El templo de Serapis, en efecto, constituyó el centro de la civilización griega en Alejandría. Fue uno de los grandes hornos de la cultura pagana y, probablemente, también de los estudios médicos y alquímicos. Así, su destrucción fue buscada con ensañamiento por parte de cristianos triunfantes. Se puede leer en Gibbon (Historia de la decadencia y de la caída del Imperio Romano, tomo V) la descripción de esta ruina, acontecida a causa de las luchas violentas entre los defensores del helenismo y los monjes sublevados por el arzobispo Teófilo. Los primeros no cedieron más que por orden directa del emperador Teodosio, orden contemporánea a la del edicto que manda la destrucción general de los templos del Imperio Romano. Ningún acto resultó más funesto al arte y a la ciencia que dicho edicto, y el recuerdo del emperador que lo firmó quedará manchado para siempre.
La biblioteca, o mejor sus restos, parece que subsistieron algún tiempo más. Las cortes del museo de Alejandría se persiguieron hasta la masacre de la sabia Hipatía, crimen infame que realizaron, con tintes de atrocidad, los monjes amotinados bajo las órdenes del patriarca san Cirilo, sobrino y heredero de Teófilo.
Así desaparecieron la escuela de Alejandría y su biblioteca, aniquiladas por el fanatismo cristiano. El historiador P. Orosio nos dice, algún tiempo después y con tristeza, haber visto las casillas vacías y el lugar de los libros desaparecidos. Parece que hubo algunos intentos de reconstrucción de la biblioteca, hasta incluso en los tiempos de los árabes. Sin embargo, la escuela en sí jamás se restableció. Los filósofos perseguidos marcharon a Atenas, otro centro de estudios, donde Proclo enseñaba; y ese foco de cultura subsistió durante un siglo, hasta el día en que un nuevo edicto de Justiniano, en el año 529, provocó la suspensión oficial de la ciencia y la filosofía antiguas.
El Serapeum de Menfis y el templo de Ptah, donde se encontraban probablemente los laboratorios químicos y técnicos de los alquimistas, desaparecieron hacia la misma época que los santuarios de Alejandría.
Escenas espantosas señalaron en Egipto el fin de la civilización helénica y el triunfo del cristianismo. Se puede leer, en las publicaciones de Révillot (Révue de l'histoire des religions, 4ª serie, t. VIII, p. 146, 431, 434, etc.) la biografía de esos monjes profetas, tales como Senuti sublevando por todas partes a los pobres contra los ricos, maltratando a los magistrados enviados para restablecer el orden, destruyendo los diques del Nilo con el fin de anegar las tierras de sus enemigos, masacrando y quemando a los sacerdotes, a los filósofos, a los principales ciudadanos de las villas, en medio de las ruinas de sus casas y de sus templos incendiados. "Tú has roto los dientes de los pecadores... el Señor os ha destruido porque le habéis irritado", exclama el fanático después de su triunfo. He aquí como acabó la cultura griega de Panópolis, uno de sus mejores y más importantes centros. El principal baluarte de los helenos, el poeta Nonnus según Revillou, fue quemado vivo con sus riquezas. Tras el pillaje, los cristianos ocuparon las casas de los que habían caído.
No se escatimó ninguna calumnia a las víctimas. Siguiendo una fábula siempre renovelada y que hemos visto invocar en nuestros días* contra los judíos de Hungría así como contra los católicos de Nôtre Dame des Victoire en París durante la Comuna, se acusaba a los sacerdotes de inmolar a niños y víctimas humanas, y se mostraba a la población fanatizada los restos en medio de los templos, por ejemplo, en el Serapeum de Alejandría.
Precisamente en medio de esos trágicos acontecimientos se persigue la cultura del arte sagrado; sobre todo bajo la forma teórica, pues parece que los experimentadores propiamente dichos habían desaparecido de Egipto con sus laboratorios. Los autores que vienen a continuación, tales como Estéfanos, el Anónimo, el Filósofo Cristiano, son sobre todo comentaristas de los escritores originales.
La persecución, a la vez política y religiosa, que afectó a los adeptos, puede hacernos comprender por qué se ocultaban con tanto cuidado bajo el velo doble de los seudónimos y de los apócrifos. Sus precauciones fueron tales que apenas hoy podemos encontrar indicios y aspectos claros sobre su identidad real.
* Conviene tener en cuenta que este texto fue publicado en 1885.
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