Greek Mythology Link - by Carlos Parada, author of Genealogical Guide to Greek Mythology

El sueño de Friedrich

 

English version

Friedrich von Hardenberg
1772-1801

Friedrich Klopstock
1724-1803

Friedrich von Schiller
1759-1805

Friedrich Stolberg
1750-1819

Friedrich von Schlegel
1772-1829

Friedrich von Klinger
1752-1831

Friedrich Hegel
1770-1831

Friedrich Hölderlin
1770-1843

Friedrich von Schelling
1775-1854

 

Enlaces relacionados

 

«Crear una mitología, darle, en el pensamiento de los hombres, esa credibilidad y realidad que necesita para poder alcanzar incluso ese grado de popularidad que la hace poéticamente útil - esto es algo que va más allá del poder de realización de cualquier individuo.» [Filosofía de la mitología]

«¿Evolucionó la creencia en los dioses, con todo su vasto y misterioso poder, meramente de alguna reflección arbitraria, de alguna limitada y pobremente informada inteligencia que produjo personificaciones y nociones infantiles sobre la naturaleza?» [Filosofía de la mitología]

«La totalidad del universo espacialmente extendido en el espacio no es nada sino el corazón tumescente de la divinidad. Mantenido por poderes invisibles, persiste en una continua pulsación o alternación de expansión y contracción» [Las edades del mundo]

Friedrich von Schelling

 

Baviera, 1840

 

 Alles ist weg

 

Aquella velada Friedrich Stolberg se paró pomposamente sobre la mesa del banquete y proclamó:
—Permítanme decirles, caballeros (y también damas), y luego no diré nada más, que los franceses han comprendido mejor que nadie en Europa, el significado de la palabra «Nation». Dixi!
Una vez pronunciado lo antedicho bebió su vaso jusqu'à la dernière goutte y regresó a su lugar. Este coup de théâtre aconteció en el otoño de 1789, o sea que yo tenía casi catorce años.

Enseguida oí la voz de mi madre susurrando malas noticias en mi oído.
—Friedrich, es tarde. Sé un joven juicioso y vete a dormir; ya mandaré a Cornelia a ayudarte.
Miré a mi madre; no podría decirte cuánto extraño—aún ahora que soy un viejo—su dulce sonrisa. Temiendo perderme el espectáculo hice un gesto de desobediencia, pero ella instantáneamente puso un par de libros en mi regazo.
—Stolberg te los ha traido; ahora pórtate bien y vete. Uno de ellos era la edición de von Loeens de La Ilíada.
—Ni siquiera está en verso, protesté, habiéndole abierto al azar y esperando que la deficiencia cambiara su resolución. Sin aguardar su respuesta reforcé mi posición:
—¡Además este libro no está terminado! ¡Aquí no se cuenta cómo cayó Troya!
Otra vez oí su tono intransigente, aunque esta vez señaló con sus ojos a través de la mesa el lugar donde mi padre estaba sentado vigilándonos. Me di cuenta que tenía que abandonar la arena y, despidiéndome rápidamente de los comensales que estaban a mi lado, me fui escaleras arriba con los libros bajo el brazo. A medida que percibía como los huéspedes se borraban gradualmente de mi vista, sospeché que probablemente había bebido demasiado vino, puesto que me oí cantar con una voz desconocida para mí

Ach du lieber Augustin,
Alles ist weg.
[1]

 El cuento de Don Alfonso

 

No creo, sin embargo, que me haya comportado de manera totalmente indecorosa; en parte porque todo estaba efectivamente perdido, y en parte porque, viviendo en Lindau, uno debe siempre mostrar el respeto debido a nuestros dos vecinos sureños, agradeciendo a los unos su música (ya se trate de Mozart o cantores callejeros), y a los otros Ragaz. A propósito, deberías ir allí conmigo algún día, y quedarte para siempre si puedes. ¡Es un lugar adorable! En mi último viaje me encontré con un quijotesco español de Sevilla, el que, como todos esos jóvenes que padecen o pretenden padecer, parecía derivar su encanto de alguna forma de languidez. Cada vez que nos veíamos simulaba una sonrisa abatida y me dirigía el mismo saludo, «La vida es sueño, Don Federico, como Lola». Hölderlin y su Diotima lo habrían adorado (si no fuera demasiado tarde para eso), aunque Friedrich, como sabemos, finalmente lamentó cierto período de su vida, precisamente por haber sido de ensoñación:

... doch endlich, Jugend! verglühst du ja,
Du ruhelose, traumerische!
[2]

De todas maneras, era de lo más entretenido, Don Alfonso; y mucho había viajado también: regresaba recién de la India... Una vez, cuando ya había oído su saludo habitual varias veces, tuve la tentación de replicar: «Sí, ¿y qué es sueño?», pero por alguna razón me hallé preguntando: «Sí, ¿pero quién es Lola?» Él contestó con voz despreocupada.

—Oh, Lola es Dolores Montes, la mujer que amaba en Sevilla y por cuya causa me fui de viaje para olvidar.
—¿Y ha Ud. olvidado?
—No, para mi desgracia la encontré otra vez en la India...
—¿En la India? ¡Qué coincidencia extraordinaria!, exclamé como diciendo «qué gran mentiroso sois».
Mi tono insolente dio ocasión al suyo magisterial.

Elizabeth Gilbert (Lola Montez)
1818-1861

—Es más que una coincidencia, Don Federico, es el destino...¿Sabe Ud. lo que es eso? Me imagino que, para una persona como Ud., no podría tratarse de la misma mujer, dado que probablemente se dejaría atrapar por el hecho de que era inglesa y su nombre era Liz. Pero para mí «todas las mujeres son una sola mujer»...¿Entiende acaso lo que eso significa?
Ya estaba yo comenzando a sentir el peso potencial de su posición filosófica desorientándome, cuando le oí continuar.
—Liz, al igual que Lola, estaba casada, o sea que no se pudo hacer nada... Yo le rogué: «Liz, ahora eres mi Dolores, deja esta vida asfixiante y vente conmigo a Suiza», pero ella me contestó que no quería vivir en un país pequeño hecho para exiliados. Entonces mi amor me inspiró a darle coraje: «¡Vayamos a Baviera entonces!», propuse. «Munich es una ciudad maravillosa y te prometo, ¡no, te juro!, que exigiré de todos que caigan a tus pies, tal como lo hago yo ahora, y les construyan un monumento. Pero créeme, no será necesario: lo harán por su propia voluntad. Los bávaros son la gente más generosa y exuberante del mundo. Harían cualquier cosa que les pidieras: bajarte la luna, saltar por la ventana, o convertirte en una condesa, como mereces. ¡Déjame mostrarte a los bávaros, Lola; nunca has visto nadie que se les parezca! Podrían pelear y hacer revoluciones, y hasta pegarle fuego a la ciudad por causa tuya. ¡Lo juro! ¡Déjame mostrarte Munich!» ...Ud. pensará que yo la estaba engañando intencionalmente, pero le aseguro que en ese momento creía en todo lo que le prometía. Tal era mi amor, y habría cumplido con mi palabra... Pero aunque ella era infeliz en su matrimonio, y pese a que en su corazón deseaba venir, no pudo decidirse. ¡Un gran desperdicio! Por esa razón tengo el aspecto de Werther, como lo habrá notado.

En fin... según me parece, Alfonso estaba tan lejos de parecerse a Werther como es posible, aunque pueda que tuviera razón sobre los bávaros. Con respecto a Lola, de quien después me contó muchas otras cosas, yo tenía dudas hasta de su propia existencia, y aunque temí ofenderlo, se las confesé. Para mi alivio Alfonso no se enojó.
—No se preocupe, Don Federico, ni el propio Don Quijote estaba completamente seguro de la existencia de Dulcinea.
Y recitó las palabras del caballero:

Dios sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo.

—No podemos investigar todo, ¿verdad?, resumió coloquialmente. Y a continuación, para mi sorpresa, se permitió parafrasear a Friedrich Hegel.
—De la misma manera como Ud. no puede decidir si Lola es wirklich, tampoco yo pude decidir si era vernünftig, y sin embargo...
Suspendió allí su discurso y disfrutando por lo visto de su propia broma, llenó mi copa con vino y añadió:
—Ahora bien, ¿en qué medida piensa Ud. que debamos permitirle a Wirklichkeit y Vernunft que nos estorben?

Pero me dejas divagar, Friedrich... Lo que quería decir es simplemente ésto: «Ven a Ragaz; trabajas demasiado», ¡no!, te preocupas demasiado.

 Sturm und Drang

 

Bueno pues... como yo (o Augustin) venía diciendo, todo desapareció, y las cenas nunca volvieron a ser las mismas, puesto que se puso de moda llamar al vino «la sangre del tirano» y dejar que todo fuera tragado, no por una literaria, sino por una literal

Sturm und Drang [3]

No creo que Friedrich Klinger haya podido adivinar lo que estaba ocurriendo cuando su Wirrwarr recibió su largo título. Pero por otra parte, ¿quién lo habría podido? No tengo la intención de hacerlo responsable de nada pero, como debes haber notado, la poesía requiere, desde ese entonces, explicaciones, como si éstas fueran posibles o convenientes... Y luego llegó Friedrich (quiero decir Schlegel) y sacando adelante sus teorías, introdujo todavía más confusión en el seno de toda una generación, incluyendo tu fallecida esposa (si es que me disculpas por traer a colación cosas viejas). ¿Pero puede la poesía nacer de teorías, o de la extravagancia colectiva de los clubes?

El otro libro que me había traído Friedrich eran las Odas de Klopstock, el mismo ejemplar que después le regalé a Friedrich y Susette. A Friedrich Klopstock lo apreciaban todavía, aunque no tanto por sus Odas como por ser un hombre de La Nation. De aquí los pensamientos criminales de Friedrich y su patética sed de sangre del tirano:

Der Tyrannen Blut
Der Tyrannen Blut
färbte deine blaue Wellen...
[4] etc.

Dioniso

Tal era el talento de Stolberg, pero en lo que tiene que ver con la sangre, sucumbió desvergonzadamente al tirano Dioniso, aplacando su sed con los mejores vinos añejos que él mismo, junto con su hermano, pudo solventar (o así me cuentan...).

 La Berceuse de Cornelia

 

En fin, cuando llegué a mi dormitorio me paré frente al espejo con mi cara empolvada y mi peluca, calzando mis zapatos de cuero suave y de grandes hebillas, y vistiendo las nuevas prendas que mis padres le habían hecho confeccionar al viejo Friedrich. Contemplé como en un trance mis calcetines blancos de algodón, mi calzón corto de seda y mi chaleco dorado. Luego esperé a Cornelia unos minutos, pero como demoraba y no me sentía muy bien, me desvestí solo y me acosté.

Leí el libro de Klopstock con sus mitos y dioses durante el corto rato que mi aturdimiento permitió, y después, cerrando mis ojos, me arrullé hasta caer dormido mediante la práctica mental de mi pronunciación francesa, repitiéndome a mí mismo las palabras que en aquel momento tenía en mi cabeza: «Le Mythe et La Nation... La Nation et le Mythe...»; y mientras efectuaba esta extraña oración me quedé dormido, siendo mi último pensamiento que et sonaba igual que est y que nadie podría distinguir la diferencia entre «Le Mythe et La Nation» y «Le Mythe est La Nation».

Sin embargo, tal vez sólo estaba dormitando, porque oí a Cornelia entrar en la habitación y susurrar:
—¿Friedrich? Dulce Fritz, ¿estás dormido?
Creo que me moví... Entonces ella, inclinándose hacia mí, improvisó, como si fuera una canción de cuna, una melodía para acompañar los versos de Silesius:

Ich weiss, dass ohne mich Gott nicht ein Nu kann leben,
Werd ich zu nicht, er muss von Not den Geist aufgeben.
[5]

El vino en mi cabeza (supongo) intentó contrarrestar mentalmente con «Ein feste Burg ist unser Gott», pero ella continuó con los otros versos:

Ich bin so gross als Gott, er ist als ich so klein
Er kann nicht über mich, ich unter ihm nicht sein.
[6]

¡Cornelia cantaba hermosamente! Tenía la dulce sonrisa de mi madre, pero como sabes, no éramos parientes. Era mucho mayor que yo y sin embargo yo disfrutaba de su compañía más que de la de ninguna otra persona. Cornelia vino a vivir con nosotros en 1783, cuando murió su padre. Luego, en 1791, vino a Göttingen, donde yo estaba asistiendo a las clases de Heyne, a traerme ropas (creo que entonces estabas en Tübingen). A su regreso, sin embargo, cayó enferma y murió en Buchhorn (que ahora llaman Friedrichshafen) teniendo apenas 32 años. Cuando aconteció su muerte mis padres me llamaron a Lindau y ese fue el fin de mi estada en Göttingen, a la que nunca me arrepentí de haber abandonado, puesto que el Profesor Heyne, en quien yo había puesto mis esperanzas, parecía vivir a expensas de sus oyentes, limitándose a enseñar, en cada ocasión, lo que él mismo estaba interesado en investigar.

Armas de Lindau

Ubicación de Friedrichshafen (Württemberg), y Lindau en el corredor bávaro que llega al Lago de Constanza, en la intersección de Suiza, Austria y Alemania.

Borracho y sin embargo sobrio

 

 

Pues bien, mientras Cornelia continuaba con su canción, yo comencé a verla inclinándose y cantando, aunque tenía mis ojos cerrados. Acaso sólo me la imaginara vivamente; no podría decirlo. Pero al menos ésto comprendí más tarde: que yo no estaba ni despierto ni dormido.

Aún más, me sentía arder y sin embargo estaba completamente sosegado. Mirando mentalmente hacia abajo todo parecía hundirse en un caos inimaginable; y mirando hacia arriba las mismas cosas aparecían ordenadas en tal armonía y belleza como no podría yo haberlas concebido por mí mismo. Estaba borracho y sin embargo sobrio.

Apolo

Dioniso

Me sentí abrazar todas las profundidades y todas las alturas, todos los odios y todos los amores, dado que cada pensamiento se presentaba como un «todo». Si pensaba «hombre», entonces aparecía ante mí una infinita procesión de todos los hombres posibles: el obeso y el delgado, el alto y el bajo, el viejo y el joven, el sabio y el loco, el vivo y el muerto, y así sucesivamente. Y si aparecía en mi mente la idea de una simple mesa, entonces pasaba revista a todos los tipos imaginables de mesas de todos los tiempos. No una por una, sino todas a la vez, aunque se distinguieran la una de la otra. Y cuanto más preñada era la idea que venía a mi mente, más intensa era mi emoción. La angustia me invadió, pero entonces descubrí que el cantar de Cornelia, por transformar el fuego en luz y el caos en unidad, me aliviaba, y entonces me dejé ir... En una palabra, Friedrich: era como si me hubiera encontrado con Dioniso y Apolo al mismo tiempo.

Los conocidos de Cornelia

Ahora bien, Cornelia no era como algunos se la imaginaban. Había visitado a Mesmer en varias ocasiones; la primera vez en Viena, donde su madre la había llevado para que «se mejorara», como decían. Cornelia no hablaba nunca de Mesmer, pero habiendo oído en casa las habladurías de los otros, la interrogué, y ella me respondió así:

—Dime Friedrich, has escuchado la canción de los pájaros? En lo de Mesmer hubo una vez una fiesta en la que conocí a un joven; pero sólo te diré lo siguiente: él podía tocar música como los pájaros cantan.
Le pregunté el nombre de ese joven y ella me lo nombró; así que cuando, en ocasiones posteriores, ella iba a visitar a Mesmer en Baviera, yo pensaba que lo hacía para encontrarse con Mozart otra vez.

Mesmer
1734-1815

Mozart
1756-1791

Actualmente no creo que fuera así... o acaso sí lo fuera. En cualquier caso (pues muchas son las coincidencias que debemos soportar) Cornelia y Mozart murieron el mismo día. Y te contaré algo más que ha alimentado mis dudas desde hace muchos años: una tarde, cuando Cornelia y yo estábamos pasando el tiempo contando las velas en el lago, le oí suspirar.

—¡Ya no puedo amar más a este lago como antes!
Todavía tenía sus ojos fijos en la distancia cuando pregunté:
—¿De qué hablas?
Entonces, como si se arrepintiera de sus palabras, dijo titubeante:
—Bueno... quiero decir que me encanta llamarlo Bodensee o Schwäbischen Meer, pero como podría nadie llamarlo Lac de Constance?

Constantius I
250-306

Constanze Weber
1762-1842

—¿Por qué no?
Cornelia hizo una pausa como para componerse antes de «escribir en el aire con tinta filosófica».

—Bien Monsieur, muéstreme la constancia, ¿está en las velas o en las olas?
—No tiene nada que ver con constancia. Hay una ciudad, Constanz, al otro lado del lago, así llamada, por si no lo sabes, en honor de Constancio, el emperador romano.

No debería haberla provocado, ya que Cornelia, poniéndose el atuendo de tutora, empezó a disertar sobre Constancio I, Constantino I, Constantino II, Constancio II, Constante I, Constantino III, Constante II, y Constancio III, y a continuación sobre Constantina, la hija de Constantino el Grande, al igual que sobre varios otros que me sería imposible recordar ahora. Pero después de 1791, quedé convencido que, por medio de esta tediosa disertación, Cornelia exorcizaba a Constanze Weber.

La tediosa disertación de Cornelia en el Lago de Constanza

Constantino I
273-337

Constantino II
316-340

Constancio II
317-361

Constante I
320-350

Constantino III
?-411

Constante II
?-411

Constancio III
?-421

Constantina
c. 294-330

De cualquier forma lo que quiero decir es ésto: Cornelia estaba obviamente familiarizada con el llamado «sueño mesmérico», y aquella noche pudo haberme inducido a sumergirme más profundamente en él... Te digo ésto sólamente porque deseo que lo tengas en cuenta, y no porque quiera hacer una distinción demasiado nítida entre los acontecimientos del sueño mesmérico y los que pertenecen al sueño ordinario, ya que no creo que sepamos lo suficiente de ninguno de ellos. Como recordarás los antiguos distinguían dos clases de sueños (con sus respectivas puertas de cuerno y de marfil), de los cuales sólo uno era considerado capaz de restaurar la interrumpida conexión que existe entre el alma que habita la materia y su guía superior, la cual es su esencia espiritual y la causa de la salud en todas las esferas.

No voy a decir si ésto es cuerno o marfil; eso lo decidirás tú. Pero deberías tener en cuenta que no he estado enfermo ni una vez desde 1789. En cuanto a la enfermedad y muerte de Cornelia, estoy convencido que ella misma las provocó a ambas interrumpiendo voluntariamente las conexiones espirituales.

Porque la enfermedad (y no me refiero necesariamente a tus periódicos catarros) es a menudo causada por tales interrupciones, las cuales a la vez son el frecuente resultado del egoísmo individual, aunque ciertamente no en su caso. Como tú mismo puedes ver, la gente reprimida, estando incapacitada para la producción espiritual en razón de su falta de libertad e independencia, inventa todas clases de enfermedades, tanto para sí mismos como para otros iguales a ellos. Pues mientras que los sueños, el éxtasis y la libertad hacen descender a los dioses, estimulando todo los poderes internos y permitiendo la más dulce interrelación lúdica, tal dementia rationalis como la que ellos adoptan como estrella guía de sus vidas, los sumerge en la esclavitud, la miseria y también la enfermedad.

El significado de la locura

Fíjate a propósito (si es que me permites esta digresión) que, de todos los beneficios que acabo de mencionar, apenas la idea de la «libertad» se conserva, aunque sólo porque muchos piensan que podría serles útil para su redención, la cual conciben, no en términos espirituales, sino políticamente. Sin embargo, la verdadera libertad procede del amor y el afecto, mientras que la libertad política no es sino un mero reflejo de la primera. Ahora déjame decirte un par de cosas sobre el éxtasis, el cual se relaciona tanto con la libertad como con la salud.

Desde la Poética de Aristóteles, ¡no! desde el Fedro de Platón, ha sido habitual decir que ningún hombre podría jamás realizar nada si no invocara continuamente a la locura, la cual, aunque deba superarse, no debe nunca faltar completamente. Y ciertamente vemos todos los días que aquellos que se llaman a sí mismos sobrios, haciéndole reverencias a su intelecto como si se tratara de una deidad, carecen de creatividad y son incapaces de parir nada, excepto quizás mecanismos de relojería y otros artefactos similares, adecuados para reforzar su propio esclavizamiento diario, así como el ajeno. Es a ellos que Platón se refería al decir:

...el trabajo del hombre sobrio es inmediatamente eclipsado por el del loco.

Platón
427-347 A.C.

Pero a los antiguos se los escudriña actualmente a través de las gafas distorsionadas de nuestra propia época; y no se me ha escapado que algunos llaman a Platón «aristocrático», «anticuado», y otros motes que se pretenden despectivos, por haber reivindicado la inspirada santidad del poeta loco, amado de las Musas. ¿Pero con qué motes mejores podrían salir quienes apenas poseen en sus mentes un concepto más elevado que La Nation? No es sorprendente que, en su manera de ver, la poesía ha decaído, no a causa de la pobreza espiritual que ellos mismos promueven, sino en razón de esa misma locura poética que ellos rechazan, diciendo que no era otra cosa sino una pretensión vacía de dote espiritual. ¿Pero qué podrían saber ellos de dotes espirituales, cuando niegan el espíritu por completo en beneficio del intelecto y los engranajes que produce? Nada, me imagino; puesto que tal como son, así también deberán ver y saber.

Además, si la locura platónica o inspiración divina fuera reprimida, desdeñada o excluída, ya voluntariamente o por la fuerza, ¿qué le quedaría al intelecto por ordenar? ¿Cómo podría el intelecto probarse a sí mismo si no fuera a través de la conquista y el ordenamiento de esa misma locura? ¿Y es sensato, o aún placentero, como el sobrio intelecto actualmente manda, abandonar por completo la esfera del espíritu para concentrarse en engranajes, máquinas de vapor y otras cosas parecidas, inflando las ciudades y arrojando millares a la miseria tanto espiritual como material en obsequio a esos mismos artefactos inútiles? ¿No es así, querido Friedrich, que la carencia completa de locura conduce al encogimiento de la conciencia, a la vida repetitiva y automática, a la idiotez absoluta y además a grandes cantidades de humo de locomotoras?

Entonces, pues... ¿queda algo de la libertad y la locura de los antiguos? Porque, ¿qué quiso decir el poeta inglés cuando le hizo recitar a un pájaro?:

I am the image of swift Plato's spirit,
Ascending heaven—Athens does inherit
His corpse below.
[7]

En fin... Me tienta el preguntarte qué opinas de der magnetische Schlaf, pero como ya he divagado bastante, déjame en cambio hacerte un breve recuento de mi sueño (aunque lo habrás de leer en mis apuntes).

El sueño

 

Estaba entonces dejándome llevar por la canción de Cornelia, cuando de repente me vi parado frente al espejo de mi dormitorio, como si no me hubiera ido a la cama. Vestía las mismas ropas que te he descrito y detrás de mí podía ver, sobre la mesa de luz, el libro de Klopstock y el de Homero. En un instante, en lugar de verme a mí mismo reflejado, vi a Cornelia cantando Silesius y aparentemente profetizando su propia muerte, ya que cantaba:

Ich sage, weil der Tod allein mich machet frei,
Dass er das beste Ding aus allen Dingen sei.
[8]

Grité «Nein!» y la abracé (quiero decir que abracé el espejo pero, mesmérico o no, tú estás familiarizado con los sueños ¿no es así?). Lloraba en su seno y me aferraba sin dejarla ir, pero ella me consolaba:
—Es una canción, mi dulce amigo, es una canción; ven, voy a mostrarte una cosa.

Preguntas en la oscuridad

 

A continuación se esfumó y yo me encontré, hecho un viejo (muy parecido al que tienes frente a ti), en el medio de ninguna parte, o más precisamente en el centro del no-ser, lo cual no era exactamente «la nada» puesto que algo estaba a punto de ocurrir. No me sentía contrariado porque pronto me di cuenta que la razón de mi vejez simplemente era la juventud del mundo. Pero al mundo lo dominaba una inmensa oscuridad, o sea que no pude recobrar mi calma antes de que empezara a percibir que la luz vendría. Esta percepción, sin embargo, no se parecía al sentimiento que habitualmente experimentamos cuando sabemos que el día deberá pronto suceder a la noche. Esta oscuridad no era noche y nada podía venir después de ella, dado que toda sucesión era impensable. No debiera siquiera llamarla «oscuridad». ¿Debería decir érebos en su lugar? Quizás, si este término te ayudara a entender cuán diferente era de la oscuridad habitual. En todo caso no era «el vacío». Aún menos era infinita o ilimitada, sino redondeada, completa y terminada, siendo infinita en su interior y no en su exterior.

Después mi boca se abrió sola y de ella salieron preguntas como pájaros volando hacia la oscuridad sin sentido ni dirección: «¿Qué es La Nation?», «¿Qué es Mito?», «¿Qué es Presencia?», «¿Qué es Ausencia?», «¿Qué es Canción?», «¿Qué es Algo?», «¿Qué es Nada?» Continué formulando preguntas—una atrás de otra y sin esperar respuesta—como si disfrutara de mi voz nueva y profunda («un sueño comprensible tratándose de un muchacho que estaba cambiando la voz», dirán algunos en su infinita sabiduría).

Ni tiempo ni espacio ni lenguaje

 

De esa manera continué por un rato: «¿Qué es Poesía?», «¿Qué es Vino?», «¿Qué es Hombre?», y así sucesivamente (incluso pregunté «¿Qué es Sueño?»). Cuando finalmente no se escaparon más preguntas de mi boca, el paisaje se abrió frente a mí y vi hombres, mujeres y niños yendo sin propósito alguno en todas direcciones. Nacían, envejecían y morían frente a mí, como si los años fueran cortos instantes. Pero como nada ocurría, excepto lo que estoy diciéndote, comprendí que no existía el tiempo en sus vidas. En consecuencia, razoné, no podía tampoco haber lenguaje, ya que yo suponía que el tiempo se derivaba de la conciencia y esta última del habla. Entonces percibí que tampoco había espacio, excepto idealmente. Todo lo que necesariamente debía pasar pasaba interiormente, dado que los cambios de lugar habían sido abolidos y ocurrían sólamente como cambios de estado.

¿Entiendes con tu corazón lo que estoy diciendo, Friedrich? Pues sé que la razón, aunque pareciendo comprender, muy pronto empieza a disolver lo inconmensurable en diversas partes conmensurables, fragmentándolo todo y perdiendo todo significado.

Una raza

 

Muy bien, pues... Aunque lo que presenciaba era más bien el estado mental de estos hombres, que no su vida corpórea, podía verlos y percibir que no había entre ellos diferencias notables. Quiero decir que todos pertenecían a una misma raza; y esta raza única poblaba el mundo entero, el cual tenía ante mi vista en su totalidad. Como digo, no se parecían a ninguna raza en particular, y sin embargo percibí, como si hubieran sido transparentes, que podía descubrir, en cualquiera de ellos y al mismo tiempo, los rasgos del turco, o del chino, o del africano, o del europeo, o los de cualquier otra raza en la que pudiera pensar.

El aliento del mundo viviente

 

Inmediatamente el mundo mismo me llamó la atención... Vi que era un mundo vivo, tan vivo como cualquier organismo viviente. Cuando lo deseaba podía percibir la multiplicidad de la naturaleza, y sin embargo sólo había pacífica unificación, como si los poderes del antagonismo violento estuvieran aplacados y nunca fueran a levantarse el uno contra el otro.

En esta época los hombres no respiraban su propio aliento, sino el aliento de ese mundo viviente; porque no existían alientos separados, sino un único aliento. Supe que ese mismo hálito era Dios para ellos. No habrían podido pronunciar una tal palabra, ni pensar la idea, pero el hálito, estando dentro y fuera de ellos, les era sagrado. Sin embargo no era de ellos; pertenecía al mundo entero. Contemplando este hálito uniforme noté que contenía los secretos, aún no revelados, del habla. Porque el propio aliento, no diferenciándose de todas las palabras y nociones concebibles, aparecía como una substancia rotatoria que consistía de claridad pura, en el medio de la cual los vocablos se seguían y perseguían los unos a los otros, produciendo las más pasmosas combinaciones y los más sublimes efectos. Los poetas y filósofos de las primeras épocas, como más adelante presencié, simplemente se limitaban a persuadir a esta substancia, o lenguaje, que les revelara sus tesoros escondidos, una proeza bastante difícil o imposible de realizar actualmente por razones que espero exponerte después. Aún más, dentro de esta clara substancia no había diferencia entre el habla y la música: en cuanto las palabras se combinaban había música, sonara o no, y cuando había sonidos las palabras se combinaban, como si bailaran o cantaran al son.

Entre tanto el hombre, no siendo el dueño de este hálito, aunque sí hallándose en perfecto unísono con él, no experimentaba nada que fuera divergente. La totalidad de su ser estaba lleno de este sentido de unidad, y ninguna desviación podía ser percibida. Pero si insistes en interrogarme deberé decir que comían y bebían y hacían todo lo demás de la misma manera que nosotros, con la excepción del hálito. No me preguntes, en cambio, por cuánto tiempo permanecieron en tales condiciones, porque como digo, no había tiempo ni duración de ninguna clase, y consecuentemente nada (o si insistes, muy poco) ocurría, ya fuera en sus mentes o en su entorno.

División

 

Cuando había presenciado todo esto, Cornelia regresó a mi sueño cantando Silesius otra vez:

Gott ist ein Wunderding; er ist das, was er will,
und will das, was er ist, ohn alles Mass und Ziel.
[9]

No dije nada, porque en su presencia temía mi propia voz. Cuando hubo cantado esos versos, sin embargo, desapareció, y mirando otra vez a mi alrededor, descubrí un mundo nuevo ante mí: la unidad se había vuelto multiplicidad, la homogeneidad diferencia, la inclusión exclusión, la cercanía dispersión, y así sucesivamente. También pude ver que la raza única se había dividido en muchas debido a razones puramente internas. Sus almas estaban conmovidas, y uno se transformó en turco, otro en europeo, y un tercero en chino.

Ahora bien, sé que algunos genios creen que los chinos obtuvieron sus ojos oblicuos como protección contra el viento, y que el sol es responsable del color más oscuro de piel de la mayor parte de los africanos e hindúes, y que los ojos verdes provienen de mirar demasiado a los árboles. Pero el viento, el sol y los árboles no podrían impactar la apariencia del hombre con tanta fuerza como el antagonismo interior que habita en su propia alma. Es este antagonismo, más que ninguna composición química o accidente mecánico, la que induce a cada individuo a comenzar su vida rotando alrededor de su propio eje. Y es debido a estos poderes del movimiento circular, que cada hombre adquiere una naturaleza que lo vuelve egocéntrico y diferente de su vecino.

Cuando se dieron cuenta de sus diferencias se distribuyeron por toda la tierra, yéndose a habitar tan lejos de los otros como pudieron. Esto no ocurrió en el correr de miles de años, como algunos creen, sino tan rápido que podríamos, sin lugar a dudas, decir «de repente». Pues esta dispersión fue causada por una crisis espiritual, y no por un terremoto o un diluvio. Se separaron por propia voluntad y no obligados por el clima ni por cualquier otra catástrofe de orden físico. Si esto último hubiera sido el caso, entonces sólo se habrían producido ramificaciones del mismo pueblo que mostraran diferencias menores, como esas que se observan entre tribus distintas pertenecientes a una misma familia étnica.

Todo esto aconteció porque el hálito, después de haber sido único, se diversificó. Así se elevó el hombre a la individualidad y a la libertad, de las cuales proceden la variación y la dispersión. Aquí se podría reflexionar que, aunque los dioses sean muchos, la divinidad deberá necesariamente ser una sola; o inversamente, que la divinidad comprende muchas cosas y abarca cualquier naturaleza o naturalezas que podamos imaginar. Pero el sueño no le dio relevancia a este asunto.

Los griegos

 

Me vi forzado, en este momento, a seguir un grupo. Elegí a los que después fueron conocidos como «griegos» en razón de que percibí que estaban logrando, de manera mejor que cualquier otro grupo humano, imitar, a través de sus propias expresiones, la sublime belleza y el significado impensable de la clara substancia que eternamente rotaba y se desdoblaba. Entretanto otros se habían dejado impresionar por la «verdad» que esa misma substancia comunicaba. Éstos también me parecieron interesantes; pero entonces noté que ellos, al traducir esa verdad a sus propios términos, la fijaban. Sin embargo nada me pareció fijo dentro de la substancia misma. Es verdad que la percepción de estos otros pueblos les permitió presentar doctrinas sagradas, sistemas ingeniosos, leyes sabias y muchas otras cosas, dirigidas ya fuera a explicar o venerar tanto a la substancia como a su verdad. Pero el resultado fue que algunos de ellos, creyendo que no se conformaban a la verdad que la clara substancia les comunicaba, terminaron por temer tanto a ésta como a aquella. Y aquí debo decir que no vi que hubiera miedo dentro de la clara substancia. El miedo le es ajeno, pero hablaré de esto en otra ocasión.

Mientras los griegos entonces, fundiéndose con la dicha substancia, viéndola por doquier e imitándola sin miedo de manera de participar de su belleza y significado, avanzaban rápidamente con mayor libertad y felicidad, los otros, habiéndose sentido abatidos por el abrumador poder de la misma substancia, se divorciaron de ella mediante el miedo y perdieron contacto con ella mucho antes. Y en razón de que los griegos imitaron a la substancia más de lo que la veneraron, vivieron junto a los dioses, esculpiendo como ningún otro, pintando y construyendo como los mejores, transformándose en genios de la poesía y de la prosa y creando obras maestras en todas las disciplinas en las que se les ocurrió ocuparse, ya se tratara de filosofía o de historia, teatro o ciencias políticas. Todo provino de la claridad de la substancia: el habla, los mitos y sus dioses, la música y también la razón, que es la facultad de aprehender la belleza y el significado y como se relacionan la una con el otro. Pues razonable es llamado aquel que presta atención tanto a la forma como al contenido, evitando así tanto lo feo como lo vacío.

Pero además hubo genio en su postura, el cual consistió en imitar la libertad de la substancia. Porque ellos comprendieron, desde el mismo comienzo, que la substancia era libre; y como su actitud fue la de venerar la substancia principalmente mediante la imitación, empezaron por remedar su libertad. Así se persuadieron de que no debía temerse el poder de la substancia, y habiendo vencido el miedo, vivieron y crearon de manera más libre que ningún otro, permaneciendo por más largo tiempo que los demás en contacto directo con su divina fuente, y sintiendo más que otros la presencia de la divinidad en todas las circunstancias de la vida. Podían decir como Esquilo:

...nadie es libre excepto Zeus.

...reconociendo así la inmensa superioridad de la deidad. Sin embargo ellos, imitando al dios, hicieron todo lo que pudieron para conquistar para ellos mismos cualquier grado de libertad que le fuera posible disfrutar a un hombre sin que por ello dejara de recordar su condición mortal. Pese a ello la libertad no fue para ellos una deidad, sino que la derivaron del espíritu y las creaciones de sus dioses. También supieron que el orden debe prevalecer, tanto en el arte como en otras cosas, si es que la libertad ha de preservar su más profundo significado.

Ahora bien, cuando el mundo se llenó así de acontecimientos el tiempo empezó a correr; y en la medida que las formas se diferenciaron más, apareció el espacio, que no es un mero vacío sino una fuerza de expansión y contracción orgánicamente viva. No obstante, la concepción actualmente prevaleciente es que un punto del espacio es igual a otro, y que todos estos puntos anónimos se han unido para formar una expansión absolutamente indiferente, sin otro objetivo o significado (según lo fuerzan a uno a asumir) que la de pasivamente ofrecer al hombre contemporáneo un lugar donde poner sus muebles y máquinas.

El habla

 

Fue cuando todo esto ocurría que los hombres empezaron a hablar, puesto que antes, teniendo un solo parecer y una sola apariencia, no lo habían necesitado. Es importante señalar que empezaron a hablar de una sola vez y no, como algunos creen, luego de un largo proceso de aprendizaje. Demasiado bien sabemos tú y yo que hay quienes afirman que ciertos salvajes inventaron una palabra un día y otro día otra palabra, y que las guardaron en sus mentes con el propósito de enseñárselas a otros. Sin embargo se mantiene, al mismo tiempo, que estos mismos salvajes carecían de educación y estaban muy ocupados cazando. ¿Cómo es posible entonces? De manera parecida hay quienes se imaginan que los dichos salvajes obtuvieron al final un lenguaje a través de algún otro tipo de método atomístico, produciendo substantivos un mes, adjetivos el mes próximo y verbos al año siguiente; o si no, coleccionando frases completas durante largos períodos de tiempo.

Sin embargo, eso no es lo que podemos observar. Pues, aunque se inventen algunas nuevas palabras al tiempo que se olvidan otras, el núcleo de los idiomas, o sea su casi perfecta coherencia como sistemas de ideas, no ha experimentado ninguna modificación en miles de años. O sea que en ese aspecto no puede descubrirse ninguna mejora; y en lo que concierne a su forma exterior, parece más bien que mientras las lenguas antiguas representan un tesoro tanto de filosofía como de poesía, nuestro propio lenguaje empieza a asemejarse al del bruto.

Además: ¿es posible concebir conciencia humana sin lenguaje? ¿Y cómo se explica que salvajes sin conciencia pudieran haber juntado alguna vez suficiente propósito, creatividad y tiempo, de manera de ser capaces de fabricar, a través de la razón y de la lógica (las cuales no se reconoce que poseyeran), y sin contar con la guía de ningún modelo, un recurso tan espléndido?

No observé en mi sueño que su lengua surgiera a retazos, sino que la aprendieron enteramente y la hablaron, no de a poco, como los niños en nuestros días deben necesariamente aprenderla, sino de un golpe. Aún más, la hablaron como filósofos poéticos, o como poetas filosóficos, desde el principio. Esto puede parecer extraño, pero por otro lado hasta la misma razón te dirá que el lenguaje, con todas sus profundidades y su insondable intencionalidad en todos los detalles, está mucho más allá de las posibilidades de cualquier invención gradual.

El lenguaje no tuvo un comienzo miserable, ya que la vida de los hombres no progresa de lo insignificante a lo grandioso, sino que exactamente en la dirección inversa. Y la razón por la cual la grandiosidad del pasado no puede ser superada es que la memoria de aquella presencia divina que una vez causara la iluminación de la conciencia humana aún estaba fresca en los primeros tiempos. A medida que la memoria se fue disipando en su mente, el hombre se hundió más profundamente en la materia, procediendo de lo grandioso a lo insignificante. Esa es la dirección del progreso humano.

Presencia divina

 

Ahora bien, el lenguaje se le apareció a estos hombres como un ser viviente; porque el lenguaje era el aliento y el aliento estaba vivo, siendo la claridad pura del mundo y estando lleno de ingeniosas y sublimes combinaciones de palabras, nociones y música. Debería decir, más precisamente, «un ser divino», puesto que no había diferencia entre la nueva facultad del habla y lo que llamamos su Götterwelt.

Y de la misma manera que la naturaleza, al formar el cráneo, previó el nervio que deberá viajar a través de él, la clara substancia, al entregar el lenguaje, previó todas las combinaciones posibles de nociones y palabras, las cuales son los dioses mismos, la poesía, la filosofía, y todo lo demás. El lenguaje reveló la naturaleza de todas las cosas, pero sobre todo reveló la naturaleza de los dioses, cuya abrumadora presencia el hombre percibió tanto dentro como fuera de él.

Así, desde el momento que el hombre ganó acceso a esa claridad, su corazón se llenó con toda clase de representaciones de los dioses, puesto que éstos obviamente constituían las combinaciones más elevadas de ideas que residían en la clara substancia que le penetraba. En consecuencia su habla, en el comienzo, o bien se refería a los dioses, o bien evocaba su presencia en todas las circunstancias de la vida, porque como decimos: «de lo que el corazón está lleno, habla la boca».

Pero como ya te he dicho, el hombre evita el atrayente poder de los dioses y busca su propio centro de gravedad. Y mientras eso hacía, la memoria de los dioses se fue desvaneciendo, y entonces la divina presencia de los primeros tiempos debió traducirse poéticamente a eso que terminó llamándose «mitos».

Poesía y Filosofía

 

Nosotros no poseemos anales de esos tiempos y hemos conocido a los mitos principalmente a través de la poesía. Esa es la razón por la que algunos afirman: «mito es poesía». Sin embargo hasta la razón te dirá que ninguna obra poética puede sacarse del vacío, que presupone un fundamento. De manera similar otros, percibiendo el significado de los mitos, afirman: «mito es filosofía». Pero aquí también tengo que ofrecer el mismo argumento, a saber, que la filosofía, necesitando también un fundamento en el cual asentarse, no es responsable del nacimiento de los mitos, aunque esté contenida en ellos, junto con la poesía.

Puedes reflexionar sobre el hecho de que las formas poéticas y conceptos filosóficos comparten la misma universalidad, y que hay una afinidad natural entre ellos y aún atracción mutua. Es por esa razón que el verdadero poeta es filosófico y el verdadero filósofo es poético. O como Friedrich von Hardenberg lo ha expresado:

Je poetischer, je wahrer [10]

...lo cual es esencialmente lo mismo que Friedrich (quiero decir Schiller) nos ha dicho:

Was wir als Schönheit hier empfunden,
Wird einst als Warheit uns entgegen gehn.
[11]

Pero ni la poesía ni la filosofía son responsables ni del nacimiento de los mitos ni del lenguaje, puesto que éste era en sí mismo un mito, y los mitos eran los dioses mismos actuando sobre la conciencia del hombre y despertándola justamente para que poetizara y filosofara, como bastante más tarde hicieron Hesíodo y Homero.

Es con hombres como ellos que el mito se transformó en poesía filosófica o en filosofía poética; y recién con Aristóteles la filosofía se divorció de la poesía y de los mitos, tornándose en un método conceptual de exposición que, por sí mismo, no conduce a ningún lugar nuevo. Pero antes de él la poesía y la filosofía eran los vástagos favoritos del mito, o si prefieres, sus subproductos, reveladores respectivamente de la Belleza y el Significado, o como podríamos decir, la Forma y el Contenido.

Sin embargo este Significado no es el significado de los mitos en un sentido doctrinario, ya que los mitos no comunican ni simbolizan un significado distinto de lo que ellos mismos son. Los mitos eran los dioses, y éstos no expresaban otro significado que el de su ser. Los mitos o los dioses no significan principios o conceptos, sino que ellos por sí mismos son esos principios o conceptos eternos. De manera similar, las representaciones de la poesía son significativamente verdaderas, aunque no lo sean literalmente...

Por eso avanzan a tientas y en la oscuridad los que creen que encontrarán verdades poéticas o filosóficas en los mitos distintas de lo que los mismos dicen. Y también están desorientados los que confían en hallar verdades históricas disfrazadas, ya que no había historia antes de que aparecieran los mitos, aunque el sol se levantara y se pusiera, y aunque los hombres durmieran y se despertaran, hicieran el amor, nacieran y murieran... Y mi propio Heyne, quien en Göttingen aspiraba a descubrir fenómenos físicos en los mitos, estaba también dándole de palos al aire...

En todo caso estos hermanos, la Belleza y el Significado (o la Forma y el Contenido), han crecido indisolublemente juntos y en el amor mutuo.

Los hermanos odiosos

 

 

Por otra parte tales hermanos como Nation y Vaterland me recuerdan a los hermanos tebanos, cuyo destino fue

por la mano de un pariente morir y