Alfred Adler: El Sentido de la Vida (primera parte)

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PREÁMBULO
El hombre sabe mucho más de lo que comprende.
ADLER

En mi calidad de consejero médico de enfermedades psíquicas y de psicólogo y educador en el seno de escuelas y familias he tenido en mi vida continuas ocasiones de observar un inmenso material humano. Ello me ha permitido mantenerme fiel a la tarea que me impuse de no afirmar en absoluto nada que no pudiera ilustrar y demostrar por experiencia propia. No es de extrañar, pues, que en ocasiones resulten rebatidas por mí opiniones preconcebidas de otros autores que no han tenido la oportunidad de observar, tan intensamente como yo, la vida humana. No obstante, nunca he dejado de examinar, ni por un instante, con serenidad y con calma, las objeciones de los demás, cosa que puedo hacer con tanta más facilidad cuanto que no me considero atado a ningún precepto riguroso ni a prejuicio alguno. Por el contrario, me atengo al principio de que todo puede ocurrir también de distinta manera. Lo singular del individuo no es posible englobarlo en una breve fórmula, y las reglas generales que establecí en la Psicología individual por mí creada, no aspiran a ser sino simples medios auxiliares susceptibles de proyectar una luz provisional sobre un campo de exploración en el que el individuo concreto puede, o no, ser hallado. Esta valoración de las reglas psicológicas, así como mi acentuada tendencia a adaptarme y a penetrar por empatía (1) en todos los matices de la vida anímica, acentuó cada vez más mi convicción en la libre energía creadora del individuo durante su primera infancia y su correlativa energía posterior en la vida tan pronto como el niño se ha impuesto para toda su vida una invariable ley de movimiento.


Dentro de esta manera de ver, que abre camino libre a la tendencia del niño hacia la perfección, la madurez, la superioridad o la evolución, caben las diversas influencias propias tanto de las aptitudes innatas (comunes a toda la Humanidad o en cierto modo modificadas) como del ambiente y de la educación. Todas estas influencias forman el material de que se sirve el niño para construir, con lúdico arte, su estilo de vida.


Pero estoy asimismo persuadido de que el estilo vital engendrado en la infancia sólo podrá resistir a los embates de la vida a condición de que se halle adecuadamente estructurado sub specie aeternitatis. Y es que se enfrenta a cada paso con quehaceres y problemas totalmente nuevos, que no podrían ser resueltos ni mediante reflejos ensayados (los reflejos condicionados) ni mediante aptitudes psíquicas innatas. Resultaría excesivamente aventurado exponer a un niño a las pruebas del mundo sin más bagaje que el de esos reflejos y esas aptitudes, que nada podrían frente a los problemas constantemente renovados. La más importante tarea quedaría siempre reservada al incesante espíritu creador que, ciertamente, ha de actuar dentro del cauce que le impone el estilo de vida infantil. Por este mismo cauce discurre, también, todo lo que las distintas Escuelas psicológicas han designado con algún nombre: instintos, impulsos, sentimientos, pensamientos, acción, actitud frente al placer y al dolor y, por fin, el amor a sí mismo y el sentimiento de comunidad. El estilo vital recae sobre todas las formas de expresión, el todo sobre las partes. Si algún defecto existe, se manifestará no en la expresión parcial, sino en la ley del movimiento, en el objetivo final del estilo de vida.


Esta noción me ha permitido comprender que toda la aparente causalidad de la vida anímica obedece a la propensión de muchos psicólogos a presentar al vulgo sus dogmas bajo un disfraz mecanicista o fisicista: ora es una bomba de agua la que sirve de término de comparación, ora un imán con sus polos opuestos, ora un animal en grave aprieto que lucha por la satisfacción de sus necesidades más elementales. Con este enfoque poco puede en verdad captarse de las fundamentales diferencias que ofrece la vida anímica del hombre. Desde que incluso la propia Física les ha escamoteado ese concepto de causalidad substituyéndolo por el de una mera probabilidad estadística en el curso de los fenómenos, no hay que tomar en serio los ataques dirigidos contra la Psicología individual por negar la causalidad en la esfera del acontecer anímico. Incluso el profano podrá darse cuenta de que las innumerables equivocaciones pueden ser comprensibles como tales, pero no explicables desde un punto de vista causal.


Ahora bien, al abandonar con plena justicia el terreno de la seguridad absoluta en el que tantos psicólogos se mueven, nos quedará una sola medida para aplicar al hombre: su comportamiento frente a los problemas ineludiblemente humanos.


Tres problemas se le plantean a todo ser humano: la actitud frente al prójimo, la profesión y el amor. Estos tres problemas, íntimamente entrelazados a través del primero, no son ni mucho menos casuales, sino que forman parte del destino inexorable del hombre. Son consecuencia de la correlación del individuo con la sociedad humana, con los factores cósmicos y con el sexo opuesto. De su solución depende el destino y el bienestar de la Humanidad. El hombre forma parte de un todo. Y su valor depende incluso de la solución individual de estas cuestiones, comparables con un problema matemático que necesita ser resuelto. Cuanto más grande es el error, tanto mayores son las complicaciones que acechan a aquel que sigue un estilo de vida equivocado, las cuales sólo faltan aparentemente, mientras la solidez del sentimiento de comunidad del individuo no se pone a prueba. El factor exógeno, la inminencia de una tarea que exige cooperación y solidaridad, es siempre lo que desencadena el síntoma de insuficiencia, la difícil educabilidad, la neurosis y la neuropsicosis, el suicidio, la delincuencia, las toxicomanías y las perversiones sexuales.


Una vez descubierta la incapacidad de convivencia, se nos plantea un nuevo problema, no ya de interés meramente académico, sino de capital importancia para la curación del individuo, a saber: ¿cuándo y cómo quedó interceptado el desarrollo del sentimiento de comunidad? En la búsqueda de antecedentes oportunos tropezaremos con la época de la más tierna infancia y con aquellas situaciones que, según nos dicta la experiencia, pueden perturbar el normal desarrollo. Pero estas situaciones siempre coincidirán con la reacción inadecuada del niño. Al examinar más de cerca estas circunstancias, descubriremos, ora que una intervención justa fue contestada erróneamente, ora que una intervención equivocada fue contestada de la misma manera equivocada, ora -y este caso es mucho menos frecuente- que una intervención equivocada fue contestada bien y normalmente. Descubriremos asimismo que, una vez emprendida, el niño ha mantenido la misma dirección {orientada hacia la superación), sin que contrarias experiencias le hayan desviado de su camino. Educar (en toda la extensión de la palabra) equivale no sólo a ejercer influencias favorables, sino también a examinar cómo se sirve de estas influencias la potencia creadora del niño, para facilitarle un camino de enmienda en el caso de un desenvolvimiento equivocado. Este camino exige en toda circunstancia el incremento del espíritu de colaboración y del interés por los demás.


Una vez haya encontrado el niño su ley de movimiento, en la cual será preciso observar el ritmo, el temperamento, la actividad y, ante todo, el grado de sentimiento de comunidad -fenómenos todos que, a menudo, ya pueden ser reconocidos en el segundo año y en todos los casos en el quinto -entonces todas sus restantes facultades quedarán ligadas, en su naturaleza peculiar, a dicha ley de movimiento. En el presente libro nos proponemos dilucidar principalmente, la apercepción que el hombre tiene de sí mismo y del mundo que le rodea. En otras palabras: nos proponemos dilucidar la opinión que de sí mismo y del mundo se ha formado, por lo pronto, el niño, y la que -siguiendo la misma dirección- se forma el adulto. Mas esta opinión no nos la dará el examinado ni con sus palabras ni con sus pensamientos. Las palabras y los pensamientos están bajo el dominio de la ley de movimiento, que tiende siempre hacia la superación. Y ni aun en el caso de que el individuo se juzgue a sí mismo, deja de aspirar subrepticiamente al encumbramiento. Mayor importancia tiene el hecho de que la forma total de vida -llamada por mí estilo de vida -sea elaborada por el niño en un momento en que todavía no posee un idioma adecuado ni unos conocimientos suficientes. Al seguir creciendo, fiel a este sentido, se desarrolla el niño según la dirección de un movimiento que escapa a la formulación verbal y que, por esta causa, es inatacable por la crítica y se substrae incluso a la crítica de la experiencia.


No se puede hablar aquí de un inconsciente formado mediante la represión, sino antes bien, de algo incomprendido, de algo que ha escapado a nuestra comprensión. Pero todo hombre habla un idioma perfectamente comprensible para el iniciado, con su propio estilo de vida y con su actitud frente a los problemas vitales, que no pueden resolverse sin sentimiento de comunidad.
Por lo que se refiere a la opinión que el individuo tiene de sí mismo y del mundo exterior, el mejor medio de inferirla será partir del sentido que descubre en la vida y del que da a la suya propia. Evidentemente, es aquí donde mejor puede traslucirse una posible disonancia con un sentimiento de comunidad ideal, con la convivencia, con la colaboración y con la solidaridad humanas.


Ahora podemos comprender ya la importancia de aprender algo acerca del sentido de la vida y acerca de lo que los individuos interpretan por tal. Si existe un conocimiento, siquiera parcialmente aceptable, del sentido que nuestra vida pueda tener, fuera de nuestras experiencias empíricas, claro es que quedará refutada la posición de aquellos que están en manifiesta contradicción con él.
Como se ve, el autor no aspira más que a un resultado parcial e inicial, confirmado de sobras por su propia experiencia. Se entrega a esta tarea con tanto mayor gusto cuanto que le seduce la esperanza de que un conocimiento relativamente claro del sentido de la vida no sólo servirá de programa científico para ulteriores investigaciones, sino que también contribuirá a que aumente considerablemente el número de aquellos que, al familiarizarse con dicho sentido, se lleguen a identificar con él.

CAPÍTULO I

NUESTRA OPINIÓN ACERCA DE NOSOTROS MISMOS Y DEL MUNDO
Acuerdo entre la opinión y la conducta. El error de la generalización prematura. El plan de vida que antecede a la aparición del lenguaje. Analogía entre conducta animal y neurótica. Desconocimiento del propio estilo de vida. Psicologías de la posesión y del uso. Valor limitado de las reglas. La opinión del niño mimado y la del niño poco amado. Graves consecuencias de la opinión errónea. Resistencia de la opinión neurótica a los shocks anímicos.

No cabe, a mi entender, la menor duda de que toda persona se conduce en la vida como si poseyera una opinión determinada sobre sus propias energías y facultades, como si, al emprender una acción cualquiera, tuviese una idea clara de las facilidades o dificultades que dicha acción podrá ofrecerle. En una palabra que su conducta nace de su opinión. Esto no debe sorprendernos, puesto que a través de nuestros sentidos no logramos captar los hechos del mundo circundante, sino una representación muy subjetiva, un lejano reflejo. Omnia ad opinionem suspensa sunt. Esta frase de Séneca debiera tenerse presente en toda investigación psicológica. Nuestra opinión sobre los hechos importantes y trascendentales de la existencia depende de nuestro estilo de vida. Sólo al chocar directamente con hechos susceptibles de contradecir la opinión que de ellos nos habíamos formado, nos mostramos dispuestos a corregir, siquiera sea parcialmente, nuestro parecer. Nos dejamos influir en estos casos por la ley de la causalidad, sin modificar notablemente la opinión general que nos hemos formado respecto de la vida. De hecho, la reacción experimentada por nosotros frente a una serpiente que nos saliese al paso sería en absoluto idéntica tanto si se tratase de una serpiente venenosa como si sólo la creyésemos tal.


El niño mimado, al dejarle su madre solo en casa, se comporta en su angustia del mismo modo tanto si se halla frente a ladrones verdaderos como si sólo teme encontrarse con ellos. En todo caso, perseverará en su opinión fundamental de que no puede prescindir de la presencia de la madre, aun cuando los hechos demuestren lo infundado de su miedo. Una persona que, padeciendo agorafobia, evita salir a la calle, porque tiene el sentimiento y la opinión de que el suelo tiembla bajo sus pies, no se conduciría de otra manera, teniendo buena salud, si el suelo temblara realmente a su paso. El atracador a quien repugna el trabajo útil porque, no preparado para la colaboración social, considera erróneamente más fácil el robo, demostraría la misma repugnancia por el trabajo si éste fuese realmente más fácil que el crimen. El suicida parece convencido de que la muerte es preferible a la vida que ya no le brinda, a su modo de ver, ninguna esperanza; de manera semejante actuaría si la vida estuviera verdaderamente desprovista de toda esperanza. El toxicómano halla en el tóxico un alivio que él estima en más que la honrosa solución de sus problemas vitales. No observaría otra conducta si ello fuese realmente así. Al homosexual no le atraen las mujeres, a las cuales teme, mientras que le seduce el hombre, cuya conquista se le antoja un triunfo. Todos parten de una opinión que, si fuera exacta, haría aparecer su conducta como la verdaderamente adecuada a las circunstancias.

Examinemos el caso siguiente. Un abogado de treinta y seis años perdió todo gusto por su profesión. No alcanzaba éxito alguno, y atribuía su fracaso al hecho de producir mal efecto a los pocos clientes que le visitaban. Siempre le había costado mucho abrir su alma a los demás y se mostraba habitualmente tímido, particularmente ante las muchachas. Su matrimonio, que llegó a contraer tras largas vacilaciones y casi a su pesar, terminó, transcurrido un año, con el divorcio. Ahora vive retraído por completo del mundo, junto a sus padres, que deben atenderle en casi todas sus necesidades.
Es hijo único y había sido mimado de un modo increíble por su madre, que constantemente se ocupaba de él. Esta señora consiguió persuadir a su padre, y al mismo hijo en su infancia, de que éste llegaría a ser algún día un hombre sobresaliente. El niño fue creciendo con esta esperanza, que pareció confirmada, al principio, por sus brillantes éxitos escolares. La masturbación se inició en él muy precozmente, como suele acontecer en los niños mimados incapaces de renunciar a ningún deseo. El vicio llegó a apoderarse tanto de él, que le convirtió muy pronto en blanco de las burlas de sus condiscípulas y amigas. Esto fue causa de que se apartara por completo de ellas, entregándose en su aislamiento a triunfales fantasías sobre el amor y sobre el matrimonio. La única persona por la cual sentía atracción era su madre, a quien llegó a dominar completamente, y a la que incluso hizo objeto, durante mucho tiempo, de sus fantasías sexuales.


En este caso se confirma con bastante elocuencia que el pretendido complejo de Edipo no es un fenómeno básico, sino más bien un pésimo producto artificial del excesivo mimo de la madre y que se pone más de manifiesto cuando el niño o muchacho se siente, en su extraordinaria vanidad, burlado por las chicas y carece de suficiente sociabilidad para buscarse otras relaciones. Poco antes del término de sus estudios y ante la necesidad casi apremiante de tener que ganarse la vida, enfermó nuestro joven de melancolía, es decir, se batió una vez más en retirada. Había sido siempre un niño miedoso, como lo son todos los niños mimados; rehuía el trato con personas extrañas y, más tarde, incluso con sus propios compañeros de uno y otro sexo. Ahora rehuía también su profesión, actitud que, en forma un tanto moderada, ha persistido hasta la actualidad.


Me limitaré a estos datos principales, pasando por alto los numerosos acordes de acompañamiento: los motivos, los pretextos y las excusas, y todos los demás sintomas morbosos con que trataba de asegurar su retirada. Una cosa es patente: que tal individuo nunca había cambiado su estilo de vida. En todo quería ser el primero y siempre se batía en retirada, en cuanto se le antojaba dudoso el éxito. Para sintetizarla en una sola frase, podríamos formular como sigue su opinión sobre la vida (tal como la adivinamos nosotros, pues él no hubiera llegado nunca a tener conciencia de ella): Puesto que el mundo se opone a mi triunfo, me retiro. Es innegable que como persona que ve su propia perfección en el triunfo sobre los demás, ha obrado correcta e inteligentemente. En la ley de vida que se había impuesto a sí mismo, no encontramos lo que se llama razón o sentido común, y sí, en cambio, lo que nosotros denominamos inteligencia privada. Una persona a la que la vida hubiera realmente negado todo valor, difícilmente podría actuar de otra manera.


Muy parecido, aunque con otra forma de expresión y una tendencia menos pronunciada hacia el aislamiento, es el caso siguiente: Un individuo de unos veintiséis años había crecido junto a dos hermanos por quienes la madre parecía mostrar más preferencia. Nuestro hombre seguía con celosa atención los notables éxitos de su hermano mayor, no tardando en adoptar una actitud crítica frente a la madre y en buscar un apoyo en el padre. (Tal orientación representa siempre una segunda fase en la vida de un niño). Su aversión a la madre se hizo pronto extensiva a todo el sexo femenino, y ello debido a las insoportables costumbres de la abuela y de la nana. Su ambición de dominar sobre otros hombres y de no ser dominado por ninguna mujer, creció de un modo extraordinario. Trató, por todos los medios, de atajar la superioridad de su hermano. Como éste le excedía en fuerza física, en la gimnasia y en la caza, llegó a detestar los ejercicios corporales, que excluyó por completo de la esfera de sus actividades, exactamente de la misma manera como había empezado por excluir a las mujeres. No le atraían sino aquellas actividades que le proporcionaban una sensación de triunfo. Durante cierto tiempo amó y admiró a una muchacha, pero sólo a distancia, lo que sin duda no fue del agrado de ésta, que acabó por otorgar sus favores a otro pretendiente. El hecho de que su hermano mayor viviera dichoso en su matrimonio, le llenó de temor de no llegar a ser nunca tan feliz y de desempeñar un papel inferior a los ojos del mundo, análogamente a lo que le había ocurrido con su madre durante la infancia. Un solo ejemplo bastará para demostrar cuánto ansiaba disputar a su hermano el primer puesto. Cierto día su hermano trajo a casa, al regreso de una cacería, una valiosa piel de zorro de la que mostróse muy ufano; pues bien, nuestro amigo cortó a escondidas la blanca punta de la cola para malograr así el triunfo del otro. Sus impulsos sexuales se encaminaron forzosamente en el único sentido que aún le era viable después de excluir de su vida a las mujeres; su actividad relativamente intensa dentro de un reducido marco de posibilidades le llevó inevitablemente al homosexualismo. No era difícil descifrar su opinión del sentido de la vida: Para mí, vivir quiere decir que, en todo cuanto emprenda, he de ser el primero. Para lograr esta pretendida superioridad iba excluyendo de su vida todas aquellas actividades cuya realización triunfal no le parecía de antemano segura. El descubrimiento de que, en sus relaciones homosexuales, también el otro se atribuía la victoria fundándola en su mágico poder de atracción, fue el primer amargo descubrimiento que efectuó en el curso de nuestras conversaciones.


También en este caso se puede afirmar que la inteligencia privada ha funcionado de modo impecable y que la mayoría de los seres humanos seguiría parecidos rumbos si, en general, las mujeres rechazaran realmente a los hombres. La gran inclinación a generalizar constituye, de hecho, un error básico, extraordinariamente frecuente en la estructuración del estilo de vida.


El plan de vida y la opinión se complementan mutuamente. Uno y otro arraigan en un período de la vida en que, si bien el niño es aún incapaz de formular en palabras y conceptos claros las conclusiones que extrae de sus vivencias, no lo es para empezar a desarrollar formas más generales de conducta partiendo de conclusiones informuladas, de vivencias a menudo triviales o de inexpresadas experiencias intensamente emocionales. Estas conclusiones generales y sus correspondientes tendencias, aunque formadas en un período en que el niño carece de palabras y conceptos, no dejan de ejercer una activa influencia sobre los ulteriores periodos de la vida, cuando el sentido común interviene ya más o menos correctivamente a fin de evitar que el adulto se apoye demasiado en reglas, frases y principios. Como más adelante veremos, la emancipación de estos exagerados intentos de apoyo y de afianzamiento -expresiones de una intensa sensación de inseguridad e insuficiencia- se debe al sentido común, secundado por el sentimiento de comunidad (Gemeinschaftsgefühl). La observación siguiente (que puede hacerse con frecuencia) nos demostrará que incluso en los animales podemos encontrar el mismo desenvolvimiento defectuoso. Un perro joven fue enseñado a seguir a su amo por la calle. Estaba ya bastante adiestrado en este cometido cuando un día se abalanzó contra un automóvil en marcha y fue arrojado a un lado sin sufrir daño alguno. Esto constituyó seguramente una experiencia excepcional, frente a la cual el perro no disponía de ninguna respuesta instintiva. Resulta difícil hablar de un reflejo condicionado para explicar el hecho de que el perro en cuestión continuase haciendo progresos en su adiestramiento, pero evitando a toda costa el lugar en que el accidente se había producido. No tenía miedo a la calle, ni a los vehículos, sino al lugar del accidente, y así llegó a una conclusión general parecida a la que en algunos casos establecen ciertos seres humanos: El responsable del accidente es el lugar y no el propio descuido o inexperiencia. Y, en tal lugar, siempre amenaza algún peligro.


Tanto el perro como las personas que proceden de manera análoga perseveran en su opinión, porque, con esto, consiguen por lo menos una cosa: no volver a sufrir daño ni perjuicio en aquel lugar. Muy a menudo en la neurosis hallamos figuraciones semejantes, mediante las cuales intenta el hombre protegerse contra una posible derrota o contra una disminución de su sentimiento de personalidad, aceptando y explotando un síntoma -físico o psíquico- originado por su excitación emocional ante un problema que, equivocadamente, ha juzgado insoluble. Con esto se justifica para poder batirse en retirada.


Es evidente que lo que en nosotros influye no son los hechos concretos, sino tan sólo nuestra opinión sobre ellos. Nuestra mayor o menor seguridad de que nuestras opiniones corresponden a los hechos reales, radica por completo y más aún en los niños inexpertos o en los adultos asociales- en la propia experiencia, siempre insuficiente, así como en la falta de contradicción entre nuestras opiniones y en el resultado de las acciones que de ellas se derivan. Es fácil comprender que estas opiniones son frecuentemente insuficientes, sea porque el sector de nuestra actividad resulta limitado, sea porque los pequeños errores y contradicciones suelen ser eliminados sin esfuerzo y hasta con el auxilio de nuevas faltas que remedian mejor o peor las anteriores, todo lo cual contribuye a mantener, de un modo permanente, el emprendido plan de vida. Únicamente los fracasos mayores obligan a reflexionar con mayor agudeza. Pero esto sólo da resultados positivos en aquellas personas que, sin objetivos fijos de superioridad, aspiran a resolver los problemas de la vida en fraternal comunidad con los demás hombres.


Así llegamos a la conclusión de que cada individuo tiene su opinión acerca de sí mismo y acerca de las tareas de la vida; de que obedece a un plan de vida y a una determinada ley de movimiento, sin que él mismo se dé cuenta de ello. Esta ley de movimiento se origina en el ámbito limitadísimo de la niñez y se desenvuelve dentro de un margen de elección relativamente amplio mediante la libre disposición -no limitada por ninguna acción matemáticamente formulable- de las energías congénitas y de las impresiones del mundo circundante. La orientación y explotación de los instintos, impulsos e impresiones del mundo circundante y de la educación es la obra de arte del niño, que no ha de ser interpretada desde el punto de vista de una psicología de posesión (Besitzpsychologie), sino de una psicología de uso o de utilización (Gebrauchspsychologie). El hallazgo de tipos, analogías y coincidencias es, por lo general, o un producto de la pobreza del idioma humano -incapaz de expresar fácilmente las diferencias de matiz que siempre existen-, o el resultado de una probabilidad estadística. Su aparición no debe en ningún caso servir de pretexto para establecer reglas que nunca pueden proporcionarnos la comprensión del caso concreto, sino a lo sumo proyectar cierta luz en el campo dentro del cual es preciso encontrar el caso concreto en su individualidad. La comprobación de un sentimiento de inferioridad muy acusado, por ejemplo, no nos dice aún nada acerca de la índole y de las características de un caso concreto, ni mucho menos nos indica la más mínima deficiencia en la educación recibida o en las relaciones sociales. En la conducta del individuo frente al mundo que le rodea, se presentan siempre en forma distinta, como fruto de la conjunción entre la fuerza creadora del niño y la opinión que de ella depende, siempre distinta en el plano individual.


Unos cuantos ejemplos esquemáticos servirán para aclarar lo que llevamos dicho. Un niño que sufra desde su nacimiento molestias gastrointestinales -a causa, por ejemplo, de una minusvalía congética del aparato digestivo- y que, sin embargo, no recibe la alimentación adecuada -lo que quizá no pueda lograrse nunca con una perfección ideal-, fácilmente sentirá un especial interés por la alimentación y por todo cuanto esté relacionado con ella (véase Alfred Adler, Studie über Minderwertigkeit der Organe und ihre seelische Kompensation, Estudio sobre las minusvalías orgánicas y su compensación psíquica). Su opinión acerca de sí mismo y acerca de la vida está, por consiguiente, más íntimamente ligada con el interés por la alimentación, combinado, más tarde, con el interés por el dinero, una vez reconocida la relación entre ambas cosas, lo cual, como es lógico, debe ser estrictamente comprobado en cada caso particular.


Un niño a quien la madre haya evitado todo esfuerzo desde los comienzos de su vida, esto es, un niño mimado, muy raras veces se mostrará dispuesto a poner sus cosas en orden por sí solo. Y esto, con otros síntomas paralelos, nos autoriza a decir que el niño en cuestión vive en la opinión de que todo deben hacerlo los demás. En este caso, como en los demás que seguiremos enumerando, no puede ser emitido un juicio certero sino tras muy amplias comprobaciones. En el niño a quien se facilite desde su tierna infancia, ocasión para imponer su voluntad a sus padres, no será difícil adivinar el propósito de querer dominar siempre en la vida a todos los demás. Mas esta opinión, al tropezar, como suele ocurrir, con experiencias opuestas en el mundo exterior, dará lugar a que el niño acuse una actitud vacilante frente al medio ambiente (véase Alfred Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Teoría y práctica de la Psicología Individual, Bergmann, Munich, 4a. edic.) y a que circunscriba todos sus deseos -a veces incluso sexuales -al recinto de su propia familia, sin llevar a cabo la oportuna corrección en el sentido del sentimiento de comunidad. Un niño que, desde sus primeros años, sea educado en un amplio espíritu de colaboración y en la medida de su capacidad, intentará la solución de todos los problemas de la vida de acuerdo con su opinión acerca de la verdadera vida social -siempre que no se halle en presencia de tareas sobrehumanas (2).


Así podrá ocurrir que una niña cuyo padre sea injusto y descuide a su familia, forme la opinión de que todos los hombres son iguales, sobre todo si se añaden a las vivencias habidas con el padre otras análogas, experimentadas en el trato con un hermano, con parientes, vecinos o, sencillamente, en la lectura de novelas. Otras experiencias de orden contrario apenas tienen ya importancia, si la primera opinión tiene cierto arraigo. Si a un hermano se le destina a estudios superiores o a una carrera importante, este solo hecho podrá conducir a la opinión de que las niñas son incapaces de recibir una cultura superior, o de que son excluidas de participar en ella. Si uno de los niños de una familia se siente postergado o desatendido, esto puede conducirle a una intimidación cada vez mayor, como si quisiera decir con su actitud: Está visto que siempre tendré que ser el último. Pero puede ocurrir, asimismo, que caiga en una enfermiza ambición que le empuje irresistiblemente a superar a los demás y a no permitir que nadie sobresalga. Una madre que mime con exceso a su hijo puede dar lugar a que él se forme la opinión de que para convertirse en personaje principal le bastará sólo con quererlo, sin necesidad de obrar en consecuencia. Si, en cambio, la actitud de la madre frente al niño es de constante censura y de inmotivadas reprimendas, quizá acompañadas de la preferencia por otro hijo, el niño en cuestión mirará más tarde con desconfianza a todas las mujeres, lo cual puede tener innumerables repercusiones. Si un niño es víctima de numerosos accidentes o enfermedades, puede ocurrir que desarrolle, sobre la base de tales vivencias, la opinión de que el mundo está poblado de peligros y que se conduzca de acuerdo con ella. Lo mismo puede suceder, aunque con matices diferentes, si la tradición familiar impone al niño una actitud de desconfianza y de miedo frente al mundo.


Es evidente que estas mil diversas opiniones pueden estar en flagrante contradicción con la realidad y con sus exigencias sociales. La opinión equivocada de una persona acerca de sí misma y de las exigencias de la vida, tropezará más tarde o más temprano con la insoslayable realidad, que exige soluciones que estén en armonía con el sentimiento de comunidad. Los efectos de un choque tal pueden ser comparables a los de un shock nervioso. Mas no por ello quedará desvanecida o corregida la opinión del equivocado reconociendo que su estilo de vida no resiste suficientemente a las exigencias del factor exógeno. La tendencia hacia la superioridad personal sigue imperturbablemente su camino y no le queda al individuo más recurso que limitarse a un área más pequeña, excluir de su existencia el peligro que amenaza con hacer fracasar su estilo de vida y abandonar esa tarea para cuya solución no halla en su ley de movimiento la necesaria preparación. Pero, en cambio, el efecto del shock se manifiesta lo mismo en lo psíquico que en lo corporal. Desvaloriza los últimos restos del sentimiento de comunidad y engendra en la vida todo ese imaginable género de fracasos que derivan de las continuas retiradas a que el shock obliga al individuo -como ocurre siempre en las neurosis-. Si todavía queda en él un asomo de actividad, que en ningún modo significa arrojo, hará que se deslice por senderos antisociales. Con todo, es evidente que la opinión constituye la base de la idea que el hombre se forma del mundo y determina su pensar, su querer, su obra y su sentir.

CAPÍTULO II
MEDIOS Y CAMINOS PSICOLÓGICOS PARA LA EXPLORACIÓN DEL ESTILO DE VIDA
Ojeada sobre la evolución histórica de la psicología. Capacidad psicológica y sentimiento de comunidad. Necesidad de la adivinación. Importancia del Psicoanálisis. Fases de la mitología freudiana. El Psicoanálisis derivado de la concepción del mundo de los niños mimados. El ideal de comunidad humana como meta de la evolución. El punto de vista de los valores en la Psicología individual. El método de la psicología experimental y el de la Psicología individual. Fenómenos más ilustrativos para la Psicología individual.

Para averiguar la opinión individual frente a los problemas de la vida y, mayormente, para descubrir el íntimo sentido que ésta se digne revelarnos, no podemos rechazar a limine ningún medio ni ningún camino. La opinión del individuo sobre el sentido de la vida no es asunto desdeñable, ya que en última instancia determina todo su pensar, sentir y obrar. Ahora bien, el auténtico sentido de la vida se hace patente en la inevitable resistencia contra la que choca el individuo cuando obra equivocadamente. Entre estos dos términos se extiende la tarea de la educación, la formación y la curación.


El conocimiento del carácter individual se remonta a lejanos siglos. Para no mencionar sino unos cuantos datos, recordaremos que en las descripciones históricas y personales de los pueblos de la Antigüedad, en la Biblia, en Homero, en Plutarco, en la totalidad de los poetas griegos y romanos, en los mitos, cuentos, leyendas y tradiciones, observamos una brillante comprensión del conocimiento de la personalidad humana. Hasta en los tiempos modernos fueron, ante todo, los poetas los que con más éxito lograron rastrear el estilo de vida de un ser dado. Lo que aumenta sobremanera nuestra admiración por la obra de éstos es su capacidad de hacer vivir, morir y actuar al hombre como totalidades indivisas en estrecho contacto con los problemas de su círculo vital. Es indudable que ha habido también gente humilde que, con un superior conocimiento del hombre, transmitió su experiencia a la posteridad. Lo que distinguió a esos hombres -así como a los grandes genios en el conocimiento de la humanidad -fue, sin duda alguna, la profunda visión que tuvieron acerca de la correlación de los resortes instintivos en el ser, virtud que solamente pudo desarrollarse en ellos merced a su identificación con la comunidad y su gran interés por la humanidad en general.


Su mayor experiencia, su mejor comprensión, su visión más profunda fueron la recompensa a su hondo sentimiento de comunidad. Esa facultad de describir la incalculable multiplicación de los movimientos de expresión, de hacerlos comprensibles a todos sin necesidad de recurrir al auxilio de medios tangibles, se debe siempre al don de la adivinación, consustancial con ellos. Sólo de esta manera se explica que hayan podido descubrir lo que se oculta detrás y entre las mallas de ese tupido cañamazo que forman los movimientos de expresión: la ley de movimiento que rige al individuo. Son muchos los que denominan a este don especial intuición porque suponen que está reservado tan sólo a los espíritus privilegiados; pero, en realidad, es el más humano de los dones y hacemos uso incesante de él para orientarnos en medio del caos de la vida y ante lo insondable del futuro.


Puesto que cada problema que se nos plantea -por pequeño o grande que sea- es siempre distinto y siempre nuevo, seríamos víctimas de constantes errores si nos viéramos obligados a resolverlo conforme a un esquema tan rígido como son, por ejemplo, los reflejos condicionados. La permanente diversidad de los problemas plantea a los seres humanos exigencias siempre renovadas, poniendo continuamente a prueba su conducta ya de antemano ejercitada. Ni siquiera en el juego de naipes podríamos salir airosos si obráramos por reflejos condicionados. Sólo el acierto en la adivinación nos permite dominar los problemas. Pero esta adivinación es propiedad ante todo del hombre que participa en el juego y que se identifica con el prójimo; del hombre que tiene verdadero interés en la feliz solución de todos los problemas de la humanidad, que mira como cosa propia el futuro de todo acontecer humano, y le atrae por igual tanto si se trata de la historia de la humanidad como de la suerte de un solo individuo.


La Psicología fue un arte inocente hasta que se incorporó a la Filosofía. De ésta y de la Antropología (3) de los filósofos brotaron las raíces del conocimiento científico del hombre. En las diversas tentativas por ordenar todo fenómeno dentro de una amplia ley universal no podía quedar excluido el individuo aislado. La aceptación de la unidad de formas individuales de expresión quedó sentada como verdad inconmovible. La transposición de la naturaleza humana de las leyes que rigen los restantes fenómenos se hizo según puntos de vista distintos, y la insondable y desconocida fuerza orientadora fue buscada : por Kant, Schelling, Hegel, Schopenhauer, Hartmann, Nietzsche y otros bajo la forma de una fuerza impulsora instintiva, llamada ley moral, voluntad, voluntad de poder o inconsciente. Con la aplicación de leyes generales al acontecer humano quedó la introspección entronizada. Los hombres estaban llamados a declarar alguna cosa acerca del acontecer de su conciencia y de todo cuanto la acompaña. Sin embargo, este método no prevaleció por mucho tiempo. No tardó en caer en justificado descrédito, porque no es posible atribuir al hombre el poder de emitir juicios objetivos sobre sí mismo.


Los albores de una época de tecnicismo llevaron el método experimental a su apogeo. Con la ayuda de aparatos y de interrogatorios cuidadosamente preparados se elaboraron pruebas para examinar las funciones sensoriales, la inteligencia, el carácter y la personalidad. Pero con esto se perdía la visión de la personalidad en su conjunto, o sólo podía ser obtenida en parte por adivinación. La ciencia de la herencia, que se desarrolló poco después, desdeñó a su vez todos los resultados obtenidos, complaciéndose en demostrar que todo depende de la posesión de aptitudes y no de su empleo. La doctrina de la influencia de las glándulas de secreción interna apuntaba en la misma dirección, basándose en casos especiales de sentimientos de inferioridad por minusvalías orgánicas y su compensación.


La Psicología alcanzó un verdadero renacimiento con la creación del Psicoanálisis. Éste tiene empero, el inconveniente de haber resucitado, bajo apariencias científicas, antiguos conceptos mitológicos. Así, la libido sexual desempeña el oficio de omnipotente guía del destino humano. Los horrores del Infierno están representados por el inconsciente, y el pecado original por el sentimiento de culpabilidad. El olvido del Cielo fue reparado más tarde mediante la creación del Ideal del yo, inspirado en el concepto descrito por la Psicología individual, de una finalidad ideal de perfección. De todos modos, debemos reconocer que el Psicoanálisis freudiano representó un esfuerzo considerable encaminado a leer entre las líneas de la conciencia, un paso adelante en el descubrimiento del estilo de vida, sin que este lejano objetivo hubiera sido, sin embargo, reconocido con claridad por Freud, quien se perdió en el laberinto de sus metáforas sexualizantes. Además, el Psicoanálisis se inspiraba en exceso en el estudio del mundo de los niños mimados, en el cual había quedado aprisionado, de tal modo, que la contextura anímica se le apareció siempre como un mero reflejo de este tipo, dejando en la penumbra la verdadera estructura psicológica de estos casos, que sólo puede ser comprendida como aspecto parcial de una ley de movimiento evolutivo. Su pasajero éxito debióse a la gran propensión del sinnúmero de personas mimadas a aceptar dócilmente el valor humano universal de las concepciones arbitrarias del Psicoanálisis freudiano, al ver confirmado y fortalecido en ellas su propio estilo de vida. La técnica del Psicoanálisis estaba encaminada a poner de relieve, con paciente energía, la íntima relación de la libido sexual con los movimientos expresivos y los síntomas, y a hacer derivar los actos humanos de un impulso sádico inherente al hombre. Es mérito exclusivo de la Psicología individual el haber puesto en claro que este último fenómeno no es más que el producto artificialmente cultivado del resentimiento de unos niños mimados. Sin embargo, se encuentran en el Psicoanálisis huellas de reconocimiento y de aproximación a nuestro aspecto evolutivo. Esto, no obstante, de una manera errónea y con el consabido pesimismo freudiano, que se refleja en la idea del deseo de muerte como finalidad última de la existencia, y en la espera, no de una adaptación activa, sino de un morir lento basándose en la segunda ley fundamental de Física, siempre problemática.


Nuestra Psicología individual se coloca decididamente en el terreno de la evolución (véase el ya citado Estudio sobre minusvalías orgánicas), y a la luz de ella considera todo anhelo humano como una tendencia hacia la perfección. El impulso vital está ligado de un modo irreductible, tanto física como psíquicamente, a dicha tendencia. Toda forma de expresión psíquica aparece, pues, a nuestro entendimiento, como un movimiento que conduce de una situación de minus a una situación de plus. El cauce, la ley de movimiento que, con la relativa libertad en el empleo de sus facultades innatas, se señala a sí mismo el individuo al comienzo de su vida, son completamente distintos para cada hombre en cuanto a su tempo, ritmo y orientación. En su incesante cotejo con la perfección ideal inasequible, se halla el individuo constantemente poseído e impulsado por un sentimiento de inferioridad. Podemos afirmar que sub specie aeternitatis y desde el punto de vista ficticio de una absoluta perfección no hay ley de movimiento humano que no sea errónea.


Toda época de civilización se forma este ideal dentro del ámbito de sus ideas y sentimientos. Hoy, como siempre, sólo en el pasado podemos descubrir el nivel actual de la humana capacidad de concepción de ideales semejantes, y es justo que admiremos esa capacidad de concepción que supo establecer ideales básicos de convivencia humana para un imprevisible período de tiempo. Es casi imposible que el no matarás o el ama a tu prójimo puedan ya desaparecer del saber y del sentir humanos, como instancias supremas. Éstas y otras normas de conciencia (resultantes de la evolución de la humanidad y tan vinculadas a su naturaleza como el respirar o el andar sobre los pies) pueden ser comprendidas en la idea de una comunidad perfecta entre los hombres que aquí, desde un punto de vista meramente científico, se considera como motor y meta de la evolución. Éstas son las normas que sirven a nuestra Psicología individual de hilo conductor, como punto de apoyo, para estimar justos o erróneos los restantes objetivos y formas de conducta opuestos a la evolución. En este punto, la Psicología individual se transforma en una Psicología estimativa, como la ciencia médica, propulsora de la evolución, que en sus investigaciones y comprobaciones es ciencia estimativa, en virtud de sus continuos juicios de valor.


El sentimiento de inferioridad, la tendencia hacia la superación y el sentimiento de comunidad son los pilares básicos de la investigación psicológico-individual. Estos pilares son imprescindibles tanto para el estudio de un individuo aislado como para el estudio de una masa. Es posible que al interpretarlos nos equivoquemos o caigamos en bizantinismos, pero es imposible ignorarlos. El examen de una personalidad no será correcto si no son tomados estos hechos en consideración, si no se obtiene una clara visión de cuanto concierne al sentimiento de inferioridad, a la tendencia hacia la superación y al sentimiento de comunidad.


Pero del mismo modo que anteriores civilizaciones han eliminado bajo el imperativo de la evolución falsas representaciones y caminos erróneos, así debe también el individuo eliminarlos. La construcción intelectual y, al propio tiempo, emocional de un estilo de vida en el curso de la evolución, es obra de la infancia. La noción de fuerza la adquiere el niño de un modo emocional y sólo aproximado a través de su capacidad de rendimiento en el seno de un ambiente muy poco neutral y que sólo imperfectamente representa la primera escuela de la vida. Basándose en una impresión subjetiva y guiado muy a menudo por ciertos éxitos y fracasos de escasa significación, el niño se traza el camino, el objetivo y la imagen de la posición que desea alcanzar en el futuro. Todos los recursos de la Psicología individual que han de permitir la comprensión de la personalidad respetan la opinión del individuo sobre el objetivo de la superioridad, la intensidad de su sentimiento de inferioridad y el grado de su sentimiento de comunidad. Estudiando más detenidamente la relación entre estos factores se verá que todos ellos representan la naturaleza y el grado de este sentimiento. La prueba se efectúa como en psicología experimental o en el examen funcional de un caso médico. Sólo que aquí es la vida misma la que efectúa la prueba, con lo que se pone de relieve la profunda vinculación del individuo con las grandes cuestiones vitales. Y es que, en efecto, la totalidad del individuo no puede estudiarse aisladamente de su relación con la vida o, mejor dicho, con la sociedad. La posición del hombre frente a la sociedad revela su estilo de vida. De ahí que el examen experimental que no atiende sino a lo sumo a limitados aspectos de la vida, nada puede decirnos acerca del carácter ni de los ulteriores rendimientos en el seno de la comunidad. La misma Psicología de la Forma (Gestaltpsychologie) exige el complemento de la Psicología individual para poder pronunciarse sobre la actitud del individuo en el proceso de la vida.


La técnica empleada por la Psicología individual para investigar el estilo de vida presupone por tanto, en primer término, el conocimiento de los problemas de la vida y de las exigencias que ésta plantea al individuo. Como se verá, su solución presupone un cierto grado de sentimiento de comunidad, de identificación con la totalidad de la vida, de capacidad de colaboración y solidaridad humanas. Si esta capacidad falta, podrá observarse entonces en múltiples variantes un acentuado sentimiento de inferioridad con su cohorte de consecuencias, en general representadas por una actitud vacilante y evasiva. Al conjunto de los fenómenos somáticos o psíquicos que aquí se manifiestan le he dado el nombre de complejo de inferioridad. El incansable afán de superioridad trata de disimular este complejo mediante el complejo de superioridad, que aspira a una superioridad personal aparente, siempre prescindiendo del sentimiento de comunidad.


Una vez aclarados todos los fenómenos que se presentan en casos de fracaso, es preciso buscar en la primera infancia las causas de la falta de preparación. De esta manera se logrará una imagen clara y fiel del estilo unitario de vida del sujeto. Al propio tiempo podremos, en casos de conducta errónea, juzgar sobre el grado de evasión, que demostrará ser siempre el resultado de una falta de capacidad de decisión. La tarea del educador, del maestro, del médico y del sacerdote está aquí rigurosamente indicada: fortalecer el sentimiento de comunidad y levantar así el estado de ánimo, mediante la demostración de las verdaderas causas del error, el descubrimiento de la opinión equivocada y del sentido erróneo que el individuo llegó a dar a la vida, acercándole, en cambio, a aquel otro sentido que la vida misma le señala al hombre.


Esta tarea no puede ser realizada si falta un conocimiento profundo de los problemas de la vida y una comprensión clara de la escasa participación del sentimiento de comunidad en los complejos de inferioridad, de superioridad y en todos los tipos de desviación de la conducta. Asimismo exige esta tarea una experiencia amplísima en relación con aquellas circunstancias y situaciones que, en la infancia, pueden inhibir el desarrollo del sentimiento de comunidad. Los caminos que más viablemente conducen al conocimiento de la personalidad según las experiencias que hasta hoy me ha sido dado recoger son: una amplia comprensión de los primeros recuerdos de la infancia, la posición que en orden a la edad le corresponde al niño entre sus hermanos, los sueños, las fantasías diurnas, eventuales faltas infantiles, y las características del factor exógeno causante del trastorno. Todos los resultados obtenidos de esta investigación, que engloba incluso la actitud del enfermo con respecto al médico, deben ser valorados con el mayor cuidado, procurando a la vez comprobar si entre la ley de movimiento y los restantes datos recogidos se da una constante armonía.

CAPÍTULO III

LOS PROBLEMAS DE LA VIDA

Los tres problemas capitales de la vida humana. Errores de la madre. La terquedad infantil. Los rasgos de carácter como relaciones sociales. El complejo de Edipo, producto del carácter. La capacidad de contacto entre los hermanos. Influjo distinto de las enfermedades sobre la personalidad del niño. Problemas de adaptación escolar y consultorios de Psicología individual. Medidas de precaución en la educación sexual. El hombre ejemplar de la Psicología individual. Condiciones psicológicas para el matrimonio. Sobre la limitación de la prole. Otras pruebas a superar a lo largo de la vida.


Llegamos aquí al punto en que la Psicología individual roza los linderos de la Sociología. Es imposible formar un recto juicio sobre un individuo si se ignora la naturaleza de sus problemas vitales y la tarea que éstos le plantean. Sólo partiendo de la manera como el individuo se enfrente con ellos, de cómo se conduce mientras tanto, comprenderemos claramente su verdadero ser. A este respecto nos es preciso averiguar si colabora o si vacila, si se detiene, si intenta soslayar las dificultades, si busca o imagina pretextos, si resuelve los problemas sólo parcialmente, si los aplaza o si los abandona para alcanzar una apariencia de superioridad personal por sendas nocivas a la comunidad.


He sostenido desde siempre que todas las cuestiones de la vida quedan subordinadas a los tres grandes problemas siguientes: vida social, trabajo y amor. Como se echa fácilmente de ver, no se trata de problemas casuales, sino de problemas que, inexorablemente planteados, nos apremian y asedian sin permitir ningún soslayamiento. Nuestra conducta ante estos tres problemas es la respuesta que les damos según nuestro estilo de vida. Como quiera que los tres se hallan íntimamente entrelazados y que los tres exigen para su debida solución un pertinente grado de ese sentimiento de comunidad, es fácilmente concebible que el estilo de vida de cada persona se halle más o menos reflejado en la actitud que adopta frente a uno cualquiera de los tres grandes problemas mencionados: menos reflejado en el problema del que, en cualquier momento, se halla más alejado o cuya solución le es ofrecida por un mayor cúmulo de circunstancias favorables; más reflejado en el problema que pone más a prueba la condición peculiarísima del individuo. Cuestiones como el arte y la religión, cuya solución sobrepasa la medida corriente, entran dentro de los tres problemas. Éstos surgen de la indisoluble relación del hombre con la sociedad, de su preocupación por subsistir y por la descendencia. Son problemas de nuestra existencia terrenal los que ante nosotros se plantean. El hombre, en tanto que producto de nuestro planeta, desde el punto de vista de su relación cósmica, no ha podido desarrollarse y conservarse sino en contacto íntimo con la comunidad, gracias a la continua asistencia física y espiritual prestada por ésta; a su aplicación, a la división del trabajo y a la debida multiplicación. En el curso de su desarrollo, la tendencia a perfeccionar sus aptitudes corporales y psíquicas ha ido pertrechándole para el desempeño de su misión. Todas las experiencias, tradiciones, mandamientos y leyes representan acertados o erróneos, perennes o fugaces esfuerzos de la humanidad por superar las dificultades de la vida. Nuestra civilización actual revela el grado, por supuesto todavía insuficiente, alcanzado hasta ahora por la senda de esta aspiración. Pasar de una situación de menos a una situación de más caracteriza la conducta tanto del individuo como de la masa y nos autoriza para hablar, tanto en uno como en otro caso, de un incesante sentimiento de inferioridad. En la marcha de la evolución no cabe el descanso. El objetivo de la perfección nos atrae y eleva.


Ahora bien, si esos tres insoslayables problemas se caracterizan por basarse en el común interés social, es indudable que solamente pueden ser resueltos por aquellas personas en cierta medida poseedoras del sentimiento de comunidad. No es difícil afirmar que, hasta el momento actual, todo individuo está en disposición de poder adquirir en la medida necesaria dicho sentimiento. Pero la evolución de la humanidad aún no ha progresado lo bastante para que el sentimiento de comunidad sea consubstancial al hombre y funcione en él automáticamente, como la respiración o la marcha erecta. No cabe duda de que vendrá una época --tal vez muy lejana-- en que este grado llegue a ser alcanzado, a menos que la humanidad naufrague en el curso de esta evolución, eventualidad a favor de la que hoy existe una ligera presunción.


A la solución de estos tres problemas capitales tienden las demás cuestiones, que se trate de la amistad, del compañerismo, del interés por la ciudad, por el país, por la nación o por la humanidad; que se trate de la adquisición de buenos modales, de la aceptación de una función social de los órganos, de la preparación a la cooperación, en el juego, en la escuela y durante el aprendizaje, del respeto y de la consideración hacia el sexo opuesto, de la preparación física e intelectual necesaria para abordar todas estas cuestiones, así como de la elección de una pareja. Esta preparación se efectúa, en forma más o menos acertada o errónea, desde el primer día, desde que el niño nace, a través de la madre, que es la compañera más natural y más adecuada en las vivencias de sociabilidad del niño, vivencias que, en última instancia, derivan de la evolución del amor materno, ya que a partir de la madre (que en su calidad de primer semejante se halla en el umbral del desarrollo del sentimiento de comunidad) surgen los primeros impulsos del niño para buscar el contacto adecuado con el mundo circundante, para irse integrando como parte en la totalidad de la vida.


De dos lados distintos pueden surgir dificultades: por parte de la madre si es tosca, inhábil o sin experiencia, vuelve difícil el contacto del niño con los demás, o si, por despreocupada, toma su papel demasiado a la ligera. O, y éste es el caso más frecuente, surgen dificultades si la madre dispensa a su hijo de la obligación de reciprocidad y de colaboración, abrumándole con caricias y atenciones, actuando, pensando y hablando en su lugar continuamente, impidiendo en él toda posibilidad de desarrollo y acostumbrándole a un mundo imaginario que no es el nuestro y en el que el niño mimado encuentra todo hecho por los demás. Un período relativamente corto es ya suficiente para inducir al niño a considerarse como obligado foco de todos los acontecimientos y a considerar con hostilidad las restantes personas y situaciones. Pero no debemos menospreciar la multiplicidad de los resultados obtenidos cuando entran en juego las libres energías creadoras del niño. Éste asimila las influencias exteriores para utilizarlas conforme a su sentir. En caso de estar mimado por la madre, se negará a ampliar su sentimiento de comunidad respecto a otras personas y procurará substraerse al padre, a los hermanos y a cuantos no se le acerquen con igual ternura que la madre. Ejercitándose en este estilo de vida, en la opinión de que en ésta todo puede conseguirse de modo fácil e inmediato con la mera ayuda de los demás, el niño llegará a ser y a considerarse como más o menos incapaz para la solución de los problemas vitales. Carente del sentimiento de comunidad que dichos problemas requieren, experimentará ante ellos una reacción catastrófica que, en casos leves, dificultará pasajeramente su solución y, en casos graves, la impedirá de un modo permanente.


Un niño mimado no desaprovecha ni una sola ocasión de ocupar la atención de su madre, y este objetivo de supremacía lo alcanzará con la mayor facilidad si opone resistencia al natural cultivo de sus funciones, ya sea bajo la forma de terquedad --una tonalidad afectiva que, a pesar de nuestras aportaciones y aclaraciones, ha sido considerada recientemente, por Carlota Bühler, como una fase evolutiva natural--, ya sea en forma de falta de interés, que en todo caso se habrá de interpretar también como una falta de interés social. Todos los demás intentos artificiosos de explicar los vicios infantiles, verbigracia la retención de los excrementos o la enuresis nocturna, como manifestación de la libido sexual o de los impulsos de sadismo, creyendo seriamente que con ello se pueden descubrir capas más primitivas o más hondas de la vida anímica, convierten los efectos en causas e impiden la comprensión de la totalidad afectiva fundamental de tales niños: su extraordinaria sed de ternura. Estas interpretaciones son también erróneas en cuanto consideran que la función evolutiva de los órganos, ha de ser adquirida en cada caso aislado. El desarrollo de estas funciones es a un tiempo un imperativo y una adquisición de la naturaleza humana tan universales como la marcha erecta y el lenguaje. En el mundo imaginario de los niños mimados, dichas funciones, de la misma manera que la prohibición del incesto, pueden ser desde luego soslayadas como señales manifiestas de la voluntad de ser mimado, con el fin de explotar a otras personas, o con vistas a la venganza y a la acusación en el caso de que falte ese mimo.


Los niños mimados suelen, además, rehusar de mil maneras, todo lo que es susceptible de ocasionar un cambio a una situación que les satisface. Si a pesar de ello sobreviene, se pueden observar en el niño una reacción y una resistencia más o menos activa o pasiva. Progreso o retroceso, su realización depende en gran parte, de su grado de actividad, pero también del factor exógeno, de la situación externa que exige una solución. Un éxito en semejantes circunstancias servirá de pauta para el futuro, y esto es lo que, con evidente falta de visión, ciertos autores llaman regresión. Otros van aun más lejos en sus suposiciones al interpretar el complejo psíquico actual, que debemos considerar como una adquisición evolutiva fija y permanente, como reminiscencias de tiempos arcaicos, llegando, sobre esta vía, a imaginar fantásticas analogías. Generalmente, indúceles a error el hecho de que las formas de expresión de la humanidad --sobre todo si no se tiene en cuenta la gran pobreza del lenguaje-- acusan en todos los tiempos, notables semejanzas. El intento de relacionar todas las formas de movimiento humano con la sexualidad no representa más que una exageración de otra clase de semejanzas.


Ya hemos explicado por qué los niños mimados se sienten amenazados y como en territorio enemigo, cuando se encuentran fuera del círculo en donde se les mima. Los diferentes rasgos de su carácter, ante todo el amor propio, con frecuencia casi inconcebible, y la autocontemplación, deben estar en consonancia con la opinión que se han formado de la vida. De esto se infiere claramente que todos estos rasgos de carácter son productos artificiales, adquiridos y no innatos. No es difícil comprender que tales rasgos, contrariamente a la opinión de los caracterólogos, representan, en último análisis, relaciones sociales, y son producto del estilo de vida que el niño se ha elaborado. De esta manera se desvanece el viejo problema de si el hombre es bueno o malo por naturaleza. El incesante progreso del sentimiento social, en su crecimiento evolutivo, nos autoriza a suponer que la perdurabilidad del género humano está inseparablemente ligada a la noción de bondad. Las aparentes excepciones deben considerarse como desviaciones en el progreso evolutivo y pueden atribuirse a errores semejantes a los que, en el inmenso campo de experimentación de la Naturaleza, han engendrado los inservibles órganos de ciertas especies animales. La caracterología se verá muy pronto obligada a reconocer que caracteres tales como valiente, virtuoso, perezoso, misántropo, constante, etc., deben siempre ajustarse, bien o mal a nuestro mundo exterior, mundo en perpetuo cambio y que de ninguna manera pueden existir sin este mundo exterior.


Existen, además, en la infancia, como hemos demostrado anteriormente, otras desventajas que, al igual que el excesivo mimo, impiden el normal desarrollo del sentido de comunidad. En la consideración de estos impedimentos debemos una vez más rechazar cualquier principio fundamental, director o causal y en su manifestación vemos unicamente un elemento engañoso que puede ser expresado en los términos de una probabilidad estadística. Nunca deberemos pasar por alto la diversidad y la singularidad de cada manifestación individual. Dicha manifestación es la expresión de la fuerza creadora del niño, ejercida casi arbitrariamente en la estructuración de su propia ley dinámica. Entre estos últimos obstáculos figura la negligencia para con el niño y sus deficiencias orgánicas. Ambos factores, al igual que el mimo, hacen que la atención y el interés del niño se desvíen de la vida en común para sólo fijarse en evitar perjuicios personales, a fin de asegurar el propio bienestar. Más adelante demostraremos de manera palpable que este último no puede considerarse asegurado sin un ponderado sentimiento de comunidad. No obstante, es fácil comprender que la vida es adversa para aquellos que no están en contacto y en armonía con ella. Podemos afirmar que estas tres desventajas de la primera infancia, pueden, de mejor o peor manera, ser superadas por la fuerza creadora del niño. Todo éxito o fracaso depende del estilo de vida y de la opinión generalmente desconocida que nos formamos acerca de nuestra existencia. Del mismo modo que hablábamos de la probabilidad estadística que determinan las consecuencias de estas tres desventajas, hemos de admitir que también los problemas de la vida, sean grandes o pequeños, sólo presentan una, aunque importante, probabilidad estadística; es el choque, que ellas determinan, que pone a prueba la actitud que adopta el individuo ante ellas. Cierto es que las posibles consecuencias derivadas del contacto del individuo con los problemas de la vida pueden ser previstas con probabilidades de acierto. Pero admitiremos la exactitud de una suposición sólo cuando esté confirmada por los resultados.


Es ciertamente una señal a favor de su basamento científico el hecho de que la Psicología individual, como ninguna otra escuela psicológica es capaz, pueda vislumbrar el pasado merced a su experiencia y a sus leyes de probabilidad.


Ahora bien, debemos también pasar revista a aquellos problemas de importancia aparentemente secundaria, a fin de establecer si, para su oportuna solución, es exigible o no a su vez un sentimiento de comunidad desarrollado. Aquí tropezamos, ante todo, con la posición del niño frente al padre. Lo normal sería que el interés se repartiese casi por igual entre ambos padres. Factores meramente externos, como son la personalidad del padre, un mimo excesivo por parte de la madre, las enfermedades y las deficiencias orgánicas que en el niño requieren mayores atenciones por parte de la madre, pueden producir entre el hijo y el padre un distanciamiento que limitará la extensión del sentimiento de comunidad. La severa intervención del padre para evitar las consecuencias del excesivo mimo de la madre, no hará sino aumentar aquel distanciamiento. Lo mismo podría decirse de la tendencia de la madre (tendencia que muchas veces ella misma ignora) por poner al niño de su parte. Si es el padre el que lo mima, entonces el niño tiende hacia él, volviendo la espalda a la madre. Esta situación siempre debe ser entendida como una segunda fase en la vida del niño y anuncia que éste ha experimentado ya alguna tragedia en su relación con la madre. Si como niño mimado que es sigue pegado a ésta, entonces se convertirá en una especie de parásito que espera de ella la satisfacción de todas sus necesidades, a veces incluso de las sexuales. Y esto tanto más cuanto que el despertar del instinto sexual encuentra al niño en un estado afectivo en que no es capaz de privarse de la satisfacción de ningún deseo porque la madre se ha encargado siempre de complacerle en todo. Lo que Freud ha llamado el complejo de Edipo, considerándolo como el fundamento natural de la evolución psíquica, no es más que una de las múltiples manifestaciones de la vida de un niño mimado, juguete indefenso de sus deseos exacerbados. A este respecto queremos hacer abstracción del hecho de que este mismo autor, con tenaz fanatismo, base todas las relaciones existentes entre un niño y su madre en un simbolismo, sin más fundamento que el famoso complejo de Edipo. Debemos rechazar de la misma manera la hipótesis, que a muchos autores se les antoja una realidad innegable, de que, por naturaleza, las niñas se acercan más al padre, y los niños, en cambio, a la madre. En los casos en que esto haya ocurrido sin previa intervención del mimo, estamos en presencia de una precoz comprensión del futuro papel sexual, es decir, de una fase que ha de sobrevenir mucho más tarde. El niño se prepara en forma lúdica para el futuro, casi siempre sin que intervenga en ello el instinto sexual, y tal como lo hace en tantos de los juegos que emprende. El impulso sexual precozmente avivado y casi irrefrenable revela sobre todo el egocentrismo del niño, casi siempre mimado, que no sabe renunciar ni al más leve deseo.


Considerada como un problema, la actitud del niño frente a los hermanos, puede asimismo reflejar el grado de su capacidad para entrar en contacto con los demás. Los tres grupos de niños anteriormente señalados verán en cualquiera de los hermanos, por lo general en el menor, una traba y una causa de la limitación de su esfera de influencia. Las consecuencias de esta contrariedad son muy variables, pero en el período plástico de la infancia dejan marcada una huella tan honda que, como un rasgo de carácter, podrá reconocerse a lo largo de toda la vida por la tendencia al desafío, por una insaciable ansia de dominio o, en casos más leves, por una constante propensión a tratar a los demás como niños. Gran parte de la formación del niño depende del éxito o del fracaso de esta competencia. Pero la impresión de haber sido desplazado por un hermano más joven, con su cohorte de consecuencias, no le abandonará jamás, sobre todo tratándose de un niño mimado.


Otro de estos problemas es el representado por la conducta del niño frente a la enfermedad y la actitud que ante ella adopta. El comportamiento de los padres, especialmente en el caso de una enfermedad grave, no pasará inadvertido por el niño. Si en las enfermedades de la primera infancia como el raquitismo, la pulmonía, la tos ferina, el baile de San Vito, la escarlatina, la gripe, etc., el niño experimenta los efectos de la imprudente ansiedad de los padres, no sólo la dolencia puede parecer más grave de lo que es en realidad, sino también originar en aquél una extraordinaria habituación al mimo y un exagerado sentimiento no cooperante del propio valer, junto con una inclinación a sentirse enfermo y a quejarse. Si una vez recobrada la salud cesa el mimo de golpe, entonces el niño puede ser presa de una constante sensación de estar enfermo, quejándose de cansancio, de falta de apetito o de una tos persistente e inmotivada, fenómenos que a menudo son considerados, erróneamente, como consecuencias de la enfermedad. Tales niños poseen una inclinación a cultivar durante toda su vida los recuerdos de sus enfermedades lo cual no es sino una manera de exteriorizar su opinión de que debe tratárseles consideradamente o de que pueden apelar a circunstancias atenuantes. No debe pasarse por alto que, en tales casos, el contacto insuficiente con las circunstancias externas, es un motivo permanente de tensión en la esfera afectiva, de un aumento de las emociones y de los estados afectivos.


Otra buena prueba de la capacidad de cooperación del niño --prescindiendo de si sabe volverse útil en casa, de si se porta bien en el juego y de si acusa rasgos de compañerismo-- es verificada cuando ingresa al parvulario o a la escuela. Allí puede ser claramente observada su aptitud para trabajar con los demás. Su grado de excitabilidad, la forma de cómo se presenta su falta de inclinación hacia la escuela, sus maneras de resistirse y retraerse, su falta de interés y de concentración y otra larga serie de actitudes de hostilidad hacia la escuela, como son las faltas de puntualidad y de asistencia, la tendencia a perturbar el orden de la clase, a perder continuamente el material de enseñanza y a distraerse en casa en lugar de hacer los deberes para el día siguiente, todos estos fenómenos ponen de relieve una preparación insuficiente para la cooperación. No acabaríamos de comprender el proceso psíquico que tiene lugar en dichos casos si no tuviéramos en cuenta que esos niños están abrumados --sépanlo o no-- por un grave sentimiento de inferioridad que, en concordancia con nuestra descripción precedente, se manifiesta como complejo de inferioridad, en forma de timidez o de estados de excitación acompañados de toda clase de síntomas psíquicos y físicos o como un complejo de superioridad basado en la vanidad: espíritu peleonero, mal perdedor en los juegos, falta de compañerismo, etc. La ausencia de valor se observa siempre en todos los casos. Incluso los niños arrogantes se acobardan cuando se trata de efectuar trabajos útiles. Su propensión a la mentira les induce al engaño; y su inclinación a apoderarse de lo ajeno no es más que una morbosa manera de compensar su sentimiento de frustración. La comparación, que nunca falta, con niños más aptos, no puede conducirles a mejorar, sino a una paulatina indiferencia y, a veces, al aborrecimiento de las tareas escolares. Precisamente la escuela actúa sobre el niño como un experimento y desde el primer día pone de relieve el grado de su capacidad de cooperación. Por otra parte, la escuela es justamente el lugar escogido para despertar y exaltar en el niño, gracias a una comprensión inteligente, el sentimiento de comunidad, a fin de que no llegue a abandonarla como un enemigo de la sociedad. Fueron precisamente estas experiencias las que me llevaron a establecer en las escuelas consultorios de Psicología individual que ayudaran al maestro a encontrar el camino acertado en la educación de los niños desaplicados.


Es indudable que el rendimiento de los niños en las tareas escolares depende también en primer término del sentimiento de comunidad, puesto que éste encierra ya en sí el germen de la conformación ulterior de la vida en el seno de la sociedad. La vida escolar incluye cuestiones como la amistad --tan importante para la futura convivencia--, el compañerismo y todos esos imprescindibles rasgos de carácter que implican la solidaridad, la confianza, la tendencia a colaborar, el interés por el Estado, la nación y la humanidad. Todas estas cuestiones requieren les cuidados de una educación calificada. La escuela es el medio más indicado para despertar y fomentar la solidaridad humana. Todo maestro que comprenda bien nuestros puntos de vista sabrá llamar la atención del niño, en amigables charlas, sobre su falta de sentimiento de comunidad y sus causas, así como sobre los medios susceptibles de remediarla, facilitando de este modo su incorporación a la sociedad. En conversaciones generales logrará convencer a los niños de que el futuro de ellos y el de la humanidad dependen del fortalecimiento de nuestro sentimiento de comunidad, y de que los grandes errores de la vida, tales como la guerra, la pena de muerte, los odios entre razas y pueblos, y las neurosis, el suicidio, la delincuencia, la embriaguez, etc., son originados por la insuficiencia de aquel sentimiento y deben ser interpretados como complejos de inferioridad, como intentos a todas luces perniciosos de resolver una situación de manera inadmisible e inoportuna.


También la cuestión sexual, de la que nuestra época empieza ya a preocuparse, puede sumir en confusión a los muchachos y muchachas. Pero no, a aquellos que poseen un espíritu de cooperación; éstos, acostumbrados a considerarse como parte de un todo, no ocultarán nunca para sí mismos tormentos secretos, sino que hablarán de ellos con sus padres o acudirán al consejo del maestro sobre el particular. No actuarán así aquellos otros que ya han descubierto en la propia familia un elemento hostil. Entre ellos figuran en primer lugar los niños mimados, muy fáciles de intimidar y seducir mediante halagos. El proceder de los padres en sus aclaraciones sobre el tema sexual está dictado en cada caso por su convivencia. Al niño deben dársele todas las explicaciones que reclame y se deberá de presentarle este saber de tal forma que le permita soportar y asimilar esta nueva enseñanza. No debemos demorar ninguna aclaración, pero tampoco precipitarla. Es casi inevitable que los niños hablen en la escuela de cosas sexuales. El niño independiente que mira al porvenir, rechazará categóricamente cualquier indecencia y no dará crédito a tonterías. Toda educación que contribuya a inspirar en el niño, miedo ante el amor y el matrimonio constituye, desde luego, un error grave, si bien sólo hará mella en niños dominados por sentimientos de dependencia, en realidad faltos de valor.


La pubertad, otro problema vital, es considerada por muchos autores como un obscuro misterio. Tampoco en este período de la vida encontraremos otra cosa que lo que en el niño estaba ya latente. Si carecía de sentimiento de comunidad, su pubertad transcurrirá en consecuencia. Sólo que se verá más claramente hasta qué punto se halla preparado para la colaboración. El púber dispone de un campo de acción más amplio y de mayores energías. Pero, ante todo, siente el afán de demostrar, de acuerdo con su forma de ser y que le parece seductora, que ya no es un niño; o, lo que es más raro, se da el caso opuesto de querer demostrar que sigue siéndolo. Si el desarrollo de su sentimiento de comunidad quedó inhibido, las características asociales de su errónea trayectoria se manifestarán entonces con mayor nitidez. En su afán de pasar por personas mayores, muchos de ellos imitarán más los defectos que las virtudes de los adultos, porque esto les resulta más fácil que servir a la comunidad. De esta manera pueden llegar a cometer toda clase de delitos, sobre todo los niños mimados, que por estar acostumbrados a la satisfacción inmediata de sus deseos, resisten más difícilmente a cualquier tentación. Tales niños y niñas son fáciles víctimas de los halagos y obedecen mejor a los estímulos de su vanidad. En este período de la pubertad se ven especialmente amenazadas aquellas muchachas que experimentan en su casa un fuerte sentimiento de humillación y que sólo prestando oídos a la lisonja pueden creer en su propio valor.


El niño, hasta entonces en la retaguardia, se acerca poco a poco al frente de la vida, en el cual vislumbra los tres problemas de la existencia humana: sociedad, trabajo y amor. Para llegar a su oportuna solución, los tres exigen un marcado interés por el prójimo. De la preparación en cuanto a este interés depende todo. A este respecto podemos encontrarnos con misantropía, odio a la humanidad, desconfianza, alegría por el daño ajeno, vanidades de toda clase, susceptibilidad, estados de excitación al encontrar a otras personas, miedo, propensión a la mentira y al engaño, difamación, despotismo, mala fe y otros defectos por el estilo. El que ha sido educado para la vida en común sabrá ganarse amigos fácilmente. Asimismo denotará interés por todos los problemas de la humanidad y en este sentido sabrá orientar sus ideas y su comportamiento. No cifrará el éxito en llamar la atención, tanto para acciones buenas como para las malas. En su vida social será impulsado por la buena voluntad, pero sabrá también alzar su voz contra las personas peligrosas para la sociedad. Ni siquiera el hombre bondadoso puede en ocasiones substraerse a sentimientos de desprecio. La corteza terrestre sobre la que vivimos nos obliga a trabajar y a repartirnos el trabajo. El sentimiento de comunidad se exterioriza en este aspecto bajo la forma de cooperación útil a los demás. El hombre sociable reconocerá que todos merecemos una equitativa recompensa por nuestro trabajo y que la explotación de la existencia y del trabajo de otros no puede favorecer en ningún caso el bienestar humano. Y es que, en último término, vivimos en gran parte de la labor de nuestros fecundos ascendientes, que han contribuido al bienestar de nuestra especie. La gran escuela de la comunidad, que se manifiesta también en las religiones y en las grandes corrientes políticas, exige un idóneo reparto del trabajo y del consumo. El que hace zapatos es útil al prójimo y tiene derecho a vivir desahogadamente y a gozar de las ventajas de la higiene y de una buena educación para sus descendientes. El hecho de que por su trabajo reciba dinero equivale a reconocer su utilidad en esta evolucionada era del comercio. De esta manera experimenta su valer en el concierto de la comunidad, que es el único modo de atenuar el general sentimiento de inferioridad propio en los humanos. Quien rinde un trabajo útil vive en el seno de una comunidad progresiva y la fomenta. Este vínculo --no siempre consciente-- es tan fuerte que determina el juicio general sobre la diligencia y la pereza. Nadie verá una virtud en esta última. El derecho al debido sustento de aquellos que se hallan en paro forzoso como consecuencia de una crisis económica o de sobreproducción, está ya hoy día universalmente reconocido y (si no un peligro social) es un producto del auge del sentimiento de comunidad. Todo cuanto nos traiga el porvenir respecto a cambios en la producción y distribución de los bienes tendrá que estar más en correspondencia con los dictados del sentimiento de comunidad de lo que hoy acontece, y ello tanto si la transformación tiene lugar por natural evolución como si se logra por la fuerza.


Donde el sentimiento de comunidad se muestra dotado de poder más directo e indiscutible sobre el sentido del hombre es en el amor, que se acompaña de tan intensas satisfacciones de naturaleza corporal y anímica. Como la amistad y las relaciones con nuestros hermanos o padres, también el amor es una tarea a repartir entre dos personas (esta vez de sexo opuesto), con vistas a la descendencia y a la conservación de la especie. Quizá ningún otro problema humano afecte tan de cerca al bienestar y a la felicidad del individuo en el seno de la comunidad como el problema del amor. Una tarea para dos personas tiene su estructura peculiar y no puede ser resuelta de manera adecuada si se procede al igual que con una tarea para un solo individuo. Parece como si, para cumplir con los fines del amor, cada una de esas dos personas debiera olvidarse por completo de sí misma y entregarse por entero a la otra, constituyendo ambos un solo ser. Idéntica necesidad, sólo que en grado bastante menor, existe en la amistad, en actividades como el baile y el juego o en el trabajo realizado por dos personas con un mismo instrumento y con igual objeto. Esta estructura del amor exige de imperioso modo la exclusión completa de cuestiones de desigualdad, de dudas recíprocas y sentimientos o ideas hostiles. Y, por último, la atracción física es consustancial con el amor y para la evolución del individuo es necesario que esta atracción influya en cierto grado --el que corresponde al oportuno perfeccionamiento de la especie-- en la elección de la pareja.


Así, nuestros sentimientos estéticos están al servicio del desarrollo de la humanidad, haciéndonos vislumbrar -consciente o inconscientemente- un ideal superior en la persona objeto de nuestro amor. Junto con la indiscutible igualdad de derechos en el amor, que hoy día aún desconocen muchas personas de uno u otro sexo, no es posible excluir el sentimiento de la devoción mutua. Este sentimiento está mal comprendido por los hombres y aun más a menudo por las mujeres, que lo consideran como una subordinación de índole esclavizante. Este error les hace retroceder ante el amor o les hace incapaces de realizar la función sexual, sobre todo a aquellas cuyo estilo de vida les llevó a establecer un principio de superioridad egocéntrica. La deficiente aptitud en tres aspectos importantes de la vida, preparación para una tarea a efectuar entre dos, conciencia de igualdad y capacidad de entrega, caracterizan a todas las personas cuyo sentimiento de comunidad no se ha desarrollado. La dificultad que les plantea esta cuestión les induce de continuo a substraerse a los problemas del amor y del matrimonio (que seguramente en su forma monogámica es la mejor adaptación activa a la evolución). La estructura del amor, según acabamos de exponer, requiere además --por ser una tarea y no el punto final de una evolución-- una decisión definitiva, eterna, en beneficio de los hijos y de la educación de éstos para mayor provecho de la humanidad. El hecho de que los errores, las equivocaciones y una carencia del sentimiento de comunidad en el amor puedan influir sobre los hijos, robándoles la felicidad, nos hace entrever una siniestra perspectiva. Hacer del amor algo banal, tal como ocurre en la promiscuidad, en la prostitución, en las perversiones y en la práctica secreta del nudismo integral, quita al verdadero amor toda grandeza, todo brillo y todo encanto estético. La negativa a contraer un enlace duradero siembra dudas y desconfianzas en la pareja, incapacitándola para una absoluta y abnegada entrega. Semejantes dificultades, distintas en cada caso, se podrán comprobar, como signos de un exiguo sentimiento de comunidad, en todos los casos de amor o de matrimonio desdichados o en todos los casos de flaqueza para llevar a cabo funciones esperadas. En tales casos, el único remedio consiste en corregir el estilo de vida.


Para mí no cabe duda alguna de que la conversión del amor en una banalidad, despojándolo del sentimiento de comunidad, por ejemplo, en la promiscuidad, abrió la puerta a la irrupción de las enfermedades venéreas, acarreando así la destrucción de vidas individuales, de familias o de poblaciones enteras. Mas como en la vida no encontramos ninguna regla que sea infalible, también pueden existir motivos que aboguen en pro de una disolución de vínculos dentro o fuera del matrimonio. Sería naturalmente falaz atribuir a cada ser una comprensión tan objetiva de su propio caso, que pudiera juzgarlo adecuadamente. Por tanto, lo más acertado es confiar esta cuestión a expertos psicólogos capaces de enjuiciar rectamente cada caso de acuerdo con las normas del sentimiento de comunidad. También el evitar la concepción es uno de los problemas que más interesan en nuestra época. Desde que la humanidad cumplió el mandato bíblico haciéndose tan numerosa como las arenas del mar, el sentimiento de comunidad de los hombres quedó sensiblemente reducido en cuanto a la severa exigencia de tener una prole ilimitada. También el desarrollo formidable alcanzado por la técnica ha llegado a hacer superfluos los esfuerzos de muchos brazos. La necesidad de colaboradores ha disminuido considerablemente. La situación social no incita a procrear. El notable acrecentamiento de la capacidad amorosa ha hecho que se tenga mucho más en cuenta que antes el bienestar y la salud de la madre. El crecimiento de la civilización derribó los muros que separaban a la mujer de la cultura y de los intereses espirituales. El progreso técnico actual permite, tanto al hombre como a la mujer, dedicar más tiempo a la cultura, al recreo, a las diversiones y a la educación de los hijos. En lo sucesivo se sabrá sacar más provecho del reposo, no sólo para el bien de uno mismo, sino también para el de la familia. Todos estos hechos han contribuido tanto a fomentar la procreación como a asignar al amor un papel casi por completo independiente de ella. Estos logros han permitido un aumento de la felicidad que contribuirá seguramente al bienestar de la especie humana. Una vez conseguida, no será posible detener, mediante leyes y fórmulas, esta evolución, este progreso que, entre otras cosas, determinan una clara diferenciación entre el hombre y los animales. En lo que se refiere al número de embarazos, la decisión recaerá en la mujer después de una seria revisión. En cuanto a la cuestión de la interrupción artificial de un embarazo, los intereses de la madre y del bebe serán salvaguardados si, aparte de la decisión de un médico, un consejero psicológico competente es consultado para refutar las causas futiles invocadas a favor de la interrupción. En contraparte, un aviso favorable será otorgado por motivos plausibles. En estos serios casos, la interrupción será efectuada gratuitamente en un hospital.


Junto con ciertas aptitudes y la atracción física e intelectual, influyen en la justa elección de la pareja, los siguientes puntos, que indicarán en grado suficiente el sentimiento de comunidad: 1º Saber mantener una amistad. 2º Tener interés por su labor profesional. 3º Mostrar, finalmente, más interés por su cónyuge que por sí mismo.


El temor a tener hijos puede obedecer, desde luego, a motivos completamente egoístas que, sea la que fuere su forma de manifestación, se deben, en último análisis, sin excepción, a una escasez del sentimiento de comunidad. Ocurre esto cuando, por ejemplo, una muchacha a quien su madre mimó, no se propone en el matrimonio sino continuar el papel de niña mimada, o si, preocupada por su aspecto exterior, teme y exagera la deformación que implica el embarazo y el parto, o si quiere quedarse sin rivales y también, a veces, si contrae matrimonio sin amor. En numerosos casos, la protesta masculina desempeña un papel funesto en las funciones femeninas y en la repugnancia al embarazo. Tal actitud de protesta de la mujer contra su papel sexual, fenómeno que fuimos los primeros en describir bajo el nombre de protesta masculina, da lugar muy a menudo a perturbaciones de la menstruación y de otras funciones de la esfera sexual, y siempre proviene de la falta de satisfacción en cumplir el papel de su propio sexo, papel que ya la familia consideró como inferior desde el nacimiento de la niña. Este error se encuentra extraordinariamente fomentado por la imperfección de nuestra civilización, que, secreta o abiertamente, intenta asignar a la mujer una categoría inferior. De esta manera, también la primera aparición de la menstruación puede conducir en algunos casos a toda clase de trastornos, que no son sino una defensa psíquica de la muchacha y revelan, al mismo tiempo, una preparación defectuosa a la cooperación. La protesta masculina, que puede manifestarse bajo múltiples formas, debe ser comprendida, pues, como un complejo de superioridad edificado sobre los cimientos de un complejo de inferioridad y que se podría expresar con la fórmula: Tan sólo una niña. Una de sus formas de manifestación es la manía de hacer el papel de hombre en todo, lo cual puede conducir al amor lésbico.


Si en el período en que aparece el amor existe una preparación insuficiente para la profesión y la vida social, pueden manifestarse también otras formas para sustraerse al interés colectivo. La más grave de éstas es sin duda la demencia precoz, en la cual el enfermo se cierra de un modo casi absoluto a las exigencias de la comunidad. Esta enfermedad psíquica está relacionada con minusvalías orgánicas, como Kretschmer pudo demostrar. Sus observaciones completan nuestros propios hallazgos sobre la importancia de una tara orgánica al principio de la vida, sin que el autor haya tomado en cuenta, tal como lo hacemos nosotros, la importancia de esos órganos minusvalentes, en cuanto a la estructura del estilo de vida. También la caída en una neurosis se hace cada vez más frecuente bajo la presión incesante de las condiciones externas que exigen que uno se prepare para la colaboración. Lo mismo podría decirse del suicidio, que no es sino una retirada completa, al mismo tiempo que una condena absoluta de las exigencias de la vida con más o menos mala fe, así como de la embriaguez, considerada como ardid para librarse de un modo antisocial de las demandas de la sociedad; de la morfinomanía o la cocainomanía, que son tentaciones que no pueden resistir sino con grandes dificultades las personas carentes del sentimiento de comunidad y tendentes a reaccionar con la huida ante los problemas de la comunidad. En el caso de que tengamos experiencia en este proceder, podremos demostrar siempre que en tales personas existe una incesante busca de mimo y de alivio de las dificultades de la vida. Lo mismo podría decirse de gran número de delincuentes, en los cuales advertimos claramente desde la tierna infancia, no sólo la falta de sentimiento de comunidad, sino la carencia de valor; a pesar de la dosis de actividad que puedan exhibir. No es de extrañar que también se manifiestan perversiones más a menudo en este período. Quienes las sufren suelen atribuirlas a la herencia, de un modo análogo a lo que hacen muchos autores afamados, los cuales consideran los fenómenos de perversidad infantil como innatos o como adquiridos a consecuencia de alguna vivencia, cuando en realidad -no son sino el resultado de un entrenamiento en dirección equivocada. Al mismo tiempo, estas perversiones son señales manifiestas de un sentimiento de comunidad deficiente, falta que acusan, también en los demás aspectos de la vida, los individuos en cuestión (4).


El grado del sentimiento de comunidad es también puesto a prueba con ocasión del matrimonio, de la profesión, de la pérdida de una persona querida, a consecuencia de lo cual el individuo despotrica contra el mundo entero, a pesar de que apenas se interesó antes en él. Se pone a prueba asimismo, en otras situaciones, al perder la fortuna o en cualquier clase de decepción. En todos estos casos se manifiesta la incapacidad de la persona mimada para conservar en una situación difícil la armonía con la totalidad. También la pérdida de un trabajo lleva a muchos a hacerlo todo menos acercarse más a la comunidad para superar mediante un esfuerzo común y una acción concertada las dificultades sociales. En lugar de ello, se desorientan y actúan contra la comunidad.


Debo recordar aquí otra prueba más: el temor a la vejez y a la muerte. Vejez y muerte no podrán amedrentar a quien cuente con la seguridad de perpetuarse en sus hijos y tenga la conciencia de haber contribuido al desarrollo de la cultura. Sin embargo, es muy frecuente encontrar, como consecuencia directa del temor al aniquilamiento completo, una rápida decadencia física y una gran conmoción psíquica. Lo más frecuente es ver mujeres dominadas por la superstición de los pretendidos peligros del climaterio, particularmente aquellas que han considerado toda su vida que no es la cooperación, sino la juventud y la belleza las que dan su peculiar valía a la mujer. Muy a menudo caen en una hostil actitud de defensa, como si hubieran sufrido una injusticia, pudiendo originarse en ellas un trastorno de la afectividad que llegue hasta la melancolía. No nos cabe duda de que el nivel hasta ahora alcanzado por la civilización no ha llegado a crear aún el ámbito vital necesario a que en la vejez tienen justo derecho los seres humanos. No obstante, cada uno está en su derecho de crearse individualmente y para sí ese ámbito social. Por desgracia, son muchos los que a esa edad muestran ya una limitada disposición para colaborar. Exageran sus propias facultades, quieren saberlo todo mejor que nadie, perduran en un sentimiento de frustración, se hacen molestos y contribuyen así a crear en torno suyo aquel ambiente que precisamente temían.


CAPÍTULO IV
EL PROBLEMA CUERPO-ALMA
La tendencia evolutiva de la Naturaleza. Origen biológico de la psique. La sabiduría del cuerpo. La superación como ley fundamental de la vida. La dinámica sin fin de la personalidad. Influjos recíprocos entre estilo de vida y estado corporal. El dialecto de los órganos como expresión de la ley de movimiento. El factor anímico en las neuralgias funcionales del trigémino.


Hoy ya no puede dudarse de que todo lo que denominamos cuerpo acusa una neta tendencia a convertirse en una totalidad. En este aspecto y en un sentido general, el átomo puede ser comparado con la célula viva. Ambos poseen energías latentes y manifiestas que, de una parte, redondean y delimitan una forma y, de otra, enriquecen el todo con la adición de nuevas partes. La diferencia principal radica seguramente en el activo metabolismo de la célula, frente a la invariabilidad del átomo. Ni siquiera los movimientos de dentro y fuera de la célula y del átomo ofrecen diferencias notables. Tampoco los electrones están nunca en reposo, y una tendencia a la quietud, tal como Freud llega a postularla en la defensa de sus teorías sobre el deseo de morir, no puede comprobarse en ningún terreno de la Naturaleza. Lo que diferencia más claramente el átomo de la cédula viva es el proceso de asimilación y eliminación propio de esta última; proceso que da lugar al crecimiento, a la conservación de la forma, a la multiplicación y a la tendencia hacia una ideal forma final (5).


Si, independientemente de su origen, se hubiera encontrado la célula viva en un medio ambiente ideal que le garantizase sin dificultad alguna la eterna conservación -caso ciertamente inconcebible-, entonces hubiera permanecido siempre idéntica a sí misma. Bajo la presión de unas dificultades que, en el caso más simple, podemos imaginarnos casi como de naturaleza física, lo que llamamos sin entenderlo proceso vital debió verse impelido a buscar algún remedio a la situación. Las mil diferencias existentes en la Naturaleza y, como se ve también en la amiba, tienen como consecuencia que los individuos que se hallan en una situación más favorable pueden alcanzar éxito más fácilmente y obtener una forma y una adaptación más perfectas. En los billones de años transcurridos desde que la vida existe sobre la corteza de la Tierra, ha habido desde luego tiempo suficiente para que, a partir del proceso vital de las células más sencillas, se desarrollara el hombre, y asimismo para que se extinguieran miríadas de seres vivos incapaces de hacer frente a los embates de su medio ambiente.


Según esta concepción, que enlaza ciertas opiniones fundamentales de Darwin con otras de Lamarck, el proceso vital debe ser considerado como una tendencia cuya orientación mantiene, en el curso de la evolución, un eterno objetivo de adaptación a las exigencias del mundo exterior.


Orientada en este sentido de finalidad -que no puede llegar nunca a un completo equilibrio, ya que las energías y las exigencias del mundo circundante jamás pueden ser satisfechas con absoluta perfección por seres creados por él- debe de haberse desarrollado igualmente aquella capacidad que solemos llamar, considerándola desde puntos de vista dispersos, alma, espíritu, psique, razón, incluyendo en estos términos todas las restantes facultades anímicas. Y a pesar de que, al examinar el proceso anímico, nos movemos en un terreno trascendental, nos está permitido afirmar, siguiendo nuestra concepción, que el alma, como parte integrante del proceso vital (por muchas que sean las cosas que englobemos en él), debe acusar forzosamente el mismo carácter fundamental que su matriz, la célula viva, de la cual proviene. Este carácter fundamental lo comprobamos, ante todo, en el continuo intento de resistir victoriosamente a las exigencias del mundo circundante, de superar a la muerte, de aspirar a una forma definitiva ideal y adecuada, y de conseguir, junto con las energías corporales preparadas a este objeto en el curso de la evolución y en virtud de una mutua influencia y ayuda, un fin de superioridad, de perfección y de seguridad. Al igual que el desarrollo corporal, el desarrollo anímico está presidido por la tendencia a alcanzar la superación de todas las dificultades y obstáculos mediante la adecuada solución de los problemas planteados por el mundo circundante.


Toda solución errónea debida a un desarrollo inadecuado, ya sea corporal o psíquico, se traduce por un fracaso que puede llegar a la eliminación y exterminio del individuo perdido. El proceso del fracaso puede trascender del individuo y ejercer consecuencias nocivas sobre la descendencia, las familias, las tribus, los pueblos y las razas. La superación de tales dificultades puede conducir frecuentemente, como sucede en toda evolución, a mayores triunfos y a una resistencia asimismo mayor. Pero este cruel e inexorable proceso de autodepuración ha ocasionado ya hecatombes de plantas, animales y seres humanos. Los que parecen hasta ahora susceptibles de resistir, demuestran con su supervivencia que cumplen de momento las exigencias del ambiente (6). De esta interpretación se deduce que en el desarrollo corporal interviene una tendencia manifiesta a mantener las funciones del cuerpo en una especie de equilibrio que permite resistir victoriosamente a las exigencias favorables y desfavorables del mundo circundante. Si se consideran estos procesos desde un punto de vista unilateral, podemos concebir una hipotética sabiduría del cuerpo (7). Pero también el desarrollo anímico se ve obligado a optar por tal sabiduría, que le pondrá en condiciones de resolver victoriosamente los problemas que pueden plantearse, a favor de un equilibrio, siempre activo, entre el cuerpo y el alma. El equilibrio está asegurado, hasta cierto punto, por el grado de evolución obtenido, y la actividad lo está, a su vez, por ese objetivo de superioridad engendrado en la infancia y del que deriva el estilo de vida, la ley individual de movimiento.


El triunfo sobre las adversidades, es, pues, la ley fundamental de la vida. A su servicio están la tendencia a la autoconservación, la tendencia al equilibrio, tanto somático como psíquico, el crecimiento corporal y anímico, y la tendencia a la perfección.


La tendencia a la autoconservación engloba la comprensión y la capacidad de evitar el peligro, la procreación considerada como senda evolutiva hacia la perpetuación de una partícula somática, más allá de la muerte personal, la colaboración en el desenvolvimiento de la humanidad, en el que se inmortaliza el espíritu de sus colaboradores y el trabajo socializado de todos aquellos que participaron en la consecución de todos los objetivos mencionados.


Cómo procura el cuerpo de continuo conservar, completar y superar simultáneamente todas las partes de importancia para la vida, lo demuestra con toda claridad la maravillosa obra de la evolución: la coagulación de la sangre en las heridas; la conservación, dentro de amplísimos límites, de la proporción debida de agua, glucosa, cal y albúmina; la regeneración celular y sanguínea; la acción armoniosa de las glándulas endocrinas. Todas estas funciones son producto de la evolución y demuestran la resistencia del organismo frente a los agentes nocivos externos. La conservación y el aumento de esta capacidad de resistencia es consecuencia de un trascendental cruzamiento de sangre, mediante el cual los defectos pueden ser disminuidos y las ventajas mantenidas e incrementadas. También contribuyó a ello de un modo decisivo el desenvolvimiento del hombre en un sentido social. Así, el abandono del incesto puede considerarse como simple corolario de la tendencia a la busqueda de la socialización.


El equilibrio psíquico se halla continuamente amenazado. En su tendencia hacia la perfección, el hombre se halla en estado de tensión psíquica y tiene conciencia de sus deficientes medios para alcanzar ese objetivo. Sólo la sensación de haber alcanzado una elevada posición será capaz de proporcionarle sentimientos de tranquilidad, de felicidad y de autoestima. Pero en el momento siguiente, su optimismo se esfuma. Aquí puede verse patentemente que ser hombre equivale a poseer un sentimiento de inferioridad (de minusvalía) que nos impele de continuo a su superación. EI sentido de la superación que se busca es, desde luego, tan sumamente variado como el anhelado objetivo de la perfección. Cuanto mayor es el sentimiento de inferioridad, cuanto más intensamente es experimentado, tanto más impetuosa será la tendencia a la superación, tanto más violenta será la agitación emocional. Pero el embate de los sentimientos, de las emociones y de los estados afectivos no dejan de influir sobre el equilibrio físico. Por las vías del sistema nervioso vegetativo, del nervio vago y a través de las modificaciones endocrinas, el cuerpo sufre cambios que tienen repercusiones en la circulación sanguínea, las secreciones, el tono muscular y en casi todos los órganos. Considerados como fenómenos pasajeros, tales cambios son normales, y sólo en su configuración se diferencian según el estilo de vida del sujeto. Si llegan a ser duraderos, hablamos entonces de organoneurosis funcionales que, al igual que las psiconeurosis, deben su origen a un estilo de vida que acusa una inclinación hacia la retirada ante el problema al cual el individuo es confrontado, y a asegurar esta retirada mediante la fijación de los síntomas de shocks orgánicos o psíquicos que se desencadenaron. Así ejerce el proceso anímico una influencia sobre el organismo. Pero también actuará sobre la esfera puramente psíquica, en la que da lugar a toda clase de fracasos, a actos y omisiones hostiles a las exigencias de la vida en común.


De la misma manera influye el estado orgánico en el proceso psíquico. El estilo de vida queda ya constituido, según nuestras observaciones, en la más tierna infancia. El estado orgánico congénito ejerce en ese momento una poderosa influencia. El niño descubre la eficacia de sus órganos corporales desde sus primeros movimientos y actos; es consciente de ella, pero aún no tiene palabras ni conceptos para poder expresarla. Y puesto que también la reacción del medio ambiente respecto al valor de los órganos es totalmente distinta, será siempre una incógnita lo que el niño experimenta acerca de su propio poder. En todo caso, basándonos en nuestra experiencia de probabilidades estadísticas, es posible afirmar, aunque no sin cautela, que el niño, desde el comienzo de su vida, tiene la vivencia de su inferioridad orgánica dondequiera que ésta exista: en el aparato digestivo, en la circulación sanguínea, en los órganos respiratorios y secretorios, en las glándulas endocrinas o en los órganos sensoriales. Pero sólo de sus movimientos e intentos puede inferirse hasta qué punto y en qué modo intenta dominarla. En este caso toda explicación causal sería vana. Precisamente aquí se manifiesta la fuerza creadora del niño. Movido por sus tendencias en el espacio casi ilimitado de sus posibilidades, son los ensayos y errores los que le proporcionan un entrenamiento y un camino hacia un objetivo de perfección que le parece satisfactorio. Tanto si lo hace impulsado por una tendencia activa, como si permanece en completa pasividad, dominándose o sometiéndose, abierto al mundo o encerrado en su egoísmo, valiente o cobarde, variable en su temperamento y en su ritmo, fácilmente conmovible o indiferente, el niño, en supuesta armonía con su medio ambiente, que interpreta y contesta a su manera, decide el destino de su vida entera y elabora y desenvuelve su ley de movimiento, su ley de conducta. Todas estas orientaciones hacia un objetivo de superioridad son distintas para cada individuo y tienen mil matices diferentes; de modo que nos faltan palabras para designar, en cada caso, algo más que lo meramente típico, y nos vemos obligados a recurrir a prolijas y circunstanciadas descripciones.


Sin conocimientos psicológico-individuales, ni el mismo individuo podría decirnos, con cierta claridad, hacia qué dirección se encamina, incluso muchas veces la describe totalmente hacia el lado contrario. En estas condiciones, tan sólo el conocimiento de su ley dinámica podrá darnos luz acerca de ello. Siguiendo esta senda chocaremos en seguida con el sentido, con la opinión de los movimientos expresivos, que pueden ser de toda clase: palabras, ideas, sentimientos y actos. Hasta qué punto el cuerpo está dominado, sin embargo, por esta ley de movimiento lo revela el sentido íntimo de sus funciones. Constituyen éstas un idioma que hemos llamado dialecto de los órganos y que, generalmente, es más expresivo y más gráfico de lo que nunca podrían serIo las palabras. Un niño que acusa, por ejemplo, una conducta dócil, pero que padece enuresis nocturna, expresa con ello muy claramente su opinión de no querer someterse a la obediencia que se le exige. Un hombre que pretende ser valiente y que llega incluso a creer en su valor, muestra por sus temblores y palpitaciones cardíacas que está perturbado en su equilibrio psíquico.


Una mujer de treinta y dos años se queja de agudos dolores en torno al ojo izquierdo y de diplopia (visión doble) que le obliga a mantener cerrado el citado ojo. La enferma viene padeciendo de tales ataques desde hace once años; el primero lo tuvo al comprometerse, y el actual, que la obligó a acudir al consultorio, hace siete meses. Los dolores desaparecieron temporalmente, pero la diplopia continúa. Atribuye este ataque a un baño frío, y cree haber llegado a descubrir que suelen ser las corrientes de aire las que se lo causan. Un hermano menor padece, a consecuencia de una gripe, de ataques semejantes, también con diplopia; su madre también. A veces, en los anteriores ataques han aparecido asimismo los dolores alrededor del ojo derecho o alternando de uno a otro ojo.


Antes de casarse, la señora en cuestión era profesora de violín. Participó en conciertos y sentía un gran amor por su arte, que abandonó al contraer matrimonio. Vive ahora (creo que con el objeto de estar más cerca del médico) en casa de su cuñado, donde se siente feliz.
Describe a su familia, y especialmente al padre, a varios hermanos y a sí misma, como excitables y coléricos. Si añadimos a eso lo que fue confirmado durante el interrogatorio, que son personas con crecida voluntad de poder, entonces ya no nos cabe duda de que estamos en presencia de una enferma del tipo descrito, susceptible de sufrir dolores de cabeza, jaqueca, neuralgia funcional del trigémino y ataques epileptiformes. (Véase especialmente nuestra obra Praxis und Theorie der lndividualpsychologie -Teoría y práctica de la Psicología del Indidividuo, 3ª ed., cap. 1).


La enferma se queja también de sentir necesidad de orinar siempre que se halla en estado de tensión nerviosa, con motivo de visitas o encuentros con personas desconocidas, etc.


En mi trabajo acerca del origen psíquico de la neuralgia del trigémino, llamé la atención sobre el hecho de que, en casos en que no hay base orgánica, encontramos siempre una intensa emotividad, que se exterioriza fácilmente en toda clase de síntomas nerviosos, tal como fueron comprobados, por ejemplo, en el caso antes expuesto. Es sumamente probable que esta tensión pueda producir, mediante la excitación vasomotora y la del sistema simpaticoadrenalínico, en puntos predilectos y mediante modificaciones de la dilatación de los vasos y de la irrigación sanguínea, síntomas irritativos como el dolor o, también, fenómenos paralíticos. En aquel entonces manifesté ya mis sospechas de que las asimetrías craneanas, faciales, y de las venas y arterias de la cabeza, son signos que permiten sospechar que también en el interior del cráneo, en las meninges y quizá incluso en el mismo cerebro, encontraríamos tales asimetrías, que probablemente afectan a la dilatación y curso de las venas y arterias locales, tal vez incluso, las fibras y células nerviosas correspondientes acusen un desarrollo inferior en uno de ambos hemisferios. De confirmarse esta hipótesis, sería preciso consagrar atención especial al camino que siguen las fibras nerviosas que, igualmente asimétricas, pueden mostrarse demasiado estrechas en caso de vasodilatación. El hecho de que las emociones, y especialmente la ira, la alegría, la angustia y la melancolía, puedan cambiar el grado de repleción de los vasos sanguíneos, se juzga por el color de la cara y, en la ira, por lo saliente de las venas cefálicas. Es muy probable que tales cambios interesen también las regiones más profundas, pero se precisarán aún muchas investigaciones para