EL ORIGEN DE LA FLAUTA

Mario Satz

 

Cuando querían hacer música los indios lakota recurrían a sus sonajeros de concha de tortuga, a sus tambores y calabazas secas. Cada actividad humana respondía a un instrumento, cada sonido tenía un destino y cada destino un ritmo. A pesar de lo cual, y durante muchos, muchos años no sabían cuál era la música del amor, ni como atraerlo, con qué canto o silbo, de qué modo y bajo qué circunstancias, hasta que un joven cazador que perseguía un alce le perdió la pista extraviándose en un bosque que tragaba sus pasos con grandes bocados de silencio. Ocurrió que cada vez que el animal parecía ponerse a tiro y el muchacho le apuntaba, volvía a esfumarse. Agotado, decidió echarse a descansar cerca de un curso de agua. Intentó dormir pero le fue imposible. Allí los animales conversaban en voz alta, el viento rascaba las cortezas y muchos otros sonidos que el cazador no conocía conferían al paisaje un aspecto fantasmal. De pronto, en medio de aquel extraño coro, sonó una canción triste, melancólica, pero al mismo tiempo llena de ternura, esperanza y anhelo. Mientras la oía se quedó dormido y soñó que era el pájaro carpintero el que la cantaba.


Cada cierto tiempo se detenía, lo miraba y decía:
-Ven, sígueme.
El joven despertó antes del alba y allí estaba, en efecto, la alada criatura de su sueño, que se puso a volar por encima de su cabeza diciéndole:
-¡Ven, ven conmigo!
Volvió a oírse otra vez la canción. Tierna, melancólica, anhelante. El pájaro carpintero voló hacia el lugar del que procedía la música y se posó sobre un cedro alto y viejo, picoteando con fuerza la madera. El cazador observó con detenimiento lo que ocurría y descubrió que el misterioso sonido procedía de la rama seca en la que se había parado el pájaro. Era el viento, que al atravesar los orificios tallados por el carpintero soltaba el espíritu delicado de aquella canción. Agradecido, el cazador cortó la rama seca, saludó a su guía con una reverencia y volvió a su hogar. No había flechado nada pero estaba igualmente contento.


Una felicidad, la suya, que le duró bien poco, pues no logró extraer de la rama ninguna nota armoniosa. Apesadumbrado, se fue a dormir y soñó de nuevo con el pájaro carpintero, que esta vez le dijo cómo hacer una flauta que funcionara. Despertó al alba, volvió al bosque, identificó un cedro e hizo exactamente lo que se le había indicado. Perforó con dedicación los agujeros, pulió la madera y talló en uno de los extremos del instrumento la cabeza del pájaro maestro. Cuando terminó su trabajo tapó los huecos con sus dedos y sopló, y para su sorpresa volvió a oír, esta vez procedente de su propia boca, lo que había cantado el viento con voz anhelante y dulce.


En su poblado vivía un hombre que tenía una hija hermosa pero altiva. Ningún joven era lo bastante bueno para ella. Muchos habían intentando seducirla con tambores, sonajeros y conchas de tortuga, pero habían retrocedido petrificados por la mudez de su rechazo. Al cazador también le gustaba, de modo que intentó seducirla con la flauta. La mujer estaba en su tienda cuando oyó la melodía. Al principio, y a pesar de que sentía atraída por ella, no quiso averiguar de dónde procedía. Pero sus pies sí. Sus pies sí.


-¿Dónde váis?-les dijo, mirándolos.
Luego fue su cabeza la que quiso acercarse a la música de la flauta, y sus brazos, y sus pechos y hasta su corazón.
-¿A dónde va mi cuerpo sin que mi cuerpo sepa?-se preguntó la muchacha.
A poca distancia de su vivienda se topó con el flautista y sin pensar por qué lo hacía le dijo:
-Seré tuya para siempre.
Los padres de ambos estuvieron de acuerdo y la boda se celebró ese mismo verano. No pasó mucho tiempo antes de que los demás jóvenes descubrieran que el amor respondía a la flauta como la marcha al tambor y la alegría a las sonajas, así que empezaron también ellos a visitar los cedros y escoger las mejores ramas secas. La historia tuvo tanto éxito que pasó de tribu en tribu, y el pájaro carpintero, silvestre luthier del afecto, cuyas mejillas habían sido grises antes de ceder su secreto a los hombres, se volvieron rojas a causa de los muchos rubores, encendidos y alumbramientos amorosos que la música de la flauta provocaba. Y todavía hoy lleva en su cabeza el cárdeno tono de la pasión, ese color de la sangre revuelta por la proximidad de las caricias.


Mario Satz: La parábola de los pájaros cantores

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