El título de este libro, “La Tecnología y el Alma” une dos términos que son como la tiza y el queso. ¿No es acaso la tecnología lo opuesto mismo del alma, es decir absolutamente desalmada, fría, abstracta, el resultado de las maquinaciones del ego? Puesto que este libro difícilmente puede tener el propósito de provocar una complexio oppositorum, algo que no puede hacerse mediante la reflexión teórica y un conjunto de ensayos, el “y” entre los dos términos requiere alguna explicación.
El primer volumen de esta colección de artículos se ocupaba principalmente
de la constitución y la reflexión autocrítica de la psicología,
para así decirlo, de la psicología como “sujeto” y
tema. El volumen presente reune artículos dedicados a la interpretación
psicológica de ciertos fenómenos en el mundo (cosas tecnológicas),
de modo que podríamos decir que, en lugar de enfocar en la psicología
misma y mediante ello re-flexionar (recordar), nuestra orientación predominante
ahora va hacia adelante, y nos concentramos específicamente en los objetos
(el tema básico) de la psicología. Pero ¿cuál es
el objeto de la psicología? Una respuesta simple podría ser que "psicología
significa la ciencia del alma. La psicología profunda, por tanto, no
puede significar sino la ciencia de las capaz profundas del alma" (1.
Alfred Brauchle, Von
der Macht des Unbewussten. Tiefenpsychologie -Stuttgart; Reclam, 1949-
p. 5) Naturalmente, esto es correcto, pero no nos dice mucho. Todo lo que hemos
logrado respecto al término “objeto” es un nombre para este
objeto. Pero aún sigue en la oscuridad qué sea concretamente
este objeto y dónde buscarlo. Si no nos contentamos con esta información
muy general y más o menos tautológica, e insistimos en una respuesta
concreta, descriptiva, topamos con una gran dificultad debida a un prejuicio
histórico. Este prejuicio puede llamarse la falacia antropológica.
Explicaré lo que significa considerando los diferentes mensajes que
pueden obtenerse de la psicología de C. G. Jung.
La falacia antropológica
Cuando se estudia a Jung se advierte una concepción de la psique
como estructura ordenada que puede presentarse en las formas geométricas
de círculos
concéntricos (el ego, como centro, rodeado primeramente por el
reino de la conciencia, luego el de lo inconsciente personal y finalmente
el del inconsciente colectivo), o de un cono (con diferentes niveles,
siendo el del inconsciente colectivo el más profundo, mientras
que la punta del cono representaría el ego), así como en
la forma de figuras personalizadas (ego, persona, sombra, anima/animus,
sí-mismo o Self). Con esta concepción encaja también
prolijamente la tipología psicológica de Jung, con su representación
en forma de brújula de las cuatro funciones de orientación
(pensamiento, sentimiento, intuición y percepción/sensación).
Lo decisivo en esta concepción es que parte de la persona humana,
de modo que el ser humano resulta ser la vasija o el contenedor del alma
y es por ello también el horizonte de la psicología. Una
psicología basada en esta fantasía opera necesariamente
con la división entre hombre y mundo, sujeto y objeto, interior
y exterior, psicología y física, y sólo se siente
habilitada para una sola mitad de este todo dividido. El hecho de que
la psicología pertenece sólo a un lado se manifiesta por
ejemplo en el concepto de “extraversión” y en el método
de interpretación de sueños en el “plano del objeto”.
Aquí la psicología va hacia dentro de la persona humana,
y por ello hablo de una falacia antropológica. Esta falacia no
sólo es propia del primer Jung, sino que es una idea convencional
aceptada generalmente acerca de la psicología desde que existe
como disciplina científica con ese nombre, una idea que parece
tan natural, tan evidente, que no se consideró que necesitara
justificación.
En la psicología profunda esta falacia antropológica tuvo
la consecuencia práctica de empujar al individuo a que se volviera
hacia el interior y, en el caso del análisis junguiano, a que
desarrollara su self y buscara su completitud. No sólo
el “proceso de individuación” sino el inexorable acento
de Jung en el individuo como “medida de todas las cosas” (OC
10 § 523) y “contrapeso que inclina la balanza” (§ 586)
acentuaron esta concentración sobre la persona. Es cierto que
Jung con frecuencia insistió en que la “individuación” y
su enfoque psicológico en general no excluían el mundo,
antes bien: lo incluían. Pero tal afirmación semántica
no puede deshacer la estructura subyacente o sintaxis de este pensamiento,
es decir: que irrevocablemente parte de un ser humano que tiene el mundo
(la “realidad externa”) afuera y enfrente suyo. Incluso la “sincronicidad”,
como coincidencia significativa de un acontecimiento interno y un acontecimiento
externo, sigue teniendo aún como base la concepción antropológica
de la psicología, y confirma esta colocación antropológica
justamente porque intenta superar la oposición entre psicología
y física, y en la dirección de la idea de unus
mundus.
Una consecuencia muy seria de este punto de vista metodológico
es que el alma queda relegada lógicamente a un segundo puesto,
por mucho que se le dé prioridad semánticamente y emocionalmente.
Aquí el ser humano sigue siendo el substrato o la substancia real,
y la psique es meramente uno de los atributos o propiedades de este sustrato.
Pero el ser humano en tanto que personalidad subyacente no es en sí mismo
tema de la psicología, sino que yace fuera (sub) del
campo de visión de la psicología. El tema de la psicología
es el alma, es la vida psíquica (que, empero, con frecuencia se
manifiesta en la gente). En el momento en que la vida psíquica
se define como la vida de la personalidad subyacente, la psicología
queda reducida a la tarea de explorar algo (propiamente la vida psíquica)
cuya realidad substancial real (es decir, el ser humano) se pre-supone
como fuera (“pre-”) de sus propios límites
de competencia y responsabilidad. Este tipo de lógica se ve muy
claramente cuando Freud, por ejemplo, se refiere al “lecho de roca
de lo biológico” en
el cual llegaría a su fin natural,
según su visión, la actividad del psicólogo.
Es como la situación del médico
en la China tradicional, cuando tenía que tratar a una dama de
la alta sociedad. Se esperaba que la curara sin poder examinarla personalmente,
sino que tenía que trabajar a través de su doncella como
mediadora. Incluso este ejemplo es demasiado inofensivo, en tanto que
el médico contaba yacon esta mediadora; todavía tenía
al menos un acceso real, si bien indirecto, al paciente efectivo. La
situación
de la psicología bajo el prejuicio antropológico debiera
compararse mejor a la de los médicos que tenían que tratar
la peste en un tiempo en que sólo veían sus síntomas
y efectos (“atributos”) sin conocer ni tener acceso a lo
patógeno (“substancia”).
La psique objetiva
Pero este modo personalista de pensar es sólo una variante de
la psicología de Jung. También hay en su obra un segundo
modo muy diverso de pensamiento, que deja atrás la falacia antropológica
o personalista, y que se expresa ante todo en la idea de la psique
objetiva.
Si llevamos a cuestas la idea convencional ya descrita de “psique”,
tendríamos que decir que “la psique objetiva” es una
contradicción en los términos. Aquello que según
la falacia antropológica se define como perteneciendo al lado
subjetivo de la escisión sujeto-objeto, se define ahora
como objetivo. Esto no significa que meramente cambien los lados a fin
de que la división estructural entre sujeto y objeto permanezca
intacta, sólo que invertida. Al contrario, lo que esta idea sugiere
es una especie de unión de los opuestos, o mejor aún: una
autocontradicción dialéctica, que supera y derrota a la
lógica
de la oposición tajante entre sujeto y objeto, ser humano y mundo.
Es cierto que se pueden encontrar pasajes en Jung donde esta concepción
realmente revolucionaria se subsume y se retrotrae al esquema anterior,
sobre todo el esquema del sujeto que se individúa, y así se
ve desprovista del mismo carácter revolucionario que la distingue,
y termina prevaleciendo la falacia antropológica. En especial,
la idea de proyección fue decisiva para deslavazar la
idea de la psique objetiva al volver a amarrar los contenidos de los
procesos psíquicos al sujeto humano y a su “inconsciente”.
Esto se ve en la interpretación que hace Jung de los alquimistas
como experimentando contenidos del alma en las sustancias químicas “como
si fueran cualidades de la materia”, en tanto que proyección
inconsciente de los alquimistas de contenidos de su inconsciente sobre
la realidad química; tal interpretación confirma así una
vez más la división interior-exterior, sujeto-objeto. Es
verdad que esos contenidos no pueden concebirse como cualidades de la
materia en el sentido de positividad fáctica (de hechos positivos).
Pero esto no requiere de ningún modo que nos refugiemos en el
concepto de una proyección desde dentro nuestro hacia lo que hay
afuera. También sería posible decir que los contenidos
eran en verdad propiedades de la materia, pero de la materia concebida
poéticamente, donde tanto estas cualidades como la materia misma
son absolutamente negativas o simbólicas, como lo son
en la terapia de la caja de arena. La idea de “proyección” tiende
a fijar la interpretación moderna del mundo material como hecho
positivo así como la visión de que esta positividad es
la sola y única forma de verdad, cuyo opuesto es imaginación
meramente subjetiva: física versus psicología.
Pero aunque Jung no pudo resolver la lucha entre estas dos posiciones
tan diferentes, hay muchos ejemplos donde se advierte que la comprensión
revolucionaria del alma como “psique objetiva” conformaba
el enfoque real que Jung tenía de los fenómenos psicológicos.
El mismo título
de su primer obra importante, Transformaciones
y Símbolos de la
Libido, sugiere que intuitivamente ya estaba en acción la
idea de la psique objetiva. El sujeto humano no juega ningún papel
en la fantasía que subyace a este título, simplemente está fuera
de consideración. Este título promete una discusión
sobre el auto-despliegue de una realidad psíquica objetiva, la
llamada libido, fuera de cualquier referencia a un sujeto humano como
personalidad subyacente. Es la “libido” en cuanto tal lo
que pasa por el proceso de sus transformaciones y se expresa en simbolizaciones
correspondientes a los respectivos estadios alcanzados en ese proceso.
La “libido” es aquí el sujeto autosuficiente o la “substancia” cuyo
auto-despliegue y auto-representaciones se tenían que tratar en el libro.
Podemos incluso ir más atrás de esta obra temprana hasta
los aún más tempranos estudios psiquiátricos de
Jung, como “El
Contenido de la Psicosis” (una forma de expresión que
más tarde hallará paralelo en la manera de Jung de referirse
al “contenido de la neurosis”) para ver que ya está en
acción una forma temprana del interés en una concepción “objetiva” de
la enfermedad psíquica. De acuerdo con esta manera de expresarlo,
la psicosis no se concibe en términos de la persona que la padece.
El interés por el “contenido de la psicosis” procede
de la visión de que la psicosis es un fenómeno auto-suficiente
que tiene algo que decir. Habla. Es acerca de algo. Tiene un tema importante.
Y como tal es su propio sujeto, no tan sólo la condición
posible (“atributo”) de un pobre paciente (“substancia”)
El pensamiento que se piensa a sí mismo
Igualmente, cuando Jung discute el tema del desmembramiento en la visión de Zósimos, la cuestión está en ver de qué trata el “desmembramiento”, cuál es su “contenido” o su enunciado. A Jung no le interesa qué significa esa visión en el contexto de la vida de Zósimos, o por qué el motivo ha aparecido en esta obra ni tampoco lo que Zósimos pensaba o sentía al respecto. La preocupación psicológica de Jung es por la auto-explicación del contenido de este fenómeno en tanto que es su propia realidad substancial o sujeto y tema. En el mismo espíritu, el estudio de Jung de la psicología de la Trinidad (y la cuaternidad) opera sin referencia a la gente que podría haber estado interesada en la Trinidad. Lo que cuenta no es lo que la gente piensa o siente acerca de la Trinidad, ni porqué se les ocurre tal idea. Lo único de interés psicológico real en esta contexto es lo que (la idea o el motivo de) la Trinidad piensa ella
misma. En tanto que comprometida con la idea de la psique objetiva, la psicología estudia lo que piensan los mismos fenómenos psíquicos; piensa las ideas cuyo pensamiento son estos mismos fenómenos.
En los síntomas y en los símbolos se piensan ideas. Las
enfermedades psicológicas, por ejemplo, son el pensamiento de
ideas particulares, ya sea ese pensamiento acabado y detallado en actitudes
mentales, o en la conducta o incluso en el cuerpo de la persona. Pero
la cuestión es que los pensamientos en juego no son pensamientos
de la persona. La persona no hace estos pensamientos. Son los mismos
pensamientos los que se piensan a sí mismos, una especie de noésis
noéseos (el pensamiento
que se piensa a sí mismo, en la expresión de Aristóteles
en su Metafísica), que utiliza al ser humano como sitio
o escenario en el cual este pensarse a sí mismo pueda tomar lugar
en la realidad y como una realidad. Si fuera de otro modo, si fuese la
persona quien estuviera haciendo este pensar, no sería una enfermedad
psicológica sino, en la variante negativa de esta posibilidad,
sólo algo así como la necedad o tontería o estupidez
de la persona (y en la variante positiva sería alguna intuición
o descubrimiento).
Hay también otros ejemplos de esta idea de la psique objetiva en acción en el estudio de Jung sobre la Misa Católica (en el cual podríamos decir nuevamente que la cuestión es qué piensa la misa, cuál es la idea que se piensa a sí misma en el ritual de la misa) y su estudio de la “psicología de la transferencia”. El particularmente significativa la concepción no-personalista que tiene Jung de la transferencia, puesto que la transferencia pareciera promover un enfoque personalista que se concentre en la interacción, ideas, emociones de las dos personas en la sala de consulta. Pero una psicología objetiva en el sentido indicado no se interesa en lo que las personas piensan o sienten. Estudia lo que piensa el mismo fenómeno objetivo de la transferencia. Jung intenta desarrollar ésto con auxilio de una serie de imágenes alquímicas (aunque puede advertirse en esta obra particular de Jung que, pese a su enfoque verdaderamente psicológico-objetivo, en su discusión siente una y otra vez la necesidad de volver a la sala de consulta, adonde su pensamiento inevitablemente recae en un estilo más
personalista)
En estos ejemplos puede verse la idea de la psique objetiva
en acción. Pero Jung también dio expresión explícita al principio del enfoque de una psicología objetiva. Afirmó por ejemplo que “podemos tratar los cuentos de hadas como productos de la fantasía, como sueños, concibiéndolos como enunciados espontáneos del inconsciente acerca de sí mismo” (OC 13 § 240). De modo semejante, en OC 9i § 400 leemos que “En los mitos y en los cuentos de hadas, así como en los sueños, el alma habla acerca de sí misma, y los arquetipos se revelan en su interacción natural, como ´formación, transformación, la eterna recreación de la Mente eterna´”. El alma habla acerca
de sí misma. No habla acerca de nosotros, ni acerca de nuestras ideas y sentimientos. El ser humano en el que tal habla ocurre y sale a la superficie está sencillamente fuera de esta ecuación.
Por supuesto, cuando Jung en una frase habla de “los enunciados del
inconsciente sobre sí mismo” y en otra del “alma” que ”habla
sobre sí misma” aún se podría tratar de rescatar
la idea de un sujeto o substrato detrás de este discurso: el misterioso
inconsciente o el alma como un agente o mente maestra por detrás
del escenario. Pero la frase siguiente de la segunda cita hace ya imposible
tal interpretación Porque ahora se nos dice que son “los
arquetipos” los que se revelan en su interacción natural,
es decir, los contenidos siempre particulares de cada decir concreto
o los pensamientos que en cada caso concreto “se piensan acabadamente
a sí mismos”, ellos mismos son aquello que se despliega
y se desarrolla, y se deletrea y explicita.
No debiéramos leer una frase como aquella sobre el alma que habla
acerca de sí misma, como si fuera una especie de afirmación “meta-física” u
ontológica. Podemos y debiéramos leerla como un principio
metodológico, de acuerdo con la formulación de la primera
de las dos citas de Jung, “podemos tratar los cuentos de hadas
como... concibiéndolos como...”. Así es como debemos
tratar y concebir los fenómenos psíquicos, si queremos
acercarnos a ellos con un estilo verdaderamente psicológico, es
decir, desde el punto de vista de una psicología “con alma”.
Si este es nuestro objetivo, entonces no podemos permitirnos preservar
la idea de una personalidad subyacente o un substrato personal. Cada
fenómeno
psíquico
tiene que verse como hablando sobre sí mismo, o sea que hay que
devolverlo (retornarlo) a sí mismo, o abarcarlo metodológicamente
dentro de sí mismo, a fin de que se vuelva para nosotros un ouroboros,
un “devorador de su propia cola, del que se dice que se genera,
se mata y se devora a sí mismo” (OC 16§ 454). Tenemos
que concebirlo como suficiente y autocontenido. El fenómeno psicológico
tiene la estructura circular de la auto-reflexión y auto-expresión
en lugar de la estructura linear de algo que tiene un referente externo
o un otro (tal como la personalidad subyacente o substrato) del cual
sería
la expresión. En la medida en que explícita o inadvertidamente
su-ponemos una personalidad subyacente como fundamento de un fenómeno,
el fenómeno psíquico tendrá lógicamente su
propio fundamento fuera de sí, es decir, estará en el estatus
de la exterioridad.
Una psicología definida verdaderamente como disciplina de la interioridad sólo puede admitir un enfoque metodológico que conceda y garantice autosuficiencia ourobórica al fenómeno e incluso lo considere como teniendo su fundamento en sí mismo.
La Via Regia
Al profesar la noción de la psique objetiva en el sentido de una concepción ourobórica del fenómeno psicológico, y al rechazar una psicología basada en el prejuicio antropológico, se ha resuelto la gran dificultad que al comenzar indiqué que emergía ante nosotros. Pero ahora aparece otro dilema. Una cuestión es el enfoque metodológico consistente en concebir cada fenómeno como ourobóricamente autocontenido. Otra cuestión muy diferente es saber para cuáles fenómenos es legítimo y significativo tal enfoque. ¿Hay rasgos particulares que deba tener un fenómeno para ser elegible en primer lugar para un enfoque psicológico? ¿Qué características hacen de un fenómeno que sea fenómeno psíquico? ¿Hay fenómenos que, en tanto fenómenos psíquicos, estén aparte del resto de los fenómenos, en tanto que fenómenos no-psíquicos?
Cuando Jung dice que “podemos tratar los cuentos de hadas como productos de la fantasía, como sueños...” y “En los mitos y cuentos de hadas, así como en los sueños, el alma habla sobre sí misma...” podría ocurrir la idea de que “el alma habla” sólo en ciertos fenómenos o en ciertas áreas privilegiadas de la vida, es decir particularmente en los mitos, los cuentos de hadas y los sueños, a los cuales podría añadirse los símbolos, las imágenes arquetípicas, los rituales, los dogmas religiosos, las visiones, ensueños, fantasías y ejemplos de la imaginación activa, los dibujos de la caja de arena, las imágenes del inconsciente y cosas por el estilo. Este privilegiar cierto grupos de fenómenos o áreas de fenómenos es lo que verdaderamente determina al pensamiento así como a la práctica efectiva de la psicología profunda convencional en la tradición junguiana.
Y esto va de la mano con la exclusión de otras áreas y fenómenos de la vida cultural, que entonces no serían elegibles por principio para un estudio psicológico. La lista de estas áreas incluye la vida económica (tal como el desarrollo del capitalismo, la emergencia del mercado de valores y la bolsa, los grandes negocios), la tecnología y la industria, la historia política y militar, la organización de la sociedad y los cambios en la vida social, y el pensamiento filosófico riguroso. Las razones para esta exclusión no son las mismas, aunque tienen una base común. La teoría filosófica se considera obra del intelecto abstracto y no del alma. La vida social y económica, así como gran parte de la política se considera perteneciente a la esfera de la consciencia colectiva. La tecnología y la industria parecen aún más alejadas del alma por cuanto se consideran como hechos crudos y positivos de la realidad material. Si la esfera económica recibe alguna atención psicológica es, salvo raras excepciones, sólo mediante conceptos subjetivistas y moralistas, conceptos tales como la hybris de la gente (por ejemplo al ignorar los límites de los recursos de la Tierra, o la megalomanía de la globalización) o desde el punto de vista de la patología personal (por ejemplo el fenómeno del consumo compulsivo). Del mismo modo, la política sólo se percibe en psicología, la rara vez que se la reconoce, de una manera ingenua y usualmente moralista, con conceptos tomados de la psicología personal, y en los casos en que tales conceptos personalistas parecen prestarse a ser transferidos a la esfera colectiva, como por ejemplo “la proyección de la sombra” sobre otras naciones o bloques políticos, con el resultado de que éstos se hinchan fuera de proporción en imágenes de un enemigo malo, absolutamente amenazante.
Lo que a esta altura emerge claramente es que tal escisión entre áreas en las que el alma se expresa y otras áreas que son consideradas como desprovistas de alma, cuando no directamente desalmadas, reaparece la antigua oposición de sujeto y objeto, interior y exterior. Todavía sigue operando. Y es esta oposición el criterio mismo por el que se hace una distinción entre lo que ha de ser psicológicamente relevante y lo que no. A pesar de nuestro claro compromiso con una psicología basada en la idea de la psique objetiva, esta oposición obviamente sigue informando la decisión acerca del tema de la psicología. Cuando por ejemplo se considera el sueño por (Freud así como por) Jung y la mayoría de quienes lo siguen como la via regia a “lo inconsciente”, es decir, al alma, vemos el extraño hecho de que en la misma área de una psicología objetiva se privilegie un fenómeno “interior”, privado, subjetivo- uno se ve casi tentado de decir: como el “retorno de lo reprimido”, aunque “reprimido” es la palabra inadecuada. La mano izquierda ignora aquí lo que hace la mano derecha. Aún no ha recibido la atención que se merece esta situación esquizofrénica (en un sentido coloquial) entre una posición decididamente “objetiva” cuando se trata por un lado de la concepción básica de la psique y de método general y, por el otro lado, de un subjetivismo e individualismo sin límites cuando se trata en el plano semántico de la elección de los fenómenos considerados realmente de primordial relevancia para la psicología.
De acuerdo con las ideas sobre los sueños que encontró en otras culturas, Jung distinguió entre los “grandes sueños” y los “pequeños sueños”, de los cuales podrían ser del primer tipo, por ejemplo, los sueños del brujo de una tribu, sueños que no tratan de la vida personal y de la experiencia interior, sino que se refieren al destino de todo el pueblo. Por contraste, los sueños pequeños son sólo de significación personal. Esta distinción supera la glorificación indiferenciada de los sueños en general como el acceso privilegiado al alma. Gracias a la distinción entre grandes sueños y pequeños sueños, podría abrirse una perspectiva totalmente diferente, porque es una distinción fundamental dentro de la noción misma del sueño. ¿Qué se está distinguiendo aquí? No entre dos “tamaños” literales de sueños, como tenemos dos tamaños diferentes de zapatos, sino que se distingue entre dos niveles fundamentalmente diferentes. Mientras que, salvo por el tamaño, no hay diferencia intrínseca entre zapatos grandes y pequeños, no son comparables el gran sueño y los pequeños sueños: son fenómenos de un orden completamente diferente.
¿Pero qué dice Jung acerca del gran sueño en una fecha tan tardía como 1960? “¿Qué es el gran Sueño? Consiste en los muchos sueños pequeños y los muchos actos de humildad y de sumisión a sus señales” (C. G. Jung, Letters 2, p. 591, a Sir Herbert Read, 2 de septiembre de 1960). Así el gran nivel totalmente distinto, que fue introducido por la distinción entre los dos tipos de sueños, se reduce otra vez al viejo nivel de los sueños vulgares. Se pierde así la oportunidad de diferenciar entre el opus
magnum y el opus parvum del alma.
Por mucho que disfruto al trabajar con sueños en mi práctica
terapéutica o en seminarios, no puedo aceptar la idea de que
el sueño sea la via regia al inconsciente (y
menos aún aceptar el cuento de viejas de que haya tal cosa como “lo inconsciente”,
en primer lugar). Con o sin compromiso con la psique objetiva, privilegiar
los sueños y la idea de “lo inconsciente” amarra
inevitablemente el pensamiento psicológico a la persona individual
y por ello a la psicología personalista y a la falacia antropológica.
Apoya por tanto la fantasía de que el alma está adentro
de la gente y que la avenida primordial hacia ella sería la introspección.
Así como se ha visto que uno puede obtener diferentes mensajes
de la psicología de Jung respecto a las mismas situaciones, debe
notarse aquí que también hay en Jung una fuerte tendencia
opuesta a la descrita de privilegiar cualquier área particular o fenómeno
de la vida, tales como los sueños. Cuando Jung estableció una
Fundación Psicológica en la Eidgenössische Technische
Hochshule (Universidad Técnica Federal Suiza), estipuló que “el
tratamiento de la psicología en general debe caracterizarse por
el principio de universalidad. No se debiera propiciar ninguna teoría
especial o temas especiales”. La meta era liberar la enseñanza
del alma humana de la “constricción de los compartimentos”.
En las obras publicadas de Jung hallamos que también se expresa
la misma idea. Critica las limitaciones de una psicología que,
según dice, había sido “bien recibida por la visión
materialista de ese tiempo” tan sólo cincuenta años
antes (Jung escribió esto en 1936) y "en gran medida lo sigue
siendo aún hoy”. En su visión la psicología
no tiene “la ventaja de un 'campo determinado de trabajo'” (OC
9i §112)
Claramente, la investigación de estos modelos y sus propiedades debe llevarnos a campos que parecen yacer infinitamente lejos de la medicina. Este es el destino -la distinción así como la desgracia- de la psicología empírica: caer en medio todos los banquillos académicos.
Y esto proviene precisamente del hecho de que la psique humana toma
parte en todas las ciencias, porque constituye al menos la mitad de
las condiciones previas de la existencia de todas ellas (OC 16 §209, trad. modificada por Giegerich)
La diferencia entre todas las ciencias descansa en la división de toda la realidad o de la totalidad de la experiencia humana en compartimentos. Cada ciencia tiene entonces la tarea de estudiar uno de estos compartimentos como su propio “campo delimitado de trabajo” y esfera de competencia, y la sección de la realidad que se le asigna la define conversamente como a tal ciencia particular. El punto de las ideas de Jung aquí expresadas no es la cuestión inofensiva de que debiera haber colaboración entre las diferentes ciencias. Esta sería la exigencia hoy en día habitual de “estudios interdisciplinarios”. La “colaboración interdisciplinaria” justamente deja intactos los campos de trabajo y confirma su división; no hay unidad objetiva (en la definición del campo), sino sólo una unidad subjetiva y práctica (mediante la colaboración de los investigadores humanos). La tesis de Jung es mucho más radical. Si la psique tiene participación en todas las ciencias y es la mitad de la condición previa de todas ellas, y si la psicología es esa “ciencia especial” cuyo campo de competencia tiene que ser precisamente ese factor común a todas las ciencias (y por supuesto no sólo a las ciencias sino a todos los aspectos de la vida cultural a gran escala), tenemos que darnos cuenta de que la psicología no está en el mismo nivel que las otras ciencias; está lógicamente por encima o por debajo de ellas. No puede haber una especie de simple "colegialidad" y colaboración sobre un pie de igualdad entre la psicología y las ciencias, porque la psicología no se define por una sección particular (“campo”, “especialidad”) de la realidad como su tema propio. La unidad o universalidad requerida por Jung para la psicología es objetiva, se basa en el hecho de que su “especialidad” es el factor psicológico común a todos los aspectos especiales de la realidad: “Aunque somos especialistas por excelencia, nuestro campo especializado, curiosamente, nos lleva a la universalidad y la completa superación de la actitud del especialista....” (OC 16 § 190).
Claro que una vez que, con clara conciencia metodológica, uno
se establece sobre la base de esta concepción, ya no se puede
defender el privilegiar fenómenos particulares o un rango particular
de fenómenos. La via
regia al alma no puede definirse en términos de experiencias
especiales, tales como sueños o visiones, en tanto que objeto
de estudio, lo cual debiera haber sido auto-evidente desde el comienzo.
Porque los objetos, las cosas, los fenómenos no son viae (caminos,
senderos, carreteras) en absoluto. La via regia tiene que ser
una verdadera vía: un “método” (expresión
que contiene el griego hodos: vía, camino), un enfoque, un estilo de
pensamiento, con el cual se puedan estudiar los objetos del estudio en
cuestión, y en el caso de la psicología, todo tipo de fenómenos:
sueños, mitos, símbolos, síntomas psicológicos
así como también, por ejemplo, nuestra civilización
tecnológica moderna. Lo que esta via regia verdadera pueda ser,
ya se ha afirmado. Es ese enfoque metodológico que construye como
ourobóricamente autocontenido cualquier fenómeno a estudiar,
como teniendo todo lo que necesita dentro suyo. Es el método de
la absoluta interioridad.
Desde aquí puede revisarse la afirmación del parágrafo anterior respecto a que la universalidad o unidad de la psicología es objetiva, basada en el factor común de todos los aspectos especiales de la realidad. No se trata de que haya tal factor común en todos los fenómenos, en un sentido objetivo ontológico. Lo que es común a todos estos fenómenos diferentes estudiados de otro modo por las diversas ciencias especiales, es que todos ellos pueden verse con este método psicológico, desde el punto de vista de la interioridad. Si se los percibe efectivamente como tales, entonces, pero sólo entonces, tienen este “factor” común.
Jung avanzó ciertamente la visión de que la actitud del especialista está superada y que ya no tiene sentido privilegiar ningún fenómeno particular. Y sin embargo no llegó con esta idea lógicamente hasta el final del camino, con lo cual la psicología se hubiera emancipado completamente de toda atadura ontológica, de tener que anclar en alguna realidad objetiva positiva, y donde en cambio se hubiese vuelto plenamente interiorizada dentro de sí, a fin de no ser otra cosa que este mismo punto de vista o método de la interioridad.
Una y otra vez Jung habla de “la psique humana”, incluso en pasajes donde trata precisamente de indicar que la psicología cae entre todos los asientos académicos, haciendo así fácil regresar no sólo a una base antropológica de la psicología, sino a un entendimiento de la psicología como una ciencia dedicada a un compartimento particular de la realidad; el ser humano. Esto es más obvio en un enunciado que cierra el parágrafo del que cité la frase de arriba, “... nuestro campo especializado, curiosamente, nos lleva a la universalidad y la completa superación de la actitud del especialista....” (OC 16 § 190). Esta frase dice, “Lo importante no es la neurosis, sino el hombre que tiene la neurosis. Tenemos que ponernos a trabajar en el ser humano, y debemos poder hacerle justicia como a un ser humano”. Psicológicamente, un enfoque fatal.
Por supuesto que estoy de acuerdo en que ante la concepción de
la neurosis como una enfermedad en el sentido médico (donde enfermedad
significa un fenómeno aislable, un cuerpo ajeno como un "enemigo” que
hay que eliminar, “extraer” mediante cirugía, “matar” por
medio de antibióticos, quimioterapia o radiaciones) constituye
un avance el cambio hacia la neurosis como parte integral del cuadro
total. Pero este movimiento de Jung se mueve en la dirección equivocada,
en la dirección de la positividad, del ser humano concretísticamente
entendido como realidad efectiva, como el substrato o portador concreto
de la neurosis y, por extensión, del alma, y por tanto este movimiento
va hacia la exterioridad. Pero para el psicólogo, el ser humano
es tabú, tanto en un sentido ético (no tengo derecho, podríamos
decir, a la “interferencia doméstica”, la interferencia
en los asuntos internos de otro ser humano) y teóricamente. En
tanto que psicólogo tengo que tratar la neurosis
del paciente como un fenómenos psicológico autocontenido
que tiene dentro de sí todo lo que necesita. Es en el alma, y
no en la persona, en lo que ha de enfocarse. La noción de “ser
humano” no
es una idea psicológica en absoluto. En tanto soy psicólogo
el ser humano desaparece de los límites de mi visión, así como
para el químico, en tanto que químico, no hay “ser
humano”, ni “flores”, ni “Napoleón”,
ni “mente” ni “Dios” -no porque como persona
no tuviera acceso a tales ideas, sino porque su campo las excluye sistemáticamente,
y tal campo existe sólo en la medida en que esa exclusión
sea completa. El fenómeno psicológico es psicológico
sólo en la medida en que la psicología se ha liberado de
la idea de un substrato y por ello puede ver los fenómenos en
su absoluta negatividad, en su autosuficiencia, sin necesidad de apoyarse
en otra cosa. En lugar del movimiento de regreso al ancla segura en “el
ser humano” (que es la salida afuera de la psicología),
la psicología requiere la interiorización absoluto-negativa
de cualquier fenómeno (por ejemplo la neurosis) dentro de sí mismo.
Al rechazar el prejuicio antropológico y al cancelar la idea de un campo delimitado de estudio y de fenómenos psicológicamente privilegiados, se ha despejado el camino para la idea de una investigación psicológica de nuestra civilización tecnológica. La civilización tecnológica es un objeto tan válido de la psicología como lo son los sueños, o incluso más válido aún, porque la mayoría de los sueños pertenecen al opus
parvum de la experiencia y el desarrollo personal y privado, mientras que en la civilización tecnológica continúa el opus
magnum del alma.
El Alma en lo Real
Habiéndonos deshecho de la distinción entre “lo interior” y “lo exterior” así como de la idea de que hay algún objeto de estudio privilegiado, ahora nos encontramos con la pregunta de si hay alguna distinción o criterio disponible para la psicología, o si más bien debiéramos decir que “todo vale”. ¿En qué sentido es diferente una discusión psicológica de la civilización tecnológica de una discusión sobre el mismo tema, pero hecha desde un punto de vista general de la crítica cultural? Ya hemos mencionado el criterio principal. Es la interiorización absoluto-negativa en sí mismo de cada fenómeno en cuestión, interiorización por la cual se lo construye como ourobórico y auto-suficiente.
Puesto que la psicología no puede proporcionarse ningún anclaje en la realidad positiva, puesto que ha surgido emancipándose (al igual que los fenómenos que estudia) de cualquier substrato externo, no puede llegar a la civilización tecnológica desde afuera. “Desde afuera” significa aproximarse al estilo en que por ejemplo nos acercamos a los animales en el zoológico, donde vemos cada animal 1) en el contexto de nuestra situación humana y 2) en comparación con todos los demás animales. Los concebimos como cosas particulares en el mundo. Psicológicamente puede llamarse a este modo de aproximación, el enfoque desde el punto de vista “del ego”. El enfoque psicológico, el enfoque desde el punto de vista “del alma”, ve en cambio a los fenómenos desde dentro. Debido a la interiorización absoluto-negativa del fenómeno dentro de sí mismo, ya no hay más una realidad exterior que pudiera proporcionar el contexto para la discusión del fenómeno. Este último, al ser construido como teniéndolo todo dentro de sí, incluso su propio contexto, se ha vuelto un mundo en sí mismo. Proporciona su propio horizonte dentro del cual debe ser apercibido. Empleando la imaginería alquímica, podríamos decir que (en nuestro caso) la civilización tecnológica ha sido colocada dentro de la retorta alquímica que, como sabemos, está herméticamente sellada; todo lo externo queda rigurosamente excluido. Habiéndose vuelto de esta manera nuestra materia prima, es para nosotros, mientras dure nuestra investigación psicológica, el mundo entero. No existe nada más. No hay otro, nada externo. El objeto psicológico es un verdadero self. Jung literalizó, substancializó y monopolizó el carácter general de “self” de todos los fenómenos psicológicos, para el Self (Sí-Mismo): el self de
y en el individuo humano. De esta manera transformó un estadio lógico en un contenido numinoso particular. Ello es una gran desventaja para nosotros, porque ahora tenemos que dar cuenta de estas falsas asociaciones al usar la expresión “self”.
Como puede verse en los parágrafos previos, la oposición interior-exterior aún sigue viva: “desde afuera” versus “desde adentro”, “exterioridad” e “interioridad” son las categorías con las que aquí operamos. Se hace aparente que la psicología no puede prescindir de esta oposición. Pero esto no invalida del todo nuestros previos esfuerzos por vencer esta oposición, porque “lo interior” ha sido interiorizado en sí mismo y se ha vuelto así psicologizado. Ya no es visto desde fuera, en contraste con su propio otro. Como aquello que está herméticamente sellado dentro de la retorta, donde la retorta es la imagen de la interioridad, debe entenderse exclusivamente en sus propios términos, desde dentro de sí mismo. Ha perdido su opuesto (el exterior) como aquello en contraste con lo cual ello mismo sería lo interior.
Pero incluso en la retorta, en el nivel de la interioridad absoluto-negativa, la distinción interior-exterior regresa una vez más. En la jerga alquímica, nuestra tarea como psicólogos es liberar de su encarcelamiento al espíritu Mercurio aprisionado en la materia; en lenguaje psicológico, consiste en detectar el alma en lo real. En otras palabras, la civilización tecnológica no debiera verse como un hecho, sino como un lugar donde el Mercurio, el alma, se agita, ese Mercurio que esta aprisionado por la percepción empírico-factual de la materia prima como una positividad, una cosa en el mundo. El lugar de la distinción entre diferentes compartimentos es asumido por la distinción entre la materia y su Mercurio inherente, entre el “desde afuera” y el “desde adentro” de la apercepción (consciencia) de cualquier fenómeno dado.
Esta imaginería alquímica, sin embargo, todavía
nos engancha a un pensamiento pictórico y por ello nos mantiene
en una concepción exterior de la verdadera interioridad. Las imágenes,
a pesar de ser poéticas, metafóricas, etc., preservan sin
embargo intacto el medio de la exterioridad: la concepción espacial.
La idea del espíritu Mercurio aprisionado en la materia y que
necesita ser liberado es una hermosa imagen, pero lo que realmente pueda
significar permanece en la oscuridad. No creemos en Mercurio como un
espíritu literalmente existente, una entidad. Paradójicamente,
la concepción imaginal del Mercurio aprisionado en la materia
mantiene al Mercurio aprisionado en sí mismo, si bien debiera
liberarse de su aprisionamiento: todo el procedimiento de liberarlo sería
como abrir una muñeca rusa sólo para encontrar otra adentro
de ella, y así sucesivamente. No bastará tratar de liberar
el espíritu de la materia, porque aún permanecerá aprisionado,
sólo que ahora en su propio nombre e imagen. Para liberar realmente
al Mercurio de la materia, tenemos que liberarlo de la forma imaginal
en la que aparece primeramente, forma imaginal que inevitablemente substancializa,
cosifica y genera confusión; esto quiere decir que tenemos que
explicar con gran detalle y explicitar lo que significa “espíritu
Mercurio” o “el alma de las cosas, el alma de lo real” y
qué significa en este contexto “liberar”.
Pensamiento
El alma de la materia (el alma del asunto en cuestión) es el pensamiento que
la anima, el pensamiento como manifestación externa o incorporación del
cual existen la materia alquímica o el fenómenos
psicológico. En tanto que self, el alma del fenómeno
psicológico
es un pensamiento que se piensa a sí mismo; es,
si se me permite volver a proponer el ya citado concepto aristotélico,
noésis noéseós, un pensamiento autopensante.
Así como un animal o un ser humano desde fuera parece ser una entidad,
en tanto que desde dentro es un proceso, la actividad de la vida, así
el fenómeno psicológico puede aparecer desde afuera como un hecho empírico
o una substancia en el sentido de la alquimia, pero en verdad, desde
el punto de vista del alma, es el pensamiento de una idea particular.
Así como el animal permanece vivo sólo en tanto es lo suficientemente
fuerte como para preservar la vida, así el fenómeno psicológico dura
sólo en tanto el pensamiento que ello es continúa pensándose a sí mismo.
En el momento en que este pensamiento ha sido pensado completamente (se
ha agotado), tanto en sus conclusión lógica más extrema como en todas
sus ramificaciones, el fenómeno en el que se manifestaba se ha acabado,
se ha vuelto obsoleto. Su alma se ha ido de él. Ya no hay en ello nada
más; ha perdido su raison d'être, y lo que queda
es en el mejor de los casos un cadáver, su forma material sin vida.
¿Qué otra cosa podría significar “el espíritu Mercurio aprisionado
en la materia” sino la idea como cuyo pensamiento existe la prima
materia (cualquiera que pueda ser en cada caso concreto)?
Y no es sorprendente que los alquimistas estuvieran totalmente frustrados
por la evasividad del ille fugax Mercurius (el Mercurio siempre
fugitivo), ya que mediante su estilo imaginal ellos mismos lo mistificaron
y lo mantuvieron falseado, aprisionado en forma de imagen, de por sí
obstaculizadora, la forma de la cosificación (en una substancia, una
entidad). Liberar realmente al Mercurio de su aprisionamiento en
la materia sólo puede significar comenzar uno
mismo a pensar la idea
como cuyo pensamiento existen los fenómenos.
Esto es lo que intentan hacer los artículos reunidos en este volumen
con respecto a la tecnología. Ahora puede responderse a la pregunta
sobre qué puede significar “y” entre estos términos aparentemente incompatibles
de tecnología y alma en el título de este libro. En tanto cada realidad
existente existe como y en virtud de la idea real inherente
cuya manifestación cada realidad es, también la tecnología es una idea
existente. “La tecnología y el alma”, más que intentar juntar dos realidades
separadas, se refiere al espíritu mercurial o al alma a priori en la
tecnología, a la idea que la anima y la impulsa.
La tecnología vista desde dentro es una idea, pero no una idea como
algo estático, como algo que pudiera afirmarse en una frase. Siempre
hay que tener en cuenta que el pensamiento en lo real es autopensamiento,
pensamiento en marcha, es decir, el proceso de pensarse a sí mismo y
expresar este pensamiento. Esto inevitablemente compromente nuestras
reflexiones con un pensamiento histórico, y se hace claro aquí también
cuán acertado estuvo Jung al afirmar que “sin historia no puede haber
psicología” (Recuerdos, Sueños, Pensamientos
p. 205). Nuestra civilización tecnológica no es el fenómeno contemporáneo
aislado que aparece inmediatamente. El fenómeno contemporáneo es el resultado
tardío y la forma de manifestaciónde un pensamiento que tuvo su origen
hace milenios. Para pensar esta idea por nuestra parte tenemos que retroceder
a lo lejos y volver a trazar su génesis lógica, es decir, su historia.
La geología puede enseñarnos una lección. Las montañas
se nos aparecen como teniendo un ser sólido y permanente. Pero el geólogo
sabe que están en el estadio de devenir y desaparecer, de flujo continuo,
y que por ejemplo los Himalayas, que ahora son el grupo montañoso
con cumbres más elevadas, una vez fueron un suelo oceánico que a lo largo
de millones de años fue lentamente empujado por fuerzas enormes.
La aparición momentánea no debiera aislarse. Su génesis es un aspecto
indispensable de los fenómenos psíquicos. Para hacer psicología, debe
tenerse un gran poder de permanencia.
Lo despreciado
La tecnología pertenece a la alquimia de la historia y es parte del opus
magnum del alma. En ella sentimos ante todo el latido del
alma. El candidato poco plausible
siempre es el verdadero lugar del alma. El lapis (la piedra) es
por definición in via ejectus (arrojado a la calle). Ello y el
alma no están donde el vulgus psychologicus los busca, es decir
en el propio “interior”, en los propios sueños, en la propia
auto-realización, en imágenes arquetipales numinosas, en la búsqueda del significado
y la integración. Todo eso de ningún modo ha sido desdeñosamente in
via ejectus. Por el contrario, es lo más valorado, lo “in”, y como tal es parte
del deseo del ego de auto-realización, auto-gratificación y auto estabilización
en medio de las presiones del mundo moderno. Tiene el valor de los programas
ideológicos y su así llamado inconsciente -por supuesto, de modo totalmente
inconsciente- está al servicio del ego. “Y mientras Elias estaba
de pie allí, el SEÑOR pasó y una poderosa tormenta de viento golpeó
a la montaña. Fue una explosión tan terrible que las rocas se separaron,
pero el SEÑOR no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto,
pero el SEÑOR no estaba en el terremoto. Y después del terremoto hubo
un incendio, pero el SEÑOR no estaba en el fuego. Y después del incendio
hubo el sonido de un suave murmullo” (1 Reyes 19:10-12). No es en
lo impresionante emocionalmente ni en lo espectacular dónde reside el alma.
Se necesita una función sentimiento diferenciada para poder distinguir
lo vil de lo grande, el pequeño sueño del gran “sueño”,
el opus parvum y el opus magnum -entre lo que sirve
de gratificación del ego “mediante lo inconsciente” por un lado, y el
espíritu mercurial de la psique verdaderamente objetiva por el otro.
Se ha de aprender a escuchar el suave murmullo del viento de la historia.
Con demasiada frecuencia se confunde el tener emociones fuertes y vivaces
con la función sentimiento en obra. Pero como Jung acentuó correctamente,
la función sentimiento es una función sobria y racional y como tal incompatible
con las emociones y los deseos. “Si Ud. está adaptado, entonces no necesita
emociones; una emoción es sólo una explosión instintiva que indica que
uno no ha estado a la altura” (C. G. Jung, Nietzsche's
Zarathustra; Notes of the Seminar given in 1934-1939, ed. James
L. Jarrett, vol. 2 - Princeton Univ. Press, 1988- p. 1497). Para hacer
psicología uno tiene que abstraerse de las propias emociones, deseos,
programas, e incluso de los propios pensamientos, y volverse capaz
de escuchar desapasionadamente lo que los fenómenos mismos dicen y dejar que
las ideas como las cuales existen estos fenómenos se piensen a
sí mismas en voz alta. (“La fría marcha de la necesidad
en la cosa misma”, Hegel, Fenomenología del
Espíritu, Prefacio § 8). Si la bomba nuclear
o cualquier otro desarrollo de nuestra civilización tecnológica están
bien o mal (en cualquier sentido de estas palabras, moralmente, políticamente,
socialmente, etc.) ello psicológicamente no cuenta. Lo único que cuenta
para el psicólogo es que, por ejemplo, la bomba es real. En otra ocasión
Jung advirtió en contra de “la escisión artificial de sabiduría verdadera
y falsa”, en contra de “sucumbir a la ilusión de que esta sabiduría
era buena y aquella era mala” (OC 9i §31), Nuevamente,
las evaluaciones subjetivas “verdadero” y “falso” no son criterios.
La verdad psicológica, la “sabiduría” psicológicamente verdadera consiste
precisamente en su fenomenalidad real. Y Heidegger afirmó que
“El giro hacia lo abierto es la propia abstención de leer negativamente
aquello que es”. (Martín Heidegger, “Para
qué poetas?” en “Caminos
del Bosque”, p. 279)
En tanto el opus magnum del alma siempre implica los más elevados
valores del alma, es claro que cualquier estudio psicológico de nuestra
civilización tecnológica inevitablemente nos involucra en cuestiones
de la religión históricamente real del mundo occidental, el cristianismo.
Los pensamientos en lo real, y esto debiera haberse vuelto claro a partir
de las observaciones anteriores, nunca son los pensamientos de las personas
humanas. Son los pensamientos auto-pensantes de los respectivos fenómenos
mismos, pensamientos pensados por un “pensamiento objetivo” que tradicionalmente
se hizo explícito en la forma lógica de concepciones religiosas.
Los artículos reunidos en este volumen reflejan el estadio de mi
pensamiento alcanzado en el tiempo en que fueron escritos. Aún sustento
los argumentos básicos presentados en ellos, aunque si tuviera que escribirlos
ahora no resultarían iguales. Ocasionalmente hay un tono o un acento o una tendencia
en ellos que ya no puedo apoyar plenamente. Por ejemplo, en el artículo
sobre la historia del becerro de oro (“La bomba nuclear y el destino
de Dios....”) siento un afecto y un cierto partidismo (en favor de la
imagen y del politeísmo), el rastro de una creencia más bien ingenua
en un “estado original” y hasta cierto punto una actitud aún nostálgica
que se revela en la discusión de los cambios revolucionarios descritos
casi como un deseo de retorno a situaciones más antiguas. En los primeros
tiempos, cuando ese artículo y otros relacionados fueron escritos, obviamente
yo estaba bajo la influencia del junguiano culto al mito y de la predisposición
imaginal y politeista de la psicología arquetipal. También siento ahora
que el final en cierto modo utópico de este artículo esta fuera de sitio.
Obviamente yo no había logrado en esos casos la abstracción de mis propios
sentimientos y necesidades que he exigido más arriba. Otro punto, el
texto presenta la oposición entre “lo finito” y “lo infinito”, “politeismo”
y “monoteismo” en términos más bien antidialécticos. Para tales fallos
solicito la indulgencia del lector.
Por el otro lado, muchas ideaas propuestas aún en los artículos más
tempranos aquí incluidos ya apuntan claramente hacia adelante hacia posiciones
centrales en mi obra más reciente. Sobre todo, a pesar de que semánticamente con
frecuencia me coloco del lado del antiguo mundo mítico y de “la imagen”,
el estilo sintáctico de los artículos usualmente documenta una concentración
invariable sobre el pensamiento de las ideas contenidas en los
fenómenos respectivos bajo discusión.
He dividido el libero en dos partes. La Primer Parte contiene artículos
que giran alrededor del tema de la psicología de la bomba atómica. Duranten
los años 1980 escribí un libro en dos volúmenes en alemán sobre
el psicoanálisis de la bomba atómica y la mentalidad del occidente cristiano,
que presenta una interpretación extendida y un análisis de este objeto
real a la luz de toda la historia del cristianismo y del cristianismo
a la luz de la bomba, ambos contra el fondo del previo modo mitológico
y ritual de ser-en-el-mundo. La mayoría de los artículos
en la Primera Parte son capítulos de este libro adaptados como artículos
o en forma de lecciones; otros presentan más libremente ideas de la esfera
general de este libro. Juntos, todos los artículos de esta parte hacen
sólo una fracción de todo el libro alemán. Y si bien presentan puntos
importantes hechos en él, sin embargo no dan una impresión adecuada
de todo la argumentación desarrollada en él.
Los artículos de la Parte I discuten sus temas respectivos principalmente
a la luz de la primera ruptura en el desarrollo de nuestra civilización,
la ruptura de “mythos” a “logos”.
Para los ensayos presentados en la Parte II, todos escritos en ocasiones
diversas, aún es imp0ortante el fondo psicológico y las implicaciones
de esta ruptura, pero también avanzan a una discusión de aspectos del
nuevo estadio de conciencia o civilización, la era de los medios (“los
medios de comunicación”), que puede comprenderse como la segunda fase
de la modernidad, en la que la modernidad por así decir vuelve a casa
a sí misma después de una primera fase de modernidad (“modernidad industrial”).
En esta primera fase, la modernidad aún se había malinterpretado fundamentalmente
a sí misma, tratando de compensar por las pérdidas profudamente
sentidas provocadas por la segunda gran ruptura (el final de la metafísica
y, concomitantemente, la revolución industrial), recurriendo a todo tipo
de planes utópicos (Feuerbach, Kierkegaard, Marx, Nietzsche) o, después
que las esperanzas utópicas fueran aplastadas por la realidad, especialmente
la Primera Guerra Mundial, retirándose a una posición científica (por
ejemplo Husserl) o un poco más tarde al existencialismo, si no al literalismo
de los proyectos políticos totalitarios.
Para cerrar este volumen he añadido un pequeño artículo
escrito en 2004. Porque proviene de un contexto completamente diferente,
me da la oportunidad de dejar atrás los tópicos grandes y pesados de
nuestra civilización tecnológica a los que se dedica este libro y, a
modo de coda y siempre consciente de la diferencia psicológica, volver
a nosotros y a la esfera modesta de nuestras vidas personales. Contiene
al menos un indicio respecto a la cuestión de cómo en tanto que individuos
privados, con la psicología en la tradición de C. G. Jung a nuestras
espaldas, podemos acaso hallar una actitud con la que establecernos
en el mundo en un tiempo que el opus magnum del alma parece
derrocar la mayor parte de nuestros valores y expectativas tradicionales.
Ojalá que las ideas presentadas en esta colección de ensayos
estimulen al lector a continuar pensando aún más sobre
estos temas importantes.
Wolfgang Giegerich, julio 2006.