Marsilio Ficino: Meditaciones sobre el alma Introducción a "Meditations on the Soul. Selected Letters of Marsilio Ficino" -ed. Inner Traditions, Rochester, Vermont 1997
por Clement Salaman
Traducción de Enrique Eskenazi


Pocos hoy leerían un libro de filosofía del siglo XV por algo más que un sentido del deber. Pero las cartas de Marsilio Ficino (1433-1499) de Florencia son una excepción. Están inspiradas filosóficamente por Platón, pero también tienen un atractivo inmediato porque conectan con lo que todos sabemos pero mayormente ignoramos: el conocimiento de nuestra propia alma. En muchas de estas cartas Ficino nos apremia directa o indirectamente a cultivar nuestra alma, un mensaje que en nuestro propio tiempo ha sido retomado con gran elocuencia y poder por Thomas Moore (especialmente en su libro "Care of the Soul"). En el sentido de Moore estás cartas son "animadas" (soulful). Nos invitan a volver a considerar aquellas áreas de nuestras vidas que hemos descuidado o sobre las que tenemos puntos de vista rígidos. Sobre todo, nos aconsejan no perseguir los objetos de los sentidos por sí mismos. Ficino escribe (carta 19), "Sólo puedo considerarlo como el más insensato de los actos, el que mucha gente con gran diligencia alimenta a una bestia, es decir, su cuerpo, un animal salvaje, cruel y peligroso; pero se permiten ellos mismos, es decir, el alma, en tanto tienen una, morir de inanición".

Sin embargo Ficino no es ningún asceta. No es un místico medieval que se aleje con disgusto del mundo. Llama nuestra atención a lo que es verdaderamente bueno y verdaderamente hermoso en el mundo y en nosotros mismos y nos invita a volvernos a ello. Sólo de este modo puede disfrutarse todo, sólo de este modo puede realmente alimentarse el alma. Escribe en la carta 2.34: "Qué vergüenza para los mortales, una y otra vez qué vergüenza, digo, por nada sino por esto: se deleitan en bienes mortales y al hacerlo ignoran el eterno bien mismo".
Ficino no dice que las cosas del mundo no deban disfrutarse, sino que no pueden disfrutarse verdaderamente sin estar referidas a un bien mayor, del cual son parte.

Lo que hace que las cartas de Ficino sean hoy relevantes es que da muchos ejemplos de las maneras en que pueden alimentarse nuestras almas -en situaciones que son tan comunes, usuales y difíciles como lo eran hace quinientos años. Aquí sólo pueden citarse unas pocas, pero hay varios ejemplos. En la carta 1.11 habla de encontrar tiempo para estar solo para la contemplación. Dice "quien desee conseguir a Dios que evite grandes números y movimientos tanto como pueda. Retirémonos por tanto, mi Gregorio, retirémonos en aquella única torre de guardia del alma donde, como dice Platón, la luz no vista brillará incesantemente sobre nosotros"
Hasta los golpes del dolor pueden volverse un ocasión para el cultivo del alma. En agosto de 1473 escribe a Gismondo della Stufa (carta 1.15):

"Si cada uno de nosotros es, esencialmente, aquello que es lo mayor dentro nuestro, aquello que siempre permanece igual y por lo cual nos entendemos, entonces ciertamente el alma es el hombre mismo y el cuerpo no es sino su sombra. Cualquier desgraciado que esté tan engañado como para creer que la sombra del hombre es el hombre, como Narciso se disuelve en lágrimas. Sólo cesarás de sollozar, Gismondo, cuando dejes de buscar a tu Albiera degli Albizzi en su oscura sombra y comiences a seguirla mediante su propia clara luz"

La posesión consciente de talentos notables puede usarse para alimentar el alma -o para matarla de hambre. Esto depende si quien posee estos talentos los atribuye a su ego y a sus propios méritos, o si reconoce que vienen de arriba y son para servir a Dios. Después de alabar los dones extraordinarios de Lorenzo de Medici en una carta a él fechada el 21 de enero de 1474 (carta 1.26) Ficino continúa como sigue: "Querido amigo, digo que estas cualidades están en ti, pero no se originan de ti. Pues tales maravillas son sólo obra de Dios omnipotente. Hombre excelente, eres el instrumento de Dios, adecuado para realizar grandes obras... Por lo tanto continuarás realizando con éxito estas maravillosas obras, en tanto obedezcas al divino creador"
El dolor de ser insultado y agraviado también puede cambiarse para el bien del alma. Ficino explica en una carta a su amigo Giovanni Cavalcanti (carta 10) escrita en marzo de 1474:

"Dices que uno de tus parientes se sintió herido los otros días por los insultas de alguna gente insolente. El hombre que actúa injustamente, Giovanni, se hace injusticia a sí mismo; porque perturba el alma y le estampa a marca de una mala disposición. Es por esta conducta deshonrosa que sufre odio, peligro y desgracia. Aquél que acepta la ofensa, la recibe de sí mismo y no de quien le ofende. Pues el alma racional -que es el hombre mismo- no puede ser ofendida a menos que él considere que la injusticia es un mal para él: y esto depende de nuestro juicio. Por lo tanto, que ningún hombre culpe a otro, sino a sí mismo: pues ningún hombre puede ser ofendido sino por sí mismo, y que el que se queja piense cómo puede castigarse, esto es, mediante disciplina y corrección, en lugar de idear castigo para el ofensor.
¿No has visto a los niños patear a una piedra que se les ha arrojado, aunque no les haya golpeado? Aun cuando no han sido lastimados por la piedra, se hieren a sí mismos al patearla. Del mismo modo el imprudente, cuando el asno le da una coz, golpea al animal con su puño, o más bien se golpea a sí mismo. En verdad, es de sus propias opiniones de donde recibe tales heridas que, como pelotas, rebotan contra quien las arroja. Acaso dirás que es difícil no desear venganza. Pero no hay duda de que si los hombres perdonan Dios, que es el más justo, restablecerá el equilibrio un poco más tarde"

El cuidado de Ficino por las almas de la humanidad provenía de un profundo amor. La base de este amor era que veía a los demás en sí mismo. Dice que el amante forma en su corazón una imagen del amado. Al ver esta imagen el amado se reconoce en el amante, pero se purifica y transforma por ese mismo amor. De este radiante sí mismo se enamora. Así, la pareja se vuelven ambos amantes y amados. Pero este Yo radiante es divino. Está siempre presente, siempre pleno, siempre gozoso. De acuerdo con Ficino doquiera que haya dos amigos, Dios siempre es el tercero. Por ello la verdadera amistad siempre es divina. Pues la amistad no es sino el amor hecho firme y pronto. No es fácil ver límites en el amor o en la amistad de Ficino. En muchas de sus cartas afirma que el amigo a quien se dirige y él mismo son uno. La gran fuerza del amor es universal. Ficino dice en el segundo discurso de su "Comentario sobre El Banquete de Platón" (al que suele referirse como "De amore") que "la Divina Belleza (que es Dios) crea Amor en todo, esto es, deseo por Sí misma, porque si Dios atrae el mundo hacia Sí, y el mundo es atraído por El, hay entonces una continua atracción, comenzando por Dios, yendo hacia al mundo y acabando al final en Dios, una atracción que regresa al mismo sitio de donde comenzó como si fuera una especie de círculo".
En otras palabras, todo el acontecimiento de la creación, tanto su comienzo como su fin, se mueve por amor. Por supuesto, es a través de este amor que se alimenta realmente el alma. Al alma, al reconocer su verdadera naturaleza, comienzan a salirle alas; como dice Ficino en la carta 35, comienza a volar de regreso a su verdadero hogar. Al fin se da cuenta de su naturaleza infinita, una transformación sublime que Ficino describe en las cartas 29 y 59. Esta transformación del Hombre en Dios es verdadero destino del Hombre. En la carta 12 Ficino escribe: "No fue para las cosas pequeñas sino para las grandes que Dios creó a los hombres quienes, conociendo las grandes, no se satisfacen con pequeñeces. En verdad, fue sólo para lo ilimitado que El creó a los hombres, que son los únicos seres sobre la tierra que han re-descubierto su naturaleza infinita que no están plenamente satisfechos por nada limitado, por grande que ello pueda ser". Aquí Ficino parece expresar el espíritu esencial del Renacimiento.

No encontramos las cartas de Marsilio llenas de anécdotas personales que caracterizan la correspondencia de tantos autores: los detalles que parecen decir tanto pero que usualmente comunican tan poco sobre su sujeto. La verdadera naturaleza del hombre se manifiesta por el sentimiento de ser uno con sus corresponsales; la combinación distintiva de total desapego e intensa simpatía con sus dificultades. Tales detalles personales en tanto parecen importante provienen principalmente de la biografía cuasi contemporánea de Giovanni Corsi, escrita en los primeros años del siglo XVI.
Corsi nos cuenta que Marsilio era el hijo de Diotifeci Ficino, médico de Cosimo de Medici. Continúa diciendo que por insistencia de su padre su educación se orientó hacia la medicina. Consiguientemente fue por un tiempo a la Universidad de Boloña, una de las universidades de medicina importantes de su tiempo. El interés y la habilidad de Marsilio en medicina nunca le abandonaron. Corsi nos cuenta que en años posteriores los Medici siempre venían a verle en primer lugar cuando necesitaban consejo médico, como lo hacían también sus amigos, a quienes siempre trató sin cobrar. Sus "Tres Libros sobre la Vida" (acabado en 1489) están dedicados a la preservación de la salud, particularmente la de aquellos que practican la filosofía. Con su característico humor seco sugiere que no sirve de mucho que un estudiante decida dedicar su vida a la filosofía, si pierde la vida que pretende dedicar. En la carta 34 Ficino refiere que un tal Francesco Musano que fue curado por "nuestras medicinas" y que Musano ofreció sus respeto a la "Academia" de Ficino como si fuera su propio doctor.

No se sabe mucho del padre de Ficino, Diotifeci, que murió en 14778, salvo que era un cirujano exitoso y un médico y que la nobleza de Florencia le visitaba para que la tratase. Marsilio en su "Consilio contro la Pestilentia" nos cuenta que su tratamiento de la peste, entonces endémica en Florencia como en el resto de Europa, era particularmente exitoso. Empero, al igual que su hijo más tarde, Doitifeci era reacio a cobrar a sus paciente y por lo tanto vivió en circunstancias un tanto apretadas.
Sabemos aún menos de la madre de Marsilio, Alessandra, que del padre. Vivió hasta una edad avanzada, muriendo sólo un año o dos antes que el mismo Marsilio. Marsilio estaba convencido de que tenía poderes psíquicos. En la carta 24 describe cómo su propia madre, Angela, se le apareció a Alessandra y a su marido simultáneamente, aunque estaban en lugares distintos, para anunciarles su muerte en el mismo momento en que ocurría, a muchos kilómetros de ambos. Marsilio vio esto como una prueba de que "las almas de los muertos, liberadas de las cadenas del cuerpo, pueden influirnos y preocuparse de los asuntos humanos". Cuido a ambos padres en su vejez y se los llevó a vivir consigo, También parece haberse hecho cargo de sus hermanos. Cuando Lorenzo de Medici, el nieto de Cosimo, le dio a Ficino dos pagas eclesiásticas, Corsi nos cuenta que "dejó todo su patrimonio a sus hermanos". Empleó a uno de sus sobrinos como escribiente.

La influencia más decisiva en la educación de Marsilio fue su conexión con Cosimo de Medici.Cosimo de Medici   Cosimo no sólo era el indiscutido gobernante de Florencia, uno de los cinco estados principales en los que se dividía Italia en el s. XV, desde 1434 hasta su muerte en 1464, sino que también era uno de los hombres más ricos de Europa, puesto que controlaba la banca Medici, enormemente exitosa. Pero era mucho más que un exitoso hombre de estado y comerciante: era un hombre de visión. Aspiraba a restablecer en Florencia las glorias culturales del pasado clásico. No sólo estableció las condiciones de paz y prosperidad en el cual pudiera florecer el nuevo Renacimiento, sino que congregó a su alrededor al círculo de hombres más dotados relacionados con las artes. Entre estos estaban los escultores Donatello y Luca della Robbia, el arquitecto Michelozzi, el músico Squarcialuppi, los pintores Filippo Lippi y Fra Angelico, y muchos otros. También trabajó infatigablemente para recuperar y copiar los antiguos textos sobre los que claramente creía que reposaba la cultura antigua. Muchos de estos se obtuvieron de Constantinopla, que estaba sentenciada mucho antes de su caída final en poder de los turcos en 1453. Muchos otros manuscritos se trajeron desde monasterios de Europa Occidental, donde yacían descuidados y, de hecho, olvidados.

Un momento decisivo en la vida de Cosimo fue la convocatoria del Concilio de la Iglesia que tuvo lugar en Florencia en 1439. E concilio fue convocado a pedido del emperador griego, Juan Palaeologus, que esperaba conseguir la unión entre las iglesias orientales y occidentales, lo que a su voz podría llevar a que los estados de Europa occidental enviaran ayuda militar para el tambaleante "imperio" de Bizancio. Una magnífica comitiva de hombres de iglesia y de estudiosos siguió al emperador hasta Ferrara, adonde había sido convocado originalmente el concilio. Se encontraron con teólogos y hombres de estado de Occidente; uno de estos era Cosimo que, al sentir que los recursos de Ferrara no eran adecuados para mantener tal comitiva, propuso que el concilio se encontrara en Florencia. El concilio no logró su objetivo, pero entre los estudiosos del este había un tal Gemisthos Plethon que había establecido una Academia Platónica en Mistra, cuyos miembros podrían haber investigado, con algún sentido de ironía, las cuestas desiertas que una vez había sostenido las rígidas estructuras del invencible estado de Esparta. Corsi dice de Gemisthos que era "llamado por Marsilio un segundo Platón, e igualmente aclamado por su elocuencia y erudición. Cuando Cosimo le escuchó discutiendo con frecuencia ante los estudiosos y ganando su más alto aplauso y admiración, se dice que se encendió con un extraordinario deseo de recuperar para Italia lo antes posible la filosofía de Platón". Corsi luego añade "No muchos años más tarde, como por divino destino, pudo lograr esto gracias a Marsilio, que en su juventud había sido ampliamente instruido en humanidades y ardía por tal amor a Platón, al que conocía a través de Cicerón, que dejando lo demás de lado, ponderó lo siguiente: cómo, al cruzar los portales de la Academia, podría ver a Platón y hablar cara a cara con él y toda su familia"
Las fechas son imprecisas, pero parece claro que Cosimo había escogido a Marsilio cuando aún era un joven, para que reviviera el estudio de Platón, no como un ejercicio escolástico, sino como una filosofía viviente. Corsi nos cuenta que en una ocasión, cuando Marsilio "visitó" Florencia (acaso en vacaciones de sus estudios en Boloña), su padre lo llevó a ver a Cosimo: "Este le encargó que tuviera especial cuidado de los estudios de Marsilio para que no fuera en contra de su disposición natural. Dijo que no había razón para preocuparse de las dificultades domésticas, ya que nunca le descuidaría en ningún negocio, ante bien, le proveería de todo generosamente. 'Tu, Ficino', dijo, 'nos has sido enviado para curar cuerpos, pero tu Marsilio nos ha sido enviado del cielo para curar almas".
Si bien no sabemos la fecha en que comenzó la estrecha asociación de Cosimo con Marsilio, tiene que haber sido antes de 1452 (cuando Ficino tenía diecinueve años) puesto que Ficino nos cuenta en la carta 1.86 que había conversado fructíferamente de filosofía con Cosimo por más de doce años; y Cosimo murió en 1464.
Pero hubo tras influencias aparte de la de su padre que demoraron el aprendizaje de Marsilio del griego y por lo tanto su estudio de Platón en los originales. Antonino, el gran arzobispo dominico de Florencia y canciller de la universidad, al que Ficino respetaba mucho, le aconsejó a mediados de la década de 1450 que estudiara menos a Platón y más a Tomás de Aquino.
Es claro por ello que no fue hasta avanzada su veintena que Ficino realmente dominó el griego. Su primera obra, "Las Instituciones Platónicas" (probablemente destruida) fue escrita en 1456, pero Cosimo le aconsejó que no publicara nada hasta que pudiera leer en griego. Sus primeras traducciones al latín no aparecieron hasta 1463, cuando tenía veintinueve años.
El hecho de que Ficino aprendiera griego tan relativamente tarde ilustra el genio del hombre. En primer lugar algunas de sus cartas más bellas (por ejemplo 29 y 35) fueron escritas antes de haber estudiado realmente a Platón y su gran familia de filósofos afines. En segundo lugar, fue capaz de dominar el lenguaje tan rápida y comprensivamente que incluso sus primeras traducciones permanecieron como la norma hasta que las traducciones vernáculas reemplazaron completamente las versiones latinas, en el siglo XIX.

Fiel a su palabra, Cosimo le dio a Ficino una pequeña finca muy cerca a su propia villa en Careggi en 1462. Los bosques de Monte Vecchio donde Ficino ejercitaba sus prácticas espirituales en soledad se elevan detrás de su casa. Tiene que haber sido en esta casa que Ficino comenzó las primeras traducciones de Platón encargadas por Cosimo. De acuerdo a Corsi completó las traducciones en el periodo sorprendentemente breve de cinco años.
Aún antes de poderse embarcar en la traducción de Platón, empero, Cosimo le pidió a Ficino que tradujera un manuscrito recién descubierto de "El Poimandres", atribuido al sabio egipcio Hermes Trismegisto. Esta obra se había perdido para Occidente desde la antigüedad. Era de importancia seminal tanto para Ficino como para Cosimo porque para ellos era prueba concluyente de que las principales tendencias de la cultura europea, la religión judeo-cristiana y la filosofía griega, tenía como fuente última a Hermes (o Thoth, tal como lo conocían en Egipto). Ficino pensaba que Hermes había instruido no sólo a Moisés, sino también a Orfeo, que a su vez había inspirado a un linaje de filósofos, incluyendo a Pitágoras y culminando con Platón. Hasta los escritos de Isaac Causabon, a final del siglo XVI, los estudiosos y teólogos europeos aceptaron la prueba presentada por la traducción y comentario de Ficino. El ejemplo más dramático de esta aceptación es la gran ilustración de Hermes en el empedrado de la entrada a la catedral de Siena en Italia, realizado alrededor de 1488; debajo suyo está la inscripción "Hermes Mercurius Trismegistus contemporaneus Moysi" (el contemporáneo de Moisés). Tiende su mano con el libro de su sabiduría a dos figuras a su derecha, una claramente de Oriente y otra de Occidente. La división entre filosofía y religión que caracterizó gran parte de la Edad Media y dio origen a muchos absurdos (como la doctrina de que había dos verdades) parecía acabada, y Ficino pudo escribir sin temor de contradicción, que "la legítima Filosofía no es diferente de la verdadera religión, y que la legítima religión es exactamente lo mismo que la verdadera Filosofía" (carta 48).

Ficino pronto reunió a su alrededor un grupo de hombres de espíritus afines al suyo, a los que se refería como la Academia. No está claro cómo se reunía este grupo y qué ocurría en tales encuentros. Pero es seguro que la Academia fue de gran importancia para Ficino y en muchas ocasiones se refiere a ella como si fuera una solo entidad actuante, como por ejemplo en la carta a Francesco Musano ya mencionada. En una carta a Martín Preninger lista los miembros de la Academia, dividiéndolos en tres clases: los Medici, sus auxiliares y sus oyentes. Lo que impresiona respecto a los miembros es que hay tantos hombres notables de Florencia, aparte de los Medici. Ficino atribuye su obra bien conocida, el Comentario al Banquete de Platón, a un encuentro con ciertos amigos con ocasión del cumpleaños de Platón (7 de noviembre) en 1468, cuando diferente personas tenían que hablar en los discursos asumiendo los personajes del diálogo de Platón. Estos discursos, de acuerdo con Ficino, forman el texto del libro. Este tipo de encuentros puede no haber sido atípico del modo de trabajar de la Academia.
Exteriormente la vida de Ficino no fue muy accidentada. Gran parte de su tiempo lo pasaba en Careggi. No contento con traducir y escribir comentarios sobre los diálogos de Platón, procedió a traducir y comentar a los principales filósofos neoplatónicos también, incluyendo a Plotino, Jámblico, Porfirio, Proclo y Psellus. Además de las obras ya mencionadas, escribió otras dos obras importantes, La Teología Platónica y La Religión Cristiana. Al componer estas obras nunca estaba lejos de sus ideas la reconciliación de la filosofía de Platón con la religión cristiana. Pero su visión de la unidad era mucho más amplia que esto. Finalmente consideraba todo en el universo como una manifestación del Uno, del Bien, de Dios. Para él esta era la única realidad. Escribe en la carta 65 "todo el tiempo que perseguimos meramente una cosa tras otra estamos huyendo del Uno mismo, que es todas las cosas. Pero aquel que simplemente busca al Uno mismo, en ese Uno pronto lo consigue todo".
En 1473 Ficino fue ordenado sacerdote. En septiembre del año siguiente escribe (carta 68) que acababa de padecer una dura enfermedad y que hubo momentos en que "casi desesperaba de poder curarse". Dice:

"Ofrecí plegaras a la divina María y rogaba alguna señal de recuperación. Sentí inmediatamente algún alivio y en sueños recibí una clara indicación de cura. De modo que no le debo un gallo a Esculapio, sino mi cuerpo y corazón a Cristo y a Su madre. Debe aceptarse todo como conduciendo al bien, Marescalchi. ¿Podría ser que dios quisiera advertirme mediante una señal durante este enfermedad de que debería en el futuro declara la enseñanza cristiana con mayor celo y profundidad?"

Se ha sugerido a veces que Ficino padecía de algún tipo de crisis psicológica en este punto de su vida y que sintió que había dedicado demasiada atención a Platón a expensas de las escrituras cristianas. Corsi dice que fue en este punto en que escribió su libro La Religión Cristiana, y que "ahora, mientras aún tenía cuarenta y dos años, de ser un pagano se volvió un soldado de Cristo". Pero de hecho la carta 68 deja claro que ya había comenzado La Religión Cristiana antes de su enfermedad y que no volvía a Cristo y María a expensas de Platón, puesto que escribe que durante su enfermedad "excepto por los autores platónicos, los escritos de los hombres no le ayudaron para nada, pero las obras de Cristo trajeron mucho más alivio que las palabras de los filósofos". El hecho de durante este tiempo estaba también ocupado en escribir La Teología Platónica muestra que volvía su mente con intensidad aumentada a mostrar la unidad en las enseñanzas de Cristo y de Platón.

Como sus patrones los Medici, en la búsqueda de lo Uno trabajaba para la armonía y la paz en todos los niveles. Aquí bastará un solo ejemplo. En 1478 una facción de nobles descontentos, protegidos por el Papa Sixto IV y su sobrino Girolamo Riario, acuñaron una trama conocida como la conspiración Pazzi, contra Lorenzo de Medici y su hermano Giuliano. El plan proyectaba el asesinato de los dos hermanos en la catedral de Florencia durante el servicio del Domingo antes de la Ascensión. Giuliano fue asesinado, pero Lorenzo huyó gracias a la inexperiencia de uno de los asesinos, el rápido ingenio de Lorenzo y el sólido apoyo que los ciudadanos florentinos mostraron por los Medici. La venganza sobre los conspiradores fue terrible. El jefe de la conspiración, Jacopo de' Pazzi, cabeza de un banco que competía con el de los Medici, fue capturado cuando intentaba huir de Florencia, torturado y colgado, así como Jacopo Bracciolini; Francesco Salviati, el arzobispo de Pisa, fue colgado boca abajo de las ventanas de la Signoria sin siquiera el asomo de un juicio: y Bernardo Bandini, que había acuchillado a Giuliano y huido a Constantinopla, fue devuelto por el sultán, juzgado y colgado en Florencia. El cardenal Raffaele Riario, el sobrino de diecisiete años de Girolamo Riario que se hacía cargo del servicio en el cual tuvo lugar el asesinato de Giuliano de Medici, aunque fue aprisionado por Lorenzo inmediatamente después del juicio para su propia seguridad, se libró. Era joven, no había pruebas contra él y, después de todo, era el sobrino nieto del Papa.
Antes del asesinato Ficino había estado en buenas relaciones con Salviati, Bracciolini y Riario. Conocía sin duda la naturaleza de estos hombres y probablemente su deseo de sacar a los Medici del poder, aunque no conocía el plan para matarlos. Escribió un número de cartas que fueron compuestas claramente para alejarlos de la violencia e instarlos a la sensatez. La carta 5 se titula "La verdad se dirige al Cardinal Riario acerca de la educación de un gobernante". El principal peso del consejo que "la Verdad" da a Riario es tener cuidado con los aduladores y los malos consejeros. La carta 16 claramente se refiere a la elección reciente de Salviatti al arzobispado de Pisa y la convocatoria de Riario como cardenal. Ficino escribe: "Por algún destino insensato o, mejor, desgraciado... la mayoría de los mortales hacen un empleo más perverso de la prosperidad que de la adversidad... Recordemos que la naturaleza del mal consiste en ofrecérsenos diariamente bajo el disfraz de un bien". Es así "muy fácilmente acogida... y alojado como si fuera el bien; pero muy pronto hiere a su desprevenido anfitrión con una espada, tal como merece". En la carta 2.36 Ficino habla a Jacopo Bracciolini en términos aún más afilados. Citando una carta que pretende ser del filósofo Plutarco al emperador romano Trajano, escribe "mientras más lejos estás de la acusación de ambición, más valioso eres... la opinión pública con frecuencia remite la transgresión de los discípulos a sus maestros (Bracciolini era tutor de Riario)... He representado para ti la esencia del orden y la práctica política. Si te conformas a esto, tienes a Plutarco como tu autoridad... De otro modo invoco la carta ante nosotros como testigo de que no buscas la ruina del gobierno bajo la autoridad de Plutarco " (en lugar de Plutarco, léase Ficino)

Cuando el papa Sexto IV vio que su plan para liberarse de los Medici por medio del asesinato había fallado, recurrió a la guerra abierta, puesto que pretendía aumentar aún más su poder sobre el clero florentino y expandir el estado papal hacia el norte, propósitos ambos obstaculizados por Lorenzo. El papa consiguió un aliado pronto en el ambicioso Ferdinando (o Ferrante), rey de Nápoles. Florencia, sitiada por los dos ejércitos, se encontrado en situación desesperada, de la cual pudo salvarse sólo por la acción heroica de Lorenzo, quien fue solo y de incógnito para negociar con Ferdinando; estas negociaciones fueron exitosas y pusieron fin a la guerra.
El rol de Ficino en esto consistió en escribir magníficas cartas tanto al papa como a Ferdinando, instándolos a finalizar sus ataques. En la carta 95 Ficino recuerda a Sexto su verdadera naturaleza y supone que actuará de acuerdo con ella. La carta debe leerse íntegramente, pero el pasaje siguiente puede quizás destacarse como epítome del modo de dar consejo de Ficino: "Si tenéis algún rechazo por vuestra grey, dejadlo de lado, para recuperar, si es que la hubieses perdido, vuestra acostumbrada caridad que, siendo completamente innata, no podéis perder sin perderos a vos mismo". Característicamente, Ficino percibe al final de la carta el cambio que ya está tomando lugar en el Papa; "Nuestro Pontífice, el más vidente de todos los hombres, no se ha olvidado a sí mismo. No perdió su propia sabiduría cuando comenzó a ser sabio para todos. No se desprendió de su natural generosidad cuando se puso e manto de Pedro el más generoso".

Lorenzo de MedicisLa relación de Ficino con Lorenzo de Medici no fue uniformemente armónica como parece haberlo sido con su abuelo Cosimo. Astuto diplomático, soberbio patrono de las artes y poeta elocuente, Lorenzo no tenía la seria disposición filosófica de Cosimo ni la firmeza de carácter de su propio padre, Piero. Ciertamente, antes de la conspiración de los Pazzi parece haber pasado gran parte de su tiempo en pasatiempos frívolos y bajo su dirección la gran banca Medici comenzó a encaminarse hacia la insolvencia. Su generosidad con Ficino parece haber sido espasmódica, y las antiguas amorosas cartas que había habido al comienzo fueron reemplazadas por cartas ocasionales con quejas magramente veladas y largos periodos de silencio. En los últimos años, sin embargo, su buena relación se restableció mucho.
Ficino vio claramente la doble naturaleza de Lorenzo y le escribió una carta de gran penetración (carta 97). Ficino se presenta con "un cuadro de la mente mala y la buena". La primera es "un bosque denso con afilados espinos, erizado con bestias salvajes, infectado con serpientes venenosas", y por cuanto a la segunda, "una mente dotada con bellos principios... es como una tierra fértil bien cuidada". Ficino le presentaba los dos lados de la naturaleza de Lorenzo con dramática claridad; probablemente poco después de esto fue que partió a su decisiva visita al Rey Ferdinando.

Pero Ficino no era sólo un hombre que daba buenos consejos. Practicaba los principios que enseñaba. De acuerdo con Corsi, como Sócrates era parco en la comida y se preocupaba poco por las posesiones personales. Su vida parece haber sido completamente casta, adecuada a un filósofo y un sacerdote. Pero Corsi acentúa que no era ningún aguafiestas. Nos cuenta que "escogía los vinos más excelentes, pues tenía inclinación hacia el vino, y sin embargo nunca salió de las fiestas borracho o aturdido, aunque con frecuencia más alegre". Tenía un ingenio chispeante y un vivo sentido del humor y Corsi menciona que muchos de sus dichos en italiano fueron registrados. También nos cuenta que Ficino no guardaba rencor ni se ofendía, pero siempre recordaba los bienes que se le hacían. Ficino menciona que sufría de bilis negra o melancolía, pero en sus cartas difícilmente hallamos señales de ser huraño o de preocuparse de sí mismo.
Corsi nos cuenta que era corto de estatura, y el mismo Ficino bromea sobre esto en sus cartas. Aparentemente era un poco titubeante en su habla pero su rostro "presentaba un aspecto amable y agradable. Su complexión era rubicunda, su cabello rizado y dorado y erguido en su frente". Que su apariencia era atractiva lo confirma el retrato que Ghirlandaio pintó de él en las paredes de la Iglesia de Santa Maria Novella de Florencia.

Sobre todo, Corsi acentúa el gran amor que sentía por sus compatriotas florentinos y el amor que a vez éstos sentían por él. Como Sócrates, de quien extrajo tanta inspiración, solía caminar por Florencia al igual que Sócrates por Atenas, conversando con los jóvenes, que quedaban fascinados con su discurso. Cuando murió el 1 de octubre de 1499, Corsi nos cuenta que pueblo de Florencia asistió al funeral con dolor y lágrimas.
Pero su inspiración continuó viva. Poco antes de su muerte, en 1497, publicó sus "Comentarios sobre Dionisos" cuya enseñanza acaso se aproxima al platonismo más que cualquier otro autor cristiano del mundo antiguo. En 1498 apareció un comentario sobe las Epístolas de Pablo. Mantenía correspondencia con Germain de Ganay, presidente del Parlamento de París, y Matthias Corvinus, el gran rey guerrero de Hungría. En 1496 recibió una carta de Robert Gaguin, rector de la Universidad de París quien escribió: "Su virtud y sabiduría, Ficino, son muy conocidas y apreciadas, especialmente en nuestra Academia de París, de modo que su nombre es amado y alabado". Después de su muerte particularmente, las "academias" basadas en el modelo de la de Ficino, surgieron en varios lugares de Europa, la más famosa de las cuales era la de Navarra (iniciada por Margaret, hermana del rey francés, François I).
La importancia de la influencia de Ficino en el pensamiento europeo hasta el presente ha sido muy grande. Su enseñanza de que el alma humana era inmortal e ilimitada se vinculaba directamente a la confianza inconmovible y el genio creativo que muchos de los gigantes del Renacimiento expresaron en tantos campos. Su visión de que toda la creación se movía por amor y aspiraba a retornar a Dios a través de Su belleza se reflejó en la intensa belleza de la forma física que los maestros del Renacimiento manifestaron con tal habilidad. Su acento en la importancia de la naturaleza humana y las virtudes que yacen en ella apoyó una nueva dirección en la educación. Finalmente es la práctica de estas virtudes que conduce al descubrimiento de lo divino en el hombre. "La recompensa de las virtudes", dice Ficino en la carta 91, "es la realización de Dios". Había una obvia conexión entre estas ideas y la reintroducción de las grandes épicas de la antigüedad en el sistema educativo. John Colet de la Escuela St. Paul de Londres, que fue uno de los primeros maestros que estimuló este desarrollo del currículum, era uno de los corresponsales de Ficino.

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