CAPÍTULO XIII
SITUACIONES INFANTILES QUE DIFICULTAN LA FORMACIÓN DEL SENTIMIENTO DE COMUNIDAD, Y SU REMEDIO
Influjo decisivo de la madre en el desarrollo del sentimiento de comunidad. Interpretación del complejo de Edipo por analogía con el juego. Consejos a los padres para fomentar el desarrollo del sentimiento de comunidad. Peligros que a este respecto pueden derivarse de las enfermedades infantiles. Importancia caracterológica de la posición del niño entre sus hermanos según el orden de nacimiento. Psicología del primogénito, del segundogénito y del hijo menor. Plan de investigaciones futuras.
Al investigar las situaciones susceptibles de favorecer la producción de una neurosis en la infancia, descubriremos siempre esos graves problemas a los que antes ya hemos atribuido una importancia suma. Son problemas, en efecto, que dificultan el desenvolvimiento del sentimiento de comunidad: mimos, minusvalías orgánicas congénitas y negligente educación. Las consecuencias de tales factores no sólo son distintas en su amplitud, intensidad y duración (comienzo y fin de su vigencia), sino sobre todo en cuanto a la excitación y a la reacción, practicamente imprevisible, que engendran en el niño. La posición de éste frente a tales factores no depende tan sólo del trial and error (ensayo y error), sino, en grado mayor, y de manera convincente, de sus energías de crecimiento, de su fuerza creadora cuyo desarrollo, como elemento del proceso vital, es asimismo imprevisible en nuestra civilización, que, obstaculiza y al mismo tiempo estimula al niño. Y sólo podemos deducir el proceso vital por los resultados a que da lugar. Si queremos seguir avanzando a base de presunciones, nos encontraremos con un sinnúmero de factores entre los que figuran los siguientes: circunstancias familiares, luz, aire, estaciones del año, calor, ruidos, contacto favorable o desfavorable con las personas, clima, características del suelo, alimentación, sistema endocrino, musculatura, ritmo del desarrollo orgánico, estado embrional y otros muchos, como, por ejemplo, las distintas atenciones y cuidados de las personas encargadas de velar por el niño. Según los casos, nos inclinaremos a admitir en este caótico inventario de circunstancias, factores ora estimulantes, ora desfavorables.
Nos limitaremos, sin embargo, a no tomar en consideración sino las probabilidades estadísticas, y aun éstas con bastante cautela, sin negar por eso la posibilidad de discrepancias en los resultados obtenidos. Mucho más seguro es el camino --siempre un tanto variable-- que nos conduce a la observación de los resultados. La fuerza creadora que aquí aparece a cada paso podrá ser apreciada de modo suficiente a través de la mayor o menor actividad del cuerpo y del espíritu.
Sin embargo, no puede pasarse por alto que la tendencia a la cooperación se remonta al primer día de la vida. La importancia enorme de la madre a tal respecto es indudable. En el umbral del sentimiento de comunidad nos encontramos siempre con la madre. La herencia biológica de este sentimiento espera ser objeto de especial cultivo por parte de la madre. En los auxilios más insignificantes, en el baño, en cada uno de los cuidados que de continuo ha de prestarle al niño, puede la madre fomentar o, al contrario, inhibir la capacidad de contacto de éste. En su constante relación con el hijo, en su comprensión y habilidad, hallará los medios adecuados para ello. No queremos pasar por alto que el estado actual de la evolución humana puede aún en este aspecto imponer su equilibrio, obligando incluso al mismo niño a establecer por sí mismo el contacto, salvando cualquier obstáculo existente mediante gritos y actos de resistencia. También en la madre actúa y vive la adquisición biológica del amor materno que no es sino una parte constitutiva del sentimiento de comunidad. Este amor materno puede haber sido descuidado a causa de circunstancias adversas, preocupaciones excesivas, decepciones y desengaños, enfermedades y sufrimientos, o como resultado de una sensible falta del sentimiento de comunidad, con todas las consecuencias que acarrea. Sin embargo, la adquisición evolutiva del amor materno es tan fuerte, tanto en los animales como en el hombre, que puede superar incluso fácilmente al instinto de conservación y al impulso sexual. Es incuestionable que el tipo de contacto establecido con la madre ofrece una importancia capital en el ulterior desarrollo del sentimiento de comunidad. La renuncia a esta palanca potentísima de evolución de la especie humana nos colocaría en un aprieto para encontrarle un sucedáneo más o menos satisfactorio, aun prescindiendo de que el mismo sentimiento de contacto materno representa en sí una indestructible adquisición evolutiva, que opondría una resistencia insuperable a ser eliminada. A este sentimiento de contacto materno debemos, sin duda, gran parte del sentimiento humano de comunidad y, con ello, uno de los más esenciales factores constitutivos de la civilización humana.
La exteriorización actual del amor materno ya no es hoy suficiente en muchos casos para satisfacer las necesidades de la comunidad. Un futuro lejano aproximará el uso de ese bien al ideal de comunidad. Porque, muy a menudo, el contacto entre madre e hijos es demasiado débil y con mayor frecuencia demasiado intenso. En el primer caso, el niño puede adquirir desde un principio la impresión de que la vida le es hostil, y las experiencias ulteriores convertir esta opinión suya en hilo conductor de su existencia.
Muchas veces pude observar que un contacto mayor con el padre o con los abuelos no basta para nivelar esa insuficiencia. En general, podemos afirmar que el mayor contacto de un niño con su padre revela un fracaso de la madre, y representa casi siempre una segunda fase en la vida del niño, el cual ha sufrido una decepción --justificada o injustificada-- con respecto a su madre. El hecho de que las niñas muestren a menudo un contacto mayor con el padre, y los niños, en cambio, con la madre, no puede interpretarse en un sentido sexual. Se observa, desde luego, que los padres suelen acercarse con más cariño a sus hijas por estar acostumbrados a hacerlo con todas las muchachas y mujeres, y que también las niñas y los niños, en su preparación para el futuro, a través de los juegos --véase Gross, Spiele der Kinder (Juegos infantiles)--, muestran también esta preparación ante el progenitor del sexo opuesto al suyo. Sólo en niños extremadamente mimados pude comprobar que también el impulso sexual puede intervenir ocasionalmente --claro está que casi nunca de esa manera exagerada de que Freud nos habla--. Tales niños procuran, en el curso de su desarrollo, mantenerse dentro del marco familiar o, más aún, en íntima y exclusiva alianza con aquellas personas que les miman. La obligación de la madre es, desde el punto de la evolución de la especie y del de la sociedad, hacer del niño, lo antes posible, un colaborador, un compañero que ayude al prójimo de buena gana y permita que éste a su vez le ayude cuando sus propias fuerzas no le bastan. Se podrían escribir tomos enteros acerca del niño bien templado; pero aquí debemos limitarnos a llamar la atención sobre el hecho de que es preciso que el niño se sienta en su casa un miembro de la familia con iguales derechos a los demás, con un interés siempre creciente en su padre, en sus hermanos y hermanas y también en todas las personas que le rodean. De esta manera llegará a ser bien pronto no una rémora, sino un colaborador. Pronto se considerará en su propio ambiente, desarrollando por sí mismo ese grado de valor y confianza que son productos naturales de su contacto con el mundo circundante.
Las dificultades que pueda exteriorizar, por anomalías intencionadas o no de sus funciones naturales, como son la enuresis, el estreñimiento, el conflicto sin motivo aparente para tomar sus alimentos, serán consideradas, tanto por él como por los que le rodeen, como un problema fácil de resolver, y si su tendencia a la cooperación fuese lo bastante fuerte, estos trastornos no habrían llegado a presentarse. Otro tanto cabría decir del hecho de chuparse el pulgar, morderse las uñas, hurgarse la nariz y tragar a grandes bocados. Todos estos hechos aparecen cuando el niño se resiste a colaborar, y se niega a formar parte de la sociedad civilizada. Se observan exclusivamente en los niños mimados, que intentan extraer de quienes les rodean un mayor rendimiento, una constante diligencia. Generalmente van acompañados de una desobediencia -manifiesta o latente -, señal elocuente de una carencia de sentimiento de comunidad. Hace ya mucho tiempo que hemos llamado la atención sobre estos hechos. Si Freud intenta ahora atenuar los fundamentos de su teoría --el pansexualismo--, esta corrección se debe, sin duda, ante todo, a las aportaciones de la Psicología individual. La concepción mucho más reciente de Charlotte Bühler acerca de un grado normal de desobediencia en el niño podría compensarse fácilmente con el resultado de nuestras experiencias. El hecho de que los defectos infantiles vayan enlazados con rasgos de carácter como desobediencia, celos, egocentrismo, falta de sentimiento de comunidad, ambición personal, inclinación a la venganza, etc., y que se manifiesten con mayor o menor claridad, se comprende por la estructura que anteriormente describimos. Al mismo tiempo, confirma nuestra concepción del carácter como hilo conductor hacia el objetivo de superioridad, como un reflejo del estilo de vivir y como actitud social que no es congénita, sino que se construye simultáneamente con la ley de movimiento creado por el niño. El hecho de fomentar las pequeñas satisfacciones que originan la retención de las heces, el chuparse el dedo, los juegos infantiles con los órganos genitales, etc. a veces precedidos de una sensación de cosquilleo bastante intensa y pasajera, demuestra la peculiar manera de ser de los niños mimados, que no son capaces de renunciar a ningún placer o deseo por ligero que sea.
Otro escollo peligroso para el desarrollo del sentimiento de comunidad es la personalidad del padre. La madre no debe perder la oportunidad de establecer el contacto del padre con el hijo, tan estrechamente como sea posible, contacto que se obstaculizaría fácilmente en caso de mimo, de un deficiente sentimiento social o de aversión hacia el padre. A éste no debe reservársele la misión de amenazar o castigar. Debe, además, dársele oportunidad para que consagre al niño el tiempo y el afecto suficiente para no ser desplazado a un segundo término por la misma madre. Podría añadirse, además, que es en extremo perjudicial el hecho de que el padre trate de atenuar la influencia de la madre mediante una ternura exagerada, o al contrario, instaurar con respecto a su hijo una disciplina demasiado severa, a fin de corregir el excesivo mimo del regazo materno, lo que provocaría un acercamiento aun mayor del niño a la madre. Es igualmente erróneo que el padre intente imponer al niño su autoridad y sus principios. De esta manera quizá logre la sumisión del hijo, pero nunca una colaboración y un sentimiento de comunidad. En nuestro tiempo, tan propenso a la prisa, son precisamente las comidas las que suelen tener capital importancia en la educación para la vida en comunidad. Es indispensable que reine en ellas una atmósfera agradable. Sería preciso reducir a un mínimo inevitable las explicaciones acerca de las buenas maneras en el comer, ya que sólo mediante esa reducción podrán ser enseñadas con éxito. Las censuras, las explosiones de ira y el mal humor deberían ser eliminados por completo en estas ocasiones. Asimismo es preciso abstenerse, durante las comidas, de la lectura o de las reflexiones profundas. Este momento de la vida cotidiana es, al mismo tiempo, el menos indicado para soltar pláticas y censuras acerca de los insuficientes rendimientos en la escuela o de cualesquiera defectos del niño. Debe intentarse crear esta atmósfera social durante las comidas, principalmente al comenzar la jornada, durante el desayuno. Es de suma importancia garantizar a los niños entera libertad para hablar y preguntar. Las burlas, las mofas, las censuras, el poner a otros niños como ejemplos a seguir, perjudican la sociabilidad y pueden conducir al ensimismamiento, a la timidez o a la creación de un grave sentimiento de inferioridad. No debemos hacer ver a los niños su pequeñez, su carencia de conocimientos o falta de capacidad, sino, al contrario, facilitarles el camino hacia un entrenamiento valeroso. Debe dejárseles tranquilos si demuestran interés por algo, no quitarles siempre las cosas de las manos, e indicarles que sólo los comienzos son difíciles, que no debemos mostrar una angustia exagerada ante una situación peligrosa, sin que eso quiera decir que debemos dejar de dar pruebas de la necesaria previsión y de la oportuna defensa.
El nerviosismo de los padres, las disensiones conyugales o una diferente concepción de los problemas de la educación, pueden perjudicar fácilmente el desarrollo del sentimiento de comunidad. Dentro de lo posible, debería evitarse la exclusión demasiado categórica de los niños de la sociedad de los adultos. Las alabanzas y censuras deben referirse a los entrenamientos logrados o malogrados, pero nunca a la propia personalidad del niño. Toda enfermedad de éste puede asimismo constituir un obstáculo peligroso para el desarrollo del sentimiento de comunidad. Es aún más peligrosa, y es válido también para los demás trastornos, si se produce durante los cinco primeros años de la vida. Hemos hablado ya de la importancia de las inferioridades orgánicas innatas y demostrado que se presentan, basándonos en una probabilidad estadística, como males generadores de mala orientación y como obstáculos para el sentimiento de comunidad. Otro tanto podríamos decir de ciertas dolencias que se producen precozmente, como el raquitismo, que influye de un modo desfavorable en el desarrollo corporal sin influir para nada en el desarrollo intelectual, y que puede conducir también a deformaciones anatómicas de mayor o menor grado. Las enfermedades que más perjudican el sentimiento de comunidad entre todas las de la primera infancia, son aquellas en que el miedo y la preocupación de los que le rodean pueden producir honda impresión en el niño, que ve reconocida su valía sin haber hecho nada que la justifique. A este grupo pertenecen la tosferina, la escarlatina, la encefalitis y la corea, cuyo curso, a menudo poco complicado, puede traer consigo, sin embargo, la difícil educabilidad, puesto que el niño sigue esforzándose para que no se interrumpa el mimo que venía disfrutando a lo largo de su enfermedad. En los casos en que ésta deja perennes huellas en el cuerpo, será de aconsejar no atribuir a estos factores corporales el empeoramiento de la conducta del niño, para evitarse la tarea de corregirla. En dos casos diagnosticados equivocadamente de cardiopatía y de afección renal, pude observar, una vez rectificado el error, que la difícil educabilidad no desapareció con la comprobación del perfecto estado de salud de que gozaban los examinados y que el egoísmo perduraba en ellos con todas sus desagradables consecuencias, especialmente la falta de interés social. El miedo, la anxiedad y las lágrimas no reconfortan en absoluto al niño enfermo, sino que le inducen a ver en su enfermedad una ventaja. No es necesario insistir en que los defectos en el niño deben ser corregidos y las secuelas mejoradas o curadas, tan pronto como sea posible y que en ningún caso se debe pensar que el defecto, algún día, será superado por el mismo desarrollo. De la misma manera es preciso intentar prevenir las enfermedades, pero sin intimidar al niño ni prohibirle que se junte con sus camaradas.
Abrumar al niño con cosas que representan para él un verdadero esfuerzo, ya sea corporal o intelectual, puede provocar con facilidad molestias o cansancio y determinar un estado de ánimo poco propicio para entrar en contacto con la vida. Las enseñanzas artística y científica deben corresponder a la posibilidad de asimilación del niño. Por esta misma razón debe ponerse coto a la insistencia fanática que muestran algunos pedagogos por querer explicar los fenómenos sexuales. Es preciso contestarle al niño que nos pregunte o que parezca preguntarnos, pero sólo en la medida en que creamos que nuestras explicaciones puedan ser comprendidas y asimiladas por él. Mas en todos los casos debe ilustrársele respecto a la igualdad de los sexos y acerca de su propio papel sexual, puesto que, en caso contrario --como el mismo Freud ha llegado a reconocer--, dado el nivel de retraso de nuestra civilización, podría sacar la conclusión de que la mujer es inferior en cierto grado al hombre. Esta opinión puede fácilmente producir en los niños fenómenos de orgullo, con sus fatales consecuencias para la sociedad, y en las muchachas la protesta masculina que describimos hace ya muchos años (véase Adler, Ueber den nervosen Charakter, El carácter neurótico), con consecuencias tan perjudiciales. Las falsas nociones pueden despertar dudas sobre el propio sexo y, por lo tanto, dar lugar a una preparación insuficiente para el propio papel sexual con toda clase de resultados desastrosos.
De la posición de los hermanos dentro de la familia deriva otra clase de dificultades. La preponderancia acentuada (o a veces ligerísima) de uno de los hermanos en la primera infancia llega a ser muchas veces una gran desventaja para los restantes. Es enorme la frecuencia con que coinciden, en una misma familia, los defectos de un niño con las excelencias de otro. La acrecentada actividad del uno puede ser la causa de la pasividad del otro; el éxito de un hermano, provocar el fracaso del otro. Cuán desfavorables pueden ser tales fracasos precoces para el porvenir del individuo es cosa que se ve con frecuencia. La predilección, muchas veces casi inevitable, por uno de los hijos puede redundar en perjuicio de otro, desencadenando en éste un sentimiento de inferioridad muy acusado, con todas las posibles consecuencias de un complejo de inferioridad. También el desarrollo, la belleza o la fuerza de uno proyectan sombra sobre el otro. No deben pasarse tampoco por alto aquellos hechos que hemos puesto de relieve y que son consecuencia directa de la posición que, por orden de edad, ocupa el niño en el número de los hermanos.
Ya es tiempo de acabar con la superchería de que la situación de los hermanos es idéntica para todos en el círculo familial. Sabemos que si el medio ambiente y la educación fueran exactamente iguales para todos, su influencia no sería experimentada por el niño sino para emplearla como material de construcción del estilo de vida, conforme, únicamente, a sus energías creadoras. Veremos de cuán diferente modo percibe el entorno cada niño. Parece hoy cosa segura que los hijos no acusan ni los mismos genes ni las mismas condiciones fenotípicas. Incluso respecto a los gemelos procedentes del mismo óvulo, las dudas aumentan cada día en cuanto a la igualdad de su constitución física y psíquica . La Psicología individual se ha asentado desde sus comienzos en el terreno de la constitución física innata; pero ha afirmado siempre que la constitución psíquica no se establece sino entre los tres y los cinco primeros años de vida --utilizando como material de construcción tanto la herencia como los influjos ambientales-- con la formación del prototipo psíquico que encierra ya en sí la invariable ley de movimiento individual y la forma de vida engendrada por la energía creadora del niño. Sólo merced a esta concepción me fue posible descubrir los rasgos típicos --aunque siempre individualmente diferentes-- propios de los hermanos. Creo haber logrado demostrar definitivamente que la forma de vida de cada niño aislado acusa la posición exacta de éste dentro de la constelación de los hermanos. Este hecho ilumina con luz singular el problema del desarrollo del carácter. Porque si es cierto que determinados rasgos de carácter están en consonancia con la posición del niño en esta constelación fraternal, entonces no hay lugar para esas discusiones que insisten, ya en la herencia del carácter, ya en hacer derivar a éste de una zona erótica anal o de otra semejante.
Pero hay más todavía, y es que puede explicarse sin dificultad de qué modo adquiere el niño su peculiar modo de ser por la posición en que se encuentra dentro de la constelación de los hermanos. Las dificultades del hijo único son también bastante conocidas. Encontrándose constantemente entre adultos, amparado por lo general con exceso y creciendo entre los continuos sobresaltos de los padres, aprende muy pronto a sentirse punto central y a conducirse en consecuencia. Muy a menudo la enfermedad o la debilidad de uno de los padres se convierte en circunstancia agravante. Aquí intervienen aún con mayor frecuencia las desavenencias conyugales o los divorcios, que suelen originar, casi sin excepción, una atmósfera que no aporta en verdad provecho alguno al sentimiento de comunidad del niño. Muy a menudo se puede observar, como hemos demostrado ya, la protesta, generalmente neurótica, de la madre ante el anuncio de otro nuevo niño, protesta que trae aparejada casi siempre una preocupación exagerada por el primer hijo y su esclavización. En la vida ulterior de tales niños encontraremos siempre alguna de las muchas variantes, que van desde una absoluta sumisión, protesta en secreto, hasta un ansia exagerada de dominio exclusivo. Estos puntos neurálgicos, al ser rozados por un problema exógeno, empiezan a doler, manifestándose vivamente. Una exagerada identificación con la familia impide el contacto con el mundo exterior y suele resultar perjudicial en muchos casos.
Cuando el número de hermanos es crecido, vemos al hermano mayor en una situación única, que los restantes hermanos nunca conocerán. Durante cierto tiempo ha sido hijo único, recibiendo entonces impresiones que corresponden a esta situación. Pero después de cierto tiempo es destronado. Hemos escogido esta expresión que caracteriza el cambio de situación con tal exactitud que los autores fieles a las circunstancias que describen, y hasta el mismo Freud, se han visto obligados a recurrir a ella. El período anterior a ese destronamiento no deja de tener importancia para comprender la impresión dejada en el niño y el uso que hará de ésta. Si transcurren tres años o más, entonces el acontecimiento afectará un estilo de vida ya establecido y provocará una reacción en consonancia con éste. En general, los niños mimados soportan este cambio tan mal como, por ejemplo, la supresión del pecho materno. Tengo que hacer constar, sin embargo, que con un año de intervalo basta para marcar tan hondamente en el carácter las huellas del destronamiento que sean luego imborrables para todo el resto de la vida. No debe olvidarse tampoco que el ámbito vital ya conquistado por el primogénito queda limitado por el nacimiento del segundo vástago. Vemos que para una comprensión más precisa es necesario recurrir a una larga serie de factores, y sobre todo tener presente que todo este proceso se desarrolla sin palabras ni conceptos, si el intervalo no es demasiado grande; es decir, que no será jamás susceptible de una corrección por las experiencias ulteriores, sino tan sólo mediante un esclarecimiento psicológico-individual de las relaciones de conjunto. Estas impresiones no formuladas en palabras, que son tan numerosas en la primera infancia, serían interpretadas por Freud y Jung, en caso de vislumbrarlas, de manera completamente distinta; no como vivencias, sino en consonancia lógica con sus doctrinas, como impulsos inconscientes o como inconsciente colectivo atávico. Los manifestaciones de odio o los deseos de muerte que se observan a veces no son sino el producto artificial de una educación equivocada carente de sentimiento social, y no se presentan más que en niños mimados, a veces resentidos contra el hermano que les sigue. Tales depresiones y tonalidades afectivas las encontramos también en hermanos menores, sobre todo si han sido mimados. Pero el primogénito, si fue mimado en demasía, lleva cierta ventaja a los demás en el disfrute de su situación excepcional, y el dolor del destronamiento ha de sentirlo todavía con mayor violencia. El hecho de que estos fenómenos se observen también en hermanos menores, en los cuales engendran con frecuencia un complejo de inferioridad, demuestra de un modo concluyente que la particular violencia del trauma obstétrico en los primogénitos como pretendido motivo de sus desviaciones neuróticas debe ser relegado al mundo de la fantasía, puesto que se trata de una suposición enteramente gratuita, a la cual sólo puede llegar quien desconozca por completo las experiencias de la Psicología individual.
Es fácilmente comprensible que la protesta del primogénito contra su destronamiento se manifieste muy a menudo por una tendencia a justificar el poder que le ha sido conferido y de alguna manera a conservarlo. Esta inclinación confiere a veces al primogénito un marcado carácter conservador,no en el sentido político, sino en la vida cotidiana. Un ejemplo muy gráfico de ello nos lo proporciona la biografía del escritor alemán Teodoro Fontane. Conocido es de todos el rasgo autoritario en la personalidad de Robespierre, rasgo que no nos habría dejado imaginar su participación y el importante papel que desempeñó en la Revolución francesa. Sin embargo, de acuerdo a la Psicología individual, adversa a toda regla rígida, no debe pasarse por alto que no es el rango ocupado en la línea familial sino la situación lo que importa, y que los rasgos peculiares del primogénito pueden manifestarse más tarde en otro hermano, si éste está en correlación íntima con otro que le sigue de cerca y reacciona a la manera del primero. No debemos olvidar tampoco que, a veces, el hijo segundo desempeña el papel del primogénito: por ejemplo, en el caso de que el primer hijo sea débil mental y no pueda tomársele en consideración. La personalidad de Paul Heyse nos proporciona un excelente ejemplo a este respecto. El gran escritor adoptó siempre, frente a su hermano mayor, una actitud casi paternal, siendo en la escuela la mano derecha del maestro. Pero en todos los casos tendremos una fecunda vía para la investigación si observamos la peculiar forma vital del primogénito, sin olvidar que el segundo le mina el terreno. El caso de que a veces encuentre el recurso de tratarle de una manera paternal, o maternal, no es sino una variante de su anhelo de superioridad.
En el caso de que el primogénito vaya seguido, con poco tiempo de diferencia, de una hermana, se plantea un problema especial. Su sentimiento de comunidad se encuentra expuesto entonces a experimentar serios contratiempos. Esto se debe sobre todo al hecho de que, hasta sus diecisiete años, las muchachas se encuentran en una situación más favorecida por la Naturaleza en su desarrollo físico y psíquico que es más rápido, poniendo así en peligro el prestigio del hermano que las precede. Pero a menudo interviene otro motivo, a saber: que el niño primogénito intenta defender no sólo su papel preponderante, sino también el fatal privilegio del papel masculino, mientras que la muchacha con su sentimiento de inferioridad a cuestas, --debido a la molesta situación cultural existente aunhoy para la mujer--, lo zarandea fuertemente revelando en ese momento un entrenamiento más potente, que le confiere a veces rasgos distintivos de gran energía. En otras muchachas esto puede ser el preludio de la «protesta masculina » (véase Ueber den nervösen Charakter, el carácter neurótico), que puede traer consigo, en su desarrollo, un sinnúmero de consecuencias, ya buenas o ya malas; todas situadas entre la perfección y las aberraciones de la naturaleza humana, partiendo del rechazo total del amor hasta llegar a la homosexualidad. Freud, en una de sus últimas épocas, empezó a hacer uso de este resultado de la Psicología individual y lo introdujo en sus esquemas sexuales bajo el nombre de complejo de castración, sosteniendo que sólo la falta del miembro viril puede engendrar ese sentimiento de inferioridad cuya estructura ha sido revelada por nuestras investigaciones. Pero en sus últimos escritos da, por fin, a entender que hasta cierto punto reconoce el aspecto social de este problema. El hecho de que el primogénito sea considerado generalmente como el sostén de la familia y de las tradiciones conservadores de ésta, demuestra una vez más que la capacidad de adivinación presupone forzosamente una experiencia.
Las impresiones bajo cuyo impulso el hijo segundo suele trazarse con tanta frecuencia su ley de movimiento consisten, ante todo, en que se ve siempre precedido por un hermano que no sólo le supera en desarrollo, sino que, defendiendo sus privilegios, le discute constantemente la anhelada igualdad. Estas impresiones no se producen, sin embargo, si la diferencia de edad es muy notable, y se hacen tanto más violentas cuanto más pequeña es esa diferencia. Resultan especialmente opresivos para el hijo segundo si éste no se siente capaz de superar al primogénito. Pero desaparecen casi por completo si el segundo sale desde un principio victorioso, ya por la inferioridad del primogénito, ya porque éste sea menos amado. Casi siempre se podrá observar en el segundo un mayor afán por avanzar, afán que se exterioriza ora en una energía acrecentada, ora en forma de un temperamento más fogoso, desembocando en una mejora del sentimiento social, o en una conducta errónea. Será preciso investigar si observa o no una actitud de rivalidad en la que también el primogénito puede participar, o si ofrece, por el contrario, una actitud reconcentrada y bajo presión. El hecho de que los dos primeros hijos no sean del mismo sexo puede contribuir también a la rivalidad, sin que, en ocasiones, resulte perjudicado esencialmente el sentimiento de comunidad. Asimismo puede ser un factor de gran peso la belleza de uno de los niños, e igualmente el mimo que se dé a uno de ellos. En este último caso no es preciso que salte a los ojos la diferencia en la cariñosa preocupación de los padres, pues basta con que exista en opinión de uno de los hermanos. Si uno cualquiera de ellos se revela como un fracasado, el otro mostrará muy a menudo una disposición excelente que, por cierto, puede manifestarse poco sólida al entrar en la vida escolar o cuando llega a ser adulto. Si uno de los dos es reconocido como sobresaliente, el otro puede fácilmente presentarse como un fracasado. A veces se encontrará --incluso en gemelos del mismo óvulo-- una semejanza aparente en el hecho de que ambos hacen lo mismo tanto para lo bueno como para lo malo, pero es preciso darse cuenta de que uno de los dos sigue sumiso los pasos del otro.
También en el caso del hijo segundo podemos admirar la innata capacidad intuitiva, producto seguramente de la evolución, y que precede notablemente a la comprensión. La particularidad del segundo hijo rebelde está maravillosamente narrada en la biblia con la historia de Esaú y Jacob, sin que podamos presuponer una comprensión clara de este hecho: piénsese en el anhelo de Jacob por la primogenitura, en su pugna con el ángel (no te suelto si no me bendices), o en su famoso sueño de la escalera que sube al cielo; todo habla claramente de la rivalidad del segundo hijo, de su tendencia a destacarse, a sobresalir. Incluso quien no esté dispuesto a seguir estas disquisiciones quedará extrañamente impresionado al volver a encontrar en la historia de Jacob el menosprecio de éste hacia su propio primogénito. Así, por ejemplo, en la insistente petición de mano de la segunda hija de Laban, en las pocas esperanzas que tiene puestas en su primogénito, y en su manera de otorgar su más solemne bendición a su segundogénito José, al cruzar los brazos y colocar su mano derecha sobre la cabeza de aquel a quien bendice más de corazón.
De las dos hijas mayores de un mismo matrimonio, la primogénita manifestóse desde el nacimiento de su hermanita (tres años menor) como una niña extremadamente revoltosa. La segunda adivinó la ventaja que representaba para ella el convertirse en una hija obediente, y logró, en efecto, hacerse amar sobremanera. Cuanto más la amaban, tanto más sufría la primera, que mantuvo su actitud de violenta protesta hasta en su edad más avanzada. La segunda, acostumbrada a su superioridad en todos los terrenos, sufrió un shock al quedar derrotada por la otra en la escuela. Esta derrota y, algo más tarde, los tres grandes problemas de la vida la obligaron a retirarse de una posición que le parecía peligrosa para su amor propio; su complejo de inferioridad, hijo de su constante miedo a una derrota, quedó estabilizado en esa forma que hemos denominado actitud vacilante. Esto, hasta cierto punto, la ponía a salvo contra todo posible fracaso. Repetidos sueños de llegar con retraso a una estación para tomar el tren demostraron el poder de su estilo de vida, que la inducía a entrenarse en sueños para estar ausente cuando se le presentaran oportunidades. Sin embargo, no existe un ser humano capaz de hallar reposo bajo el yugo de un sentimiento de inferioridad. El afán evolutivamente establecido hacia un objetivo ideal de perfección, que caracteriza a todo ser viviente, no descansa nunca y encuentra en miles de variantes su camino ascendente, ya en el sentido del sentimiento de comunidad, ya en sentido opuesto. La variante que se le ofrecía a nuestra niña, nacida en segundo lugar, y cuya utilidad descubrió después de algunos ensayos, no era otra cosa sino una neurosis con obsesión de limpieza. Ésta se manifestó en la constante necesidad de lavarse, así como de limpiar sus vestidos y utensilios, y tenía lugar sobre todo al acercarse otras personas a ella. Esta neurosis compulsiva cerraba el camino a la realización de sus tareas vitales y le pemitía matar el tiempo, el mayor enemigo de todo neurótico. Había adivinado, además, sin entenderlo claramente, que mediante la realización exagerada de una tarea de aseo, que le había conquistado anteriormente simpatías, podía llegar a superar a todos. Sólo ella era limpia; los demás y todo lo que no era suyo eran cosas sucias. No hace falta extenderse más acerca de su falta de sentimiento de comunidad, hasta cierto punto natural en una niña en apariencia tan buena, hija de una mujer que mimaba en extremo a sus hijos. No es tampoco preciso insistir sobre el hecho de que su curación no era posible sin previo fortalecimiento de su sentimiento de comunidad.
En cambio es necesario dedicar más espacio al estudio del hijo más joven, pues también él se encuentra en una situación totalmente distinta de la de sus hermanos. Nunca se halla solo como lo estuvo el primogénito durante cierto tiempo, y, por otra parte, nadie le sigue como era el caso para los restantes, y no tiene solamente un único hermano con autoridad sobre él, como el hijo segundo, sino a veces varios. Está generalmente mimado por sus padres, que ya empiezan a envejecer, pero se encuentra en la desagradable situación de ser considerado de continuo como el más pequeño y el más débil con que muchas veces no es tomado en serio. Pero su situación no resulta por regla general demasiado desfavorable. Su afán por superar a los que le preceden es estimulado cada día. Bajo ciertos aspectos su situación se asemeja a la del segundo hijo, situación a la que pueden llegar también los demás hijos de la serie si por casualidad surgen entre ellos parecidas rivalidades. Su lado más fuerte queda acusado por los intentos de superar a sus hermanos en todos los grados imaginables del sentimiento de comunidad. Su debilidad se manifiesta frecuentemente en cuanto trata de evitar la lucha directa por su propia superioridad (lo cual suele ser regla general en los niños mimados) y en cuanto procura realizar su objetivo en un plano completamente distinto, en otra forma de vida o en otra profesión. La mirada experimentada del psicólogo individual notará siempre con renovada sorpresa cuán frecuentemente se realiza en el último hijo de la familia tal destino. Si la familia está formada, en general, por comerciantes, nos encontramos, por ejemplo, con que el hijo más joven es poeta o músico. Si los demás hermanos se dedican a profesiones liberales, entonces el benjamín, el más pequeño, se dedicará al comercio o a una actividad artesanal. Desde luego, las limitadas posibilidades de las muchachas deberán ser tomadas en cuenta, visto el estado imperfectísimo de nuestra civilización.
Respecto al carácter del último hijo, mi análisis del caso del José de la Biblia encontró en todas partes una general aprobación. Sé muy bien que el hijo menor de Jacob no era José, sino Benjamín. Sin embargo, Benjamín nació diecisiete años más tarde que José, fue ignorado por éste durante mucho tiempo y no intervino para nada en la formación del destino de su hermano. También es sabido que José soñaba en su futura grandeza mientras sus hermanos trabajaban duramente, encolerizándolos con sus sueños de dominación sobre ellos y el mundo, en los que pretendía asemejarse a Dios. En esto influyeron sin duda los mimos del padre. Sin embargo, llegó a ser el sostén de su familia y de su tribu y, más todavía, el salvador de una civilización. Sus actos y sus obras demuestran suficientemente la insuperable magnitud de su sentido de comunidad.
El genio popular ha llegado a crear con su fuerza intuitiva toda una serie de representaciones de hondísimo sentido. En la Biblia las encontramos en gran número en las figuras de Saúl, de David, etc. Sin embargo, también en las leyendas de todos los pueblos y de todas las épocas es el hijo menor quien siempre sale victorioso. Basta echar una ojeada de conjunto sobre nuestra sociedad actual para encontrar entre las mayores figuras de la Humanidad, y con una frecuencia notable, a los hijos menores en situaciones superiores a las de sus hermanos. También en caso de un desarrollo equivocado pertenecen a menudo al tipo que más llama la atención, lo cual se explica siempre por su dependencia de alguna persona que les había mimado, o, al contrario, porque hubo de experimentar descuido y abandono, situaciones sobre las cuales basó erróneamente su inferioridad social.
Esta parte del estudio de la infancia desde el punto de vista de la situación del niño en medio de la constelación de los hermanos se halla aún lejos de estar agotada. Demuestra con una claridad innegable que todo niño utiliza su situación y sus impresiones como material para construir de manera creadora el objetivo de su vida, su ley de movimiento, y, con ella, sus rasgos de carácter.
Cuán poco margen queda aquí a la hipótesis de que los rasgos de carácter son innatos, está sin duda claro después de lo que llevamos dicho. En cuanto a otras posibles situaciones dentro del marco familiar, y suponiendo que no sean imitadas las que acabamos de exponer, bien poca cosa podríamos decir. Crigthon Miller, de Londres, llamó mi atención sobre el hecho de haber encontrado muchachas nacidas en tercer lugar, después de dos hermanas, que manifestaban una fuerte protesta masculina. Más de una vez pude comprobar la exactitud de sus observaciones, que me explico por el hecho de que tales niñas intuyen fuertemente la decepción de los padres al encontrarse con que el tercer hijo es también niña. A veces, esta niña no sólo lo adivina, sino que llega incluso a estar segura de ello, y entonces explica de alguna manera su descontento con el papel femenino. No nos causará la menor sorpresa descubrir en tales niñas una actitud más acusada de oposición, lo que Charlotte Bühler pretende explicar mediante su teoría de la fase natural de desobediencia, pero que sería más justo considerar como un producto artificial y como protesta perdurable contra una humillación real o imaginada de acuerdo con las enseñanzas de la Psicología individual.
Mis investigaciones acerca del desarrollo de las hijas únicas entre hijos, y de los hijos únicos entre hijas, aún no puedo considerarlas terminadas. Los resultados, hasta ahora obtenidos me hacen creer que en ambas situaciones encontraremos una ley de conducta extrema, que se manifiesta, o por una virilidad, o por una feminidad extremas. En esta última dirección, si fue considerada durante la infancia como la más prometedora de éxitos; hacia la virilidad, si ésta fue conceptuada como un objetivo digno de ser anhelado. En el primer caso encontraremos un mayor grado de dulzura en el trato y una necesidad de contacto y cariño, con todas sus variantes y sus malas costumbres; en el último caso hallaremos afán de dominio, obstinación, pero también, a veces, ánimo y noble tendencia de superación.
CAPÍTULO XIV
SUEÑOS Y ENSUEÑOS
Fantasía explícita y fantasía latente. La exclusión del sentido común en la fantasía. Características corporales y psíquicas del artista. Función compensadora de la fantasía. Crítica de la teoría del desdoblamiento de la personalidad. Predominio de las imágenes visuales en el sueño. Interpretación de la censura onírica. Los dos puntos de partida de la concepción psicológico individual del sueño. El factor exógeno y los restos diurnos.
El examen de este tema nos lleva al reino de la fantasía. Sería un grave error aislar de la totalidad de la vida psíquica y de su ligazón con la realidad del mundo circundante esta función de la fantasía, resultante de la corriente de la evolución. Y un error todavía mayor, intentar oponerla a la totalidad del Yo. Antes bien hay que considerarla como parte integrante del estilo de vida, al que, en su calidad de movimiento psíquico, caracteriza y a la vez perfila dentro de las restantes partes integrantes de la vida anímica. Esta función lleva además en sí la expresión de la ley individual de movimiento. En determinadas circunstancias tiene por misión manifestarse intelectualmente, mientras que, en general, permanece escondida en la esfera de los sentimientos y de las emociones, o se halla involucrada dentro de las diversas actitudes que el individuo adopta ante la vida. Como cualquier otro movimiento anímico, apunta al porvenir, puesto que su misión consiste también en avanzar hacia el objetivo ideal de la perfección. Considerada desde este punto de vista, quedará completamente claro lo vano que es querer encontrar en su movimiento o en el de sus derivados --los sueños y ensueños--la realización de un deseo, y es más vano aún creer que con definiciones tales se ha contribuido en algo a la comprensión de su mecanismo. Puesto que toda forma de expresión anímica se mueve de abajo arriba, de una situación de minus a una situación de plus, está claro que todo movimiento de expresión anímica puede interpretarse como realización de un deseo.
Más que del sentido común, la fantasía se sirve de la capacidad de adivinar, sin que esto quiera decir que acierte siempre. Su mecanismo consiste en que durante un lapso de tiempo --en la psicosis, de un modo permanente-- hace abstracción del sentido común, esto es, de la lógica de convivencia humana y del actual sentido de comunidad, por no tener que caminar por las áridas sendas colectivas, cosa que logrará con tanta mayor facilidad cuanto menos prive el sentimiento de comunidad. En cambio, si éste es fuerte, los paseos de la fantasía se encaminarán hacia el objetivo del enriquecimiento de la sociedad. A pesar de los miles y miles de variantes, el proceso de los movimientos anímicos que se suceden puede siempre descomponerse artificialmente en pensamientos, sentimientos y disposiciones para la adopción de determinadas actitudes sociales. Las actitudes justas, normales, valiosas, no serán reconocidas por nosotros como tales sino en el caso de que sirvan --como en las grandes obras-- a la comunidad. Cualquier otra interpretación conceptual de estos juicios queda lógicamente excluida, lo cual no impide que, muy a menudo, esas obras sean rechazadas por el actual nivel de sentido común, en tanto no existan las condiciones para alcanzar un mayor grado de comprensión de los intereses de la comunidad. Todo intento de dar solución a un problema cualquiera pone a trabajar la fantasía, puesto que se trata de lo desconocido, de lo por venir. Además, recordemos que la fuerza creadora cuyo papel reconocimos en la confección del estilo de vida en la infancia, sigue actuando.
Los reflejos condicionados, sobre cuyas manifestaciones polifacéticas siempre influye el estilo de vida, no pueden ser tampoco empleados sino como materiales de construcción.
No pueden ser utilizados de manera automática para la creación de una obra enteramente nueva. Pero la energía creadora sigue ahora los cauces del estilo de vida por ella creados. De este modo, también la fantasía se orienta según este estilo de vida. En sus producciones, independientemente de que el individuo las conozca en conjunto o las desconozca en absoluto, suele observarse la expresión del estilo de vida y pueden ser, por tanto, utilizadas como puerta de entrada que permitirá echar una ojeada al taller del espíritu humano. Pero, procediendo lógicamente, tropezaremos siempre con el yo, con la personalidad en su conjunto. En cambio, se procederá de una manera equivocada si se pretende descubrir aparentes antinomias, como entre la conciencia y la inconsciencia.
Freud, el representante de esta teoría errónea, parece acercarse a marchas forzadas a una mejor comprensión al hablar de lo inconsciente en el yo, con lo cual adquiere éste una nueva faz, precisamente aquella que fue en primer lugar reconocida por la Psicología individual.
Toda gran idea, toda gran obra de arte, debe su origen al espíritu humano, infatigablemente creador. Tal vez la mayoría de los hombres contribuyan, por poco que sea, a su creación, por lo menos en cuanto a su asimilación y su conservación, a la utilización de los nuevos resultados que comporta. En este aspecto podemos conceder ya un papel importante a los reflejos condicionados. A los ojos del artista creador éstos son simples materiales de los cuales se vale para superar con su fantasía todo lo anterior. Artistas y genios son, sin duda alguna, los conductores de la Humanidad: y, por su osadía, rinden el tributo de consumirse en el propio fuego, encendido en su infancia. Sufrí, y esto me hizo poeta. Gracias a los pintores hoy vemos mejor los colores, las formas, las líneas. Nuestra capacidad auditiva, notablemente mejorada, y las modulaciones más refinadas de nuestro órgano vocal, las debemos a los músicos. Los poetas nos han enseñado a pensar, a hablar y a sentir. El artista es un hombre que, aguijoneado casi siempre desde su más tierna infancia, y soportando todo género de penalidades, pobreza, anomalías de la vista o del oído, y, por regla general mimado de una manera u otra, se libera ya en sus más tempranos años de su grave sentimiento de inferioridad y lucha con exacerbada ambición contra la angosta realidad, con la noble pretensión de ampliarla tanto para sí como para los demás. Es siempre él quien eleva a los niños dotados, que las más de las veces presentan propicias variantes para la realización de altos objetivos, por encima del nivel promedio.
Hace ya mucho tiempo pusimos de relieve, como características de esa variante humana inquietante, pero fecunda, una mayor debilidad corporal y una mayor impresionabilidad frente a los acontecimientos exteriores. Estas variantes pueden comprobarse muy a menudo en los que padecen una minusvalía de los órganos sensoriales, y si no personalmente en ellos --puesto que para las variantes insignificantes carecemos de los medios necesarios de investigación--, sí en la herencia de las minusvalías orgánicas que ofrece su árbol genealógico. En éste podremos observar, en ocasiones, huellas clarísimas de tales minusvalías constitucionales, que conducen no rara vez a enfermedades, pero que también son responsables del movimiento ascendente de la Humanidad (véase, entre otros, mi trabajo Studie über Minderwertigkeit von Organen, Estudio sobre minusvalías orgánicas, locución citada).
En sus juegos autónomos y en la realización individual de todo juego, se muestra el espíritu creador del niño. Todo juego proporciona un campo de acción a la tendencia hacia la superioridad. Los juegos de salón son adecuados para impulsar el sentimiento de comunidad, sin embargo, no debemos ignorar o obstruir las ocupaciones individuales tanto en los niños como en los adultos. Incluso se deben alentar en la medida en que permiten prever un ulterior enriquecimiento de la sociedad. Únicamente debido a la naturaleza de ciertas actividades, no desprovistas en absoluto de carácter social, sucede que no puedan ser ejercitadas ni realizadas en común. Aquí entra también la fantasía en juego, la cual queda notablemente fomentada por las bellas artes. De las lecturas de los niños debería excluirse, desde luego, antes de que alcanzaran éstos cierto grado de madurez, todo alimento intelectual para ellos inasimilable o que pueda contrarrestar el sentimiento de comunidad que apenas ha empezado a germinar. Entre esas lecturas inconvenientes figuran todas las historias crueles y terroríficas que suelen impresionarles sobremanera, especialmente a aquellos niños en que el miedo excita los órganos genito-urinarios. Entre estos niños volvemos a encontrar una vez más un elevado tanto por ciento de individuos mimados que son incapaces de resistir las seducciones del principio del placer, y cuya fantasía, y más tarde actos, crean situaciones que inspiran miedo y engendran excitaciones sexuales. En mis investigaciones sobre sadistas y masoquistas sexuales encontré siempre, junto a una falta de sentimiento de comunidad, un fatal encadenamiento de tales circunstancias.
La mayor parte de los sueños diurnos y nocturnos de los niños y de los adultos, desligados hasta cierto punto del sentido común, tienden a seguir el camino indicado por el objetivo ideal de superioridad. Es fácil comprender que precisamente de la fantasía parte la dirección concreta que debe servir para la superación de la debilidad experimentada --a fin de compensarla-- y para el mantenimiento del equilibrio anímico, lo que conduciría al triunfo sobre una debilidad experimentada. Pero con tales medios no se consigue nunca ni una cosa ni otra. Este proceso es parecido en cierto modo al emprendido por el niño cuando empieza a crearse su estilo de vida. Al experimentar dificultades, la fantasía llega en su auxilio, brindándole la elevación de su personalidad, estimulándole así, al propio tiempo, en un mayor o menor grado. Desde luego, son muchos los casos en que este acicate no se deja sentir y donde la fantasía representa por sí sola toda la compensación. Que esto debe ser considerado como contrario a los intereses de la comunidad, aun cuando no se observe aquí ninguna actividad ni ningún acto de agresión contra aquélla, está completamente claro. En el caso de que, en consonancia con el estilo de vida, la fantasía se dirija contra el sentimiento de comunidad, podemos considerar que expresa la exclusión del sentimiento de comunidad en el estilo de vida, lo cual orientará la mirada del investigador en su busqueda para descubrir su significado. Tal ocurre en los frecuentes y crueles ensueños diurnos que pueden alterar o ser completamente sustituidos por fantasías de sufrimiento propio. Fantasías guerreras, actos heroicos, salvamento de personajes prominentes, revelan sólo, por regla general, un efectivo sentimiento de debilidad y quedan sustituidos en la vida real por la timidez y por un carácter eternamente vacilante. Quien quiera ver en esto y en las formas de expresión parecidas, aparentemente antagónicas, una ambivalencia o escisión de la conciencia, una doble vida, desconoce la unidad de la personalidad, en la cual el elemento aparentemente antagónico es explicable a partir de la comparación simplista de las situaciones de superioridad y de inferioridad, y del desconocimiento de las relaciones entre ambas. Y quien haya adquirido el necesario conocimiento de la incesante aspiración ascendente del proceso psíquico, sabe muy bien que la justa caracterización de éste mediante una simple palabra o concepto está condenada al fracaso, vista la extrema pobreza del idioma, puesto que no es posible dominar, mediante vocablos fijos, algo que está en incesante fluencia y dinamismo.
Con gran frecuencia encontramos fantasías en las que el individuo se imagina ser hijo de otros padres, lo cual es un indicio cierto del descontento hacia los padres propios. En la psicosis y, en forma atenuada, también en otros casos, encontramos esta fantasía transfigurada en realidad como una permanente acusación. Siempre que la ambición de un hombre encuentre insostenible la realidad, se refugiará en el encanto de la fantasía. No debemos olvidar, sin embargo, que cuando la fantasía fluye en equilibrio con el sentimiento de comunidad, podemos esperar la creación de alguna obra importante, puesto que, en tales casos, la fantasía ejerce su influencia sobre los sentimientos y emociones, despertándolos y aumentando su actividad y rendimiento, análogamente a como actúa la creciente presión del vapor sobre una máquina en funcionamiento.
El valor del rendimiento de la imaginación depende, pues, en primer término, de la importancia del sentimiento de comunidad de que se halle impregnada. Y esto puede decirse tanto respecto al individuo como respecto a la masa. En los casos de un real fracaso, podemos esperar que la imaginación sea viciada. El embustero, el estafador, el vanidoso, son ejemplos harto elocuentes de ello. Igual ocurre con el enajenado. La imaginación no está nunca en completo descanso ni siquiera cuando no llega a cristalizar en ensueños diurnos. La mera orientación hacia un objeto de superioridad nos obliga ya a fantasear sobre el porvenir, como en todos los casos en que aspiramos a prever los acontecimientos. No es posible desconocer que esta actividad constituye un entrenamiento en el sentido del estilo de vida, tanto si se manifiesta en la realidad como si sólo ocurre en los sueños y ensueños, o en la creación de obras de arte. La fantasía aspira a poner de relieve la propia personalidad y en esta orientación se halla subordinada más o menos al sentido común. Incluso el soñador sabe muchas veces que está soñando. Y el que duerme, por muy lejos que esté de la realidad, raras veces se cae de la cama. Todos los móviles de la fantasía: riqueza, proezas, fuerza, grandes obras, inmortalidad, etc., no son sino hipérboles, metáforas, símiles y símbolos. No debemos perder de vista la fuerza ornamental de las metáforas; y es que, lo quieran o no mis adversarios, éstas constituyen fantásticos disfraces de la realidad, jamás idénticos a ella. Su valor es indiscutible siempre que sean aptas para prestar a nuestra vida una energía suplementaria. Pero en caso de no servir sino para fomentar en nosotros el espíritu antisocial mediante la exaltación de nuestros sentimientos, tenemos el deber de desenmascarar su carácter nocivo. En todos los casos sirven para provocar e intensificar aquella tonalidad afectiva que, ante un problema dado, conviene al estilo de vida siempre que el sentido común resulte demasiado débil o esté en contradicción con la solución del problema que dicho estilo de vida reclama. Este hecho nos facilitará también la comprensión del sueño.
Para comprender el sueño es preciso estudiar, en primer término, el acto de dormir, puesto que éste es el que nos proporciona aquel estado de ánimo en que el sueño puede producirse. No cabe duda de que el dormir es obra de la evolución; una regulación autónoma que desde luego está íntimamente enlazada con las transformaciones corporales y viene provocada por ellas. Y aunque no podamos en la actualidad sino solamente sospechar la existencia de éstas (tal vez las investigaciones de Zondek sobre la hipófisis den alguna luz), hemos de suponerlas como actuando al unísono con el impulso del dormir. Puesto que el dormir sirve indudablemente como descanso y relajamiento, natural es que haga converger todas las actividades, tanto somáticas como anímicas, al punto de reposo. La forma de vida del individuo humano se halla en mayor armonía con la sucesión alternada de días y noches, gracias a la análoga periodicidad del estado de vigilia y de sueño. Lo que diferencia ante todo al que duerme del que está despierto es su alejamiento concreto de los problemas de la vida cotidiana.
Sin embargo, el sueño no es un hermano de la muerte. El estilo de vida, la ley de movimiento del individuo permanece en incesante vela. El durmiente puede moverse y evitar posiciones incómodas en el lecho, puede ser despertado por la luz o por el ruido, atender al niño que duerme a su lado, y llevar consigo las alegrías y los dolores experimentados durante la jornada. El hombre, aun sumido en el sueño, sigue orientado continuamente hacia todos los problemas cuya solución no debe quedar en suspenso mientras duerme. Cualquier inquieto movimiento del niño de pecho despierta a la madre, y con el alba llega también el despertar, que en algunas personas se presenta casi a la hora deseada. La actitud del durmiente durante el sueño nos proporciona muchas veces, tal como lo hemos demostrado (véase Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Práctica y Teoría de la Psicología individual), una buena imagen de la actitud anímica, tan exacta como en la vigilia. La unidad de la vida psíquica queda conservada también durante el sueño, de modo que estamos obligados a considerar como parte de este conjunto fenómenos que se verifican o pueden verificarse durante el sueño, como el sonambulismo, el suicidio, el rechinar de dientes, el hablar en voz alta, la tensión de los músculos, así como el cierre espasmódico del puño con parestesias consecutivas. Todos estos fenómenos nos permiten llegar a conclusiones que desde luego deben ser confirmadas por otras formas de expresión. También mientras dormimos pueden desplegar actividad los sentimientos y tonalidades afectivas, a veces sin acompañamiento de sueños.
Si el sueño se presenta en la mayoría de los casos como fenómeno visual, ello se debe a la mayor seguridad que atribuimos a los hechos visibles. Siempre he dicho a mis discípulos: Si en vuestras investigaciones tenéis la incertidumbre acerca de algún punto, tapaos los oídos y fijaos en los movimientos. Probablemente cada uno de nosotros conoce esta mayor certeza del sentido de la vista, aun sin haberlo formulado claramente. ¿Podría ocurrir que el sueño buscase esta mayor seguridad? ¿Es posible que el estilo de vida, liberado de la presión limitativa impuesta por la realidad, esta despachadora de leyes, se exprese en los sueños con más intensidad debido al mayor alejamiento de los problemas cotidianos y al hecho de estar abandonado uno a sí mismo conservandose íntegra su energía? ¿Será el sueño dócil a la fantasía vinculada al estilo de vida, avanzando por las mismas sendas que aquélla suele recorrer en defensa de éste cada vez que un problema es superior a las fuerzas del individuo? ¿Aparece el sueño únicamente cuando el sentido común y el sentimiento de comunidad enmudecen en el individuo, por debilidad insuperable?
No vamos a imitar nosotros a quienes creen aniquilar nuestra Psicología individual haciendo simplemente como que la ignoran. Por esto queremos recordar que fue Freud el primero en intentar elaborar una teoría científica del sueño. Esto será siempre un mérito imperecedero, que nadie podrá impugnarle, así como ciertas observaciones en torno a lo que él llama inconsciente. Pero nos da aquí la impresión de que ha llegado a saber mucho más de lo que ha conseguido aprender, y es que, considerándose obligado a agrupar todos los fenómenos anímicos en torno a la única substancia dominadora que reconoce --la libido sexual--, tuvo que equivocarse forzosamente. Su error es más flagrante todavía por el hecho de tener sólo en cuenta los malos instintos que, según he señalado, provienen del complejo de inferioridad de los niños mimados y no son sino el producto artificial de una serie de errores, tanto de educación como de autónoma creación del mismo niño, sin que jamás basten a explicarnos la estructura anímica en todas sus efectivas formas de evolución.
Resumiendo, la concepción del sueño podría expresarse así: Si un hombre pudiera decidirse a escribir todos sus sueños, sin excepción, sin contemplaciones, sin tapujo, fielmente y con toda clase de pormenores, e incluso añadir los comentarios que se le ocurrieran en torno a tales sueños, siempre a base de los recuerdos de su vida y lecturas, haría con ello un valioso regalo a la comunidad. Sin embargo, tal como actualmente somos los humanos, es lo más probable que a nadie se le ocurra proceder de este modo. Pero valdría la pena de hacerlo, aun sin darlo a la publicidad y sólo para aleccionamiento de uno mismo. ¿Es Freud quien lo dijo? No, es Hebbel, en sus Memorias.
A esto he de añadir por mi parte que lo más importante está en determinar si el esquema empleado resiste o no a una crítica científica. Con el esquema psicoanalítico ni el mismo Freud está conforme, puesto que más tarde declaró, tras múltiples cambios y modificaciones en sus interpretaciones de los sueños, que no ha sostenido nunca que los sueños tengan forzosamente un contenido sexual. Lo cual representa, en todo caso, un nuevo progreso.
En cuanto a lo que Freud concibe por censura, no es sino un mayor alejamiento de la realidad en el sueño, un intencionado alejamiento del sentimiento de comunidad, cuya deficiencia impide dar solución normal a un determinado problema, de modo que el individuo buscará un camino hacia una solución más fácil, como si, después de una derrota, ya esperada, hubiera padecido un shock; solución a la cual puede contribuir la fantasía supeditada a un estilo de vida ajeno al sentimiento de comunidad. Si en ello no buscamos otra cosa que la realización de unos deseos o, en caso de supremo desaliento, el ansia de morir, entonces no nos habremos encontrado más que con meros tópicos que no aportarán la menor claridad acerca de la estructura de los sueños. Porque todo el proceso de la vida, por doquiera que lo examinemos, puede considerarse como una anhelada realización de deseos.
En mis investigaciones sobre el sueño me he valido de dos poderosos auxilios. Uno me lo proporcionó Freud mismo con sus afirmaciones inadmisibles. Sus errores me sirvieron, pues, de enseñanza; y a pesar de que no fui nunca psicoanalizado y hubiera declinado de antemano y a limine una invitación a serlo, por considerarlo perturbador para la espontaneidad de la observación científica, que, por desgracia, no es excesivamente grande en la mayoría de los individuos; conozco sin embargo suficientemente sus teorías no sólo para poder predecir, basándome en mi conocimiento de la psicología de los niños mimados, cuál será el próximo paso que dé Freud. Por este motivo he recomendado siempre a mis alumnos el estudio de sus trabajos.
Al creador del psicoanálisis y a sus discípulos parece producirles gran satisfacción el poder designarme como discípulo de Freud, cosa que hacen con delectación ostensible, por el mero hecho de haber discutido yo mucho con éste en un círculo de psicólogos, pero sin haber asistido jamás ni a una de sus clases. Cuando se trató de hacer jurar a todos los miembros de este círculo de psicólogos la infalibilidad de Freud y de las teorías por él propugnadas, fui el primero en abandonarlo, y no se me podrá negar que he procurado siempre delimitar las fronteras entre el Psicoanálisis y la Psicología individual con más afán que el propio Freud, ni podrá acusárseme tampoco de haberme jamás vanagloriado de mis discusiones de antaño con él. Me duele que los crecientes éxitos de la Psicología individual y su influencia cada vez más notoria en las obras de los mismos psicoanalistas produzcan tan intenso malestar en el campo de mis adversarios. Sé, sin embargo, que es difícil satisfacer las concepciones de los niños mimados. Pero, al fin y al cabo, a nadie ha de extrañar el hecho de que el constante acercamiento del Psicoanálisis a la Psicología individual --sin que los psicoanalistas abandonen por completo su principio fundamental-- haga surgir notables semejanzas entre ambas teorías, observadas incluso por los partidistas, lo cual se debe, simplemente, al influjo del inquebrantable sentido común. Habrá seguramente muchos que considerarán ilegítimo el hecho de que yo haya previsto de antemano toda la evolución del Psicoanálisis en estos últimos veinticinco años. Así, me parecería al prisionero que no suelta al que lo capturó.
El segundo y más poderoso auxilio me fue proporcionado por la unidad de la personalidad, hoy día ya científicamente confirmada y aclarada desde diversos puntos de vista. Esta pertenencia a una unidad ha de caracterizar también al sueño. Aun prescindiendo de la creciente distancia que el estilo de vida pone entre uno mismo y la realidad que trata de influirle, distancia que caracteriza asímismo a la fantasía que se coloca también en estado de vigilia, no es posible admitir en el sueño --para apoyar una simple teoría-- otras formas anímicas que las que aparecen en el estado de vigilia. De aquí se puede concluir que el dormir y los sueños no son sino simples variantes de la vida vigil, así como, a la inversa, que la vida vigil no es más que una forma de la vida del sueño. La ley suprema de ambas formas de vida, lo mismo en la vigilia que en el sueño, es ésta: el sentimiento del valor del yo no debe disminuir. O, para mejor englobarlo en la conocida terminología de la Psicología individual: la tendencia de superioridad, considerada como meta final, arranca al individuo de las garras del sentimiento de inferioridad. Sabemos ya qué dirección toma el camino más o menos desviado del sentimiento de comunidad; en otros términos, es antisocial y opuesto, al mismo tiempo, al sentido común. El yo saca de las fantasías del sueño nuevas fuerzas con las cuales poder resolver un problema para el que no dispone de la debida dosis de sentimiento de comunidad. Como se comprende, la gravedad subjetiva del problema actual, equivalente siempre a un test del sentimiento de comunidad, puede resultar tan agobiante que incluso al mejor y más fuerte le induzca a soñar.
Debemos, pues, hacer constar, en primer término, que en todo estado onírico hay un factor exógeno. Esto es, sin duda, más significativo y muy distinto de los restos diurnos de Freud. Su significación está en el hecho de tener que sufrir un examen y buscar una solución: examinar el avance hacia un objetivo y buscar la solución al ¿hacia dónde? de la Psicología individual, que se hallan en franca oposición a la regresión y realización de los deseos sexuales infantiles de Freud. Estos últimos no son otra cosa que la revelación del mundo ficticio de los niños mimados que, deseosos de poseerlo todo para ellos solos, no comprenden que algún deseo suyo pueda quedar irrealizado. El sueño revela las tendencias ascendentes en el curso de la evolución y muestra cómo se representa cada uno el camino que se propone emprender. Pone de relieve la opinión del sujeto sobre su propia manera de ser, sobre la naturaleza y el sentido de la vida.
Prescindamos por un momento del estado onírico. Tenemos ante nosotros a un hombre que se encuentra sometido a un examen para el cual no se siente preparado a causa de la falta de sentimiento de comunidad que le caracteriza. Se refugiará entonces en su imaginación. ¿Y quién elige tal refugio? Naturalmente, el yo, fiel a su estilo de vida. La intención estriba en encontrar una solución que esté en consonancia con el estilo de vida. Pero esto equivale --si se exceptúa unos cuantos sueños realmente valiosos para la comunidad-- a una solución que no está en armonía con el sentido común y que va, por tanto, en contra del sentimiento de comunidad. Pero con ello el individuo quedará aliviado en sus necesidades y sus dudas, y hasta fortalecido en su manera de vivir y estimar su yo. El dormir, al igual que una hipnosis correctamente efectuada, no puede sino servir de alivio con vistas a tal objetivo, de igual manera que una autosugestión lograda. La conclusión que podemos sacar de todo esto es que el sueño --esa intencionada creación del estilo de vida-- busca y refleja la distancia que separa al individuo del sentimiento de comunidad. Sin embargo, en el caso de un sentimiento de comunidad más acentuado y en situaciones amenazadoras, observamos a veces una inversión brusca que representa el triunfo del sentimiento de comunidad sobre una tentativa de evasión. Lo cual es una nueva razón en favor de la Psicología individual cuando ésta afirma que es de todo punto imposible someter toda la vida anímica a fórmulas y reglas fijas. Esto, sin embargo, deja en pie la tesis principal, esto es, que el sueño indica el grado en que el individuo está alejado del sentimiento de comunidad.
Ahora bien: se me podría objetar algo que me ha preocupado siempre mucho, pero a lo que debo en último análisis una más profunda comprensión de aquellas circunstancias que rodean la vida de los sueños, y que acabamos de explicar. Si aceptamos cuanto llevamos dicho, ¿cómo se explica que nadie comprenda sus propios sueños, que nadie les haga caso y que hasta los olvide con tal facilidad? Prescindiendo de un puñado de personas que comprenden algo de todo ello, parece que en los sueños se desperdicia una energía cuyo derroche resultaría inaudito en la acostumbrada economía del espíritu. Pero los resultados obtenidos en otro campo de la Psicología individual vienen en nuestra ayuda. El hombre sabe mucho más de lo que comprende. ¿No será que cuando sueña, su saber está despierto mientras su comprensión queda adormecida? Si fuera así, algo semejante debería ocurrir en el estado de vigilia. Y, en efecto, el hombre no comprende nada en absoluto de su propio objetivo, a pesar de perseguirlo de continuo. No comprende nada de su estilo de vida, que, sin embargo, le liga y le aprisiona inexorablemente. Y si frente a un problema su estilo de vida le asigna un camino dado, impeliéndole, por ejemplo, a beber unas copas, o bien hacia una empresa que promete éxito, entonces acudirán a él de continuo ideas e imágenes --dispositivo de seguridad, como las llamé-- que harán más grato este camino, pero sin que necesariamente estén en manifiesta relación con el objetivo primario. Si un hombre está descontento de su mujer, entonces habrá otra que le parecerá mucho más aceptable, sin darse clara cuenta de la verdadera relación entre ambos hechos, y menos aún de sus sentimientos de acusación o de venganza contra la propia esposa. Sólo la relación con su estilo de vida y el problema que le agobia en un momento dado transformará su saber de las cuestiones que más le afectan en una verdadera comprensión. Ya hemos llamado la atención sobre el hecho de que la imaginación, y con ella el sueño, necesita prescindir en gran parte del sentido común. Sería, por tanto, ilógico preguntar a los sueños qué cantidad encierran de sentido común, como han hecho diversos autores, para concluir luego en que están desprovistos de sentido. El sueño no se acercará mucho al sentido común, sino sólo en los casos más excepcionales, y nunca llegará a coincidir por completo con él. Esto, sin embargo, explica ya la función más importante del sueño: la de conducir al que sueña por un camino que le aleje del sentido común, o sea, la misma función que hemos asignado a la fantasía. El que sueña lleva a cabo, pues, un autoengaño. En consonancia con nuestra concepción fundamental, podríamos aún añadir: un autoengaño que, frente a un problema para la solución del cual no se dispone del grado suficiente de sentimiento de comunidad, le reintegra a uno a su estilo de vida para que lo resuelva en armonía con éste. Rompiendo con la realidad que exige un interés social, afluyen a uno imágenes inspiradas por su estilo de vida.
Así, pues, ¿no queda ya nada del sueño, una vez esfumado éste? Creo haber podido resolver este problema de trascendental importancia. Queda lo que siempre suele quedar si alguien se abandona en brazos de la fantasía: sentimientos, emociones y una actitud determinada. El hecho de que todos estos factores desarrollen una influencia en el sentido del estilo de vida, se desprende de la afirmación fundamental de la Psicología individual: la unidad de la persona humana. En uno de mis primeros ataques contra la teoría freudiana de los sueños --en 1918--, afirmaba ya, a raíz de mis experiencias personales, que todo sueño tiene tendencia prospectiva y que desempeña el papel de preparador del individuo para la resolución de un problema determinado a su manera peculiar. Más tarde pude comprobar esta afirmación, haciendo constar que el sueño no realiza esto por las vías del sentido común y del sentimiento de comunidad, sino a través de un símil, por medio de metáforas y de imágenes comparadas, tal como lo haría, por ejemplo, un poeta para despertar en sus lectores determinados sentimientos y emociones. Pero con esto retornaremos al ámbito del estado de vigilia, y podemos añadir que incluso las personas desprovistas de toda sensibilidad poética se valen de símiles para impresionar a sus interlocutores, aunque a veces sean estos símiles tan poco amables como asno, vejestorio, etc. Incluso el maestro recurre a ellos a veces cuando desespera de poder explicar algo mediante palabras sencillas.
Con esto se consiguen dos cosas. En primer término, los símiles despiertan sentimientos más fácilmente que los argumentos objetivos. En la poesía, en la retórica, el uso de metáforas proporciona verdaderos triunfos. Pero una vez que nos alejamos del reino de la literatura, observamos en seguida el peligro que el uso de símiles encierra. Las comparaciones son falsas, dice no sin razón el pueblo, dando a entender con ello que el uso de los símiles lleva consigo un cierto peligro de engaño. Llegamos ahora, por consiguiente, a la misma conclusión que formulábamos anteriormente al estudiar el uso comparativo de las imágenes oníricas. Apartadas de los caminos de la razón práctica sirven para el autoengaño del que sueña, para despertar determinados sentimientos y, consiguientemente, para la adopción de una actitud en armonía con el estilo peculiar de vida. El sueño probablemente va precedido siempre, al igual que la duda, de una tonalidad afectiva, problema que requiere un estudio algo más detenido. Pero en este caso y conforme a su estilo de vida, el yo elige entre mil imágenes posibles, precisamente las más favorables a sus aspiraciones, ya que le permiten prescindir de la razón práctica en favor del estilo de vida.
Con lo expuesto queda aclarado que la fantasía del que sueña sigue con exactitud, hacia delante y hacia arriba, las directrices de la personalidad, en estrecha armonía con todas sus restantes creaciones. Y esto a pesar de que --de igual manera que la vida intelectual, afectiva y volitiva-- se sirve también de las imágenes de nuestra memoria. El hecho de que los recuerdos de la vida de un niño mimado emanen siempre de los errores del mimo, sin dejar de reflejar por eso un presentimiento del futuro, no debe inducirnos a la errónea conclusión de que corresponden a la satisfacción de deseos infantiles, a una regresión a la infancia. Debemos, además, tener en cuenta que el estilo de vida selecciona sus imágenes en consonancia con sus propios fines, de modo que dicha selección nos permite comprender el estilo de vida. La estrecha correlación de las imágenes del sueño con la situación exógena nos da posibilidades para encontrar la línea del movimiento que, según su estilo de vida, inicia el que sueña frente al problema que exige solución, sin apartarse de su ley de movimiento. Podemos vislumbrar la debilidad de su posición por el hecho de buscar auxilio en imágenes y comparaciones, que despiertan de manera engañosa sentimientos y emociones --cuyo valor y sentido no pueden ser sometidos a examen--, y que fortalecen y aceleran el movimiento dirigido por el estilo de vida, un poco como ocurre al pisar el acelerador de un motor en marcha. La incomprensión del sueño, incomprensión que suele también darse bajo la misma forma en el estado de vigilia, al intentar justificar una posición equivocada a base de argumentos rebuscados, es, pues, una necesidad y no una casualidad.
El soñador, exactamente igual que en la vigilia, dispone aún de otro medio para hacer abstracción de la razón práctica. Este medio consiste en tratar sólo los aspectos secundarios de un problema agobiante, excluyendo y eliminando de él lo que encierre de esencial. Este procedimiento, del que en ocasiones puede hacerse un uso más general, es muy semejante al que describimos en 1932, en los últimos números de la Zeitschrift für lndividualpsychologie (Revista de Psicología Individual), como solución parcial e imperfecta de un problema, como signo manifiesto de un complejo de inferioridad. Vuelvo a insistir sobre la imposibilidad de establecer reglas fijas para la interpretación de los sueños, puesto que ésta requiere mucho más una inspiración artística que un sistema exacto de pesos y medidas. Nada ofrece el sueño que no pueda también ser descubierto partiendo de las demás formas de expresión. Sólo puede servir al investigador para descubrir y mostrar al paciente cuán fuertemente obra aún en él su estilo de vida primitivo y, así, persuadirle mejor. En toda interpretación de los sueños es preciso ir lo suficientemente lejos para que el enfermo se dé cuenta de que no ha hecho otra cosa que lo que hacía Penélope: destejer por la noche lo que había tejido durante el día. Tampoco debemos ignorar ese estilo de vida que se caracteriza por una obediencia aparente y exagerada, comparable a la del hipnotizado. En estos casos la fantasía se muestra dócil a los deseos del médico, sin adoptar, no obstante, aquellas actitudes que habrían sido lógicas. Se trata también de una forma de desobediencia, en la que ya se fue uno entrenando en secreto desde la infancia.
Los sueños reiterados aluden a expresiones adecuadas de la ley de movimiento frente a los problemas de naturaleza semejante. Los sueños breves constituyen una respuesta estricta y pronta a una pregunta. Los sueños olvidados, en cambio, nos permiten suponer que su tonalidad afectiva es muy potente frente a la no menos potente razón práctica y para defraudar mejor a ésta es preciso difuminar el material ideológico del sueño, de modo que sólo reste la emoción y la actitud adoptada. Se puede comprobar con gran frecuencia que los sueños angustiosos reflejan el acentuado temor a un fracaso, y que los sueños agradables indican un fíat vigoroso o un contraste con la situación actual, para provocar un mayor sentimiento de repulsión. Soñar con un muerto hace pensar en que el soñador no ha enterrado definitivamente al muerto en cuestión y que está aún bajo su influencia --suposición que deberá ser confirmada, desde luego, por las restantes formas de expresión del individuo--. Los sueños de caídas, sin duda los más frecuentes de todos, revelan la angustia del que sueña, su miedo a perder el sentimiento de su propio valor; pero expresan al mismo tiempo, en representación espacial, que en su fuero interno se cree más alto de lo que está. Los sueños de vuelo se observan en personas ambiciosas, como sedimento de su afán de superioridad, de realizar algo que les eleve por encima de los demás humanos. Este sueño va enlazado a menudo, casi como memento y advertencia contra un afán demasiado ambicioso y arriesgado, con sueños de caída.El aterrizaje logrado después de una caída en sueños, que se expresa no raras veces emocionalmente, en lugar de manifestarse por medio de elementos representativos, revela casi siempre, sin ningún género de duda, un sentimiento de seguridad, o de predestinación, gracias al cual el individuo se asegura de que nada malo va a ocurrirle. La pérdida de un tren o de una ocasión favorable se podrá interpretar en la mayoría de los casos como expresión de un bien entrenado rasgo de carácter, a saber: eludir una temida derrota llegando tarde o dejando escapar la oportunidad. Los sueños de ir semidesnudo, seguidos de un susto a causa de ello, se explican generalmente por el miedo de ser atrapado in fraganti en alguna imperfección. Ciertas inclinaciones motrices, visuales y acústicas quedan expresadas muy a menudo en sueños, pero siempre en relación con una actitud a adoptar frente a un problema que se plantea al individuo y cuya solución, en algunos casos muy poco corrientes, puede incluso ser facilitada por ellos.
El papel de espectador en el sueño nos revela, con cierto grado de seguridad, que el individuo también se da por satisfecho, en la vida real, con adoptar esta posición cómoda. Los sueños de carácter sexual pueden tener varias tendencias, ora como un entrenamiento --desde luego bastante débil-- para el comercio sexual, ora como una retirada ante la pareja, replegándose sobre sí mismo. Respecto a los sueños de contenido homosexual, fuimos precisamente nosotros quienes llamamos la atención por vez primera sobre el hecho de que representan una tendencia contra el sexo opuesto y de ninguna manera una inclinación innata. Las crueldades cometidas soñando, en las que el soñador desempeña un papel activo, revelan furor y anhelo de venganza, de la misma manera que los sueños en que se trata de ensuciar o degradar. Los sueños de los enuréticos de encontrarse orinando en el lugar normal, facilita a éstos en forma poco animosa la satisfacción de sus sentimientos de queja y venganza contra una sensación de humillación. En mis libros y artículos se encuentran numerosas interpretaciones de sueños, de modo que puedo prescindir de citar aquí ejemplos concretos. No obstante vamos a analizar un sueño en relación con el estilo de vida del soñador.
Un individuo, padre de dos hijos, vivía con su mujer --que se había casado con él sin amor, cosa que nuestro hombre sabía perfectamente-- en continuas disensiones, artificialmente fomentadas por ambos. En su infancia había sido muy mimado primero, pero luego fue destronado por un hermano menor. En una escuela muy severa le enseñaron a dominar sus explosiones de ira, hasta tal extremo que en situaciones desfavorables efectuaba intentos exagerados para llegar a una reconciliación con sus adversarios, lo cual, naturalmente, rara vez conseguía. Su actitud frente a su mujer se expresaba asimismo por manifestaciones contradictorias, a veces era una mezcla de confianza en llegar a una situación cordial y otras, eran explosiones bruscas de ira al sentirse víctima indefensa de sus sentimientos de inferioridad, sin que, a pesar de todo, lograra hallar el modo de sortear aquella situación. La mujer no dio pruebas ni de la más mínima comprensión frente al estado de cosas. El hombre adoraba a sus dos hijitos, que le correspondían, mientras que la mujer, exteriormente menos vehemente y cariñosa, no podía rivalizar con su marido en tal aspecto. Esto la condujo a perder cada vez más el contacto con los hijos y a que el hombre creyera ver en ello un descuido completo por su parte, lo cual le hizo dirigir amargos reproches a la esposa. A pesar de semejantes disensiones, continuaron las relaciones conyugales, pero ambos estaban conformes en evitar la concepción de nuevos hijos. Así lucharon durante largo tiempo: el hombre, no reconociendo como amor sino el paroxismo de los sentimientos y considerándose engañado en sus justas reivindicaciones; y la mujer, con sus débiles intentos de continuar la vida conyugal, pero en exceso fría y, a causa de su estilo de vida, desprovista del necesario afecto hacia su marido y sus hijos. Una noche soñó el hombre con sangrantes cuerpos de mujeres que eran arrojados sin consideración por todas partes. Habló de ello conmigo y nuestra conversación nos condujo hacia un recuerdo antiguo: a una escena que había presenciado en una sala de disección, invitado por un amigo suyo, estudiante de medicina. Sin embargo, no era difícil descubrir, y fue confirmado por el mismo paciente, que también el acto del parto, al que había asistido dos veces, le había producido una impresión terrible, y la interpretación que propusimos fue la siguiente: No quiero soportar un tercer parto de mi mujer.
Otro sueño suyo tenía el siguiente contenido: Me pareció encontrarme buscando un tercer hijo mío que había sido raptado o que se había perdido. Fui presa de una gran angustia, pues todos mis desesperados intentos eran vanos. Puesto que el individuo no tenía un tercer hijo, se demostraba claramente que sufría una angustia continua de que otro hijo suyo se encontrara en peligro a consecuencia de la negligencia y del descuido de su esposa. Soñó esto, además, poco tiempo después del rapto del niño de Lindbergh, exteriorizando una vez más el mismo problema exógeno de shock conforme a su estilo de vida y opinión: ruptura de relaciones con una persona de la que nunca recibió muestras de ternura y como realización parcial de dicho propósito el de no engendrar más hijos, todo ello a base de exagerar desde luego la negligencia de su esposa. La orientación señalada por este sueño es, pues, idéntica a la del primero: un miedo exagerado ante el acto del parto.
El enfermo vino a verme a causa de impotencia. Las demás huellas me condujeron a su infancia, en la que había aprendido a responder a las humillaciones, tras largos y desesperados intentos de conciliación, rechazando completamente a la persona que conceptuaba fría; en la que encontraba insoportables los nuevos partos de su madre. La parte esencial de su estilo de vida era manifiesta, la selección de determinadas imágenes, el engaño de sí mismo mediante símiles que rebasaron considerablemente la razón práctica, confiriendo al estilo de vida un aumento de energías, luego, la retirada resultante del continuo estado de shock, ante el problema sólo a medias solucionado y no elaborado conforme al sentido común, clara señal de la blandura de carácter de este hombre.
Las correlaciones entre todos estos fenómenos son suficientemente comprensibles y no necesitan más explicación. Si se me pidieran algunas palabras acerca del tema que describe Freud bajo el nombre de simbolismo de los sueños, podría manifestar lo siguiente, fundándome en mi experiencia personal: desde siempre ha existido la propensión a establecer, bromeando, comparaciones sobre hechos de la vida cotidiana con sucesos y cosas de orden sexual. Es cierto que nunca se ha dejado de hacerlo en las tertulias de cafés y tabernas, y obscenamente en ocasiones. Esta inclinación se debe, sin duda, en gran parte, no sólo a la tendencia a humillar, a la afición a hacer y decir chistes y al prurito de llamar la atención, sino también a dar rienda suelta a un acento emocional ligado al símbolo. No se necesita demasiado ingenio para comprender los símbolos más usuales tanto del folklore como de las canciones callejeras. Es más importante saber que en el sueño siempre se presentan con una finalidad determinada, que será preciso descubrir mediante el análisis. El mérito indiscutible de Freud consiste en haber llamado la atención sobre ello. Pero explicar mediante un simbolismo sexual todo cuanto uno no comprende, y llegar luego a la conclusión de que todo proviene de la libido sexual, son afirmaciones que no resisten a una seria y concienzuda crítica. Tampoco podemos aceptar como pruebas contundentes los llamados experimentos demostrativos del Psicoanálisis efectuados con personas sometidas a hipnosis, a las que se da la orden sugestiva de que sueñen escenas sexuales que luego deben relatar, comprobándose que también ellas recurren a los símbolos sexuales freudianos. El hecho de que hayan substituido las crudas expresiones sexuales por símbolos corrientes, no testimonia más que un sentimiento natural de pudor. Hay que añadir, además, que para un discípulo de Freud constituirá una gran dificultad encontrar quien se preste a tales experimentos sin que sepa que está frente a un psicoanalista ávido de interpretaciones sexualistas. Es preciso, además, tener en cuenta que el simbolismo freudiano llegó a enriquecer sobremanera el vocabulario popular y a destruir radicalmente la imparcialidad en el análisis de hechos por lo demás inofensivos. En aquellos enfermos nuestros que antes habían pasado por manos de algún psicoanalista, pudimos observar que hacen en sus sueños un uso muy extenso del simbolismo de Freud. Mi refutación de sus interpretaciones resultaría aún más potente si, como Freud, pudiera creer en la telepatía y admitiera, como todos sus insulsos precursores lo hicieron, que la transmisión de pensamientos se efectúa con la misma facilidad que una conferencia por radio. Mas como no participo de dicha creencia, tengo que renunciar a ese argumento.
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