Sigmund Freud: Inconsciente & interpretación

por Antonio Pérez García

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Introducción


El contexto
Nací el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, Moravia, un pequeño poblado de lo que hoy es Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, y yo lo he seguido siendo. [...] A la edad de cuatro años llegué a Viena, donde realicé todos mis estudios. En el «Gymnasium» fui el primero de la clase durante siete años; tenía una posición de preferencia, y apenas si alguna vez se me tomó examen. Aunque vivíamos en condiciones muy modestas, mi padre me exhortó a guiarme exclusivamente por mis inclinaciones en la elección de una carrera. En aquellos años no había sentido una particular preferencia por la posición y la actividad del médico; por lo demás, tampoco la sentí más tarde. Más bien me movía una suerte de apetito de saber, pero dirigido más a la condición humana que a los objetos naturales; tampoco había discernido el valor de la observación como medio principal para satisfacer ese apetito. Mi temprano ahondamiento en la historia bíblica apenas hube aprendido el arte de leer tuvo, como lo advertí mucho después, un efecto duradero sobre la orientación de mi interés. Bajo el poderoso influjo de mi amistad con un compañero de escuela algo mayor, que ha llegado a ser un conocido político, nació en mí el deseo de estudiar derecho, como él, y lanzarme a la actividad pública. Entretanto, la doctrina de Darwin, reciente en aquel tiempo, me atrajo poderosamente porque prometía un extraordinario avance en la comprensión del universo, y sé que la lectura en una conferencia popular (por el profesor Carl Brühl) del hermoso ensayo de Goethe «Die Natur», que escuché poco antes de mi examen final de bachillerato, me decidió a inscribirme en medicina.
(1)

El párrafo transcrito, buen ejemplo de la prosa freudiana, sintetiza admirablemente su posición de partida en el campo del conocimiento: un joven judío de origen humilde, fuertemente investido por el deseo de saber y con una notoria inclinación humanística, desconocedor del arte de la observación que el positivismo biológico decimonónico consagra, y que elige por error la medicina bajo la influencia de un texto (probablemente apócrifo) del romántico Goethe (aunque también, probablemente, de Darwin). Entre positivismo y romanticismo: tal podría ser el resumen de la vida intelectual de Freud, quien nunca logró reconciliar enteramente estos dos polos, pero que, de su conflicto, extrajo una visión del hombre decisiva (por conformidad o por oposición) para el desarrollo del pensamiento contemporáneo. Veamos todavía su autopercepción, centrada ahora en la etapa final de su trabajo:

Hilos que se habían entreverado en mi desarrollo comenzaron a desasirse, intereses adquiridos más tarde quedaron relegados, en tanto se imponían otros, más antiguos y originarios. [...] Esto tiene que ver con un cambio sobrevenido en mí, con un cierto desarrollo regresivo, si así se lo quiere llamar. Tras el rodeo que a lo largo de mi vida di a través de las ciencias naturales, la medicina y la psicoterapia, mi interés regresó a aquellos problemas culturales que una vez cautivaron al joven apenas nacido a la actividad del pensamiento. Hallándome todavía en el apogeo del trabajo psicoanalítico, en 1912, hice en Tótem y tabú el intento de aprovechar las intelecciones analíticas recién adquiridas para la exploración de los orígenes de la religión y la eticidad. Dos ensayos más tardíos, El porvenir de una ilusión y El malestar en la cultura, continuaron luego esa orientación de trabajo. Discerní cada vez con mayor claridad que los acontecimientos de la historia humana, las acciones recíprocas {Wechselwirkung} entre naturaleza humana, desarrollo cultural y aquellos precipitados de vivencias de los tiempos primordiales, como subrogadora de los cuales esfuerza su presencia la religión, no eran sino el espejamiento de los conflictos dinámicos entre el yo, el ello y el superyó, que el psicoanálisis había estudiado en el individuo: los mismos procesos, repetidos en un escenario más vasto. En El porvenir de una ilusión formulé un juicio fundamentalmente negativo sobre la religión; más tarde hallé la fórmula que le hacía mejor justicia: su poder descansa, sí, en su contenido de verdad, pero esa verdad no lo es material, sino histórica.(2)

Este texto es de un Postfacio agregado en 1935 a la Presentación, y da cuenta del perfil desde el cual el fundador del psicoanálisis nos interesa como precursor de ciertas corrientes sociológicas. Habría de morir en su exilio londinense el 23 de setiembre de 1939, el mismo año en que el alzamiento franquista aplasta la resistencia republicana en Madrid y Barcelona, el mismo en que estalla la Segunda Guerra Mundial.
Freud y su obra se resisten a entrar en categorías sencillas. El distinguido psiquiatra de Viena, inventor de un método terapéutico cuya práctica le fastidiaba, y que tal vez hubiera abandonado si no fuera porque de ella vivía y a través de ella investigaba, se yergue entre los siglos XIX y XX como un vivo signo de contradicción.
Positivista por su formación universitaria, humanista por sus raíces culturales, vivió años fundamentales de su formación en el mismo París finisecular donde contemporáneamente se agitaban las masas y se configuraban los fundamentos de la psicología social. Desde su estadía en La Salpetrière (adonde llegó ya neurólogo, en el otoño de 1895), puesto por Charcot cara a cara con las insondables duplicidades de la histeria, urgido por la necesidad de encontrar sentido a los sueños de sus pacientes (y, sobre todo, a los suyos propios) Freud se vio arrastrado, por fidelidad a lo que se presentaba ante él en la observación clínica, a alejarse cada vez más de la neurología e intentar una ciencia extraña. Hurgando en lo más penumbroso de la vida anímica, Freud construye trazo a trazo, corrigiéndose continuamente a sí mismo, una imagen del hombre donde lo inconsciente termina siendo reconocido como la región más importante, donde la economía del deseo prevalece sobre la racionalidad economicista en la determinación de la conducta, donde la originariedad, la unidad y la soberanía del Yo son denunciadas como ilusiones, donde la vida anímica deja ver su radical conflictividad, trayendo a la escena interior, en la segunda tópica, el dramático enfrentamiento de organismo y cultura que ha desvelado a la modernidad.

Por la histeria al inconsciente
James Strachey, autor de la versión inglesa “oficial” de las obras de Freud (la Standard Edition) nos explica, en su introducción a los Estudios sobre la histeria, los primeros pasos de lo que llegará a ser el psicoanálisis:

Rara vez se aprecia en grado suficiente que quizás el más importante de los logros de Freud fue su invención del primer instrumento para el examen científico de la mente humana. Uno de los rasgos más fascinantes del presente volumen es que nos permite rastrear las etapas iniciales del desarrollo del instrumento. Uno de los rasgos más fascinantes del presente volumen es que nos permite rastrear las etapas iniciales del desarrollo de ese instrumento. No sólo narra cómo fueron superados una serie de obstáculos, sino la historia del descubrimiento de esos obstáculos que debían ser superados.
Anna O., la paciente de Breuer, puso de relieve y superó ella misma el primero de estos obstáculos: la amnesia característica del paciente histérico. Cuando se trajo a la luz la existencia de esta amnesia, de inmediato se advirtió que el contenido psíquico manifiesto de la paciente no lo era todo, que había detrás un contenido psíquico inconciente. Así pues, desde el principio quedó en claro que el problema no consistía meramente en la investigación de procesos psíquicos concientes, para los cuales bastarían los métodos de indagación ordinarios de la vida cotidiana; si también había procesos psíquicos inconcientes, se requería a todas luces un instrumento especial. El instrumento obvio para este propósito era la sugestión hipnótica –utilizada, no con fines terapéuticos, sino para persuadir al paciente de que produjera material oriundo de la región inconciente de la psique -. Con Anna O., apenas se hizo necesario recurrir a este medio; ella producía torrentes de material de su inconciente, y todo lo que Breuer tenía que hacer era sentarse a su lado y escucharla sin interrumpirla. Pero no siempre esto era tan sencillo como parece, y el historial de la señora Emmy muestra en muchos puntos cuán difícil le resultaba a Freud adaptarse a este nuevo uso de la sugestión hipnótica y atender a todo lo que la paciente tenía para decir sin interferir ni buscar ningún atajo. Por lo demás, no todos los histéricos eran tan accesibles como Anna O.; no con cualquiera se obtenía con tanta prontitud la hipnosis profunda en que ella caía aparentemente por su propia voluntad. Y aquí surgió un nuevo obstáculo: Freud nos dice que estaba lejos de ser un adepto del hipnotismo. En este libro nos relata varias veces cómo eludió esta dificultad, cómo renunció poco a poco a sus tentativas de producir la hipnosis y se contentó con llevar a su paciente a un estado de “concentración” recurriendo ocasionalmente a la “técnica de la presión sobre la frente”. Pero justamente fue su abandono del hipnotismo lo que amplió aún más su intelección de los procesos psíquicos, revelándole la presencia de otro obstáculo: la resistencia de los pacientes al tratamiento, su renuencia a cooperar en su propia curación. ¿Cómo habría de abordarse esta renuencia? ¿Debía sugerirse, o exigir de viva voz, que se la depusiera? ¿O simplemente debía investigársela, como a otros fenómenos psíquicos? La elección de este segundo camino llevó a Freud directamente al mundo desconocido que exploraría durante todo el resto de su vida.
En los años inmediatamente posteriores a los Estudios, Freud abandonó cada vez más la mecánica de la sugestión deliberada y pasó a confiar en el flujo de las “asociaciones libres” de los pacientes. Esto abrió el camino para el análisis de los sueños. Y el análisis de los sueños le permitió, en primer lugar, inteligir el funcionamiento del “proceso primario” de la psique y la forma en que influye en la producción de nuestros pensamientos más accesibles; quedó así en posesión de un nuevo expediente técnico: la “interpretación”. Pero, en segundo lugar, el análisis de los sueños posibilitó su propio autoanálisis y sus consecuentes descubrimientos de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo. Todo esto, salvo unos pocos y vagos indicios, era aún cosa del futuro; pero ya en las últimas páginas de este libro se había topado con otro obstáculo que se levantaba en el camino del investigador: la “transferencia”. Tuvo un atisbo de su formidable poder y tal vez, incluso, comenzó a advertir que no sólo era un obstáculo, sino que sería otro de los principales instrumentos de la técnica psicoanalítica.
(3)

Un descifrador de sueños

¿De qué estamos hablando? Inconciente, sueños, interpretaciones, transferencias... La honesta conciencia positivista del sociólogo puede sentirse inquieta. Observemos, antes de seguir, que la formación metodológica de Freud era, gracias a sus años de Medicina y de investigación neurológica, tan positivista como la de cualquiera.  Sin embargo, cuando se embarca en el esfuerzo de dar una explicación científica de los sueños, el panorama es desolador:
A pesar de un esfuerzo más que milenario, la comprensión científica del sueño ha avanzado muy poco (4)

El espíritu que anima la tarea es impecablemente definido de antemano:

Llamaremos con derecho teoría sobre el sueño a un enunciado acerca de este que procure explicar desde un solo punto de vista el mayor número de los caracteres en él observados y, al mismo tiempo, determine la posición del sueño respecto a un campo de fenómenos más vasto. Las diversas teorías se diferenciarán entre sí por destacar como esencial tal o cual carácter del sueño al que puedan anudarse explicaciones y relaciones. No es forzoso que de la teoría pueda derivarse una función del sueño, vale decir, una utilidad o algún otro rendimiento; pero como estamos acostumbrados a buscar una teleología, de buena gana acogeremos aquellas teorías que vayan asociadas con la perspectiva de una función del sueño.(5)

Suena como un funcionalismo madrugador y sutilmente autoirónico. La aplicada revisión de las fuentes científicas que estaban a mano en la frontera entre los siglos XIX y XX (el texto es de 1900) lo deja con las manos casi vacías. Y, para sorpresa del lector, nuestro médico positivista y tempranofuncionalista se vuelve hacia el conocimiento vulgar:

Me vi llevado a admitir que estamos otra vez a uno de esos casos, no raros, en que una creencia popular antiquísima, mantenida con tenacidad, parece aproximarse más a la verdad de las cosas que el juicio de la ciencia que hoy tiene valimiento. Debo sostener que el sueño tiene realmente significado y que es posible un procedimiento científico para interpretarlo. (6)

Hagamos un esfuerzo de comprensión lectora: las palabras han sido elegidas con cuidado por Freud, y son inquietantes: nos quiere poner a interpretar el sentido de los sueños. Nada de “explicar el proceso onírico”, como el lenguaje consagrado de la ciencia finisecular exigiría. El asombro fue tan grande como para que la primera traducción francesa de este libro llevó el nombre de La science des rêves. La science, la ciencia, no L’interprétation, la interpretación, que sería la traducción correcta del alemán Deutung. Hermoso ejemplo de censura involuntaria (¿inconsciente?).


Freud, por lo menos, es consciente del escándalo:

Mi premisa de que los sueños son interpretables entra enseguida en contradicción con la doctrina prevaleciente sobre el sueño, y aun con todas las teorías sobre el sueño [...], pues “interpretar un sueño” significa indicar su “sentido”, sustituirlo por algo que se inserte como eslabón de pleno derecho, con igual título que los demás, en nuestras acciones anímicas. Ahora bien, como ya vimos, las teorías científicas sobre los sueños no dejan espacio alguno al eventual problema de su interpretación, puesto que según ellas el sueño no es en absoluto un acto anímico, sino un proceso somático que se anuncia mediante ciertos signos en el aparato anímico. (7)

 

Estructura psíquica I: La “primera tópica” descentra al sujeto cognoscente.

“Aparato psíquico”. ¿Qué es esto?
El psicoanálisis establece una premisa fundamental cuyo examen queda reservado al pensar filosófico y cuya justificación reside en sus resultados. De lo que llamamos nuestra psique (vida anímica), nos son consabidos dos términos: en primer lugar, el órgano corporal y escenario de ella, el encéfalo (sistema nervioso) y, por otra parte, nuestros actos de conciencia, que son dados inmediatamente y que ninguna descripción nos podría trasmitir. No nos es consabido, en cambio, lo que haya en medio; no nos es dada una referencia directa entre ambos puntos terminales de nuestro saber. Si ella existiera, a lo sumo brindaría una localización precisa de los procesos de conciencia, sin contribuir en nada a su inteligencia. [...] El primer supuesto atañe a la localización. Suponemos que la vida anímica es la función de un aparato al que atribuimos ser extenso en el espacio y estar compuesto por varias piezas; nos lo representamos, pues, semejante a un telescopio, un microscopio, o algo así”
.(8)

En este texto tardío (1938), editado póstumamente (1940), intento inacabado de ofrecer una síntesis ordenada y accesible de su teoría, Freud elabora una costosa metáfora (la de “aparato psíquico”) para dar cuenta del lugar propio de lo psíquico. No del “órgano corporal y escenario de ella”, el sistema nervioso: ahí estamos por debajo de lo propiamente psíquico. La metáfora en juego imagina un espacio (“extenso en el espacio”) complejo (“compuesto de varias piezas”). Este espacio complejo podría ser entendido, por ejemplo, como una estructura. Lo que Freud intenta es construir un modelo estructural de la psique. La tradición psicoanalítica, apegada a la imagen de lugar (topos, en griego) llamará a este modelo “tópica”. El primer modelo estructural de la psique que construyó Freud es conocido, en consecuencia, como “primera tópica”. Este modelo no será nunca descartado por Freud: la segunda tópica simplemente lo incluye en una construcción más compleja, desde una intencionalidad diferente.
La pregunta generatriz de la primera tópica intenta encontrar una salida para la paradoja planteada por los saberes del sujeto histérico: si admitimos una vida psíquica dotada de sentido, pero ajena al sujeto consciente, ¿dónde está su sujeto?. El saber ha sido imputado clásicamente a la conciencia, pero es de un saber inconsciente que hablamos cuando, por ejemplo, lo advertimos en el discurso del histérico sin que su conciencia lo advierta.


Al principio, el término inconsciente es un adjetivo, que califica ciertas dimensiones de la vida psíquica presentes a la mirada del investigador, pero desalojadas de la conciencia del sujeto. Para dar cuenta de lo que observa, Freud recurre a un elegante dispositivo metodológico: construir un modelo que incluye variables latentes, inaccesibles a la observación directa, pero capaces de explicar lo que se observa. Más allá de lo que el autor haya podido pensar de su propio procedimiento, no se trata de una concesión a la supuesta blandura de las ciencias humanas: ciencias tan duras como la física contemporánea usan abundantemente de este tipo de construcción teórica.
La construcción de esta primera tópica es un proceso gradual, que arranca del análisis de Anna O., toma vuelo definitivamente a raíz del auto-análisis que toma al extraño doctor Fliess como analista de Freud malgrè soi, se prosigue luego a través de múltiples correcciones y afinamientos, especialmente en los escritos metapsicológicos, y se integra finalmente en la elaboración de la segunda tópica. Esta multiplicidad de fuentes, que atraviesa la mayor parte de los volúmenes de las Obras completas, nos lleva a preferir, pedagógicamente, una exposición sintética debida a autorizados especialistas:


La primera concepción tópica del aparato psíquico está presentada en el capítulo VII de La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900) pero se puede seguir su evolución desde el Proyecto de psicología científica (Enwurf eine Psychologie, 1895) donde es todavía expuesta en el cuadro neurológico de un aparato neurónico, luego a través de las cartas a Fliess, especialmente las cartas de 1-1-1896 y del 6-12-1896. Se sabe que esta primera tópica (que será todavía desarrollada en los textos metapsicológicos de 1915) distingue tres sistemas, inconsciente, preconsciente y consciente que tienen cada uno una función, su tipo de proceso, su energía de investición, y se especifican por contenidos representativos. Entre cada uno de estos sistemas, Freud sitúa censuras que inhiben y controlan el pasaje de uno al otro. El término censura, como otras imágenes de Freud (“antecámara”, “fronteras” entre sistemas) marca el aspecto espacial de la teoría del aparato psíquico.


El punto de vista tópico va más allá de esta diferenciación fundamental. Por una parte, Freud, en los esquemas del capítulo VII de La interpretación de los sueños así como en la carta del 6-12-1896, postula la existencia de sistemas mnésicos constituidos por grupos de representaciones que caracterizan leyes de asociación distintas. Por otra parte, la diferencia de sistemas es correlativa con cierto ordenamiento, tal que el pasaje de la energía de un punto a otro debe seguir un orden de sucesión determinado: los sistemas pueden ser recorridos en una dirección normal, “progresiva”, o en un sentido regresivo: lo que Freud designa con el término “regresión tópica” es ilustrado por el fenómeno del sueño, en el cual los pensamientos pueden tomar un carácter visual hasta el punto de la alucinación, regresando así a los tipos de imágenes más próximos a la percepción, situada en el origen del recorrido de la excitación.


¿Cómo comprender la noción de los lugares psíquicos implicada por la teoría freudiana? Sería erróneo, como ha insistido Freud, ver allí simplemente una nueva tentativa de localización anatómica de las funciones:

“Dejaré completamente de lado el hecho de que el aparato psíquico en cuestión nos es conocido igualmente bajo forma de preparación anatómica y evitaremos cuidadosamente la tentación de determinar anatómicamente de alguna manera la localidad psíquica”.

Se advertirá que, sin embargo, la referencia anatómica está lejos de estar ausente; en La interpretación de los sueños, todo el proceso psíquico se sitúa entre una extremidad perceptiva y una extremidad motriz del aparato: el esquema de “modelo” conserva su valor facial. En lo sucesivo, más de una vez, Freud continúa buscando, si no correspondencias precisas, al menos analogías, o tal vez metáforas, en la estructura espacial del sistema nervioso. El sostiene por ejemplo que existe una correspondencia entre el hecho de que el sistema Percepción-Conciencia reciba las excitaciones externas y la situación periférica del córtex cerebral.
Freud se muestra, sin embargo, firmemente ligado a lo que considera como la originalidad de su tentativa: “...hacer comprensible la complicación del funcionamiento psíquico descomponiendo este funcionamiento y asignando cada función particular a las diversas partes del aparato”. La noción de “localidad psíquica” implica, es claro, una exterioridad de las partes unas respecto a otras y una especialización de cada parte. Provee asimismo la posibilidad de fijar a un proceso desarrollado en el tiempo un orden determinado de sucesión.
Por fin, la comparación que establece Freud entre el aparato psíquico y un aparato óptico (un microscopio complejo, por ejemplo) esclarece lo que él entiende por lugar psíquico: los sistemas psíquicos corresponderían a los puntos virtuales del aparato situados entre dos lentillas más que a sus piezas materiales (9)

Al cabo de esta exploración, un extraño resultado comienza a dibujarse: Freud advierte, y nos invita a advertir, que el lugar del conocimiento no reside enteramente en la conciencia. El sujeto cognoscente se ha descentrado.

 

Estructura psíquica II: La “segunda tópica” descentra al sujeto agente.

La segunda tópica se construye al hilo de una intencionalidad diversa, aunque fuertemente conexa con la primera: se trata de dar cuenta de quien actúa. Otra vez, la pregunta generatriz se apoya en la exploración de una paradoja: hay momentos en que, literalmente, no sabemos qué hacemos (o quién hace esto que se hace en nuestro cuerpo, sin que podamos impedirlo ni asumirlo como propio).
Para los sociólogos puede ser de interés el tipo de fenómeno que pone a Freud, definitivamente, en la pista de este segundo modelo de la psique: nada menos que el trillado tema del comportamiento de las masas. Los vaivenes entre el fenómeno social y su explicación (aparentemente) psicológica tejen una trama apretada sobre la cual es posible construir una especie de psicología social psicoanalítica (y ha sido construida, si bien no siempre con resultados realmente consistentes).
Freud inicia Psicología de las masas y análisis del yo (1921) (el libro de marras) con una Introducción tan citada como mal entendida:

La oposición entre psicología individual y psicología social o de las masas, que a primera vista quizá nos parezca muy sustancial, pierde buena parte de su nitidez si se la considera más a fondo. Es verdad que la psicología individual ciñe al ser humano singular y estudia los caminos por los cuales busca alcanzar la satisfacción de sus mociones pulsionales. Pero sólo rara vez, bajo determinadas condiciones de excepción, puede prescindir de los vínculos de este individuo con otros. En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo. La relación del individuo con sus padres y hermanos, con su objeto de amor, con su maestro y con su médico, vale decir, todos los vínculos que han sido hasta ahora indagados preferentemente por el psicoanálisis, tienen derecho a reclamar que se los considere fenómenos sociales. Así, entran en oposición con ciertos otros procesos, que hemos llamado narcisistas, en los cuales la satisfacción pulsional se sustrae de otras personas o renuncia a estas. Por lo tanto, la oposición entre actos anímicos sociales y narcisistas –autistas, diría quizá Bleuler-cae íntegramente dentro del campo de la psicología individual y no habilita a divorciar esta última de una psicología social o de las masas.
En todas las relaciones mencionadas, con los padres y hermanos, con la persona amada, el amigo, el maestro y el médico, el individuo experimenta el influjo de una persona única o un número muy pequeño de ellas, cada una de las cuales ha adquirido una enorme importancia para él. Ahora bien, cuando se habla de psicología social o de las masas, se suele prescindir de estos vínculos y distinguir como objeto de la indagación la influencia simultánea ejercida sobre el individuo por un gran número de personas con quienes está ligado por algo, al par que en muchos aspectos pueden serle ajenas. Por tanto, la psicología de las masas trata del individuo como miembro de un linaje, de un pueblo, de una casta, de un estamento, de una institución, o como integrante de una multitud organizada en forma de masa durante cierto lapso y para determinado fin. Una vez desgarrado lo que naturalmente constituía un nexo único, parecería indicado considerar los fenómenos que se muestran bajo estas particulares condiciones como exteriorizaciones de una pulsión especial, ya no reducible a otra: la pulsión social –
herd instinct, group mind-que en otras situaciones no se expresaría. Pero podríamos sin duda objetar: nos parece difícil que deba adjudicarse al factor numérico una importancia tan grande, hasta el punto de que fuera capaz de suscitar por sí solo en la vida anímica una pulsión nueva, inactiva en toda otra circunstancia. Por eso nos inclinamos más bien a favor de otras dos posibilidades: que la pulsión social acaso no sea originaria e irreducible y que los comienzos de su formación puedan hallarse en un círculo estrecho, como el de la familia.
La psicología de las masas, aunque sólo se encuentra en sus comienzos, incluye un cúmulo todavía inabarcable de problemas particulares y plantea al investigador innumerables tareas, que hoy ni siquiera están bien determinadas. El mero agrupamiento de las diversas formas de constitución de masas, así como la descripción de los fenómenos psíquicos exteriorizados por ellas, reclaman un considerable despliegue de observación y de empeño expositivo, y ya han dado origen a una rica bibliografía. Quien compare este pequeño librito con el campo íntegro de la psicología de las masas tendrá derecho a sospechar, sin más, que aquí sólo pueden tratarse unos pocos puntos de tan vasta materia. Y es así: se abordan sólo algunas cuestiones en que la investigación de lo profundo, propia del psicoanálisis, cobra un interés particular.
(10)

El pequeño librito tiene, sin embargo, más consecuencias de las que el propio Freud podía sospechar. Tomémoslo, a contramano de lo que recomendaba Durkheim, por lo que de más próximo tiene con sus [temas] individuales. En el núcleo de esta nueva “teoría de lugares” aparece el juego de las múltiples identificaciones de la persona, a lo largo de su experiencia, y en el conflicto que entre ellas se establece. El topos aquí es un espacio, un espacio imaginario donde se actúa el drama esquemáticamente representado (en la teoría) por el fondo pulsional (el “ello”, el “superyó”, el “yo”). De estos tres sistemas el único “originario” es el ello, el caldero pulsional donde una multiplicidad de impulsos en conflicto movilizan incesantemente la vida anímica, sin finalidad ni objeto propios; el superyó se organiza, a su vez, alrededor de las identificaciones que elaboran tempranamente un “ideal del yo” y representa, en el interior de la vida anímica, al orden social externo; el “yo”, construido penosamente como lugar del arbitraje entre tensiones endógenas y exógenas, asume la representación de la persona, aunque sea débil, frágil, expuesto a fragmentarse.


¿Dónde está el sujeto? La pretensión representativa del yo oculta, para la conciencia, la verdadera complejidad y conflictividad del mundo psíquico. El sujeto se revela, en el psicoanálisis, como conflicto. Tal vez, freudianamente, se podría imaginar este modelo estructural como otra escena, aquella donde se representa (en el sentido dramatúrgico) la conflictiva acción dramática de la vida anímica. Pero observemos, sobre todo y desde el punto de vista que nos interesa, que el individuo de Freud es ahora una especie de sociedad, entrelazada en una relación de determinación recíproca que desvela el entretejimiento entre la complejidad de las historias personales y entre todas ellas y sus situaciones históricas. Encontraremos un reconocimiento contemporáneo e inesperado de la originalidad de Freud en un jefe de fila de la Inteligencia Artificial, Marvin Minsky, que ha titulado una de sus obras Society of Mind, rindiendo con ello, expresamente, tributo a la intuición freudiana.

Dinámica: las pulsiones y sus destinos

Desde sus comienzos, el pensamiento freudiano se vio confrontado por algunas objeciones insistentes. Una de ellas hace hincapié en lo que se supone ser su “instintivismo”. No vamos a entrar en la discusión, por la sencilla razón de que el objeto de su crítica (independientemente de las razones que puedan esgrimir contra él) no es la teoría freudiana.
Una pulsión (Trieb) no es para Freud un instinto (Instinkt), mal que le pese a cierta tradición de traducciones inaugurada por James Strachey en la Standard Edition inglesa. No hay nada aquí que pueda hacer pensar en un programa de comportamiento genéticamente determinado, y es en la noción de objeto (lo más variable en la pulsión) donde más claramente se puede leer esta diferencia: mal podemos hablar de instintos sin objeto enlazado originariamente con él. Su funcionalidad para la supervivencia sería verdaderamente problemática. Por otra parte, el dualismo freudiano (origen somático/vida anímica) es igualmente tajante a propósito de la fuente, e igualmente incongruente con una teoría instintivista.
En Freud no encontramos, en rigor, nada que nos conduzca a suponer una programación genética estricta del comportamiento humano. Si queremos comprender freudianamente la acción humana, el recurso a las pulsiones no es suficiente. Si es verdad que las pulsiones proporcionan su moción a los actos humanos, es la historia de sus destinos la que nos permite aprehender su sentido. Y estos destinos de pulsión se tejen, con infinita diversidad, a lo largo de cada historia personal, en el telar de las relaciones interpersonales.

A manera de balance

Lo más interesante del pensamiento freudiano es, probablemente, lo que tiene de insoportable para la visión del hombre dominante en su época (y, a fortiori, para la corriente que llegó a ser hegemónica en la psicología social). La imagen del individuo racional, consciente de sí mismo, capaz de conocer el mundo tal cual es, sujeto de la objetividad científica, es puesta severamente en tela de juicio.
Para alimentarse de él, o para conjurarlo, el desafío freudiano a la ciencia valía la pena. Las reacciones dominantes fueron simétricamente empobrecedoras: o el rechazo descalificador en el umbral de la Academia, o la asimilación, precedida por un cuidadoso lavado que aleje riesgos de contaminación. Parsons ejemplifica como pocos el modo como la utilización reverencial de los términos de Freud, despojados de su sustancia subversiva, pueden ser reducidos a una vulgaridad sociologista: la palabra superyó (pero no el concepto) fue tomada como instrumento para depositar en él una respuesta empalidecida a la problemática del control social.
Finalmente vulgarizado, el psicoanálisis se ha diluido en diversos solventes, y con distintas concentraciones. La mayor parte ha perdido, tal vez, toda virulencia. Pero ha despertado reflexiones y orientado búsquedas en múltiples campos de las ciencias humanas, incluida la psicología social, y sigue siendo una fuente viva a la cual recurrir. En todo caso, la emergencia del orden del deseo, a expensas del conflictivo entretejido entre el orden biológico y el orden cultural, es una dimensión necesaria para una psicosociología futura. Más necesaria, todavía, en un momento en que cierto racionalismo aggiornato parece dispuesto a dar por no existente lo que no encaje en sus asépticas categorías

Notas

(1) S. Freud: Presentación autobiográfica. Obras Completas, vol. XX. Buenos Aires: Amorrortu, 1976: 7-9

(2) S. Freud: Presentación autobiográfica, Ed.cit.: 67-68.

(3) James Strachey: “Noticia histórica sobre los Estudios”: Estudios sobre la histeria (Breuer y Freud), Obras completas, vol. II. Buenos Aires: Amorrortu, 1976: 11-12

(4) Sigmund Freud: La interpretación de los sueños (Primera parte). Obras completas, vol. IV. Buenos Aires: Amorrortu, 1976: 29

(5) Ibid.: 98

(6) Ibid.: 121-122

(7) Ibid.: 118

(8) Sigmund Freud: Esquema del psicoanálisis. Obras completas, vol. XXIII: 143.

(9) Jean Laplanche et J.-B. Pontalis: Vocabulaire de la Psychanalyse. Sous la direction de Daniel Lagache. Paris: Presses Universitaires de France, 1971. Art. “Topique”, II: 486-487, trad. APG.

(10) Sigmund Freud: Psicología de las masas y análisis del yo (1921). Obras completas, vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu, 1976: 67-68.

 

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