
por qué algo es de tal y cual manera; la respuesta proporciona
lo que llamamos la razón, el fundamento. La pregunta se repite: «¿por
qué tiene que haber un fundamento? ¿Para qué y
cómo es el fundamento un fundamento? ¿Cómo es
un fundamento? ¿Qué conexión interna existe entre
fundamento y valor?
Ya a partir de la referencia introductoria a la conexión esencial
entre «nihilismo» y «transvaloración» de
todos los valores válidos hasta el momento y, más específicamente,
de los valores supremos, podía verse que el concepto de valor
desempeña un papel conductor en el pensamiento de Nietzsche.
Como consecuencia de la influencia de su obra, la idea de valor se
ha vuelto corriente entre nosotros. Se habla de los «valores
vitales» de un pueblo, de los «valores culturales» de
una nación; se dice que hay que proteger y salvar los valores
supremos de la humanidad. Se oye decir que «preciosos valores» han
sido puestos a buen recaudo y se alude con ello a la protección
de obras de arte de los ataques aéreos. En el último
caso citado, «valores» significa lo mismo que bienes. Un «bien» es
un ente que «tiene» un determinado «valor»;
un bien es un bien por razón de un valor, es aquello en lo que
se ha objetivado un valor, o sea un «objeto de valor».
¿Y qué es un valor? Conocemos como «valor»,
por ejemplo, la libertad de un pueblo, pero en el fondo volvemos a
entender aquí la libertad como un bien que poseemos o no poseemos.
Pero la libertad no podría ser para nosotros un bien si la libertad
en cuanto tal no fuera previamente un valor, algo que estimamos como
algo que vale, que es válido, como algo que «importa».Valor
es lo que vale; sólo lo que vale es un valor. Pero ¿qué significa «valer»?
Vale aquello que desempeña un papel normativo. Se plantea entonces
la pregunta: ¿Un valor vale porque es normativo, o sólo
puede dar la norma porque vale? Si es esto último, preguntamos
nuevamente: ¿qué quiere decir: el valor vale? ¿Vale
algo porque es un valor o es un valor porque vale? ¿Qué es
el valor mismo, el hecho de que valga? El «valer» no es
una nada sino el modo en el que el valor, el valor en cuanto valor, «es».Valer
es un modo del ser. Sólo hay valor en un ser-valor.
La pregunta por el valor y por su esencia se funda en la pregunta por
el ser. Los «valores» sólo son accesibles y aptos
para dar una norma allí donde se estima algo así como
un valor, cuando se prefiere o se pospone una cosa a otra. Un estimar
y valorar de este tipo sólo se da allí donde respecto
de un comportarse hay algo que «importa». Sólo allí se
da aquello a lo que todo comportarse siempre vuelve a ir, en primer
y último término. Estimar algo, es decir considerarlo
valioso, significa al mismo tiempo: dirigirse a, rigiéndose
por ello. Este dirigirse «a» ha adoptado ya una «meta».
Por eso la esencia del valor está en una conexión interna
con la esencia de la meta. Rozamos nuevamente la insidiosa pregunta: ¿es
algo una meta porque es un valor o se convierte algo en valor sólo
en la medida en que se lo ha puesto como meta? Quizás esta disyuntiva
no sea más que la forma que adquiere una pregunta aún
insuficiente, una pregunta que no alcanza aún lo digno de ser
cuestionado.
Las mismas reflexiones surgen a propósito de la relación
entre valor y fundamento. Si el valor es aquello que siempre importa
en todo, se muestra entonces al mismo tiempo como aquello en lo que
se funda todo lo que tiene su importancia en él y tiene allí su
permanencia y su existencia consistente. Se plantean aquí las
mismas preguntas: ¿Se convierte algo en fundamento porque vale
como valor, o adquiere la validez de un valor porque es un fundamento?
Quizás fracase también aquí la disyuntiva, porque
las delimitaciones de la esencia del «valor» y del «fundamento» no
pueden efectuarse en el mismo plano.
Cualquiera que sea el modo en el que se solucionen estas cuestiones,
se delinea por lo menos en sus contornos una conexión interna
entre valor, meta y fundamento.
Sin embargo, aún queda sin aclarar la cuestión más
inmediata, a saber por qué la idea de valor domina ante todo
el pensamiento de Nietzsche y posteriormente, las «cosmovisiones» desde
finales del siglo pasado. En efecto, este papel de la idea de valor
no es en verdad de ningún modo obvio. Lo muestra ya la referencia
histórica de que sólo desde la segunda mitad del siglo
XIX ha pasado a un primer plano en esa forma explícita, llegando
a dominar como si fuera una obviedad. Con demasiada facilidad nos dejamos
engañar y rehuimos este hecho porque toda consideración
historiográfica se apodera inmediatamente del modo de pensar
dominante en su respectivo presente y lo convierte en el hilo conductor
siguiendo el cual contempla y redescubre el pasado. Los historiógrafos
están siempre orgullosos de estos descubrimientos y no se dan
cuenta de que ya habían sido hechos antes de que ellos comenzaran
posteriormente su trabajo. Así, apenas surgió la idea
de valor comenzó a hablarse, y se sigue aún hablando,
de «valores culturales» de la Edad Media y de los «valores
espirituales» de la Antigüedad, aunque ni en la Edad Media
hubo algo así como «cultura» ni menos aún
en la Antigüedad algo así como «espíritu» y «cultura».
Espíritu y cultura, como queridos y experimentados modos fundamentales
del comportamiento humano, sólo los hay desde la época
Moderna, y «valores», como criterios de medida impuestos
para tal comportamiento, sólo en la época reciente. De
esto no se desprende que las épocas anteriores carecieran de
cultura, en el sentido de que estuvieran hundidas en la barbarie, sino
sólo lo siguiente: que con los esquemas «cultura» e «incultura», «espíritu» y «valor» nunca
alcanzaremos en su esencia, por ejemplo, la historia de la humanidad
griega.
NIHILISMO, NIHIL Y NADA
Si permanecemos, no obstante, en la nota de Nietzsche, antes que ninguna
otra cosa hay que plantear la pregunta ya mencionada: ¿qué tiene
que ver el nihilismo con los valores y con su desvalorización?
Porque, de acuerdo con su concepto, «nihilismo» quiere
decir, en efecto, que todo ente es nihil, «nada»; y presumiblemente
algo sólo puede no valer nada porque y en la medida en que
previamente y en sí mismo es nulo y es nada. La determinación
de valor y la valoración de algo como algo que tiene valor,
como algo valioso o no valioso, se funda en la determinación
previa de si es, y cómo es, o de si, por el contrario, no
es «nada». El nihil y el nihilismo no están en
una conexión esencial con la idea de valor. ¿Por qué,
sin embargo, se comprende al nihilismo (y sin una fundamentación
particular) como «desvalorización de los valores supremos»,
como «caducidad» de los valores?
Ahora bien, seguramente a la mayoría de nosotros, en el concepto
y en la palabra «nada» nos resuena inmediatamente un tono
valorativo, el de lo que no tiene valor. Decimos «nada» cuando
una cosa deseada, supuesta, buscada, exigida, esperada, no está allí,
no es. Si en algún lugar, por ejemplo, se hace una perforación
en busca de un «yacimiento de petróleo» y la perforación
no tiene éxito, se dice: no se encontró «nada»,
no se encontró el supuesto yacimiento y lo que habría
en él, no se encontró el ente buscado. «Nada» quiere
decir: el no estar allí delante, el no ser de una cosa, de un
ente. La «nada», el nihil, alude por lo tanto al ente en
su ser y es por lo tanto un concepto del orden del ser y no un concepto
del orden del valor. (Habría que reflexionar sobre lo que señala
Jakob Wackernagel en su Vorlesungen über Syntax [Lecciones de
sintaxis, 2a. serie, 2a. ed.,1928, pág. 272: «En el alemán
nicht(s) [...] se encuentra la palabra que en gótico, en la
forma waihts, [...], sirve para traducir el griego pr¨agma.»)
El significado de la raíz latina nihil, sobre el cual ya reflexionaron
los romanos (ne-hilum), sigue sin aclararse hasta el día de
hoy. De acuerdo con el concepto literal, en el nihilismo se trata en
todo caso de la nada y por lo tanto, de una manera especial, del ente
en su no ser. El no ser del ente vale, sin embargo, como la negación
del ente. Usualmente sólo pensamos la «nada» desde
lo que en cada caso se niega. Al perforar en busca de petróleo
no se encontró «nada», quiere decir: no se encontró el
ente buscado. A la pregunta: ¿hay allí petróleo?
se responde en ese caso con «no». Al perforar no se encontró por
cierto «nada», pero de ninguna manera se encontró «la
nada», pues no se perforó en su búsqueda, y en
su búsqueda no puede perforarse, y menos con la ayuda de torres
de perforación mecánicas e instalaciones similares.
¿Puede en general encontrarse la nada, o siquiera buscarse? ¿O
no se necesita buscarla y encontrarla, porque «es» aquello
que menos perdemos, es decir aquello que nunca perdemos?
La nada no se refiere aquí a la negación determinada
de un ente singular, sino a la negación incondicionada y completa
de todo ente, del ente en su totalidad. Pero entonces la nada, en cuanto «negación» de
todo lo «objetivo», ya no «es» a su vez un
posible objeto. Hablar de la nada y reflexionar sobre la nada se revelan
así un proceder «carente de objeto», un vacío
juego de palabras, un juego que además no parece darse cuenta
de que continuamente se da golpes contra sí mismo, puesto que
siempre que establece algo acerca de la nada tiene que decir: la nada
es esto y aquello. Incluso cuando sólo decimos: la nada «es» nada,
decimos «de» ella evidentemente un «es» y la
convertimos en un ente, le atribuimos aquello que se le debe negar.
Nadie querrá negar que este tipo de «reflexiones» entran
fácilmente y resultan «contundentes»; mientras uno
se mueva en el ámbito de lo fácilmente convincente, se
maneje con meras palabras y se deje desconcertar por pensamientos vacíos.
En efecto, no podemos tratar de la nada, en cuanto lo esencialmente
opuesto a todo ente, más que diciendo: la nada «es» esto
y aquello. Pero esto en principio «sólo» significa,
precisamente, que también e incluso la nada está aún
ligada al «es» y al ser. Pero ¿qué quieren
decir «ser» y «es»? Al señalar de manera
tan convincente esto que ya se ha convertido en una cantinela, al señalar
con apariencia de agudeza que es imposible decir algo de la nada sin
declarar por ello mismo que es, se pretende que la esencia del «ser» y
del «es» , que se atribuye a la nada de modo presuntamente
erróneo al hablar de ella, son la cosa más evidente,
más clara y menos problemática del mundo. Se suscita
la impresión de que se está en posesión clara,
comprobada e inquebrantable de la verdad sobre el «es» y
el «ser».Ya hace tiempo, por cierto, que esta opinión
anida en la metafísica occidental. Constituye uno de los fundamentos
sobre los que descansa toda metafísica. Por eso también
se suele liquidar la nada con un breve párrafo. Aparece como
un estado de cosas convincente para cualquiera que la nada «es» lo
contrario de todo ente.
Además, si se observa con más atención, la nada
se revela como la negación del ente. Negación, decir
no, decir que no, es el caso contrario de la afirmación. Ambas
son las formas básicas del juicio, de la enunciación,
del logos apofático. En cuanto resultado de la negación,
la nada tiene un origen «lógico». El hombre necesita,
por cierto, de la «lógica» para pensar de manera
correcta y ordenada, pero lo que sólo se piensa no por ello
es necesariamente, es decir, no aparece, en la realidad como algo real.
La nada que proviene de la negación, del decir no, es una mera
construcción del pensamiento, lo más abstracto de lo
abstracto. La nada es simple y absolutamente «nada», por
lo tanto lo más nulo, y por lo tanto lo que no merece más
atención ni consideración. Si la nada no es nada, si
no hay nada, tampoco el ente puede hundirse en la nada y todo diluirse
en ella; tampoco puede existir el proceso de convertirse en nada. Entonces
el «nihilismo» es una ilusión.
Si fuera así, podríamos considerar que se ha salvado
la historia occidental y podríamos desembarazarnos de todo pensar
acerca del «nihilismo». Pero quizás con el nihilismo
ocurra algo diferente. Quizás siga pasando lo que dice Nietzsche
en La voluntad de poder, n. 1 (1885-1886): «El nihilismo está a
la puerta: de dónde nos viene éste, el más inquietante
de todos los huéspedes?». En el fragmento 2 del prefacio
(XV, 137), se dice: «Lo que cuento es la historia de los dos
próximos siglos».
Evidentemente, la opinión corriente y la convicción que
ha tenido hasta ahora la filosofía están en lo correcto:
la nada no es un «ente», no es un «objeto».
Pero no se sosiega la pregunta de si esto no-objetivo sin embargo no «es»,
en la medida en que determina lo esenciante [das Wesende] del ser.
Se mantiene la pregunta de si aquello que no es un objeto y no puede
nunca ser un objeto «es» ya por ello la nada y ésta,
algo «nulo». Surge la pregunta de si la esencia más íntima
del nihilismo y el poder de su dominio no consisten precisamente en
que se considera a la nada sólo como algo nulo y al nihilismo
como un endiosamiento del mero vacío, como una negación
que puede compensarse inmediatamente con una vigorosa afirmación.
Quizás la esencia del nihilismo esté en que no se tome
en serio la pregunta por la nada. Efectivamente, la pregunta permanece
sin desplegar, se permanece obstinadamente en el esquema interrogativo
de una alternativa hace tiempo habitual. Se dice, con la aprobación
general: o bien la nada «es» «algo» completamente
nulo, o bien tiene que ser un ente. Pero puesto que la nada evidentemente
no puede jamás ser un ente, sólo queda lo otro, que es
lo absolutamente nulo. ¿Quién quisiera substraerse a
esta irrefutable «lógica»? Con todo el respeto por
la lógica, el pensar correcto sólo puede ser invocado
como tribunal de última instancia si previamente se ha establecido
que aquello que debe ser pensado de modo «correcto» de
acuerdo con las reglas de la «lógica» agota todo
lo pensable, todo lo que hay que pensar y todo lo que es entregado
como tarea al pensar.
¿Pero si la nada no fuese un ente pero tampoco nunca lo meramente
nulo? ¿Y si entonces la pregunta por la esencia de la nada no
estuviera aún planteada de modo suficiente con el recurso a
aquel «o bien - o bien»? ¿Y si, finalmente, la falta
de esta pregunta desplegada por la esencia de la nada fuera el fundamento
de que la metafísica occidental tenga que caer en el nihilismo?
Entonces, el nihilismo, experimentado y comprendido de manera más
originaria y esencial, sería esa historia de la metafísica
que conduce hacia una posición metafísica fundamental
en la que la nada no sólo no puede sino que ya ni siquiera quiere
ser comprendida en su esencia. Nihilismo querría decir entonces:
el esencial no pensar en la esencia de la nada. Quizás radique
en esto el que el propio Nietzsche se vea obligado a pasar al nihilismo
-desde su punto de vista- «acabado». Puesto que reconoce
al nihilismo como movimiento, y sobre todo como movimiento de la historia
occidental moderna, pero no es capaz, sin embargo, de pensar la esencia
de la nada porque no es capaz de preguntar por ella, Nietzsche tiene
que convertirse en el nihilista clásico que expresa la historia
que ahora acontece. Nietzsche reconoce y experimenta el nihilismo porque él
mismo piensa de modo nihilista. El concepto nietzscheano de nihilismo
es él mismo un concepto nihilista. A pesar de todo lo que comprende,
no es capaz de reconocer la esencia oculta del nihilismo porque lo
comprende de antemano y exclusivamente desde la idea de valor, como
el proceso de desvalorización de los valores supremos. Nietzsche
tiene que comprender así el nihilismo porque, manteniéndose
en la senda y en el ámbito de la metafísica occidental,
piensa a esta última hasta su final.
Nietzsche no interpreta de ninguna manera al nihilismo como proceso
de desvalorización de los valores supremos porque la idea de
valor desempeñe un papel importante en su formación,
en sus posiciones y opiniones «privadas». La idea de valor
desempeña ese papel en el pensamiento de Nietzsche porque Nietzsche
piensa de modo metafísico, porque piensa en los cauces de la
historia de la metafísica. Pero en la metafísica, es
decir en el núcleo de la filosofía occidental, la idea
de valor no ha alcanzado su preeminencia de una manera casual. En la
idea de valor se oculta un concepto de ser que contiene una interpretación
del ente en cuanto tal en su totalidad. En la idea de valor, la esencia
del ser se piensa -sin saberlo- en un respecto determinado y necesario:
en su inesencia [Unwesen]. Es lo que se tratará de mostrar en
las reflexiones siguientes.
EL CONCEPTO NIETZSCHEANO DE LA COSMOLOGÍA Y DE LA PSICOLOGÍA
La nota de Nietzsche que
hemos comentado (n. 2) da una primera visión de la esencia del
nihilismo pensada de modo nihilista, una perspectiva de la dirección
en la que Nietzsche concibe el nihilismo. El nihilismo es el proceso
de la desvalorización de los valores supremos. El nihilismo
es la legalidad interna de ese proceso, la «lógica» de
acuerdo con la cual se produce, en correspondencia con su propia esencia,
la caducidad de los valores supremos. ¿En qué se funda
esta legalidad misma?
Para la comprensión más precisa del concepto nietzscheano
del nihilismo como desvalorización de los valores supremos se
trata ahora de saber a qué se alude con los valores supremos,
en qué medida éstos contienen una interpretación
del ente, por qué se llega necesariamente a esta interpretación
del ente en términos de valor, qué transformación
tiene lugar en la metafísica a causa de esta interpretación.
Responderemos a estas preguntas mediante un comentario del fragmento
n. 12 (XV, 148 a 151; noviembre de 1887-marzo de 1888).
El fragmento lleva por título: «Caducidad de los valores
cosmológicos», y está dividido en dos secciones,
A y B, de desigual extensión, rematadas por una observación
final. La primera sección, A, dice así:
«El nihilismo, en cuanto estado psicológico tendrá que
sobrevenir, en primer lugar, cuando hayamos buscado en todo acontecer
un “sentido” que no se encuentra en él: con lo que
el que busca termina por desanimarse. El nihilismo es entonces el volverse
consciente del prolongado despilfarro de fuerza, el tormento del «en
vano», la inseguridad, la falta de oportunidad de recuperarse
de algún modo, de sosegarse a propósito de algo, la vergüenza
ante sí mismo, como si uno hubiera estado engañándose
durante demasiado tiempo ... Aquel sentido podría haber sido:
el “cumplimiento” de un canon moral supremo en todo acontecer,
el orden moral del mundo; o el aumento del amor y de la armonía
en la relación entre los seres; o el acercamiento a un estado
de felicidad universal; o incluso el dirigirse a un estado de nada
universal, pues una meta es siempre un sentido. Lo común a todos
estos tipos de representación es que se alcanza un algo por
medio del proceso mismo: y entonces se comprende que con el devenir
no se llega a nada, no se alcanza nada... O sea, la decepción
acerca de un presunto fin del devenir como causa del nihilismo: ya
sea respecto de un fin totalmente determinado, ya sea, de modo generalizado,
la comprensión de la insuficiencia de todas las hipótesis
finalistas hechas hasta el momento que se refieren a la totalidad del “desarrollo” (el
hombre, ya no es colaborador, y mucho menos centro, del devenir).
El nihilismo, en cuanto estado psicológico, sobreviene, en segundo
lugar, cuando en todo acontecer y bajo todo acontecer se ha puesto
una totalidad, una sistematización, incluso una organización:
de manera tal que el alma sedienta de admiración y reverencia
se entrega al goce de la representación global de una forma
suprema de dominio y administración (si se trata del alma de
un lógico, basta ya con la absoluta consecuencia y la dialéctica
real para reconciliar con el todo...). Una especie de unidad, algún
tipo de “monismo” y como consecuencia de esa creencia,
el hombre inmerso en el profundo sentimiento de conexión y dependencia
de un todo que le es infinitamente superior, un modus de la divinidad...” el
bien de lo universal exige la entrega del individuo”..., pero
mirad bien, ¡no hay ningún universal de este tipo! En
el fondo el hombre ha perdido la fe en su valor si por su intermedio
no entra en acción un todo infinitamente valioso: es decir,
ha concebido un todo así para poder creer en su valor.
El nihilismo en cuanto estado psicológico tiene aún una
tercera y última forma. Dados estas dos conocimientos, el de
que nada se alcanza con el devenir y el de que por debajo de todo devenir
no impera ninguna gran unidad en la que el individuo pudiera sumergirse
por entero como en un elemento de supremo valor, queda aún la
escapatoria de condenar como engaño todo este mundo del devenir
e inventar un mundo que esté más allá de él
como mundo verdadero. Pero apenas el hombre se da cuenta de que este
mundo sólo se ha construido por razones psicológicas
y de que no tiene ningún derecho a hacerlo, surge la última
forma del nihilismo, que encierra en sí la no creencia en un
mundo metafísico, que se prohíbe la creencia en un mundo
verdadero. Desde esta posición se admite la realidad del devenir
como realidad única, se prohíbe todo tipo de vías
furtivas hacia mundos que estuvieran detrás y hacia falsas divinidades,
pero no se soporta este mundo que ya no se quiere negar...
¿Qué ha ocurrido en el fondo? Al comprenderse que no
es lícito interpretar el carácter total de la existencia
ni con el concepto de “fin”, ni con el concepto de “unidad”,
ni con el concepto de “verdad”, se ha llegado al sentimiento
de la carencia de valor. Con ello no se ha llegado a nada, no se ha
alcanzado nada; en la multiplicidad del acontecer falta la unidad que
la abarque: el carácter de la existencia no es “verdadero”,
es falso..., simplemente no se tiene ya ninguna razón para insistir
en un mundo verdadero... En resumen: las categorías “fin”, “unidad”, “ser”,
con las que hemos introducido un valor en el mundo, han sido nuevamente
retiradas por nosotros -y el mundo aparece ahora carente de valor...»
De acuerdo con el título, se trata de la caducidad de los valores «cosmológicos».
Parece que con ello se nombrara una determinada clase de valores, en
cuya caducidad consistiría el nihilismo. En efecto, según
la estructuración más bien escolástica de la doctrina
de la metafísica, la «cosmología» abarca
un determinado ámbito del ente: el «cosmos», en
el sentido de la «naturaleza», la tierra y los astros,
los vegetales y los animales. Diferenciada de la «cosmología» se
encuentra la «psicología» en cuanto doctrina del
alma y del espíritu, en especial del hombre como ser racional
libre. Junto a y por encima de la psicología y la cosmología
aparece la «teología», no en cuanto interpretación
eclesiástica de la revelación bíblica sino en
cuanto interpretación «racional» («natural»)
de la doctrina bíblica de Dios como causa primera de todo ente,
de la naturaleza y del hombre, de su historia y de sus obras. Pero
así como la frecuentemente citada frase «anima naturaliter
christiana» no es una verdad «natural» absolutamente
indubitable sino más bien una verdad cristiana, así también
la teología natural sólo tiene el fundamento de su verdad
en la doctrina bíblica de que el hombre ha sido formado por
un Dios creador y ha sido dotado por él de un saber acerca de
su creador. Pero puesto que la teología natural, en cuanto disciplina
filosófica, no puede dejar valer como fuente de sus verdades
el Antiguo Testamento, el contenido de esta teología tiene que
reducirse al enunciado de que el mundo debe tener una causa primera.
Con ello no queda demostrado que esta primera causa sea un «Dios»,
en el supuesto de que un Dios pueda rebajarse a objeto de demostración.
La comprensión de la esencia de esta teología racional
tiene importancia porque la metafísica occidental es teológica,
incluso cuando se separa de la teología eclesiástica.
Los epígrafes cosmología, psicología y teología
-o la trinidad naturaleza, hombre, Dios- circunscriben el ámbito
en el que se mueve todo el representar occidental cuando piensa el
ente en su totalidad en el modo de la metafísica. Por eso, al
leer el título «Caducidad de los valores cosmológicos» suponemos
inmediatamente que Nietzsche, de los tres ámbitos usuales de
la metafísica destaca uno determinado, el de la cosmología.
Esta suposición es errónea. Cosmos no significa aquí «naturaleza» a
diferencia del hombre y de Dios, sino que significa lo mismo que «mundo»,
y mundo es el nombre del ente en su totalidad. Los «valores cosmológicos» no
son una determinada clase de valores que están junto a otros
del mismo rango o a los que podrían incluso subordinarse. Determinan,
por el contrario, «aquello a lo que ella [la vida humana] pertenece, «naturaleza», «mundo»,
la completa esfera del devenir y lo transitorio» (La genealogía
de la moral, VII, 425; 1887); designan el más amplio anillo
que abraza todo lo que es y deviene. Fuera de ellos y por encima de
ellos no hay nada. El nihilismo, en cuanto desvalorización de
los valores supremos, es: caducidad de los valores cosmológicos.
Si se entiende el epígrafe de manera correcta, el fragmento
trata de la esencia del nihilismo.
La sección A está dividida en cuatro párrafos;
el cuarto recoge el contenido esencial de los tres anteriores, es decir,
lo que significa la caducidad de los valores cosmológicos. La
sección B da una visión de las consecuencias esenciales
que tiene esa caducidad de los valores cosmológicos. Señala
que con ella no se produce también la caducidad del propio cosmos. Éste
sólo se libera de la valoración hecha por los valores
válidos hasta el momento y queda disponible para una nueva posición
de valores. Por eso el nihilismo no conduce de ningún modo a
la nada. La caducidad no es un mero derrumbe. Lo que tiene que acontecer,
sin embargo, para que el nihilismo conduzca a la salvación y
la reconquista del ente está indicado por la nota conclusiva
agregada al final de todo el fragmento.
Los tres primeros párrafos de la sección A comienzan
de la misma manera: «El nihilismo en cuanto estado psicológico» «tendrá que
sobrevenir», «sobreviene, en segundo lugar» «tiene
aún una tercera y última forma». El nihilismo es,
para Nietzsche, la oculta ley fundamental de la historia occidental.
En este fragmento, sin embargo, lo determina expresamente como «estado
psicológico». Surge, pues, la pregunta acerca de qué entiende
Nietzsche por «psicológico» y por «psicología». «Psicología» no
es para Nietzsche la investigación científico-natural
y experimental de los procesos anímicos que se practicaba ya
en su época, a imitación de la física y acoplada
a la fisiología, y en la que, como elementos básicos
de esos procesos se establecen, al modo de los elementos químicos,
las sensaciones sensibles y sus condiciones corporales. «Psicología» tampoco
significa para Nietzsche la investigación de la «vida
anímica superior» y de sus desarrollos en el sentido de
una investigación de hechos ente otras; «psicología» tampoco
es una «caracterología» en cuanto doctrina de los
diferentes tipos humanos. El concepto nietzscheano de psicología
podría entenderse más bien en el sentido de una «antropología»,
si «antropología» quisiera decir: el preguntar filosófico
por la esencia del hombre desde la perspectiva de sus referencias esenciales
al ente en su totalidad. «Antropología» sería
entonces la «metafísica» del hombre. Pero tampoco
así damos con el concepto nietzscheano de «psicología» y
de lo «psicológico». La «psicología» de
Nietzsche no se limita de ninguna manera al hombre, y tampoco se extiende
sólo a lo vegetal y lo animal. «Psicología» es
el preguntar por lo «psíquico», es decir por lo
viviente en el sentido de esa vida que determina todo devenir en el
sentido de la «voluntad de poder». En la medida en que ésta
constituye el carácter fundamental de todo ente, y en que la
verdad sobre el ente en cuanto tal y en su totalidad se llama metafísica,
la «psicología» de Nietzsche es equivalente a la
metafísica como tal. El hecho de que la metafísica se
convierta en «psicología», en la cual, ciertamente,
la «psicología» del hombre tiene una preeminencia
especial, se funda ya en la esencia de la metafísica moderna.
La época que denominamos moderna, y en cuyo acabamiento comienza
a entrar ahora la historia occidental, está determinada por
el hecho de que el hombre se vuelve medida y centro del ente. El hombre
es lo que subyace a todo ente, es decir, en la modernidad, a toda objetivación
y representabilidad, es el subiectum. Por mucha que sea la fuerza con
la que Nietzsche se dirija repetidamente contra Descartes, cuya filosofía
es la fundación de la metafísica moderna, sólo
se dirige contra él porque aún no había puesto
al hombre de manera completa y suficientemente decidida como subiectum.
La representación del subiectum como ego, como yo, o sea la
interpretación «egoísta» del subiectum, no
es para Nietzsche aún suficientemente subjetivista. Sólo
en la doctrina del superhombre, en cuanto doctrina de la preeminencia
incondicionada del hombre dentro del ente, la metafísica moderna
llega a la determinación extrema y acabada de su esencia. En
esta doctrina Descartes celebra su supremo triunfo.
Porque en el hombre, es decir en la figura del superhombre, la voluntad
de poder despliega de modo ilimitado su pura esencia de poder, por
ello la «psicología» en el sentido de Nietzsche,
como doctrina de la voluntad de poder, es siempre al mismo tiempo y
de antemano la región de las preguntas metafísicas fundamentales.
Por eso Nietzsche puede decir en Más allá del bien y
del mal:
«Toda
la psicología ha quedado prendida hasta ahora de temores y prejuicios
morales: no se ha aventurado hacia lo profundo. Comprenderla como morfología
y doctrina del desarrollo de la voluntad de poder, tal como yo lo hago,
esto nadie lo ha rozado siquiera con sus pensamientos».
Al final de ese parágrafo,
Nietzsche dice que hay que reclamar «que la psicología
sea reconocida nuevamente como señora de las ciencias, a cuyo
servicio y para cuya preparación están todas las demás.
Pues la psicología es de ahora en adelante nuevamente la vía
hacia los problemas fundamentales» (VII, 35 ss.). También
podemos decir: la vía hacia los problemas fundamentales de la
metafísica son las Meditationes sobre el hombre como subiectum.
Psicología es el título para aquella metafísica
que comprende al hombre, es decir a la humanidad en cuanto tal, no
sólo al «yo» individual, como subiectum, que lo
pone como medida y centro, como fundamento y fin de todo ente. Concebir
el nihilismo como «estado psicológico» significa
por lo tanto lo siguiente: el nihilismo se refiere al puesto del hombre
en medio del ente en su totalidad, al modo en que el hombre se pone
en relación con el ente en cuanto tal, en que configura y afirma
esa relación, y por lo tanto a sí mismo; pero esto no
quiere decir otra cosa más que el modo en que el hombre es histórico.
Este modo se determina desde el carácter fundamental del ente
como voluntad de poder. El nihilismo, tomado como «estado psicológico»,
quiere decir: nihilismo visto como una figura de la voluntad de poder,
como el acontecer en el que el hombre es histórico.
Si Nietzsche habla del nihilismo como de un «estado psicológico»,
al aclarar la esencia del nihilismo se moverá también
en conceptos «psicológicos» y hablará el
lenguaje de la «psicología». Esto no es casual y
por lo tanto no es una forma extrínseca de comunicarse. A pesar
de ello, tenemos que oír en ese lenguaje un contenido más
esencial, pues se refiere al «cosmos», al ente en su totalidad.
LA PROVENIENCIA DEL NIHILISMO. SUS TRES FORMAS
En los tres primeros párrafos del fragmento
12 A Nietzsche nombra tres condiciones bajo las cuales sobreviene el
nihilismo. Al preguntarse por esas condiciones trata de sacar a la
luz la proveniencia del nihilismo. Proveniencia no quiere decir aquí sólo
el «desde dónde», sino también el «cómo»,
el modo en el que el nihilismo se forma y es. « Proveniencia» no
quiere decir de ninguna manera el surgimiento calculable con posterioridad
de modo historiográfico. La pregunta nietzscheana por la « proveniencia» del
nihilismo no es, en cuanto pregunta por su «causa», otra
cosa que la pregunta por la esencia.
El nihilismo es el proceso de desvalorización de los valores
supremos válidos hasta el momento. Cuando se desvalorizan estos
valores supremos, que son quienes conceden su valor a todo ente, también
el ente que se funda en ellos se vuelve carente de valor. El nihilismo,
en cuanto caducidad de los valores cosmológicos es entonces
al mismo tiempo la aparición del nihilismo como sentimiento
de la carencia de valor de todo, como «estado psicológico». ¿En
qué condiciones surge este estado? El nihilismo «tendrá que
sobrevenir», en primer lugar, «cuando hayamos buscado en
todo acontecer un “sentido” que “no se encuentra
en él”». La condición previa del nihilismo
es, entonces, que busquemos un «sentido» «en todo
acontecer», es decir en el ente en su totalidad. ¿Qué entiende
Nietzsche por «sentido»? De la respuesta a esta pregunta
depende la comprensión de la esencia del nihilismo, en la medida
en que Nietzsche lo equipara con frecuencia con el dominio de la «carencia
de sentido» (cf. n. 11). «Sentido» significa lo mismo
que valor, pues en lugar de «carencia de sentido» Nietzsche
también dice «carencia de valor». Falta, sin embargo,
una determinación suficiente de la esencia del «sentido».
«Sentido» -podría pensarse- es algo que todo el
mundo entiende. Esto es efectivamente así en el círculo
del pensar cotidiano y de un opinar aproximativo. Pero apenas se nos
llama la atención sobre el hecho de que el hombre busca un «sentido» en
todo acontecer, y cuando Nietzsche señala que esta búsqueda
de un «sentido» se ve decepcionada, entonces no pueden
evitarse las preguntas acerca de qué quiere decir aquí sentido,
de en qué medida y por qué busca el hombre un sentido,
de por qué no puede aceptar como algo indiferente la eventual
decepción que entonces pudiera surgir sino que, por el contrario,
resulta afectado, amenazado y hasta quebrantado en su propia existencia
consistente.
Nietzsche entiende aquí por «sentido» (cfr. el primer
y cuarto párrafo) lo mismo que «fin».Y con éste
nos referimos al para qué y al por lo cual de todo actuar, comportarse
y acontecer. Nietzsche enumera lo que el «sentido» buscado
podría haber sido, es decir, pensado históricamente,
lo que ha sido, y con singulares transformaciones aún es: «el
orden moral del mundo»; «el aumento del amor y de la armonía
en la relación entre los seres», el pacifismo, la paz
perpetua; «el acercamiento a un estado de felicidad universal»,
como la mayor felicidad posible del mayor número posible; «o
incluso el dirigirse a un estado de nada universal», pues incluso
este dirigirse a esta meta tiene aún un sentido: «una
meta es siempre un sentido». ¿Por qué? Porque tiene
un fin, porque ella misma es el fin. ¿La nada es una meta? Ciertamente,
pues el querer-nada aún le permite querer a la voluntad. La
voluntad de destrucción sigue siendo voluntad. Y puesto que
querer es quererse-a-sí-mismo, incluso la voluntad de nada le
sigue permitiendo a la voluntad: ser ella misma, ser la voluntad.
La voluntad humana «necesita una meta, y prefiere querer la nada
antes que no querer». Pues la «voluntad», en cuanto
voluntad de poder, es: poder del poder o, como igualmente podemos decir:
voluntad de voluntad, voluntad de permanecer arriba y de poder ordenar.
Aquello ante lo que la voluntad retrocede espantada no es la nada,
sino el no querer, la aniquilación de sus propias posibilidades
esenciales. El horror ante el vacío del no querer -ese «horror
vacui»- es el «hecho fundamental de la voluntad humana» .
Y precisamente de este «hecho fundamental» de la voluntad
humana, de que prefiera ser voluntad de nada antes que no querer, saca
Nietzsche la prueba de su tesis de que la voluntad es, en su esencia,
voluntad de poder (cfr. Genealogía de la moral, V11, 399; 1887). «Sentido», «meta», «fin» son
lo que permite y posibilita a la voluntad que sea voluntad. Donde hay
voluntad no hay sólo un camino sino, ante todo, una meta para
ese camino, aunque ella «sólo» sea la voluntad misma.
Ahora bien, estos «fines» incondicionados no han sido nunca
alcanzados en la historia del hombre. Todo esforzarse y afanarse, todo
emprender y actuar, todo estar en camino por parte de la vida, todo
ir hacia adelante, todo «proceso», en resumen, todo «devenir»,
no llega a nada, no alcanza nada, nada en el sentido de una realización
pura de aquellos fines incondicionados. Las expectativas en este sentido
resultan decepcionadas; todo empeño aparece carente de valor.
Surge la duda de si tiene alguna finalidad establecer en cada caso
un «fin», buscar un «sentido» para el ente
en su totalidad. ¿Qué pasaría si no sólo
el esfuerzo por realizar un fin y llevar a cabo un sentido, sino quizás
ya ese mismo buscar y poner un fin y un sentido fueran un engaño?
De ese modo, el valor supremo mismo se tambalea, pierde su indubitable
carácter de valor, «se desvaloriza». El «fin»,
aquello de lo que todo debe depender, aquello que vale incondicionadamente
ante todo y para todo, el valor supremo, se vuelve caduco. La caducidad
de los valores supremos penetra en la conciencia. En concordancia con
esta nueva conciencia se altera la relación del hombre respecto
del ente en su totalidad y respecto de sí mismo.
El nihilismo, en cuanto estado psicológico, en cuanto «sentimiento» de
la carencia de valor del ente en su totalidad «sobreviene, en
segundo lugar, cuando en todo acontecer y bajo todo acontecer se ha
puesto una totalidad, una sistematización, incluso una organización»,
que no se realiza. Lo que se aduce ahora como valor supremo del ente
en su totalidad tiene el carácter de la «unidad»,
unidad entendida aquí como la unificación que impera
en todo, la ordenación y la estructuración de todo respecto
de algo uno. Esta «unidad» parece, en su esencia, menos
cuestionable que el «valor cosmológico» mencionado
en primer lugar, el «sentido». Sin embargo, también
aquí nos planteamos nosotros inmediatamente la pregunta de en
qué medida y por qué el hombre «pone» una «unidad» «dominante» y «prevaleciente» de
este tipo, y de qué modo se fundamenta tal poner y si es, en
general, fundamentable; y si no lo es, de qué manera se justifica.
Al mismo tiempo se presenta otra pregunta, la de si y de qué modo
este «poner» una «unidad» del ente en su totalidad
está en conexión con el «buscar» un «sentido» que
se ha señalado antes, si ambos son lo mismo, y, en tal caso,
por qué se aprehende esto mismo con conceptos diferentes. Es
posible que pueda siempre mostrarse que el hombre busca un sentido
y pone una unidad que impera en todo. No obstante, es necesario que
ya desde ahora se mantenga despierta para lo que sigue la pregunta
acerca de qué es tal buscar y poner y en qué se funda.
Al final del segundo párrafo, que caracteriza la posición
de la «unidad», para la que Nietzsche emplea el título
igualmente descolorido de «universalidad», da una indicación
acerca del fundamento de tal posición para señalar con
ello al mismo tiempo qué sucede si lo puesto no se acredita
y no se cumple. Sólo si la totalidad del ente «opera» a
través del hombre y éste resulta integrado en la «unidad» y
puede «sumergirse» en ella «como en un elemento de
supremo valor», sólo entonces el hombre tiene para sí mismo
un «valor». Por lo tanto, concluye Nietzsche, el hombre
tiene que poner una totalidad y una unidad tal del ente «para
poder creer en su valor».
En lo anterior se supone que este poder creer del hombre en su propio «valor» es
algo necesario. Es necesario porque se trata en todos los casos de
la autoafirmación del hombre. Para poder permanecer seguro de
su propio valor, el hombre tiene que poner un valor supremo para el
ente en su totalidad. Pero si se decepciona la creencia en una unidad
que atraviese el todo surge la comprensión de que con todo actuar
y efectuar («devenir») no se consigue nada. ¿Qué encierra
esta comprensión? Nada menos que el que este efectuar y devenir
no es nada «efectivamente real» [Wirkliches] ni nada que
sea verdaderamente, sino sólo un engaño. El efectuar
[Wirken] es entonces lo irreal [das Unwirkliche]. El «devenir» aparece
ahora no sólo como algo sin meta ni sentido, sino como algo
que en sí mismo carece de peso y es, por lo tanto, irreal. Para
poder salvar, a pesar de todo, esto que es irreal y asegurar al hombre
un valor propio es necesario que, por encima del «devenir» y
de lo «mutable», de lo propiamente irreal y sólo
aparente, se ponga un «mundo verdadero» en el que se conserve
lo permanente, lo que no es afectado por ningún cambio y ninguna
carencia, por ninguna decepción. La posición de este «mundo
verdadero», de lo suprasensible que se encuentra más allá,
se produce a costa de la apreciación del «mundo» de
aquí. Éste se rebaja a un peregrinar -breve, si se lo
compara con la eternidad- a través de lo pasajero, cuya fatiga
será recompensada en la eternidad en la medida en que de ella
recibe su valor.
A partir de la posición de un «mundo verdadero» como
mundo de lo que es en sí, de lo permanente, por encima del mundo
falso, del mundo del cambio y la apariencia, surge «aún
una tercera y última forma» del nihilismo, cuando el hombre
se da cuenta de que ese «mundo verdadero» (el mundo «trascendente»,
del más allá) sólo ha sido construido por «necesidades
psicológicas». Nietzsche no nombra aquí expresamente
las «necesidades psicológicas»; ya lo ha hecho al
comentar la destitución de la unidad y la totalidad. Al ente
en su totalidad se le tiene que introducir un valor para que quede
asegurado el valor propio del hombre; tiene que haber un mundo del
más allá para que el mundo de aquí pueda soportarse.
Pero si al hombre se le da cuenta de que al contar con un «mundo
verdadero» más allá sólo cuenta consigo
mismo y con sus «deseos» y eleva algo meramente deseable
hasta convertirlo en un ente en sí, entonces el «mundo
verdadero» que ha sido así inventado -el valor supremo-
comienza a tambalear.
Ya no se detiene sólo en el sentimiento de carencia de valor
y de meta del devenir, ya no se detiene sólo en el sentimiento
de irrealidad del devenir. El nihilismo se convierte ahora en expresa
incredulidad, en algo así como un mundo erigido «por encima» de
lo sensible y lo que deviene (de lo «físico), es decir
en un mundo metafísico. Esta incredulidad en la metafísica
se prohíbe cualquier tipo de salida furtiva hacia un mundo que
esté por detrás o por encima. De este modo, el nihilismo
entra en nuevo estadio. No se detiene simplemente en el sentimiento
de la carencia de valor de este mundo del devenir y en el sentimiento
de su irrealidad. Si el mundo verdadero y suprasensible ha caído,
el mundo del devenir se muestra, inversamente, como la «única
realidad», es decir como el auténtico y exclusivo mundo «verdadero».
Surge así un peculiar estadio intermedio: 1) El mundo del devenir,
es decir la vida vivida aquí y ahora junto con sus cambiantes ámbitos,
no puede ser negada como real. 2) Este mismo mundo, el único
real, en principio carece, sin embargo, de meta y de valor, por lo
que así no se lo puede soportar. Reina no sólo el sentimiento
de carencia de valor de lo real sino una carencia de orientación
dentro de lo único real; falta comprender la razón de
esa situación y la posibilidad de superarla.
Con el comentario que se ha hecho hasta ahora del párrafo A
debería ya resultar claro que Nietzsche no acumula aquí indiscriminadamente «tres
formas» del nihilismo. Tampoco quiere simplemente describir tres
modos en los que se han puesto los valores supremos válidos
hasta el momento. Reconocemos con facilidad que las tres formas citadas
del nihilismo mantienen entre sí una relación interna
y constituyen, en su conjunto, un peculiar movimiento, es decir una
historia. Es cierto que Nietzsche no nombra aquí en ningún
sitio formas historiográficamente conocidas y comprobables de
la posición de valores supremos, que no nombra en ningún
momento las conexiones históricas, aptas de una exposición
historiográfica, de esas postulaciones que podemos designar
como posiciones metafísicas fundamentales. Y sin embargo está pensando
en ellas. Quiere mostrar cómo, sobre la base de la conexión
interna de estas Posiciones de valores supremos, el nihilismo no sólo
surge sino que además se convierte en una historia de un tipo único
que se encamina hacia un preciso estado histórico. Nietzsche
resume así la exposición de las tres «formas» del
nihilismo:
«¿Qué ha ocurrido en el fondo? Al comprenderse
que no es lícito interpretar el carácter total de la
existencia ni con el concepto de “fin”, ni con el concepto
de “unidad”, ni con el concepto de “verdad”,
se ha llegado al sentimiento de carencia de valor. Con ello no se ha
llegado a nada, no se ha alcanzado nada; en la multiplicidad del suceder
falta la unidad que la abarque: el carácter de la existencia
no es “verdadero”, es falso..., simplemente no se tiene
ya ninguna razón para insistir en un mundo verdadero...»
De acuerdo con este resumen parecería que la búsqueda
de un sentido, la posición de una unidad y el ascenso hacia
un mundo «verdadero» (suprasensible) fueran simplemente
tres interpretaciones al mismo nivel del «carácter general
de la existencia, en cada una de las cuales «no se llega a nada».
La frase final del resumen de A revela, sin embargo, qué lejos
estaba Nietzsche de pensar sólo en fijar los tipos de nihilismo
y las condiciones en que surgen:
«En resumen: las categorías “fin”, “unidad”, “ser”,
con las que hemos introducido un valor en el mundo, han sido nuevamente
retiradas por nosotros -y el mundo aparece ahora carente de valor...»
Antes de mostrar cómo debe comprenderse todo el párrafo
anterior de acuerdo con esta frase final, es necesario comentar esta última
en su literalidad y en dos respectos diferentes.
LOS
VALORES SUPREMOS COMO CATEGORÍAS
De pronto Nietzsche llama a los valores supremos «categorías»,
sin aclarar con mayor precisión esta denominación y fundamentar
así por qué los valores supremos pueden aprehenderse
también como «categorías» , por qué las «categorías» pueden
comprenderse como valores supremos. ¿Qué quiere decir «categoría»?
La palabra, procedente del griego, es aún usual para nosotros
en alemán como extranjerismo. Decimos, por ejemplo, que alguien
pertenece a la categoría de los descontentos. Hablamos de una «determinada
categoría de hombres», entendiendo aquí «categoría» con
el significado de «clase» [Klasse] o «variedad» [Sorte],
expresiones que son también extranjerismos, sólo que
no provienen del griego sino del romano y las lenguas romances. En
cuanto a su contenido, los nombres «categoría», «clase», «variedad»,
se emplean para designar una región, un esquema, un casillero
en el que se guarda algo y de ese modo se lo ordena.
Este uso de la palabra «categoría» no corresponde
ni al concepto originario ni al significado, conectado con aquél,
que ha conservado la palabra en cuanto palabra filosófica fundamental.
No obstante, el uso que nos es corriente es derivado del filosófico.
Katêgoria, kategorein, se formaron a partir de kata y agoreuein.
Agora significa la reunión pública de seres humanos
a diferencia de la reunión cerrada de un consejo, significa
la publicidad de las deliberaciones, del procedimiento judicial, del
mercado y de los movimientos; Agoreuein quiere decir: hablar
públicamente,
anunciar, revelar algo en público. kata quiere decir:
de arriba hacia abajo, alude a la mirada que se dirige a algo; kategorein significa, por lo tanto: con la mirada dirigida explícitamente
a algo, hacerlo público, revelarlo como lo que es. Tal revelación
acontece por medio de la palabra, en la medida en que ella interpela
una cosa -un ente en general- en dirección de lo que ella es
y la nombra como lo que es de tal y cual manera.
Este modo de interpelar y poner en evidencia, de hacer público
en la palabra, aparece de manera señalada cuando en un juicio
público se acusa a alguien de ser culpable de tal o cual cosa.
El poner en evidencia que interpela tiene su modo más visible
y por ello más habitual en la acusación pública.
Por eso kategorein significa especialmente un interpelar que
pone en evidencia en el sentido de «acusar». También
resuena, sin embargo, el sentido fundamental de un interpelar que revela.
Con ese significado puede usarse el sustantivo katêgoria. La
katêgoria es, entonces, el interpelar de una cosa en dirección
de lo que es, de manera tal que, por medio de este interpelar de cierto
modo la cosa misma, en lo que ella misma es, llega a la palabra, se
pone de manifiesto y entra en el ámbito abierto de lo público.
Una katêgoria de este tipo lo son las palabras «mesa», «caja» o «casa»,
la palabra «árbol» y otras similares, aunque también
rojo, pesado, delgado, o valiente, o sea toda palabra que interpela
algo que es en lo que le es propio y manifiesta así qué aspecto
tiene el ente y cómo es. El aspecto, aquello en lo que un ente
se muestra como lo que es, se dice en griego tò eidos o idea.
La categoría es la interpelación de un ente respecto
de lo que es en cada caso propio de su aspecto, o sea, tomado en un
sentido muy amplio, el nombre propio. Con este significado es empleada
la palabra katêgoria por Aristóteles (Phys. B 1, 192 b
17). No funciona allí de ningún modo como una expresión
reservada al lenguaje filosófico («término técnico»).
Una katêgoria es una palabra por medio de la cual se le «imputa» a
una cosa lo que es. Este significado prefilosófico está muy
alejado del que ha quedado en alemán en el vago y superficial
extranjerismo «Kategorie» .El mencionado uso lingüístico
de Aristóteles se corresponde en cambio totalmente con el espíritu
de la lengua griega, que es, por cierto, implícitamente filosófico-metafísico
y que distingue por lo tanto al griego, junto al sánscrito y
al alemán no corrompido, frente a todas las demás lenguas.
Ahora bien, la filosofía, en cuanto metafísica, trata
de las «categorías» en un sentido destacado. Se
habla así de una «doctrina de las categorías» y
de una «tabla de las categorías»; Kant, por ejemplo,
en su obra capital, la Crítica de la razón pura, enseña
que la tabla de las categorías puede extraerse y deducirse de
la tabla de los juicios. ¿Qué quiere decir aquí,
en el lenguaje de la filosofía, «categoría»? ¿Cómo
se relaciona el título filosófico «categoría» con
la palabra prefilosófica kategoría?
Aristóteles, que también emplea la palabra kategoría en
el significado usual de interpelar una cosa respecto de su aspecto,
eleva el nombre prefilosófico kategoría por
primera vez y de un modo determinante para los dos milenios siguientes
al rango de un nombre filosófico que nombra aquello que la filosofía
de acuerdo con su esencia, tiene que considerar en su pensar. Esta
elevación de rango de la palabra kategoría se
lleva a cabo en un sentido auténticamente filosófico.
En efecto, no se le atribuye a esta palabra un significado remoto cualquiera,
fraguado de una manera presuntamente arbitraria y, como suele decirse, «abstracto».
El espíritu lingüístico y de contenido de la palabra
misma se convierte en indicación de un posible significado,
en ocasiones necesariamente diferente y al mismo tiempo más
esencial. Cuando interpelamos «este algo aquí» (esta «puerta»)
como puerta, en tal interpelación como puerta se halla ya otra
interpelación. ¿Cuál? Ya la hemos nombrado al
decir que «este algo aquí» es interpelado como puerta.
Para que podamos interpelar lo así llamado como «puerta» y
no como ventana, lo mentado tiene que haberse mostrado ya como «este
algo aquí», como esto que se hace presente desde sí de
tal y cual manera. Previamente a y en la medida en que interpelamos
lo mentado como «puerta», ya se ha reivindicado tácitamente
que es un «este algo aquí», que es una cosa. No
podríamos interpelar como puerta a lo así llamado si
previamente no dejáramos que nos salga al encuentro como algo
así como una cosa que está consistentemente por sí.
La interpelación (kategoría) de que es una cosa
se halla a la base de la interpelación «puerta»; «cosa» es
una categoría más básica y originaria que puerta;
es una «categoría», una interpelación que
dice con qué carácter de ser se muestra el ente nombrado:
que es un ente por sí; como dice Aristóteles: un algo
que es desde sí mismo por sí, tode
ti.
Un segundo ejemplo. Constatamos que esta puerta es marrón (y
no blanca). Para poder interpelar la cosa nombrada como marrón,
tenemos que observarla respecto de su color. Pero, a su vez, la coloración
de la cosa sólo nos llega a la visión como ésta
y no otra si la cosa nos sale previamente al encuentro en cuanto conformada
de tal o cual manera. Si la cosa no fuera interpelada ya y al mismo
tiempo respecto de su conformación, no podríamos nunca
interpelarla como «marrón», es decir como coloreada
de marrón, como conformada (cualificada) de tal y cual manera.
A la base de la interpelación (kategoría) prefilosófica
como «marrón» se encuentra, como el fundamento que
la sustenta, la interpelación como «conformada de tal
y cual manera», la categoría de cualidad, poiotês,
poion, qualitas. En relación con la categoría
de «cualidad», la nombrada en primer lugar resulta distinguida
como categoría por nombrar lo que tiene que estar a la base
de toda cualidad, lo subyacente, hypokeimenon,
subiectum, substantia. «Substancia», cualidad y, a continuación,
cantidad, relación, son «categorías»: modos
distinguidos de interpelar el ente, aquellos que lo interpelan respecto
de lo que es en cuanto ente, independientemente de que sea una puerta
o una ventana, una mesa o una casa, un perro o un gato, de que sea
marrón o blanco, dulce o ácido, grande o pequeño.
La metafísica puede determinarse como la verdad sobre el ente
en cuanto tal en su totalidad que se articula en la palabra del pensar.
Esta palabra enuncia las interpelaciones del ente en cuanto tal en
lo que hace a su constitución, o sea, las categorías.
Por consiguiente, las categorías son las palabras metafísicas
fundamentales y por ello los nombres de los conceptos filosóficos
fundamentales. La circunstancia de que en nuestro pensar corriente
y en el comportamiento cotidiano respecto del ente estas categorías,
en cuanto interpelaciones, sean dichas de modo tácito, y de
que incluso la mayoría de los seres humanos no llegue durante
toda su «vida» a experimentarlas, reconocerlas y mucho
menos a comprenderlas como tales interpelaciones tácitas, esto,
lo mismo que otras cosas similares, no constituye razón alguna
para opinar que estas categorías sean algo indiferente, fraguado
por una filosofía presuntamente «alejada de la vida».
Que el entendimiento cotidiano y la opinión común no
sepan nada ni tampoco necesiten saber nada acerca de estas categorías
sólo atestigua lo ineludiblemente esencial que es lo que aquí está en
discusión, dando por sentado que la cercanía a la esencia
es sólo el privilegio, aunque también la fatalidad, de
unos pocos. Que haya, por ejemplo, algo así como un motor Diesel
tiene su fundamento decisivo, el fundamento que todo lo sustenta, en
el hecho de que en alguna ocasión los filósofos hayan
pensado expresa y profundamente las categorías de la «naturaleza» explotable
por la técnica maquinista.
Que el «hombre de la calle» piense que hay un «motor
Diesel» porque Diesel lo inventó, es lo normal. No todo
el mundo necesita saber que todo ese sistema de invenciones no habría
podido dar ni un solo paso si la filosofía, en el instante histórico
en que penetró en el ámbito de su in-esencia, no hubiera
pensado las categorías de esa naturaleza y no hubiera abierto
así previamente el ámbito para la búsqueda y la
experimentación de los inventores. Claro que quien sabe acerca
de esta auténtica proveniencia de la máquina moderna,
no está por ello en condiciones de construir mejores motores;
pero quizás esté en condiciones, y quizás sea
el único que lo esté, de preguntar qué es esta
técnica maquinista dentro de la historia de la relación
del hombre con el ser.
Por el contrario, la pregunta por lo que ella signifique para el progreso
y la cultura del hombre no tiene ningún peso y debería
estar de todos modos superada, pues la técnica significa exactamente
lo mismo que significa la «cultura» que le es contemporánea.
Las categorías son interpelaciones del ente respecto a lo que
el ente en cuanto tal es de acuerdo con su constitución. Las
categorías, por lo tanto, se reconocen expresamente como tales
interpelaciones en la meditación sobre aquello que, en el corriente
interpelar y hablar sobre el ente, está siempre ya implícitamente
dicho e interpelado.
La forma básica del interpelar cotidiano del ente es el enunciado,
en términos aristotélicos, el logos apophantikos,
el decir que está en condiciones de dejar que el ente se muestre
desde sí mismo. Siguiendo el hilo conductor de este logos,
Aristóteles enunció por vez primera las «categorías»,
las interpelaciones no formuladas en el enunciar pero que sustentan
todo enunciar. Lo que le importaba no era un «sistema» de
las categorías. Siguiendo el antecedente de Platón, se
encontró ante la muy distinguida tarea de mostrar ante todo
que tales categorías pertenecen al ámbito de lo que la
filosofía primaria y propiamente (en cuanto prôté philosophía)
tiene que pensar. El enunciado, enuntiatio, es comprendido
luego como juicio. En los diferentes modos del juicio se hallan ocultas
las diferentes interpelaciones, las diferentes categorías. Por
ello Kant, en su Crítica de la razón pura, enseña
que la tabla de las categorías tiene que obtenerse siguiendo
el hilo conductor de la tabla de los juicios. Lo que enuncia aquí Kant
es -aunque ciertamente en una forma que entretanto se ha modificado-
lo mismo que llevó a cabo por primera vez Aristóteles
más de dos mil años antes.
Cuando Nietzsche, en la sección B del fragmento n. 12, denomina
a los valores supremos, sin más fundamentación, «categorías
de la razón», esta caracterización es nuevamente
lo mismo que enseñaba Kant y que había pensado previamente
Aristóteles. La expresión categorías de «la
razón» quiere decir: la razón, el pensar racional,
el juzgar del entendimiento, el logos apophantikos, la «lógica»,
son aquello con lo que las categorías están en una relación
eminente y que contribuye a determinar su esencia. El tipo de esta
relación entre las categorías y la razón, el pensar
judicativo, es concebido, sin embargo, de manera diferente por Aristóteles,
Kant y Nietzsche, en concordancia con el modo en que determinan en
cada caso la esencia de la «razón» y del logos,
es decir, la esencia del hombre, con el modo en que, en conexión
con lo anterior, experimentan e interpretan el ente en cuanto tal que
muestra su articulación en las categorías.
A través de estas diferencias se mantiene sin embargo lo esencial
y lo que sustenta, que las determinaciones del ente en cuanto tal son
alcanzadas y fundamentadas en vista del logos, del pensar
enunciativo. Las categorías, en cuanto determinaciones del ente
en cuanto tal, dicen qué es el ente en cuanto ente. Dicen lo «más
universal» que puede decirse del ente: la entidad o el ser. El
ser del ente es captado y comprendido siguiendo el hilo conductor del
enunciado, del juicio, del «pensar». Este modo de determinación
de la verdad acerca del ente en su totalidad, es decir, al mismo tiempo,
la metafísica, piensa el ente según las categorías.
Como caracterización de la esencia de toda metafísica
podemos, pues, acuñar el título: ser y pensar o, más
claramente: entidad y pensar, formulación en la que se expresa
que el ser es comprendido siguiendo el hilo conductor del pensar, partiendo
del ente y en dirección a él como lo «más
universal» suyo, y donde por pensar se entiende el decir enunciativo.
Este pensar del ente en el sentido del physei y technei
ôn,
de lo que presencia surgiendo desde sí y de lo que presencia
habiendo sido producido, queda como hilo conductor para el pensar filosófico
del ser como entidad.
El título ser y pensar es también válido para
la metafísica irracional, a la que se llama así porque
lleva el racionalismo a su extremo, siendo la que menos se libera de él,
del mismo modo en que todo ateísmo tiene que ocuparse de Dios
más que el teísmo.
Puesto que lo que Nietzsche llama «valores cosmológicos» son
las determinaciones supremas del ente en su totalidad, por ello puede
hablar también de «categorías». El hecho
de que Nietzsche llame a estos valores supremos «categorías» sin
más explicación ni fundamentación y que comprenda
a las categorías como categorías de la razón muestra
cuán decididamente piensa dentro del cauce de la metafísica.
Si Nietzsche, por el hecho de comprender a estas categorías
como valor, se sale del cauce de la metafísica y se designa
entonces con justicia como «antimetafísico», o si
sólo lleva la metafísica a su final definitivo y se convierte
por ello él mismo en el último metafísico, éstas
son cuestiones respecto de las cuales sólo nos encontramos en
camino, pero cuya respuesta está ligada de la manera más íntima
con la aclaración del concepto nietzscheano de nihilismo.
Lo segundo que será ante todo necesario para dilucidar la proposición
final de la sección A es señalar el modo en que Nietzsche
nombra aquí, a modo de resumen, las tres categorías de
acuerdo con las cuales ha sido interpretado el ente en su totalidad.
En lugar de «sentido» dice ahora «fin», en
lugar de «totalidad» y «sistematización» dice «unidad»,
y, lo que es lo más decisivo, en lugar de «verdad» y «mundo
verdadero» dice aquí directamente «ser». Todo
esto, nuevamente, sin ningún tipo de explicación. En
realidad, no debemos asombrarnos por la falta de explicación
de los conceptos y nombres que aquí se utilizan. Lo que tenemos
ante nosotros en este fragmento, en forma de una nota, no es una sección
de un libro destinado al «público», ni menos aún
una sección de un tratado, sino el monólogo de un pensador.
En él no habla con su «yo» ni con su «persona»,
habla con el ser del ente en su totalidad y desde el ámbito
de lo ya previamente dicho en la historia de la metafísica.
Nosotros, en cambio, los lectores que llegamos después, tenemos
que penetrar previamente en el ámbito de la metafísica
para poder sopesar correctamente el peso de las palabras, de cada modificación
de las mismas y de su formulación conceptual, y poder leer el
sencillo texto de modo pensante. Limitémonos ahora a no perder
de vista que Nietzsche concibe la «verdad» como categoría
de la razón y equipara a la «verdad» con «ser».
Si, por otra parte, el «ser» es la primera y última
palabra sobre el ente en su totalidad, la equiparación que hace
Nietzsche entre «ser» y «verdad» tiene que
anunciar algo esencial para la aclaración de su posición
metafísica fundamental, en la cual tiene su raíz la experiencia
del nihilismo.
EL
NIHILISMO Y EL HOMBRE DE LA HISTORIA OCCIDENTAL
¿Qué quiere decir la proposición final de la sección
A?
1) Que con las categorías «fin», «unidad» y «ser» hemos
introducido en el «mundo» (es decir en el ente en su totalidad)
un valor.
2) Que estas categorías introducidas en el mundo han sido «nuevamente
retiradas por nosotros».
3) Que después de esta retirada de las categorías, es
decir de los valores, el mundo aparece «ahora» carente
de valor.
El estado designado con ese «ahora» no es pensado de ninguna
manera como definitivo. El «ahora» no quiere decir que
a partir de este momento habrá que conformarse con esa carencia
de valor y con este aparecer del mundo como carente de valor. Es cierto
que el título del fragmento reza simplemente «Caducidad
de l
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