James Hillman: Abandonando al Niño Subjetividad
¿Qué es el Niño?
¿Qué precisión pueden tener nuestros estudios del niño humano en tanto no hemos reconocido suficientemente el niño arquetipal en nuestra subjetividad y que afecta nuestra visión? De modo que dejemos a un lado al niño y la niñez y persigamos lo que Jung llama el "motivo del niño" y el "aspecto niñez de la psique colectiva". “El “niño” es todo lo que es abandonado y expuesto y a la vez divinamente poderoso; el comienzo insignificante, dudoso, y el final triunfante. El “niño eterno” en el hombre es una experiencia indescriptible, un incongruencia, una disminución, una prerrogativa divina; un imponderable que determina el valor último o la carencia de valor de una personalidad” (CW 9.1, 300) Jung elabora estos rasgos generales y especiales; futuridad, divina invencibilidad heroica, hermafroditismo, comienzo y final, y el motivo del abandona a partir del cual extraigo mi tema. Las elaboraciones de Jung de 1940 debieran tomarse como una adición a aquellas de sus obras previas donde el motivo del niño se relacionaba con el pensamiento mítico arcaico y el arquetipo materno (CW 5; passim) y con el júbilo paradisiaco (CW 6; 422f). Algunos de los aspectos que Jung discuto ya los había descrito Freud en su estilo de lenguaje. La idea del niño creativo ocurre en la ecuación de Freud niño=pene, y el niño rechazado en su ecuación niño=heces. ““Heces”,“niño” y “pene” forman así una unidad, un concepto inconsciente (sit venia verbo) -el concepto propiamente de una cosa pequeña que puede separarse del propio cuerpo” (“De la historia de una neurosis infantil”, (1918), CP 3, p0.562 f)
El Abandono en los Sueños
El Abandono en el Matrimonio Porque cada hogar establecido, cada nido, nicho de hábitos, ofrece un santuario al niño abandonado, el matrimonio inevitablemente evoca al niño. A veces un matrimonio temprano obviamente intenta hallar una cesta para el niño que era inaceptable en la casa paterna. El modelo puede continuar mucho después: marido y mujer en tácito acuerdo haciéndose cargo del niño abandonado que queda desde sus hogares paternos de modo que no pueden hallar en niño apropiado para ellos mismos.
Bautizando al niño
Regresión, Represión Lo que la psicología profunda ha llegado a llamar regresión no es otra cosa sino un retorno al niño. Puesto que es así, podríamos inquirir más fundamentalmente en la noción que la psicología tiene de madurez, que como contraparte tiene la regresión, y en la idea que la psicología tiene de desarrollo, que exige que el niño sea abandonado. La regresión es la inevitable sombra de los estilos lineares de pensamiento. Un modelo desarrollista se verá invadido por su contra-movimiento, atavismo, y la reversión será vista no como un retorno mediante la semejanza hacia la realidad imaginal, según lineas neoplatónicas (Proclo, Plotino), sino como una regresión a condiciones peores. La psicología presenta el “regresar” como un “descender”, una devolución a esquemas previos e inferiores. La madurez y la regresión se vuelven incompatibles. Por la regresión perdemos respeto, olvidando la necesidad de vivir las cosas para “volver a los comienzos”. La regresión se hace tolerable en teoría hoy sólo en términos de una “regresión al servicio del ego” (E. Kris, Psychoanalytic Explorations in Art, 1952). Incluso en Jung, la regresión es principalmente compensatoria, un reculer pour mieux sauter. En Maslow, Erikson, Piaget, Gesell, así como en la psicología del ego freudiana, si no avanzamos según ciertos senderos bien estudiados de estadio en estadio, nos quedamos fijados en la “niñez” y mostramos una conducta regresiva, estilos llamados pueriles e infantiles. Detrás de cada paso adelante hacia “la realidad” hay la sombra amenazadora del niño -hedonista o mística, dependiendo de cómo consideramos la reversión hacia la primordialidad. A este niño lo propiciamos con sentimentalismo, superstición, y kitsch, con fiestas indulgentes y amenazas, y con psicoterapia que parcialmente debe su existencia y se gana la vida con el empuje regresivo del niño. Nuestro modelo de madurez tiende a hacer atractiva la regresión. A la distancia idealizamos el estadio angélico de la niñez y su creatividad. Abandonando al niño, lo colocamos en arcadia, gestado por el mar, acunado, hamacado suavemente a nivel del agua entre cañas y juncos, alimentado por ninfas que se deleitan con sus antojos, pastores, amables y viejos cuidadores que dan la bienvenida a lo infantil, lo regresado. Entonces por supuesto el contramovimiento se desencadena de nuevo, el héroe se constela; a partir del niño abandonado, el gran salto hacia adelante, el drenaje del Zuider Zee con el cual comparó Freud la obra del psicoanálisis (NIL, p. 106) Debido a que el mayor contenido de la represión es el niño, la revolución contemporánea en nombre de lo reprimido -negro o pobre, femenino o natural o subdesarrollado- deviene inevitablemente la revolución del niño. Las formulaciones se vuelven inmaduras, un tanto patéticas, el comportamiento regresivo, y la ambición invencible y vulnerable a la vez. El hermafroditismo del arquetipo también desempeña su papel en la revolución, como lo hace esa peculiar mezcla de comienzo y fin; esperanza ejemplificada en la destrucción apocalíptica. Así nuestro tema toca la relación de la psicología con los tiempos (N. del T: hay que tener en cuenta que este artículo es de 1971) y su lucha con el niño, todo lo cual sugiere que podría ser conveniente reflexionar las afirmaciones de Marcuse, Laing, y Brown respecto a la revolución contemporánea de lo reprimido a la luz de la psicología arquetipal, es decir, como expresiones del culto del niño. Evocando al Niño Pero la condición regresiva que nadie quiere también puede surgir directamente en la psicoterapia. Pues aquí hay un refugio para deslizarse fuera del escondite, aquí uno puede mostrar sus tapujos no queridos, no amables, feos, y las propias inmensas esperanzas. Estos sentimientos han recibido nombres psicológicos apropiados: deseos infantiles, fantasías autodestructivas, anhelos de omnipotencia, impulsos arcaicos. Pero al ridiculizar estos nombres no debemos olvidar -y cada uno de nosotros somos terapeutas de la psique puesto que es una devoción que no puede pertenecer sólo a una profesión- que siempre estas condiciones patológicas infantiles contienen futuridad. El mismo camino hacia delante mediante las condiciones tan poco deseadas, feas y ridículamente expectantes, yace justo en las mismas condiciones. La patología es también la futuridad. En ella yace la intuición, de ella viene el movimiento y el cambio. Al reconocer un grito básico podemos evocar este niño en la patología; es como si hubiera un grito básico en las personas que da voz directa al contenido abandonado. Para algunas personas es: “Ayúdame, por favor ayúdame”; otras dicen, “tómame tal como soy, acéptame, todo entero, sin elección entre mis rasgos, sin juicio, sin preguntas”; o “tómame, sin que yo tenga que hacer algo, o que ser alguien”. Otro grito podría ser “sujétame” o “no te vayas; no me dejes solo jamás”. Podemos también oír al contenido diciendo simplemente: “Ámame”. O podemos escuchar: “enséñame, muéstrame qué hacer, dime cómo”. O “llévame, cuídame”. O el grito desde el fondo puede decir “Déjame solo, solo del todo; tan sólo déjame ser”. Generalmente el grito básico habla en la voz receptiva del niño, donde el sujeto es un objeto, un “yo” en las manos de otros, incapaz de acción y sin embargo enunciando patéticamente su conocimiento de su subjetividad, sabiendo cómo desea ser tratado. Su subjetividad está en el grito por medio del cual organiza su existencia. De modo que, también, escuchamos en él el grito básico que una persona dirige a su entorno, transformando a quienes les rodean en sus auxiliares, o amantes, o constantes compañeros (un thiasos) que alimentarán, acompañarán en su danza, o enseñarán, o aceptarán todo ciegamente, que nunca le dejarán solo, o al revés, de quienes huye en continuo rechazo. Y el grito dice cómo es incapaz una persona de afrontar sus necesidades por sí mismo, incapaz de ayudarse, o de dejarse estar. Vale la pena insistir aquí que el grito nunca se cura. Al dar voz al niño abandonado, siempre está ahí, y debe estar ahí como una necesidad arquetipal. Bien sabemos que algunas cosas no las aprendemos nunca, no podemos evitarlas, las repetimos y protestamos una y otra vez. Estos lugares inaccesibles donde siempre estamos expuestos y asustados, donde no podemos aprender, no podemos amar, y no podemos valernos transformándonos, reprimiendo o aceptando, son los desiertos, las cuevas donde yace escondido el niño abandonado. Que continuemos regresando a estos sitios dice algo fundamental acerca de la naturaleza humana; estamos tocando una psicopatía incurable una y otra vez a lo largo del curso de la vida, la cual, sin embargo, aparentemente pasa por muchos cambios antes y después del contacto con el niño que no cambia. Aquí damos con la relación psicológica entre lo que la filosofía llama devenir y ser, o lo mutable y lo inmutable, lo diferente y lo mismo, y lo que la psicología llama crecimiento por un lado, y por el otro psicopatía; aquello que por definición no puede revertir o cambiar sino que permanece como una laguna del carácter más o menos constante a lo largo de la vida. En el lenguaje de nuestro tema tenemos la vulnerabilidad del niño abandonado, y la futuridad evolutiva de este mismo niño. En este acertijo usualmente tomamos un lado u el otro, sintiéndonos diferentes, cambiantes, evolucionando, sólo para ser aplastados otra vez por la estrepitosa recurrencia un grito básico que a su vez conduce a la creencia de estar desesperadamente estancado, sin que nada cambie, tan sólo el mismo de siempre. La historia de la psicoterapia también ha sido llevada hacia delante y detrás por este dilema aparente. En algunos momentos la teoría de la degeneración (herencia y constitución, o una idea de predestinación) declara que el carácter es destino y que no podemos sino cambiar dentro de esquemas predeterminados. En otros momentos, tal como hoy en la psicología desarrollista humanística americana, la categoría de crecimiento mediante la transformación cubre todos los acontecimientos psíquicos. Ninguna de esas posiciones es adecuada. Como el niño metafórico del Sofista de Platón (249d) que, cuando se le pide escoger, opta por “ambos”, el niño abandonado es tanto aquello que nunca crece y persiste como permanente, como psicopatía, y también esa futuridad que surge de la misma vulnerabilidad. El complejo persiste, y las lagunas; eso que se vuelve diferente son nuestras conexiones con estos lugares y nuestras reflexiones a través de ellos. Es como que para cambiar debemos seguir en contacto con lo incambiable, que también implica tomar el cambio por lo que es, en lugar de en términos de desarrollo. La evolución tiende a devenir un “medio de repudiar el pasado” (T. S. Eliot); lo que queremos cambiar es aquello de lo que queremos deshacernos. Se requiere una sutil percepción psicológica para distinguir en nuestras naturalezas lo cambiable de lo incambiable, y para ver los dos como íntimamente conectados, a fin de no buscar el crecimiento en los lugares equivocados y la estabilidad en los lugares errados, o para presumir que el cambio deja detrás la estabilidad y que la estabilidad nunca es vulnerable. El Retorno del Niño No es meramente que lo infantil regrese en los residuos de la niñez, sino que todo lo que emerge de la inconsciencia retorna demasiado joven. Todo comienza en la insensatez juvenil porque las puertas a las bodegas y los jardines de la mente están barrados no sólo por un censor, una espada flamígera o un Cerbero, sino por un pequeño muchacho o niña que mágicamente transforma todo lo que pasa por el umbral en su propia condición. Así, como vio Freud, el mundo del inconsciente es el mundo de la niñez, no la niñez real o la niñez de la especie humana, sino una condición gobernada por el arquetipo del niño; así, como vio Jung, este arquetipo es el heraldo, la prefiguración de cada cambio por el que pasamos en profundidad. Todo regresa demasiado joven, implicando que la conexión adecuada con lo inconsciente tendrá que mostrar inadecuación. No somos aún capaces, dependientes todavía de ese niño, de sus caprichos, su atmósfera de ser especial, necesitando aún nuestras heridas, el modo en que toca nuestro eros, volviéndonos a cada momento pedófilos, amantes de niños. Además, todos los otros rostros de lo reprimido, lo personalmente olvidado y lo primordialmente desconocido, regresarán en un estilo infantil. Aparte de la revolución, todas aquellas otras cosas excluidas del ágora de la vida diaria -arte, locura, pasión, desesperación, visión- vendrán con este peculiar infantilismo que a veces ennoblecemos como lo infantil de lo creativo. El infantilismo que retorna como la sombra personal se merece mejor tratamiento que meramente el freudiano. Jung indicó que el tratamiento del infantilismo, de la psicopatología, en el nivel arquetipal, consiste en “seguir soñando el mito” (CW 9.1: 271), dejar que hable su naturaleza prospectiva. Al permitir que el niño sea el corrector, realiza así una de sus funciones arquetipales: la futuridad. Lo que regresa apunta hacia adelante; retorna como lo reprimido y a la vez vuelve, a fin de llevar a cabo una cura bíblica para la psicopatología: “y un niño pequeño les conducirá” (Isaías 11:6) Consiguientemente, la clave del futuro es dada por lo reprimido, el niño y lo que trae consigo, y en camino hacia adelante es en verdad el camino hacia atrás. Pero es inmensamente difícil discriminar entre las emociones aquella que viene con el niño, principalmente porque no éste retorna solo. Es como si la niñita abandonada regresara con un protector, un nuevo padre encontrado, un fuerte figura masculina de voluntad muscular, de argumentos y astucia, y con su ultraje; su ciego golpear se mezcla con los apenados berrinches de ella, su hosca melancolía deviene indiscernible de los distantes pucheros de ella. Aunque se funden, niño y guardián también luchan para separarse. En rostros y gestos hay movimientos alternos, un mirada alterna en el ojo, demanda de ayuda, resistencia a ello, amargura de lágrimas que emergen de mala gana, a presión, contenidas, y luego sollozo cataclísmico abandonado. A veces la niñita retorna como una golfilla de la calle, sucia, o un marimacho de los campos, terrenal, medio-varón, endurecida por el largo descuido y las lecciones del animus, una muchacha casi niña-lobo, todo dedos y codos, retornando y sin embargo diciendo “déjenme en paz”.
Con el retorno del niño viene la niñez, ambos tipos: la efectiva con sus recuerdos, y la imaginal con sus reminiscencias. Hemos llegado a llamar a este factor de memoria con sus tipos de recuerdos, “lo inconsciente”, personal y colectivo. Pero este término, “lo inconsciente” sólo aumenta la carga de diferenciar la complejidad de la vida psíquica. Podría ser más conveniente separar el niño (como el factor reminiscente que retorna la persona a lo primordialmente reprimido de las subestructuras no-reales) de una categoría tan indefinida como lo inconsciente. Entonces estaríamos en mejor posición para liberar la “niñez” en tanto como modo imaginal de percibir y sentir de su identificación con la infancia real, que usualmente ha tenido menos libertad y júbilo, menos fantasía y magia, y amoralidad, de lo que sentimentalmente le atribuimos. Nuestro culto de la niñez es un disfraz sentimental para un verdadero homenaje a lo imaginal. Si la infancia pudiera llamarse por su verdadero nombre -el reino de la reminiscencia arquetipal- entonces no tendríamos que volvernos inconscientes para encontrar lo mítico. Hemos confundido psicológicamente el emerger de los acontecimiento de lo inconsciente con el retorno de la reminiscencia. La psicología ha tomado al niño reprimido como una metáfora axiomática de la estructura psíquica. La psicología supone que lo reprimido es menos desarrollado que lo represor, que la consciencia es topográficamente, históricamente y moralmente superior al inconsciente, caracterizado por impulsos infantiles, primitivos y amorales. Nuestra noción de consciencia necesita inherentemente la represión del niño. Esto constela nuestro mayor temor: el retorno de la inferioridad, el niño, quien también significa el retorno del reino de la reminiscencia arquetipal. La fantasía arquetipal es la actividad más amenazante del alma humana tal como la concebimos ahora, pues nuestra tradición racional occidental ha ubicado esta actividad en lo ontológicamente inferior, el reino primitivo amoral de la infancia real (Ver Bundy, 1927). La sombra que más tememos y reprimimos primordialmente, es decir, el tipo de fantasía reminiscente que llamamos locura, viene con el niño. El miedo a cederle el control gobierna nuestra profunda amnesia. Y así hemos olvidado una verdad psicológica evidente: la ansiedad revela la sombra más profunda. En lugar de ver al niño en la sombra, la psicología reciente se ha estado concentrando sobre las sombras de agresión y de mal moral. Pero la agresión puede ser disfrutable, y el mal moral atractivo. No son vergonzosos, ni ignominiosos en el mismo grado que el niño. El enfoque junguiano sobre el demonio y el lado oscuro de la imagen de dios ha cubierto nuestra ansiedad, de modo que hemos descuidado el lado oscuro del Bambino, el otro infans noster que fue la primera sombra encontrada en las ansiedades del análisis clásico. El poder dominante, contaminando lo imaginal con lo impulsivo, es un niño monstruoso a quien hemos estado abandonando durante siglos. De modo que, cuando el grito dice “L' imagination au pouvoir” no debiéramos sentirnos defraudados de que se haya liberado un monstruo, de que la revolución devenga absurdo pueril, obscena, escatológica, polimórficamente perversa. La imaginación al poder es el niño al poder, porque la consciencia occidental con sus extravagancias unilaterales de voluntad y razón a expensas de memoria ha abandonado el mundus imaginalis al niño. La fantasía de la Independencia “El niño significa algo que evoluciona hacia la independencia. Esto no puede hacerlo”, continúa Jung, “sin desapegarse de sus orígenes; el abandono es por tanto una condición necesaria, no sólo un síntoma concomitante” (CW 9.1: 287) El niño es abandonado a fin de revelar su independencia. A partir de los sentimientos de aislamiento y de rechazo surge una fantasía de independencia. Hay una semejanza de metáforas, como otros han notado, entre la entelequia de Aristóteles, la mónada de Leibniz y el sí-mismo (self) de Jung del cual el niño es una imagen primaria. (CW 9.1: 270, 278). Entelequia, mónada y sí-mismo (self) coinciden en esta fantasía de independencia: entelequia auto-substancial en el curso de su actualización y la mismísima mónada sin ventanas única para sí misma diferente de todas las demás, ambas están recapituladas en el self de Jung de la individuación que se desarrolla mediante las tensiones de opuestos, como un árbol. Jung escribe: “Si un mandala puede describirse como un símbolo del self (sí-mismo) visto en sección cruzada, entonces el árbol representaría una visión de perfil de ello; el self (sí-mismo) descripto como un proceso de crecimiento” (CW 13: 304) El árbol es un símbolo estimado en la psicología profunda -el test del árbol, el análisis de las imágenes de árbol en las pinturas y dibujos clínicos, y el examen del árbol en el arte a fin de captar la personalidad del pintor. El árbol se adecua a nuestra noción de crecimiento de la personalidad, y en verdad aparece como una metáfora espontánea de la expansión imperceptible desde la semilla hacia la plenitud, en la que puede leerse la historia, los años secos y los húmedos, los golpes y las enfermedades, y la misma metáfora aporta raíces ancestrales, el movimiento vertical estirado entre el cielo y la tierra, ramas, frutos a sazón, poda. Y necesitamos estas metáforas para ubicar nuestras vidas y para ubicar los sentimientos de que algo más allá de mí lleva mi vida en un proceso natural que es únicamente mío, mi árbol de la vida. A su vez, es tarea de la psicología señalar qué más dicen estas metáforas, a fin de que la consciencia no se quede prisionera de sus propias imágenes favoritas. Una tarea de la psicología es traer reflexión arquetipal a sus propios sistemas, ideas, imágenes, para que, a diferencia de otras disciplinas, pueda aplicarse a sí misma, consciente de cuáles sombras emergen dentro de sus afirmaciones. Con respecto al árbol, su estilo de independencia puede dominar tanto nuestra conciencia que perdamos de vista que estamos siendo llevados por ella, puesto que no somos árboles, sino hombres, no vegetales, sino animales, no plantas arraigadas, sino seres ambulantes, no sólo cíclicos en nuestros ritmos, sino multifásicos con muchos procesos tomando lugar simultáneamente, a diferentes ritmos y en diferentes direcciones, y no siguiendo necesariamente una entelequia global. Si, por un lado, la fantasía del árbol afirma una independencia del self (sí-mismo) respecto del ego, la fantasía también afirma la independencia del self de los otros sujetos. Acentúa la separación, de modo que olvidamos que individuación y separatividad independiente no son sinónimos ni están necesariamente implicadas. La fantasía de la independencia regresa de nuevo en los "Siete Sermones a los Muertos” (1916) de Jung, donde el orador en el Sermón IV cuenta acerca de dos dioses-demonios; el Ardiente y el Maduro. El primero es Eros, el segundo el Árbol de la Vida; el primero “los liga a ambos”, el segundo llena el espacio con formas corporales, creciendo con “lento y constante aumento”. “En su divinidad” dice el orador “permanecen opuestos la vida y el amor”. La vida y el amor están opuestos siempre que la vida se representa por el árbol (CW 13; 459) que crece solo; su habitat, como escribe Jung (CW 13: 406), es una montaña o una isla, o crece directamente a partir del agua del mar, sobre una roca, o se extiende a partir de un parte del cuerpo humano, cabeza o estómago (CW 12, figs. 131, 135). Los dibujos clínicos del árbol muestran la misma independencia que la imaginería alquímica descrita por Jung. Evidentemente el crecimiento lento y constante del árbol, que representa la personalidad en su proceso de individuación (CW 13: 350), ya individualizado in nuce por su “naturaleza” particular, leal, memorable, solo, es un proceso de independencia. El árbol es el niño en el que el abandono se ha vuelto la semilla apartada. Notad que este árbol no aparece en una comunidad, como un miembro de una arboleda, uno en un bosquecillo o un huerto, una parte de una selva. No vemos la selva por el árbol, y a menos que los árboles como Filemón y Baucis se unan por su “amor vegetal” y se junten por intervención milagrosa, el árbol en su independencia muestra un crecimiento donde vida y amor se oponen. Así podemos estimular nuestro crecimiento en una isla o una montaña, produciendo individuación a partir de cabezas o estómagos, o puede brotar directamente a partir del mar psicoide de nuestra emocionalidad mediante la concentración en el factor subjetivo, pero entonces lo hará a expensas del otro dios demonio Eros, que se vuelve así el Ardiente, febril por conectar aquello que está aislado y que ha de aislarse por esa misma metáfora que no tiene inherente en su fantasía la interdependencia de la conexión. Niño y árbol se asocian en mitologemas que los ponen juntos; el niño en el árbol, nacido de un árbol, escondido allí, o llevado a la muerte por el árbol; al dar al árbol un significado maternal, el asunto ha sido dejado allí. Aunque el niño pueda abandonarse, nunca está solo; el niño no representa un sujeto solitario, sino una condición psíquica de carencia, y cuidada por animales, nodrizas, padres adoptivos. Puede crecer, como dice Jung, hacia la independencia, y ser así latentemente heroico, como el árbol, un solitario pre-determinado en la semilla, pero su esencia es dependiente. Para el árbol es fundamental estar arraigado en su destino y crecer a partir de él, y sólo en una dirección -el árbol nunca regresa; pero el niño es regresión; no puede hacer nada solo, debe ser protegido, regado, cuidado. Así cuando estamos en la fantasía de la independencia también secretamente estamos en la fantasía de la dependencia, que proyecta la independencia como una meta, aquello hacia lo cual estamos evolucionando. Además, cuando estamos en la fantasía de la independencia, la dependencia parece inconmensurable, un opuesto contradictorio, aquello que debe ser dejado atrás, a fin de que el niño sea continuamente abandonado, lo que a su vez constela un Ardiente aún más fuerte y una dependencia aún más compulsiva de Eros. Liberarse de este ciclo significaría abandonar el árbol de la independencia como nuestro modelo de sí-mismo (self) a fin de imaginar la dependencia mediante otras metáforas. Por ejemplo, independencia podría significar la ampliación de las áreas de dependencia, la sensibilidad hacia las propias necesidades de ayuda y de séquito, de un bosque de camaradas en participación simbiótica, de intercambio y fertilización cruzada, donde la vida y el amor ya no están necesariamente opuestos. La Fantasía del Crecimiento Karen Horney en su principal libro póstumo Neurosis y Crecimiento Humano (Londres, 1951) habla del trabajo de la psicoterapia como dando “una oportunidad de crecer a las fuerzas constructivas del sujeto real” (p. 348). La integridad de la salud psíquica se construye sobre su “moralidad de evolución”, una creencia en que “inherente en el hombre hay fuerzas constructivas evolucionarias, que le impulsan a realizar sus potencialidades dadas”. (p.15) Estos no son sino tres ejemplos señalados. La fantasía del crecimiento es fácilmente atractiva para el niño: todo lo que es puede llegar a ser otra cosa, transformable mediante un proceso “natural” de aumento y de acuerdo con el desarrollo “natural” de modelos innatos básicos. La personalidad no se concibe en pecado original, sino en bondad, no en privatio boni que requiere el bautismo, sino en salud y plenitud a priori. No debemos sino adecuarnos al plan básico de nuestro ser individual y crecer a partir de allí. Enfermedad, perversión, locura, mal -estos son sólo fenómenos secundarios del crecimiento, lagunas, o fijaciones en el proceso de crecimiento, que es lo primario. El realismo precavido de Jung respecto a la sombra en todos los acontecimientos psíquicos, incluída la plenitud, y el pesimismo de Freud reflejado en su hipótesis de Thanatos han sido aplastados bajo el misil del entusiasmo terapéutico, que no es sino el recrudecimiento de la esperanza mesiánica que ya no encuentra sitio en la religión. La psicología no advierte que sus construcciones e interpretaciones se han vuelto expresiones dogmáticas de una fantasía, de modo que la psicología ya no puede reflejar la psique real en condiciones que no indican esperanza ni crecimiento, y que no son ni naturales ni plenas. Sorprendentemente, la psicología se vuelve al niño a fin de entender al adulto, culpando a los adultos por no ser demasiado niños o por llevar demasiados residuos del niño aún en la adultez. El pensamiento de la psicoterapia y de la psicología de la personalidad ha caído cautivo del arquetipo del niño y su fantasía del crecimiento. El pensamiento psicológico se vuelve deliberadamente aniñado. Continúa la fantasía de la expansión creativa, ampliación, ensanchamiento, tan esencial para el temperamento del romanticismo, desacuerdo a Georges Poulet. Esta fantasía es difícil de conciliar con ese sentimiento de decadencia en nuestra civilización y con nuestras experiencias subjetivas de especialización cada vez más precisa, limitación y depresión. La fantasía de crecimiento de la psicología parece un curioso residuo de la fascinación colonial, industrial y económica del comienzo del siglo veinte por el aumento: mientras más, mejor. Poco sorprende que en cierto momento de nuestras vidas sintamos que estamos hartos de la psicología, nos sentimos incapaces de tolerar otra explicación psicológica, puesto que todo es demasiado simple, demasiado ingenuo, demasiado optimista. En cierto momento escuchamos al niño hablar a través de nuestras palabras psicológicas, y esta única perspectiva arquetipal resulta inadecuada para la complejidad de nuestras almas. Además, el infantilismo no es apreciado en sí por la fantasía del crecimiento, que abandona al niño con una idea nada sofisticada de crecer. El crecimiento, como la evolución y el desarrollo, o como cualquiera de los términos grávidos con los que opera la psicología -inconsciente, alma, self- es una expresión simbólica, emocionalmente cargada, evocativa más que descriptiva, generalmente exhortatoria más que particularmente precisa. Hemos confundido la categoría general del movimiento con una de sus variedades, el crecimiento, de modo que todos los movimientos y cambios se vuelven testimonios de crecimiento. Llamamos “crecimiento” a la adaptación, e incluso el sufrimiento y el duelo son partes del “crecer”. Se nos compele, no, se nos exige, que “continuemos creciendo” de un modo u otro directamente hasta el ataúd.
Estas ideas interconectadas forman parte de lo que George Boas en su magistral ensayo crítico ha explorado como “El Culto a la Niñez”, un título que no significa nada menos que la obediencia al arquetipo del niño en nuestra moderna cultura occidental. Aún hay más en ello; además de los seis componente que he intentado separar dentro de la fantasía del crecimiento, hay también una idea subyacente de que crecimiento es igual a salud. Dejar de crecer es estar fijado, estancado, neurótico. Además la decadencia, que ciertamente forma parte de los modelos menos ingenuos de crecimiento, es aparentemente olvidada por la psicología. Lo que aquí aparece como mi simplificación simplemente refleja las simplificaciones de las teorías psicológicas. Pero la idea de crecimiento podría separase de la versión del niño y entonces podría ser menos simplificada. La psicología podría adoptar un análisis más sofisticado del crecimiento en términos de cambio de forma, tal como lo discute L. L. Whyte y lo presenta Adolf Portmann en muchas sutiles discusiones al respecto, aquí en Eranos. Entonces podríamos imaginar el crecimiento menos como un aumento y un desarrollo linear, y más como cambios de modelos de significación e imaginería. La precisión de esta imaginería surge en respuesta a los aspectos vacíos no formados de la psique. Sus lagunas y vacíos (increatum) proporcionan el fondo “negativo” -como las áreas vacías en los modelos de hojas aportan las características de las formas de las hojas emergentes en la morfología de Goethe. La significación psicológica “crece” a partir de las áreas negativas, absurdas, de nuestro sufrimiento. La significación acaece en relación con la psicopatía; encontramos significado cuando el sinsentido absurdo e insignificante de nuestros complejos asume una forma cambiada. Los cambios son formales. La completitud implicaría entonces menos una integración de partes en una unidad, tal como en la fantasía ingenua del crecimiento, pero una mayor discriminación de modelos y de libertad en sus cambios. Tenemos que tener la claridad de no culpar a la biología por la metáfora ingenua del crecimiento. Sus orígenes preceden a su aparición en la biología. Ideas tales como “la infancia de la especie”, evolución y recapitulación por ontegénesis o filogénesis, indican que esta fantasía arquetipal probablemente desempeñó su parte en la formación de ideas básicas de la biología, la antropología y la lingüística del siglo XIX. (Mucho trabajo debiera hacerse a fin de descubrir los modelos arquetipales en la formación de estas ideas). En psicología muchas imágenes del crecimiento se toman por supuesto del lenguaje del naturalista. Froebel, hablando de la educación de los niños, conjura el florecimiento de las flores, los patos dirigiéndose al agua, gallinas rasguñándose en un estadio dado. Erikson entiende el crecimiento psicológico mediante modelos del “crecimiento de organismos” a partir de un “plan fundamental”. Gesell compara el crecimiento de la mente al de las plantas; Koffka tituló a su obra principal en psicología Gestalt (que tanto acentúa la totalidad) “El Crecimiento de la Mente”. Piaget encuentra que se puede dar mejor cuenta de la inteligencia mediante una metáfora del desarrollo. La inteligencia sigue leyes de maduración inherente, produciendo progresivamente estadios más estables de adaptación. Nos movemos a través de estadios más pequeños y períodos más amplios, y cada estadio y período proveen los fundamentos para el siguiente. Por dentro y por debajo yace la “naturaleza”, el determinante que rige el crecimiento. Para expresar la fantasía en el lenguaje de la psicología arquetipal: los arquetipos del niño como crecimiento y su madre, la naturaleza, rigen la visión principal que del ser humano tiene la psicología. La idea de naturaleza mistifica además la imprecisión, pues es una idea tan rica, tan variada, tan simbólica, que se han distinguido más de sesenta connotaciones conceptuales diferentes. Merecería toda una conferencia en Eranos, o acaso varias, este tema complejo de la salud, la naturaleza, y el crecimiento; afortunadamente nuestra parte consiste sólo en unas pocas reflexiones sobre la fantasía en relación con el niño. Tal como Jung y Freud indicaron de diversas maneras, la discusión del niño siempre nos involucra con ideas de crecimiento, el niño real presenta más vivamente un modelo donde todas las ideas -expansión, diferenciación, mejora, maduración y espontaneidad- coinciden. El niño se vuelve más grande y mejor y más capaz “naturalmente”. Pero en estas observaciones que se han elaborado como normas precisas para las edades de la niñez por Erikson, Koffka, Maslow, Piaget y Gesell se descuida al niño estático. Pues el arquetipo del niño no crece, sino que permanece como un habitante de la infancia, un estado del ser, y el niño arquetipal personifica un componente que no tiene que crecer sino que ha de permanecer tal como es, un niño, en los umbrales, intacto, una imagen de ciertas realidades fundamentales que necesariamente requieren la metáfora del niño y que no se pueden presentar de otra manera. El Niño Zeus y el Niño Dionisos y el Niño Hermes no crecen, como lo hacen por ejemplo Teseo o Moisés. El niño es uno de los rostros -no estadios- del dios, uno de sus modos de ser, de revelar su naturaleza. No es cuestión en estas imágenes del niño de una mejora moral, de unaumento o de diferenciación mediante procesos de desarrollo, a menos que empleemos el hombre y su infancia como medida para los acontecimientos arquetipales. Aunque estos dioses cumplen algunos de los esquemas de abandono, no dejan detrás la dependencia a fin de volverse dioses “maduros”. Suyo es eternamente el rostro del niño, y si somos creados a imagen de lo divino, tal rostro del niño en nosotros es estático, eterno, incapaz de crecer. Acaso ahora hablo de varones, y de la imagen de acuerdo a la cual somos hechos puesto que curiosamente no tenemos imágenes comparables de una Niña Atenea, una Niña Afrodita, una Niña Hera o Demeter. Al favorecer esta idea del niño que no ha de crecer, podríamos imaginar el abandono del niño y su necesidad de salvación como un estado continuo, una necesidad estática que no evoluciona hacia la independencia, no evoluciona en absoluto, sino que permanece como un requerimiento de la persona madura y completa. Picasso dice a punto: “El cambio no significa desarrollo”. “Cuando oigo cómo habla la gente del desarrollo del artista, me parece como si estuvieran viendo al arista entre dos espejos opuesto que estuvieran reflejando interminablemente su imagen, y como si vieran la serie de imágenes en un espejo como su pasado y las imágenes en el otro como su futuro, mientras que supuestamente él mismo representara su presente. No se dan cuenta de que todas son la mismas imágenes pero en niveles diferentes”. “Me sorprende el modo en que la gente abusa de la palabra desarrollo. Yo no me desarrollo; yo soy”. Y finalmente, respecto al abandono, Picasso dice, “Nada puede producirse sin soledad. He creado una soledad para mí que nadie puede imaginar”. La fantasía de los orígenes Siempre habrá inquietud cuando uno trata -como lo hacen las disciplinas de investigación académicas (Geisteswissenchaften)- con las profundidades de la naturaleza humana, porque estas profundidades siempre permanecen como cuestiones abiertas. Los a priori de la ley, el lenguaje, la religión y la sociedad son difíciles de descubrir no sólo porque están “enterrados en el pasado”. Debido a que estos campos despliegan el espíritu humano, permanecen enigmáticos por principio, y sus enigmas originan el asombro filosófico -y la ansiedad psicológica. Creer que podemos rastrear los fenómenos de estas disciplinas hasta una fuente no sólo no resuelve el problema sino que genera ansiedad. El hecho de que la fuente última está en el factor subjetivo, en el enigma del espíritu humano, se ve disfrazado por la fantasía de los orígenes objetivos. El reduccionismo de lo último a lo primero, y de lo complejo a lo simple, no sólo presupone una fantasía de crecimiento o de evolución, sino que este mismo proceso mental de reduccionismo parece volverse cada vez menos exigente a medida que se aproxima a su meta: una explicación en términos de los orígenes. Tan fácilmente se satisface el reduccionismo. Su contento con explicaciones ingenuas de problemas altamente complejos, por ejemplo, su idea poco sofisticada de causalidad, indica que hay un factor subjetivo que está influenciando la racionalidad objetiva de la hipótesis. No debiéramos dejar sin observar esta curiosidad psicológica. La sofisticación, e incluso inteligencia, de los académicos cede a medida que se mueve desde la complejidad inmediata de un problema dado hacia un recuento de sus orígenes remotos. Su fantasía muestra que, en su búsqueda de los orígenes, son empujados por el arquetipo del niño. A medida que se mueven de lo conocido a lo desconocido, con pruebas cada vez más tenues, parecen perder de vista que una hipótesis es verdaderamente hipotética, una suposición, una conjetura acerca de lo desconocido que yace detrás de lo conocido, y que se han movido de un nivel de discusión a otro adonde la fantasía desempeña un papel más destacado. De modo que se vuelven como el niño descrito en Platón (La República, 378d) que “no puede juzgar qué es alegórico y qué es literal”. La investigación llega a un alto cuando ha formulado una fantasía de los comienzos mediante una hipótesis de los orígenes, cuando una alegoría puede presentarse como una realidad literal. Puesto que la dominante de los comienzos gobierna la investigación, el verdadero origen buscado es el arquetipo del niño, y el estímulo real de la empresa es el niño perdido. Bajo la influencia de este arquetipo, la investigación psicológicamente es ella misma una alegoría: la búsqueda de una niñez imaginaria, sea del lenguaje, de la humanidad, de la neurosis, supuestamente enterrada en una condición previa, ya sea en los primitivos, en los mitos, las excavaciones arqueológicas, las estructuras mentales subconscientes, o las raíces silábicas. Puesto que estos orígenes son imaginarios, también podríamos decir que los orígenes yacen en lo imaginal, implicando que los comienzos de cualquier cuestión humana profunda formulada en una disciplina académica, institucional, yacen en el mundus imaginalis. Este proporciona el trasfondo arquetipal o causa formalis del tema investigado. De aquí que la investigación sólo se satisface cuando alcanza una reconstrucción extensivamente fantástica de los comienzos, ya sea en la prehistoria del individuo o de un campo. Cuando se alcanza lo imaginal, se satisface el impulso arquetipal en la investigación. La ansiedad se apacigua. El niño, por así decir, ha vuelto a casa.
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