CAPÍTULO XV
EL SENTIDO DE LA VIDA
El sistema Hombre-Cosmos. Concepción evolutiva de la vida. Adaptación activa sub specie aeternitatis. El concepto de Dios. El sentimiento de comunidad en el origen de las religiones. Necesidad de la metafísica para el psicólogo. El sentimiento de comunidad ideal. Diferencia entre la Cosmovisión de la Psicología individual y los sistemas ético-religiosos. El futuro de la humanidad. Los grandes obstáculos para el desarrollo del sentimiento de comunidad. El imperativo absoluto del sentimiento de comunidad.
Averiguar el sentido de la vida no tiene valor ni interés, sino teniendo en cuenta el sistema correlativo Hombre-Cosmos. Es fácil comprender que el Cosmos posee en esta correlación un poder creador; es, por así decirlo, el padre de todo lo viviente y toda vida está en continua pugna para satisfacer debidamente las exigencias cósmicas. No queremos afirmar que exista algún impulso dado que desde un principio puede determinarlo todo en la vida por el mero hecho de desenvolverse, sino que existe un algo innato inherente a la vida: un afán, un impulso, un desarrollarse, un algo sin el cual sería imposible en absoluto imaginársela. Vivir quiere decir evolucionar. El espíritu humano está demasiado habituado a encerrar en formas estáticas todo lo fluyente y a tomar en consideración no ya el mismo movimiento, sino el dinamismo congelado, esto es, el movimiento que ha tomado forma. Nosotros, los psicólogos individuales, aspiramos desde el principio de nuestras investigaciones a convertir otra vez en movimiento todo cuanto percibimos como forma. Todos sabemos que el hombre proviene de una célula; pero asimismo debiera comprenderse que esta célula encierra los fundamentos necesarios para su evolución. Cómo surgió la vida en el planeta es una cuestión muy debatida para la que tal vez no hallemos nunca la justa y definitiva respuesta.
El desarrollo de todo lo que vive, partiendo de una ínfima unidad viviente, no pudo efectuarse sin una aceptación de las influencias cósmicas. Del genial ensayo de Smuts Wholeness and Evolution, Totalidad y Evolución, puede deducirse que la vida late incluso en la materia muerta, hipótesis que parece confirmada por la física moderna, que nos muestra a los electrones girando en torno al protón. Ignoramos si la exactitud de esta concepción llegue a ser comprobada, pero es indudable que no puede impugnarse nuestro concepto de la vida como un movimiento dotado de una tendencia de autoconservación, de multiplicación, de contacto con el mundo circundante, contacto que ha de ser triunfante, para que la vida pueda mantenerse. A la luz de las concepciones de Darwin comprendemos el proceso selectivo de todo cuanto haya podido adaptarse a las exigencias exógenas. La concepción de Lamarck, todavía más próxima a la nuestra, nos proporciona datos acerca de la fuerza creadora que late en todo ser viviente. El hecho universal de la evolución creadora de todo cuanto vive nos enseña que la orientación del desarrollo evolutivo persigue en toda especie un fin determinado: el ideal de la perfección, de la adaptación activa a las exigencias cósmicas.
Si queremos comprender en qué dirección progresa la vida, no debemos apartarnos de este camino de la evolución, de este proceso de continua adaptación activa a las exigencias del mundo exterior. No debe olvidarse que se trata aquí de algo completamente primordial, inherente a la vida desde sus comienzos: de la superación, de la conservación del individuo, de la especie humana, y del establecimiento de una favorable relación entre el individuo y el mundo exterior. Esta necesidad de realizar una mejor adaptación no puede acabar nunca. Ya en 1902 desarrollamos esta idea (véase Heilen und Bilden, Curar y Educar), llamando la atención de todos sobre el hecho de que esta adaptación activa, esta verdad, está en un continuo peligro de frustrarse, y que la decadencia y extinción de pueblos, familias, personas y especies, tanto animales como vegetales, se debe siempre al fracaso de dicha adaptación.
Cuando hablamos de adaptación activa excluimos así todas aquellas concepciones fantásticas que asocian esa adaptación a la situación momentánea o al cese de toda vida; aquí, muy al contrario, se trata de una adaptación sub specie aeternitatis, puesto que no es justa sino aquella evolución corporal y psíquica susceptible de conservar su validez por un futuro lejano e imprevisible. Esta noción de adaptación activa significa, además, que tanto el cuerpo y el alma como todo conjunto de vida organizada, deben tender hacia esa adaptación última, hacia la superación de todas las ventajas y desventajas que el Cosmos nos ofrece. Los estados intermedios que puedan subsistir durante cierto tiempo, caerán, tarde o temprano, por su propio peso.
Nos hallamos flotando en la corriente de la evolución sin darnos cuenta de ello, como tampoco nos percatamos del movimiento de rotación de la Tierra. En este enlace cósmico, del que la vida del individuo es una parte, la tendencia hacia la triunfante adaptación al mundo que nos rodea es una condición necesaria. Incluso en el caso de que quisiéramos poner en duda que el afán de superación haya existido ya en los comienzos de la vida, el curso de millones y millones de años nos demuestra con toda claridad que es ya actualmente un hecho innato consubstancial a la persona. Estas consideraciones pueden llevarnos todavía más lejos. Ninguno de nosotros puede saber cuál es el camino absolutamente justo e idóneo. La humanidad ha realizado los más variados intentos para representarse este objetivo final de toda evolución humana. El hecho de que el mismo Cosmos tenga interés en conservar la vida no es más que un piadoso deseo, que no por eso deja de constituir en la religión, en la moral y en la ética una fuerza impulsora del bienestar humano. La veneración de un fetiche, de un lagarto o de un falo, en el sentido fetichista, por parte de alguna tribu prehistórica, no parece tampoco justificada científicamente. Sin embargo, no debemos pasar por alto el hecho de que esta concepción primitiva del mundo llegó a fomentar la convivencia humana y el sentimiento de comunidad, puesto que todo aquel que estaba animado por la misma veneración religiosa fue considerado hermano, siéndole dispensada la protección de toda la tribu.
La suprema representación de esta ideal sublimación humana se encuentra en el concepto de divinidad (11). No cabe duda de que el concepto de Dios abarca en su seno como un objetivo aquel movimiento hacia la perfección, ni de que como representación concreta de superación es el que más en armonía está con el obscuro anhelo de la humanidad hacia la perfección. Claro está que cada cual se representa a su dios a su manera. Seguramente existen representaciones que no armonizan con el punto de vista de la perfección. Pero en su acepción más pura podemos decir que en el concepto de la divinidad se ha conseguido la formulación concreta del objeto de la perfección. La fuerza primigenia, tan pujante en el planteamiento de los objetivos religiosos para orientación de los humanos, y que tenía por objeto unir a los hombres con irrompibles lazos, no era sino el sentimiento de comunidad, que debemos considerar como un producto de la evolución, y el afán de llegar cada vez más arriba en el transcurso de esa evolución. Naturalmente, entre los hombres han tenido que realizarse numerosísimos intentos para representarse claramente este objetivo ideal de la perfección. Todos los que partimos de la Psicología individual, sobre todo los médicos que a diario vemos personas que han desarrollado conductas erróneas, que padecen una neurosis o una psicosis, o que se han vuelto delincuentes, dipsómanos etc.., encontramos en todos ellos este objetivo de superioridad, pero en una dirección opuesta a la razón, en el sentido de que no podemos reconocerla como meta auténtica de perfección. Si, por ejemplo, un individuo procura dar forma concreta a este objetivo reprimiendo todos los demás, este objetivo de perfección se nos antoja entonces incapaz de orientar al individuo o a las masas por la sencilla razón de que nadie podría dirigirse hacia el mismo objetivo, ya que, de intentarlo, se vería obligado a oponerse a la fuerza de la evolución, a violentar la realidad y a defenderse, angustiosamente contra la verdad y sus partidarios. Si nos encontramos con personas que consideran como meta de perfección el poder apoyarse en otras, entonces también ese objetivo nos parecerá contrario a la razón. Y en el caso de que alguien considere que la perfección consiste en dejar sin resolver los problemas de la propia vida para eludir derrotas inevitables (lo cual resultaría francamente opuesto al objetivo deseado), lo calificaríamos también de equivocado, aun cuando sean muchas las personas a quienes tal conducta se les antoje aceptable.
Si ampliamos un poco nuestra perspectiva y nos planteamos el siguiente problema: ¿qué ha pasado con aquellos seres humanos que se han propuesto falsos objetivos de perfección y cuya adaptación activa se ha frustrado por haber emprendido un falso camino en su aspiración al fomento de la comunidad?, entonces, la desaparición de especies, razas, tribus, familias y de numerosos individuos aislados de los que no han quedado ni las huellas, nos mostrará cuán necesario es que cada individuo halle el camino más o menos directo hacia el objetivo de la perfección. Es evidente que también en nuestros días y para cada uno de nosotros es el objetivo de perfección el que orienta al individuo para el desenvolvimiento de su total personalidad, de sus movimientos expresivos, de su modo de ver, de su manera de pensar, de sus sentimientos y de su concepción del mundo. No es menos claro y natural para todo iniciado en nuestra Psicología individual que toda orientación que se aparte más o menos de la verdad ha de originar indudables perjuicios al individuo, cuando no su aniquilamiento total. Sería, por tanto, un hallazgo muy afortunado el que nos permitiera seguir la orientación debida, puesto que todos estamos sumergidos en la corriente de la evolución sin que podamos salir de ella. También a este respecto ha llevado a cabo la Psicología individual una labor acaso tan considerable como la realizada al descubrir el impulso universal hacia la perfección. Basándose en una experiencia vastísima, nuestra Psicología ha descubierto una concepción susceptible de orientarnos hasta cierto punto hacia la perfección ideal, y eso gracias precisamente a la fijación de las normas del sentimiento de comunidad.
Sentimiento de comunidad equivale, ante todo, a una tendencia hacia una forma de comunidad que debe ser concebida como eterna, tal como podríamos representarnos a la humanidad si hubiese alcanzado ya el objetivo de la perfección. No se trata aquí de una comunidad o sociedad actual, ni tampoco de formas políticas o religiosas, sino del objetivo idóneo de perfección. Éste tendría que representar la comunidad ideal humana y con ella la meta íntima y definitiva de la evolución. El lector se preguntará, sin duda, cómo sabemos esto. Seguramente no por una experiencia directa, y he de reconocer que tienen razón sobrada aquellos que encuentran en nuestra Psicología individual vestigios de una metafísica, que puede ser motivo de alabanzas para unos y de crítica para otros. Por desgracia, existe un número elevado de personas que tienen un concepto completamente equivocado de la metafísica y que quisieran excluir de la vida de la humanidad todo aquello que no pueden palpar con los dedos. Pero procediendo de esta forma obstaculizaríamos toda posibilidad de evolución y todo pensamiento. Las ideas nuevas van siempre más allá de la experiencia inmediata. Esta experiencia no proporciona nunca nada nuevo, sino que resulta de la síntesis de aquellos hechos. Llámese a esta actitud especulativa o trascendental, lo cierto es que no hay ciencia que no desemboque forzosamente en la metafísica. No veo la razón por la cual deberíamos temerla cuando ha influido tan hondamente en la vida del hombre a lo largo de su evolución. No hemos nacido con la verdad absoluta bajo el brazo, y esto nos obliga a formarnos a nuestro modo ideas en torno al porvenir, a las consecuencias que puedan derivar de nuestros actos, etc. Nuestra idea del sentimiento de comunidad ha de llevar en sí el objetivo de una comunidad ideal como forma definitiva de la humanidad, como un estado en que todos los problemas que nos plantea la vida y nuestras relaciones con el mundo se nos aparecen como ya resueltos. Pues todo aquello que encontremos valioso en nuestra vida, todo lo que subsiste y subsistirá, es siempre un producto de este sentimiento de comunidad, de este ideal orientador, de esta meta de perfección.
En las páginas que preceden hemos descrito ya los hechos, las consecuencias y los defectos del actual sentimiento de comunidad, tanto en el individuo como en las masas, y hemos procurado, en interés del conocimiento del hombre y de la caracterología, exponer nuestras experiencias y la manera cómo debe concebirse la ley de movimiento del individuo y de la masa, así como sus deslices y sus errores. Partiendo de este punto de vista, la Psicología individual ha examinado y vuelto comprensibles todos los datos irrefutables de la experiencia, y el sistema científico así elaborado, lo ha sido bajo la presión de esas mismas experiencias. Los resultados obtenidos se han visto justificados por su correlación indiscutible, y confirmados por el sentido común. Los requisitos indispensables para satisfacer las condiciones de una teoría estrictamente científica se dan, por tanto, en ella: un número inmenso de experiencias directas, un sistema que las tiene en cuenta y no las contradice, y la entrenada facultad de adivinar, en armonía con el sentido común, la cual nos permite insertar en el sistema las experiencias que estén en correlación con éste. Esta aptitud es tanto más necesaria cuanto que cada uno de los casos se presenta bajo aspectos variados, exigiendo nuevos esfuerzos de adivinación e interpretación realmente artísticos. Ahora bien, proponiéndome en este capítulo final defender también la legitimidad de la Psicología individual como auténtica concepción del mundo, que puede ser utilizada para hacernos comprender el sentido de la vida humana, he de desligarme de todas las concepciones corrientes sobre moral y religión que se mueven entre los polos antagónicos de virtud y vicio, a pesar de que he estado siempre convencido de que ambas, como también los movimientos políticos, tienen una constante tendencia a desentrañar el sentido de la vida y se desarrollan bajo la incesante presión del sentimiento de comunidad en tanto que verdad absoluta. El punto de vista de la Psicología individual se diferencia de los citados por ser un conocimiento científico, al mismo tiempo que por su intento más directo, de desenvolver más vigorosamente el sentimiento de comunidad en tanto que conocimiento. Y he aquí ese punto de vista: considero plenamente justificada toda tendencia cuya orientación nos muestre de un modo irrefutable que está concebida teniendo como único objetivo el bienestar de la humanidad, y consideraría como errónea toda tendencia que contradijera tal punto de vista o se inspirase en la fórmula de Caín: ¿Por qué he de amar a mi prójimo?
Basándonos en las conclusiones que anteceden, y a modo de sucinta prueba, podemos exponer el hecho de que al llegar al mundo no encontramos en él sino aquello con que nuestros antepasados han contribuido a la evolución y al progreso de la humanidad. Ya este mero hecho bastaría para ilustrarnos sobre el modo de fluir de la vida y sobre la manera cómo nos acercamos a un estado en que cada vez son mayores las aportaciones al bienestar común, en que la capacidad de cooperación crece de día en día y que el individuo se siente, en mayor grado que antes, como parte de una totalidad. Las formas de nuestros movimientos sociales no son, desde luego, sino simples ensayos con vistas a este estado, de los que no perduran más que aquellos que representan un paso adelante hacia la comunidad ideal. El hecho de que esta obra, que tantos testimonios nos ofrece de las ínclitas fuerzas humanas, aparezca en muchos aspectos imperfecta e incluso equivocada en ocasiones, es una prueba más de que esa verdad absoluta, que consiste en progresar por el camino de la evolución, es inasequible a las fuerzas humanas, aun cuando sea posible acercarse cada vez más a ella. Por lo demás, existen toda una serie de obras de carácter social que si bien cumplen su misión durante un período determinado y dentro de una situación dada, pueden llegar más tarde a ser nocivas. Lo único que puede liberarnos de permanecer clavados en la cruz de una ficción falsa y nociva y de perseverar en tal ficticio esquema es la estrella que nos guía al bienestar común. Orientados por ella encontraremos el camino con una mayor facilidad y sin peligro de desvíos.
El bien de la comunidad y la evolución ascendente de la humanidad se basan en las imperecederas contribuciones de nuestros antepasados. Su espíritu permanece eternamente vivo; es inmortal como los individuos lo son en sus hijos. En estas dos clases de inmortalidad se basa la sobrevivencia y la continuidad de la especie humana. El saberlo no cuenta; lo único que cuenta son los hechos. El problema de cuál es el camino adecuado está resuelto, a mi juicio, aunque parezca a veces que progresamos por tanteos, y con dificultad. No pretendemos decidir esta cuestión aquí, pero podemos afirmar cuando menos que el movimiento individual y el de las masas no pueden ser estimados por nosotros sino en cuanto crean valores eternos en pro del progreso de la humanidad. Para desvirtuar la verdad de esta tesis no deberíamos hacer referencia ni a la limitación propia ni a la ajena, pues es evidente que no se trata aquí de poseer la verdad, sino tan sólo de encaminarnos hacia ella.
Tales hechos llegan a ser aún más decisivos, por no decir más evidentes, si nos preguntamos: ¿qué ha pasado con aquellos hombres que no han contribuido en nada al bienestar de la generalidad de los mortales? Y la contestación es la siguiente: han desaparecido hasta en sus últimos vestigios. Nada ha quedado de ellos; se han extinguido somática y espiritualmente; se los ha tragado la tierra. Les pasó como a aquellas especies animales desaparecidas por no haber podido ponerse al unísono con las circunstancias cósmicas. Aquí seguramente tropezamos con una ley secreta, como si el Cosmos, siempre inquisitivo, nos ordenara: ¡Desapareced! ¡No habéis comprendido el sentido de la vida y no hay para vosotros porvenir!
Es ésta, indiscutiblemente, una ley dura, severa. Sólo podríamos compararla con aquellas crueles divinidades de los antiguos, y con esa idea de tabú que amenaza con el aniquilamiento a todos los que hayan pecado contra la comunidad. De esta manera es como se consolida el eterno caudal de los mortales que han hecho algo por la humanidad. Somos, desde luego, lo suficientemente cautos para no pretender haber encontrado la clave que nos permitiría, en cada caso, decir exactamente qué posee un valor eterno y qué no lo posee. Estamos convencidos de que podemos equivocarnos y de que tan sólo un examen exactísimo y objetivo puede a menudo decidir el curso de las cosas. Mas acaso sea ya un paso considerable el poder evitar o eliminar todo cuanto no represente colaboración alguna en beneficio de la comunidad.
Pero nuestro sentimiento de comunidad va aún mucho más allá. Sin darnos cuenta de ello, procuramos estar en consonancia con el futuro bienestar de la humanidad, tanto en relación a la educación o a la conducta del individuo y de las masas como a la religión, la ciencia y la política, aunque siguiendo diversos caminos, a veces erróneos. Naturalmente, estará más cerca de comprender la armonía futura quien posea un sentimiento de comunidad más desarrollado. Y, por último análisis, se ha abierto camino el principio social de apoyar al que tropieza en lugar de contribuir a su caída.
Apliquemos ahora nuestra concepción a la vigente vida cultural, partiendo del hecho de que el alcance del sentimiento de comunidad se establece ya de un modo invariable y de por vida en la infancia, si una ulterior intervención no lo mejora. Nuestra mirada se fijará así en determinados hechos generales cuya influencia sobre el desarrollo del sentimiento de comunidad del niño es perniciosa. Así, por ejemplo, el hecho de la guerra y su exaltación en la escuela. El niño todavía no formado, acaso con un débil sentimiento de comunidad, se adapta involuntariamente a un mundo en que es posible lanzar hombres contra hombres, con máquinas y gases asfixiantes, obligándoles a hacerlo a pesar suyo y a considerar como un gran honor el hecho de dar muerte al mayor número posible de seres humanos que sin duda alguna hubieran podido contribuir notablemente al desarrollo de la humanidad. En una escala más reducida ejerce una influencia análoga la aplicación de la pena de muerte, de la que los perjuicios causados en el alma infantil resultan un poco atenuados por la consideración de que los así suprimidos no son seres verdaderamente humanos sino más bien antihumanos. Pero esa misma brusca vivencia del problema de la muerte puede interrumpir prematuramente el desarrollo del sentimiento de comunidad de los niños poco dispuestos a colaborar. En análogo peligro se hallan aquellas muchachas ante quienes las personas que las rodean presentan bajo un aspecto terrible los problemas del amor, de la procreación y del parto. La cuestión económica no solventada pesa como un lastre insoportable sobre el sentimiento social en vía de desarrollo. El suicidio, y la criminalidad, los malos tratos a inválidos, ancianos y mendigos, los prejuicios y un comportamiento injusto hacia personas, empleados, razas y colectividades religiosas, la violencia ejercida contra los más débiles y los niños; las disensiones conyugales y los intentos de toda clase hechos para colocar a la mujer en un estado de inferioridad ponen prematuramente un punto final al desarrollo del sentimiento de solidaridad humana. Junto con los mimos, o el descuido y abandono de los niños, otros errores como el hecho de vanagloriarse de poseer dinero o una elevada posición, de favorecer el espíritu de casta cuyas consecuencias se observan hasta en las capas más altas de la sociedad, llevan también al mismo nefasto resultado.
En nuestros días, independientemente de la necesidad de darle al niño su lugar en la comunidad, el único remedio para luchar contra todos estos peligros consiste en enseñar al niño a colaborar, ilustrándole justa y oportunamente acerca del grado aun muy insuficiente del sentimiento de comunidad hasta hoy logrado y enseñarle asimismo que un verdadero ser humano ha de reconocer como un deber el contribuir a la resolución de esa deficiente situación en beneficio de la colectividad, sin esperar a que la anhelada solución parta de una tendencia evolutiva o de la buena voluntad de los demás. Aunque acaso emprendido con el mejor deseo, todo intento de alcanzar el progreso de la humanidad mediante el fortalecimiento de uno de estos males --la guerra, la pena de muerte o el odio de razas o de religiones--, traen consigo, como consecuencia, un descenso del sentimiento de comunidad en la próxima generación y con ello un empeoramiento notable de los demás males. No deja de ser interesante constatar que estos odios y estas persecuciones conducen casi siempre a una subestimación de la vida, de la amistad y de las relaciones amorosas, hechos que acusan netamente la decadencia del sentimiento de comunidad.
En las páginas anteriores hemos intentado acumular el suficiente material para hacer comprender al lector que estamos discutiendo una cuestión científica. Por esto hemos insistido tanto en que el individuo no puede progresar en su debida evolución sino viviendo y trabajando siempre como parte integrante de la colectividad. Las superficiales objeciones de los sistemas individualistas son insignificantes frente a esta concepción. Podríamos aún hablar mucho acerca de ello y demostrar cómo todas nuestras funciones están calculadas para no perturbar la convivencia humana y para unir al individuo con la comunidad. Ver quiere decir asimilar, fecundar todo cuanto cae en la retina. Lo cual no constituye un mero proceso fisiológico, sino que muestra al hombre como parte de una totalidad, parte que da y recibe. Mediante la vista, el oído y el lenguaje nos relacionamos con los demás humanos. El hombre ve, oye y habla de manera adecuada tan sólo cuando por sus propios intereses está unido al mundo que le rodea y a los demás seres humanos. Su razón, su sentido común están bajo el control de los demás humanos, de la verdad absoluta, y tienden así a la justeza eterna. Nuestros sentimientos y concepciones estéticas, a pesar de impulsarnos a la creación de nuevas obras, sólo tienen valor eterno en tanto coincidan con la corriente de la evolución en beneficio del bienestar de la humanidad. Todas nuestras funciones corporales y psíquicas se desarrollan de una manera normal, justa y sana si poseen un grado suficiente de sentimiento de comunidad y si están adaptadas a la colaboración.
Solemos hablar de virtudes para expresar que alguien colabora en el progreso social, y hablamos de vicios cuando alguien perturba esa colaboración. Podría llamar, además, la atención sobre el hecho de que todo cuanto representa un fracaso lo es porque entorpece el desarrollo de la sociedad, tanto si se trata de niños difíciles, como de neuróticos, criminales o suicidas. Se observa claramente en todos estos casos una falta absoluta de colaboración. En la historia de la humanidad no encontraremos hombres que hayan vivido aislados. La evolución de nuestra especie no habría sido posible si la humanidad no se hubiese constituido en una gran comunidad y, en su afán por conseguir la perfección, no hubiera aspirado a una comunidad ideal. Esto se expresa en todos los movimientos, en todas las funciones de una persona, prescindiendo de si él llegó o no a encontrar esta orientación en la corriente de la evolución caracterizada por el ideal de la comunidad, puesto que el hombre está inexorablemente guiado, detenido, castigado, alabado y estimulado por él. De ahí que cada cual sea no sólo responsable de toda desviación de este ideal, sino que se haga acreedor a un castigo. Ésta es una ley muy severa y hasta cruel. Aquellos en los cuales ha podido desarrollarse un sentimiento de comunidad suficientemente fuerte, acusan una tendencia incansable a atenuar los rigores del destino en quienes van de error en error, como si supieran que es una persona que equivocó la ruta por causas que la Psicología individual ha sido la primera en poner de manifiesto. Si un hombre supiera cómo ha llegado a desviarse del camino debido, alejándose del sentido de la evolución, entonces abandonaría el rumbo equivocado y se reintegraría a la comunidad.
Todos los problemas de la vida requieren, tal como hemos demostrado ya, capacidad y disposición para colaborar, lo cual es la señal más nítida de la presencia del sentimiento de comunidad. Esta tonalidad afectiva comprende en sí el valor y la felicidad, pues es inalcanzable en ausencia de tales factores.
Todos los rasgos del carácter ponen de manifiesto el grado del sentimiento de comunidad, ya que se desarrollan en estrecho paralelismo con cierto camino que, de acuerdo con la opinión del individuo, conduce al objetivo de superioridad. Son, pues, líneas directrices que se amoldan al estilo de vida que las forma y las reproduce sin cesar. Nuestro idioma es demasiado pobre para expresar con sólo una palabra las formas más delicadas y sutiles de la vida psíquica, tal como ocurre al hablar de meros rasgos de carácter, al pasar por alto los múltiples sentidos que esta expresión encubre. Por esto, todos aquellos que se aferran al estricto valor de las palabras incurren en contradicciones que les hacen perder totalmente de vista la unidad intangible de la vida psíquica.
Tal vez haya personas inclinadas a dejarse persuadir de que lo que aquí hemos llamado fracaso acusa una notable falta de sentimiento de comunidad. Todas las faltas de la infancia y de la vida adulta, todos los rasgos desfavorables del carácter en la familia, en la escuela, en la vida, en la relación con los demás, en la profesión y en el amor, tienen su origen en la falta de sentimiento de comunidad, pudiendo ser pasajeros o permanentes y ofrecer miles de variantes dentro de estos dos grupos principales.
Un detenido examen de la existencia individual y de la vida colectiva del pasado y del presente nos muestra cómo lucha la humanidad para alcanzar un mayor grado de sentimiento de comunidad. Es casi imposible ignorar que la humanidad conoce muy bien este problema y que se halla hondamente penetrada por él. Lo que sobre nosotros gravita en la actualidad se debe a una falta de formación social. Lo que nos empuja para avanzar en la vida y a liberarnos de los errores de nuestra vida pública y de nuestra propia personalidad es el sentimiento de comunidad ahogado y reprimido que, sin embargo, alienta y procura hacerse valer en nuestro ser. Pero este sentimiento no parece poseer el vigor necesario para superar todos los impedimentos y obstáculos. Tenemos derecho a esperar que en una etapa posterior, cuando la humanidad haya recorrido otro período de su evolución, la fuerza del sentimiento de comunidad llegue a vencer todos los obstáculos que actualmente le cierran el paso. Entonces, el hombre exteriorizará su sentimiento de comunidad con la misma naturalidad con que respiramos. Mientras esto no ocurra, solamente nos queda el recurso de intentar comprender y aclarar este ineludible curso de las cosas.
APÉNDICE
LA ACTITUD DEL PACIENTE FRENTE AL PSICÓLOGO
Conducta a seguir para la observación del paciente en el consultorio médico. Interpretación de pequeños detalles del comportamiento del paciente. Actitud ante la transferencia. El problema de la responsabilidad de los familiares. La cuestión de los honorarios. Relaciones entre médico y enfermo durante el tratamiento. Superfluidad de la crisis para la curación.
Nuestro concepto fundamental de la unidad del estilo de vida formado en la más tierna infancia --concepto del que, aun sin haberlo comprendido, tuvimos conocimiento desde el comienzo de nuestra labor personal--, nos autoriza a suponer de antemano que el consultante, necesitado de los consejos del psicólogo, se presenta en nuestro consultorio, desde el primer momento, tal y como es en realidad, aunque sin saberlo. La consulta psicológica representa un problema social para el paciente. Por lo tanto cada cual se presentará de consonancia con su ley de movimiento. El especialista versado en este tema es muy a menudo capaz de darse cuenta del grado de sentimiento de comunidad de un individuo desde el primer momento de su encuentro con él. El fingimiento sirve muy poco ante el psicólogo experimentado. El paciente espera encontrar en el psicólogo un gran sentimiento de comunidad. Puesto que no podemos esperar, según nuestra propia experiencia, mucho interés social por parte del enfermo, no nos mostraremos exigentes en este sentido. Hay dos puntos que nos sirven de apoyo en esta manera de ver: en primer lugar, el índice del sentimiento de comunidad no suele acusarse demasiado, y, en segundo lugar, no hemos de olvidar ni por un solo instante que nos encontraremos en presencia de seres que han sido mimados de niños y que, una vez adultos, no consiguen emanciparse de su mundo ficticio. No debe, pues, maravillarnos que no pocos de nuestros lectores hayan podido leer sin honda conmoción interior la pregunta: ¿Por qué he de amar al prójimo? Ya Caín había preguntado algo muy semejante.
La mirada, la manera de andar, el modo de acercársenos, con decisión o vacilación, puede ya revelar muchas cosas. Si nos hemos fijado reglas como señalar, por ejemplo, a todos los enfermos que entran en el consultorio, un asiento determinado, el mismo sofá, o una hora de visita estricta, dejaremos de captar muchos datos. El primer encuentro debe ya proporcionar indicios por el solo hecho de suprimir cualquier imperativo. Basta muchas veces la manera de estrechar la mano para llamar la atención acerca de un problema importante. Con gran frecuencia vemos que las personas mimadas propenden a apoyarse en algo, como los niños a la madre que les acompaña. Sin embargo, como siempre que debe entrar en juego la capacidad de adivinar, también en este caso tendremos que prescindir de toda regla fija y examinar las cosas prefiriendo reservarnos nuestro pensamiento, para utilizarlo más tarde en una forma adecuada sin herir la susceptibilidad siempre despierta del paciente. A veces se puede intentar, pues, abstenerse de asignar al enfermo un asiento determinado, invitándole, en cambio, a sentarse donde más le agrade. La distancia a que se sitúe del médico o del consejero revelará en gran modo la manera de ser del enfermo, como si se tratara de un niño en la escuela. Es muy importante, además, eliminar de antemano la primitiva psicología del ¡Así es!, que tantas veces observamos en los consultorios particulares e incluso en sociedad, y evitar al principio dar respuestas estrictas al paciente y a sus familiares. El psicólogo individual no debe olvidar nunca que, prescindiendo de sus aptitudes adivinatorias, debe poder presentar pruebas concluyentes que basten para convencer incluso a los más inexpertos. Es preciso no mostrarse excesivamente crítico ante los padres y demás familiares del enfermo, sino considerar el caso como digno de estudio y de ninguna manera como desesperado e irremediable. A esta norma de conducta deberemos atenernos incluso cuando no estemos dispuestos a tratar al paciente, salvo en los casos excepcionales en los que razones de peso nos obliguen a actuar en contrario. Me parece ventajoso no poner trabas a los movimientos del paciente. Démosle absoluta libertad de levantarse, pasear por la habitación, fumar a su gusto. A veces incluso he dado facilidades a mis pacientes para que durmieran en mi presencia si me lo proponían, aun dificultando mi labor, puesto que su actitud hablaba para mí un lenguaje tan claro como si se hubieran expresado con palabras hostiles. Una mirada indirecta, de soslayo, de un paciente, demuestra con toda claridad su poca inclinación al trabajo en común. Esto puede manifestarse con otras actitudes, si el enfermo no habla en absoluto o si sólo habla; si da vueltas y más vueltas en torno al asunto o si impide hablar al investigador con su incesante flujo de palabras. Contrariamente a otros psicoterapeutas, el psicólogo individual evitará adormecerse o dormirse durante la conversación, bostezar, dar la impresión de una falta de interés o emplear palabras duras; asimismo rehuirá dar consejos precipitados, designarse a sí mismo como el único capacitado para hallar una solución al problema, no ser puntual, discutir con el enfermo y declarar que la curación, por cualquier motivo, es imposible. En este último caso, si se han presentado dificultades insuperables, lo recomendable es declararse demasiado débil, dando a entender que tal vez haya otros más capacitados para tal cometido. Todo propósito de mantener la propia autoridad prepara el fracaso, así como toda vanagloria impide la curación.
Desde un principio debe procurar el psicólogo la demostración paulatina de que la responsabilidad por la curación debe cargársele al paciente, puesto que, como dice muy atinadamente un proverbio inglés, puedes llevar un caballo al abrevadero, pero no puedes obligarle a beber.
El psicólogo debe atenerse estrictamente a considerar todo tratamiento y curación, no como un éxito propio, sino como un triunfo del paciente que nos consulta. El psicólogo puede tan sólo llamar la atención sobre los errores; el paciente, en cambio, se ve obligado a dar vida a la misma verdad. Puesto que en la totalidad de los casos de fracasos que nos fue dable examinar comprobamos una falta de colaboración, es preciso utilizar todos los medios posibles para fomentar antes que nada la cooperación del enfermo con el psicólogo. Claro está que esto será tanto más fácil cuanto más a gusto se sienta el enfermo con el médico. He aquí por qué esa colaboración será el primer intento serio y científico para elevar el sentimiento de comunidad, y tendrá una importancia capital. Entre otras cosas, será necesario evitar lo que suelen aplicar con demasiada frecuencia otros consejeros que recurren a lo que Freud ha llamado transferencia positiva, que se produce y fomenta artificialmente, dejando perdurar el sentimiento de inferioridad, apoyándose en la falta de seguridad del enfermo frente al médico para efectuar continuas observaciones acerca de componentes sexuales reprimidos. Freud llega incluso a exigir tal transferencia en toda cura psicoanalítica, sin darse cuenta de que, en el mejor de los casos, con ello plantea un nuevo problema: el de hacer que, a su vez, desaparezca este estado producido de tan artificial manera. Si el enfermo se acostumbra a asumir la plena responsabilidad de su conducta, no se le presentará al psicólogo dificultad alguna para evitar que el niño, casi siempre mimado, o la persona mayor que anhela verse mimada de nuevo, caiga en aquella trampa que parece prometerle una satisfacción fácil e inmediatamente realizable de sus deseos hasta entonces frustrados. Puesto que en nuestra humanidad, por regla general muy mimada, todo deseo irrealizado o irrealizable aparece como represión, quisiera insistir aquí, una vez más, en lo siguiente: la Psicología individual no exige la represión de los deseos justificados ni de los injustificados, hace ver, sin embargo, que los deseos injustificados deben ser reconocidos como contrarios al sentimiento de comunidad y suprimidos, pero no reprimidos, mediante la producción de un máximo de intereses sociales.
En cierta ocasión ocurrió que un individuo débil y enfermizo llegó a amenazarme. Sufría dementia praecox y quedó curado totalmente por mi intervención después de haber sido declarado incurable tres años antes de someterse a mi tratamiento. Ya sabía yo en aquel entonces que el individuo esperaba con toda seguridad ser rechazado por mí, como lo había sido siempre por todos desde su infancia. Durante tres meses, en el curso del tratamiento, no profirió ni una palabra, y esto me sirvió de punto de partida para darle explicaciones prudentes en la medida de lo posible, basándome en lo poco que sabía de su vida. Reconocí en su mutismo y en otras actitudes semejantes una tendencia a la obstrucción, y juzgué como punto culminante de su hostil actitud contra mí, el hecho de que alzara la mano para pegarme. Decidí en seguida no hacer nada para defenderme. Me hizo objeto de una segunda agresión que terminó con una ventana rota y que yo tuviera que vendar con la máxima amabilidad una de las manos del enfermo, que había sufrido una pequeña herida. A quienes se hallen familiarizados con mis teorías, huelga decirles que no considero siquiera este acto como digno de ser erigido en ejemplo a seguir siempre e incondicionalmente. Una vez asegurado por completo el éxito en el caso mencionado, pregunté al enfermo: ¿Qué le parece? ¿Cómo pudimos lograr entre los dos su curación? y la contestación que recibí fue tal que merecería la mayor atención por parte de todos los sectores interesados en la materia. En cuanto a mí atañe, me enseñó a sonreírme frente a los ataques de esos psicólogos y psiquiatras que se empeñan en luchar contra molinos de viento. La respuesta que me dio el individuo en cuestión fue la siguiente: Creo que eso será muy sencillo, pues yo había perdido todo valor para enfrentarme con la vida y en nuestras conversaciones volví a encontrarlo. Quien haya reconocido esa verdad de la Psicología individual según la cual el ánimo no es más que un aspecto del sentimiento de comunidad, comprenderá perfectamente la metamorfosis experimentada por este hombre.
El paciente debe adquirir en todo caso la plena convicción de que está en absoluta libertad para considerar todos los problemas que pueda plantear el tratamiento. Puede hacer o dejar de hacer cuanto quiera. Pero el psicólogo deberá evitar que se despierte en el enfermo la creencia de que desde el comienzo del tratamiento ha de empezar a verse libre de sus síntomas. Al empezar un tratamiento, un psiquiatra dijo a los familiares de un epiléptico a quien tuve ocasión de conocer, que éste no volvería a tener más ataques si se le dejaba solo. El resultado fue que ya en el primer día tuvo un ataque en plena calle, aún más fuerte que de costumbre, que le costó la fractura del maxilar inferior. Otro caso del que tengo noticia fue de consecuencias menos trágicas: un joven acudió al consultorio de un psiquiatra para tratar su tendencia al hurto, y al término de la primera sesión se había llevado el paraguas del psiquiatra.
Quisiera hacer otra recomendación. El psicólogo debe comprometerse con su enfermo a no decir nada a nadie de los temas que trate con él, y ha de cumplir escrupulosamente esta promesa. En cambio, debe darse al enfermo libertad para hablar lo que quiera. Claro está que con esto nos arriesgamos a que, a veces, un enfermo utilice nuestras aclaraciones para lucirse en el círculo de sus relaciones, entregándose a la psicología del ¡Así es! (¡Cuán corto es el intestino de estos señores!, exclama el poeta, refiriéndose a los que vuelven a exteriorizar sin demora cuanto se les cuenta.) Pero este pequeño inconveniente puede ser resuelto mediante una conversación amistosa. Es frecuente también que el enfermo multiplique las acusaciones contra su familia, lo cual debemos tener en cuenta para hacer constar previamente ante él que sus familiares sólo tienen la culpa en la exacta medida en que él les hace culpables con su propia conducta y que en el momento mismo en que se encuentre bien se verán aquéllos libres de su culpa. Por otra parte, es preciso explicar al enfermo que no puede exigir a sus familiares más conocimiento del que él mismo posee. Téngase siempre en cuenta que éste habrá utilizado, bajo su propia responsabilidad, como materiales para seguir su estilo de vida equivocado, las influencias del medio en que vive. Es útil asimismo llamar la atención sobre el hecho de que los padres del enfermo podrían hacer recaer a su vez la responsabilidad de sus errores y faltas sobre sus propios padres; éstos, sobre los suyos, y así sucesivamente. De modo que no se puede hablar de una culpabilidad tal y como el enfermo la concibe.
Me parece asimismo importante no dar lugar a que el paciente se forme la opinión de que la obra de la Psicología individual sirve tan sólo para gloria y enriquecimiento de ésta. La avidez y la precipitación para procurarse enfermos no puede producir sino perjuicios. Lo mismo debe decirse de las manifestaciones negativas o hasta hostiles hacia otros psicólogos.
Como prueba de ello nos limitaremos a referir un solo ejemplo. Cierto individuo vino a verme para ponerse en tratamiento de una astenia nerviosa que no era, como pronto se vio, sino la consecuencia de un temor a posibles fracasos. Me participó que le habían recomendado, al mismo tiempo que a mí, a otro psiquiatra a quien pensaba visitar también. Le facilité las señas de este colega y, al día siguiente, vino a verme y me explicó su visita a aquél. El psiquiatra en cuestión, después de haber escuchado de labios del paciente la historia de su enfermedad, le había aconsejado una cura de hidroterapia fría, a lo que el enfermo respondió que acababa de llevar a cabo cinco curas por el estilo, pero sin éxito alguno. Propúsole entonces el médico que empezara una sexta cura de esa clase en un sanatorio de mucho renombre, a lo que el enfermo replicó que precisamente habíase sometido en aquella casa a dos de dichas curas, añadiendo que pensaba hacerse tratar por mí. A esto último se opuso el psiquiatra con bastante energía, diciendo que el doctor Adler se contentaría con practicar alguna sugestión. A ello replicó el enfermo: Tal vez me sugiera algo que logre curarme, y dicho eso se fue. Si aquel psiquiatra no hubiera estado poseído del deseo de impedir el reconocimiento de la Psicología individual, hubiese podido notar que era imposible retener al enfermo en cuestión en su deseo de hacerse tratar por mí y habría comprendido mejor la réplica muy justa de éste. Por eso recomiendo a mis amigos que eviten escrupulosamente manifestaciones de censura ante los enfermos, aun en el caso de que sean muy justificadas. El lugar para corregir opiniones equivocadas y defender conceptos justos debe buscarse en la controversia libre de la ciencia, pero siempre por medios científicos.
Si aun después de la primera entrevista subsisten en el paciente dudas acerca de si se hará o no tratar por nosotros, concedámosle algunos días para decidirse. No es fácil dar una contestación más o menos exacta a la habitual pregunta respecto a la probable duración del tratamiento, pregunta que considero justificada, teniendo en cuenta que gran número de los visitantes han oído hablar de tratamientos que a veces duraron hasta ocho años sin lograr de ellos resultado alguno. Un tratamiento por medio de la Psicología individual bien conducido debería producir en tres meses un resultado, cuando menos parcial, claramente perceptible, y puesto que el éxito depende de la colaboración del mismo enfermo, para abrir desde el primer momento una brecha en favor del sentimiento de comunidad se obrará en consecuencia poniendo de relieve el hecho de que la duración del tratamiento dependerá de su colaboración. Y en lo que al médico respecta, si sus conocimientos de la Psicología individual son lo suficientemente profundos, después de media hora suele estar ya orientado, pero deberá esperar hasta que el paciente se dé cuenta de cuál es su estilo de vida y cuáles son los errores cometidos. De todas maneras, se puede añadir en tales ocasiones: Si después de una o dos semanas no está usted convencido de que seguimos un camino justo, renunciaré al tratamiento.
El inevitable problema de los honorarios es también causa de dificultades. He asistido a una larga serie de enfermos cuya fortuna, a veces considerable, había sido consumida en anteriores tratamientos, y por eso resulta aconsejable no rebasar los honorarios habituales en el país donde uno actúe, pero cotizando también en cada tratamiento el mayor esfuerzo e inversión de tiempo. Sin embargo, es preciso abstenerse de exigir remuneraciones excesivas, como contrarias al sentimiento de comunidad que queremos despertar en el enfermo, a quien unas peticiones exageradas de dinero podrían incluso perjudicar en su dolencia. Los eventuales tratamientos gratuitos deben llevarse a cabo siempre con gran cuidado para no hacer experimentar al enfermo pobre la sensación de un interés menor por él, punto en el que sin duda mostrará gran susceptibilidad. Debemos declinar las ofertas de una cantidad à forfait o la promesa de pagar una vez realizada la curación. Y debemos hacerlo así, no porque tal pago nos parezca inseguro, sino porque con ello se crearía artificialmente un nuevo motivo que podría dificultar el éxito en las relaciones entre médico y enfermo. El pago debería efectuarse semanal o mensualmente, nunca por adelantado. Las exigencias o recompensas, sean de la índole que sean, no pueden sino perjudicar al tratamiento. Incluso deben ser rechazadas las pequeñas amabilidades que el mismo enfermo suele brindar, así como ser rehusados cortésmente los regalos o, por lo menos, diferir su aceptación hasta que la curación se haya logrado. Asimismo deberían ser evitadas las invitaciones mutuas entre médico y enfermo y el salir juntos durante el tratamiento. El tratamiento de parientes o de conocidos y amistades es algo más difícil, puesto que la naturaleza de las cosas motiva que los eventuales sentimientos de inferioridad se acentúen frente a personas conocidas. El mismo psicólogo será quien más sufra las consecuencias de tal aversión, pues notará a cada momento el sentimiento de inferioridad del paciente. Deberá, pues, procurar por todos los medios que le sean dables aliviar al enfermo a este respecto. Si uno tiene la suerte, como nosotros en la Psicología individual, de poder llamar la atención tan sólo sobre errores y nunca sobre defectos innatos, de mostrar que existen posibilidades de curación, de hacer sentir al enfermo que tiene tanto valor para nosotros como cualquier otro, y de insistir sobre el bajo nivel general del sentimiento de comunidad, todo esto representará un notable alivio para el enfermo, y hará comprender por qué el psicólogo individual no tiene que luchar con las mismas resistencias que los representantes de otras Escuelas. Se comprenderá asimismo con facilidad que el tratamiento mediante la Psicología individual nunca produce crisis, y que si un psicólogo individual que no ha llegado a penetrar debidamente en el espíritu de nuestra ciencia, como, por ejemplo, Künkel, cree convenientes las crisis, tales como las conmociones y el abatimiento del enfermo, eso es sólo, sin duda, por haberlos creado él mismo artificialmente y de una manera por completo superflua, y tal vez por creer erróneamente que con ello le hace un favor a la iglesia. (Véase Jahn y Adler, Religion und Individualpsychologie, Religión y Psicología del Individuo 1931. ed. Dr. Rolf Passer, Viena.) Siempre he creído que el mantener el nivel de tensión emocional tan bajo como sea posible durante el tratamiento es una ventaja incalculable; y por eso he llegado a adoptar la pauta de decir a todos los enfermos que existen situaciones chistosas que reflejan de manera exacta la estructura de su neurosis peculiar y que, por lo tanto, ésta puede ser considerada con menos seriedad de lo que él juzga. Tengo que adelantarme aquí a las palabras de unos posibles críticos de pobre ingenio, añadiendo que tales chistes o historietas nunca deben hacer revivir el sentimiento de inferioridad (cuya existencia empieza a parecer a Freud tan explícita). Las referencias a fábulas y a personajes de la Historia, a sentencias de poetas y filósofos, contribuyen también a fortalecer la confianza en la Psicología individual y en las teorías mantenidas por ella.
En toda conversación entre médico y enfermo debería tenerse en cuenta si éste se halla o no en el camino que conduce a la colaboración. Toda mueca o gesto, lo que aporta o calla en la plática, son pruebas evidentes de ello. La comprensión profunda de los sueños nos da, al mismo tiempo, ocasión de calcular el éxito o el fracaso de la colaboración. Es preciso, sin embargo, proceder con particular cuidado cuando se trate de impulsar al enfermo a realizar algo. Si la conversación roza este particular, una vez descartada, como es lógico, cualquier empresa peligrosa, no conviene recomendar ni disuadir, sino hacer constar que, a pesar de que estamos convencidos de antemano del éxito, no es posible juzgar con exactitud si el paciente está ya suficientemente preparado para ello. Impulsar al enfermo antes de haberle hecho adquirir una considerable dosis del sentimiento de comunidad, trae generalmente como consecuencia una intensificación o un retorno de los síntomas.
En cuanto al problema profesional, podemos proceder con mayor energía; pero, naturalmente, no en el sentido de requerir del enfermo que se dedique a determinada profesión, sino mediante la indicación de que está mejor preparado para tal o cual profesión y que podría rendir más en ella que en otra cualquiera. Durante el tratamiento es preciso estimular siempre al enfermo sin perder nunca de vista aquella fundamental convicción psicológico-individual --que ha herido la vanidad de tantas personas--, según la cual (haciendo abstracción de facultades extraordinarias acerca de cuya estructura poca cosa podríamos decir) cada cual puede hacerlo todo.
En cuanto al primer examen del niño difícil a quien es necesario orientar, considero idóneo el cuestionario redactado por mí y mis colaboradores y que constituye el colofón del presente libro. Huelga decir que no lo manejará bien sino quien disponga de la necesaria experiencia, conozca las concepciones de la Psicología individual y tenga la suficiente práctica en la aptitud de adivinar. Al utilizar este cuestionario, encontrará que todo el arte de la comprensión de la particularidad humana consiste en descubrir el estilo de vida que cada individuo se crea durante su infancia; en captar las influencias que contribuyen a su formación y en observar cómo se conduce frente a los problemas de la humanidad. A este cuestionario, elaborado desde hace ya varios años, debería añadirse la investigación del grado de agresividad y actividad, sin olvidar que la inmensa mayoría de los fracasos infantiles de conducta provienen del mimo que acrecienta el afán afectivo del niño y le hace experimentar las seducciones más diversas, a las cuales difícilmente puede resistir sobre todo cuando se encuentra entre malas compañías.
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