El don de lenguas
Rashid Ibn Wardi, un poeta de Damasco, cuenta en sus memorias que la primera vez que se enamoró fue en su ciudad, a los seis años. Había ido a por pan al horno cuando, al volver, la inesperada aparición de una niña de ojos verdes que le sacaba la lengua le dejó estupefacto, a tal punto conmovido que -dice-, se le encogieron los lóbulos de las orejas y la respiración se le transformó en jadeo.
-En ese momento- solía decir a sus amigos evocando la escena-, no comprendí el alcance de la visión. El sortilegio contenido en ese gesto. Puede, incluso, que se tratase de una burla, pues yo era muy delgado y tenía la nariz prominente, una burla que me empeciné en interpretar como un mensaje de amor.
Hasta entonces ninguna mujer de su entorno se había dirigido a él de ese modo. Hijo de familia numerosa, lo tenían apilado como a las alfombras, sirviéndose de él para extraer agua del pozo o avivar los fogones. Rashid Ibn Wardi amaba las matemáticas, las flores y la belleza de los amaneceres de verano con el cielo enfebrecido de vencejos. Por más que lo intentó no volvió a ver a la chica de la lengua afuera y los hermosos ojos verdes. Tal vez estuviera de paso en Damasco, tal vez viniera por unas horas a visitar a unas tías o a unos primos. En sus ochenta años de vida tuvo bastante tiempo como para resolver el enigma, pero jamás lo logró.¿Fue desprecio, seducción, ofrenda, insulto, reclamo o rechazo? Rashid Ibn Wardi buscó, ya adulto, en todas las relaciones que mantuvo con el género femenino, aquella tierna lengua infantil, tan súbita, rosada y punzante. Tanto que le había sajado -escribe en el más famoso de sus poemas-el corazón como un albaricoque al que alcanza el cuchillo del placer antes de que el hambre se manifieste. Si entonces hubiera tenido barba, decía, cada uno de sus pelos habría enrojecido como clavos a los que tortura el fuego.
-Tal vez por eso- contaba, evocando el hecho-, de aquella pequeña lengua que no puede amar realmente nació mi devoción por la lengua poética, la cual es, a su modo, un relámpago de gozo que estalla entre los labios y las amígdalas dejándonos transidos de emoción, colmados por un oscuro silencio. Cándido de mí, que he cultivado el don de lenguas para alcanzar, infructuosamente, el conocimiento de una sola, aquella que revelándose un momento se desvaneció para siempre. Pobre de mí, pues ninguna de las lenguas femeninas que conocí inspiró a mi boca lo que aquella que se me hurtó. Desdichado de mi, amante de muchos idiomas e ignorante de su nombre.
De El pintor de sonrisas
Mario Satz
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