Alfred Adler: El Sentido de la Vida (segunda parte)

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CAPÍTULO VI
EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD
Carácter positivo del sentimiento de inferioridad. La superación del sentimiento de inferioridad es independiente de la obtención del placer. Sentimiento de inferioridad e instinto de muerte. El principio de aseguramiento en la esfera corporal y en la esfera cultural. Utilidad biológica del sentimiento de inferioridad. Posibilidad y causalidad. Falta de finalidad de la psicología de los instintos. Valor creador del espíritu de negación. El sentimiento de comunidad en el futuro. Omnipotencia del sentimiento de comunidad. Estilos de vida con insuficiente sentimiento de comunidad. Actitud pasiva y actitud activa frente al sentimiento de inferioridad. Sí,pero... Aseguramiento con síntomas corporales. La actitud de vacilación. El complejo de inferioridad.


Hace mucho tiempo puse de relieve que ser hombre equivale a sentirse inferior. Quizá no todos recuerdan haber experimentado este sentimiento de inferioridad. Es también posible que a muchos les extrañe esta expresión y prefieran cambiarla por otra. No me opongo a ello; y tanto menos cuanto que veo que algunos autores han hecho ya este cambio. Para negarme la razón, gentes que se pasan de listas calcularon que el niño debe haber experimentado un sentimiento de plenitud para poder llegar a un sentimiento de inferioridad. La sensación de insuficiencia constituye un sufrimiento duro y tenaz que perdura, por lo menos, hasta que un deber no es resuelto, hasta que una necesidad no es satisfecha o no es neutralizada una tensión. Es, sin duda, un sentimiento natural comparable a una tensión dolorosa, que reclama alivio. Este alivio no ha de ir forzosamente acompañado de placer, como supone Freud, aunque puede ir acompañado de sentimientos de satisfacción, lo cual estaría de acuerdo con la concepción de Nietzsche. En determinadas condiciones, el relajamiento de esta tensión puede ir acompañado también de sufrimiento permanente o temporal, algo así como cuando se va un fiel amigo o como cuando es necesario someterse a una operación dolorosa. Tampoco a un fin penoso -generalmente preferido a una pena sin fin- puede considerársele como placer, a menos que queramos recurrir a ardides sofísticos.


De la misma manera que un lactante traiciona con sus movimientos el sentido de insuficiencia, su constante aspiración a perfeccionarse y a satisfacer sus exigencias vitales, así también el movimiento histórico de la Humanidad debe ser interpretado como la historia del sentimiento de inferioridad y de los intentos realizados para liberarse de él. Desde que se puso en movimiento, la materia viva siempre se ha esforzado por pasar de una situación de minus a una situación de plus. Este movimiento, cuyas características describimos ya en 1907 en nuestro Studie über Minderwertigkeit van Organen (Estudio de las minusvalías orgánicas), es el mismo que comprendemos bajo el concepto de evolución. Dicho movimiento en modo alguno puede considerarse como encaminado hacia la muerte, ni siquiera hacia un estado de equilibrio o de reposo; antes bien, aspira a la dominación del mundo circundante. La tesis de Freud de que la muerte ejerce una cierta atracción sobre el hombre, hasta el punto de llegar a desearla en sueños y demás, representa, aun dentro de su propio sistema, una conclusión precipitada. No cabe, en cambio, duda de que existen hombres que prefieren la muerte a una lucha con las circunstancias ambientales, porque, en su orgullo, tienen un miedo exagerado a un posible fracaso. Son personas que aspiran siempre a ser mimadas y dispensadas de sus obligaciones, a base de que otros las cumplan.


Como fácilmente puede demostrarse, el cuerpo humano se halla estructurado según el principio de seguridad. Meltzer llamó ya la atención sobre este principio en The Harvard Lectures, en 1906 y 1907, esto es, aproximadamente, en la misma época en que yo escribía mi ya citado estudio, sólo que él lo hizo con más profundidad y amplitud. Un órgano dañado es substituido en su función por un órgano sano o emite por sí mismo una energía complementaria. Todos los órganos pueden rendir más de lo que rinden normalmente, y atender muchas veces a múltiples y vitales funciones. La vida, que está regida por el principio de autoconservación, ha adquirido, en el curso de la evolución biológica, la energía y la capacidad para ello imprescindibles. Las divergencias de los hijos y de las generaciones jóvenes, con respecto a los padres y a las generaciones viejas, no son más que un aspecto de este mecanismo de seguridad vital.


También la creciente civilización que nos rodea acusa idéntica tendencia a la seguridad y nos muestra al hombre en un continuo estado afectivo de sentimiento de inferioridad que estimula incesantemente su actividad para alcanzar una mayor seguridad. La satisfacción y el dolor que acompañan a esta lucha no son sino ayudas y premios que se le ofrecen al caminar por esta vereda. Pero una adaptación definitiva a la realidad del momento, ya creada, no sería otra cosa que la explotación de los esfuerzos de otros en armonía con la imagen que del mundo tienen los niños mimados. La continua aspiración a la seguridad impulsa al individuo hacia la superación de la realidad actual en favor de otra realidad mejor. Sin esta corriente de la civilización, que nos arrastra hacia delante, la vida humana sería imposible. El hombre habría sucumbido ante el embate de las fuerzas de la Naturaleza si no hubiera aprendido a utilizarlas en provecho propio. El hombre carece de cosas que, poseídas por seres más fuertes, hubiesen podido ser causa de su aniquilamiento. Los rigores del clima le obligan a defenderse contra el frío mediante las pieles que quita a animales mejor dotados. Su organismo requiere una habitación artificial y una preparación igualmente artificial de sus alimentos. Su vida no está asegurada más que bajo ciertas condiciones, como son una conveniente división del trabajo y una suficiente multiplicación de los individuos. Sus órganos y su espíritu trabajan de continuo para superarse, para afianzarse. A esto hay que añadir su mayor conocimiento de los peligros de la vida y una menor ignorancia de la muerte. ¿Quién puede dudar seriamente de que para el individuo, tan mal dotado por la Naturaleza, la sensación de inferioridad es una verdadera bendición, que sin cesar le empuja hacia una situación de plus hacia la seguridad, hacia la superación? Y esta formidable e inevitable rebelión contra este sentimiento de inferioridad consubstancial al hombre se repite como base de la evolución en la infancia de cada individuo.


Todo niño que no esté tan anormal, como el idiota, gravemente tarado en su vida psíquica, se halla bajo el imperativo de este desarrollo ascensional que anima tanto a su cuerpo como a su alma. También a él le es impuesta por la Naturaleza la tendencia a la superación. Su pequeñez, su debilidad y su incapacidad para satisfacer sus propias necesidades, las más o menos importantes negligencias son aguijones determinantes para el desarrollo de su fuerza. Bajo la presión de su existencia precaria, el niño crea para sí mismo nuevas formas de vida, tal vez hasta entonces inéditas. Sus juegos, siempre orientados hacia el porvenir, demuestran su energía autocreadora, que en modo alguno podrían explicarse mediante los llamados reflejos condicionados. El niño construye sin cesar en el vacío del porvenir, impelido por la necesidad imperativa de vencer. Hechizado por las necesidades e imperativos de la vida, sus anhelos siempre crecientes le arrastran inexorablemente hacia un objetivo final, superior al destino terrestre que le era asignado. Y este objetivo que lo atrae, le conduce a las alturas, se anima y llega a adquirir colores dentro del reducido ambiente en que el niño lucha por triunfar.


No me es posible dedicar aquí más que unas breves palabras a unas consideraciones teóricas que, juzgándolas fundamentales, publiqué en 1912 en mi libro Ueber den nervösen Charakter (El carácter neurótico). Si existe dicho objetivo de conquista y la evolución nos lo demuestra de modo palpable, entonces el grado de evolución que el niño alcanza y se plasma en él, se transforma a su vez en material de construcción para el desarrollo ulterior. En otras palabras, su herencia, física o psíquica, se expresa en posibilidades, y no cuenta sino en la medida en que puede ser y es utilizada con vistas al objetivo final. Lo que luego observamos en la evolución del individuo ha sido originado por el material hereditario, y su perfección es debida a la potencia creadora del niño. Puse ya anteriormente de relieve la brecha que abre el material hereditario. Sin embargo, debo negar que ofrezca significación causal alguna, porque la variación constante y multiforme del mundo exterior exige un empleo creador y elástico de ese material. La orientación hacia el triunfo final permanece invariable, aunque el objetivo, una vez plasmado en la corriente del mundo, imponga a cada individuo una dirección diferente.


Las insuficiencias orgánicas, el mimo o el abandono inducen con frecuencia al niño a establecer fines concretos de superación que se hallan en contradicción tanto con el bienestar del individuo como con el perfeccionamiento de la Humanidad.


Existe, empero, un considerable número de casos y de desenlaces que nos autorizan a hablar, no de causalidad, sino de una probabilidad estadística y de una desviación engendrada por un error. Además, se ha de tener en cuenta que cada mala acción es distinta a las demás, que cada defensor de una determinada concepción del mundo la presenta desde una distinta perspectiva, que cada escritor pornográfico ofrece sus peculiaridades, que todo neurótico se distingue de los demás y que tampoco hay dos delincuentes completamente iguales. Precisamente es en esta peculiaridad que distingue a cada individuo que se pone de relieve la creación propia del niño y la manera como utiliza y aprovecha sus posibilidades y aptitudes congénitas.


Lo mismo debe decirse de los factores ambientales y de las medidas educativas. El niño los acoge y utiliza para la concreción de su estilo de vida; se crea un objetivo que nunca abandona, percibiendo, pensando, sintiendo y actuando con las miras puestas siempre en él. Una vez reconocido el dinamismo del individuo, ningún poder del mundo puede impedir la suposición de que existe un objetivo hacia el cual este movimiento está orientado. No existe ningún movimiento sin objetivo, y este objetivo no puede ser alcanzado nunca. La causa de esto reside en la conciencia primitiva del hombre, de que nunca podrá ser el amo del mundo, de modo que si esta idea asoma se ve obligado a transferirla a la esfera del milagro o de la omnipotencia divina (8).


La vida psíquica está dominada por el sentimiento de inferioridad, y esto es fácilmente comprensible si se parte de los sentimientos de insuficiencia, de imperfección, y de los esfuerzos ininterrumpidos provistos por los seres humanos y la humanidad.


Cada uno de los mil problemas del vivir cotidiano pone al individuo en guardia y en disposición de ataque. Todo movimiento constituye una marcha hacia adelante para pasar de la imperfección a la perfección. En 1909, en mi estudio Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose (El impulso de agresión en la vida y en la neurosis) intenté dilucidar más de cerca este hecho, llegando a la conclusión de que las formas de esta inclinación a la agresividad, desarrolladas bajo las necesidades de la evolución, derivan del estilo de vida, y son una parte de la totalidad. Concebirlas como radicalmente malas o explicarlas postulando un impulso sádico congénito, es algo completamente gratuito. Aun si pobremente pretende construir una vida psíquica sobre impulsos ciegos y descarriados, no se debería al menos olvidar el imperativo de la evolución, ni tampoco la inclinación hacia la comunidad adquirida por el hombre en el curso del desarrollo evolutivo. Tomando en cuenta el gran número de seres humanos mimados y decepcionados, no es de admirar que personas de todas las capas de la sociedad, desprovistas de espíritu crítico, hayan adoptado esta noción -incomprendida de la vida psíquica de los niños mimados y por lo tanto fuertemente decepcionados, que nunca reciben lo suficiente- como una teoría psicológica fundamental.


La incorporación del niño a su primer ambiente es, por tanto, el primer acto creador que, recurriendo a sus aptitudes, realiza impulsado por su sentimiento de inferioridad. Esta incorporación, distinta en cada caso concreto, es movimiento, interpretado luego por nosotros como forma, como movimiento congelado, como forma de vida que parece prometer un objetivo de seguridad y de triunfo. Los límites dentro de los cuales se desarrolla esa evolución son los de la humanidad en general, que vienen dados por el estado actual de la evolución de la sociedad y del individuo. Sin embargo, no todas las formas de vida utilizan esta situación como es debido, contradiciendo así el sentido de la evolución. En capítulos anteriores he demostrado que el completo desarrollo del cuerpo y del espíritu humanos está mejor garantizado cuando el individuo encuadra sus aspiraciones y sus actos dentro de la comunidad ideal apetecible. Entre aquellos que consciente o inconscientemente adoptan este punto de vista y los muchísimos otros que no lo hacen, se abre un abismo infranqueable. La contradicción en que se mueven ocasiona, en la existencia humana, innumerables discrepancias y formidables luchas. Los ambiciosos (en el sentido favorable del término) hacen gala de un espíritu constructivo, contribuyendo así al provecho de la Humanidad. Pero tampoco sus antagonistas están desprovistos de valor. Mediante sus errores -por los cuales llegan a perjudicar a sectores más o menos amplios- estimulan el esfuerzo de los contrarios. Se asemejan por tanto, a aquel espíritu que siempre quiere lo malo, más siempre crea lo bueno (Goethe, Fausto). Despiertan el espíritu de crítica de los demás, proporcionándoles de este modo indirecto una mejor comprensión. Y, finalmente, contribuyen a suscitar ese sentimiento de inferioridad realmente actuante.


La dirección del desarrollo del individuo y de la comunidad está, por tanto, preestablecida por el grado del sentimiento de comunidad. Esto nos proporciona un punto de vista sólido para juzgar lo que es justo o injusto, y nos muestra además un camino que ofrece una seguridad sorprendente tanto en orden a la educación y curación como al enjuiciamiento de las anomalías. La medida que se emplea a este efecto es mucho más precisa que la que supondrá cualquier experimento. Y es que la vida misma nos sirve en este caso de piedra de toque. Todo movimiento expresivo, por débil que sea, puede ponerse a prueba desde el punto de vista de su orientación y distancia de la comunidad. El cotejo con las medidas de la psiquiatría clásica, que sólo pretende valorar los síntomas nocivos o los perjuicios causados a la comunidad, aunque tratando al mismo tiempo de perfeccionar sus métodos poniéndolos en armonía con el desarrollo ascendente de la sociedad, será, con todo, favorable a los de nuestra Psicología individual. Y ello por la sencillísima razón de que ésta no pretende culpar al individuo, sino que más bien intenta mejorarlo al atribuir la culpa, no al individuo mismo, sino a nuestra civilización, de cuyas enormes deficiencias todos resultamos responsables, y al invitarnos además a colaborar en la corrección de estas últimas. El hecho de que aun hoy estemos obligados a laborar por el incremento del sentimiento de comunidad se debe al grado todavía muy insuficiente de nuestra evolución. No cabe duda alguna de que las generaciones venideras habrán incorporado a su vida el sentimiento de comunidad como nosotros tenemos incorporadas a la nuestra la respiración, la marcha erecta o la percepción de las oscilaciones luminosas como imágenes quietas.


Incluso aquellos que no comprenden que en la vida psíquica del hombre se encuentra el elemento generador del sentimiento social o de su imperativo: el ama a tu prójimo -todos aquellos que no aspiran más que a descubrir en el hombre el perro que llevamos dentro que astutamente procura no ser reconocido y castigado- representan un valioso estimulante para el hombre en su esfuerzo por elevarse; insisten con una sorprendente obstinación sobre los estadios retardatarios de su desarrollo. Su sentimiento de inferioridad busca un contrapeso totalmente personal en la certidumbre de la falta de valor de los demás. Me parece peligroso el abuso de la idea del sentimiento de comunidad en un sentido negativo -es decir de aprovechar una eventual falta de claridad que encamine al sentimiento social para aprobar formas de vida o concepciones del mundo hostiles a la sociedad, y para imponerlas a la sociedad actual e incluso futura, por todos los medios dables, so pretexto de salvaguardarla. Tal es el caso de aquellos que abogan por la pena de muerte, la guerra o el sacrificio despiadado de los adversarios. Pero hasta éstos -tal es la omnipotencia del sentimiento de comunidad- se ven obligados a cobijarse bajo su manto. Todas estas concepciones anticuadas tienen su origen, evidentemente, en la falta de confianza en poder encontrar un camino nuevo y mejor: esto es, es un sentimiento de inferioridad claramente reconocible. Es patente el hecho de que ni aun el asesinato detiene la marcha inexorable de las ideas progresistas, ni al derrumbamiento de las ideas que agonizan, y todo el mundo podía haber sacado ya de la historia humana esta enseñanza elemental. No existe, en lo que alcanzamos a ver, sino un único caso en que matar podría tener alguna justificación: el de defensa propia hallándose en peligro de muerte o el de defensa de otros que se hallaran en situación análoga. Nadie presentó tan magníficamente como Shakespeare, en Hamlet, este problema a la Humanidad, aunque sin ser enteramente comprendido. Shakespeare, que, a la manera de los poetas griegos, envía en persecución del delincuente a las Erinias vengadoras, floreció en una época más pródiga aún en hechos sangrientos que la nuestra, e hizo estremecer el sentimiento de comunidad de aquellos que aspiraban al ideal de la comunidad humana y que a la postre quedaron vencedores. Todas las aberraciones del criminal nos denuncian los límites extremos a que llegó el sentimiento de comunidad en los caídos.


Incumbe, por tanto, al sector progresista de la Humanidad la estricta tarea de ilustrar y educar, sin excesivo rigor ni dureza, a aquel que se halla falto de sentimiento de comunidad, considerándole como un posible y eficiente colaborador en el caso de que logre adquirir dicho sentimiento, mas no en caso contrario. No hay que olvidar que para el hombre que carece de tal preparación supone un choque topar con un problema que requiere un fuerte sentimiento de comunidad y que este choque puede engredar un complejo de inferioridad susceptible de hacerle incurrir en todo género de errores. La estructura mental del delincuente obedece sin duda al estilo de vida de una persona activa, pero, poco propensa a la vida en común, que ya desde su infancia se ha formado una opinión tal de la vida que considera justo aprovecharse del sudor ajeno. El hecho de que este tipo de sujeto se observe preferentemente entre niños mimados y, con menor frecuencia, en las personas cuya infancia ha transcurrido sin ser objeto de especiales cuidados, poco podrá extrañarnos después de lo que venimos explicando. Considerar la criminalidad como un autocastigo, o como consecuencia de primitivas formas de perversión sexual (hasta del mismo supuesto complejo de Edipo), es algo que resulta fácilmente refutable al darnos cuenta de que el hombre, a quien en la vida real encantan las metáforas, cae con demasiada facilidad en las redes de símiles y comparaciones. Dice Hamlet: Esta nube, ¿no parece un camello?, y Polonio contesta: En efecto, es igual a un camello.


Defectos y vicios infantiles como la retención de excrementos, la enuresis nocturna, la excesiva inclinación hacia la madre, etc., son manifiestas señales de mimo en un niño cuyo ámbito vital no se extiende más allá de la esfera maternal, ni de aquellas funciones cuya vigilancia corresponde a la que le dio el ser. Si a estos defectos infantiles se añade una sensación de gozo, como sucede, por ejemplo, al chuparse el dedo o al retener los excrementos, lo cual puede ocurrir fácilmente en niños hipersensibles en donde si se agrega a la vida parasitaria de los niños mimados y a su apego a la madre, un sentimiento sexual naciente, éstas son complicaciones y consecuencias de las que son amenazados sobre todo estos niños mimados. Ahora bien, el mantener estos defectos, así como la masturbación infantil, desvía el interés del niño por la cooperación, lo más a menudo, no sin que una seguridad del lazo entre la madre y el niño sea reafirmada por una aun mayor vigilancia de aquella (lo que no equivale en ningún modo a una defensa, sentido que Freud intentó atribuir falsamente a mi concepto de seguridad). Por diferentes motivos, esta cooperación no ha sido adquirida, sobre todo por el niño mimado, que es impulsado a buscar de manera constante un apoyo que le exima, cuando menos en parte, de las tareas de la convivencia. La falta del sentimiento de comunidad y la agudización del de inferioridad, ambos íntimamente enlazados, quedan aparentados con toda claridad en esta fase de la vida infantil, manifestándose por lo general a través de todas esas formas de expresión que suelen darse cuando se vive en un ambiente que se supone hostil: susceptibilidad, impaciencia, incremento de las emociones, temor a la vida, cautela y avidez, esta última como resultado de la pretensión infantil de que todo debe pertenecerle.


Los problemas difíciles de la vida, los peligros, las decepciones, las penas, las preocupaciones, las pérdidas (sobre todo de personas queridas) y toda especie de presiones sociales han de considerarse casi siempre a la luz del sentimiento de inferioridad. Éste se exterioriza generalmente en emociones y estados de ánimo universalmente conocidos, que distinguimos bajo los nombres de miedo, tristeza, desesperación, vergüenza, timidez, perplejidad, asco, etc., y que se traducen en la expresión facial y en la actitud del cuerpo. Parece en unos casos como si faltase el tono muscular, mientras se manifiesta en otros esa forma de movimiento que tiende a alejarnos del objeto inquietante o de las exigencias que constantemente nos crea la vida. En armonía con esa tendencia a la evasión, surgen de la esfera del pensamiento planes de retirada. La esfera afectiva en la medida en que tenemos la posibilidad de examinarla, refleja el estado de inseguridad y de inferioridad, contribuyendo así a fortalecer el impulso hacia la huida, en su irritación y en la forma que se presenta. El sentimiento humano de inferioridad, que suele diluirse en el afán de progresar, se revela con más claridad en los avatares de la vida, y con claridad deslumbradora en las duras pruebas que ésta nos depara. Distinta es su expresión según el caso, y si, en cada uno, hiciéramos un resumen de sus manifestaciones , delataría en todos sus fenómenos el estilo individual de vida que se manifiesta de modo uniforme en todas las situaciones de la existencia.


Sin embargo, no hay que perder de vista que en el solo intento de superar las tendencias emocionales que acabamos de describir, en el hecho de exaltarse, de estallar en cólera y, a veces, en el asco y el desdén, puede verse el resultado de un activo estilo de vida impuesto por el objetivo de superioridad y aguijoneado por el sentimiento de inferioridad. Persistiendo en la línea de retirada ante los problemas amenazantes, la primera de estas formas de vida, la intelectual, puede conducir a la neurosis, a la psicosis o a actitudes de masoquismo, mientras que la segunda, la forma emotiva, prescindiendo de las formas neuróticas mixtas y en correspondencia con su estilo de vida, tienda a una mayor actividad (no olvidando, sin embargo, que actividad no es ánimo, el cual sólo se observa del lado del progreso social), y de ahí la propensión al suicidio, al alcoholismo, a la criminalidad o a una perversión activa. Es evidente que se trata aquí de transmutaciones de un mismo estilo de vida y no de ese ficticio proceso que Freud denomina regresión. La semejanza de estas formas de vida con otras anteriores o con determinados rasgos de ellas mismas no debe interpretarse como identidad, y el hecho de que cada ser vivo no disponga de más patrimonios que los de su propio caudal espiritual y corporal no representa recaída alguna en ningún estadio infantil o primitivo. La vida exige la solución de los problemas de la comunidad y por esto toda conducta humana apunta al porvenir, incluso en el caso de que extraiga del pasado los medios para el logro de su finalidad.


La falta de preparación para enfrentarse a los problemas de la vida puede obedecer en todo caso a un insuficiente desarrollo del sentimiento de comunidad, sea cual sea el nombre que queramos darle: solidaridad humana, cooperación, humanismo o incluso ideal del Yo. Esta falta de preparación es la que engendra ante los problemas y su desarrollo, las múltiples formas de expresión de inseguridad y de inferioridad física y psíquica. Tales actitudes anímicas originan pronto toda clase de sentimientos de inferioridad, que, si bien no se manifiestan claramente, se expresan ya en el carácter, en el movimiento, en la actitud, en la manera de pensar sugerida por el sentimiento de inferioridad, y en el hecho de apartarse del camino del progreso. Todas estas formas de expresión del sentimiento de inferioridad acentuado por la falta de sentimiento de comunidad llegan a ponerse de relieve en el momento en que surgen los problemas de la vida, la causa exógena; lo que no puede faltar jamás en caso de un fracaso típico, aun cuando no todos lleguen a encontrarla. Este fracaso típico se debe, ante todo, al intento de aferrarse a determinadas conmociones para aliviar la tensa situación creada por un acentuado sentimiento de inferioridad y como consecuencia del incesante afán de liberarse de una situación minus. Pero en ninguno de estos casos puede ponerse en duda la vigencia del sentimiento de comunidad ni borrarse la diferencia entre bueno y malo; en todos ellos encontramos un “sí” que subraya la presión del sentimiento de comunidad; mas siempre seguido de un “...pero”, el cual posee mayor fuerza y obstaculiza el oportuno fortalecimiento del sentimiento de comunidad. Este “...pero”, en todos los casos, que sean típicos o peculiares, implicara un matiz propio a cada individuo. Las dificultades de la curación corresponden precisamente a su potencia. Ésta es más pronunciada en el suicidio y en las psicosis, producto de conmociones anímicas en las que el sí desaparece casi por completo.


Rasgos de carácter, como la anxiedad, la timidez, el recelo, el hermetismo, el pesimismo, etc.. que acusan, ya de antiguo, un deficiente contacto con el mundo, se intensifican notablemente cuando hay que luchar contra los rigores del destino y aparecen en las neurosis, por ejemplo, como síntomas patológicos más o menos pronunciados. Lo mismo puede decirse, de manera impactante, del dinamismo aminorado del individuo que siempre se halla en la retaguardia y a notable distancia del problema planteado (V. Adler, Praxis und Theorie der lndividualpsychologie (Práctica y teoría de la Psicología individual). Esta preferencia por la zona más alejada del campo de lucha de la vida está reforzada por la manera de pensar y de argumentar del individuo, y a veces también, por ideas obsesivas o por estériles sentimientos de culpabilidad. No es difícil comprender que no son los sentimientos de culpabilidad los que llevan al individuo a desfilarse ante el problema que se le plantea, sino que la preparación y la inclinación insuficientes de toda su personalidad encuentran aprovechables los sentimientos de culpabilidad para poner trabas al avance. Las autoacusaciones absurdas, por ejemplo en caso de masturbación, proporcionan excelentes pretextos de remordimientos. También el hecho de que cada ser humano, al echar una mirada a su pasado, encuentre algo que desearía no hubiera ocurrido, sirve a tales individuos como excusa para no colaborar.


Pretender reducir a este ardid de los sentimientos de culpabilidad, fracasos tales como la neurosis o la criminalidad es desconocer la gravedad de la situación. La misma orientación que toma el individuo en caso de un deficiente sentimiento de comunidad pone siempre de manifiesto una mayor incertidumbre ante un problema de naturaleza social; esta incertidumbre refuerza la conmoción del organismo, con las modificaciones orgánicas resultantes, y permite al individuo irse por otros caminos. Estos trastornos corporales causan un desorden pasajero o permanente en todo el organismo, pero se localizan generalmente de un modo flagrante en aquellos puntos del organismo que a causa de una inferioridad congénita o de una sobrecarga de atención responden más intensamente al trastorno psíquico. La perturbación funcional puede manifestarse por la desaparición del tono muscular o su exaltación por una erección capilar, por un aumento de la transpiración, por síntomas cardíacos, gástricos e intestinales, por una dificultad respiratoria, por una sensación de nudo en la garganta, por la necesidad imperiosa de orinar y por una excitación o apatía sexual. En el seno de una misma familia se observan a menudo, cuando una situación difícil se presenta, los síntomas citados acompañados de dolor de cabeza, jaqueca, rubor intenso o palidez. Las recientes investigaciones de Cannon y Marañón, entre otros, demuestran de manera perfecta que el sistema simpáticosuprarrenal participa notablemente en estos trastornos, como participa también la parte craneal y pelviana del sistema vegetativo, que reaccionan de un modo distinto ante las emociones. Todo esto viene a confirmar nuestras antiguas sospechas de que normalmente las funciones de las glándulas de secreción interna, el tiroides, las suprarrenales, la hipófisis y las glándulas genitales se hallan bajo la influencia del mundo circundante y responden siempre a las impresiones psíquicas, según la intensidad con que son subjetivamente experimentadas y en correspondencia con el estilo individual de vida, a fin de restablecer el equilibrio corporal. Y cuando la aptitud del individuo frente a los problemas de la vida es deficiente, responden de una manera exagerada, sobrecompensadora (V. Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen, (Estudio sobre minusvalías orgánicas). cap. 1).


El sentimiento de inferioridad de un individuo puede también ser delatado por la dirección que sigue en su camino. Hemos hablado ya de cómo el individuo podía alejarse, desinteresarse, desapegarse de los problemas de la vida, y también de la manera en cómo son soslayados. No cabe duda de que, a veces, se podría demostrar que tal manera de proceder puede ser justa, esto es, adecuada al sentimiento de comunidad. El hecho de que este punto de vista pueda ser justificado afecta particularmente a la Psicología individual, ya que esta ciencia no atribuye a las reglas y fórmulas sino una validez condicional, cuya comprobación exige una incesante aportación de pruebas. Una de estas pruebas nos la proporciona el comportamiento habitual del individuo en cuanto a una u otra actitud más arriba descrita. Otro tipo de movimiento, distinto de la actitud vacilante y que también delata el sentimiento de inferioridad, es el de rehuir total o parcialmente cualquier problema de la vida. Es total en la psicosis, en el suicidio, en la criminalidad inveterada, en la perversión habitual; parcial en el alcoholismo y en las demás manías. Quisiera mencionar como último ejemplo del sentimiento de inferioridad, la reducción sorprendente del propio ámbito vital y el encogimiento del camino de superación, dejando así excluidos importantes aspectos de los problemas de la vida. También es necesario aquí reconocer algunas excepciones en cuanto a la abstención total en resolver determinados aspectos parciales de dichos problemas, pero con miras a poder servir en mayor grado a la sociedad: así, el artista o el genio.


Hace ya largo tiempo que llegué a reconocer la evidencia del complejo de inferioridad en todos los casos de fracaso típico. Sin embargo, tuve que esforzarme mucho para contestar a la pregunta más importante, a saber: ¿cómo a partir de un sentimiento de inferioridad -y sus consecuencias físicas y psíquicas- puede nacer el complejo de inferioridad por el impacto con un problema de la vida ? A mi entender, este problema nunca llegó a ocupar el primer plano del interés de los autores, y por ello no pudo ser resuelto antes. La solución se me impuso de la misma manera que son resueltos los demás problemas planteados a la luz de la Psicología individual, buscando explicar la particularidad a partir del todo y el todo a partir de casos particulares. El complejo de inferioridad, esto es, el fenómeno permanente de las consecuencias del sentimiento de inferioridad, y la fijación de éste, se explica por una exagerada carencia del sentimiento de comunidad. Las mismas vivencias, los mismos traumas, las mismas situaciones y los mismos problemas de la vida (suponiéndolos completamente idénticos), se manifiestan de manera distinta dependiendo del individuo. Por eso el estilo de vida y el caudal de sentimiento de comunidad que éste encierra, ofrecen, desde luego, una importancia decisiva. Lo que puede inducirnos a error en ciertos casos, haciéndonos dudar de la exactitud de tales experiencias, es el hecho de que, a veces, personas con indudable ausencia del sentimiento de comunidad (lo cual sólo un observador experimentado puede confirmar) acusen, pasajeramente, manifestaciones de sentimiento de inferioridad, pero nunca, en cambio, del complejo de inferioridad. Este caso se da en las personas que, poseyendo escaso sentimiento de comunidad, tienen a su favor las circunstancias ambientales. El complejo de inferioridad del paciente podrá ser deducido de su conducta y actitudes, de su pasado de niño mimado, de la existencia de órganos minusvalentes, del sentimiento de menoscabo y abandono en su infancia. A ello contribuirán otros valiosos medios de la Psicología individual, que más tarde detallaremos: el esclarecimiento de los recuerdos más lejanos de la infancia, toda nuestra experiencia en torno al estilo de vida, la influencia ejercida por la familia (en la serie de hermanos y hermanas) y la interpretación de los sueños. En el complejo de inferioridad la conducta sexual y la evolución individual son sólo una parte de la totalidad y se hallan englobadas en dicho complejo.

 

CAPÍTULO VII
EL COMPLEJO DE SUPERIORIDAD

La tendencia hacia la superación en el sentimiento de inferioridad. Los tipos intelectual, emocional y activo, y su especial afinidad con las neurosis. Espíritu de caridad ante las desviaciones del sentido común. El sentimiento de comunidad del criminal. El dolor neurótico. Fenomenología del complejo de superioridad. Abuso de los conocimientos psicológicos. Reacciones legítimas de superioridad. Los ideales y la concepción del mundo de la voluntad primitiva de poder. La protesta varonil femenina. El camino de la redención futura de la mujer.


El lector inquirirá, y no sin razón: ¿dónde hay que buscar, en el complejo de inferioridad el afán de éxito, de triunfo? En efecto, si no llegáramos a demostrar la existencia de esta tendencia en los casos tan numerosos de complejo de inferioridad, entonces la ciencia psicológico-individual encerraría una contradicción fundamental, que acarrearía su fracaso. En parte esta interrogación ha sido ya implícitamente contestada. La tendencia a la superioridad aleja al individuo de la zona peligrosa, tan pronto como su escaso sentimiento de comunidad, que se exterioriza por una cobardía manifiesta o encubierta, se halla en trance de fracaso. La tendencia a la superioridad es también la causa de que el individuo se mantenga en su línea de retirada ante el problema social, o de que intente soslayarlo. Encerrado en su contradictorio sí, pero..., aquella tendencia le impone una opinión que tiene mucho más en cuenta el pero, dominando con tal intensidad todo su pensamiento que apenas si se ocupa de otra cosa que no sean los efectos del shock mismo. Y esto, tanto más cuanto que se trata siempre de individuos que, desde su infancia, han crecido sin verdadero sentimiento de comunidad y que casi no se han ocupado más que de su persona, de su propio placer o de su propio dolor.


Generalizando un poco, se pueden distinguir entre tales individuos tres tipos cuyo estilo de vida inarmónico llegó a desarrollar con particular intensidad un determinado aspecto de su vida anímica. Uno de esos tipos está formado por personas en las que la esfera del pensamiento domina por completo todas las demás formas de expresión. Pertenecen al segundo tipo los hombres con un enorme exceso de vida emocional e impulsiva. El tercer tipo se desenvuelve más bien en el sentido de la actividad. Una ausencia total de esos tres aspectos no se encuentra, desde luego, en ningún caso. Todo fracaso irá, pues, asociado francamente a la acción persistente del shock en uno de dichos aspectos de su estilo de vida. Mientras que en el criminal y los candidatos al suicidio sobresale, generalmente, el elemento actividad, parte de las neurosis se distinguen por la acentuación del aspecto emocional, excepto en el caso en que se produce -como sucede generalmente en la neurosis compulsiva y en las psicosis- una especial acentuación del elemento intelectual (Adler, Die Zwangneurose, Zeitschrift für Individualpsychologie,, 1931, Hirzel, Leipzig). El ebrio es siempre, sin duda, de tipo emocional.


Cualquiera que rehuse el cumplimiento de sus obligaciones vitales impone a la comunidad humana una tarea y la hace objeto de una explotación. La falta de colaboración de unos ha de ser compensada por un mayor rendimiento de los demás dentro de la familia o de la sociedad. Aquí tiene lugar una pugna silenciosa e incomprendida contra el ideal de comunidad: una protesta permanente que en vez de fomentar el sentimiento de comunidad, se propone precisamente quebrantarlo. Pero el afán de superioridad es opuesto a toda colaboración. De lo dicho se deduce que quienes fracasan son individuos cuyo desenvolvimiento hacia un normal espíritu de fraternidad se halla detenido y en los cuales se advierten ya ciertas incorrecciones de visión, de audición, idiomáticas y de juicio. Su sentido común está sustituido por una inteligencia individualista que utilizan sagazmente para asegurar y afianzar un camino apartado. He descrito al niño mimado como un parásito exigente que tiende de continuo a vivir a expensas de los demás. Si esta tendencia informa del estilo de vida, fácilmente se comprenderá que, en su mayoría, estas personas se considerarán acreedoras al rendimiento de los demás, trátese de caricias o de bienes, de trabajo material o intelectual. Sin embargo, por muy fuertes que sean sus medios de defensa y sus palabras de protesta contra tales sujetos, la comunidad ha de hacer uso de una caridad natural, fruto más bien de su más íntima tendencia que de su comprensión, puesto que su eterna tarea no es la de castigar o vengar errores, sino la de aclararlos y eliminarlos. Y es que se trata siempre de una protesta contra el imperativo de la convivencia, imperativo insoportable para aquellos que no han formado su sentimiento de comunidad, porque se opone a su inteligencia individualista y amenaza su anhelo de superioridad personal.


Característico del poder del sentimiento de comunidad es el hecho de que todo el mundo considere irregulares y anormales las desviaciones y los errores más o menos graves de conducta, como si cada uno se sintiese obligado a aportar su tributo a dicho sentimiento. Esos mismos autores que, cegados por su pasión científica -y a pesar de los rasgos geniales que a veces acusan -, consideran la voluntad de poder personal artificialmente cultivada, no en su auténtica realidad, sino en sus disfraces, como un nocivo impulso primitivo, como una tendencia hacia el superhombre y como un impulso sádico ancestral, se ven obligados a reconocer y reverenciar el sentimiento de comunidad en su realización ideal. Incluso el criminal que plantea una mala acción necesita buscar una justificación a sus actos antes de atravesar esa barrera que todavía le separa de una vida totalmente asocial. Desde el punto de vista, invariable y eterno, del sentimiento ideal de comunidad, toda desviación aparece como un ardid que apunta al objetivo de superioridad personal. El hecho de haber evitado felizmente un fracaso en el seno de la comunidad conduce en la mayoría de tales personas a un sentimiento de superioridad. Y cuando el temor a un fracaso les hace alejarse constantemente del círculo de colaboradores, la propia abstención de las tareas de la vida es experimentada como un alivio y un privilegio que les distingue de todos los demás.


Incluso cuando sufren, como, por ejemplo, en las neurosis, se enredan por completo en los recursos de su posición privilegiada, en las mallas de sus sufrimientos, sin reconocer que el camino del dolor les sirve única y exclusivamente para zafarse de los problemas de la vida. Cuanto mayor es su dolor, tanto menos combatidos son y se desligan tanto más del verdadero sentido de la vida. Este dolor, que va inseparablemente ligado al alivio y a la liberación de los problemas de la vida, no aparecerá como un autocastigo sino a aquel que no aprendió a considerar las formas de expresión como parte de la totalidad; es más, como una respuesta a las demandas de la sociedad. Y a semejanza del enfermo mismo, considerará el sufrimiento neurótico como un trastorno independiente.


Lo que al lector o al adversario de mis teorías le costará más comprender será mi afirmación de que incluso la sumisión, el alma de esclavo, la falta de independencia, la pereza y los rasgos de masoquismo, señales manifiestas de un sentimiento de inferioridad, acusan un indudable sentimiento de alivio o hasta de privilegio. Como se comprende fácilmente, se trata de una simple protesta contra la solución activa de los problemas de la vida en el sentido de la comunidad y equivale a un ardid para tratar de alejarse de una derrota allí donde resulta requerido el sentimiento de comunidad, del que andan estos individuos muy escasos, como se revela a través de su estilo de vida. En este caso, transfieren mayor trabajo a otros, incluso lo imponen -como en el masoquismo- muchas veces en contra de la voluntad de los demás. En todos los casos de fracasos, se percibe claramente la posición especial que el individuo se ha asignado: una situación aparte que tiene muchas veces que pagar con dolores, quejas, sentimientos de culpabilidad, pero que no abandona, porque a causa de su deficiente preparación para el sentimiento de comunidad, la considera una buena coartada para cuando se le dirija la pregunta: ¿Dónde estabas cuando Dios distribuyó el mundo? (9).


El complejo de superioridad, tal como lo hemos descrito, aparece en general claramente expuesto en las actitudes y las opiniones del individuo convencido de que sus propios dotes y capacidades son superiores al promedio de la humanidad. Asimismo puede delatarse con exageradas exigencias hacia si mismo y hacia los demás. El aire pretencioso, la vanidad en cuanto al porte exterior, por elegante o descuidado que éste sea, pueden llamar la atención y revelar un complejo de superioridad, así como toda una serie de datos de diverso orden, como la extravagancia en el vestir, la adopción de una actitud exageradamente varonil en las mujeres o afeminada en los hombres, el orgullo, el sentimentalismo exagerado, el snobismo, la jactancia, el carácter tiránico, la tendencia a desacreditarlo todo (descrita por mi como particularmente característica), el culto exagerado a los héroes, el afán de relacionarse con personalidades destacadas o de dominar sobre débiles, enfermos o personas de menor importancia, la aspiración exagerada a la originalidad, el recurrir a ideas y corrientes ideológicas en sí valiosas para desvalorizar al prójimo. Las exaltaciones afectivas, como la cólera, la sed de venganza, la tristeza, el entusiasmo, el carcajeo ruidoso recurrente, la mirada huidiza, la falta de atención en una conversación, la desviación del tema de ésta hacia uno mismo, un entusiasmo habitual por cualquier circunstancia incluso fútil, acusan también, en general, un sentimiento de inferioridad que por el camino de la compensación neurótica conduce al complejo de superioridad. La credulidad, la fe en aptitudes telepáticas o semejantes, en intuiciones proféticas, despiertan asimismo la justificada sospecha de un complejo de superioridad.


Quisiera prevenir a todo aquel que se halle realmente entregado al sentimiento de comunidad contra el peligro de poner esta idea al servicio de un complejo de superioridad o de aprovecharla para cubrir de irreflexivos reproches al prójimo. Lo mismo cabría decir acerca del conocimiento del complejo de inferioridad y de la superestructura que lo encubre. Quien trata con ligereza estos complejos despierta la sospecha de padecerlos él mismo, y sólo consigue a la postre una animadversión muy a menudo merecida. No hay que olvidar tampoco, en cuanto a la constatación exacta de tales hechos, la general disposición humana a errar, que es causa de que incluso nobles y valiosos caracteres puedan caer en el complejo de superioridad, aun prescindiendo de que, como Barbusse formuló tan bellamente, tampoco el mejor hombre puede en ocasiones substraerse al sentimiento de desprecio. Por otra parte, estos rasgos minúsculos, y por tanto poco disfrazados, nos motivan a enfocar la luz de la Psicología individual hacia burdos errores respecto de los problemas de la vida, para comprenderlos y explicarlos. Palabras, frases e incluso el conocimiento de los mecanismos psíquicos ya de por sí fijados contribuyen muy poco al conocimiento del individuo. Lo mismo puede decirse de lo típico. Sin embargo, todos esos factores pueden servirnos para esclarecer un determinado campo de visión en el que contamos descubrir lo exclusivamente peculiar de la personalidad. Esto es lo que debemos comentar en nuestro consultorio, atendiendo siempre a determinar en qué grado es necesario complementar el sentimiento de comunidad.


Si en el proceso evolutivo de la humanidad abarcamos una sumaria perspectiva de las ideas que lo rigen, llegando hasta a quintaesenciarlo, acabaremos por descubrir tres directrices formales que en cada caso confieren sucesivamente su valor a toda actividad humana. Tras un millar de siglos quizá idílicos y después del ¡multiplicaos! las tierras productoras se volvieron demasiado escasas, la humanidad inventó, como ideal de redención, al gigante, al hércules o al emperador. Incluso hoy día encontramos en todas las capas de la sociedad fuertes resonancias de los tiempos pretéritos en el culto a los héroes, el amor a la lucha y la guerra que grandes y chicos no paran de ensalzar como el mejor camino de regeneración para la humanidad. Este ímpetu muscular, nacido de la escasez de medios susceptibles de proporcionar el alimento, nos conduce, como inevitable consecuencia, a la esclavitud y al exterminio del más débil. El bruto ama las soluciones simplistas: cuando hay poco alimento, lo acapara para él. Le gustan las cuentas claras y sencillas en provecho propio. Tal concepción ocupa en nuestra era un lugar preferente. Las mujeres quedan así totalmente excluidas de este género de obras inmediatas y no son tomadas en consideración sino en calidad de parturientas, de admiradoras de los hombres y como ayudantes. Pero el coste de la alimentación y del vivir humano ha aumentado y sigue aumentando cada día hasta límites tan inverosímiles que este afán de poderío sin complicaciones resulta ya de por sí un contrasentido.


Queda aún la preocupación por el porvenir y por la prole. El padre atesora para sus retoños. Se preocupa por las generaciones venideras. Si su preocupación alcanza a la quinta generación, cuidará por lo menos de la descendencia de treinta y dos coetáneos, los cuales, a su vez, tendrán idéntica preocupación con respecto a sus propios descendientes.
Las mercancías se pudren. Pueden ser convertidas en oro. Al oro puede dársele un valor mercantil. Con él puede comprarse la fuerza útil de otros a quienes es posible darles órdenes; más aún, inculcarles determinadas concepciones del mundo y del sentido de la vida. Se les puede educar en el respeto a la fuerza y al oro. Se les pueden imponer leyes que les sujeten al servicio del poder y de la propiedad.
Tampoco en esta esfera desarrolla la mujer actividad creadora alguna. Las tradiciones y la educación le cierran el camino. Puede participar manifestando su admiración o su decepción al apartarse. Puede rendir homenaje al poder o, lo que es más común, defenderse de su propia impotencia, esta última eventualidad llevandola muy a menudo a tomar el camino equivocado, ya que la protesta del individuo aislado conduce a estas situaciones.


La mayoría de los hombres y de las mujeres son susceptibles de rendir culto a la fuerza y a la riqueza, las mujeres en actitud de admiración pasiva, y los hombres haciendo gala de ambiciosas actividades. La mujer, sin embargo, está más distante para alcanzar estos ideales de civilización.
Ahora bien: al filisteo de la fuerza y del tener, se une el filisteo del saber en armónico afán de superioridad personal. Pero, saber es también poder. Y frente a las inseguridades de la vida no se ha encontrado hasta ahora, en general, ninguna solución mejor que el afán de poder. Ha llegado el momento de reflexionar acerca de si verdaderamente es éste el único y el más adecuado camino para el afianzamiento de la vida y el desarrollo de la humanidad. De la estructura de la vida femenina podemos extraer también preciosas enseñanzas, ya que hasta el presente la mujer se ha abstenido de participar en el poder de los filisteos del saber.
Y, sin embargo, fácilmente se podrá comprender que, con la única condición de la igualdad en la preparación, la mujer podría participar con éxito en el usufructo de ese filisteísmo. La idea platónica de la superioridad de la energía muscular ya ha perdido ciertamente su importancia en lo incomprendido (que algunos llaman también inconsciente). ¿De otra manera cómo se podría utilizar la tácita o manifiesta rebeldía del mundo femenino (protesta masculina) en sus millares de variantes a favor de la colectividad?


En último análisis, somos unos parásitos que venimos nutriéndonos de las obras inmortales de artistas, genios, pensadores, exploradores e inventores. Ellos son los verdaderos guías de la humanidad, el motor de la historia del mundo. Nosotros somos simples distribuidores. Hasta este momento, la fuerza, la posesión, la fatuidad del saber, han creado una barrera entre el hombre y la mujer. Esto explica la superabundancia de bibliografía en torno al amor y al matrimonio.


Pero las grandes obras que venimos usufructuando han conseguido imponerse siempre por su valor supremo. Su triunfo no es generalmente celebrado con palabras pomposas, mas no por eso deja de servir a todos. No cabe ignorar que también las mujeres han aportado su contribución a esos grandes trabajos y a esas magnas obras. Pero asimismo es cierto que la fuerza, la propiedad y el snobismo cultural han impedido que esta contribución fuese mayor. A lo largo de toda la historia del arte sólo resuena la voz masculina; en las artes la mujer actúa como alumna del hombre, y, por tanto, como personaje secundario. Esto, hasta que un día aparezca una mujer que descubra en las artes el elemento femenino y lo desarrollará, perfeccionándolo. En dos géneros de arte asistimos ya a esta metamorfosis maravillosa: en el teatro y en la danza. En el cultivo de estas artes la mujer puede ser ella misma, y por esto ha alcanzado la cúspide de su plenitud.

CAPÍTULO VIII
TIPOLOGÍA DE LAS DESVIACIONES DE CONDUCTA
Peligros de una tipología. Errores debidos a los tests. Los tipos activo y pasivo de los niños difíciles. La neurosis no es una regresión, sino un acto creador. Motivación agresiva del suicidio y de la melancolía. Factores psicológicos y sociológicos de la criminalidad. Importancia del factor mimo. Rasgos psicológicos de los toxicómanos.


Sólo con extrema prudencia emprendo el estudio de una tipología, ya que con ello el alumno podría fácilmente caer en el error de creer que un tipo es algo sólido, autónomo, cuyo fundamento descansa en algo más que una estructura más o menos homogénea. Si al oír la palabra criminal o neurosis de angustia o esquizofrenia cree que ha comprendido algo acerca del caso individual, entonces no sólo arruinará todas sus posibilidades de una investigación personal, sino que jamás podrá verse ya libre de los malentendidos que surjan entre él y el enfermo en tratamiento. Los mejores conocimientos que obtuve en mis estudios de la vida psíquica los debo sin duda a las precauciones adoptadas en el empleo de tipologías. Su utilización, de la que, ciertamente, será imposible prescindir por completo, nos permite una comprensión de los rasgos generales, hacer un escueto diagnóstico, pero, poca cosa nos podrá decir acerca del caso especial y de su oportuno tratamiento. Lo mejor que uno puede hacer es recordar siempre que las desviaciones de conducta son solamente síntomas que proceden de un complejo de superioridad, derivado a su vez de un especial sentimiento de inferioridad que hay que buscar, y ello en presencia de un factor exógeno que exige más sentimiento de comunidad del que el individuo hizo acopio desde su niñez.


Empecemos por los niños difícilmente educables. Es cierto que sólo se habla de este tipo cuando se ha comprobado, durante largo tiempo, que un niño se sitúa frente a la tarea de la colaboración en actitud distinta de la que corresponde a un copartícipe con igualdad de derechos y deberes. El sentimiento de comunidad es aquí imprescindible, aunque, en recta justicia, es preciso reconocer que un sentimiento de comunidad, que sería suficiente en circunstancias normales, resulta a menudo insuficiente a causa de indebidas exigencias por parte de la familia o de la escuela. Tales casos se producen con relativa frecuencia y en rasgos generales nos son ya conocidos, lo cual podrá servir de orientación en cuanto al valor de la investigación psicológico-individual, facilitándonos la comprensión de casos más difíciles. Un examen por medio de tests experimentales o por la grafología de un individuo, considerado aisladamente de su ambiente, puede ser fuente de fatales errores y no nos autoriza en ningún caso a proponer planes de vida especiales al individuo así aislado, ni a clasificarle bajo ningún concepto. Estos hechos nos demostrarán que para poder juzgar rectamente cada caso está el psicólogo obligado a adquirir un debido conocimiento de todas las condiciones y defectos sociales posibles. Podríamos ir aún más lejos y exigir que nuestro psicólogo posea una idea de sus deberes y de las exigencias de la vida, así como una concepción del mundo tendente al bien de la colectividad.


La clasificación de los niños difíciles propuesta por mí ha resultado útil bajo varios aspectos. Existe, en efecto, un tipo más bien pasivo como los niños perezosos, indolentes, obedientes, pero con absoluta dependencia, tímidos, miedosos, mentirosos y otros análogos, y otro más bien activo como los niños anhelantes de poder, impacientes, excitados y propensos a explosiones afectivas, traviesos, crueles, jactanciosos o bien inclinados a fugas, a robos, sexualmente excitables, etc. En vez de sutilezas expresivas, es preferible intentar determinar en cada caso concreto el grado aproximado de actividad observable. Esto es tanto más importante cuanto que, en caso de conducta desviada en la vida adulta, podemos contar con un grado de actividad descarriada aproximado al de la infancia. El grado normal de actividad (que aquí denominamos ánimo) lo observamos en los niños que poseen un sentimiento de comunidad suficientemente desarrollado. Si nos esforzamos en buscar este grado de actividad en el temperamento, en la rapidez o la lentitud de los progresos, no debe olvidarse que estas formas de expresión son sólo aspectos del total estilo de vida y que aparecen, por tanto, corregidos en caso de una mejoría. No es sorprendente descubrir entre los neuróticos un tanto por ciento mucho más elevado de desviaciones de conducta infantiles de tipo pasivo, y de tipo activo entre los criminales. La afirmación de que una ulterior desviación de conducta pueda producirse sin el antecedente de una difícil educabilidad, lo atribuyo a un error de observación. Desde luego, las circunstancias ambientales excepcionalmente favorables pueden evitar la aparición de una desviación de conducta infantil que, en cambio, se delatará en circunstancias más difíciles. En todo caso, y frente a las pruebas experimentales, nosotros damos preferencia a aquellas que impone la propia vida, puesto que en las primeras suelen descuidarse las circunstancias que concurren en ésta.


Las desviaciones de conducta infantil tributarias de la psicología médica -prescindiendo de las desencadenadas por un trato brutal- se observan casi exclusivamente en niños mimados, que viven en una dependencia absoluta, y pueden ir acompañadas de una menor o mayor actividad. Así, la enuresis, la oposición para aceptar alimentarse, el pavor nocturno, la tos nerviosa, la retención de excrementos, el tartamudeo, etc., se exteriorizan como protesta contra el despertar del espíritu de independencia y de colaboración y a fin de arrancar el apoyo y sostén de las personas circundantes. La masturbación infantil, que persiste largo tiempo después de haber sido descubierta, es característica también de esta falta de sentimiento de comunidad. El tratamiento sintomático con vistas a eliminar tan sólo las anomalías es insuficiente. El éxito no será seguro si el sentimiento de comunidad no es susceptible de ser elevado.


Los vicios infantiles y las dificultades de tipo pasivo presentan un rasgo afín con la neurosis, y es la fuerte acentuación del sí, y la aún más fuerte del ...pero, mas en éste, la retirada ante los problemas de la vida resulta más patente, si el complejo de superioridad no está francamente acentuado. Podemos observar en todo caso que estos individuos permanecen mágicamente aprisionados en la retaguardia de la vida, alejados de la colaboración o buscando atenuantes y excusas para el caso de que el éxito falte. La decepción continua, el temor a nuevos desengaños y derrotas se manifiestan en la conservación de los síntomas de shock, que justifican el alejamiento ante los problemas de la vida. A veces, como muy a menudo suele acontecer en la neurosis compulsiva, el enfermo llega hasta a proferir maldiciones que expresan claramente su disgusto para con los demás. En el delirio de persecución, el sentimiento de hostilidad hacia la vida en el enfermo se delataría aún con mayor claridad si no se hubiera ya manifestado en el alejamiento de los problemas que le plantea. Pensamientos y sentimientos, juicios y concepciones fluyen todos hacia la línea de retirada, de modo que cualquiera podrá advertir perfectamente que la neurosis es un acto creador y no una mera recaída en formas infantiles o atávicas. Este acto creador, debido al estilo de vida y a la ley de movimiento autónomamente originada, tiende siempre a alguna forma de superioridad. Y es también el que, siempre dentro de la órbita del estilo de vida, ofrece las formas más variadas, en el intento de poner obstáculos a la curación, hasta que la convicción y el sentido común lleguen a preponderar en el paciente. Según he descubierto, no es raro que el objetivo se oculte tras la perspectiva, entre triste y consoladora, de las grandes cosas que el paciente hubiera podido realizar si su ejemplar empuje no hubiese sido desvirtuado por algún nimio detalle del que generalmente echa la culpa a los demás. El fuerte sentimiento de inferioridad, la aspiración de superioridad personal y un deficiente sentimiento de comunidad son siempre reconocibles, si se tiene experiencia, en la fase precedente a la desviación de conducta.


La retirada ante los problemas de la vida es completa en el suicidio. En su estructura psíquica cierta actividad está presente, pero ningún valor; es una protesta activa contra la colaboración útil. El golpe que abate al suicida no deja a los demás ilesos. La comunidad que aspira al progreso ininterrumpido siempre se considerará herida por un suicidio. Los factores exógenos que conducen a la extinción de un sentimiento de comunidad harto exiguo son los tres problemas vitales puestos de relieve por nosotros: sociedad, profesión, amor. En todos los casos es la falta de reconocimiento social lo que conduce al suicidio o despierta deseos de morir. La derrota vivida o temida en uno de esos tres problemas se inicia por una fase de depresión o de melancolía. La contribución de la Psicología individual preparó el camino hacia una más honda comprensión de esta psicosis. En mi estudio publicado en 1912 sobre esta última dolencia, pude llegar a la conclusión de que toda melancolía auténtica -así como las amenazas de suicidio y el suicidio mismo- representa un ataque hostil contra otras personas, a causa de una carencia de sentimiento de comunidad del que la padece (véase Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Práctica y teoría de la Psicología individual). Esta contribución de la Psicología individual abrió el camino hacia una mejor comprensión de esta psicosis. De la misma manera que el suicidio, en el que termina con lamentable frecuencia, esta psicosis representa la substitución de la colaboración útil a la comunidad por un acto de desesperación. La pérdida de bienes materiales, de una situación profesional, un desengaño amoroso, humillaciones de cualquier clase, etc., pueden conducir a este acto de desesperación si existe en el sujeto una correspondiente ley de movimiento. Y esto hasta tal punto, que el afectado no retrocede a veces ni ante el sacrificio de familiares o de otros semejantes. Quien posea un mínimo de sensibilidad psicológica advertirá que se trata aquí de personas a quienes la vida defraudó fácilmente por el simple hecho de que esperaban demasiado de ella. Si investigamos su infancia, podremos descubrir que, en consonancia con su estilo de vida infantil, manifestaron siempre un notable grado de emotividad, seguida de una depresión prolongada y de cierta tendencia a perjudicarse a si mismos con la idea de castigar a los demás. La acción del shock, muy superior a lo normal, desencadena también, como lo han demostrado recientes investigaciones, consecuencias somáticas probablemente influidas por los sistemas vegetativo y endocrino. Una investigación más detenida permitirá, sin duda, como en la mayoría de mis casos, demostrar que las minusvalías orgánicas y, más aún, el régimen de mimos durante la infancia, habían conducido al niño a un determinado estilo de vida, llegando a inhibir considerablemente el normal desarrollo del sentimiento de comunidad. Con mucha frecuencia se acusa en ellos una propensión más o menos consciente a recurrir a explosiones de cólera para la superación de todos los problemas, grandes o pequeños, de su medio ambiente, y para hacer valer de un modo exagerado su propia dignidad.


Un joven de diecisiete años, el benjamín de su familia, mimado extraordinariamente por su madre, quedó bajo la tutela de una hermana mayor al verse aquélla obligada a emprender un viaje. Una noche en que la hermana le dejó solo en casa, tras un día en que precisamente había tenido, en la escuela, dificultades, en apariencia insuperables, se suicidó, dejando la carta que sigue: No digas a mamá lo que he hecho. Su dirección actual es la siguiente... Dile cuando vuelva que yo no tenía ya ninguna alegría en la vida, y que ponga cada día flores en mi tumba.
Una enferma anciana, incurable, se suicidó porque un vecino suyo no quiso prescindir de su aparato de radio.
El chófer de un hombre rico supo, al morir éste, que no recibiría la herencia prometida. Desesperado, mató a su mujer y a su hija y puso fin a su propia vida.
Una mujer de cincuenta y seis años que había sido siempre muy mimada, primero cuando niña y luego por su marido, y que desempeñaba en sociedad un papel destacado, sufrió muchísimo por la muerte de aquél. Sus hijos estaban casados, y demostraron poco interés en dedicarle mucho tiempo. Cuando ya se había restablecido, en un accidente se fracturó el cuello del fémur, lo cual volvió a alejarla de la sociedad. No se sabe de qué manera le vino la idea de que un viaje alrededor del mundo le proporcionaría las agradables sensaciones que tanto echaba de menos en casa. Dos amigas se declararon dispuestas a acompañarla en su viaje; pero en las más importantes ciudades del Continente sus amigas solían dejarla sola debido a que casi no podía andar. Esto le produjo una profunda depresión que se convirtió en melancolía, por lo que decidió llamar a uno de sus hijos. En lugar de éste, llegó una enfermera que se la llevó a casa. Yo vi a la enferma después de tres años de achaques, durante los cuales no había experimentado mejoría alguna. Su principal lamento consistía en pensar lo mucho que sus hijos debían sufrir a causa de sus padecimientos. Los hijos la visitaban alternativamente, pero sin manifestar gran interés por ella, sin duda por la fuerza de la costumbre debida a la prolongada enfermedad de su madre. Ésta exteriorizó entonces sus ideas de suicidio, sin cesar de mostrar aquella exagerada preocupación por la supuesta extrema soledad de sus hijos. Es fácil comprender que, en vista de ello, la enferma fue objeto de mayores atenciones, pero que su reconocimiento por el cuidado y la preocupación de sus hijos estaba en contradicción con la verdad y, sobre todo, con aquel grado de cariño que, por ser una persona extremadamente mimada durante toda su vida, debía esperar de ellos. Si nos ponemos en su lugar, comprenderemos con gran facilidad lo difícil que le resultaría llegar a renunciar a ese interés y a ese cuidado adquiridos a tan alto precio: la propia enfermedad.


Otra de las actividades, que no está dirigida contra uno mismo sino contra el prójimo, es la adquirida precozmente por aquellos niños que caen en la errónea opinión de que todos los demás pueden ser considerados como objetos de su pertenencia y exteriorizan esta opinión amenazando con su actitud, el trabajo, la salud y la vida del prójimo. Su comportamiento dependerá del grado de su sentimiento de comunidad. En cada caso concreto habremos de tomar en consideración este aspecto. Es natural que esta opinión acerca del sentido de la vida, exteriorizada en pensamientos, sentimientos y estados afectivos, mediante obras y rasgos de carácter, pero nunca a través de palabras apropiadas, haga difícil la vida real, como lo es en realidad con sus exigencias sociales. La sensación de que la vida les es hostil no falta nunca en estos individuos que exigen y esperan siempre, según ellos de manera justificada, la inmediata satisfacción de sus demandas. Aún más, este estado mental está estrechamente ligado a un sentimiento de frustración, que aguijonea continuamente la envidia, los celos, la avidez y la propensión a dominar a quienes escogen por víctimas. El hecho de que la tendencia hacia el desarrollo útil quede detenida a causa del deficiente sentimiento de comunidad, y de que las exageradas esperanzas, alimentadas por el delirio de superioridad, permanezcan irrealizadas, da lugar a exaltaciones emocionales que muy a menudo son el motivo de agresiones hacia otras personas. El complejo de inferioridad se hace constante tan pronto como el fracaso se deja sentir en la esfera de la comunidad: en la escuela, en la sociedad, en el amor.


La mitad de los sujetos que llegan a cometer un delito son trabajadores sin una profesión determinada, que fracasaron ya en la escuela. Un gran número de los criminales detenidos por la policía sufren de enfermedades venéreas, señal de que resolvieron de manera imperfecta el problema del amor. No buscan sus amigos sino única y exclusivamente entre sus iguales, demostrando así lo reducido de sus sentimientos de amistad. Su complejo de superioridad procede de la convicción de que son superiores a sus víctimas, y de que con cada delito que llevan a cabo les hacen una mala jugada a las leyes y a sus defensores. En efecto, quizá no haya un solo criminal que no se jacte de haber cometido más delitos de los que se le acusa, haciendo abstracción del desde luego considerable número de crimenes que quedan sin esclarecer. El criminal realiza su delito en la seguridad de que no será descubierto si hace las cosas bien. Si es atrapado in fraganti, se hallará completamente convencido de que lo que le perdió fue la omisión de algún nimio detalle. Investigando los orígenes infantiles de propensión a la criminalidad, observaremos, entre los motivos principales del desarrollo de este estilo de vida, una actividad ya precozmente perniciosa, hostiles rasgos de carácter, falta de sentimiento de comunidad, inferioridades orgánicas y despego. Quizá el mimo sea el motivo más frecuente. Tomando en cuenta que el estilo de vida siempre puede ser mejorado, es preciso examinar cada caso concreto a partir del grado de sentimiento de comunidad, y considerar la importancia del factor exógeno. Nadie sucumbe con tanta facilidad al peligro de la tentación como un niño mimado, acostumbrado a obtener siempre todo cuanto desea. La importancia de la tentación debe ser medida con exactitud, ya que en una persona propensa a la criminalidad es tanto más funesta cuanto mayor sea su campo de actividad. También en estos casos está completamente claro que es preciso establecer la relación entre el individuo y sus circunstancias sociales. En numerosos casos el sentimiento de comunidad que el individuo posee sería suficiente para impedirle realizar todo acto criminal, si no se le exigiese a su mencionado sentimiento más de lo que puede rendir. Estas circunstancias explican también por qué la miseria fomenta de modo tan extraordinario el aumento de la delincuencia, como puede comprobarse estadísticamente. Estas circunstancias no son, sin embargo, la causa de la criminalidad, como nos lo demuestra el hecho de que en los Estados Unidos se haya podido constatar, en épocas de prosperidad, un aumento de la delincuencia debido a que las incitaciones a la adquisición rápida y fácil de riquezas eran numerosas. El hecho de que al investigar las causas de la criminalidad en los individuos topemos a menudo con el pésimo ambiente que rodeaba al niño y de que la mayoría de los crímenes se cometan en cada ciudad en determinados distritos, no nos autoriza a sacar la conclusión de que la causa de la criminalidad es la miseria. En cambio, es fácil comprender que sería extraño que en tales condiciones se desarrollase normalmente el sentimiento de comunidad. No debe olvidarse tampoco cuán insuficiente suele ser la preparación del niño para su madurez, si desde muy temprano crece en medio de necesidades y escasez, en una actitud, por así decirlo, de protesta contra la existencia, viendo a diario la buena vida que se dan no pocos de los que le rodean, y sin que nadie intente estimular su sentimiento de comunidad. Una instructiva ilustración de cuanto hasta aquí llevamos dicho nos la proporcionan las investigaciones del doctor Young acerca del desarrollo de la criminalidad en una secta religiosa de inmigrados. En la primera generación, que había llevado una existencia recluida y austera, no hubo criminales. En la segunda generación, cuyos hijos frecuentaban ya las escuelas públicas, siendo, empero, educados en las tradiciones de su secta, en la piedad y en la vida sencilla, hubo ya determinado número de criminales, los cuales aumentaron enormemente en la generación tercera.


El de criminal nato es otro concepto caducado. A estos errores, así como a la idea de delincuencia por sentimiento de culpabilidad, solamente se llega si se prescinde de los resultados de nuestras investigaciones, que ponen cada vez más de relieve el gran papel desempeñado en este aspecto por el grave sentimiento de inferioridad despertado en la infancia, por el sentimiento de comunidad insuficientemente desarrollado y por el complejo de superioridad. En ellos observamos una larga serie de signos de minusvalías orgánicas: el shock moral de la condena produce, en muchos casos, fuertes oscilaciones del metabolismo basal, lo cual es un indicio de probabilidad que nos delata una constitución difícilmente equilibrable; un elevado número de delincuentes han sido mimados, o aspiran a serIo. Pero entre ellos figuran también muchos cuya infancia ha transcurrido en medio del mayor abandono. Un examen objetivo que no pretenda abordar la realidad con frases hechas, con tópicos y rígidas fórmulas, podrá descubrir siempre esos factores que hemos denunciado. El papel de las minusvalías orgánicas se acusa a menudo modo flagrante en los casos de fealdad del delincuente. Por otra parte, la observación de gran número de personas bien parecidas entre los criminales confirma, a su vez, la existencia del factor mimo.


N. era un guapo mozo que, tras seis meses de prisión, fue puesto en libertad condicional. Su delito había sido sustraer una respetable suma de la caja de su jefe. A pesar del inminente riesgo de tener que cumplir la condena anterior de tres años en caso de reincidencia, volvió a apoderarse poco tiempo después de una pequeña cantidad. Me enviaron ese joven antes de que se descubriera su delito. Era el hijo mayor de una familia muy honrada, el favorito, mimado por su madre. Siempre se había mostrado extremadamente ambicioso, queriendo ser en todo el jefe. No trabó amistad más que con gente de nivel inferior al suyo, revelando así su sentimiento de inferioridad. Sus recuerdos más lejanos de la infancia le muestran siempre en un papel pasivo, y nunca desempeñando un activo papel. En donde cometió el mayor de sus robos estaba en contacto con gente extremadamente rica, en momentos en que su padre había quedado sin empleo y no podía atender como de costumbre a las necesidades de la familia. Sus sueños de alto vuelo y otras situaciones soñadas, en las cuales figuraba siempre como un héroe, caracterizan su ambicioso anhelo y, al mismo tiempo, el convencimiento de hallarse predestinado al éxito. Realizó su hurto en cuanto se le presentó ocasión, con el objetivo, más o menos consciente, de mostrarse superior a su padre. Su segundo hurto -el de menos importancia- lo realizó como protesta contra la condena condicional y contra el empleo de subordinado que luego se le había sido asignado. Ya en la cárcel, soñó que le servían los platos que más le agradaban; sin embargo, aun en sus sueños recordaba que esto en la cárcel no es posible. Este sueño revela, aparte de su glotonería, su protesta contra el fallo condenatorio.


En los toxicómanos suele observarse menos actividad. El medio ambiente, la seducción, el contacto con tóxicos como morfina y cocaína, durante las enfermedades o en el ejercicio de la profesión médica, son otras tantas ocasiones de contraer toxicomanías. No olvidemos, sin embargo, que estos factores sólo actúan sobre los predispuestos, en aquellos momentos de su vida en que se encuentran ante algún problema que juzgan insoluble. De la misma manera que en los suicidas, muy raras veces falta en el toxicómano un motivo de ataque velado contra aquellos sobre los cuales pesará desde entonces la obligación de cuidar de él. Tal como hemos intentado demostrar, en el alcoholismo interviene sin duda un factor especial gustativo, mientras que el hecho de no encontrar satisfacción en el alcohol es un factor que facilita extraordinariamente la abstinencia. El comienzo de la toxicomanía pone de relieve muy a menudo un grave sentimiento de inferioridad, cuando no un complejo de superioridad desarrollado y exteriorizado ya antes bajo la forma de timidez, propensión al aislamiento, hipersensibilidad, impaciencia, irritabilidad, síntomas nerviosos como angustia, depresión, impotencia sexual, o en un complejo de superioridad que reviste la tendencia a vanagloriarse, a la crítica maliciosa, al deseo de dominar, etc. También la necesidad de fumar en exceso y el deseo insaciable de tomar café, muchas veces caracterizan un estado de ánimo de indecisión y desaliento. Gracias a un subterfugio, el sentimiento de inferioridad puede quedar en suspenso momentáneamente o, como en los casos de criminalidad, entrar en un estado de actividad exacerbada. Todo fracaso puede ser atribuido, en los casos de embriaguez, al vicio insuperable, tanto si se refiere a las relaciones sociales como a la profesión o al amor. Así el efecto inmediato del tóxico puede proporcionar a la víctima un sentimiento de alivio en sus responsabilidades.


Un hombre de veintiséis años, que había venido al mundo ocho años después que su hermana, fue educado con todo esmero, siendo extraordinariamente mimado y terco. Recuerda haber estado a menudo vestido de muñeco en brazos de su madre y de su hermana. Cuando, a la edad de cuatro años, pasó sólo dos días bajo la tutela mucho más severa de su abuela, a la primera observación un poco represiva de ésta, lió sus pequeños bártulos y se dispuso a volver a su casa. El padre bebía, con gran disgusto de la madre. Además, la influencia de que disponían los padres en la escuela, se hizo sentir desfavorablemente para su educación. Al relajarse un poco el mimo de que su madre le hacía objeto, abandonó la casa paterna, como a los cuatro años había intentado abandonar la de la abuela. Pero una vez lejos de los suyos, tal como suele acontecer con quienes fueron mimados en su infancia, no pudo arraigar en parte alguna. En las reuniones de carácter social, en las tareas profesionales y frente a las muchachas reaccionaba siempre con ansiedad y excitación. Más a su gusto se hallaba en compañía de unos individuos que le enseñaron a beber. Cuando su madre se enteró de ello, y sobre todo de que en estado de embriaguez había llegado incluso a tener conflictos con la policía, fue a verle y le rogó con sentidas palabras que abandonara la bebida. La consecuencia fue que no sólo continuó como antes, buscando alivio en el alcohol, sino que logró aumentar los antiguos mimos e inquietudes maternas.


Un estudiante de veinticuatro años se quejaba de constantes dolores de cabeza. Ya en la escuela acusó graves síntomas nerviosos de agorafobia, por lo cual le fue permitido examinarse del bachillerato en casa. Después del examen se encontró notablemente mejorado. Durante el primer año de carrera universitaria, se enamoró de una muchacha y se casó con ella. Poco después reaparecieron los antiguos dolores de cabeza. Los motivos que solía alegar eran un continuo descontento en relación con su mujer y celos, motivos que se acusaban bien claramente tanto en sus actitudes como en sus sueños, que me contó, pero que nunca llegaron a ser en él conscientes. Tuvo, por ejemplo, un sueño en que su mujer se le apareció vestida de cazadora. De niño había sufrido raquitismo y recordaba que si su nana, molesta por sus incesantes exigencias de niño mimado, deseaba tener paz, solía colocarlo de espaldas, aun a los cuatro años, sin que pudiera incorporarse solo a causa de su obesidad. En la familia era el hijo segundo, y sostenía interminables conflictos con su hermano mayor, ya que quería ser siempre el primero en todo. Circunstancias favorables le proporcionaron más tarde una posición de importancia que habría podido desempeñar por sus condiciones intelectuales si no lo hubieran impedido sus rasgos caracterológicos. En la inevitable excitación que su encumbrado puesto le causaba echó mano de la morfina. Librado de la morfinomanía repetidas veces, volvía siempre a ser dominado por ella, y como consecuencia agravante entraron en juego otra vez sus infundados celos. Cuando corría ya peligro de perder su situación, se suicidó.

CAPÍTULO IX
EL MUNDO FICTICIO DE LA PERSONA MIMADA
La comprensión del individuo a partir de sus movimientos. Criterios de la verdad absoluta. El punto de vista de la posesión y de la utilización en psicología. Distancia entre individualidad y tipo. Misión educativa de la madre. Pesimismo y mimo. Origen secundario de los rasgos de carácter del niño mimado. Los recursos del sujeto mimado. El abismo entre el mundo real y el mundo ficticio. Transformación curativa de la personalidad de la persona mimada.


Las personas mimadas no suelen tener buena reputación. No la han tenido nunca. Ningún padre se siente satisfecho si se le dice: Está usted mimando a su hijo. Toda persona mimada rehúsa el ser considerada como tal. Pero siempre tropezamos con dudas acerca de lo que hemos de llamar en realidad mimo. A pesar de la falta de claras definiciones, todo el mundo considera el mimo, por intuición, como un lastre y un obstáculo para el desarrollo normal.
A pesar de ello, no hay nadie a quien no le guste ser objeto de mimos. Hay personas a las que esto agrada especialmente, y no pocas madres serían incapaces de educar a sus hijos sin mimarlos. Por suerte, hay muchos niños que se defienden eficazmente contra tal educación, y los daños son entonces menores. El problema del mimo es un hueso duro de roer para las acostumbradas fórmulas psicológicas. Estas fórmulas nunca podrán servirnos como directrices para el descubrimiento de los fundamentos de la personalidad o para explicar las actitudes y el carácter. Y es que, en este aspecto, hay que esperar en todos los sentidos millones de variantes y matices. Lo que creemos descubierto ha de ser confirmado y continuamente cotejado con hechos análogos. También hay que tener en cuenta que si un niño resiste al mimo, se excede generalmente en su resistencia y desplaza su autodefensa a posiciones en las cuales aceptar una ayuda amistosa desde fuera sería la única solución razonable.
Si el mimo continúa hasta la edad adulta y no corre parejo, como suele acontecer en estos casos, y tampoco llega a destruir la voluntad independiente, puede en ocasiones llegar a cansar al individuo. Sin embargo, su estilo de vida adquirido desde la tierna infancia ya no podrá cambiar por ello.


La Psicología individual afirma que no hay más camino para comprender a una persona que el de la observación de los movimientos que realiza para resolver los problemas que le plantea su vida. Al efectuar este examen debemos observar con mucho cuidado el cómo y el por qué. Su vida se inicia en posesión de posibilidades de evolución humana, que son, sin duda alguna, muy distintas en cada uno, sin que nos sea posible determinar estas diferencias de otra manera que gracias a los actos realizados. Lo que se ofrece a nuestra contemplación en los comienzos de la vida está ya notablemente influido, desde el primer día del nacimiento, por factores externos. La herencia y el medio ambiente, que son las dos influencias más importantes, llegan a convertirse en una posesión del niño que éste maneja libremente para encontrar su camino evolutivo. Sin embargo, los conceptos de camino y de movimiento presuponen ineludiblemente una noción de orientación y del objetivo perseguido. El alma humana aspira a la superación, a la perfección, a la seguridad y a la superioridad.


El niño que empieza a experimentar las influencias de su cuerpo y del medio ambiente que le rodea, depende en mayor o menor grado de su propia fuerza creadora y de su propia intuición en cuanto a los caminos a seguir. Aquella opinión sobre la vida que es la base de su actitud, y que no podría ser formulada ni expresada por él en conceptos claros, es su propia obra maestra. De este modo llegará a establecer su peculiar ley de movimiento que, mediante cierto hábito, le proporciona el estilo de vida en que le vemos pensar, sentir y actuar durante toda su existencia. Este estilo de vida nace casi siempre de una situación en que el niño cuenta con el apoyo externo.Tal estilo de vida se muestra luego como inapropiado cada vez que en las siempre cambiantes circunstancias de la existencia le es necesario recurrir a una ayuda desinteresada en un medio distinto al familiar.


Aquí se nos plantea el problema de determinar cuál es la actitud que hay que adoptar ante la vida, y qué soluciones habremos de dar a sus grandes problemas. La Psicología individual trata de contribuir en todo lo posible a una solución de estos problemas. Nadie puede atribuirse la posesión de la verdad absoluta. Una solución concreta, para ser universalmente comprobable y justa, debería mostrarse exacta por lo menos en dos determinados puntos. No se puede llamar justo a un sentimiento, a una idea o a un acto si no es sub specie aeternitatis (desde el punto de vista de la eternidad). Tampoco si está en contradicción con los intereses de la comunidad humana. Esto vale tanto para los problemas tradicionales como para los que se plantean por vez primera; vale también lo mismo para los problemas capitales como para los más secundarios. Los tres grandes problemas que cada uno debe resolver y se ve obligado a resolver a su manera, los de la comunidad, del trabajo y del amor, no pueden ser resueltos más o menos adecuadamente sino por personas poseedoras de un vivo espíritu de comunidad. No cabe duda de que ante los problemas que se nos plantean por vez primera y de modo inesperado, la vacilación está plenamente justificada; pero sólo la voluntad de comunidad puede salvaguardamos en tal caso de cometer graves errores.


Si en estas investigaciones tropezamos con tipos más o menos definidos, ello no nos dispensa de tener que buscar en cada caso aislado lo peculiar y privativo. Esto vale también forzosamente para el niño mimado -este lastre, cada día creciente, de la familia, la escuela y la comunidad-. Debemos resolver siempre el caso individual y concreto, tanto si se trata de niños difícilmente educables, como de individuos neuróticos o alienados, suicidas, delincuentes, toxicómanos, pervertidos, etc. Todos ellos padecen de una falta de sentimiento de comunidad que se puede explicar casi siempre por un mimo inicial en la infancia o por un exagerado deseo de verse mimado y de verse librados de las exigencias de la vida. La actitud activa de un sujeto sólo puede ser diagnosticada mediante una justa comprensión de su conducta frente a los problemas de la vida. Lo mismo puede decirse, desde luego, de la falta de actividad. Acerca del caso concreto e individual, no hemos sentado todavía si -a la manera de aquellos psicólogos que no miran sino las propiedades que el sujeto posee (Besitzpsychologen) -remontamos el origen de los síntomas erróneos a las obscuras regiones de una herencia totalmente incierta, o a los influjos del ambiente, que suelen considerarse inadecuados a pesar de que el niño los acepta, los asimila y reacciona ante ellos de un modo arbitrario.


La Psicología individual es una psicología de utilización, no de posesión, e insiste especialmente en la apropiación creadora y la explotación de todos estas influencias. Aquel que considere los problemas siempre diferentes de la vida como algo invariable, sin advertir lo peculiar de cada caso, puede caer con gran facilidad en el error de tomar las causas actuantes, los instintos y los impulsos por demoníacos guías del destino. Quien no reconozca que a cada una de las generaciones que afloran a la vida se le plantean nuevos problemas antes inexistentes y que exigen soluciones distintas, creerá fácilmente en la efectividad de un inconsciente hereditario. La Psicología individual conoce demasiado bien los tanteos, la búsqueda, y la actividad creadora -buena o mala- del espíritu humano en la resolución de sus problemas, como para aceptar esa creencia. La obra del hombre es la que condiciona siempre, de acuerdo con su estilo de vida, la solución individual a sus problemas. La tipología pierde en gran parte su valor si consideramos la pobreza del idioma humano. ¡Cuán distintas son las relaciones que designamos con la palabra amor! ¿Pueden ser iguales dos personas introvertidas? ¿Puede pensarse que la vida de dos gemelos completamente idénticos que, dicho sea de paso, acusan muy a menudo la tendencia y el deseo de serlo por completo, se desarrolle de idéntica manera en las distintas fases de la cambiante luna? Podemos y debemos servirnos de la tipología, de igual modo que de la estadística; sin embargo, no hay que olvidar, por grandes que sean las semejanzas, las diferencias propias de cada individuo, siempre peculiar y único. En nuestras hipótesis podemos valernos de las verosimilitudes para iluminar el campo visual en que confiamos descubrir lo peculiar y único; debemos, sin embargo, renunciar a este auxilio tan pronto como surjan cualesquiera contradicciones.


En la búsqueda de las raíces del sentimiento de comunidad, si damos por supuesta la posibilidad de su desarrollo en el hombre, nos encontramos en seguida con la madre, que representa nuestra primera y más importante guía. La Naturaleza la destinó a este fin. Su relación con el niño es la de una cooperación íntima (comunidad de vida y de trabajo), de la cual ambas partes salen gananciosas, y no, como parecen creerla algunos, una explotación unilateral y sádica de la madre por el niño. El padre, los hermanos, los parientes cercanos y los vecinos están llamados a fomentar esta cooperación, induciendo al niño para que no llegue a ser un enemigo de la sociedad, sino un colaborador igual en derecho. Cuanto mayor sea la impresión que le produce al niño el grado en que pueda confiar en los demás y en la colaboración de éstos, tanto más dispuesto se mostrará a vivir en íntima solidaridad humana y a colaborar espontáneamente. El niño pondrá entonces todo cuanto posea al servicio de la cooperación.


Sin embargo, si la madre se excede visiblemente en su cariño, imbuyendo en el niño la idea de que es superflua su colaboración tanto en su conducta como en su pensar, tanto de obra como de palabra, ese niño mostrará más propensión a desarrollarse en un sentido de parasitismo (explotación), para esperarlo todo del prójimo. Tratará siempre de constituirse en el centro del interés de los demás y deseará poner a todo el mundo a su servicio. Desarrollará tendencias egoístas y considerará como un legítimo derecho oprimir a los que le rodean, verse constantemente mimado por ellos y recibir siempre sin dar nunca nada. Uno o dos años de entrenamiento en tal sentido bastan para poner fin al desarrollo del sentido de comunidad y para anular toda inclinación a colaborar.
Ora en su solicitud de apoyo, ora en su manía de dominar a todo el mundo, las personas mimadas tropiezan bien pronto con la para ellas insuperable resistencia de ese mundo que exige solidaridad y colaboración. Perdidas sus ilusiones, culpan a los demás y no ven en la vida más que el principio hostil y adverso. Sus interrogaciones suelen ser de naturaleza pesimista: ¿Qué sentido puede tener la vida?, ¿Por qué debo amar al prójimo? Si se someten, por fin, a las legítimas exigencias de una idea activa de la comunidad, lo hacen sólo por el temor, en caso de que se opondrían, a repercusiones y a posibles castigos. Colocados ante problemas de la comunidad, del trabajo y del amor, no encuentran el camino del interés social, sufren un shock, padecen las consecuencias de éste, tanto somática como psíquicamente, y se baten en retirada antes o después de haber sufrido la correspondiente derrota. Sin embargo, perseveran siempre en su habitual actitud infantil, suponiendo que son víctimas de una injusticia.


Ahora bien: es fácil comprender que ninguno de esos rasgos del carácter es congénito, sino ante todo, la expresión de unas relaciones subordinadas por entero al estilo de vida del niño. El niño mimado, inducido al amor a sí mismo, desarrollará forzosamente un mayor número de rasgos de egoísmo, de envidia y de celos, aunque en medida muy distinta. Como si viviera de continuo en país enemigo, mostrará susceptibilidad, impaciencia, inconstancia, inclinación a las explosiones afectivas y un modo de ser ávido. La tendencia a recogerse en si mismos y a ser exageradamente precavidos son características muy comunes en tales individuos.


Descubrir a una persona mimada cuando se encuentra en una situación favorable, es tarea difícil. Mucho más fácil es hacerlo en una situación desfavorable en la cual es puesto a prueba el grado de sentimiento de comunidad que posee. Entonces se observa su actividad vacilante y vemos cómo se detiene a considerable distancia del problema que debería resolver. El individuo basa tal alejamiento en pretextos que demuestran que no se trata en absoluto de la precaución propia del hombre prudente. Cambia muy a menudo de amistades y de ambiente, de pareja amorosa y hasta de profesión, sin llegar nunca a alcanzar puerto alguno. A veces, estos individuos se precipitan hacia delante en una empresa con un empuje tal que el sagaz conocedor de hombres comprenderá inmediatamente que tales individuos poseen poca confianza en sí mismos y que su afán decaerá muy pronto. Otros tipos de mimados se convierten en solitarios extravagantes; otros adoptan actitudes raras: les gustaría poder retirarse a un desierto y evitar así toda obligación. O bien resuelven los problemas sólo en parte, limitando considerablemente su radio de acción en correspondencia con su sentimiento de inferioridad. Si disponen de una cierta reserva de actividad, que no merece siquiera el nombre de coraje, pueden desviarse, en el caso de encontrarse en una situación algo difícil, hacia ese sector de lo socialmente inútil y nocivo, llegando a convertirse en criminales, suicidas, bebedores habituales o gente perversa.


No es fácil identificarse con la vida de una persona muy mimada, es decir, comprenderla plenamente. Para ello es preciso dominar este papel como un buen actor y posesionarse del personaje, comprender cómo busca convertirse en el centro de interés, cómo acecha cada situación para tomar posiciones y dominar la que sigue, cómo trata de oprimir a los demás sin mostrar nunca asomo alguno de espíritu de colaboración, cómo lo espera todo, sin dar nada a cambio. Es preciso haber captado cómo tales sujetos tratan de explotar en su favor la colaboración de los demás en la amistad, en la profesión y en el amor, pensando sólo en su propio provecho, sin otro interés que el de su propia gloria, imaginando de continuo qué ayuda podrían obtener para la solución de sus problemas, aunque sea en perjuicio de los demás, para poder comprender que no les guía ni el sentido común ni la razón.


El niño psíquicamente normal ostenta un ánimo, una razón vigente para todos y una activa capacidad de adaptación. El niño mimado no posee ninguna de estas cualidades, o las posee en escasísima medida. Cuenta, en cambio, con su cobardía y sus trucos. El sendero que recorre es tan extremadamente angosto que parece recaer continuamente en los mismos errores. El niño tiránico desempeñará siempre el papel de tirano. Un ladrón no cambia jamás de ocupación. El neurótico angustiado reacciona con miedo ante todos los problemas de la vida. El toxicómano no abandona nunca su droga. El perverso sexual no muestra ninguna tendencia a abandonar su perversión. En el hecho de descartar toda posible actividad en otros sectores y siguiendo el angosto sendero que tiene trazado en su vida, cada vez pone de manifiesto y con creciente claridad su cobardía ante la vida, su falta de confianza en sí mismo, su complejo de inferioridad y su tendencia a la exclusión.


El mundo de ensueño de las personas mimadas, su perspectiva, su opinión y su comprensión de la vida son harto distintas del mundo real. Su adaptación a la evolución de la humanidad está más o menos inhibida, lo que es causa de continuos conflictos con la vida, cuyas consecuencias han de sufrir los que le rodean. En la infancia encontramos este tipo entre los niños hiperactivos y pasivos; en la madurez, entre los delincuentes, suicidas, nerviosos y toxicómanos, siempre distintos entre sí. Casi siempre descontentos, se consumen de envidia al contemplar los éxitos de los demás, sin ser capaces de una reacción enérgica. Son presa continua del miedo a una derrota y de que su falta de valor sea descubierta; les observamos generalmente en retirada ante los problemas de la vida, para lo cual nunca carecen de excusas.
No debe ser ignorado el hecho de que, entre ellos, algunos llegan a alcanzar éxitos en la vida. Son aquellos que pudieron superarse y aprendieron a costa de sus propios defectos.


La curación y la transformación de tales individuos no puede resultar factible más que a través de la vía del espíritu, mediante la creciente comprensión de las faltas que antaño cometieron al construirse un estilo de vida falso. Mucho más importante sería la prevención. La familia, y en particular las madres, deberían comprender su obligación de no extremar su amor al niño, hasta el mimo excesivo. Más deberíamos esperar todavía de un magisterio que hubiera aprendido a descubrir y a corregir esta falta. Entonces se vería más claramente como no lo ha sido hasta ahora, que no hay peor mal que el de mimar a nuestros hijos, y se comprenderían todas las funestas consecuencias de esta manera de obrar.

 

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Notas


(8) JAHN y ADLER, Religion und Individualpsychologie (La Religión y la Psicología del Individuo). edit. Dr. Passer. Viena. 1933
(9) Cita de la poesía de Schiller, Die Schoplung (La Creación).