Alfred Adler: El Sentido de la Vida (tercera parte)

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CAPÍTULO X
¿QUÉ ES, EN REALIDAD, UNA NEUROSIS?
Multiplicidad de concepciones de la neurosis. Colaboración del médico y del educador. Carácter negativo de los rasgos de la nerviosidad. Rasgos primarios y secundarios del carácter neurótico. La disminución de actividad como condición ineludible. La constancia de los síntomas neuróticos. El valor de la personalidad y la neurosis. El aseguramiento neurótico. La esencia de la neurosis.


Quien haya dedicado largos años al estudio del problema enunciado, comprenderá que la contestación a la pregunta: ¿Qué es, en realidad, una neurosis? debe ser tan clara e inequívoca como sincera. Pasando revista a la literatura publicada en torno a este problema para obtener la mayor cantidad de datos, nos encontramos ante tal confusión de definiciones que la tarea de lograr una concepción unitaria parece poco menos que imposible.


Siempre que falta claridad en torno a una cuestión, son innumerables las hipótesis y muy enconadas las polémicas que para explicarla se producen. Lo mismo ocurre en este caso. Neurosis equivale a irritabilidad, a debilidad irritable, a una enfermedad de las glándulas endocrinas, a las consecuencias de infecciones dentales o nasales, a una afección genital, a una debilidad del sistema nervioso, a las consecuencias de diátesis hormonal o úrica, del trauma del parto, de un conflicto con el mundo exterior, con la religión, con la ética; de un conflicto entre el intransigente inconsciente y la conciencia siempre dispuesta a transigir; a la represión de impulsos sexuales, sádicos y criminales; del ruido y de los peligros en las grandes ciudades; de una educación demasiado indulgente o demasiado adusta, o de una educación familiar en particular; de determinados reflejos condicionados, etc...


Muchos de estos aspectos son, en efecto, exactos y pueden ser tenidos en cuenta para explicar ciertos fenómenos parciales más o menos importantes de la neurosis. La mayor parte de ellos se observarán hasta en personas que no sufren neurosis alguna. En todo caso contribuyen muy poco a la aclaración del agobiante problema de lo que realmente sea una neurosis. La enorme frecuencia de esta enfermedad, sus repercusiones harto graves para la sociedad, el hecho de que sólo una ínfima parte de las personas nerviosas recurra al tratamiento, mientras otras arrastrarán este mal consigo, como una tortura, a lo largo de toda su vida. Todo esto y el gran interés de los profanos por este problema justifica una investigación desapasionada y científica ante un foro más amplio. Así podremos darnos cuenta que los conocimientos médicos son indispensables para la comprensión y el tratamiento de esta enfermedad. No debemos dejar de lado, tampoco, el punto de vista de que una prevención de la neurosis es posible y deseable, pero tan sólo puede realizarse en caso de un claro conocimiento de los trastornos fundamentales que la originaron. Las medidas que deben tomarse para prevenir, evitar y reconocer los pequeños síntomas del comienzo, las dicta el saber médico. Sin embargo, la ayuda de la familia, del maestro y educador y de otro personal auxiliar es imprescindible. Esto justifica la amplitud que está tomando la divulgación de los conocimientos adquiridos acerca de la naturaleza y el origen de las neurosis.


Es preciso excluir de antemano todas las definiciones arbitrarias que se vienen dando desde un principio, como, por ejemplo, la de que la neurosis es un conflicto entre lo consciente y lo inconsciente. Resulta difícil discutir este problema, ya que los autores que rinden homenaje a esta concepción hubieran debido darse cuenta que nada puede ocurrir sin conflicto. Así, esta afirmación no nos ilustra, pues, sobre la naturaleza de las neurosis; como tampoco esta explicación errónea, basada en una concepción científica presuntuosa, que pretende atribuir a una acción de los quimismos estas modificaciones orgánicas. Esto no añadirá nada en absoluto a nuestros conocimientos, ya que nada sabemos respecto a estos famosos quimismos. Las demás definiciones usuales no aportan tampoco nada nuevo. Lo que suele designarse por el término nerviosidad es irritabilidad, desconfianza, timidez, etc... En una palabra, fenómenos que se distinguen por rasgos de carácter negativos inadecuados a la vida y cargados de afectividad. Todos los autores reconocen que el nerviosismo está relacionado con una vida afectiva intensa.
Cuando hace muchos años me propuse describir lo que llamábamos el temperamento nervioso, puse ante todo de relieve la hipersensibilidad del nervioso. Este rasgo del carácter se descubre sin dificultad en toda persona neurótica, salvo en algunos casos raros en que no nos será tan fácil descubrirlo por estar latente. Pero una observación más detenida nos delata, incluso en estos casos, que, a pesar de las apariencias, la sensibilidad de los nerviosos es extremada.


Desde entonces, las investigaciones psicológico-individuales nos han revelado el origen de esa sensibilidad. Cualquier persona que en este valle terrenal se halle a su gusto y esté persuadida de que le son propias tanto las cosas agradables como los inconvenientes y que, además, esté dispuesta de continuo a la cooperación, no llegará nunca a acusar rasgos de hipersensibilidad, que es expresión del sentimiento de inferioridad. De la misma manera podremos interpretar fácilmente otros rasgos del carácter de los neuróticos, como, por ejemplo, la impaciencia, de la que nunca dará muestras una persona que confíe en sí misma, que se sienta segura y se haya educado en la lucha con las dificultades de la vida. Si tenemos en cuenta estos dos rasgos del carácter, hipersensibilidad e impaciencia, comprenderemos que se trata aquí principalmente de personas con una emotividad acentuada. Si, además, añadimos que este sentimiento de inseguridad impone violentos esfuerzos con el fin de alcanzar un estado de equilibrio, de seguridad, podremos comprender por qué el neurótico tiende a buscar la superioridad y la perfección y por qué este rasgo, que implica una tendencia a la preeminencia, se manifiesta como una ambición que sólo toma en cuenta su propia persona. Esto será muy comprensible en una persona que ve su situación seriamente amenazada. A veces, esta tendencia a la preeminencia se exterioriza en formas rechazadas de antemano por la comunidad, como, por ejemplo, en la avidez, la avaricia, la envidia, los celos. Se trata, sin duda, de personas que tienden a dominar violentamente y con artimañas las dificultades, al no tener la confianza suficiente para enfrentarse con ellas y encontrar la solución más fácil y directa. A esto hay que añadir que el sentimiento extremo de inferioridad corre parejo con un insuficiente desarrollo de ánimo, de tal forma que éste es suplantado por un sinfín de ardides con que soslayar los problemas de la vida y hacérsela más fácil a base de abusar constantemente del apoyo ajeno. Este huir de las responsabilidades expresa claramente una absoluta falta de interés por el prójimo. No pretendemos, ni de lejos, censurar o enjuiciar a todas esas numerosísimas personas que acusan tal conducta en un mayor o menor grado; sabemos muy bien que ni siquiera las faltas más graves se cometen bajo la consciente responsabilidad del individuo, sino que éste es un mero juguete de su equivocada actitud frente a la vida. Tales personas pretenden una finalidad cuya prosecución está en conflicto con la sana razón.


Mas con todo lo dicho nada hemos aclarado todavía sobre la naturaleza, el origen y la estructura de la neurosis. Algo hemos avanzado al poder determinar -teniendo en cuenta la falta de ánimo del neurótico- su actitud vacilante y la actividad vital relativamente reducida que desarrolla frente a los problemas de la vida. No cabe duda de que la escasa capacidad de acción puede ser retrotraída hasta la infancia. Nosotros, los psicólogos individuales, no podemos mostrarnos sorprendidos por ello, puesto que la trama de vida queda trazada en los primeros años, persistiendo inmutable, a menos que en el curso de la evolución comprenda el individuo el error cometido y sea capaz de volver al seno de la comunidad con miras al bienestar de la humanidad toda.


Si un niño muestra intensa actividad, en el peor sentido de la palabra, podemos pronosticar que más tarde, al desviarse de la normalidad, no seguirá la vía de la neurosis, sino el camino de la delincuencia, del suicidio, del alcoholismo. Podrá presentársenos bajo el aspecto del tipo de niño más difícilmente educable, sin que, a la vez, acuse ningún rasgo neurótico. Ahora bien, ahondando en el problema, podremos comprobar que el radio de acción de estos sujetos no alcanza una gran amplitud. Si comparamos al neurótico, con el más normal, vemos que aquél posee un radio de acción muy reducido. Es importantísimo aclarar aquí el origen de esa mayor actividad. Si llegamos a persuadirnos de que existe la posibilidad de ampliar o reducir el radio de acción de cualquier niño, y de que una educación errónea llega a limitar al extremo este radio de acción, comprenderemos ipso facto cuán poco podría interesarnos el problema de la herencia. Todo lo que se desarrolla ante nosotros es un producto propio de la actividad creadora del niño. Los factores corporales y las influencias del mundo exterior son materiales de que se sirve el niño para la construcción de su personalidad. Los síntomas observados en los trastornos nerviosos son todos crónicos, así las conmociones corporales de determinados órganos y las conmociones psíquicas tales como los fenómenos de angustia, las ideas compulsivas, los estados depresivos (especialmente significativos), los dolores nerviosos de cabeza (cefaleas nerviosas), el temor a ruborizarse, la obsesión por la limpieza y otras formas de expresión semejantes, perduran largo tiempo, y a menos que nos dejemos arrastrar a los obscuros ámbitos de absurdas teorías, suponiendo que se han desarrollado sin objeto alguno, comprenderemos que se deben a la dificultad insuperable del problema con que hubo de enfrentarse el niño y que, además, subsiste la exigencia de solución de ese problema. De este modo queda establecida y explicada la constancia del síntoma nervioso, cuya aparición está determinada por la reacción ante un problema.


Hemos realizado detenidas investigaciones a fin de averiguar en qué consiste la dificultad que hace tan ardua la solución de un problema. Y, en efecto, la Psicología individual consiguió arrojar una claridad definitiva sobre esta cuestión al descubrir que el individuo se enfrenta de continuo con problemas cuya solución exige una preparación de orden social, y que esta preparación debe ser adquirida en la primera infancia al ser esta comprensión absolutamente indispensable para su desarrollo. Hemos conseguido señalar que el planteamiento de tales problemas ejerce una acción conmocional, permitiéndonos, por consiguiente, hablar con plena justificación en estos casos de efectos de shock. Éstos pueden ser de muy distinta clase. Puede ser un problema de tipo social; por ejemplo, un desengaño en la amistad. ¿Quién no lo ha experimentado alguna vez? La conmoción no es por sí sola un signo de neurosis, lo es sólo si perdura, si se hace permanente, si induce al afectado a apartarse con desconfianza de la gente, si la sociabilidad de éste está disminuida al manifestar timidez, miedo y al presentar síntomas orgánicos como palpitaciones, transpiración, trastornos gastrointestinales, ganas urgentes de orinar. De hecho, un estado que, si entendemos las verdades fundamentales de la Psicología individual, nos demostrará elocuentemente un insuficiente desarrollo del necesario sentido de contacto, cosa que se desprende también del aislamiento provocado por el desengaño.


Ahora bien, estas reflexiones nos aproximan al problema de la neurosis y nos facilitan su debida comprensión. Si alguien, por ejemplo, pierde dinero en su negocio y queda hondamente afectado por tal pérdida, esto no es nerviosismo. Llegará a serlo únicamente si perdura, si el sujeto permanece conmocionado y nada más. Tal fenómeno se puede explicar solamente aceptando que el sujeto en cuestión no ha adquirido el suficiente espíritu de colaboración y que no avanza si no es a condición de que le salga todo bien. Lo mismo podemos decir con respecto al problema del amor. ¿Qué duda cabe de que la solución de este problema no es un juego de niños? Presupone cierta experiencia, comprensión e incluso determinado grado de responsabilidad. Si a un individuo le agita o irrita este problema, si una vez rechazado, no vuelve a intentar nunca solucionarlo, si en su retirada surgen todas aquellas emociones que lo protegen y aseguran y el individuo saca de ello una conclusión definitiva que le induce a mantener la retirada, sólo entonces podemos hablar de neurosis. Ante un graneado fuego de metralla todos nosotros experimentaremos síntomas de shock, sin embargo, estos síntomas no se harán duraderos más que en el caso de que estemos insuficientemente preparados para enfrentarnos con aquellos problemas que la vida, de continuo, plantea. El neurótico queda como atascado en medio del camino. Hemos explicado ya este atascamiento, diciendo que se trata de una falta de preparación para la debida solución de los problemas, deficiencia propia de todos aquellos que, desde la infancia, no han mostrado nunca un verdadero espíritu de colaboración. Pero a esto debemos añadir algo todavía y es que, en último análisis, lo que se nos ofrece como nerviosismo es un evidente sufrimiento y ningún placer. Si pido a un individuo que experimente dolores de cabeza como los que surgen ante cualquier problema que no estamos preparados para resolver, no los podrá experimentar. Debemos, pues, excluir desde un principio, a limine, toda discusión acerca de la tesis de que un individuo se produzca la dolencia motu proprio, porque desea estar enfermo; tal afirmación es absolutamente falsa. No cabe duda de que el individuo sufre, pero prefiere este sufrimiento a otros mayores, como son los que resultan de sentirse desprovisto de toda valía al fracasar en sus empeños. Prefiere aceptar todas las dolencias neuróticas del mundo a que se descubra que carece de valor humano. Ambos, tanto el hombre neurótico como el normal, opondrán la mayor resistencia a la comprobación de su absoluta nulidad social. Pero claro está que la resistencia del neurótico será mucho mayor. Si tomamos en cuenta la hipersensibilidad, la impaciencia, la exaltación de la efectividad, la ambición personal, entonces comprenderemos fácilmente que estos hombres serán incapaces de seguir adelante en tanto crean en el peligro de que se descubra su falta de valía. Ahora bien, ¿cuál es el estado afectivo que sigue a los efectos de estos shocks? El individuo que es víctima de éstos, no los ha provocado; no desea sufrirlos; no obstante, se le presentan como consecuencia de una intensa conmoción anímica, de un sentimiento de derrota o de miedo a que se ponga de relieve su escasísimo valor social. No está realmente decidido a luchar contra estos efectos, ni comprende cómo podría hacerle para librarse de ellos. Seguramente deseará que desaparezcan, y dirá con insistencia: ¡yo bien quisiera curarme!, ¡yo quisiera verme libre de los síntomas que me aquejan!... Y esto será también lo que le llevará, por fin, al médico. Pero lo que no sabe es que tiene aún mayor miedo a otras cosas: a que se descubra su insignificancia, a que pudiera desentrañarse el sombrío secreto de su absoluta nulidad o mengua de su valía social.


Ahora empezamos ya a ver claramente lo que es la neurosis: un intento destinado a evitar un peligro mayor, un intento de mantener a toda costa la apariencia de que se posee valía y de que se está dispuesto a pagar todo lo que esto cueste -con ¡dolor!- pero sin cejar por eso en el deseo de alcanzar este mismo objetivo gratuitamente. Desgraciadamente, esto es imposible. La única posibilidad de curación para afrontar los problemas de la vida, incorporándole paulatinamente a la colectividad mediante estímulos, nunca con amenazas o coacciones. Como es sabido, son muchas las personas que, disponiendo de un cierto grado de actividad, prefieren suicidarse a enfrentarse con la solución de sus problemas. Nada podemos esperar, por tanto, de una coacción indiscriminada, y sí, en cambio, de la preparación sistemática que permita al sujeto sentirse seguro de sí mismo y proceder a la solución de sus problemas. Y es que, por otra parte, se trata de un ser que cree hallarse ante un profundo abismo en el que teme verse precipitado si da un paso adelante. Lo cual equivale a decir que teme, sobre todo, que pueda ser notada su falta de valía.


Un abogado de treinta y cinco años se quejaba de nerviosidad, de constantes dolores en el occipucio, de toda clase de molestias en el estómago, de una sensación de vacío en toda la cabeza, de una debilidad general y de cansancio. Además, siempre estaba excitado e inquieto. Muchas veces temía perder la conciencia de sus actos al tener que entrevistarse con personas extrañas. En casa, entre sus padres, se sentía aliviado, aunque la atmósfera que allí reinaba tampoco le satisfacía. Estaba convencido de que estas molestias eran la única causa de su falta de éxito.
El examen clínico no dio ningún resultado positivo, si se exceptúa una escoliosis que podría explicar la pérdida del tono muscular, la depresión anímica, los dolores occipitales y espinales. El cansancio podría atribuirse a su continua agitación, aunque pudiera ser también explicado, lo mismo que la sensación de vacío, como síntomas de depresión. Las molestias de estómago son más difíciles de explicar dentro de la gran simplicidad del diagnóstico general que enunciamos aquí; tal vez se deban a la escoliosis y sean, por tanto, resultado de una mera irritación nerviosa, Sin embargo, podrían ser también expresión de cierta predilección, esto es, la respuesta de un órgano minusvalente a una irritación psíquica. Por esta última interpretación aboga la frecuencia de los trastornos gastrointestinales en la infancia y análogas molestias en el padre, que tampoco presenta ninguna alteración orgánica. El paciente se acuerda, además, de que sus excitaciones pasajeras iban siempre acompañadas de anorexia y, a veces, incluso de vómitos.


Una queja que tal vez pueda parecer insignificante nos hará comprender con mayor claridad su estilo de vida. Su agitación continua nos hace sospechar que no ha abandonado aún por completo la lucha por el éxito. Esto queda confirmado por otra declaración suya de que no se encuentra a gusto en casa, ya que ahí también, teme encontrar a personas extrañas, o sea a volver a tomar contacto con el mundo. Su miedo a perder la conciencia de sus actos nos permite echar una ojeada a la elaboración de su neurosis: declara que, sin saber por qué, la excitación que le produce la necesidad de entrevistarse con extraños se acentúa de modo artificial ante la idea preconcebida de perder la conciencia. Podríamos señalar dos causas que le impiden saber por qué aumenta artificialmente su excitación, hasta convertirse en una confusión verdadera. Una de esas causas salta a la vista (aunque raras veces sea comprendida) : el paciente sólo se fija descuidadamente en sus síntomas y no ve la relación que guardan con toda su conducta. La segunda causa es que la retirada, el avance hacia atrás (como lo hemos llamado hace mucho tiempo, al describir tan importante síntoma neurótico en Uber den nervösen Charakter (El carácter neurótico), 4ª edición, I. F. Bergmann, Munich), no puede ser interrumpida aunque, como ocurre en nuestro caso, se acompaña de débiles intentos para reponerse. La excitación que se produce en el paciente -y que falta todavía comprobar, puesto que hasta ahora no ha sido más que vislumbrada con ayuda del diagnóstico general, de la experiencia psicológico-individual y de la intuición médico psicológica- cada vez que se encara con los tres problemas vitales, que son: comunidad, profesión y amor, problemas para los cuales carece manifiestamente de preparación, no solamente afecta al cuerpo, produciendo trastornos funcionales, sino incluso a la psiquis. La falta de preparación de esta personalidad origina trastornos funcionales corporales y anímicos. El paciente, aleccionado quizá por pequeños fracasos anteriores, retrocede ante el factor exógeno, por el temor continuo a una derrota, tanto más si se le antoja inasequible su objetivo de buen niño mimado (una nueva prueba aportaremos en lo sucesivo), el objetivo de superioridad personal; objetivo, sin el menor interés por los demás. Estos síntomas, que encontramos en la neurosis y en la psicosis, se manifiestan a consecuencia de ese estado afectivo de intensa emoción provocada por el miedo a una derrota definitiva (aunque el miedo en el sentido propio del término no se revela en todos los casos) y están siempre en correspondencia con la constitución corporal, en su mayor parte hereditaria, y con la constitución psíquica, en todo caso adquirida, y aparecen íntimamente mezclados y sometidos a influencias recíprocas.


Pero, ¿se reduce a esto la neurosis? La Psicología individual ha hecho, sin duda, mucho para aclarar esta cuestión. Se puede estar bien o mal preparado para la solución de los problemas de la vida, pero entre ambos extremos se dan miles y miles de variantes. Ha aclarado también que el sentimiento de incapacidad para resolver los problemas de la vida, experimentado en presencia de lo que hemos llamado factor exógeno, hace vibrar cuerpo y alma de mil diversos modos. Ha demostrado también que la falta de preparación se origina en la más tierna infancia, y que no se deja corregir ni por vivencias ni por emociones, sino solamente por el conocimiento. Descubrió igualmente el sentimiento de comunidad como factor integrante del estilo de vida y averiguó que este sentimiento es condición previa decisiva para la solución de todos los problemas vitales. Los fenómenos corporales y anímicos que acompañan y caracterizan al sentimiento del fracaso fueron descritos por nosotros como complejo de inferioridad. Desde luego, en el caso de un complejo de inferioridad, los shocks son mucho más fuertes en los individuos peor preparados y menores en individuos animosos que en los descorazonados y deseosos de ayuda exterior. Todo el mundo experimenta conflictos que le desequilibran en mayor o menor grado, y los acusa corporal y anímicamente. Nadie escapa al sentimiento de inferioridad frente al mundo exterior, cualesquiera que sean las condiciones sociales y las circunstancias de su corporeidad. Las minusvalías orgánicas hereditarias son demasiado frecuentes para no ser reveladas por las duras exigencias de la vida. Los factores del ambiente que ejercen su influjo sobre el niño no son apropiados para facilitar la formación de un estilo de vida adecuado. El mimo, el descuido o abandono, verdadero o sólo imaginado (sobre todo el primero) inducen al niño con demasiado frecuencia a colocarse en posición hostil frente a la comunidad. A esto se agrega el hecho de que el niño adquiere por sí mismo su ley de movimiento sin ser convenientemente dirigido; basándose sólo en la engañosa ley del ensayo y tanteo, y sin otros límites que los del humano capricho, persiguiendo siempre bajo múltiples apariencias el objetivo de superioridad. La fuerza creadora del niño utiliza las impresiones y sensaciones todas como impulsos hacia una actitud definitiva y hacia el desenvolvimiento de su ley de movimiento individual. Este hecho, puesto de relieve por nuestra Psicología individual, fue más tarde designado como actitud (Einstellung) o también como forma (Gestalt); sin tener debidamente en cuenta la integridad del individuo y su correlación con los tres grandes problemas de la vida y sin reconocer, desde luego, los méritos de esta Psicología individual.


El conflicto de un niño difícil, de un suicida, de un criminal, de un hombre que vegeta, de un superreaccionario o un militante ultrarradical y fanático, de un individuo negligente, agobiado por las necesidades que perturban su agradable pasividad, de un amante de la vida apenado en su bienestar por la miseria que le rodea, ese conflicto, junto con sus consecuencias somáticas y anímicas, ¿es ya la neurosis ? A causa de su propia ley de movimiento errónea y rígida, chocan todos ellos con la verdad que la Psicología individual pone de relieve y llegan a un antagonismo con lo justo concebido sub specie aeternitatis: con las inexorables exigencias de una comunidad ideal. Tanto corporal como psíquicamente, experimentan las consecuencias de este choque multiplicadas en miles de variantes. Pero, ¿es esto la neurosis? Si no existieran las exigencias inexorables de la comunidad ideal, cada cual podría llegar a satisfacer en la vida su defectuosa ley de movimiento, o, para decirlo con más fantasía: satisfacer sus instintos, sus reflejos condicionados. Entonces, claro está, no habría conflicto alguno. Nadie podría, sin embargo, formular una exigencia tan desprovista de sentido. Sólo la exteriorizará tímidamente aquel que haya perdido la visión de conjunto del individuo y de la comunidad e intente separar ambos factores. Más o menos reverentemente, todo el mundo se inclina ante la férrea ley de la comunidad ideal. Sólo el niño extremadamente mimado esperará y exigirá: res mihi subigere conor, tal como dijo Horacio en tono de censura, lo cual, traducido un poco libremente, viene a decir: utilizar en beneficio propio las aportaciones de la comunidad, sin colaborar en absoluto. ¿Por qué he de amar al prójimo? Porque así lo exige la indisoluble y mutua relación entre los hombres y el ideal inexorable que todo lo orienta: el ideal de la comunidad. Sólo aquel que contribuya suficientemente a la consecución del ideal común e incorpore esta contribución a su propia ley de movimiento con la misma naturalidad con que respira, sólo ése podrá resolver todos sus conflictos de acuerdo con los fines de la comunidad.


Como todo el mundo, también el neurótico vive y experimenta sus conflictos, pero los intentos que realiza para resolverlos le diferencian inconfundiblemente de todos los demás. Dada la multiplicidad de las variantes en esa búsqueda de solución, podremos observar en todo caso neurosis parciales y formas mixtas. De la ley de movimiento del neurótico forma parte, desde su más tierna infancia, la retirada ante los problemas que puedan poner en peligro su vanidad, su acusada tendencia a superar a los demás y a ser siempre el primero, tendencia excesivamente desligada del sentimiento de comunidad. Su lema vital: todo o nada, aut Cesar aut nihil (o algo muy cercano), se manifiesta generalmente en formas poco acentuadas, y junto con la susceptibilidad del que siempre se cree amenazado por el fracaso. Su impaciencia, su avidez, su emotividad acrecentada, comparable a la del que vive en país enemigo, engendran conflictos cada vez más agudos y frecuentes que le facilitarán enormemente la retirada ya prescrita por su estilo de vida. La habitual táctica de la retirada, practicada ya desde la infancia, puede simular muy fácilmente una regresión a los deseos infantiles. Sin embargo, al neurótico no le preocupan tales deseos, sino su retirada, que está dispuesto a pagar con enormes sacrificios. También en este caso es fácil confundir tales fenómenos con las supuestas formas de autocastigo. Sin embargo, lo que inquieta sobremanera al neurótico no es el autocastigo, sino el sentimiento de alivio debido a la retirada, ya que este sentimiento salvaguarda al individuo del aniquilamiento de su vanidad y de su orgullo.


Quizá se comprenda ahora, finalmente, lo que el problema del aseguramiento significa para la Psicología individual, problema que no puede ser reconocido, si no es en su totalidad, puesto que no se trata de algo secundario, sino fundamental. El neurótico se asegura mediante su retirada y asegura su retirada mediante el aumento de los fenómenos de shock, de naturaleza somática y anímica, engendrados por el planteamiento de un problema que amenaza con el fracaso.


Y es que el neurótico prefiere sus padecimientos al derrumbamiento del elevado sentimiento de sí mismo, cuya potencia fue exclusivamente puesta de relieve por la Psicología individual. Este orgullo, este complejo de superioridad (como lo hemos llamado nosotros), que sólo en la psicosis se observa de modo patente, resulta ser tan fuerte que hasta el mismo neurótico lo intuye sólo lejanamente en una actitud de tembloroso respeto, y procura desviar su atención no bien necesita enfrentarse con él en la vida real. Este orgullo le impulsa hacia delante; pero la idea de retirada le obliga a rechazarlo todo, a olvidarse de todo lo que podría impedirla. No hay lugar en él sino para los actos que la posibilitan.


El neurótico centra en la retirada todo su interés. Un paso hacia delante significa para él como una caída en el abismo con todos sus horrores. Por esto procura echar mano de toda su fuerza, de todos sus sentimientos, de todos sus comprobados recursos de retirada para permanecer alejado del frente. La serie de vivencias de shock a la cual consagrará toda su atención, -desviándola del único factor importante, que es su miedo a reconocer lo alejado que se halla de su altísimo objetivo egoísta- el enorme consumo de sentimientos generalmente metafóricos y exacerbados, de los que los sueños gustan tanto, y que le permiten persistir en su estilo personal de vida opuesto al sentido común, le ayudan a aferrarse a los acabados aseguramientos, impidiendo que se vea arrastrado al fracaso. La opinión y el juicio ajenos, admitiendo en un principio la neurosis como circunstancia atenuante sin la cual jamás sería reconocido el vacilante prestigio del neurótico, encierran el mayor de los peligros. Para ser breves, podemos decir que la neurosis es la utilización de las vivencias de shock en defensa del prestigio amenazado. o, para ser más breves todavía, la tonalidad afectiva del neurótico se condensa en el sí... pero. El sí contiene el reconocimiento del sentimiento de comunidad, el pero, la retirada con todos sus mecanismos de aseguramiento. A la religión sólo puede causarle perjuicio el hecho de que la neurosis se haga derivar de ella o de la falta de ella. Del mismo modo perjudica a toda ideología política el hecho de atribuirle virtudes curativas frente a la neurosis.


Volvamos ahora al examen de nuestro caso. Al salir nuestro enfermo de la Universidad, una vez terminada la carrera, intentó colocarse como pasante en el despacho de un abogado. No permaneció en él sino unas cuantas semanas, porque su radio de acción le pareció insignificante. Después de haber cambiado, por éste y por motivos semejantes, más de una vez de empleo, decidió dedicarse a estudios de carácter teórico. Fue invitado a dar conferencias sobre problemas jurídicos; sin embargo, declinó siempre la invitación, alegando la imposibilidad en que se hallaba de hablar ante un auditorio tan importante. En esa época, a los treinta y dos años de edad, se iniciaron sus síntomas. Un amigo, que quiso ayudarle, se ofreció a colaborar en una conferencia, aceptando la condición, impuesta por nuestro enfermo, de permitirle hablar primero. Subió temblando a la cátedra, extremadamente cohibido y temiendo perder el conocimiento, y ya no vio más que unas manchas negras que le bailaban delante de los ojos. Poco después de la conferencia se produjeron sus primeros síntomas gástricos, y el individuo llegó a imaginarse que moriría inmediatamente si volvía a hablar, siquiera una vez más, ante un público numeroso. En la siguiente etapa de su vida se limitó a dar clase a niños.


Un médico a quien consultó, le indicó que lo que necesitaba para curarse era tener relaciones sexuales. Podemos comprender de antemano la insensatez de tal consejo. El enfermo, que ya se encontraba en plena retirada, reaccionó entonces con una fobia terrible a la sífilis, con escrúpulos de orden moral y con el temor a ser engañado y acusado de la paternidad de algún hijo ilegítimo. Sus padres le aconsejaron que se casara, con lo cual consiguieron un aparente éxito, sobre todo cuando ellos mismos se cuidaron de encontrarle esposa. Pronto quedó ésta embarazada, pero se fue de casa de su marido para volver a la de sus padres, por no poder sufrir las continuas censuras que en tono de superioridad llovían sobre ella.


Podemos ya ver cuán orgulloso se mostraba nuestro enfermo cuando se le presentaba ocasión para ello y, sin embargo, con qué facilidad se batía en seguida en retirada cuando algún asunto le parecía inseguro. No se interesaba lo más mínimo ni por su esposa ni por su hijo. No se ocupaba sino en disimular su insuficiencia, y esta preocupación era más fuerte que su aspiración al tan anhelado éxito. Así fracasó no bien llegado al frente de la vida; una enorme oleada emotiva, causada por un miedo extremo, perduró en él y fortificó su retirada forjándole espectros, temibles, con los que se facilitaba a sí mismo el avance hacia atrás.


¿Son necesarias pruebas más contundentes? Intentaremos aportarlas de dos lados distintos. En primer término, remontándonos hasta su infancia para descubrir lo que indujo a establecer este estilo de vida que comprobamos en él. En segundo término, recopilaremos una especie de coherentes datos de su vida. De todas maneras, considero que la prueba más concluyente de la exactitud de una comprobación de esta índole está en poder demostrar que las ulteriores aportaciones a la caracterización de una persona están en completa armonía con los síntomas ya comprobados. Si no fuera éste el caso, entonces su concepción debería modificarse en consonancia.
La madre, según me explicó el propio enfermo, era una mujer muy cariñosa, y a la cual se sentía muy ligado. Ella le mimaba extraordinariamente y esperaba de él colosales triunfos. El padre mostrábase menos propenso a animarle, pero cedía sin excepción siempre que el paciente le exponía, entre lágrimas, sus deseos. En cuanto a los hermanos, nuestro enfermo tenía marcada preferencia por su hermano menor, que le admiraba y acataba, cumpliendo todos sus deseos y siguiéndole con la fidelidad de un perro. El enfermo era la esperanza de su familia, y pudo dominar y superar siempre a todos los demás hermanos. Se encontró, pues, en una situación sobremanera fácil y cordial que le hizo inepto para enfrentarse con el mundo.
Esto se demostró en seguida al ir por vez primera a la escuela. Era el más joven de la clase, lo cual le dio pretexto para manifestar su antipatía por semejante situación, cambiando dos veces de escuela. Sin embargo, se dedicó luego al estudio con una aplicación sin par, anhelante de superar a sus restantes condiscípulos. Al no alcanzar su propósito se batió inmediatamente en retirada, dejando de acudir muy a menudo a clase alegando dolores de cabeza y de vientre, o llegando demasiado tarde. Tanto él como sus padres atribuyeron a sus frecuentes ausencias el hecho de no poder clasificarse desde el primer momento entre los mejores de la clase, mientras que nuestro enfermo insistía mucho en que sabía y había leído más que todos sus condiscípulos.
Los pretextos más ínfimos eran suficientes para que sus padres le pusiesen en seguida en cama, prodigándole los más esmerados cuidados. Había sido siempre un niño miedoso y gritaba inconscientemente en sueños para que su madre se ocupara de él incluso durante la noche.
Fácilmente se comprenderá que no tenía conciencia de la gran importancia que ofrecen las múltiples correlaciones entre tales fenómenos. Todos constituían la expresión, el lenguaje de su estilo de vida. Ignoraba también que al leer siempre en cama hasta altas horas de la madrugada sólo se proponía gozar al día siguiente del privilegio de levantarse tarde, liberándose así de una buena parte de sus trabajos cotidianos. Su timidez era aún mayor ante las muchachas que frente a los hombres, y esta actitud perduró durante todo su desarrollo y en su transición a hombre maduro. Como fácilmente puede comprenderse, en todas las situaciones de la vida mostraba falta de valor, y de ninguna manera hubiera podido decidirse a poner en juego su orgullo. La inseguridad de la acogida de que pudiera ser objeto por parte de las chicas contrastaba marcadamente con la seguridad con que podía esperar la total entrega de su madre. En su matrimonio quiso dominar a su mujer, como anteriormente a su madre y a su hermano, y, como era de esperar, fracasó totalmente. He podido comprobar que los primeros recuerdos de la infancia revelan, desde luego de manera disimulada, el estilo de vida de los individuos. He aquí el primer recuerdo de que guarda memoria nuestro enfermo:
Un hermano menor había muerto, y el padre, ante la puerta de la casa, lloraba amargamente. Recordemos que en una ocasión el enfermo había huido a casa para no dar una conferencia alegando que se moriría en el acto.


La actitud frente a la amistad caracteriza la capacidad social de un individuo. Nuestro paciente no había tenido buenos amigos sino en muy cortos lapsos de tiempo, y siempre había pretendido dominarlos. Podríamos llamar a esto explotación de la amistad, ya que no merece el nombre de amistad verdadera. Cuando en tono muy amistoso le llamé la atención acerca de este hecho, me contestó: No creo que nadie se desviva por el prójimo; cada uno lo hace sólo por sí mismo. La manera como se preparaba para proteger la retirada queda puesta de manifiesto por los hechos siguientes : le hubiera gustado mucho escribir artículos o algún libro; pero cada vez que lo pretendía experimentaba tal grado de excitación, que se sentía incapaz de pensar. Declaró no poder dormir si no leía antes en cama. Sin embargo, al terminar de leer le sobrevenía una sensación de pesadez en la cabeza que le impedía conciliar el sueño. Su padre había muerto algún tiempo antes de trasladarse nuestro enfermo a otra ciudad. Poco después, le ofrecieron allí un puesto, que no quiso aceptar alegando que moriría si iba a aquella ciudad. Cuando se lo ofrecieron en su propia ciudad, lo rechazó también, so pretexto de que la primera noche no podría dormir de excitación y al día siguiente fracasaría en su empleo por dicha causa. Antes tenía que curarse por completo. Aportaremos ahora un ejemplo para demostrar que su ley de movimiento, el sí... pero de los neuróticos, se puede encontrar también en los sueños de nuestro enfermo. La técnica de la Psicología individual nos permite descifrar el dinamismo del sueño. Nada nuevo nos dice que no hubiéramos podido reconocer en las demás formas de conducta individual. De los bien interpretados medios y de la selección de los temas se llega a entender cómo el que sueña guiado por su ley de movimiento está preocupado por la realización de su estilo de vida, antagónico al sentido común, mediante la provocación artificial de sentimientos y emociones. Muy a menudo veremos indicios de cómo el paciente produce sus síntomas bajo la presión del temor a un fracaso. He aquí ese sueño que él me había explicado: Tenía que ir a visitar a unos amigos que vivían al otro lado de un puente. Las barandillas de éste estaban recién pintadas. Quise mirar el agua, y al apoyarme en la barandilla me di un fuerte golpe en el vientre, que empezó a dolerme. Entonces me dije : No debes mirar el agua; podrías caerte. Sin embargo, asumí el riesgo y volví a acercarme a la barandilla, miré hacia abajo y me retiré con precipitación, pensando que lo mejor para mí era quedar a buen recaudo.
La visita a unos amigos y la barandilla recién pintada aluden a la preocupación en torno del sentimiento de comunidad y del establecimiento de un nuevo estilo de vida. El temor del paciente a caer desde su altura al agua, sus sí... pero, son sobradamente claros. Los dolores gástricos consecutivos a un sentimiento de temor los tiene siempre a mano en virtud de un estado constitucional que ya hemos señalado. El sueño muestra la actitud negativa del enfermo frente a los esfuerzos hasta ahora realizados por el médico, y la victoria del antiguo estilo de vida con ayuda de la inminente idea de peligro, una vez puesta en duda la seguridad de la retirada.


La neurosis es la utilización automática de los síntomas producidos por la acción de un shock, sin que el enfermo los comprenda. Propenden a esta utilización aquellas personas que sienten una excesiva preocupación por su prestigio y que, desde su infancia, las más de las veces bajo la influencia del mimo fueron inducidas a emprender el camino de esta explotación de factores externos e internos. Añadiremos algo más acerca de los fenómenos corporales que representan un campo abonado para las fantasías de algunos autores. He aquí los hechos: el organismo constituye una totalidad y posee -don y regalo de la evolución- una tendencia al equilibrio que en la medida de lo posible, se mantiene hasta en circunstancias difíciles. La conservación del equilibrio implica la variabilidad del pulso, la amplitud de la respiración, el número de los movimientos respiratorios, el grado de coagulación de la sangre y la acción de las glándulas de secreción interna. Todo esto demuestra con claridad creciente que los estímulos, especialmente los anímicos, estimulan a su vez los sistemas vegetativo y endocrino, determinando una modificación cuantitativa o cualitativa de las secreciones internas. Dados nuestros conocimientos actuales, las alteraciones que mejor comprendemos son las que en la glándula tiroides se producen a causa de un shock; tales cambios pueden llegar a ser a veces peligrosos, para la misma vida incluso. Personalmente, he conocido más de un caso. El investigador más destacado en este aspecto, Zondek, había pedido mi colaboración para determinar las influencias psíquicas que entran aquí en juego. No cabe duda de que todos los casos de enfermedad de Basedow se presentan como consecuencia de conmociones psíquicas. Y es que los traumas psíquicos pueden alterar la glándula tiroides.


Los estudios acerca de la irritación de la glándula suprarrenal han hecho también grandes progresos. Se puede hablar de un complejo simpáticosuprarrenal que, sobre todo en los estallidos coléricos, aumenta la secreción de dicha glándula. El investigador norteamericano Cannon demostró, mediante experimentos en los animales, que las descargas emocionales producen un aumento de la secreción de adrenalina, que a su vez acentúa la actividad cardiaca. Así, se comprende que causas meramente psíquicas puedan ocasionar dolores de cabeza o de la cara y hasta tal vez ataques epilépticos. En estos casos se trata siempre, desde luego, de personas que son constantemente presas de preocupaciones que no tienen fin. Es evidente que se debe de tomar en consideración la época que se está viviendo. Si se trata de una muchacha neurótica de veinte años de edad, podremos suponer de antemano que los problemas que la atormentan son de indole profesional, si no amorosa. En un hombre o mujer de unos cincuenta años, no será difícil tampoco adivinar que es el problema del envejecimiento, que la persona en cuestión cree no poder resolver o que no puede resolver en realidad. Tales hechos de la vida no los experimentamos nunca de manera directa, sino tan sólo a través de nuestra opinión, que es la única determinante.
La curación sólo puede lograrse recurriendo a la inteligencia, mediante una creciente comprensión del enfermo, que le induzca a reconocer sus errores y le facilite al mismo tiempo el desarrollo del sentimiento de comunidad.

 

CAPÍTULO XI
PERVERSIONES SEXUALES
Actitud ante concepciones opuestas. La homosexualidad no depende de las hormonas. La disminución de la línea de avance en las perversiones. El problema de la distancia en las neurosis sexuales. Sadismo y masoquismo. El entrenamiento en las perversiones. Actitud del perverso ante la conducta normal. El entrenamiento de la homosexualidad en los sueños. El problema del hermafroditismo y el de los gemelos. Las posibilidades del tratamiento.


Confío en que el presente capítulo -una exposición harto sumaria de las perversiones sexuales (10)- no defraude al lector. Puedo esperarlo tanto más cuanto que la mayoría de mis lectores están ya familiarizados con las concepciones básicas de la Psicología individual, de modo que la alusión superficial al tema puede ofrecer igual valor que una detallada exposición. Se trata aquí, ante todo, de mostrar al lector la absoluta armonía que reina entre nuestra concepción de la vida y la estructura de las perversiones sexuales. Este tema no está desprovisto en nuestro tiempo de ciertos peligros, ya que hoy precisamente predomina la corriente que pretende explicar las perversiones sexuales a través de factores congénitos. Esto es muy importante y no hay que perderlo de vista; a nuestro entender, las perversiones sexuales son un producto artificial infiltrado a través de la educación sin que el interesado se dé cuenta de ello. Esto revela ya el antagonismo existente entre nuestras concepciones y las de otros con su cohorte de dificultades, no atenuadas por el hecho de que otros autores, por ejemplo Kraepelin, hayan sostenido concepciones muy semejantes a las nuestras.


Para aclarar las relaciones que existen entre nuestros resultados y los de otras escuelas, explicaré aquí un caso que, si bien nada tiene que ver con las perversiones sexuales, puede servir para ilustrar mi punto de vista en cuanto a la interpretación psicológica. Se trata de una mujer que vive en feliz matrimonio y tiene dos hijos. Desde hace seis años sostiene una ardua lucha con su entorno. La cuestión gira alrededor del siguiente problema: pretende que una de sus más íntimas amigas, a quien conoce desde su infancia, y a la que había admirado siempre por sus varias y notables dotes, había empezado a manifestar desde hacía seis años un desmedido afán de dominio y un ávido deseo de atormentar a los demás. La paciente fue quien hubo de sufrir más por ello y enumeró incluso una serie de pruebas que los demás rehusan. En el curso de nuestra conversación manifiesta lo siguiente: Es posible que haya ido demasiado lejos en algunas de mis afirmaciones, pero en el fondo me asiste toda la razón. Hace unos seis años esta amiga hizo observaciones muy poco halagüeñas acerca de otra amiga que no estaba presente, mientras que en su presencia siempre la halagaba. Teme ahora que la misma amiga pudiera hacer observaciones análogas acerca de ella. He aquí otra prueba. La amiga observó que el perro, aunque dócil, es tonto, mientras echaba una mirada de soslayo a nuestra enferma, como si hubiera querido decir: Como tú. Los que rodeaban a la enferma se indignaron de la interpretación de aquellas palabras pronunciadas sin ánimo de ofensa, y tomaron el partido de la acusada.


Ante otras personas siempre se muestra esta señora acusada bajo los aspectos más favorables. Para fortalecer su propio criterio, la enferma declaró: ¡Fijaos cómo trata a su perro! Le martiriza y exige que haga dificilísimos juegos de circo. Las personas de su familia opinaban así: Pero se trata de un simple perro, y su conducta frente a él no puede ser equiparada con su conducta frente a las personas, con las cuales es bondadosa. Los hijos de la enferma querían mucho a la amiga en cuestión y se opusieron a la concepción de su propia madre; hasta el marido negó rotundamente la posibilidad de otra interpretación que la de todos. No por eso la enferma dejó de encontrar nuevas pruebas de afán de dominio de la amiga, dirigido principalmente contra ella. No vacilé en declarar abiertamente que a mi parecer era ella quien tenía razón. Quedó encantadísima. Encontré luego una serie de indicios que confirmaban el afán de dominar de aquélla, y, finalmente, mi impresión fue confirmada por el mismo marido. Entonces se aclaró que la pobre mujer tenía razón; sólo que hacía un mal uso de su perspicacia. En lugar de comprender que existe una tendencia general más o menos encubierta a rebajar al prójimo y que es siempre preciso reconocer alguna buena cualidad en cada semejante, se había vuelto por completo contra aquella amiga, encontrando que en ella todo era censurable e irritable, y por ello su estado de ánimo cambió. Nuestra enferma poseía una fina intuición y pudo adivinar, aunque no comprender, mejor que los demás, lo que ocurría con su amiga.


Lo que quiero decir con todo esto es que lo más fatal que a veces puede a uno ocurrirle es tener razón. Podrá parecer paradójico, pero quizá todos nosotros hayamos ya experimentado que el hecho de tener razón acarrea en ocasiones la desgracia. Imagínese lo que hubiera podido ocurrir si la señora de que venimos hablando cayera en manos de alguien carente de tacto: se hablaría de delirio, de ideas paranoicas, y sería tratada en consonancia, con lo que empeoraría cada vez más. Es muy difícil que el que tiene razón abandone su punto de vista. En esta situación se encuentran aquellos investigadores que, estando convencidos de tenerla, se ven obligados a tomar su defensa. Esto jamás debe extrañarnos, como tampoco que surjan enconadas polémicas en torno a nuestras teorías. Pero al tener razón, debemos evitar hacer mal uso de esta certidumbre. No debe tampoco irritarnos el hecho de que otros nos ataquen. El científico necesita hacer gala de una paciencia inagotable. El hecho de que hoy prive la idea hereditaria al explicar las perversiones sexuales --ya se trate del simple heredólogo que habla del tercer sexo, ya del que admite la coexistencia de ambos o del que opina que los factores congénitos se desarrollan inexorablemente, o ya de aquellos que hablan de componentes innatos-- no puede decidirnos a abandonar nuestros puntos de vista. Pues está demostrado que en su búsqueda de modificaciones y anomalías orgánicas, los organicistas suelen salir muy mal parados. En cuanto a la homosexualidad, quisiera mencionar aquí un trabajo recientemente publicado y que se refiere al problema planteado en 1927 por Laqueur al descubrir la presencia de hormonas del sexo opuesto en la orina de todos los seres humanos. A quien aún no haya penetrado suficientemente en nuestras teorías, no dejará de sorprenderle semejante hallazgo y podrá creer que las perversiones se desarrollan en virtud de una bisexualidad originaria. De la investigación de Bran sobre nueve homosexuales resulta que en éstos se encuentran las mismas hormonas que en los no homosexuales, lo cual representa un gran paso en nuestra dirección. Demuestra que la homosexualidad no depende de las hormonas para nada.


Trataremos de dar aquí un esquema que permita establecer una clasificación de todos los sistemas psicológicos. Entre éstos hay unos que se ocupan exclusivamente de determinar qué es lo que el hombre trae al mundo y posee, y de esta posesión intentan luego derivar todo lo psíquico; se trata de las Psicologías de posesión. Desde el punto de vista del sentido común, éste es un criterio fatal, puesto que en la vida no estamos tan dispuestos a sacar consecuencias de la posesión, sino precisamente del uso que se pueda hacer de lo poseído. Nos interesa mucho más el uso que la posesión. El hecho de que alguien posea una espada no da la seguridad de que sepa utilizarla debidamente; puede tirarla, puede emplearla como si fuera un palo, puede usarla de mil maneras, sin que por ello haga forzosamente el uso adecuado. Lo que nos interesa es sólo este uso. Por esto quiero afirmar aquí que existen otras vertientes psicológicas que deberíamos considerar como Psicologías de uso. Para comprender a un individuo, la Psicología individual observa su actitud ante los problemas de la vida, y toma en consideración el uso de lo que posee y no la mera posesión. Para personas de cabal sentido y de claro pensar huelga decir que nadie en realidad puede hacer uso de aquello que está por encima de sus facultades, que nadie puede rebasar el marco de las humanas aptitudes, sobre cuyo alcance nada sabemos en definitiva. Es de lamentar, porque testimonia la entronización de la ignorancia en el campo de la psicología, el hecho de que nos veamos obligados a recordar cosas tan elementales. En cuanto al uso de las facultades, debemos observar lo siguiente: el más decisivo de todos los pasos hasta hoy dados por la Psicología individual fue el de considerar la ley de movimiento en la vida anímica del hombre como característica de su peculiar modo de ser. Si bien es verdad que hemos tenido que inmovilizar el movimiento para poder percibirlo como forma, no lo es menos que hemos partido siempre del punto de vista de que todo en la vida es movimiento, encontrando que esto es lo correcto para poder llegar a la solución de los problemas y a la superación de las dificultades. No se puede decir que el principio de placer contradiga lo que acabamos de afirmar, puesto que la tendencia al placer equivale a la superación de cualquier privación o sensación de desagrado. Si esto es así, tendremos que enfocar también bajo esta luz las perversiones sexuales. Con lo cual quedará orientada la investigación hacia la observación del movimiento, de acuerdo con los principios de nuestra Psicología individual. Pero he de subrayar que, aun cuando este método nos proporcione formulaciones y concepciones básicas sobre la estructura de las perversiones, no por ello queda suficientemente definido el caso particular, que representa siempre algo único que no se repite. Si, por ejemplo, procedemos a un tratamiento, es preciso rechazar de plano toda fórmula generalizadora. De la Psicología de uso deducimos que el individuo, desligado de su habitual y normal entorno social, no podría revelarnos nada acerca de su peculiar modo de ser. Sólo después de someterlo a un detenido examen para observar el uso que hace de sus facultades, podemos decir algo acerca de él. En este sentido, la Psicología individual se acerca a la Psicología experimental (cuyo campo es, desde luego, mucho más estrecho), con la diferencia de que nuestros experimentos están creados por la vida misma. Los factores exógenos con que se enfrenta el individuo son, para nosotros, de gran importancia. A este respecto necesitamos comprender qué relación guarda el individuo dado con el problema que tiene delante; necesitamos mirar y comprender, desde ambos lados, en qué forma se mueve este individuo frente al problema exterior y de qué modo intenta dominarlo. La conducta del individuo ante una tarea siempre social -su ley de movimiento- es el campo de observación del psicólogo individual. En él podremos observar incontables variantes y matices. No es posible orientarse entre esta extraordinaria variedad sin reconocer con carácter provisional la existencia de lo típico, y ello con la plena conciencia de que lo que se supone como tal acusa siempre unas variantes que será preciso especificar luego con mayor precisión. La comprensión de lo típico ilumina tan sólo el campo de investigación, iniciándose seguidamente la tarea más difícil: hallar lo individual. Esto requiere una finísima percepción que puede ser adquirida. Debe comprenderse, además, la dificultad subjetiva sentida por el individuo y la fuerza del problema presente en cada caso, lo cual no se logra sino poseyendo la suficiente experiencia social al mismo tiempo que una fina capacidad de identificarse con el estilo de vida del individuo, o sea, con la totalidad de su manera peculiar de ser. En esta ley de movimiento que nos es dable percibir podemos distinguir las cuatro formas típicas que hemos descrito en mis dos últimos trabajos de la Zeitschrift für Individualpsychologie.


Prescindiendo de las demás formas de movimiento frente a los problemas de la vida amorosa, encontramos de manera sorprendente en las perversiones sexuales la línea de avance restringida. Dicha línea de avance no dispone de una amplitud normal, como más tarde se demostrará, sino que, al contrario, parece extremadamente limitada, de modo que nunca resuelve sino un aspecto parcial del problema, como ocurre, por ejemplo, con el fetichismo. Es igualmente importante la comprensión del hecho de que todas estas formas de movimiento tienen como finalidad superar por una vía anormal sentimientos de inferioridad. Si consideramos el movimiento del sujeto, el uso que hace de sus facultades, siempre guiado por su opinión y por el sentido que, sin él saberlo ni haberlo formulado claramente en palabras y conceptos, atribuye a la vida, entonces podremos adivinar qué objetivo de superación, qué satisfacción (que a él se le antoja como triunfo) puede perseguir al no entregarse por completo a la solución del problema del amor, al no abordarlo desde cerca o al perder el tiempo en dilaciones. Podría invocarse en este punto el ejemplo de Fabio Máximo Cunctator, que ganó una batalla por haber vacilado mucho tiempo; pero esto solamente nos demuestra que no debemos atenernos nunca a una regla de conducta rígida.


Este objetivo de superioridad se manifiesta claramente también en las neurosis sexuales (frigidez, ejaculatio praecox, etc.), en las que se llega a rozar el problema sexual, pero sólo a distancia, en una actitud vacilante, sin ningún espíritu de cooperación, lo cual nunca conducirá a la solución del problema. En esta forma de movimiento encontraremos también la tendencia a la exclusión, tendencia que se trasluce más intensamente en la homosexualidad pura, pero también en otros casos, como en el fetichismo y el sadismo. Este último encierra una agresividad muy grande que tampoco conduce a la solución del problema: en ocasiones suele darse una forma singular de vacilación y exclusión en que una excitación sexual conduce al dominio de la pareja, pero no a una relación normal con ella: el comienzo impetuoso da lugar a una solución insuficiente, esto es, unilateral del problema. Lo mismo ocurre en el masoquismo, en el que debemos comprender el objetivo de superioridad bajo un doble aspecto. Está completamente claro que el masoquista manda al individuo con quien comparte el placer y que a pesar de su sentimiento de debilidad se considera como el que domina y ordena. Al mismo tiempo excluye la posibilidad de una derrota, a la que le expondría una amplitud normal de la línea de avance. Es mediante este subterfugio que consigue superar su angustiosa tensión.


Considerando la actitud individual de una persona veremos que, si alguien sigue una forma de movimiento determinada, se producirá automáticamente la exclusión de otras formas de solución. Esta exclusión no es casual: de la misma manera que el proceso de movimiento ha sido ejercitado, también la exclusión es el resultado de un entrenamiento previo. No existe perversión sexual alguna sin entrenamiento. Claro está que esto no será reconocido sino por quien fije su atención en los movimientos que el individuo de referencia realiza. Tendremos que poner de relieve un segundo punto de vista. El proceso normal de movimiento sería aquel que nos condujera directamente hacia el nudo del problema para intentar su plena solución. En manera alguna encontraremos esta preparación si no sometemos los movimientos precedentes del individuo a un riguroso examen. Remontándonos, por ejemplo, hasta sus primeros años de vida, encontraremos que se ha formado, ya en aquel entonces, un prototipo bajo el impulso de influencias externas y sobre la base de aptitudes y posibilidades congénitas. Pero lo que el niño hará más tarde de todos estos influjos y de la vivencia de sus propios órganos, eso es imposible predecirlo. El niño obra aquí con absoluta libertad valiéndose de su propia energía creadora. Las posibilidades son innumerables; nosotros hemos procurado ponerlas siempre de relieve negando al mismo tiempo su determinismo causal. No es exacto decir que un niño que viene al mundo con una debilidad del sistema endocrino llegará a ser forzosamente un neurótico, aunque existe cierta probabilidad de que, de un modo general, determinadas vivencias se manifiesten en un sentido aproximadamente parecido, a menos que adecuadas medidas educativas influyan en pro del contacto social.


Tampoco las influencias del ambiente son de naturaleza tal que nos indiquen de antemano lo que el niño hará de ellas. Aquí, en pleno reino de la libertad y del error, existen mil posibilidades. Cada uno cometerá errores, puesto que nadie puede pretender poseer la verdad absoluta. Pero es indudable que para llegar a ser una persona aproximadamente normal, el prototipo debe estar provisto de ciertos impulsos de colaboración. Todo el desenvolvimiento de una persona depende del grado de contacto que desarrolle con el mundo circundante en su tercero, cuarto o quinto año de vida. Ya en esta época se revela cuán capaz es para estar con los demás. Si se examinan las conductas desviadas desde este punto de vista, se llega a descubrir que todas las formas defectuosas de movimiento deben ser explicadas por la falta de capacidad de contacto. Hay más: su manera de ser peculiar obliga al individuo a protestar contra toda otra forma para la cual no se halle suficientemente preparado. Frente a tales personas debemos ser tolerantes, puesto que nunca han aprendido a desarrollar en ellos el grado necesario de interés social. Quien comprenda esto, comprenderá también que el problema del amor es un problema social que no puede ser resuelto por una persona que tenga poco interés en su pareja, ni por quien no esté hondamente penetrado de la conciencia de que participa también del desarrollo de la Humanidad. Tales personas están regidas por una ley de movimiento diferente de la que rige para el que está acertadamente preparado para resolver el problema del amor. Así, pues, de todo pervertido podemos afirmar que no ha podido llegar a ser un verdadero compañero, en el sentido social del término.


Las fuentes de error que hacen comprensible el estancamiento del niño por su falta de capacidad de contacto pueden ser puestas aquí de manifiesto. El mimo es el fenómeno de la vida social que más intensamente puede frenar y reducir la capacidad de contacto. Los niños mimados no tienen contacto sino con la persona que los mima, y se ven obligados, por tanto, a excluir a todas las demás. En cada especial forma de perversión pueden ser descubiertas todavía otras influencias. Cabe decir que por el peso de tal o cual acontecimiento, el niño ha estructurado aquí su ley de movimiento. Todo pervertido muestra su ley de movimiento, no sólo frente al problema sexual, sino frente a todas las pruebas de la vida para las cuales carece de preparación. Por eso se observan en los pervertidos sexuales todos los rasgos característicos de la neurosis: susceptibilidad, impaciencia, inclinación a explosiones afectivas, avidez, etc.. como también la tendencia a justificar su perversión atribuyéndola a un impulso irresistible. Su afán de posesión nace del deseo de llevar a término el plan que les está asignado por su propia manera de ser, observándose como corolario una protesta tan enérgica contra las demás formas de vida, que otros individuos, en especial aquel con quien el pervertido comparte el amor, no dejan de correr ciertos peligros (sadismo y crimen sádico).


Desearía mostrar cómo se puede poner de manifiesto el entrenamiento que conduce a una determinada forma de perversión sexual, y esta observación nos mostrará que ciertas perversiones pueden originarse de semejante entrenamiento. Sería erróneo buscar en él lo material; debemos comprender que también pueden realizarse entrenamientos en la esfera del pensamiento, así como en los sueños. Esta afirmación de la Psicología individual tiene gran importancia, puesto que muchos autores creen que, por ejemplo, un sueño perverso es una prueba de homosexualidad innata. En cambio, el cómo interpretamos los sueños nos permitirá deducir que ese sueño de contenido homosexual precisamente forma parte del entrenamiento, de la misma manera que contribuye a desarrollar el interés hacia el propio sexo y a excluirlo cuando se trata del sexo opuesto. Pondremos de relieve el proceso de este entrenamiento en un caso observado en una edad en que aún sería prematuro hablar de perversión sexual. Y relataré, además, dos sueños para demostrar que la ley de movimiento suele exteriorizarse también en ellos. Quien esté provisto de conocimientos psicológico-individuales, no vacilará en investigar la totalidad de las formas de vida en cada uno de sus minúsculos fragmentos. También en el contenido de los sueños debemos encontrar la infraestructura de las formas de vida, y no sólo en las ideas de los sueños, que sin embargo son particularmente explicitas si son entendidas y correctamente relacionadas con el estilo de vida ya que nos permiten comprender la actitud del individuo ante un problema dado, actitud que le es impuesta por su rígido estilo de vida. No quiero dejar de expresar el pensamiento de que nuestra labor se asemeja a la de un detective. No nos vemos favorecidos con todos los materiales que necesitaríamos para nuestra labor, y para determinar la unidad global de la persona debemos intensificar en sumo grado nuestra sagacidad, y nuestra capacidad de adivinación.


He aquí el primer sueño: Me veo transportado a una época de guerra futura. Todos los hombres, e incluso los muchachos de más de diez años, deben alistarse... Ya la primera frase revela al psicólogo individual que se halla en presencia de un niño que concentra su atención en los peligros de la vida, en la crueldad de los demás.
...Acontece ahora que una noche, al despertarme, me doy cuenta de que me encuentro en una cama de hospital. A la cabecera están sentados mis padres.
La elección de esta imagen es una clara señal de que se trata de un niño mimado.
Les pregunto qué ha pasado. Me dicen que es la guerra. Quisieran que yo no llegara a sufrirla, y por eso me han hecho operar, para transformarme en una muchacha.
De esto se desprende cuán preocupados están los padres por él, y quiere decir: Si me encontrara en peligro recurriría en seguida a mis padres. Ésta es una forma de expresión del niño mimado. Avanzaremos en nuestro trabajo de análisis en la medida en que podamos llevarlo a cabo sin restricción alguna, guiados por los hechos que descubramos, puesto que en nuestra labor hemos de ser forzosa y extraordinariamente escépticos. Aquí se plantea el problema de la metamorfosis sexual. Haciendo abstracción de intentos científicos que son aún muy cuestionables, debemos decir que la transformación de un varón en una mujer es una concepción propia de un profano. En nuestro caso expresa muy claramente la inseguridad del individuo acerca de la vida sexual; nos enseña que el soñador no está completamente seguro de su propio papel sexual. Seguramente algún lector quedará sorprendido si le decimos que se trata de un chico de doce años. Podremos observar, sin embargo, cómo llegó a formarse tal concepción. La vida se le antoja insoportable a consecuencia de tan duros deberes como los de la guerra; por lo tanto, protesta contra ella.
Las muchachas no están obligadas a ir a la guerra. Si tuviera que ir a ella, ningún proyectil podrá llevarse mis partes sexuales, puesto que no las tengo ya como los chicos.
En la guerra podría perder su sexo. Un argumento muy poco convincente en favor de la castración y menos aún como expresión del sentimiento de comunidad en la negación de la guerra.
Llego a casa; pero, como por un milagro, la guerra ha terminado.
Entonces, la operación era completamente superflua. ¿Qué hará en este caso nuestro enfermo?
Tal vez no necesite conducirme como una muchacha, pues acaso ya no habrá guerra.
Se ve claramente que no abandona por completo el papel de hombre. Este hecho debemos anotarlo en su ley de movimiento. Procura progresar un poquitín hacia el lado masculino.
En casa fui presa de gran tristeza y llore mucho.
Los niños que lloran mucho son niños mimados.
Al preguntarme mis padres por qué lloraba, les conteste: Temo sufrir de los dolores de parto, ya que ahora pertenezco al sexo femenino.
Vemos que tampoco el papel sexual femenino es de su agrado. Estuvimos, pues, en el buen camino al suponer que el niño en cuestión quería evitar todos los momentos desagradables de la vida. He observado que los invertidos sexuales suelen ser niños mimados, con frecuencia mantenidos en la incertidumbre sobre su verdadero papel sexual, y siempre he descubierto en ellos un anhelo exagerado de reconocimiento social, de éxito inmediato y un ansia voraz de superioridad personal. Puede acontecer que el niño ignore si pertenece al sexo masculino o al femenino. ¿Qué podría hacer, pues? Del lado masculino nada espera, pero tampoco espera nada del femenino.
Al día siguiente me fui a nuestra reunión, pues soy miembro de una asociación de exploradores.
Podemos imaginarnos de antemano cómo se comportará allá.
Soñaba que en nuestra asociación había una sola muchacha, que estaba separada de los muchachos.
Busqueda de la separación de los sexos.
Los muchachos querían que fuera con ellos. Pero yo les contestaba que era una muchacha, y me acercaba a la única que había. Me pareció muy extraño no ser ya muchacho, y medité cómo debía conducirme en mi calidad de muchacha.
Se presenta de súbito la preocupación: ¿cómo debo conducirme al ser muchacha?
Es esto lo que hemos llamado entrenamiento. Sólo quien haya observado el entrenamiento en todas las perversiones sexuales, cómo se realiza y se impone a la fuerza, con exclusión de toda norma, comprenderá que toda perversión sexual es un producto artificial que cada uno se crea y al cual es inducido por su constitución psíquica, que él mismo se ha forjado, y a veces llevado por su constitución física congénita, que hace la conversión más fácil.
En mis reflexiones fui interrumpido por un gran ruido. Desperté, y me di cuenta de que había dado de cabeza contra la pared.
El que duerme ocupa a menudo una posición que está en armonía con su ley de movimiento (véase Adler, Schlafstellungen (Posiciones durante el sueño), en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Verlag Bergmann, Munich, 4ª edición). Dar de cabeza contra la pared es una locución común, su conducta nos la recuerda.
El sueño me dejó muy impresionado...


La intención del sueño es siempre impresionar.

...hasta tal punto que, ya en la escuela, aún dudaba si era un chico o una chica, y durante el recreo hube de ir muy a menudo al baño para convencerme de que no era una chica.


Segundo sueño: Soñé haber encontrado a la única muchacha que tenemos en la clase. Es la misma con la que había soñado anteriormente. Quería ir de paseo conmigo. Yo le respondí: Ahora sólo ando con chicos. Me contestó: Yo también soy un chico. Le dije que no me parecía posible y le pedí que me lo demostrara. Entonces me enseñó su sexo, y era, en efecto, como el de los muchachos. Le pregunté cómo había ocurrido y me explicó que había sido operada. A los niños, dijo, es más fácil transformarlos; el proceso inverso es mucho más difícil, ya que, en este caso, en lugar de quitar hay que añadir algo. Por eso a ella le habían cosido al cuerpo un pene de caucho. Pero en este momento nuestra conversación fue interrumpida por una severa orden: ¡Levántate! Mis padres venían a despertarme. Con dificultad obtuve aún cinco minutos más de cama; pero como no soy ningún mago, no me fue posible ya reanudar el sueño, que se había esfumado.


En un determinado tipo de niños mimados observaremos una gran propensión a caer en artificios mágicos; la hechicería les parece lo más importante del mundo, ya que quisieran obtenerlo todo sin esfuerzos ni pena; tienen, pues, marcado interés por cuanto esté relacionado con la telepatía.
Ahora veremos cómo intentó explicarse este sueño el mismo muchacho en cuestión:
Había leído en relatos de guerra: Sus partes sexuales volaron por el aire. También había oído hablar de que si uno pierde su sexo ha de morir forzosamente.
Se desprende de ello la importancia que el joven asignaba a su sexo.
En la cabecera de un periódico había leído: Dos criadas transformadas en dos horas en soldados.
Se trata, probablemente, de un caso de malformación de los órganos genitales que hasta entonces había pasado inadvertida.


Para terminar, quisiera formular una idea que sitúa todas las discusiones acerca de esta materia sobre una base más sencilla. Existen hermafroditas auténticos en los que es verdaderamente difícil decidir qué sexo ostentan. Es de su incumbencia el uso que quieran hacer de su hermafroditismo. En los seudohermafroditas encontramos deformaciones que asemejan los órganos genitales del sexo opuesto. El hecho cierto es que toda persona lleva en sí rudimentos del otro sexo, como, por ejemplo, y según ya indicamos, se encuentran en la orina hormonas sexuales del sexo contrario. Esto nos sugiere una idea que parece atrevida: que todo ser humano lleva en sí a otro ser idéntico. Existen las más diversas formas de rudimentos de gemelaridad, y el problema de la simultaneidad de las dos formas sexuales en el ser humano encontrará su solución en el futuro, al mismo tiempo que el problema de la gemelaridad. Que todo ser humano procede de una substancia masculina y otra femenina lo comprendemos todos. Cabe la posibilidad de que las investigaciones sobre los gemelos nos lleve a plantear problemas que aporten mayor claridad acerca del hermafroditismo que, más o menos esbozado, puede observarse en cada individuo.


En cuanto al tratamiento, se oye siempre decir que las perversiones son incurables. Esto no es exacto; lo que sí es cierto es que su curación es difícil. La dificultad se explica por el hecho de que son personas que vienen entrenándose para la perversión a lo largo de toda su vida, debido a que se fijan a sí mismos una ley de movimiento muy angosta que prescribe en ellos una evolución determinada. Tienen que caminar en esta dirección por no haber hallado desde su primera infancia el contacto necesario para poder hacer un uso adecuado de su cuerpo y de su psique. Pero este uso normal no puede realizarse si falta la premisa de un sentimiento de comunidad desarrollado, conocimiento que contribuirá probablemente a la curación de un número mucho mayor de víctimas de perversiones sexuales.

CAPÍTULO XII
PRIMEROS RECUERDOS INFANTILES
La entronización del yo por la Psicología individual. Influjo del estilo de vida sobre la memoria. Valoración de la gravedad de una neurosis. Definición del recuerdo. Significación especial de los primeros recuerdos. Distintos tipos de recuerdos infantiles. Los complejos psicoanalíticos en los niños mimados.


Por poco que se sepa de la unidad del Yo, es imposible hacer abstracción de ella. Para comprenderla puede desintegrarse la vida psíquica unitaria desde puntos de vista diversos más o menos fútiles; se puede recurrir a tres o cuatro concepciones distintas e incluso antagónicas; puede intentarse una interpretación del yo unitario mediante la conciencia o lo inconsciente, mediante la sexualidad o el mundo circundante, pero finalmente no podremos por menos de volver a montarlo, como al jinete en su caballo, en su unitaria validez. Es imposible ignorar el progreso en este sentido deparado por la Psicología individual. El yo llegó a imponer su dignidad a toda la psicología moderna, y si alguien lo cree desplazado por el ello o por el inconsciente, se equivoca. El ello se comporta siempre como un yo, más o menos ostensiblemente. Y sabido es que el Psicoanálisis, que ha visto siempre en la Psicología individual un cautivo, que ya no se libera, acepta hoy y hasta incluso incorpora a su sistema artificial el hecho de que el consciente --o yo-- se halla invadido de inconsciente --o, como yo le llamo, incomprendido-- y que delata siempre un cierto grado de sentimiento de comunidad.


Es muy natural que en nuestros esfuerzos por aclarar la unidad infragmentable de la vida psíquica hayamos tropezado de pronto con la función y la estructura de la memoria. Pudimos confirmar las observaciones de autores antiguos de que no hay que concebir la memoria como la aglomeración fortuita de impresiones y de sensaciones, y de que las impresiones no se adhieren mecánicamente a la mneme. sino que ante esta función estamos también en presencia de una energía parcial de la vida anímica unitaria del yo, cuyo papel, compartido con la percepción, consiste en adaptar las impresiones al estilo de vida ya preestablecido y en utilizarlas según los fines de éste. Si quisiéramos expresarnos de una manera, por así decirlo, canibalesca, podríamos decir que la función de la memoria consiste en devorar y digerir las impresiones. No significa esto que debamos pensar en veleidades sádicas de la memoria. Pero el proceso de digestión forma parte del estilo de vida. Lo que no le agrada queda rechazado, olvidado o conservado como advertencia ejemplar. El estilo de vida decide. Si está dispuesto a acoger advertencias, utilizará a este fin impresiones indigeribles. Esto nos hace pensar en aquel rasgo del carácter que se llama prudencia. Hay cosas que quedan digeridas a medias, en su cuarta o en su milésima parte. En el proceso de esta digestión también pueden ser exclusivamente digeridos aquellos sentimientos y actitudes que van adheridos a las impresiones, mezclados a veces con recuerdos de palabras o de conceptos o con partículas de ambos. Si olvido el nombre de una persona a quien, sin embargo, conozco bastante y que no ha de recordarme algo desagradable ni serme necesariamente antipática, sino que de un modo transitorio o perdurable se encuentra simplemente fuera del sector de mi interés, estrictamente señalado por mi estilo de vida, puedo, no obstante, rememorar todo lo que me parece importante respecto a esa persona. Puedo imaginármela como si estuviera presente; puedo evocarla y decir algo de ella. Precisamente porque no recuerdo su nombre, ocupa en su plenitud el campo de visión de mi conciencia. Esto quiere decir que mi memoria puede hacer desaparecer parte de la impresión total o la totalidad misma de la impresión tenida, obedeciendo bien a una de aquellas tendencias que acabamos de caracterizar o bien a alguna otra. Es ésta una capacidad artística que corresponde al estilo de vida individual. La totalidad de la impresión abarca, pues, mucho más que la vivencia formulada en palabras. La apercepción suministra a la memoria la percepción correspondiente a la peculiar manera de ser del individuo. Esta manera de ser acoge la impresión preparada de este modo y la reviste con sentimientos y con una actitud determinada. Éstos obedecen a su vez a la ley de movimiento del individuo. Lo que queda después de este proceso de digestión suele designarse como recuerdo, trátese de palabras, sentimientos o actitudes frente al mundo circundante. Este proceso abarca aproximadamente aquello que se suele comprender por función de la memoria. No existe, por lo tanto, una reproducción ideal y objetiva independiente de la peculiar manera de ser del individuo. Debemos, pues, tener en cuenta que hay tantas formas de memoria como formas de estilos de vida.


Uno de los ejemplos más frecuentes de una determinada forma de vida y de su memoria peculiar aclarará estas afirmaciones.
Un señor se queja con irritación de que su esposa lo olvidatodo. Como médico pensé antes que nada en una enfermedad orgánica del cerebro. Excluida esta posibilidad y prescindiendo momentáneamente del síntoma (una necesidad que muchos psicoterapeutas no comprenden), procuré ahondar en el estilo de vida de mi enferma. Y encontré que era una persona muy tranquila, amable y comprensiva, que sólo con gran dificultad pudo defenderse de sus suegros en su matrimonio con un hombre ávido de dominio. Éste le había hecho sentir más de una vez la dependencia pecuniaria en que se hallaba frente a él, así como el hecho de su origen en extremo modesto. En la mayoría de los casos solía soportar silenciosamente las pláticas de su marido. Pero en varias ocasiones se llegó a hablar por ambas partes de un posible divorcio. Sin embargo, el temor a perder la ocasión de dominar a su mujer hizo retroceder al hombre ante aquella resolución.
La mujer era hija única de padres amables y cariñosos, que nunca encontraron nada censurable en ella. El hecho de que prefiriera jugar sola durante su niñez, no se les antojó a aquéllos una falta, tanto menos cuanto que observaron que su hija se comportaba irreprochablemente cada vez que se encontraba en compañía de personas simpáticas. Sin embargo, también en el matrimonio era propensa, cuando estaba sola, en sus ocios y horas de lectura, a no dejarse molestar ni por la sociedad ni por su marido, aunque éste hubiera preferido estar más con ella para poner siempre de relieve su superioridad. En el cumplimiento de sus deberes de ama de casa acusó siempre un celo casi exagerado. Su único defecto era el de haberse olvidado con frecuencia sorprendente de cumplir los encargos del marido.
Sus recuerdos infantiles revelaron que había tenido siempre un gran placer en realizar sola sus obligaciones.


El psicólogo educado en nuestra escuela nota en seguida que en su forma de vida esa señora era propensa a cumplir todo aquello que pudiera realizar por sí misma, pero no las tareas a efectuar entre dos, como el amor y el matrimonio. Su marido no era la persona más indicada, por sus propios defectos, para que desarrollara esta aptitud. El objetivo de perfección para esa dama consistía en el trabajo unipersonal, en el cual se conducía siempre de manera ejemplar. Y quien no hubiera observado sino este aspecto de su vida no habría podido encontrar en ella falta alguna. Pero carecía de preparación para el amor y para el matrimonio; fracasó siempre que se trataba de acompañar a otro. De esto podemos inferir, para no citar más que un detalle, la forma de su sexualidad: la frigidez. Tras esta digresión volveremos ahora al síntoma que muy justificadamente habíamos dejado de lado. Incluso hemos llegado ya a comprenderlo. Su olvido representaba una forma poco agresiva de protesta contra la colaboración impuesta, colaboración para la cual no estaba preparada y que caía fuera de su objetivo de perfección personal.


No todo el mundo es capaz de reconocer y comprender, a base de breves caracterizaciones como ésta, la complicadísima obra maestra de construcción de un individuo. Pero la enseñanza que Freud y sus discípulos, quienes necesitan una terapia psicoanalítica, nos atribuyen, de que los enfermos sólo aspiran a llamar la atención, es más que censurable y se condena por sí misma.


Diremos de paso que muy a menudo se plantea el problema de si un caso debe ser considerado grave o leve. Partiendo de nuestra concepción, la decisión dependerá totalmente del grado del sentimiento de comunidad que acuse el individuo. En el caso presente, se comprenderá con facilidad que el error de esta mujer y su preparación defectuosa para la colaboración y para la vida en común era fácil de corregir, ya que, por así decirlo, sólo por olvido había omitido desarrollar esta piedra angular de la educación. Tras amistosas conversaciones con el médico y la educación simultánea del marido por el médico, llegó a salir del círculo vicioso (que Künkel llama con un ligero y malicioso cambio de palabras círculo diabólico y Freud círculo mágico), y desapareció por completo su falta de memoria, puesto que era ya inmotivada.


Ahora estamos preparados para comprender que todo recuerdo -siempre que una vivencia tenga interés para el individuo y no quede rechazada de plano- es el resultado de la transformación de una impresión por el estilo de vida, por el yo. Esto es cierto no sólo para los recuerdos mejor o peor conservados, sino también para los recuerdos defectuosos y difíciles, así como para aquellos cuya expresión verbal ha desaparecido sin dejar más huella que una tonalidad afectiva o una actitud determinada, lo cual nos conduce a una noción relativamente importante, a saber: que todo proceso de movimiento anímico en su marcha hacia el objetivo de perfección puede aproximarse a la comprensión del observador si en la memoria quedan convenientemente esclarecidos el área intelectual, el afectivo y el de las actitudes. Sabemos que el yo no sólo se expresa mediante el lenguaje, sino también a través de los sentimientos y de las actitudes que adopta ante la realidad, y que la conciencia de la unidad del yo debe precisamente a la Psicología individual el conocimiento de lo que hemos denominado dialecto de los órganos.


El contacto con el mundo que nos rodea lo mantenemos a través de todas las fibras de nuestro ser, de nuestro cuerpo y de nuestra alma. En cada caso nos interesa la manera, especialmente la defectuosa, con que se intenta mantener este contacto. Este camino me llevó a la agradable e interesante tarea de encontrar y utilizar los recuerdos de cada persona, como fragmentos interpretables de su estilo de vida, sea cual fuere la forma bajo la cual puedan presentarse. El hecho de que haya dedicado mayor interés a los recuerdos más lejanos se explica porque éstos nos aclaran acontecimientos auténticos o imaginados, verídicos o transformados, que están más cerca de la construcción creadora del estilo de vida de los primeros años y revelan, al mismo tiempo, por lo menos en gran parte, la utilización de los acontecimientos por el estilo de vida. Nos incumbe menos la tarea de estudiar el contenido (que es muy fácilmente comprensible para todos) que la de medir su probable tonalidad afectiva, la actitud subsiguiente, así como la elaboración y la selección del material de construcción; este último, porque nos permite descubrir los intereses principales del individuo, lo cual ya constituye una parte integrante y esencial del estilo de vida. En esta labor nos servirá de mucho la cuestión capital de la Psicología individual: ¿Hacia dónde tiende este individuo? y ¿Qué opinión tiene de sí mismo y de la vida? Ciertamente nos dejamos guiar, en estas consideraciones, por las firmes concepciones de la Psicología individual: objetivo de perfección, sentimiento de inferioridad, cuyo reconocimiento (aunque no su justa comprensión, como lo ha reconocido Freud) está actualmente extendiéndose por todo el Mundo, complejo de inferioridad o de superioridad, sentimiento de comunidad y todo lo que puede inhibir su desarrollo. Pero todas estas concepciones estrechamente ligadas sólo nos ayudan a iluminar un campo de visión, dentro de cuyo marco tendremos que determinar la ley individual de movimiento del sujeto.


Se nos plantea en esta labor la pregunta escéptica de si en nuestra interpretación de los recuerdos y de sus correlaciones con el estilo de vida no hay grandes posibilidades de dejarse desviar fácilmente, visto la multiplicidad de las formas de expresión individuales. Todo aquel que maneje la Psicología individual con el arte que ella requiere, no dejará de reconocer, desde luego, los distintos matices. Procurará, sin embargo, eliminar con todos los medios disponibles cualquier posible error. Una vez encontrada en los recuerdos del individuo su auténtica ley de movimiento, será preciso descubrir la misma ley en todas las demás formas de expresión de la personalidad. Cuando se trate de abordar fracasos, cualquiera que sea su naturaleza, tendrá que comprobar sus afirmaciones tantas veces como sea necesario hasta que el enfermo quede convencido de su exactitud por el peso de la evidencia. El mismo médico quedará, a su vez, convencido, más tarde o más temprano, según su propia ecuación personal. Y es que para medir los errores, los síntomas y el curso de vida equivocado de un sujeto no hay como una dosis suficiente del justo sentimiento de comunidad.


Ahora estamos ya en condiciones de poder descubrir, aunque naturalmente observando siempre un máximo de precauciones y equipados con la mayor experiencia posible, cualquier orientación equivocada en el camino de la vida, la falta de sentimiento de comunidad o su presencia, a base de los recuerdos más lejanos de la vida del individuo. De guía nos sirve sobre todo nuestro conocimiento de la carencia de sentimiento de comunidad, así como de sus causas y de sus consecuencias. Mucho puede inferirse de la exposición de una situación de nosotros o de yo. Mucho también se aprende del cómo la madre es mencionada. Los recuerdos orientados sobre peligros y accidentes, al igual que sobre castigos o condenas, nos revelará una propensión exagerada a tener siempre ante los ojos los aspectos hostiles y adversos de la vida. El recuerdo del nacimiento de un hermano revela la situación de destronamiento; el de la primera visita al parvulario o a la escuela, la potente impresión que causan las situaciones nuevas. El recuerdo de enfermedades y de muerte va ligado muy a menudo con el temor que inspiran y, más frecuentemente, con el anhelo de hallarse mejor armado contra ellas en el caso, por ejemplo, del médico o de la enfermera. Los recuerdos de temporadas pasadas en el campo con la madre, así como la referencia a determinadas personas --madre, padre y abuelos--, en una atmósfera afable, demuestran no sólo la preferencia que el individuo tiene por esas personas que le habían mimado, sino la exclusión de todas las demás. Los recuerdos de delitos cometidos, hurtos, actos de carácter sexual, etc., acusan generalmente un gran esfuerzo para eliminarlos del proceso de las vivencias ulteriores. A veces encontramos otras clases de inclinaciones que, como las de carácter visual, acústico, o motor, contribuyen notablemente al descubrimiento de fracasos en la vida escolar o de una elección de profesión equivocada, lo que nos permite, cuando sea posible, sugerir una orientación hacia una profesión que mejor corresponda a la manera en que el sujeto está preparado para la vida.


Algunos ejemplos ilustrarán la correlación que existe entre los recuerdos más lejanos y el permanente estilo de vida del sujeto.
Un hombre de unos treinta y dos años, hijo mayor y muy mimado de una viuda, muestra una absoluta ineptitud para toda clase de trabajos. No bien inicia cualquier labor profesional, aqueja agudos síntomas de angustia que ceden inmediatamente tan pronto como puede regresar a casa. Fue siempre un hombre afectuoso, pero poco sociable. En la escuela mostrábase sumamente excitado ante cualquier examen, y muy a menudo se quedaba en casa, alegando gran cansancio y agotamiento. Su madre siempre cuidó de él de la manera más afectuosa.
Puesto que no estaba preparado sino única y exclusivamente para ser objeto del cariño materno, ello nos permitió concluir ya acerca de su objetivo de vida, que no era otro que el de rehuir cuantos problemas se le presentaran, y, por consiguiente también, toda posibilidad de fracaso. Junto a la madre, esta posibilidad no existía. El hecho de persistir en su método de colocarse bajo la tutela materna le confirió el aspecto de un hombre infantil, sin que hubiésemos podido caracterizarle como tal desde el punto de vista orgánico. Su procedimiento de retirada hacia la madre, cuya eficacia tantas veces pudo comprobar desde su infancia, quedó fortalecido notablemente al ser rechazado por la primera muchacha por la cual sintió amor. El shock recibido con motivo de este acontecimiento exógeno le fortaleció en su actitud de eterna retirada, de modo que ya no encontró tranquilidad en ninguna parte fuera de las faldas de su madre.
He aquí su más lejano recuerdo de la infancia: Cuando tenía unos cuatro años me hallaba sentado en la ventana observando a unos obreros que estaban construyendo una casa en frente, mientras mi madre zurcía medias.
Se dirá: este recuerdo carece de importancia. ¡Al contrario! La selección de su primer recuerdo --poco importa de que en realidad sea o no el más lejano-- tuvo que estar guiada por algún interés determinado. La actividad de su memoria, guiada por el estilo de vida, destaca un acontecimiento cuyo vigor revela claramente la peculiar manera de ser del individuo. El hecho de que la escena se desarrolle junto a la madre nos hace entrever que estamos en presencia de un niño mimado. Pero nos revela, al mismo tiempo, otra cosa: Está mirando mientras los demás trabajan. Su preparación para la vida es la de un contemplador, la de un espectador sin ninguna cualidad positiva. Cada vez que intenta algo más allá de su preparación para la vida le parece encontrarse al borde de un precipicio, y en seguida se bate en retirada, escudándose para ello en un shock, por el miedo a que sea descubierta su falta de valor. Si le dejamos en casa junto a su madre, si le permitimos ser únicamente espectador del trabajo ajeno, entonces parece estar en su elemento. Su línea de movimiento tiende a dominar a su madre como único objetivo de superioridad. Desgraciadamente, un mero espectador tiene muy pocas probabilidades de éxito en la vida. No por eso se dejará de pasar revista a todas las posibilidades que existan para proporcionar a este individuo, después de estar curado, una ocupación adecuada en la que pueda sacar provecho de su actitud de contemplador y espectador. Como nosotros forzosamente comprendemos las cosas mejor que el mismo enfermo, nuestro deber es intervenir de modo activo, hasta el extremo de darle a entender: Podrías, ciertamente, tener un buen desempeño en cualquier profesión que escogieras, pero si quieres utilizar al máximo tus aptitudes, búscate una profesión en que la facultad de observación ocupe el primer plano. Ese individuo se dedicó luego, con éxito, a la compraventa de objetos de arte.


Freud describe siempre los fracasos de los niños mimados con una terminología retorcida, sin descifrar lo que significa. El niño mimado lo quiere todo para sí, y únicamente con grandes dificultades se decide a realizar las funciones normales requeridas por el desarrollo. Desea a la madre en su complejo de Edipo (cosa, aunque exagerado, comprensible en casos individuales, puesto que el niño mimado rechaza a todas las demás personas). Más tarde tropieza con toda clase de dificultades (no a causa de la represión del complejo de Edipo, sino por efecto del shock ante otras situaciones) y llega a abandonarse incluso a deseos de asesinato frente a personas que, a su parecer, se oponen a la realización de sus deseos. Se verá claramente que se trata aquí de una especie de producto artificial de una educación equivocada, preñada de mimos. Y, sólo el conocimiento de las consecuencias de tan funesta educación puede servirnos para una mejor comprensión de la vida anímica. Ahora bien: la sexualidad es una tarea para dos personas, y no puede cumplirse, por tanto, si no se posee la necesaria dosis de sentimiento de comunidad, de la que carecen los niños mimados. Freud, generalizando sus diferenciaciones, se vio obligado a derivar los deseos, las fantasías y los síntomas artificialmente creados, así como la lucha que contra ellos sostienen los rudimentos de sentimiento de comunidad que aún le quedan al individuo, de unos impulsos sádicos que considera congénitos y que, en realidad, como ya hemos visto, son fomentados artificialmente mucho más tarde, como consecuencia del mimo. Esto nos hará comprender fácilmente que el primer acto del niño que acaba de nacer --mamar del pecho materno-- es un acto de colaboración, y no, como Freud admite, obedeciendo a sus teorías preconcebidas, un acto de canibalismo o una prueba de la existencia de un impulso sádico congénito. Este acto es, por consiguiente, tan provechoso para la madre como para el niño. Así, dentro de la obscura concepción freudiana desaparece por completo la gran diversidad de las formas de vida de la especie humana.


He aquí otro ejemplo que demostrará la utilidad de nuestra interpretación de los recuerdos más lejanos de la infancia.
Una muchacha de unos dieciocho años vive en continua pugna con sus padres. En vista de sus éxitos escolares se la quiere consagrar al estudio de una carrera. La muchacha se opuso, como solía oponerse a todo por el solo temor al fracaso, basándose en que no consiguió ser la primera en sus exámenes. He aquí ahora su recuerdo más lejano: en una fiesta infantil, cuando tenía unos cuatro años, vio en manos de otro niño un enorme balón. Como niña mimada que era, removió tierra y cielo para conseguir un balón semejante. Su padre recorrió toda la ciudad para encontrar uno, pero sin éxito. La niña rechazó llorando y gritando un balón más pequeño que aquél. Tan sólo al declarar el padre que era imposible, a pesar de todos sus esfuerzos, encontrar el objeto deseado, se tranquilizó la niña aceptando el pequeño balón que le daban. Este recuerdo me convenció de que la muchacha era sensible a las explicaciones amistosas; pudo ser persuadida de su ambición egocéntrica y entró en razón.


Cuán obscuros son los caminos del destino, nos lo demostrará el siguiente caso. Un individuo de unos cuarenta y dos años, casado con una mujer diez años mayor que él, quedó impotente después de muchos años de vida conyugal. Desde hacía dos años apenas hablaba con su mujer y con sus hijos. Antes había alcanzado ciertos éxitos profesionales; pero desde entonces descuidó por completo sus negocios y llevó a toda la familia a una situación lamentable. Siempre había sido el preferido de su madre, y por tanto muy mimado. Al tener él tres años nació una hermanita y, poco después --la llegada de la hermanita era su recuerdo más lejano--, empezó a orinarse en la cama. También tuvo en su infancia sueños terroríficos, tales como los que solemos encontrar muy a menudo en los niños mimados. No cabe duda de que la enuresis nocturna y el miedo constituían un intento de oponerse a su destronamiento, sin que debamos pasar por alto que la enuresis era al mismo tiempo la manera de expresar una acusación contra su madre y hasta quizá incluso un acto de venganza. En la escuela se distinguió siempre por su docilidad. No recordaba haberse peleado sino en una sola ocasión, al ser ofendido por otro niño. El maestro manifestó en aquel momento su asombro de que un niño considerado por todos como tan bueno hubiera podido llegar a tal extremo.


Comprenderemos fácilmente que nuestro individuo se había entrenado para alcanzar un objetivo de superioridad que consistía en verse preferido a los demás. Cuando no sucedía así recurría a medios que representaban en parte acusación, en parte venganza, sin que esta motivación hubiera llegado a su propia conciencia ni a la de las personas que le rodeaban. Su objetivo de perfección, teñido de egoísmo, englobaba también la actitud de no parecer malo a los demás. Como él mismo subrayó, se había casado con una mujer de tanta edad por habérsele acercado en actitud de madre. Ahora bien: cuando su esposa alcanzó los cincuenta años y se dedicó sobre todo a cuidar de sus hijos, el individuo rompió todo contacto con los tres de un modo aparatoso pero, al parecer, nada agresivo. Este rompimiento se expresó también en la impotencia en virtud del dialecto de los órganos. Ya desde su infancia era de esperar que cualquier disminución del mimo --como cuando nació su hermanita-- la acusase en forma poco clara, pero no por eso menos eficaz.


Un hombre de unos treinta años, el mayor de dos hermanos, sufrió una larga condena por haber cometido repetidos robos. Sus recuerdos más lejanos se remontaban al tercer año de su vida, a la época que siguió inmediatamente al nacimiento de su hermano menor. Helos aquí: Mi madre siempre había preferido a mi hermano menor. Ya de pequeño huí varias veces de casa. Impulsado por el hambre, cometía pequeños hurtos en casa o fuera de ella. Mi madre solía castigarme siempre con la mayor crueldad, pero a veces lograba evitar el castigo escapando de casa. Hasta la edad de catorce años fui en la escuela un estudiante regular. Pero no quise seguir estudiando y me dediqué a vagar por las calles. Detestaba mi casa. No tenía amigos ni encontré tampoco muchacha alguna que me quisiera, cosa que era siempre el colmo de mis ilusiones. Me propuse ir a academias de baile para conocer gente, pero nunca tenía dinero para ello. Entonces robé un automóvil y lo vendí muy barato. Desde entonces mis robos fueron adquiriendo mayor importancia hasta que me detuvieron. Tal vez habría emprendido otros caminos si hubiese podido soportar a mi familia, que nunca me dirigió más que censuras e injurias. Por otra parte, mis delitos fueron fomentados por el hecho de haber caído en manos de un vendedor de lo ajeno, que me inducía siempre a cometer nuevos hurtos y robos.


Ya hemos llamado la atención sobre el hecho de que en la mayoría de los casos de criminalidad nos encontramos siempre con sujetos que habían sido mimados o que anhelaban serlo. Y, lo que es igualmente importante, individuos en cuya infancia puede observarse una fuerte actividad que, sin embargo, no ha de ser confundida con el ánimo. En el caso últimamente mencionado, la madre era capaz de mimar a sus hijos, como lo demostró con el segundo. De la conducta amargada de ese hombre, después del nacimiento de su hermano menor, podemos inferir que él también había sido mimado antes. Sus vicisitudes posteriores se originan de su furiosa acusación contra su madre y de aquella actividad para la que carecía de suficiente grado de sentimiento de comunidad --sin amigos, sin carreras, sin amor--. Sólo en la criminalidad encontraron aplicación sus aptitudes.


En la interpretación del crimen como un autocastigo, asociado al deseo de ser encarcelado para adquirir renombre, defendida por algunos psiquiatras ante la opinión pública, descubro en realidad cierta falta de pudor intelectual, sobre todo si está acompañada de un franco desprecio al sentido común y de ataques injuriosos contra nuestras concepciones solidamente cimentadas. Dejo al juicio del lector decidir si tales concepciones dimanan o no de un espíritu de niño mimado y si no tratarán de obrar, precisamente, sobre lo que en el público hay de dicho espíritu.

 

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Notas


(10) V. DREIKURS, Seeliche Impotenz (Impotencia psíquica), S. Hirzel, Leipzig, y Alfred ADLER, Das Problem der Homosexualität (El problema de la homosexualidad), S. Hirzel, Leipzig. 1930