El Fin del Significado y el Nacimiento del Hombre:
Este artículo fue transcripto por Alejandro Bica a partir de su lectura en el seminario LA VIDA LOGICA DEL ALMA, dado por Enrique Eskenazi y revisado con el original en inglés. Agradezco al autor su amable permiso para publicar esta traducción. |
Resumen El "significado" como en "el significado de la vida" no es ("semánticamente")
un sistema de creencias, sino que ("sintácticamente") es el sentido
de "adentridad" [in-ness]. La comparación de la
lógica de la existencia humana con la de los animales, revela
que el hombre, a pesar de haber nacido biológicamente, sigue siendo
psicológicamente no-nato [unborn], el idioma, el mito,
la metafísica, le han servido como un "útero" psicológico
alternativo. Con los drásticos cambios en la situación
humana a partir del 1800 aproximadamente (el final de la metafísica
occidental, la revolución industrial), la anterior adentridad
desapareció. Este cambio fundamental puede considerarse como el
eventual nacimiento del hombre, expresado astrológicamente en
la emergencia de la conciencia, desde el estatus de los "peces en el
agua" hasta el de "Acuario", el señor de las aguas. En este sentido,
la "pérdida" de significado no debe interpretarse negativamente
como una pérdida. La cuestión del significado. Diferencia entre hombre y animal. La Modernidad. La Religión hoy. Sentimiento de "pérdida". El concepto de "lo inconsciente". La psicología de CG Jung. James Hillman.
Uno podría pensar que el diagnóstico de la pérdida
de significado es la causa, mientras que la búsqueda de significado
es el resultado; además, que la pérdida de significado
es la "enfermedad", mientras que la búsqueda de significado sería
la cura. Pero, la "pérdida de significado" por un lado, y la "búsqueda
de significado" por el otro, se han de considerar, más bien, como
las dos caras de una misma moneda. Así como el sentimiento de
la pérdida de significado es lo que crea un anhelo de significado,
también, y del mismo modo, la idea de la necesidad de un mayor
significado es lo que hace que la vida aparezca intolerablemente banal
y "nada segura", simplemente "maya, en comparación con aquella
cosa que hace que tu vida sea significativa" (Jung, 1939, § 630).
Cuanto más se añora el significado, más banal se
vuelve la vida, mientras más banal uno sienta que es la vida,
más dirá con Jung, "Todo mi ser estaba buscando algo todavía
desconocido que pudiera conferir significado a la banalidad de la vida" (Jaffé,
1989, p. 165). No hay aquí dos fenómenos, sino sólo
uno. La búsqueda de significado es el opuesto de sí mismo.
Es lo que hace que la realidad se vuelva aquello mismo sin sentido que
se intenta vencer; es el síntoma o la enfermedad mismos, cuya
cura pretende ser. El deseo de significado se engaña respecto
a sí mismo. Tenemos que distinguir entre las antiguas concepciones y los cuentos,
por un lado, en los que la absoluta adentridad se había
vuelto expresamente articulada, un contenido de apercepción consciente,
y por el otro lado, los fenómenos fácticos del modo en
que la vida fue vivida, que expresan que el contenimiento del hombre
en la naturaleza eran la efectiva realidad predominante. Este antiguo sentimiento de contenimiento se expresa aún mejor en la descripción con la que Jung resumió lo que aprendió del maestro de ceremonias de una tribu de Indios Pueblo acerca de su manera de estar en el mundo: "Se levantan por la mañana con el sentimiento de su gran y divina responsabilidad: son los hijos del Sol, el Padre, y su deber diario es ayudar al Padre a cruzar el cielo por encima del horizonte—no para sí mismos únicamente, sino para el mundo entero. Debiera haber visto a esta gente: tienen una dignidad natural consumada, están cumpliendo su papel" (Jung, 1939, § 630), (8) "[su] papel... como actores en el drama divino de la vida" (§ 628). Aquí tenemos no sólo el sentimiento de contenimiento y de estar mirando hacia arriba, fundamental por lo que toca a su estadio como niños o hijos de un Padre divino, sino y más fundamentalmente, el sentimiento de verse envuelto metafísicamente en un drama divino. Vivir la vida significa cumplir el propio papel como un actor en este drama. Estamos dentro de este drama mayor, y no hace falta vivir la vida meramente por cuenta propia. La naturaleza del papel particular que debían cumplir estos Indios Pueblo revela de manera sorprendente su sentido de estar fundamentalmente envuelto en la naturaleza. Tienen que ayudar a que el Sol atraviese el cielo. En otras palabras, tenían que acompañar ritualmente o sintonizar anímicamente en un movimiento pre-determinado, que es precisamente, absolutamente independiente de cualquier actitud o hacer humano, completamente fuera del alcance humano, y seguirlo tal como él sigue a las leyes implacables de la física, de la necesidad natural. La cuestión de estas ceremonias, obviamente, no era el de dar una ayuda real en el sentido de una efectividad práctica, sino más bien, la sincronización humilde y obediente del movimiento del alma humana con las inconmovibles leyes de la naturaleza. Esto corresponde al sentido fundamental de impotencia no empírico-práctica, sino metafísica que encontramos en este estadio de desarrollo cultural. El hombre se experimentaba primariamente como un hilo en el tejido de la naturaleza, sin ningún tipo de voluntad propia arbitraria (Heino Gehrts). Incluso cuando el hombre interfería con la naturaleza, como por ejemplo en el cultivo de la tierra, en la construcción de una casa, o sobre todo, en las matanzas sacrificiales, estas intervenciones humanas, en cierto sentido, no eran decididamente sus propias acciones, acciones que hablando metafísicamente fueran su propia responsabilidad, sino más bien representaciones de actos ejemplares realizados originalmente por los dioses. E incluso estas representaciones no eran en última instancia la obra de actores humanos, sino más bien la obra de los dioses que actuaban a través de ellos. Todos los ejemplos dados hasta ahora, pertenecían principalmente al estadio arcaico de conciencia y de cultura caracterizados por el mito y el ritual. Pero el sentido de encastramiento, mutatis mutandis, también prevaleció después de la transición de la era mitológica o ritualista al tiempo de la religión e incluso al de la metafísica clásica. Ya hemos oído hablar del Padre que estás en los Cielos cristiano y de la existencia Católico Romana en la falda de la Madre Iglesia. Podemos también hacer referencia, como único ejemplo, a la Epístola a los Romanos 8:38 ss, dónde se expresa la certeza de "que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las principalidades, ni los poderes, ni las cosas presentes, ni las cosas por venir, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios, que está en nuestro señor Jesús Cristo". El contenimiento del hombre cristiano en el amor de Dios es absoluto. En cuanto a la metafísica (en el sentido de la Filosofía Primera), sólo señalaré la lógica del juicio (Urteil), en el cual la cópula es el análogo lógico-abstracto de la figura mitológica-imaginal de Atlas, que, a la vez, separa y une los opuestos. La cópula garantiza la unión real de sujeto y predicado, el universal y el particular, implicando el Fundamento o el Ser, que abarca y produce ambos extremos y que a la vez, está finalmente fundado en Dios. El pensamiento de la metafísica clásica posee por lo tanto un centro cumplido. (9) Las perspectivas en las que se articulaba el sentido de adentridad son una cosa. En tanto que perspectivas, ideas, posiblemente sean erradas, supersticiosas o ficticias. Pero puede demostrarse que el sentido articulado de adentridad articula a su vez la adentridad de hecho inherente en las condiciones efectivas de la realidad práctica de la vida de aquellos tiempos. Una vez más, sólo puedo mencionar unos pocos puntos a modo de sugerencia. Primero, la vida ética e intelectual de cada generación presente estaba encastrada en las tradiciones milenarias de sus padres. Cada presente derivaba sus verdades de lo que Eliade ha llamado illud tempus, o de los antiguos. Todo el pensamiento y la experiencia estaban envueltos en las perspectivas heredadas. Segundo, el individuo tenía su realidad y su sustancia no en sí mismo, sino en algo más grande, hablando lógicamente en un universal, ya fuera la familia, el clan, la tribu, o una corporación, que era entonces lo único real y de lo cual el individuo no era más que una especie de apéndice, una emanación. (10) De modo semejante tenía su Self y su alma, no en sí mismo, sino en el rey, en el brujo de la tribu, el Faraón. Tercero, había una dependencia ineludible de la naturaleza. Hablar de la Madre Naturaleza no era sólo una metáfora sino una realidad fáctica. El hombre estaba a merced de la naturaleza cuando le enviaba terremotos, sequías, inundaciones, y confiaba en la naturaleza para su subsistencia. Ciertamente el hombre también era un productor, pero incluso en su propia producción mostraba ser el hijo de la naturaleza, porque su producción era sólo una alteración de las cosas previamente producidas por la naturaleza—troncos, piedras, ovejas y vacas, granos, etc. Y el modo de producción humano era la imitación, la mimesis del modo de producir de la naturaleza, que se refleja incluso en la teoría occidental pre-moderna del arte. Todavía no se había concebido la productividad humana como creatividad. Cuarto, la adentridad fáctica se veía también en la sumisión resignada e incuestionable del pueblo al destino, a las vicisitudes y rigores de la naturaleza, a los caprichos de los gobernantes, a los caminos inescrutables de Dios. Quinto y último, si como pretendía Jung, los primitivos australianos, por ejemplo sacrificaban dos tercios de su vida consciente a lo que él llamó la "vida simbólica" (Jung, 1939, § 649) y si la vida pública y privada del pueblo en todas las otras culturas anteriores similarmente tenía su centro en sus cultos, vemos que el mirar hacia arriba era más que una inconsecuente actitud subjetiva, era una realidad práctica. Desde un punto de vista estrictamente financiero, es absolutamente sorprendente, por ejemplo, cuánto invirtieron los Egipcios en sus pirámides y tumbas, lo cual no servía a ningún fin práctico inmediato para la supervivencia. Expresaba su dedicación metafísica a algo mayor, en lo cual la existencia humana estaba contenida como un todo. 3. El Final de la Adentridad Todo lo que se ha descrito en relación con
la contención metafísica del hombre en la naturaleza durante
las edades del mito y de la metafísica ya no existe más.
En la era moderna, que comenzó en el siglo XIX, Atlas perdió su
trabajo; ya no hay más arriba y abajo en un universo en el cual
la tierra ya no es más el centro, ya no hay más Midgard.
Las ideas de centro, de arriba y abajo, se han convertido cosmológicamente
en sinsentidos. Sin Atlas que constantemente sostenía y separaba
al Cielo de la Tierra, los padres del mundo han caído el uno sobre
el otro en la positividad, de manera que ha desaparecido la diferencia
metafísica entre Cielo y Tierra, así como la diferencia
entre la tierra, la luna, el sol, los planetas, y las estrellas. La dualidad
esencial de este mundo terrenal, por un lado, y el mundo trascendente
por el otro, simplemente se ha ido, estado que se refleja en la búsqueda
de una fórmula uniforme del mundo. Ahora hay positivistamente
sólo una sustancia metafísicamente homogénea a partir
de la cual se construye en su conjunto todo el "universo" (¡ya
no hay más kósmos!). El lugar del planeta Tierra en lo
que era el kósmos se ha vuelto absolutamente indiferente e insignificante.
Mucho antes del vuelo del hombre a la luna y del lanzamiento de cohetes
no tripulados a otros planetas, ya se había suprimido el límite
insuperable entre la esfera sublunar y el cielo ardiente como el reino
de los dioses. Incluso con la ayuda de los más grandes telescopios,
dijo una vez Jung (1954a), los hombres no descubrirán más
allá de las nebulosas más lejanas, ningún empíreo
ardiente "y sabemos que nuestros ojos divagarán desesperadamente
a través del vacío del espacio interestelar" (§
31). Ya no hay un Okeanos que circunde al mundo encerrándonos
implacablemente con el lazo de la necesidad en el aquí y ahora.
Incluso nos la hemos arreglado para mirar a la Tierra desde afuera, desde
el espacio exterior. (11) La posición de un mirar metafísico
hacia arriba se ha vuelto imposible. El alma ha abandonado la Tierra
como su lugar inescapable y así ha perdido el anterior sentido
de adentridad. De un modo semejante, el hombre se ha emancipado psicológicamente, aunque no completamente de hecho, de las vicisitudes del destino, de los rigores de la naturaleza y de la arbitrariedad de los gobernantes. Anteriormente estas fuerzas se experimentaban como aspectos autoevidentes de la naturaleza o del mundo que uno tenía que aceptar inevitablemente: "Dios dio, y Dios quitó, bendito sea el nombre del Señor" (Job 1:21). Hoy en día, hasta cierto punto, hay fuertes ideas de que lógicamente, aunque no siempre de hecho, el hombre puede asegurarse a sí mismo contra los golpes del destino, del dolor y la enfermedad, incluso del envejecimiento y potencialmente de la muerte, que son errores inaceptables que eventualmente podrían corregirse mediante la tecnología humana. Hay incluso el sentimiento de que tengo el derecho a una vida feliz y libre de dolor. Aunque empírica y prácticamente nuestros medios técnicos todavía son ridículamente limitados comparados con los efectos del tiempo, los terremotos, los volcanes, las inundaciones, los tornados, las enfermedades, etc., lógicamente o psicológicamente, es decir, en la medida en que toca al entendimiento real que el hombre tiene de sí mismo y en lo que se refiera a su autodefinición, ya no hay límites a lo que el ser humano en principio puede hacer. El hombre, y nadie más, es ahora el que está a cargo y tiene la responsabilidad por la existencia o no existencia del mundo, por la continuidad de la vida en la tierra y por la protección del medio ambiente. El culto de los antepasados ha sido reemplazado por la adoración de la niñez y la juventud; en lugar de la orientación hacia el conocimiento de los antepasados muertos, de los ancianos sabios del pasado, y en vez del cultivo y el respeto por la tradición, la modernidad se caracteriza por la necesidad de originalidad individual y por la constante innovación, así como el deleite en la irreverencia y en la provocación (¡arte moderno!). En cuanto a la productividad humana, (12) el hombre ha comenzado con la apropiación técnica de los procesos de producción que una vez fueron los secretos insondables de la naturaleza. Esto es más evidente en el ámbito de la ingeniería genética y de la reproducción. Anteriormente la única manera de mejorar o cambiar los animales y las plantas de acuerdo a nuestras necesidades humanas era por medio de la crianza. Hoy la biotecnología ha avanzado hasta la posibilidad de crear nuevos tipos de organismos directamente diseñándolos. De manera semejante, en el reino humano hoy en día es posible tener sexo sin hijos e hijos sin sexo. Antes, la reproducción sólo podía producirse permitiendo que la naturaleza realizara su trabajo a través de, por así decirlo, la imitación por parte de uno, del matrimonio del Padre Cielo y la Madre Tierra en el coito. Hoy en día es cada vez más posible dirigir y controlar técnicamente los procesos de reproducción. Con la posibilidad de la inseminación artificial in vitro, e incluso con la viabilidad de los úteros artificiales el significado de los "vínculos de sangre" ("el llamado de la sangre") ha desaparecido lógicamente; el vínculo entre los miembros de la familia ya no estará basado lógicamente en la naturaleza, sino que será contingente: parece probable que un día no muy lejano los bebés serán diseñados y producidos en un laboratorio a partir de los mejores materiales, los más saludables, pero con anónimas "materias primas", por lo que un padre ya no será padre porque él engendró su hijo, sino sólo porque ocupa el cargo de "padre", y el sentido de que uno se continúa a través de los propios hijos no tendrá ninguna base real en los hechos; la misma idea de "madre" y "padre" en verdad, de los arquetipos de padre y madre, habrán perdido por completo su integridad. Incluso si este modo de reproducción resultara prácticamente demasiado difícil, lógicamente la ruptura fundamental con el modo natural de reproducción y la pérdida de la inocencia ya ha tomado lugar. Pero estos son sólo los ejemplos más evidentes de un cambio que ha sido inherente a la Revolución Industrial desde el comienzo. Con el comienzo de la química moderna de Lavoisier, en el momento de la Revolución Francesa, la producción humana ya no se ve limita a la simple alteración de los productos de la naturaleza (natura naturata), sino que se comporta como la propia natura naturans, por ejemplo, en la producción de sustancias artificiales que no existen en la naturaleza. Tenemos así materia diseñada e incluso "materiales inteligentes". La naturaleza ha abdicado como "Madre" y como origen inescrutable; ahora es un mero proveedor de materia prima para la producción humana y parcialmente la misma naturaleza se ha vuelto un producto humano. Las fronteras entre "natural" y "artificial" se han borrado fundamentalmente, lo que corresponde al otro hecho ya mencionado, el que ahora es el hombre quien tiene que proteger a la naturaleza como si esta fuera su "hijo problemático". Dónde anteriormente el hombre dependía enteramente de las fuentes de energía proporcionada por la naturaleza, el poder de los caballos, del viento, y del agua, ahora se ha apropiado técnicamente del poder para producir energía por sí mismo, cuándo y dónde le plazca, primeramente mediante máquinas de vapor, pero ahora también mediante diversos tipos de motores, baterías y energía atómica. Es parte de este cambio que Nyx, la Noche, en un tiempo una realidad potente, venerable y sustancial, una diosa por su propio derecho, hoy se ve reducida a nada más que la ausencia de luz diurna que puede ser compensada y descompensada mediante la luz eléctrica. El juego de palabras: "el mundo se está volviendo luminoso/ligero [getting light]" se refiere al hecho de que durante los primeros días de la industria pesada se tenía que depender del carbón y de las máquinas de metal, ahora ha comenzado un proceso en el cual el carbón lentamente será reemplazado por el hidrógeno, que es el elemento más ligero, como portador de energía, y las herramientas de las máquinas serán reemplazadas cada vez más por láseres, que son la luz/ligera [light]. Claramente, el encastramiento del hombre en la naturaleza ha terminado. Pero puesto que el sentido de "significado" no era sino otra cosa que la adentridad, es obvio porqué en los dos últimos siglos se tuvo que experimentar una pérdida de significado, (13) un sentimiento de alienación y de nihilismo. Como Jung (1939g) dijo, el "alma se ha vuelto solitaria, está extra ecclesiam y en un estado irredento" (§ 639). De modo semejante el alma ya no está solo extra ecclesiam, sino que está extra naturam. Con esta visión hemos regresado a nuestra discusión, y hemos proporcionado un sutil contrapunto al diagnóstico inicial de Jung cuándo afirmó, "No, evidentemente, ya no tenemos ningún mito." 4. Dos Líneas Básicas de Reacción al "Final de la Adentridad" En vista de este cambio fundamental, dos posiciones fundamentales y opuestas son posibles. Uno puede, o bien, aferrarse y defender la verdad del pasado en contra de la situación real producida por los acontecimientos históricos, o admitir la nueva situación en la que la historia nos ha colocado y permitirse aprender de la situación acerca de cómo tener que pensarla. Ambas reacciones nos implican, nos envuelven en una dialéctica. Al dejarse colocar en la situación real, la segunda opción abandona la definición previa de adentridad, es decir, el status del niño que mira hacia arriba en el sentido de estar contenido en la naturaleza, mientras que de hecho preserva la adentridad real que ahora, sin embargo, resulta que es adentridad precisamente en la situación de "carencia de significado". De acuerdo con esta posición, la historia es, por así decirlo, la retorta alquímica del alma, y nosotros colectivamente somos la materia prima en esta retorta [recipiente] herméticamente sellada y nos vemos transportados a través de una fase de la historia de la obra alquímica hacia otra, encontrándonos en cada fase en una situación del mundo completamente nueva. Al añorar el "significado", la primera opción defiende, seguramente, el antiguo sentido de adentridad, es decir, la adentridad en la situación anterior, pero por ello mismo tiene que renunciar a lo que realmente de hecho más desea, que es la adentridad en la realidad presente, pero que sin embargo, hoy sería únicamente la adentridad en una situación psicológica completamente nueva, es decir, la adentridad en el estar extra ecclesiam et naturam [fuera de la iglesia y fuera de la naturaleza], y no en la adentridad de los tiempos antiguos. En cualquiera de los dos casos, resulta inevitable una pérdida. En tanto que la primera opción, trata de imponer qué tipo
de adentridad ha de ser en función de lo que quiere, debe comprenderse
que es una rebelión egoica en contra del proceso alquímico
del alma, el intento de permanecer exento de tener que pasar por las transformaciones
de la vida lógica del alma de estadio en estadio. Insiste en tener
significado, es decir, estar en el estadio de adentridad, pero se coloca
y se contiene a sí mismo imaginalmente fuera del estar contenido
en la vasija alquímica de la historia. La primera posición,
desde fuera de la vasija, prescribe y exige el status que piensa que tiene
que ser, y critica y condena lo que piensa que es intolerable acerca de
la situación que ya es. Es en este sentido que por ejemplo Jung,
como ya vimos, declaró que el significado mítico era indispensable
y que la falta de significado era causa insoportable de enfermedad psíquica.
Cuando uno está extra ecclesiam, decía Jung como un
verdadero alarmista "entonces las cosas se vuelven realmente terribles,
. . .uno se ve enfrentado con todos los demonios del infierno" (ibíd.);
ante ti "bosteza el vacío [das Nichts]", y uno "huye de ello
con horror" (Jung, 1954a,
§ 28).
Amenazar con los horrores del vacío es una estrategia usual de aquellos que insisten en el significado. Otra estrategia favorita para el mismo propósito consiste en interpretar el cambio que ha ocurrido en términos de una psicología de la culpa. El cambio es visto como una caída, como una decadencia, como un error, como una enfermedad; se debe a nuestra culpa, a nuestra Hybris, a nuestro descuido y a nuestro olvido. Es todo culpa nuestra. Occidente ha dilapidado su herencia espiritual, decía Jung (ibid.). Hemos sido demasiado racionalistas, o demasiado patriarcalistas, o demasiado unilaterales. De modo que ahora, con esta concepción tenemos que humillarnos y volvernos hacia el desconocido inconsciente como la verdadera fuente del significado. Esta estrategia opera con una escisión estructuralmente neurótica entre el alma y el ego, el alma y el intelecto racional. Sigue la idea de que "omne bonum a deo, omne malum ab homine." (14) Incluso si el mismo Jung ocasionalmente estaba dispuesto a afirmar que "estoy convencido de que el creciente empobrecimiento de los símbolos tiene un significado" (Jung, 1954a, § 28), esto implicaría que el empobrecimiento de los símbolos es un desarrollo necesario en la historia, o en la historia de la alquimia del alma, y no nuestro hacer, sin embargo su posición dominante era la de que esto era culpa nuestra. El problema con este enfoque es que representa la misma arrogancia del ego que pretende denunciar y que la humilde sumisión a lo inconsciente es sólo un comportamiento empírico, una actitud elegida voluntaria y acted-out [actuada compulsivamente fuera] que oculta la pomposidad lógica interior en la propia insistencia en ser algo más grandioso de lo que uno en verdad es. Es la insistencia en ser un actor en el drama divino, los hijos del Sol Padre, al igual que los indios Pueblo, o "el 'anciano hijo de la madre',... el ‘viejo sabio’, la ‘vieja sabia’... que siempre ha sido y siempre será" (Jaffé, 1989, p. 225), como pensaba Jung. Es la insistencia en una vestidura metafísica o mítica que nos dé un status superior. La primera opción, la interpretación negativa del cambio fundamental del mito y la metafísica hacia la modernidad, no funciona. Con ello hemos aclarado mucho. Ahora tenemos que volvernos hacia la segunda opción, es decir, a dejarnos humillar por el proceso del alma en la situación que está siendo. Ella tiene que enseñarnos cómo interpretar nuestra situación. 5. La Idea de Jung de la Muerte de los Símbolos. Como modelo general para tal interpretación
podemos apoyarnos en una concepción de Jung, muy diferente sin
embargo, que parece más bien aislada en su obra y que parece no
haber tenido consecuencias en su pensamiento ulterior. En su enfoque
de los símbolos que se encuentra en la sección "Definiciones" de
su Tipos Psicológicos (1971) (15) Jung escribe: El movimiento de la mente que interpreta, en cambio, es el opuesto del movimiento del significado. En tanto que el significado aún está oculto en el vientre del símbolo, la mente lo ve o lo adivina desde fuera; esto es lo que Jung llama el punto de vista exotérico de la mente. El nacimiento del significado a partir del símbolo, va de la mano de la iniciación de la mente en el significado de modo que entiende el significado desde dentro mismo y es plenamente consciente de él; el significado se ha vuelto así explícito, comprendido conceptualmente (= la perspectiva esotérica), lo cual, sin embargo, equivale naturalmente a la pérdida de su mística. Se ha vuelto por lo tanto, desmitologizado y desacralizado y ahora es meramente un contenido común de la conciencia (como diría Jung, se ha vuelto un "signo convencional"). De modo que tenemos que entender que la "adentridad del significado" (= cuando el símbolo viviente aún está meramente preñado con su significado) y un "punto de vista exotérico" son descripciones de la misma situación desde lados opuestos. Este pasaje de Jung acerca del símbolo es uno de los raros momentos en que Jung se eleva a un verdadero pensamiento dialéctico en términos de una superación hegeliana. Jung habló aquí de la historia o del destino del significado de los símbolos individuales. En el caso de la muerte de un símbolo individual a través de la transición de la conciencia individual de un punto de vista exotérico hacia uno esotérico, podría ocurrir que esta pérdida fuese compensada por la emergencia de un nuevo símbolo que está preñado con un significado diferente, de modo que aparezca una nueva fascinación. Esto es lo que de hecho ha ocurrido en la historia muchas veces; ha habido numerosos períodos de crisis cultural, en que los viejos dioses o símbolos habían perdido su convicción y los nuevos todavía no habían fascinado a la gente, pero iban emergiendo lentamente. Estos tiempos de transición fueron tiempos de sufrimiento empírico y temporal por la pérdida de sentido, mientras que la adentridad lógica fundamental continuaba, incluso en el período de su ausencia empírica. Este tipo de cambio y de problema podría compararse a la inquietud durante una mudanza, cuando uno ya no está en la casa antigua y todavía no se ha mudado a la nueva casa. Pero ahora, cuando transferimos lo que Jung dijo sobre el símbolo individual a nuestro tema, la cuestión del significado de la existencia humana como un todo, nos vemos enfrentados a una ruptura histórica de un carácter y de una magnitud enteramente diferentes; este cambio no es ya comparable a una mudanza, que, al no ser más que un cambio de ubicación o de entorno, no afecta directamente y esencialmente a la identidad de la persona que se muda. Ahora es más como la transformación en la pubertad, por ejemplo, cuando hay un cambio sustancial en la identidad y la redefinición de la persona misma, de niño a hombre o mujer, respectivamente. La casa puede permanecer exactamente igual. Lo que aquí, por así decirlo, es reconstruido, es la persona misma dentro de la casa. Que de repente se despierta en la misma casa que no ha cambiado, pero que ya no es la misma persona. La noción de "cambio" se ha "sublimado", se ha reflejado (interiorizado) en sí misma: el cambio aquí ya no significa el movimiento de una sustancia o de un sujeto, sino que aquí el cambio ahora significa transformación interna ("alquímica") de esta sustancia o del sujeto mismo. La noción [la idea, el concepto], ya no es acted out (nota: actuada fuera en el nivel conceptual!), sino que es "erinnert". El movimiento ha traído completamente de vuelta a casa aquello que previamente sólo se movía alrededor. Ahora bien, el "símbolo" del que estamos actualmente hablando es el significado como tal, es decir, Significado con "S" mayúscula: es el mito, es la vida simbólica, es lo imaginal, es la religión, son las grandes narrativas–no este mito, o esta religión, o esta gran narrativa, o este significado, sino el mito y la religión pura y simplemente, es decir, es el Significado en su conjunto. Y el "significado" (con minúscula) que ha nacido a partir de éste "símbolo" (es decir, del Significado con mayúsculas) es el Hombre mismo, es la conciencia como tal, es la existencia humana a gran escala. Porque la conciencia ha nacido de ellos, los mitos como tales, la religión en su conjunto, el significado superior a gran escala, ahora sólo poseen significación histórica; existen aún, pero en plural, y se ven encogidos en el estadio reducido de bienes de consumo–de significados muertos. Si a pesar de todo todavía son usados hoy para mantener a la conciencia fascinada, y para crear así una nueva mística secundaria o un aura, o un nuevo sentido de adentridad, pueden funcionar de esta manera porque ahora tienen el status de drogas (espirituales) usadas para aturdir a la conciencia o para provocarle subidones. El mito, la religión, las grandes narrativas como formas constituyentes de la conciencia, tienen que estar muertas: porque el nacimiento de su "significado", que no es otro que el Hombre, equivale al hecho de que la interpretación que el hombre hace de este "significado", es decir, su interpretación de sí mismo, se ha vuelto ahora esotérica en el sentido de Jung. El hombre ahora entiende y se ve a sí mismo desde dentro de su conciencia, y por lo tanto, como conciencia, como lingüística y como el proceso de interpretación de la formación de símbolos. En la medida en que esta interpretación ha dejado afuera el punto de vista exotérico, los contenidos de la conciencia ahora ya no pueden tomarse ingenuamente de manera literal y creerse como objetos por sí mismos (es decir, los antiguos símbolos, las imágenes míticas, las concepciones religiosas), ya no pueden tomarse como fenómenos epifánicos primordiales. Sólo pueden y deben verse como productos de la mente humana, como "signos convencionales", y ya no símbolos en el elevado sentido junguiano; de hecho, como significadores, finalmente como letras, como escritura, como lenguaje, que deben leerse e interpretarse, pero ya no pueden ser creídos ni a los que uno puede entregarse, ni en los que uno pueda ya envolverse. Bajo estas condiciones, cuando se ha vuelto cuestionable "la vida simbólica" o el Significado Mítico como tal (y no sólo tal o cual símbolo), podría haber un nuevo "símbolo" preñado con un nuevo significado, un nuevo "mito" o religión, una nueva adentridad de la existencia humana, si estamos dispuestos a seguir a Nietzsche en su sueño acerca de la llegada del Superhombre. Si el hombre, tal como Nietzsche reivindica, es algo que se debe (y se puede) superar, si el hombre es un medio que une al animal y al Superhombre, entonces y sólo entonces puede haber llegado a su fin la antigua adentridad con la muerte Dios y del mito, y ser sustituida por una nueva adentridad, por un nuevo estado preñado con un nuevo significado. Pero la transición del hombre al superhombre no es ni un movimiento (una mudanza de una casa a otra) ni una transformación como en la pubertad, en la que hay una especie de redefinición o reconstitución sobre el sujeto mismo. Es más bien una nueva creación de un hombre nuevo y, como tal, la sustitución o reemplazo de la real sustancia lógica de conciencia, el hombre como él se ha conocido, con una sustancia radicalmente nueva, otra definición del hombre con un nuevo entendimiento; no una continuación natural de la evolución y la historia de la conciencia, sino verdaderamente un nuevo comienzo. El superhombre sería un nuevo símbolo en un futuro incierto, cuyo "significado" aún no ha nacido de él para la comprensión del hombre actual. Esta nueva definición del hombre sería otra vez exotérica con respecto a la comprensión actual del hombre, que es esotérica. Una vez que la conciencia se ha vuelto consciente de sí misma, y esotérica en sí misma, la condición de posibilidad de una nueva adentridad sería fundamentalmente una ruptura, una discontinuidad de la mente que lo interpreta. Pero ahora tenemos que comprender que la idea de una discontinuidad en la definición del hombre dado con la dualidad de hombre y superhombre y en la sucesión de uno al otro paradójicamente es un intento desesperado de rescatar la continuidad del sentido de adentridad en el significado, como una parte constitutiva, y por lo tanto, indispensable, que forma parte de la definición de la existencia humana. Así como anteriormente la sucesión de símbolos siempre nuevos en la historia del hombre, de hecho, le había garantizado que el hombre nunca tuviese que salirse fundamentalmente (lógicamente) de su sentido de adentridad, a pesar de los muchos períodos de crisis cultural en los que el hombre se vio obligado a tener que sufrir por la falta empírica de una particular concreta adentridad en el símbolo que se había vuelto viejo. Sin embargo, ya que se nos ha vuelto evidente que la idea de Nietzsche del superhombre es sólo una utopía, e incluso una fantasía, ya no podemos ahora esperar que haya un posible sucesor del hombre. La inevitable continuidad del hombre significa que éste tendrá que mantener su lugar en la perdida de adentridad en el significado y que esta perdida caerá sobre él como una pérdida irrevocablemente fundamental, como una pérdida lógica; ya no habrá un nuevo doble que le liberará de tener que nacer de una vez y para siempre de todo significado, y ya no le protegerá de tener que ser iniciado en este cambio alquímicamente (en el sentido de una descomposición fermentante y de una reconstitución), mediante el cambio mismo, cuando el cambio traiga al hombre de vuelta a casa. Esta pérdida no es un interludio. Hay una diferencia real. Pero en vez de inflar al hombre hasta un Superhombre, obliga a que el hombre en su concepto de sí mismo, tenga que descender de su elevadísima altura previa y deba vivir sin tener que vestirse en espléndidas vestiduras míticas o religiosas. 6. El Hombre No-Nato De acuerdo con la idea popular, el hombre es un mono
desnudo (Morris, 1967). Muchos filósofos y antropólogos han señalado
que en comparación con los animales, el hombre es un Maengelwesen,
es decir: un ser biológicamente deficiente. La cultura humana ha sido
interpretada como la compensación del hombre por sus deficiencias biológicas.
Sin refutar la legitimidad de tales enfoques y opiniones biológicas,
propongo una tesis diferente. Volviendo a la idea de Nietzsche del Superhombre,
yo llamo al hombre, es decir, precisamente al hombre tal como se ha conocido,
el "superanimal" e insisto en que a su vez es el animal y es el mono quienes
están desnudos en comparación con el hombre. Así como
el Superhombre de Nietzsche—si tuviera que llegar a existir—sería
lógicamente una nueva creación, mientras que físicamente
permanecería como un hombre, así el hombre de hecho ha sido y
es lógicamente una nueva creación, si bien aún permanece
biológicamente como un animal.
El nacimiento literal es sólo el comienzo del nacimiento en un sentido más amplio. Ser plenamente nacido, y esto tendrá que recordarse en la próxima discusión, es paradójicamente sinónimo de ser plenamente adulto, plenamente maduro: sin depender de los padres, sino de uno mismo, ni estar protegido del entorno por ningún intermediario, sino expuesto desnudamente al entorno. Cuando se alcanza este estado, entonces y sólo entonces ha concluido el nacimiento. Volviendo del animal al hombre, vemos inmediatamente que el hombre antes de la modernidad es lo opuesto al animal en ambos aspectos. Estaba fundamentalmente en un estado de niño, mirando hacia arriba a los dioses, a sus padres, a los padres del mundo, o a Dios, su Padre, y contenido en la falda de la Madre Naturaleza, la Madre Iglesia, o en alguna otra vasija uterina. ¿En qué consistía el culto de los antepasados, sino en la celebración del respeto del "niño" por los eternos padres espirituales? Metafísicamente, el hombre no era aún "el hombre por sí mismo" (Erich Fromm, 1947) viviendo bajo su propia responsabilidad. En lugar de llevar sus leyes como sus instintos naturales dentro de sí, tenían que venir hacia él "escritas en tablas" desde arriba y desde fuera. La última responsabilidad de sus acciones también permanecía en manos de los dioses. Incluso siendo el hombre el adulto maduro que psíquicamente ciertamente ya era, o incluso en su "plena dignidad natural consumada" que Jung ya había observado en los Indios Pueblo, sin embargo psicológicamente (lógicamente o metafísicamente) aún era decididamente un niño; de hecho, esa dignidad y madurez empírica eran precisamente el resultado de que los Indios Pueblo fuesen y permaneciesen lógicamente como los hijos del Sol su Padre; derivaban su fortaleza y su autoridad de su relación "religiosa" con él. Por la misma razón, los ritos de iniciación en la pubertad, que se encuentran en las sociedades tradicionales en la mayor parte del mundo, tenían sin duda la tarea de transportar a una persona desde la infancia a la edad adulta social. Pero cumplían esta tarea, precisamente iniciando lógicamente al iniciado en una niñez metafísica.
¿Cómo funcionó esto? A través de una inversión fundamental. El hombre abandonó los instintos que le pertenecían en tanto que animal y lógicamente extrayectó el conocimiento instintivo desde dentro de sí mismo hacia el entorno, hacia todo el universo— de modo semejante a como hoy de manera técnica-empírica lanzamos satélites hacia las órbitas exteriores. Por lo tanto, el hombre abandonó, cambió la certeza y la realidad empírica de su conocimiento natural, como propiedad privada del individuo, por la incertidumbre y la virtualidad de las concepciones mentales pertenecientes a la comunidad de la humanidad como un todo. De este modo, se formó un útero virtual, uno que abarcaba incluso al entorno exterior como un todo, un entorno físico en el cual el nacimiento biológico todavía podía ocurrir como ocurría antes. Con esta inversión podía retenerse la adentridad en una matriz incluso a través del acontecimiento del nacimiento de hecho y podía posponerse indefinidamente el nacimiento en la edad adulta madura, tal como lo tenían los animales. Por otra parte, el hombre podía llegar a estar físicamente desnudo, desprotegido, equipado deficientemente con instintos, precisamente porque nunca abandonaba metafísicamente la protección de ese estadio embriónico. De este modo, el nacimiento natural fue, por así decirlo, escaqueado más allá de su recompensa y usado para otro propósito. ¿Cuál? La génesis de la mente, del alma, del logos. Que el hombre eludiera este nacimiento biológico tuvo como resultado, y se agotó en un nacimiento de cabo a rabo, no tanto en la existencia desnuda en el entorno, es decir, en la madurez y en la adultez animal autosuficiente, sino que su nacimiento biológico se liberó a fin de dar nacimiento a otra cosa, algo increíble y sin precedentes hasta entonces: a la dimensión metafísica, invisible e intangible del significado, es decir, al reino de la conciencia. Es una realidad virtual, y precisamente porque es virtual, no prescinde de la situación biológica. Lo que ha nacido aquí es la diferencia entre el nacimiento biológico y el metafísico, o de manera más general, la diferencia entre lo empírico (lo "literal", lo positivo-factual) y lo lógico, entre lo psíquico y psicológico. De modo que cuando el hombre nace en un sentido literal, no ha nacido en absoluto. Meramente ha intercambiado el útero biológico de la madre por un segundo útero, el útero espiritual, el saco amniótico de la mente, de las imágenes y los significados. El hombre no ha nacido directamente en su entorno. Ha "nacido" en su ser mente y alma. Un poco como los astronautas que realmente no se aventuran al espacio exterior, sino que permanecen en sus trajes espaciales o en sus naves espaciales que los protegen del espacio exterior, de modo semejante, el hombre, aún cuando literalmente y biológicamente ha nacido en su entorno, está lógicamente vestido en su traje espacial, o podríamos decir en su traje ambiental, o si se quiere decir así, está vestido en sus imágenes, ideas, conceptos y palabras. Cuando dije que el hombre nació en su ser mente y alma, esto fue un poco prematuro. La idea de que nació en un traje espacial de imágenes es más correcta. Hace evidente que la persona en el traje espacial y el traje espacial mismo en principio son separables como dos "sustancias" distintas. El hombre pre-moderno en tanto que individuo estaba en la mente y en el alma. Vivía fundamentalmente encapsulado en sus imágenes y concepciones. La mente y el alma estaban afuera, a su alrededor, en el mundo. Como hemos visto, las ideas y los conceptos eran inmediatamente reales, eran hipóstasis en el sentido Neoplatónico. Eran la verdadera naturaleza de las cosas. Por el otro lado, hay una limitación en la imagen del traje espacial. Porque sugiere algo demasiado rígido. De modo que, cambiemos a otra imagen y digamos que el hombre estaba flotando en la mente y en el alma como en su segundo líquido amniótico.
7. El Nacimiento del Hombre La modernidad se caracteriza por el hecho de que el hombre ha emergido de su adentridad en un horizonte, de su contenimiento en una matriz; todos los hechos discutidos en el capítulo "El final de la adentridad" son prueba de este desarrollo. Por supuesto que aquí no estoy hablando de los individuos empíricos. Cuando aquí digo "hombre" me refiero a la forma general de la constitución lógica del ser humano, el concepto o la lógica como el medio de la existencia de cualquier individuo concreto y empírico. El hombre ha emergido del océano del significado. Ha sacado su cabeza por encima de la superficie del océano y ahora la tiene en lo abierto. Se ha despertado del Sueño Único o de la Sandplay [Caja de Arena] que había sido la existencia en el mundo y ahora está fundamentalmente e irrevocablemente extra ecclesiam, como Jung había señalado, así como también extra naturam. Ha perdido sus mitos, sus símbolos. Ahora rememora y considera la conciencia a gran escala desde afuera. El vuelo a la Luna y aún más allá a otros planetas, la observación del planeta Tierra desde satélites, el mirar hacia atrás y hacia abajo a la Tierra desde el espacio exterior: todo esto es la objetivación técnica del hecho psicológico de que la conciencia ahora ha adoptado una posición exterior a sí misma y se ha dado cuenta de sí misma y del hombre en tanto que conciencia. El hombre ha roto el cascarón del huevo órfico del mundo. El signo indicador de esto en la historia del pensamiento es el "giro lingüístico", el reconocimiento de que todo aquello con lo que tratamos, es antes que nada y principalmente lingüístico, semiótico, información, de que el hombre mismo es lenguaje. Pues la adentridad en la situación pre-moderna también
había sido contenimiento en el lenguaje. Cuando uno tiene el propio
lugar lógico dentro del lenguaje, las palabras como hechos concretos
(como sonidos fonéticos), como medios fácticos de expresión,
pasan totalmente inadvertidas. Las palabras hacen su trabajo, pero no se saltan
a primer plano. El hombre aquí está completamente entregado al significado de
los sonidos; se demora únicamente en las ideas o en las cosas y acontecimientos
aludidos por el lenguaje, usando las palabras y sus sonidos solamente como algo
para saltar al reino del significado. (19) La conciencia flota en los significados.
Las palabras y la gramática, es decir, el lenguaje como tal, se daban
por supuestos, un poco como un pez que toma el agua como el elemento de su vida
por supuesto. Aunque las palabras, las sílabas, los sonidos del lenguaje,
por supuesto, no hacen su función como ciegos agentes silenciosos,
sin embargo se vuelven audibles sólo para morir inmediatamente y, porque
sólo desvaneciéndose como sonido pueden realizar su trabajo como
portadores de significado. La muerte o la superación de las palabras como
sonidos es el significado de la frase. Este y el hecho de que la conciencia
más o menos viviera exclusivamente con su significado, es por lo cual
las palabras, las frases, las imágenes poéticas, son aquí inmediatamente
lo verdadero y lo real. (20) Ellas son Sachen selbst [las cosas mismas].
La invocación que en el siglo XX hace Husserl, "Hay que volver a las cosas
mismas," no hubiera hecho ningún sentido aquí. El lenguaje aquí,
es en sí mismo simbólico (en el sentido en que Jung habla de una
vida simbólica), si no epifánico (por supuesto epifánico
en el nivel mental o lógico, no experiencialmente o religiosamente). Esta
naturaleza simbólica del lenguaje, sobrevivió incluso en
la emancipación explícita de la mente en el pensamiento filosófico
durante el curso de la Edad Media en la que hubo la gran disputa acerca del Realismo
de los universales y la emergencia del Nominalismo.
Por lo tanto, predicar aún la religión con honestidad—en lugar de verla, apreciarla, y estudiarla de manera estrictamente histórica— significa llevar leña al monte. Es como regalar un manual de lectura a un univeritario, o si consideramos el carácter opresivo y embrutecedor de tales esfuerzos, es como tratar de comprimir un adulto dentro de una cuna. Así como en un nivel personal uno no puede retroceder hacia la pubertad (excepto—parcial y aparentemente—pagando el precio de una neurosis), así, en el nivel cultural de conciencia no hay retorno a los dioses. Una vez que el terrón de azúcar se ha disuelto en el café, ya no puede volverse el terrón de azúcar que fue. Como dijo Jung (1939) (que sin embargo no tomó su propia medicina): "No podemos hacer que la rueda gire hacia atrás, no podemos regresar a un simbolismo que ya se fue. ... Ya no puedo volver a la Iglesia Católica; no puedo experimentar el milagro de la Misa; sé demasiado acerca de ello" (§ 632). Este saber demasiado acerca de ello, es la señal de que el significado ya ha nacido del símbolo que anteriormente lo contenía y estaba preñado de él. Es la señal de que la conciencia de Jung mira al milagro de la misa desde un espacio exterior, el signo también de que Jung ya no sólo sabe lo que hace, sino, que también sabe qué es lo que esta haciendo. Pero por supuesto, aquí la Iglesia Católica con la Misa, es sólo un ejemplo. No sólo se ha disuelto la semántica de una determinada religión o de todas las religiones, sino que se ha disuelto la sintaxis de la religiosidad como tal, porque se ha integrado en la forma de conciencia. Una vez Jung (1948a) escribió acerca de los gnósticos al comienzo de la era cristiana, "Nostálgicamente el gnóstico miraba hacia atrás al mundo del Padre, pero se había perdido para siempre, porque entre tanto había ocurrido un aumento irreversible en la conciencia del hombre y le había vuelto independiente." (§ 203). Lo mismo se aplica a nuestra situación moderna, pero aún con más validez. Se ha dicho acerca de Pitágoras, quién creía en la transmigración de las almas, que cuando se ponía de pie y estiraba su cuello con todo sus poderes mentales, era capaz de ver sin esfuerzos y con detalles sus diez o sus veinte vidas pasadas. (23) Esta es exactamente la situación de la conciencia moderna, sólo que ella ya no tienen que actuar compulsivamente este estiramiento subjetivo del propio cuello, a través de actos particulares en el espíritu y el contexto de una religión de misterio de salvación personal. En tanto que inevitablemente histórica, la conciencia moderna, de una vez y para siempre, está en el estatus del "cuello estirado". Este estatus se ve objetivado e institucionalizado en el ámbito de la investigación histórica, que tiene la tarea de ampliar y diferenciar, con mucha sobriedad y alejado de toda esperanza religiosa mistificadora de salvación, nuestra conciencia histórica para que podamos ver ante nosotros, con un grado más alto de sofisticación, de manera más y más diferenciada formaciones (Gestalten) antiguas de las vidas pasadas del espíritu humano. Incluso la teoría biológica de la evolución testimonia el hecho de que la conciencia se ha salido fundamentalmente de la adentridad en las aguas, y de una vez y para siempre, en cambio, es una consciencia que mira históricamente hacia atrás.
8. El Destino de (los) Dios(es) Lo que queda de la religión una vez que su sustancia se ha integrado en la forma lógica de conciencia es sólo el "signo convencional", las formas convencionales sin la sustancia viviente: la piel de la serpiente muerta, una vez que la serpiente viva se ha mudado a nuevos ámbitos. Sin embargo, uno incluso puede inflar la piel de la serpiente muerta y reemplazar por la vida que ya no tiene con el propio aliento. Incluso si el terrón de azúcar ya no puede regresar del café en el que ha sido disuelto, sin embargo, todavía queda su envoltorio de papel que puede ser rellenado para que simule el anterior terrón de azúcar en su envoltorio. Así usa el fundamentalismo los viejos dogmas y los llena con un celo subjetivo a partir del sentimiento de ausencia, y por lo tanto, les da una estabilidad secundaria rígida y una vida aparente. O por ejemplo uno puede usar la piel de la serpiente como si fuera un amuleto; las formas convencionales de la religión pueden servir como una especie de chupete espiritual a falta de una verdad viviente; el fósil que señala una forma previa de vida real puede usarse sin embargo, como una satisfacción sustitutiva de la propia necesidad de una vida simbólica o metafísica; la apariencia se puede tomar por la cosa real, con el mismo tipo de conspiración silenciosa que se encuentra en el cuento de las ropas nuevas del emperador. O, una tercera posibilidad, uno puede usar las viejas formas como un mero estimulante para un intento de intensificar por uno mismo, estados emocionales estrictamente subjetivos, que tienen muy poco que ver con las verdades experimentadas sobre las que versaban antiguamente esas viejas formas, bastando el origen religioso del estimulante para cubrir las emociones meramente subjetivas, de modo que se crea la impresión de que se está haciendo cargo de las necesidades religiosas y metafísicas. No hay más que un modo en que la religión
puede aún hoy ser una realidad presente y no sólo un bien
de consumo o una afición. Bajo las condiciones de la modernidad el precio
por dar a la religión el status de realidad presente, es sin embargo,
que tiene que reducirse al grado cero de sí misma, la religión
sin ninguna dignidad, sin ningún contenido sustancial, y sin ninguna apercepción
consciente. ¿Dónde se muestra hoy la religión como una realidad
presente? Sólo en los actos momentáneos de ciertos crímenes
irracionales, absurdos: en la action directe de los bombardeos, por ejemplo,
el caso de Unabomber y los disparos de los institutos Columbine and Erfurt, en
ciertos casos de abuso sexual y de asesinato de niños, etc. Aquí,
lo numinoso es una realidad inmediata, como un tremendum irrumpiendo a
través de la indiferencia y la "banalidad" de la vida cotidiana, y como
un poder abrumador "religiosamente observado" por los individuos que cometen éstos
crímenes, quienes usualmente abandonan por su pasión cualquier
esperanza de felicidad futura. Pero lo numinoso es aquí una realidad sólo
por un breve instante, sin ningún contenido sustancial dignificado, totalmente
abstracto y absolutamente ciego, que no trae la menor recompensa espiritual (bendición,
iluminación, experiencia de significado) para nadie. Es tan sólo
la caparazón vacía de la religión, es decir, la forma desnuda,
abstracta de lo sagrado, y como tal, la forma legítima de religión
como realidad viviente hoy en día.
Por lo tanto, el temor de que a través de la muerte de Dios el hombre se infle, o que a través del hecho de que con los enormes avances de la física nuclear y de la biología genética junto con las correspondientes tecnologías, ahora haya en las manos humanas increíbles poderes para crear y destruir -el miedo que el hombre se haya vuelto semejante a "Dios" o "igual a Dios" carece de fundamentos. Encontramos este miedo expresado en Jung: "Nunca antes se le dio a manos del hombre un poder tan absoluto de destrucción. Es un poder semejante a los ‘dioses’ que ha caído en manos humanas. La dignitas humani generis se ha dilatado hasta una grandiosidad verdaderamente diabólica" (Jung, 1973b, p. 225, a Pater Lucas Menz, 22 de Febrero de 1955). (26) Este miedo, además de no tener fundamento, se contradice a sí mismo; implica que no se permite que ocurra en absoluto el dejar a atrás el mirar hacia arriba como tal, que es el mensaje específico de la afirmación de "la muerte de Dios"; que en cambio se imagina una mera transferencia: el hombre se concibe como mirando todavía hacia arriba, sólo que ahora en lugar de mirar a Dios, se mira a sí mismo, y de manera semejante se asigna ahora un aura y una luminosidad a sí mismo. No ocurre que la dignitas humani generis se haya dilatado hasta una grandiosidad verdaderamente diabólica, sino que Jung emplea categorías infladas con las cuales interpreta el cambio histórico, un cambio que observa adecuadamente. Lo que está inflado y mistifica es la conciencia que usa términos como "diabólico" y "semejante a los dioses" para este avance tecnológico y para el avance de la conciencia. La adquisición del poder destructivo y creativo que ahora está en las manos del hombre sólo es cuantitativamente diferente de la conquista del fuego y de la invención del arco y de la flecha por el hombre primitivo, pero no cualitativamente. No se trata que el avance prehistórico sea inofensivo, y que el de hoy sea diabólico.
Gran parte de lo que se ha dicho acerca de la idea de la muerte de Dios se aplica también a la idea de la pérdida de significado. Si realmente escucháramos a lo que dice, comprenderíamos que el significado ya no es más un asunto importante. Como asunto o como noción está muerto y acabado. Ni siquiera podríamos hablar de su pérdida, porque entonces secretamente lo resucitaríamos y nos aferraríamos a ello como si fuera una categoría lógica a la que sólo por accidente hoy le ocurriera estar empíricamente vacía Este vacío, entonces, crearía necesariamente una aspiración, una obsesión con la búsqueda de un significado. Pero el vacío es sólo el resultado del hecho de que se ha refrenado reductivamente esta pérdida en el estatus de un acontecimiento semántico, y por lo tanto como algo particular. El vacío, y con él la adicción, desaparecen inmediatamente si se permite a la "pérdida", experimentada inicialmente como semántica, que infecte y penetre la sintaxis de la conciencia como tal. La "pérdida" experimentada quiere volver a casa a la conciencia, ser integrada en ella; quiere "iniciar" a la conciencia en la "pérdida" como su nueva verdad, iniciación que significaría una transformación de la conciencia como un todo a través de su descomposición y reconstitución. Pero con mucha frecuencia la gente prefiere un gran e interminable sufrimiento empírico/semántico a la transformación lógica, a la iniciación que podría ocurrir de una vez y para siempre.
De modo que en este punto tengo que criticar mi propio uso anterior de la frase "final" y "pérdida" del significado como meras concesiones a la interpretación predominante pero inadecuada de lo que realmente es el fenómeno de un "nacimiento" desde el punto de vista previo al nacimiento. 9. Crítica del Sentimiento de Pérdida y de Necesidad Aparte
de esta destrucción de la noción de pérdida misma, ¿es
realmente la pérdida de significado una pérdida en primer lugar
(simplemente en el nivel fenomenológico)? ¿Es una pérdida que
me haya ido de la casa de mis padres, de la casa de mi infancia, y haya aprendido
a andar sobre mis propios pies? ¿No es quizás una ganancia (y justamente
una ganancia tanto cuanto al principio se pudo haber sentido como un perdida)?
Uno no tiene que ir tan lejos como San Agustín, que escribió, "Pero
quién no retrocedería y enfrentado con la alternativa de: o bien
tener que morir o volverse una vez más un niño, no elegiría
mejor morir?" (De civitate dei, libro 21, capítulo 14), a fin de
estar plenamente convencido de que el paso de la infancia a la edad adulta es
una bendición, de que "tiene un sentido" y "es un desarrollo que tiene
una coherencia interior" (para decirlo con las palabras con las que Jung [1954a]
saludó "el creciente empobrecimiento de los símbolos" [§
28]).
¡Qué presunción! Y opuestamente, qué desprecio por la vida humana común, dejada a un lado como “grotescamente banal y absolutamente pobre”. En 1959, dos años antes de su muerte, Jung (1973b) escribió acerca de sí mismo: “El viaje de retorno del país-del-cucú-de-las-nubes hacia la realidad duró un largo tiempo. En mi caso, el progreso del peregrino consistió en tener que escalar mil escaleras hasta que pude alcanzar con mi mano el pequeño terrón de arcilla que soy” (p. 19, n. 8). (32) Una frase encantadora. Y sin embargo, mientras se insista en ser “algo más” y desempeñar un “papel como uno de los actores en el drama divino de la vida”, todavía se está psicológicamente (lógicamente) arriba en el país-del-cucú-de-las-nubes, viviendo aún en medio de ideas pomposas. Y la misma formulación que Jung emplea demuestra que no bajó realmente a tierra. Porque cuando se ha bajado realmente a tierra, no se puede estirar la mano hacia al pequeño terrón de arcilla que se es, porque estar abajo justamente significa haber comprendido que uno es, y siempre ha sido, tan sólo uno mismo. Mientras yo quiera estirar mi mano hacia mí mismo, yo como aquél que extiende su mano, creo aún ser algo más y estar por encima del “terrón de arcilla” que con mucha elegancia admito ser. La idea de que tendría que descender y humillarme es ya en sí presunción, arrogancia. La noble actitud de humildad es el modo en que se mantiene a raya el simple reconocimiento de que en verdad estoy, y siempre he estado, aquí abajo. No hay nada ni nadie ante quién pudiera rebajarme, porque el así llamado terrón de arcilla ya soy yo mismo. Por otro lado, la expresión “terrón de arcilla” me coloca demasiado abajo, de modo semejante a como la formulación “grotescamente banal, completamente pobre” desprecia nuestra común existencia terrenal. No soy un terrón de arcilla, sino un ser humano con una mente. El punto de vista implícito desde el cual habla Jung en esta frase es uno muy elevado desde el cual mira hacia abajo, lo cual contradice su mensaje explícito de que ya ha descendido a tierra. En la parte “Retrospectiva” de Recuerdos, Sueños, Pensamientos, Jung vuelve a contar asintiendo aquella “hermosa antigua historia acerca de un estudiante que fue ante un rabino y le dijo: ‘En aquellos días de antaño, había hombres que vieron el rostro de Dios. ¿Por qué ya no más?’ Y el rabino respondió: ‘Porque hoy en día nadie es capaz de rebajarse tanto’” (Jaffé, 1989, p. 355). Con esta idea Jung logra dos ventajas, una “teórica"” y la otra “ética”. Por lo que corresponde a la ventaja “teórica”, al recurrir a un truco, el truco de “encogerse para conquistar”, Jung puede actuar como si nada hubiera cambiado en la realidad objetiva. La pérdida de Dios es tan sólo nuestra culpa, es meramente subjetiva. Si nos hubiésemos humillado lo suficiente, todo estaría bien: Dios sería todavía visible, podríamos tener todavía su epifanía inmediata después de todo (¡“Urerfahrung”!). En cuanto a la posición ética, Jung vende indulgencias: si sólo concentráramos todos nuestros esfuerzos en la conducta subjetiva y positiva de encogernos, y de este modo personalmente act out [actuáramos compulsivamente] con una humildad literal, externa (este sería el precio de la indulgencia), él nos eximiría de la real humildad, la psicológica: la humildad de inclinarnos ante nuestra verdad, objetiva y lógicamente—es decir, en nuestro conocimiento; esa verdad de la cual, metafísicamente, ya estamos en el fondo, es decir, allí donde conocemos (no a Dios, sino) que la misma noción de Dios se ha vuelto insostenible, por no hablar de la posibilidad de “verle” cara a cara. Así Jung nos permite refugiarnos en la feliz inconsciencia; se arrulla y nos arrulla en una especie modorra teológico-metafísica. No se da cuenta de que su aferrarse a la idea de la necesidad de tal encogimiento es la arrogancia misma, hybris, de la cual acusa al hombre moderno. Así como una persona que se pone plataformas no se vuelve más grande, de modo opuesto, el acto subjetivo (psíquico, empírico, literal) de agacharse no deshace la soberbia objetiva (lógica, psicológica), sino que tan sólo la oculta, y de ese modo, inadvertidamente, la afirma. Cuando soy “sólo eso”, entonces soy sin las jerarquías superiores, incluso sin la vestidura mítica de una dote (ya sea otorgada por la Naturaleza o por el Creador), con la “dignidad del hombre” o de los “inalienables derechos humanos”, estas infladas ideas modernas. No puedo calentarme al brillo de una verdad eterna, de un ideal absoluto, o de valores superiores que estuvieran en mi posesión. Tal cosa no se me ha revelado, ni me ha reclamado. Y sin embargo, esto no significa, de ninguna manera, que “todo vale”. No carezco por ello de verdades, normas, valores. Pero, por el contrario, éstos reciben su autoridad y su realidad sólo por mi ser-así y por el apoyo que les doy. En este sentido son fundamentalmente contingentes, subjetivos; no hay diferencia esencial entre que me guste o me disguste esta comida o aquel tipo de arte o de música. Lo que les da su objetividad es el hecho objetivo de que soy-así. En el “Prólogo” a Recuerdos, Sueños, Pensamientos, Jung escribió: “Que las historias [las que está a punto de contar] sean o no ‘verdad’ no es mi problema. El único problema es si lo que digo es mi fábula, mi verdad” (Jaffé, 1989, p. 3). Esto está dicho en el espíritu de ser uno verdaderamente “sólo eso”. Ciertas cosas, ideas, posibles comportamientos, etc., resultan incompatibles con quién y cómo soy. Ésta es la única "demostración" que tengo que ofrecer para mis verdades. Ésto sostengo, no puedo hacer otra cosa. Pero, ésto sostengo, y realmente lo sostengo. En cierto modo, por lo que toca a la metafísica, he regresado al estado de los cazadores y los recolectores. Metafísicamente, vivo al día. En una popular novela del siglo XIX de Karl May, el narrador—solo en el vacío de una pradera en el Lejano Oeste—se encuentra con otro jinete solitario. Cuando a éste se le dice que el narrador es un autor que escribe novelas sobre sus viajes para que las lean otras personas, encuentra esto muy cómico, porque tal cómo dice, él ni soñaría en cazar para otra gente, sino sólo para su propio sustento. Esta no es una escena muy inteligente. Pero sin embargo, la idea está bien captada. Tengo que vivir mi vida por mi propia cuenta, incluso con respecto a mis verdades y mis valores. La referencia a los cazadores y recolectores y a vivir al día no debiera sugerir que encuentro mis valores en la calle como cosas ya listas para ser consumidas, o en el mercado “allá afuera” como mercancías, ni que pudiera declararse como mi verdad cualquier impulso momentáneo. A fin de encontrar mi verdad y mi verdad, hablando alquímicamente, tengo que percibir y observar como el homo totus mis reacciones más sinceras, enfocando en el logos como el alma de mi mundo. (33) Hay un momento en el Faust de Goethe, en el que el viejo Faust, reflexionando sobre su vida dice: “Todavía no me he peleado conmigo mismo ahí en lo abierto. / Si pudiera quitar toda magia de mi camino, / Incluso, desaprender los encantos mágicos, / Si yo, naturaleza, pudiera estar frente a ti como un hombre solo, / Entonces, valdría la pena el trabajo de ser un ser humano." (34) Nuestra situación es diferente. Nosotros no tenemos que pelearnos con nosotros mismos en lo abierto. No tenemos que quitar la magia de nuestro camino. La magia, es decir, la relación simpatética con el mundo, el modo de adentridad metafísica, es algo que nosotros sólo conocemos de oídas. Ya hace tiempo que cada uno de nosotros está frente a una naturaleza “alienada”, superada (sublated) y cada uno de nosotros es una persona sola, y metafísicamente desnuda. ¿No debiera ser también verdad para nosotros—precisamente por esa razón, precisamente porque ya se ha realizado el nacimiento del hombre—que vale la pena el trabajo de ser un ser humano? W. Giegerich |
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