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Baviera, 1840
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Aquella velada Friedrich Stolberg se
paró pomposamente sobre la mesa del
banquete y proclamó:
Permítanme decirles,
caballeros (y también damas), y
luego no diré nada más, que
los franceses han comprendido mejor que
nadie en Europa, el significado de la
palabra «Nation».
Dixi!
Una vez pronunciado lo antedicho
bebió su vaso jusqu'à la
dernière goutte y
regresó a su lugar. Este coup de
théâtre aconteció
en el otoño de 1789, o sea que yo
tenía casi catorce años.
Enseguida oí la voz de mi madre
susurrando malas noticias en mi
oído.
Friedrich, es tarde. Sé un
joven juicioso y vete a dormir; ya
mandaré a Cornelia a ayudarte.
Miré a mi madre; no podría
decirte cuánto
extrañoaún ahora que
soy un viejosu dulce sonrisa.
Temiendo perderme el espectáculo
hice un gesto de desobediencia, pero ella
instantáneamente puso un par de
libros en mi regazo.
Stolberg te los ha traido; ahora
pórtate bien y vete. Uno de ellos
era la edición de von Loeens de La
Ilíada.
Ni siquiera está en verso,
protesté, habiéndole abierto
al azar y esperando que la deficiencia
cambiara su resolución. Sin
aguardar su respuesta reforcé mi
posición:
¡Además este libro no
está terminado! ¡Aquí
no se cuenta cómo cayó
Troya!
Otra vez oí su tono intransigente,
aunque esta vez señaló con
sus ojos a través de la mesa el
lugar donde mi padre estaba sentado
vigilándonos. Me di cuenta que
tenía que abandonar la arena y,
despidiéndome rápidamente de
los comensales que estaban a mi lado, me
fui escaleras arriba con los libros bajo
el brazo. A medida que percibía
como los huéspedes se borraban
gradualmente de mi vista, sospeché
que probablemente había bebido
demasiado vino, puesto que me oí
cantar con una voz desconocida para
mí
Ach du
lieber Augustin,
Alles ist weg. [1]
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No creo, sin embargo, que me haya
comportado de manera totalmente
indecorosa; en parte porque todo estaba
efectivamente perdido, y en parte porque,
viviendo en Lindau, uno debe siempre
mostrar el respeto debido a nuestros dos
vecinos sureños, agradeciendo a los
unos su música (ya se trate de
Mozart o cantores callejeros), y a los
otros Ragaz. A propósito,
deberías ir allí conmigo
algún día, y quedarte para
siempre si puedes. ¡Es un lugar
adorable! En mi último viaje me
encontré con un quijotesco
español de Sevilla, el que, como
todos esos jóvenes que padecen o
pretenden padecer, parecía derivar
su encanto de alguna forma de languidez.
Cada vez que nos veíamos simulaba
una sonrisa abatida y me dirigía el
mismo saludo, «La vida es
sueño, Don Federico, como
Lola». Hölderlin y su Diotima lo
habrían adorado (si no fuera
demasiado tarde para eso), aunque
Friedrich, como sabemos, finalmente
lamentó cierto período de su
vida, precisamente por haber sido de
ensoñación:
... doch
endlich, Jugend! verglühst du ja,
Du ruhelose, traumerische! [2]
De todas maneras, era de lo más
entretenido, Don Alfonso; y mucho
había viajado también:
regresaba recién de la India... Una
vez, cuando ya había oído su
saludo habitual varias veces, tuve la
tentación de replicar:
«Sí, ¿y qué es
sueño?», pero por alguna
razón me hallé preguntando:
«Sí, ¿pero quién
es Lola?» Él contestó
con voz despreocupada.
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Oh, Lola es Dolores Montes, la
mujer que amaba en Sevilla y por cuya
causa me fui de viaje para olvidar.
¿Y ha Ud. olvidado?
No, para mi desgracia la
encontré otra vez en la
India...
¿En la India? ¡Qué
coincidencia extraordinaria!,
exclamé como diciendo
«qué gran mentiroso
sois».
Mi tono insolente dio ocasión al
suyo magisterial.
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Elizabeth Gilbert
(Lola Montez)
1818-1861
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Es más que una
coincidencia, Don Federico, es el
destino...¿Sabe Ud. lo que es eso? Me
imagino que, para una persona como Ud., no
podría tratarse de la misma mujer,
dado que probablemente se dejaría
atrapar por el hecho de que era inglesa y
su nombre era Liz. Pero para mí
«todas las mujeres son una sola
mujer»...¿Entiende acaso lo que
eso significa?
Ya estaba yo comenzando a sentir el peso
potencial de su posición
filosófica desorientándome,
cuando le oí continuar.
Liz, al igual que Lola, estaba
casada, o sea que no se pudo hacer nada...
Yo le rogué: «Liz, ahora eres
mi Dolores, deja esta vida asfixiante y
vente conmigo a Suiza», pero ella me
contestó que no quería vivir
en un país pequeño hecho
para exiliados. Entonces mi amor me
inspiró a darle coraje:
«¡Vayamos a Baviera
entonces!», propuse. «Munich es
una ciudad maravillosa y te prometo,
¡no, te juro!, que exigiré de
todos que caigan a tus pies, tal como lo
hago yo ahora, y les construyan un
monumento. Pero créeme, no
será necesario: lo harán por
su propia voluntad. Los bávaros son
la gente más generosa y exuberante
del mundo. Harían cualquier cosa
que les pidieras: bajarte la luna, saltar
por la ventana, o convertirte en una
condesa, como mereces. ¡Déjame
mostrarte a los bávaros, Lola;
nunca has visto nadie que se les parezca!
Podrían pelear y hacer
revoluciones, y hasta pegarle fuego a la
ciudad por causa tuya. ¡Lo juro!
¡Déjame mostrarte
Munich!» ...Ud. pensará que yo
la estaba engañando
intencionalmente, pero le aseguro que en
ese momento creía en todo lo que le
prometía. Tal era mi amor, y
habría cumplido con mi palabra...
Pero aunque ella era infeliz en su
matrimonio, y pese a que en su
corazón deseaba venir, no pudo
decidirse. ¡Un gran desperdicio! Por
esa razón tengo el aspecto de
Werther, como lo habrá notado.
En fin... según me parece,
Alfonso estaba tan lejos de parecerse a
Werther como es posible, aunque pueda que
tuviera razón sobre los
bávaros. Con respecto a Lola, de
quien después me contó
muchas otras cosas, yo tenía dudas
hasta de su propia existencia, y aunque
temí ofenderlo, se las
confesé. Para mi alivio Alfonso no
se enojó.
No se preocupe, Don Federico, ni el
propio Don Quijote estaba completamente
seguro de la existencia de Dulcinea.
Y recitó las palabras del
caballero:
Dios
sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o
si es fantástica, o no es
fantástica; y éstas no son
de las cosas cuya averiguación se
ha de llevar hasta el cabo.
No podemos investigar todo,
¿verdad?, resumió
coloquialmente. Y a continuación,
para mi sorpresa, se permitió
parafrasear a Friedrich Hegel.
De la misma manera como Ud. no puede
decidir si Lola es wirklich,
tampoco yo pude decidir si era
vernünftig, y sin
embargo...
Suspendió allí su discurso y
disfrutando por lo visto de su propia
broma, llenó mi copa con vino y
añadió:
Ahora bien, ¿en qué
medida piensa Ud. que debamos permitirle a
Wirklichkeit y Vernunft que
nos estorben?
Pero me dejas divagar, Friedrich... Lo
que quería decir es simplemente
ésto: «Ven a Ragaz; trabajas
demasiado», ¡no!, te preocupas
demasiado.
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Bueno pues... como yo (o Augustin)
venía diciendo, todo
desapareció, y las cenas nunca
volvieron a ser las mismas, puesto que se
puso de moda llamar al vino «la
sangre del tirano» y dejar que todo
fuera tragado, no por una literaria, sino
por una literal
Sturm und
Drang [3]
No creo que Friedrich Klinger haya
podido adivinar lo que estaba ocurriendo
cuando su Wirrwarr recibió
su largo título. Pero por otra
parte, ¿quién lo habría
podido? No tengo la intención de
hacerlo responsable de nada pero, como
debes haber notado, la poesía
requiere, desde ese entonces,
explicaciones, como si éstas fueran
posibles o convenientes... Y luego
llegó Friedrich (quiero decir
Schlegel) y sacando adelante sus
teorías, introdujo todavía
más confusión en el seno de
toda una generación, incluyendo tu
fallecida esposa (si es que me disculpas
por traer a colación cosas viejas).
¿Pero puede la poesía nacer de
teorías, o de la extravagancia
colectiva de los clubes?
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El otro libro que me había
traído Friedrich eran las
Odas de Klopstock, el mismo
ejemplar que después le
regalé a Friedrich y Susette. A
Friedrich Klopstock lo apreciaban
todavía, aunque no tanto por sus
Odas como por ser un hombre de
La Nation. De aquí los
pensamientos criminales de Friedrich y su
patética sed de sangre del tirano:
Der
Tyrannen Blut
Der Tyrannen Blut
färbte deine blaue Wellen...
[4]
etc.
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Dioniso
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Tal era el talento de Stolberg, pero en
lo que tiene que ver con la sangre,
sucumbió desvergonzadamente al
tirano Dioniso, aplacando su sed con los
mejores vinos añejos que él
mismo, junto con su hermano, pudo
solventar (o así me cuentan...).
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En fin, cuando llegué a mi
dormitorio me paré frente al espejo
con mi cara empolvada y mi peluca,
calzando mis zapatos de cuero suave y de
grandes hebillas, y vistiendo las nuevas
prendas que mis padres le habían
hecho confeccionar al viejo Friedrich.
Contemplé como en un trance mis
calcetines blancos de algodón, mi
calzón corto de seda y mi chaleco
dorado. Luego esperé a Cornelia
unos minutos, pero como demoraba y no me
sentía muy bien, me desvestí
solo y me acosté.
Leí el libro de Klopstock con
sus mitos y dioses durante el corto rato
que mi aturdimiento permitió, y
después, cerrando mis ojos, me
arrullé hasta caer dormido mediante
la práctica mental de mi
pronunciación francesa,
repitiéndome a mí mismo las
palabras que en aquel momento tenía
en mi cabeza: «Le Mythe et La
Nation... La Nation et le
Mythe...»; y mientras efectuaba
esta extraña oración me
quedé dormido, siendo mi
último pensamiento que et
sonaba igual que est y que nadie
podría distinguir la diferencia
entre «Le Mythe et La
Nation» y «Le Mythe est
La Nation».
Sin embargo, tal vez sólo estaba
dormitando, porque oí a Cornelia
entrar en la habitación y
susurrar:
¿Friedrich? Dulce Fritz,
¿estás dormido?
Creo que me moví... Entonces ella,
inclinándose hacia mí,
improvisó, como si fuera una
canción de cuna, una melodía
para acompañar los versos de
Silesius:
Ich weiss,
dass ohne mich Gott nicht ein Nu kann
leben,
Werd ich zu nicht, er muss von Not den
Geist aufgeben. [5]
El vino en mi cabeza (supongo)
intentó contrarrestar mentalmente
con «Ein feste Burg ist unser
Gott», pero ella continuó con
los otros versos:
Ich bin so
gross als Gott, er ist als ich so
klein
Er kann nicht über mich, ich unter
ihm nicht sein. [6]
¡Cornelia cantaba hermosamente!
Tenía la dulce sonrisa de mi madre,
pero como sabes, no éramos
parientes. Era mucho mayor que yo y sin
embargo yo disfrutaba de su
compañía más que de
la de ninguna otra persona. Cornelia vino
a vivir con nosotros en 1783, cuando
murió su padre. Luego, en 1791,
vino a Göttingen, donde yo estaba
asistiendo a las clases de Heyne, a
traerme ropas (creo que entonces estabas
en Tübingen). A su regreso, sin
embargo, cayó enferma y
murió en Buchhorn (que ahora llaman
Friedrichshafen) teniendo apenas 32
años. Cuando aconteció su
muerte mis padres me llamaron a Lindau y
ese fue el fin de mi estada en
Göttingen, a la que nunca me
arrepentí de haber abandonado,
puesto que el Profesor Heyne, en quien yo
había puesto mis esperanzas,
parecía vivir a expensas de sus
oyentes, limitándose a
enseñar, en cada ocasión, lo
que él mismo estaba interesado en
investigar.
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Armas de
Lindau
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Ubicación de
Friedrichshafen (Württemberg), y
Lindau en el corredor bávaro que
llega al Lago de Constanza, en la
intersección de Suiza, Austria y
Alemania.
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Borracho y sin embargo sobrio
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Pues bien, mientras Cornelia continuaba
con su canción, yo comencé a
verla inclinándose y cantando,
aunque tenía mis ojos cerrados.
Acaso sólo me la imaginara
vivamente; no podría decirlo. Pero
al menos ésto comprendí
más tarde: que yo no estaba ni
despierto ni dormido.
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Aún más, me sentía
arder y sin embargo estaba completamente
sosegado. Mirando mentalmente hacia abajo
todo parecía hundirse en un caos
inimaginable; y mirando hacia arriba las
mismas cosas aparecían ordenadas en
tal armonía y belleza como no
podría yo haberlas concebido por
mí mismo. Estaba borracho y sin
embargo sobrio.
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Apolo
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Dioniso
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Me sentí abrazar todas las
profundidades y todas las alturas, todos
los odios y todos los amores, dado que
cada pensamiento se presentaba como un
«todo». Si pensaba
«hombre», entonces
aparecía ante mí una
infinita procesión de todos los
hombres posibles: el obeso y el delgado,
el alto y el bajo, el viejo y el joven, el
sabio y el loco, el vivo y el muerto, y
así sucesivamente. Y si
aparecía en mi mente la idea de una
simple mesa, entonces pasaba revista a
todos los tipos imaginables de mesas de
todos los tiempos. No una por una, sino
todas a la vez, aunque se distinguieran la
una de la otra. Y cuanto más
preñada era la idea que
venía a mi mente, más
intensa era mi emoción. La angustia
me invadió, pero entonces
descubrí que el cantar de Cornelia,
por transformar el fuego en luz y el caos
en unidad, me aliviaba, y entonces me
dejé ir... En una palabra,
Friedrich: era como si me hubiera
encontrado con Dioniso y Apolo al mismo
tiempo.
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Los conocidos de Cornelia
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Ahora bien, Cornelia no era como
algunos se la imaginaban. Había
visitado a Mesmer en varias ocasiones; la
primera vez en Viena, donde su madre la
había llevado para que «se
mejorara», como decían.
Cornelia no hablaba nunca de Mesmer, pero
habiendo oído en casa las
habladurías de los otros, la
interrogué, y ella me
respondió así:
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Dime Friedrich, has escuchado la
canción de los pájaros? En
lo de Mesmer hubo una vez una fiesta en la
que conocí a un joven; pero
sólo te diré lo siguiente:
él podía tocar música
como los pájaros cantan.
Le pregunté el nombre de ese joven
y ella me lo nombró; así que
cuando, en ocasiones posteriores, ella iba
a visitar a Mesmer en Baviera, yo pensaba
que lo hacía para encontrarse con
Mozart otra vez.
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Mesmer
1734-1815
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Mozart
1756-1791
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Actualmente no creo que fuera
así... o acaso sí lo fuera.
En cualquier caso (pues muchas son las
coincidencias que debemos soportar)
Cornelia y Mozart murieron el mismo
día. Y te contaré algo
más que ha alimentado mis dudas
desde hace muchos años: una tarde,
cuando Cornelia y yo estábamos
pasando el tiempo contando las velas en el
lago, le oí suspirar.
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¡Ya no puedo amar más
a este lago como antes!
Todavía tenía sus ojos fijos
en la distancia cuando
pregunté:
¿De qué hablas?
Entonces, como si se arrepintiera de sus
palabras, dijo titubeante:
Bueno... quiero decir que me encanta
llamarlo Bodensee o
Schwäbischen Meer, pero como
podría nadie llamarlo Lac de
Constance?
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Constantius I
250-306
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Constanze
Weber
1762-1842
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¿Por qué no?
Cornelia hizo una pausa como para
componerse antes de «escribir en el
aire con tinta filosófica».
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Bien Monsieur,
muéstreme la constancia,
¿está en las velas o en las
olas?
No tiene nada que ver con
constancia. Hay una ciudad, Constanz, al
otro lado del lago, así llamada,
por si no lo sabes, en honor de
Constancio, el emperador romano.
No debería haberla provocado, ya
que Cornelia, poniéndose el atuendo
de tutora, empezó a disertar sobre
Constancio I, Constantino I, Constantino
II, Constancio II, Constante I,
Constantino III, Constante II, y
Constancio III, y a continuación
sobre Constantina, la hija de Constantino
el Grande, al igual que sobre varios otros
que me sería imposible recordar
ahora. Pero después de 1791,
quedé convencido que, por medio de
esta tediosa disertación, Cornelia
exorcizaba a Constanze Weber.
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La tediosa
disertación de Cornelia en
el Lago de Constanza
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Constantino I
273-337
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Constantino
II
316-340
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Constancio II
317-361
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Constante I
320-350
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Constantino
III
?-411
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Constante II
?-411
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Constancio
III
?-421
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Constantina
c. 294-330
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De cualquier forma lo que quiero decir
es ésto: Cornelia estaba obviamente
familiarizada con el llamado
«sueño mesmérico»,
y aquella noche pudo haberme inducido a
sumergirme más profundamente en
él... Te digo ésto
sólamente porque deseo que lo
tengas en cuenta, y no porque quiera hacer
una distinción demasiado
nítida entre los acontecimientos
del sueño mesmérico y los
que pertenecen al sueño ordinario,
ya que no creo que sepamos lo suficiente
de ninguno de ellos. Como
recordarás los antiguos
distinguían dos clases de
sueños (con sus respectivas puertas
de cuerno y de marfil), de los cuales
sólo uno era considerado capaz de
restaurar la interrumpida conexión
que existe entre el alma que habita la
materia y su guía superior, la cual
es su esencia espiritual y la causa de la
salud en todas las esferas.
No voy a decir si ésto es cuerno
o marfil; eso lo decidirás
tú. Pero deberías tener en
cuenta que no he estado enfermo ni una vez
desde 1789. En cuanto a la enfermedad y
muerte de Cornelia, estoy convencido que
ella misma las provocó a ambas
interrumpiendo voluntariamente las
conexiones espirituales.
Porque la enfermedad (y no me refiero
necesariamente a tus periódicos
catarros) es a menudo causada por tales
interrupciones, las cuales a la vez son el
frecuente resultado del egoísmo
individual, aunque ciertamente no en su
caso. Como tú mismo puedes ver, la
gente reprimida, estando incapacitada para
la producción espiritual en
razón de su falta de libertad e
independencia, inventa todas clases de
enfermedades, tanto para sí mismos
como para otros iguales a ellos. Pues
mientras que los sueños, el
éxtasis y la libertad hacen
descender a los dioses, estimulando todo
los poderes internos y permitiendo la
más dulce interrelación
lúdica, tal dementia
rationalis como la que ellos adoptan
como estrella guía de sus vidas,
los sumerge en la esclavitud, la miseria y
también la enfermedad.
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|
El significado de la locura
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Fíjate a propósito (si es
que me permites esta digresión)
que, de todos los beneficios que acabo de
mencionar, apenas la idea de la
«libertad» se conserva, aunque
sólo porque muchos piensan que
podría serles útil para su
redención, la cual conciben, no en
términos espirituales, sino
políticamente. Sin embargo, la
verdadera libertad procede del amor y el
afecto, mientras que la libertad
política no es sino un mero reflejo
de la primera. Ahora déjame decirte
un par de cosas sobre el éxtasis,
el cual se relaciona tanto con la libertad
como con la salud.
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Desde la Poética de
Aristóteles, ¡no! desde el
Fedro de Platón, ha sido
habitual decir que ningún hombre
podría jamás realizar nada
si no invocara continuamente a la locura,
la cual, aunque deba superarse, no debe
nunca faltar completamente. Y ciertamente
vemos todos los días que aquellos
que se llaman a sí mismos sobrios,
haciéndole reverencias a su
intelecto como si se tratara de una
deidad, carecen de creatividad y son
incapaces de parir nada, excepto
quizás mecanismos de
relojería y otros artefactos
similares, adecuados para reforzar su
propio esclavizamiento diario, así
como el ajeno. Es a ellos que
Platón se refería al decir:
...el
trabajo del hombre sobrio es
inmediatamente eclipsado por el del
loco.
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Platón
427-347 A.C.
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Pero a los antiguos se los
escudriña actualmente a
través de las gafas distorsionadas
de nuestra propia época; y no se me
ha escapado que algunos llaman a
Platón
«aristocrático»,
«anticuado», y otros motes que
se pretenden despectivos, por haber
reivindicado la inspirada santidad del
poeta loco, amado de las Musas. ¿Pero
con qué motes mejores
podrían salir quienes apenas poseen
en sus mentes un concepto más
elevado que La Nation? No es
sorprendente que, en su manera de ver, la
poesía ha decaído, no a
causa de la pobreza espiritual que ellos
mismos promueven, sino en razón de
esa misma locura poética que ellos
rechazan, diciendo que no era otra cosa
sino una pretensión vacía de
dote espiritual. ¿Pero qué
podrían saber ellos de dotes
espirituales, cuando niegan el
espíritu por completo en beneficio
del intelecto y los engranajes que
produce? Nada, me imagino; puesto que tal
como son, así también
deberán ver y saber.
Además, si la locura
platónica o inspiración
divina fuera reprimida, desdeñada o
excluída, ya voluntariamente o por
la fuerza, ¿qué le
quedaría al intelecto por ordenar?
¿Cómo podría el
intelecto probarse a sí mismo si no
fuera a través de la conquista y el
ordenamiento de esa misma locura? ¿Y
es sensato, o aún placentero, como
el sobrio intelecto actualmente manda,
abandonar por completo la esfera del
espíritu para concentrarse en
engranajes, máquinas de vapor y
otras cosas parecidas, inflando las
ciudades y arrojando millares a la miseria
tanto espiritual como material en obsequio
a esos mismos artefactos inútiles?
¿No es así, querido Friedrich,
que la carencia completa de locura conduce
al encogimiento de la conciencia, a la
vida repetitiva y automática, a la
idiotez absoluta y además a grandes
cantidades de humo de locomotoras?
Entonces, pues... ¿queda algo de
la libertad y la locura de los antiguos?
Porque, ¿qué quiso decir el
poeta inglés cuando le hizo recitar
a un pájaro?:
I am the
image of swift Plato's spirit,
Ascending heavenAthens does
inherit
His corpse below. [7]
En fin... Me tienta el preguntarte
qué opinas de der magnetische
Schlaf, pero como ya he divagado
bastante, déjame en cambio hacerte
un breve recuento de mi sueño
(aunque lo habrás de leer en mis
apuntes).
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Estaba entonces dejándome llevar por la
canción de Cornelia, cuando de repente me vi
parado frente al espejo de mi dormitorio, como si
no me hubiera ido a la cama. Vestía las
mismas ropas que te he descrito y detrás de
mí podía ver, sobre la mesa de luz,
el libro de Klopstock y el de Homero. En un
instante, en lugar de verme a mí mismo
reflejado, vi a Cornelia cantando Silesius y
aparentemente profetizando su propia muerte, ya que
cantaba:
Ich sage, weil der
Tod allein mich machet frei,
Dass er das beste Ding aus allen Dingen sei.
[8]
Grité «Nein!» y la
abracé (quiero decir que abracé el
espejo pero, mesmérico o no, tú
estás familiarizado con los sueños
¿no es así?). Lloraba en su seno y me
aferraba sin dejarla ir, pero ella me
consolaba:
Es una canción, mi dulce amigo, es una
canción; ven, voy a mostrarte una cosa.
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Preguntas en la oscuridad
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A continuación se esfumó y yo me
encontré, hecho un viejo (muy parecido al
que tienes frente a ti), en el medio de ninguna
parte, o más precisamente en el centro del
no-ser, lo cual no era exactamente «la
nada» puesto que algo estaba a punto de
ocurrir. No me sentía contrariado porque
pronto me di cuenta que la razón de mi vejez
simplemente era la juventud del mundo. Pero al
mundo lo dominaba una inmensa oscuridad, o sea que
no pude recobrar mi calma antes de que empezara a
percibir que la luz vendría. Esta
percepción, sin embargo, no se
parecía al sentimiento que habitualmente
experimentamos cuando sabemos que el día
deberá pronto suceder a la noche. Esta
oscuridad no era noche y nada podía venir
después de ella, dado que toda
sucesión era impensable. No debiera siquiera
llamarla «oscuridad».
¿Debería decir érebos en
su lugar? Quizás, si este término te
ayudara a entender cuán diferente era de la
oscuridad habitual. En todo caso no era «el
vacío». Aún menos era infinita o
ilimitada, sino redondeada, completa y terminada,
siendo infinita en su interior y no en su exterior.
Después mi boca se abrió sola y de
ella salieron preguntas como pájaros volando
hacia la oscuridad sin sentido ni dirección:
«¿Qué es La Nation?»,
«¿Qué es Mito?»,
«¿Qué es Presencia?»,
«¿Qué es Ausencia?»,
«¿Qué es Canción?»,
«¿Qué es Algo?»,
«¿Qué es Nada?»
Continué formulando preguntasuna
atrás de otra y sin esperar
respuestacomo si disfrutara de mi voz nueva y
profunda («un sueño comprensible
tratándose de un muchacho que estaba
cambiando la voz», dirán algunos en su
infinita sabiduría).
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Ni tiempo ni espacio ni
lenguaje
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De esa manera continué por un rato:
«¿Qué es Poesía?»,
«¿Qué es Vino?»,
«¿Qué es Hombre?», y
así sucesivamente (incluso pregunté
«¿Qué es Sueño?»).
Cuando finalmente no se escaparon más
preguntas de mi boca, el paisaje se abrió
frente a mí y vi hombres, mujeres y
niños yendo sin propósito alguno en
todas direcciones. Nacían, envejecían
y morían frente a mí, como si los
años fueran cortos instantes. Pero como nada
ocurría, excepto lo que estoy
diciéndote, comprendí que no
existía el tiempo en sus vidas. En
consecuencia, razoné, no podía
tampoco haber lenguaje, ya que yo suponía
que el tiempo se derivaba de la conciencia y esta
última del habla. Entonces percibí
que tampoco había espacio, excepto
idealmente. Todo lo que necesariamente debía
pasar pasaba interiormente, dado que los cambios de
lugar habían sido abolidos y ocurrían
sólamente como cambios de estado.
¿Entiendes con tu corazón lo que
estoy diciendo, Friedrich? Pues sé que la
razón, aunque pareciendo comprender, muy
pronto empieza a disolver lo inconmensurable en
diversas partes conmensurables,
fragmentándolo todo y perdiendo todo
significado.
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Muy bien, pues... Aunque lo que presenciaba era
más bien el estado mental de estos hombres,
que no su vida corpórea, podía verlos
y percibir que no había entre ellos
diferencias notables. Quiero decir que todos
pertenecían a una misma raza; y esta raza
única poblaba el mundo entero, el cual
tenía ante mi vista en su totalidad. Como
digo, no se parecían a ninguna raza en
particular, y sin embargo percibí, como si
hubieran sido transparentes, que podía
descubrir, en cualquiera de ellos y al mismo
tiempo, los rasgos del turco, o del chino, o del
africano, o del europeo, o los de cualquier otra
raza en la que pudiera pensar.
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El aliento del mundo viviente
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Inmediatamente el mundo mismo me llamó la
atención... Vi que era un mundo vivo, tan
vivo como cualquier organismo viviente. Cuando lo
deseaba podía percibir la multiplicidad de
la naturaleza, y sin embargo sólo
había pacífica unificación,
como si los poderes del antagonismo violento
estuvieran aplacados y nunca fueran a levantarse el
uno contra el otro.
En esta época los hombres no respiraban
su propio aliento, sino el aliento de ese mundo
viviente; porque no existían alientos
separados, sino un único aliento. Supe que
ese mismo hálito era Dios para ellos. No
habrían podido pronunciar una tal palabra,
ni pensar la idea, pero el hálito, estando
dentro y fuera de ellos, les era sagrado. Sin
embargo no era de ellos; pertenecía al mundo
entero. Contemplando este hálito uniforme
noté que contenía los secretos,
aún no revelados, del habla. Porque el
propio aliento, no diferenciándose de todas
las palabras y nociones concebibles,
aparecía como una substancia rotatoria que
consistía de claridad pura, en el medio de
la cual los vocablos se seguían y
perseguían los unos a los otros, produciendo
las más pasmosas combinaciones y los
más sublimes efectos. Los poetas y
filósofos de las primeras épocas,
como más adelante presencié,
simplemente se limitaban a persuadir a esta
substancia, o lenguaje, que les revelara sus
tesoros escondidos, una proeza bastante
difícil o imposible de realizar actualmente
por razones que espero exponerte después.
Aún más, dentro de esta clara
substancia no había diferencia entre el
habla y la música: en cuanto las palabras se
combinaban había música, sonara o no,
y cuando había sonidos las palabras se
combinaban, como si bailaran o cantaran al son.
Entre tanto el hombre, no siendo el dueño
de este hálito, aunque sí
hallándose en perfecto unísono con
él, no experimentaba nada que fuera
divergente. La totalidad de su ser estaba lleno de
este sentido de unidad, y ninguna desviación
podía ser percibida. Pero si insistes en
interrogarme deberé decir que comían
y bebían y hacían todo lo
demás de la misma manera que nosotros, con
la excepción del hálito. No me
preguntes, en cambio, por cuánto tiempo
permanecieron en tales condiciones, porque como
digo, no había tiempo ni duración de
ninguna clase, y consecuentemente nada (o si
insistes, muy poco) ocurría, ya fuera en sus
mentes o en su entorno.
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Cuando había presenciado todo esto,
Cornelia regresó a mi sueño cantando
Silesius otra vez:
Gott ist ein
Wunderding; er ist das, was er will,
und will das, was er ist, ohn alles Mass und Ziel.
[9]
No dije nada, porque en su presencia
temía mi propia voz. Cuando hubo cantado
esos versos, sin embargo, desapareció, y
mirando otra vez a mi alrededor, descubrí un
mundo nuevo ante mí: la unidad se
había vuelto multiplicidad, la homogeneidad
diferencia, la inclusión exclusión,
la cercanía dispersión, y así
sucesivamente. También pude ver que la raza
única se había dividido en muchas
debido a razones puramente internas. Sus almas
estaban conmovidas, y uno se transformó en
turco, otro en europeo, y un tercero en chino.
Ahora bien, sé que algunos genios creen
que los chinos obtuvieron sus ojos oblicuos como
protección contra el viento, y que el sol es
responsable del color más oscuro de piel de
la mayor parte de los africanos e hindúes, y
que los ojos verdes provienen de mirar demasiado a
los árboles. Pero el viento, el sol y los
árboles no podrían impactar la
apariencia del hombre con tanta fuerza como el
antagonismo interior que habita en su propia alma.
Es este antagonismo, más que ninguna
composición química o accidente
mecánico, la que induce a cada individuo a
comenzar su vida rotando alrededor de su propio
eje. Y es debido a estos poderes del movimiento
circular, que cada hombre adquiere una naturaleza
que lo vuelve egocéntrico y diferente de su
vecino.
Cuando se dieron cuenta de sus diferencias se
distribuyeron por toda la tierra, yéndose a
habitar tan lejos de los otros como pudieron. Esto
no ocurrió en el correr de miles de
años, como algunos creen, sino tan
rápido que podríamos, sin lugar a
dudas, decir «de repente». Pues esta
dispersión fue causada por una crisis
espiritual, y no por un terremoto o un diluvio. Se
separaron por propia voluntad y no obligados por el
clima ni por cualquier otra catástrofe de
orden físico. Si esto último hubiera
sido el caso, entonces sólo se
habrían producido ramificaciones del mismo
pueblo que mostraran diferencias menores, como esas
que se observan entre tribus distintas
pertenecientes a una misma familia étnica.
Todo esto aconteció porque el
hálito, después de haber sido
único, se diversificó. Así se
elevó el hombre a la individualidad y a la
libertad, de las cuales proceden la
variación y la dispersión.
Aquí se podría reflexionar que,
aunque los dioses sean muchos, la divinidad
deberá necesariamente ser una sola; o
inversamente, que la divinidad comprende muchas
cosas y abarca cualquier naturaleza o naturalezas
que podamos imaginar. Pero el sueño no le
dio relevancia a este asunto.
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Me vi forzado, en este momento, a seguir un
grupo. Elegí a los que después fueron
conocidos como «griegos» en razón
de que percibí que estaban logrando, de
manera mejor que cualquier otro grupo humano,
imitar, a través de sus propias expresiones,
la sublime belleza y el significado impensable de
la clara substancia que eternamente rotaba y se
desdoblaba. Entretanto otros se habían
dejado impresionar por la «verdad» que
esa misma substancia comunicaba. Éstos
también me parecieron interesantes; pero
entonces noté que ellos, al traducir esa
verdad a sus propios términos, la fijaban.
Sin embargo nada me pareció fijo dentro de
la substancia misma. Es verdad que la
percepción de estos otros pueblos les
permitió presentar doctrinas sagradas,
sistemas ingeniosos, leyes sabias y muchas otras
cosas, dirigidas ya fuera a explicar o venerar
tanto a la substancia como a su verdad. Pero el
resultado fue que algunos de ellos, creyendo que no
se conformaban a la verdad que la clara substancia
les comunicaba, terminaron por temer tanto a
ésta como a aquella. Y aquí debo
decir que no vi que hubiera miedo dentro de la
clara substancia. El miedo le es ajeno, pero
hablaré de esto en otra ocasión.
Mientras los griegos entonces,
fundiéndose con la dicha substancia,
viéndola por doquier e imitándola sin
miedo de manera de participar de su belleza y
significado, avanzaban rápidamente con mayor
libertad y felicidad, los otros, habiéndose
sentido abatidos por el abrumador poder de la misma
substancia, se divorciaron de ella mediante el
miedo y perdieron contacto con ella mucho antes. Y
en razón de que los griegos imitaron a la
substancia más de lo que la veneraron,
vivieron junto a los dioses, esculpiendo como
ningún otro, pintando y construyendo como
los mejores, transformándose en genios de la
poesía y de la prosa y creando obras
maestras en todas las disciplinas en las que se les
ocurrió ocuparse, ya se tratara de
filosofía o de historia, teatro o ciencias
políticas. Todo provino de la claridad de la
substancia: el habla, los mitos y sus dioses, la
música y también la razón, que
es la facultad de aprehender la belleza y el
significado y como se relacionan la una con el
otro. Pues razonable es llamado aquel que presta
atención tanto a la forma como al contenido,
evitando así tanto lo feo como lo
vacío.
Pero además hubo genio en su postura, el
cual consistió en imitar la libertad de la
substancia. Porque ellos comprendieron, desde el
mismo comienzo, que la substancia era libre; y como
su actitud fue la de venerar la substancia
principalmente mediante la imitación,
empezaron por remedar su libertad. Así se
persuadieron de que no debía temerse el
poder de la substancia, y habiendo vencido el
miedo, vivieron y crearon de manera más
libre que ningún otro, permaneciendo por
más largo tiempo que los demás en
contacto directo con su divina fuente, y sintiendo
más que otros la presencia de la divinidad
en todas las circunstancias de la vida.
Podían decir como Esquilo:
...nadie es
libre excepto Zeus.
...reconociendo así la inmensa
superioridad de la deidad. Sin embargo ellos,
imitando al dios, hicieron todo lo que pudieron
para conquistar para ellos mismos cualquier grado
de libertad que le fuera posible disfrutar a un
hombre sin que por ello dejara de recordar su
condición mortal. Pese a ello la libertad no
fue para ellos una deidad, sino que la derivaron
del espíritu y las creaciones de sus dioses.
También supieron que el orden debe
prevalecer, tanto en el arte como en otras cosas,
si es que la libertad ha de preservar su más
profundo significado.
Ahora bien, cuando el mundo se llenó
así de acontecimientos el tiempo
empezó a correr; y en la medida que las
formas se diferenciaron más, apareció
el espacio, que no es un mero vacío sino una
fuerza de expansión y contracción
orgánicamente viva. No obstante, la
concepción actualmente prevaleciente es que
un punto del espacio es igual a otro, y que todos
estos puntos anónimos se han unido para
formar una expansión absolutamente
indiferente, sin otro objetivo o significado
(según lo fuerzan a uno a asumir) que la de
pasivamente ofrecer al hombre contemporáneo
un lugar donde poner sus muebles y máquinas.
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Fue cuando todo esto ocurría que los
hombres empezaron a hablar, puesto que antes,
teniendo un solo parecer y una sola apariencia, no
lo habían necesitado. Es importante
señalar que empezaron a hablar de una sola
vez y no, como algunos creen, luego de un largo
proceso de aprendizaje. Demasiado bien sabemos
tú y yo que hay quienes afirman que ciertos
salvajes inventaron una palabra un día y
otro día otra palabra, y que las guardaron
en sus mentes con el propósito de
enseñárselas a otros. Sin embargo se
mantiene, al mismo tiempo, que estos mismos
salvajes carecían de educación y
estaban muy ocupados cazando. ¿Cómo es
posible entonces? De manera parecida hay quienes se
imaginan que los dichos salvajes obtuvieron al
final un lenguaje a través de algún
otro tipo de método atomístico,
produciendo substantivos un mes, adjetivos el mes
próximo y verbos al año siguiente; o
si no, coleccionando frases completas durante
largos períodos de tiempo.
Sin embargo, eso no es lo que podemos observar.
Pues, aunque se inventen algunas nuevas palabras al
tiempo que se olvidan otras, el núcleo de
los idiomas, o sea su casi perfecta coherencia como
sistemas de ideas, no ha experimentado ninguna
modificación en miles de años. O sea
que en ese aspecto no puede descubrirse ninguna
mejora; y en lo que concierne a su forma exterior,
parece más bien que mientras las lenguas
antiguas representan un tesoro tanto de
filosofía como de poesía, nuestro
propio lenguaje empieza a asemejarse al del bruto.
Además: ¿es posible concebir
conciencia humana sin lenguaje? ¿Y cómo
se explica que salvajes sin conciencia pudieran
haber juntado alguna vez suficiente
propósito, creatividad y tiempo, de manera
de ser capaces de fabricar, a través de la
razón y de la lógica (las cuales no
se reconoce que poseyeran), y sin contar con la
guía de ningún modelo, un recurso tan
espléndido?
No observé en mi sueño que su
lengua surgiera a retazos, sino que la aprendieron
enteramente y la hablaron, no de a poco, como los
niños en nuestros días deben
necesariamente aprenderla, sino de un golpe.
Aún más, la hablaron como
filósofos poéticos, o como poetas
filosóficos, desde el principio. Esto puede
parecer extraño, pero por otro lado hasta la
misma razón te dirá que el lenguaje,
con todas sus profundidades y su insondable
intencionalidad en todos los detalles, está
mucho más allá de las posibilidades
de cualquier invención gradual.
El lenguaje no tuvo un comienzo miserable, ya
que la vida de los hombres no progresa de lo
insignificante a lo grandioso, sino que exactamente
en la dirección inversa. Y la razón
por la cual la grandiosidad del pasado no puede ser
superada es que la memoria de aquella presencia
divina que una vez causara la iluminación de
la conciencia humana aún estaba fresca en
los primeros tiempos. A medida que la memoria se
fue disipando en su mente, el hombre se
hundió más profundamente en la
materia, procediendo de lo grandioso a lo
insignificante. Esa es la dirección del
progreso humano.
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Ahora bien, el lenguaje se le apareció a
estos hombres como un ser viviente; porque el
lenguaje era el aliento y el aliento estaba vivo,
siendo la claridad pura del mundo y estando lleno
de ingeniosas y sublimes combinaciones de palabras,
nociones y música. Debería decir,
más precisamente, «un ser divino»,
puesto que no había diferencia entre la
nueva facultad del habla y lo que llamamos su
Götterwelt.
Y de la misma manera que la naturaleza, al
formar el cráneo, previó el nervio
que deberá viajar a través de
él, la clara substancia, al entregar el
lenguaje, previó todas las combinaciones
posibles de nociones y palabras, las cuales son los
dioses mismos, la poesía, la
filosofía, y todo lo demás. El
lenguaje reveló la naturaleza de todas las
cosas, pero sobre todo reveló la naturaleza
de los dioses, cuya abrumadora presencia el hombre
percibió tanto dentro como fuera de
él.
Así, desde el momento que el hombre
ganó acceso a esa claridad, su
corazón se llenó con toda clase de
representaciones de los dioses, puesto que
éstos obviamente constituían las
combinaciones más elevadas de ideas que
residían en la clara substancia que le
penetraba. En consecuencia su habla, en el
comienzo, o bien se refería a los dioses, o
bien evocaba su presencia en todas las
circunstancias de la vida, porque como decimos:
«de lo que el corazón está
lleno, habla la boca».
Pero como ya te he dicho, el hombre evita el
atrayente poder de los dioses y busca su propio
centro de gravedad. Y mientras eso hacía, la
memoria de los dioses se fue desvaneciendo, y
entonces la divina presencia de los primeros
tiempos debió traducirse poéticamente
a eso que terminó llamándose
«mitos».
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Nosotros no poseemos anales de esos tiempos y
hemos conocido a los mitos principalmente a
través de la poesía. Esa es la
razón por la que algunos afirman: «mito
es poesía». Sin embargo hasta la
razón te dirá que ninguna obra
poética puede sacarse del vacío, que
presupone un fundamento. De manera similar otros,
percibiendo el significado de los mitos, afirman:
«mito es filosofía». Pero
aquí también tengo que ofrecer el
mismo argumento, a saber, que la filosofía,
necesitando también un fundamento en el cual
asentarse, no es responsable del nacimiento de los
mitos, aunque esté contenida en ellos, junto
con la poesía.
Puedes reflexionar sobre el hecho de que las
formas poéticas y conceptos
filosóficos comparten la misma
universalidad, y que hay una afinidad natural entre
ellos y aún atracción mutua. Es por
esa razón que el verdadero poeta es
filosófico y el verdadero filósofo es
poético. O como Friedrich von Hardenberg lo
ha expresado:
Je poetischer, je
wahrer [10]
...lo cual es esencialmente lo mismo que
Friedrich (quiero decir Schiller) nos ha dicho:
Was wir als
Schönheit hier empfunden,
Wird einst als Warheit uns entgegen gehn.
[11]
Pero ni la poesía ni la filosofía
son responsables ni del nacimiento de los mitos ni
del lenguaje, puesto que éste era en
sí mismo un mito, y los mitos eran los
dioses mismos actuando sobre la conciencia del
hombre y despertándola justamente para que
poetizara y filosofara, como bastante más
tarde hicieron Hesíodo y Homero.
Es con hombres como ellos que el mito se
transformó en poesía
filosófica o en filosofía
poética; y recién con
Aristóteles la filosofía se
divorció de la poesía y de los mitos,
tornándose en un método conceptual de
exposición que, por sí mismo, no
conduce a ningún lugar nuevo. Pero antes de
él la poesía y la filosofía
eran los vástagos favoritos del mito, o si
prefieres, sus subproductos, reveladores
respectivamente de la Belleza y el Significado, o
como podríamos decir, la Forma y el
Contenido.
Sin embargo este Significado no es el
significado de los mitos en un sentido doctrinario,
ya que los mitos no comunican ni simbolizan un
significado distinto de lo que ellos mismos son.
Los mitos eran los dioses, y éstos no
expresaban otro significado que el de su ser. Los
mitos o los dioses no significan principios o
conceptos, sino que ellos por sí mismos son
esos principios o conceptos eternos. De manera
similar, las representaciones de la poesía
son significativamente verdaderas, aunque no lo
sean literalmente...
Por eso avanzan a tientas y en la oscuridad los
que creen que encontrarán verdades
poéticas o filosóficas en los mitos
distintas de lo que los mismos dicen. Y
también están desorientados los que
confían en hallar verdades históricas
disfrazadas, ya que no había historia antes
de que aparecieran los mitos, aunque el sol se
levantara y se pusiera, y aunque los hombres
durmieran y se despertaran, hicieran el amor,
nacieran y murieran... Y mi propio Heyne, quien en
Göttingen aspiraba a descubrir
fenómenos físicos en los mitos,
estaba también dándole de palos al
aire...
En todo caso estos hermanos, la Belleza y el
Significado (o la Forma y el Contenido), han
crecido indisolublemente juntos y en el amor mutuo.
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Por otra parte tales hermanos como
Nation y Vaterland me
recuerdan a los hermanos tebanos, cuyo
destino fue
por
la mano de un pariente morir y
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