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Océano Atlántico,
marzo de 1967
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«...
une erreur entrée dans le domaine public
n'en sort jamais; les opinions se transmettent,
héréditairement, comme des
terrainson y bâtitcela finit par
faire une ville: cela finit par faire
l'Histoire.» [1] [Rémy de Gourmont
1858-1915, Epilogues]
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Dime, Friedrich, ¿por qué piensas
dedicarte a la filosofía ahora que has
terminado tus estudios de español? ¿No
sería mejor que te acomodaras al
Zeitgeist, aplicándote a la
electrónica, la ingeniería, la
economía o la política? Pues esta
época no es de filósofos, a menos que
planees trocar los conceptos filosóficos en
políticos...
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Jean-Paul
Sartre
1905-1980
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Simone de
Beauvoir
1908-1986
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Rémy de
Gourmont
1858-1915
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Y ahora que lo pienso, no me sorprendería
si estuvieras hechizado, como tantos jóvenes
actualmente, por la fama del existencialisme
de Sartre y Simone de Beauvoir, que como
admitirás se deriva más de los
asuntos sociales que de la filosofía. De
otro modo las masas, a las que no podría
cautivar ninguna variedad de contemplación
filosófica, no estarían tan
encantadas... Deberías cuidarte de todos los
'ismos', y exhortar a Sartre a tomar el
'antídoto Gourmont'
Voici la saison des
pommes,
Allons au verger, Simone,
Allons au verger. [2]
...con la esperanza de que el sano retiro de la
pareja en el verger permita mayores logros
filosóficos que el estar
sentadossiempre a disposición de los
fotógrafos de prensaen los
cafés de alguna polis, con un halo
alrededor de sus cabezas más coloreado que
el que vimos rodeando a la luna la noche que
zarpamos de Río de Janeiro.
Naturalmente estos halos aparecen cuando la
atmósfera está nubosa o vaporosa; o
en otro caso por engaño de la vista, como le
ocurrió a Descartes cuando estaba sentado
como nosotros en un barco y descubrió un
halo vívidamente coloreado en torno de la
lámpara. Claro que este último
pertenecía a una categoría diferente:
era una ilusión óptica o un fantasma
insustancial, como cuando el mismo Descartes
imaginó que podía construir una
filosofía enteramente nueva desde los
cimientos, como si nadie hubiera filosofado antes
que él. Pero en lo referente a las distintas
clases de halos, podrás distinguir una de la
otra simplemente cubriendo la fuente de luz con tu
dedo, tal como Sartre lo hace con essence y
Simone con ese individualisme que afirma
haber vencido.
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René Descartes
1596-1650
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Jacob
Burckhardt
1818-1897
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Arthur
Schopenhauer
1788-1860
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Friedrich
Schelling
1775-1854
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Centauro
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Pero para volver a tus planes, deberías
estar avisado que nuestro Schopenhauer lealmente
aconsejó a los jóvenes que no
perdieran el tiempo estudiando filosofía en
instituciones oficiales, donde la noble disciplina
ha sido transformada en historia de la
filosofía o bien en ese híbrido que
nuestro Burckhardt describió, diciendo
Die Philosophie des
Geschichte ist ein Kentaur [3]
Pues, como explica, ni la filosofía es
histórica ni la historia es
filosófica. Pero los dioses sabrán si
la filosofía no podría hacerte feliz,
ya que como nuestro Friedrich Schelling
admitió
No solamente
el poeta sino que también el filósofo
experimenta sus éxtasis
...y eso es lo único que importa,
Friedrich, lo único que importa...
En todo caso, ya te dediques a la
filosofía o a cualquier otra cosa,
cuídate de mantener la claridad de tus
conceptos. Pues cuando ayer conversábamos a
la hora de la cena con esa encantadora chica
chilena, pude notar que confundías las
edades de piedra, bronce y hierro de los
historiadores con las Cuatro Edades del Hombre, ya
fuera porque te distraía el alto nivel de su
minifalda, o porque no percibes que la similaridad
entre ambos juegos de edades es, como dicen en las
películas, 'pura coincidencia'... Y cuando
termines con tu risita te explicaré de
qué se trata...
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«Cual la
generación de las hojas, así la de
los hombres.» [Homero,
Ilíada 6.146]
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Delineamiento de las Cuatro Edades
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Como ya sabes, a las Cuatro Edades del Hombre se
las llama poéticamente de Oro, de Plata, de
Bronce y de Hierro. Están vinculadas a las
rizómata (o raíces) que
Empédocles presentó como fundamento
de su descripción del mundo. Pero para el
propósito que ahora nos atañe, estos
nombres se refieren al principio que gobierna la
periodicidad mediante la típica estructura
cuádruple que exhiben todos los ciclos. Las
diferentes edades reflejan a su vez las
alternaciones de otro principio cuya
descripción omitiré para que no nos
alejemos demasiado de nuestro tema.
Esto no fatigará tu materia gris, pues
las cuatro edades son las mismas que las fases del
Nacimiento, Crecimiento, Maduración y
Declinación. Tanto el individuo como la
sociedadcon tal que no perezcan
prematuramentedeben pasar por esas cuatro
fases. Así pues, al meditar en un individuo,
puedes referirte a ellas ya sea utilizando los
nombres de los metales, o bien prosaicamente:
Infancia, Juventud, Madurez y Vejez. De similar
manera, al contemplarse la sociedad pueden usarse
las denominaciones poéticas, o bien otras
que, por razones de conveniencia, llamaré
Mítica (Oro), Arcaica (Plata),
Clásica (Bronce), e Imperial (Hierro). Esta
tétrada se repite muchas veces (aunque no
ad infinitum) en escalas más
pequeñas o más grandes. ¡Ten en
cuenta las escalas!, porque cuando Calderón
en su Ni siempre lo peor es cierto nos dice
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Que
éstas son las cuatro edades
de cualquier amor; pues vemos
que en brazo del desdén nace,
crece en poder del deseo,
vive en casa del favor,
y muere en la de los celos.
...se está refiriendo a las cuatro edades
del Enamoramiento, y no al ciclo completo del
matrimonio. Y no deduzcas del hecho que tanto el
hombre como la sociedad estén sujetos a
leyes cíclicas, que la última sea un
organismo biológico, como algunos se han
apresurado a concluir.
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Pedro
Calderón de la Barca
1600-1681
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En este contexto acostumbra a mencionarse que
también Pitágoras conocía la
sagrada tétrada y contaba hasta cuatro,
creyendo que ni la estabilidad ni el retorno a la
unidad podían alcanzarse a menos que se
entrara en el cuarto grado de la progresión.
Se afirma que del número Cuatrollamado
'perenne fuente de la
naturaleza' por su escuelafluyen todas
las cosas, recorriendo los 9 intervalos sagrados de
su Tetractis, una figura que obtuvo alineando diez
huesos de jarretes o guijarros en cuatro hileras,
con un guijarro en la primera y cuatro en la
última. A la figura resultante se le llama
'T4' o 'Triángulo 4', aludiendo a la
cantidad de hileras, y como he dicho, la cantidad
de guijarros de T4 es 10. Puedes hallar el valor de
'T5' o de cualquier otro triángulo usando la
fórmula: Tn = n(n + 1)/2.
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Tetractis
'Mondrian'
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Ahora bien, quienes intentan explicar al
espíritu a través de su
múltiple externalización suelen
invariablemente verse sumergidos en la misma
diversidad que deseaban superar, la que se presenta
como un mar de conceptos desarticulados en cuyo
fondo descansa un número indefinido de
guijarros. Éstos son a veces coleccionados y
ordenados, no por la imaginación sino a la
manera de Mondrian, o sea, en cajas que
representan, cada cual por su lado, algunas de sus
propiedades supuestamente primarias. Más
tarde te demostraré que tales
manipulaciones, al igual que muchas formas del
conocimiento microscópico, no rinden
provecho alguno.
Pero en lo que concierne a los nombres de las
edades y de sus subdivisiones, llámalas como
te parezca con tal que no pierdas de vista sus
cualidades y la escala a que se refieren. Son
apenas denominaciones, pasibles de
alteración en cuanto encuentres otras que
mejor describan tu objeto.
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«... me parece cada
vez más necesario recordar la naturaleza de
todo lo que acontece, como todo comienza en la
oscuridad ...» [Friedrich von Schelling
1775-1854, Las edades del mundo]
«In
Arkadien geboren sind wir alle ...»
[4] [Arthur Schopenhauer 1788-1860]
«¿Comenzaremos
por Hestia, según es la
costumbre?» [Sócrates.
Platón, Cratilo 401b]
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La primera época, pues, es la de Oro o
Edad Mítica, cuando los dioses
mantenían relaciones con los mortales. Este
período es conocido por los eruditos como la
'Edad Oscura' debido a la circunstancia de que toda
Edad Mítica es necesariamente oscura para la
posteridad. A lo que se alude con el término
'Oscura' no es tanto su tonalidad particular como
el que nada o muy poco se sabe de ella, al no
existir documentación alguna. Puedes llamar
a esta era 'el comienzo', sólo que tal
comienzo ocurre en el hogar de Hestia: el lugar y
el momento en que la vida, luego de perecer en sus
propias llamas, rejuvenece desde las cenizas.
Durante este rejuvenecimiento, todas las formas e
ideas aparecen a la vista del hombre entregadas por
la divina presencia, que también determina
su cantidad, medida y límite. Es ahora que
el hombre obtiene su conocimiento del mundono
mediante el razonamiento discursivo sino a
través de la visión mental o la
comprensión inmediata, y percibe
también que la presencia divina,
además de mantener todos los seres y cosas
estrechamente entrelazados, condiciona todo lo que
hace.
Aquí podrías preguntar:
«¿Por qué los dioses
habrían de acercarse al hombre y ocuparse de
él?». Pero como esta pregunta, siendo
vasta, nos alejaría de nuestro tema,
conformémonos de manera provisoria con lo
que Friedrich Hölderlin dijo en su Der
Archipelagus:
... es ruhn die Himmlischen gern am
fühlenden Herzen ... [5]
El prístino ardor de la divina presencia,
junto con su belleza y significación,
provoca un estado de maravillamiento tal que no
deja ocasión para escribir un diario. Esta
es una de las razones por las que no se han
preservado documentos de esta época; otra es
que la creación y la destrucción,
como la vida y la muerte, no se mantienen en
despachos separados como en las épocas
subsiguientes sino que avanzan juntas
frenéticamente, siendo inseparables o
aún idénticas. De esta manera, todo
lo que se forma es muy pronto destruido o
metamorfoseado. El ritmo de transformación
que en épocas posteriores se vuelve lento,
es ahora vertiginoso; por eso el hombre antiguo,
viviendo en un mundo encantado o embrujado, aprende
a amar la tranquilidad, mientras que el hombre de
eras posteriores, habitando un mundo desencantado y
estático, intenta cambiar todas las cosas
con tanta frecuencia como le es posible.
Poseido por la divina presencia, el hombre
aprehende la belleza y la significación,
adquiriendo el arte en sus formas originarias, o
sea: el Habla, la Música y el Gesto. Estas
extraordinarias adquisiciones lo sumergen en un
estado de tremenda excitación, y como a
menudo cae en éxtasis, el mundo
también se embriaga. Pues los dos aún
no están divorciados. En consecuencia, se
desenvuelve un pandemonio que al revelar las
alturas y profundidades del mundo, lanza al hombre
del sublime embelesamiento al terror indecible. Y
la naturaleza, viéndose de pronto liberada,
grita todo su poder y precipita todas las cosas en
la turbulencia:
Se abren abismos; piedras y ríos cobran
vida; un hombre se vuelve ave; una mujer
árbol; el agua se transforma en leche; la
sangre en vino... ¡Completa tú
la lista! Porque en esta edad, al prevalecer la
mente sobre lo exterior, cualquier cosa que se
conciba se vuelve real. Incluso el tiempo y el
espacio se comportan como si no fueran sino un
sueño. Sin embargo, en el transcurso de
épocas posteriores ocurre lo opuesto: el
mundo exterior dirige y la mente obedece; y como
ésta parece un sueño comparada con
aquel, el hombre recurre a la lógica y a la
causalidad para hacerle frente al mundo. Pero
durante la primera edad, cuando la naturaleza se
recrea a sí misma por paradoja, ni
lógica ni causalidad tienen validez porque
todos los fenómenos son principalmente
interiores, y no exteriores.
Las artes figurativas, que requieren un mundo y
una mente sobrios, tampoco existen todavía,
o acaso deberíamos decir que sus
únicos productos disponibles los constituyen
la naturaleza y el hombre. Por estas razones, la
Edad Mítica es la de la Inspiración y
la de la Penetración Intuitiva osi es
que prefieres pensar que todo ocurre en la mente
(lo cual no hace diferencia)la de la
Imaginación. Pero cualquiera que sea, no
encontrarás ni premeditación, ni
análisis, ni motivos ulteriores; pues esta
es la edad que disfruta la sabiduría de la
Inocencia, a la que Friedrich Hölderlin
cantó:
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Heilige Unschuld,
du der Menschen und der
Götter liebste vertrauteste! du magst im
Hauße oder draußen ihnen zu
Füßen Sizen, del Alten,
Immerzufriedner Weisheit voll; [6]
En todo caso, el hombre, estando
únicamente confrontado con el almaya
sea la del mundo o la suya propia, debe
regocijarse con las formas puras de la belleza y la
significación que la divina presencia revela
a través de la libertad desembridada y el
sagrado absurdo.
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Friedrich
Hölderlin
1770-1843
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En la Edad de Oro, el hombre no está
divorciado del conocimiento como en edades
posteriores, sino que ambos están unidos. Su
visión es su conocimiento, y a
través de ella experimenta toda la
diversidad de los procesos nacidos de la alta
simplicidad de la divina presencia. Durante las
épocas tardías, sin embargo, el
hombre y el conocimiento son desgarrados; una
experiencia desoladora de la que se deriva la
creciente necesidad que siente de buscar el
conocimiento perdido e investigar el mundo
exterior. Pero comparado con el conocimiento del
hombre mítico, el de las épocas
tardías está hecho de retazos,
produciéndose artificialmente por
fragmentación y gradación. Más
aún, en el proceso de obtener tal
conocimiento, el hombre pierde la habilidad de
concentrar sus poderes para sí, y en la
medida en que los disipa en miríadas de
detalles exteriores, la importancia de estos se
acrecienta, provocando una disipación
todavía mayor. Pero cual la imagen del
mundo, así también es la mente del
hombre, siendo la una espejo de la otra. En
consecuencia, cuando una de ellas aparece
pulverizada, puedes estar seguro que la otra lo
estará también.
Ahora bien, aunque la Edad Mítica no es
esencialmente intemporal, aparece como tal. Porque
de la misma manera que el hombre no separa de
manera rígida la creación de la
destrucción, tampoco distingue los segmentos
de tiempo que de a poco se identifican como
'presente', 'pasado' y 'futuro'. De forma
análoga, no divorcia lo divino de lo humano,
ni al humano de la bestia, ni a la bestia de la
planta, ni a la planta de la piedra. Todos ellos
son igualmente sagrados, dado que las metamorfosis
a que ha asistido unifican el mundo en su mente y
en su corazón. En esta edad no existe el
pasado, y por tanto ni orgullo ni culpa; tampoco
hay futuro, y por tanto ni esperanza ni ansiedad.
Tal es la realidad del hombre mítico.
Claro que no necesita ni filosofía ni
religión para percibir que los dioses han
creado el mundo o para darse cuenta que él
mismo es mortal. Por consiguiente, no sólo
palpita con deleite mientras vive sino que
además aguza las orejas, porque como el
poeta arcaico Homero lo expresó
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El hombre que
escucha a los dioses es escuchado por ellos
El hombre mítico no es religioso, pues la
religión es un recurso de épocas
tardías concebido para invocar la presencia
divina que ha sido perdida, o mejor dicho
convertida en divina ausencia. Por ello no hay ni
mitos ni religión en esta edad: el hombre
vive en presencia de los dioses y conoce el sentido
de la vida. Es tarea de la subsiguiente Edad
Arcaica, resumir esa experiencia en los relatos
llamados 'mitos'. Estos constituyen el recuerdo de
la divina presencia: la Edad Arcaica evoca
(aunque no retrospectiva sino creativamente).
Luego, cuando la memoria se va desvaneciendo, la
creencia religiosa y el culto crecen en
importancia, y la Edad Clásica
invoca. Finalmente, cuando el olvido
prevalece y todas las cosas son negadas, la Edad
Imperial revoca.
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Homero
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«¿Cuáles son las fechas de la
Edad Mítica?», podrías
preguntar. Bien... en Grecia, la historia
tendría que fecharla más allá
del año 1100 A.C. Pero desde el punto de
vista de la cronología histórica, la
Edad Mítica es como una 'singularidad' que
carece tanto de tiempo como de espacio y que es,
por tanto, irrecuperable. Para los hombres de las
edades siguientes, viene y se va demasiado
rápido, pareciéndose a un
vacío. La posteridad no puede tocar de
manera directa a la Edad Mítica, sino que
debe adivinarla a partir de los residuos dejados
por la Arcaica y en menor medida por la
Clásica. La Edad Mítica no deja
pruebas físicas tras de sí porque,
como he dicho, es una edad primordialmente
espiritual. En tales tiempos el peso de la vida
práctica es reducido al mínimo
mediante la Simplicidad y la Confianza, con las que
el hombre, venciendo el miedo, vive en la
abundancia y la libertad. Al dejar la materia en
paz, nunca carece de bienes materiales y posee una
gran cantidad de tiempo a su disposición.
Estas condiciones no pueden ser entendidas o
aún concebidas, una vez que esta edad
llegó a su fin.
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«...pero tienen
diferentes funciones y cada cual su propio
carácter y se turnan en el poder a medida
que el tiempo gira.»
[Empédocles, Física
B17]
«La vida de los
griegos brilla solamente cuando el rayo del mito la
ilumina; de lo contrario es
sombría.» [Friedrich Nietzsche,
Humano, demasiado humano, 261]
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Durante la Edad Mítica, pues, el hombre
vive con los dioses, quienes suministran el impulso
animador, la chispa, la fuerza espiritual que lo
reaprovisiona. Hacia el fin de esta edad, sin
embargo, las divinidades se van, y su partida
representa para el hombre una experiencia
enormemente traumática. Siente que sin los
dioses el mundo es frío y hostil, y que la
vida no vale la pena de ser vivida.
Perecería si pudiera, pero al no existir el
perecimiento, que es un sueño vano, no
puede. Por consiguiente, o vive como
aprendió por vía del ejemplo y la
experiencia, o entonces vive en medio del
insondable Caos, pero de cualquier forma que sea,
¡debe vivir!
Al Caos lo descarta pronto, pues ha aprendido a
vivir. Pero al estar solo debe reconciliarse con la
existencia; y por estar indefenso, debe represar
por sí mismo la turbulencia y el
maravillamiento de la edad precedente. De
aquí que proteja el maravillamiento derivado
de la presencia divinala Edad de Oro,
evocándolo por medio de los relatos
conocidos como 'mitos'. De aquí que, al
marcharse los dioses, deba entender con su
intelecto y ver con sus ojos la misma belleza y
significación que antes percibía con
su alma.
Es así como aparecen la lógica y
la simetría, tanto en hexámetros como
en jarrones. Y como ahora los dioses han construido
su morada en la remota comarca de la
imaginación, el hombre debe enfatizar los
principios racionales de la armonía y la
proporción, que son la luminosa
síntesis de partes claramente definidas cuya
solidez y elegancia evocan sin cesar las cualidades
dinámicas que la divina presencia
suministró durante la Edad Mítica.
Ahora bien, el alma del hombre recibe su sustento
de los dioses, y cuando estos se retiran, la
vitalidad de aquel disminuye, no pudiendo encontrar
ya satisfacción solamente en su alma o en
artes inmateriales, tales como la música, el
habla o el gesto. Para compensar el vacío
originado por la partida de los dioses, el hombre
recurre entonces a sus sentidos y comienza a
representar en objetos exteriores la belleza y la
significación que antes había
vivenciado. Así se desarrollan las artes
figurativas y también el arte de leer y
escribir, y al hacerlo, la música y el habla
decaen.
Los productos de la Edad Arcaica, en tanto que
meros reflejos, son pálidos comparados con
el original, como los mitos son pálidos
comparados con los dioses mismos. Pero son
gloriosos si se considera el tamaño de la
tarea, que era describir lo indescriptible,
pronunciar lo impronunciable, transmitir tanto
forma sublime como sustancia inexplicable. Es en un
momento tal que la cultura helénica se abre
camino a través del cadáver viviente
de la civilización micénica (la cual
se apegaba tanto al Oro por estar acaso tan sumida
en el Hierro). En la actualidad, a esta
última también se le llama 'griega',
desde el desciframiento del 'Lineal B' hace cosa de
diez años, pero a esa civilización la
regía un Zeitgeist diferente...
Viendo que el colapso de la civilización
micénica sumergió a toda la
Hélade en la recesión y el desorden,
algunos se preguntan: «¿Cómo pudo
una época de pobreza y de población
dispersa que sufría además las
llamadas 'Invasiones Dóricas', ser capaz de
producir los rasgos característicos de lo
que se convertiría en uno de los más
grandes logros de la humanidad?» Pero otros
podrían preguntar: «¿Cuándo
se ha visto a una gran aglomeración, a una
época dedicada al lujo, producir nada que
fuera esencial, excepto acaso las condiciones
mismas de su propio colapso?
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«Pero a esas
criaturas que pertenecen al período del
último combate entre la disociación y
la unificación ... las vemos vagar en un
estado similar al de la borrachera.»
[Friedrich von Schelling 1775-1854, Las
edades del mundo]
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Ahora bien, ya notarás, Friedrich, que los
factores mecánicos no pueden proporcionar
explicación esencial alguna, y que tales preguntas no
pueden ser respondidas a fondo si no se contempla la
naturaleza inexplicable del Caos, al cual perciben de manera
diferente la edad moribunda y la naciente. En efecto, no hay
acuerdo en lo concerniente a la naturaleza del Caos, pero
como este asunto podría alejarnos demasiado de
nuestro tema, apenas mencionaré que para el hombre
micénico típico, el mundo se ha transformado
en un vacío sin sentido, y la vida misma en una
búsqueda sin propósito visible: la
postración reina en su corazón y en su mente.
Ha retornado, como dijo nuestro Friedrich (me refiero a
Schelling)
... a la
posición de no desear nada.
...aunque no por haber satisfecho sus deseos esenciales,
sino más bien por haber perdido toda esperanza de
satisfacerlos y por hallarse indiferente con respecto a la
satisfacción misma. Entretanto, para el hombre de la
'Edad Oscura', el mundo se presenta deslumbrante en su
apariencia, pletórico de significado y lleno de
fenómenos nuevos. Cuando el hombre micénico
dice 'locura', el hombre mítico dice 'los dioses'; lo
que el primero soporta como fastidio o aburrimiento, el
segundo lo disfruta como libertad.
A primera impresión, esto podría parecer
una simple 'revolución', pero el hombre mítico
no es un revolucionario y no se opone a ningún poder
terrenal, puesto que vive en otro mundo. Pero por eso mismo,
es visto por los ojos micénicos como ausente,
inaccesible, inmanejable, o indócil. Y notarás
que cuando se examinan con detención las causas del
colapso de las estructuras imperiales, uno invariablemente
se encuentra con esta 'ausencia' causada por el trance, que
es diagnosticado por los sobrios del momento como
apatía, pereza, desobediencia, irresponsabilidad,
indiferencia, juerga, u otras cosas parecidas. La
importancia moral de este fenómeno la adivinó
Étienne de La Boétie cuando declaró:
Soyez
résolus de ne plus servir le Pouvoir et vous
voilà libres! Je ne veux pas que vous le poussiez ou
l'esbranliez, mais seulement ne le soutenir plus et vous le
verrez comme un grand colosse à qui on a
dérobé la base, de son poids même fondre
en bas et se rompre. [7]
Pero una tal revolución sólo ocurre cuando
el ciclo de las cuatro edades se ha cumplido y uno nuevo
comienza, y no en virtud de la resolución humana. El
hombre político, y en particular el hombre
revolucionario, naturalmente desecha ese hecho, por ser
presa de la ilusión de que puede controlar el Cambio.
Se niega a entender que las revoluciones políticas no
son sino los infartos causados por la esclerosis de las
edades Clásica e Imperial, en especial por la de esta
última. Es cierto que aquellas deben invariablemente
ocurrir, puesto que dichas edades son épocas de
servidumbreuna circunstancia que causa malestar,
pero ellas son apenas un síntoma, no un remedio.
Las revoluciones políticas (al igual que otras
formas de la guerra) proporcionan la ilusión de
cambio en un mundo inmutable, el cual, como lo expresa el
dicho popular, 'cuanto más cambia más se queda
igual', puesto que (entre muchos otros factores) quienes se
rebelan no tienen la intención de quebrantar el Poder
sino de usurparlo. Pero en el curso del tiempo, estas
convulsiones incrementan su fastidiosa frecuencia con tal
magnitud que finalmente el Poder estima conveniente
proclamarse a sí mismo 'revolucionario' y posar de
glorioso Adalid del Cambiouna contradicción que
la mentalidad de servidumbre prevaleciente en la
última edad no puede detectar.
Pero ni los cambios patrocinados por el Poder ni las
revoluciones políticas son capaces de transformar en
lo básico a una estructura esclerótica tal. El
Cambio pertenece a las dos primeras edades, y sólo
entonces posee validez. Con el curso del tiempo, el Cambio
se detiene de manera natural, y la sociedad queda atrapada
en las formas que su ingenio ha sabido producir. Por esta
razón, las dos últimas edades veneran al
Cambio y adoran cualquier transformación, mientras
que las dos primeras veneran la inmutabilidad, y de la
Constancia hacen virtud.
Las revoluciones políticas representan la vana
esperanza de salud frente a una enfermedad incurable, la
quimera del rejuvenecimiento frente a la Vejez. Para
algunos, ellas son las aspirinas de la Edad Clásica y
la morfina de la Imperial. Para otros, la joven amante del
viejo. Pero ni la amante puede impedir que la vejez siga su
curso natural, ni ningún medicamento es cura de la
muerte. Aún cuando violentas o resueltas, las
revolucionessiendo síntomas, no
remediosno pueden nunca cambiar el curso del tiempo y
de la historia. Pero en la medida que son la
manifestación de una dolencia incurable, se
multiplican y tornan más frecuentes mientras el mundo
se diluye en la vasta extensión de la Edad
Imperialel mausoleo final de la sociedad, la
pirámide de su deceso.
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Ahora bien, en el momento de la muerte hay un baño
espiritual, y el mundo es creado de nuevo, teniendo muy poco
en común con la fenecida edad. Una nueva
imaginación nace; un nuevo sueño reemplaza al
viejo. Sin embargo algunos querrán todavía
descubrir continuidad entre, digamos, la alfarería
micénica y la geométrica, pretendiendo ignorar
que los productos de arcilla son objetos físicos,
incapaces por sí mismos de expresar con plenitud los
ideales de sus constructores. De manera similar, otros
afirmarán que Homero concibió sus obras
maestras desarrollando las tradiciones épicas que
encontró entre los huesos del ya mencionado
cadáver micénico. Pero si el
Götterwelt micénico y el de la Edad
Arcaica fuera el mismo, entonces habríamos asistido,
no al nacimiento de la cultura helénica sino a un
desarrollo ulterior de la micénica. La importancia
del Götterwelt es rara vez reconocida por la
posteridad; para los hombres de edades tardías, el
Götterwelt no es sino una invención
arbitraria, excepto para unos pocos, como nuestro Friedrich
(me refiero otra vez a Schelling):
Crear una
mitología ... es algo que va más allá
del poder de realización de cualquier
individuo.
Ahora bien, a estos conceptos, Friedrich, se les empuja
indefinidamente en todas direcciones porque nosotros, al
examinar estos asuntos, no podemos sino contraponer el
Conocimiento a la Vida y la Causalidad al Destino. De manera
similar, tenemos que aplicar el Análisis a la
Imaginación, observar la Naturaleza como si fuera la
Historia, considerar al Tiempo como una dimensión del
Espacio, manipular la Cronología como si fuera
Matemáticas, y adivinar la Forma a partir de la
Sustancia. Y como si esto no fuera suficiente, existe
todavía otra dificultad que impide el entendimiento
mutuo entre períodos distintos, a saber: que cada
edad pertenece a un segmento distinto del Tiempo. La Edad
Mítica es, como ya lo dije, virtualmente intemporal;
por esa razón se parece a la eternidad. Durante esta
corta edad se crean y se destruyen los prototipos...
(A propósito: si hubieras podido
encontrarte con Américo Spósito en Montevideo,
habrías escuchado un par de cosas sobre la
importancia de los prototipos. Irónicamente,
está en París, como con pena te enteraste...
Este pintor admite que el arte depende de la habilidad de
encontrar los prototipos, pero argumenta que los egipcios
los hallaron, no los griegos... Yo no podría
discrepar más, pero de cualquier manera su
conversación es fascinante y sus argumentos un
desafío... Una lástima que se
desencontraran... Ya que lo menciono, ¿por qué
no desembarcas en Barcelona en vez de Génova, y tomas
el tren a París?)
...pero la Edad Mítica es corta cuando se la ve
desde otra edad.
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El Tiempo no transcurre de manera homogénea.
Cuando el mundo es joven, cuando no es sino un niño,
el tiempo pasa con lentitud, independientemente de lo corto
que parezca cuando se le ve desde afuera. Aún el
momento más breve es largo por estar cerca del
comienzo. El primer día de vida equivale a la
totalidad del tiempo vivido. Representa toda la vida, y por
esa razón es siempre largo. El segundo día,
sin embargo, equivale apenas a la mitad de todo el tiempo
vivido. En consecuencia, el tiempo pasa dos veces más
rápido durante el segundo día, estando su
duración dinámicamente vinculada a la cantidad
de experiencia y a su calidad. Tanto éstas como el
tiempo mismo se reducen a 1/2 durante el segundo día,
a 1/3 en el tercero, a 1/4 en el cuarto, y así
sucesivamente mientras se vive. Por consiguiente, la
experiencia que puedas obtener, digamos, en tu 30000mo
día, es en la práctica insignificante, como lo
será la duración de ese día.
En el curso de la Edad Mítica, tiempo corto y
largo a la vez, todas las otras eras se ensayan en
rápida sucesión, iniciando al hombre en los
secretos del destino. Ahora bien, la Edad Arcaica, saliendo
de la intemporalidad y sumergiéndose en el presente,
desenvuelve los prototipos de la edad precedente sin
ningún orgullo sabedor de sus realizaciones. Pero
'Prototipos' o 'Mitos'como ya lo he dichoson
sólo los términos con los que la Edad Arcaica
se refiere a la presencia divina. En este período, el
pasado no es todavía experimentado como tal; esa es
la razón por la que no hay orgullo. Y el futuro no
merece atención alguna.
En el siguiente períodola Edad
Clásica, el egotismo aparece por primera vez,
en la medida que el pasado es postulado con orgullo y
reverencia a la vez. Con reverencia porque los hombres de
esta era entendían que sus antepasados se hallaban
más cerca de los dioses que ellos mismos, como lo
demostraban sus realizaciones; y con orgullo porque ellos
eran los herederos de una raza gloriosa. La imitación
de ésta proyecta a la Edad Clásica hacia
adelante, y su nueva conciencia del tiempo ('soy, fui y
seré') hace que lleve todas las cosas a su
culminación. Pero más adelante, cuando la
última edad irrumpe, aún otra conciencia del
tiempo hace su aparición.
Durante la Edad Imperial, la totalidad del pasado es
encajonado como una posesión, como si el verbo 'ser'
se conjugara con las formas verbales de 'tener' ('soy
más pudiente ahora'). Cuanto mayor duración
tiene el pasado, tanto mejor; porque la Edad Imperial es la
heredera de todas las épocas anteriores. De esa
manera niega el presente. En lo que se refiere al glorioso
pasado, cuya heredera, administradora, intérprete y
patrona es la Edad Imperial, se descubre con tristeza que
está difuntouna verificación
aterrorizante... En este momento la admiración se
transforma en arrogancia al surgir la pregunta:
«¿Si eran tan geniales, por qué
perecieron? ¿Qué podemos hacer para evitar ese
mismo destino? 'Destino', ¡una palabra terrible! Una
palabra de otra época; pero el destino no es
verificable, ¿o sí? Una sociedad no es un
organismo, ¿o no? No estamos envejeciendo, ¿o
sí?» No se oyen respuestas reconfortantes,
puesto que nadie sabe con seguridad... «Pero un
'milagro', o más bien una 'excepción'una
'excepción histórica' (¡ese es el
término!)podría concebirse, ¿o
no?»
Así es como la Edad Imperial vive en el futuro, o
más bien lo teme, negando el presente por segunda
vez. En consecuencia, esta edad no puede ni comprender a los
hombres que en el pasado vivieron en el presente ni tampoco
el significado de la intemporalidad, una condición
que no se puede verificar, una mera hipótesis, un
fenómeno que ocurre en el mejor de los casos en
mundos remotos, acaso en otras estrellas. Naturalmente, la
Edad Imperial venera las creaciones de las edades
anteriores, pero lo hace aguijoneada por la riqueza y el
poder que puedan representar: conjuga 'ser' como 'tener'. El
espíritu es ahora corpóreo, y su sobriedad no
puede comprender cómo los hombres de cualquier edad
pudieron estar tan frenéticamente poseídos,
como para dedicarse a actividades tan devoradoras de tiempo
como son las artes del pasado. Siente gratitud por las
riquezas legadas, aún más cuando ella misma,
careciendo de presente, no dispone de ningún tiempo,
excepto para atender las necesidades de la vida, que
reproduce en masse. En efecto, Necesidad es la diosa
que gobierna la Edad Imperial, la más rica y sin
embargo la más pobre de todas las edades.
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Rémy de Gourmont,
1858-1915
|
«Le
citoyen est une variété de l'homme;
variété
dégénérée ou primitive,
il est à l'homme ce que le chat de
gouttière est au chat sauvage.»
[8]
[Rémy de Gourmont 1858-1915,
Epilogues]
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Friedrich
Nietzsche, 1844-1900
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«... ni siquiera en
sueños podemos ver lo que pueblos antiguos
veían estando despiertos.»
[Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado
humano, 236]
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Pericles,
c. 495-429 BC
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«... si nuestros
más remotos antepasados merecen elogio,
más lo merecen nuestros propios padres, que
agregaron a su herencia el imperio que hoy
poseemos...» [Pericles en
Tucídides, Historia de la Guerra del
Peloponeso II.36]
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La chispa que la Edad Arcaica capturó en una
llama, arde con brillo durante la Edad Clásica, que
conduce a las artes figurativas a su apogeo. Para realizarlo
procede con perfecta continuidad, aprovechando todos los
impulsos que, originándose en la Edad Mítica,
le llegan fluyendo suavemente a través de la Arcaica.
Esta última ya había añadido
Razón a la Inspiración, lo cual fue requerido
por el tipo de proceso creativo que la ocupaba. Pero cuando
la Razón avanza, la Inspiración retrocede, y
al alcanzar ciertos niveles, ya no nos encontramos en la
Edad Arcaica, que mantenía la proporción entre
ambas, sino en la Clásica, durante la que la
Razón acrecienta su fuerza en la misma
proporción con que la Inspiración disminuye.
Es ahora que, en la medida en que el ansia de Conocimiento
(y en particular de conocimiento aplicado) aumenta, la
Disolución comienza... Como he dicho, la
Inspiración es mítica, la Creación
arcaica, y la Culminación clásica. La completa
Disolución es el lote de la Edad Imperial, aunque
efectivamente se origina en la Edad Clásica,
transformando a esta última época en la
más suicida de las cuatro, pues es ahora que las
realidades de la Posibilidad y las posibilidades de la
Realidad se confrontan por primera vez, y no sin
Angst.
El hombre de la Edad Clásica es capaz de consumar
las realizaciones de la era precedente porque la altamente
iluminada Edad Arcaica lo ha instruido en los secretos de la
forma, pero una vez que se han agotado todas las
posibilidades heredadas, no sabe más qué
hacer. Una razón de este abatimiento estriba en que
es un hombre educado: ya sabe más de lo que puede
abarcar. Otra consiste en que ya no consigue recordar:
siente que va en camino del olvido, hallándose ya
demasiado alejado de la primera edad, que es la fuente de
todas las cosas. En consecuencia, los dioses que otrora
fueron se convierten cada vez más en el
símbolo de lo que no es, dado que ya no
escuchan las invocaciones y plegarias, y han cesado de
manifestarse.
Como resultado, una terrible duda lo asalta. Pero ya no
puede interrogar al pasado, cuyas fuentes están
agotadas o consumadas. Percibe que es más rico y
más poderoso que sus antepasados, y por ello se
enorgullece. Pero en la medida que percibe que su horizonte
se cierra, comienza a suspirar no sin nostalgia:
«¡Feliz la Edad Arcaica que tuvo una Edad
Clásica por su futuro! Pues nuestra edad sería
sin dudas perfecta, si sólo pudiera dar a luz a un
maravilloso porvenir, digno de nosotros mismos.»
El hombre clásico vive todavía en el
presente, pero no tanto como el arcaico. Conoce ahora el
pasado y presiente el futuro. Por consiguiente, mientras una
sensación de pérdida se le cuela por
detrás, la esperanza y la ansiedad lo embisten en
ataque frontal. Para calmar estos fastidiosos aunque
justificados sentimientos, intenta embridar el mundo
recurriendo a la política y la economía, las
cuales dan a la Confianza el beso de la muerte.
Como recordarás, Friedrich, la Confianza es
característica de la Edad Mítica; pues ninguna
otra cosa podría haber hecho frente a la turbulencia
ocasionada por la divina presencia. Durante la Edad Arcaica,
sin embargo, la confianza es de a poco reemplazada por la
confianza en sí mismo, la cual se precisó para
fijar los mitos, explicar el mundo y reflejar la
magnífica experiencia en obras de arte excelentes. El
hombre de la Edad Arcaica, para quien sólo la
Excelencia cuenta, es un poeta, un artista y un
filósofo, estando todavía bajo el influjo de
las convulsiones de la era anterior. Su mente aún
recuerda las épocas cuando los dioses se trataban con
los mortales. Pero cuando la Memoria, que pertenece a las
primeras edades, se desvanece, la Opinión, que
aparece en la Edad Clásica, la reemplaza. Apoyada en
la Opinión, la polis se desarrolla,
transformando al hombre en ese 'animal político' tan
proclive a desafiar, no sólo la paciencia de dioses y
humanos, sino incluso la misma razón (ya que puedes
decir que la Opinión se aleja tanto de la
Razón como esta última de la
Inspiración; y cuando esta opinión es
además 'pública', puedes decir que te
aproximas al fin de la era del pensamiento discursivo).
Antes del advenimiento de la polisen el
curso de la era Mítica y en el temprano
Arcaico, el hombre vivía en los campos, en los
bosques, en las montañas y en las cuevas. Pues bien,
este reino natural representa una libertad
prácticamente ilimitada. Es un mundo acaso riesgoso,
pero no más mortífero que el mundo de la
polis o del imperio. En todo caso, la vida rural le
permite al hombre ejercer su libertad en un grado
insuperable, y es esta misma la que lo habilita para
encontrarse con los dioses, o al menos para sentir la divina
presencia. En consecuencia, los mitos sobreviven mientras la
vida rural prevalece. Pero hacia el final de la Edad
Arcaica, los aldeanos deben someterse a las leyes de los
hombres y a 'deidades' tales como la Opinión, la
Política, y la Economía, luego de ser
confiscados y obligados por la centralización a
unirse a la polis.
Ahora bien, los amantes de la productividad material, los
inventos y las proezas técnicas, dejándose
guiar por el desempeño exterior de las cosas,
acostumbran a detestar a la Naturaleza tal como es, estando
convencidos de que se la debe mejorar, cuanto más
mejor. Sin embargo, es precisamente de esta manera que la
libertad humana es abolida paso a paso, como si la
naturaleza se vengara atando al hombre a sí mismo y a
sus artefactos. Por consiguiente, aquel que otrora viviera
libre en los campos, es ahora un esclavo virtual o real (o
en el mejor de los casos un ciudadano lleno de obligaciones,
lo cual es prácticamente lo mismo) que habita una
prisión artificial de su propio diseño. Y como
en un mundo tal, los dioses ya no pueden percibirse, las
artes figurativas, desarrolladas ahora por las nuevas
técnicas de la polis, construyen
magníficas imágenes con la esperanza de
reconciliarlo con su nueva condición. Y para ayudarlo
a sentir en relación a la estatua lo mismo que otrora
sentía al percibir la deidad, aparecen la
veneración, el culto y la religión
institucionalizada, que le enseñan apenas un reflejo
de lo que antes sabía por sí mismo o mediante
los mitos.
Aún más, es cuando las artes figurativas
llegan a su apogeo durante el período Clásico,
que su palpabilidad se desplaza con presteza de las
incumbencias ideales a las materiales, tales como la
riqueza, la salud, la fama, la competencia física y
particularmente el comercio. Y mediante este último,
la miseria se incrementa (puesto que cuando las riquezas
crecen, también aumenta la pobreza en el mismo
grado), y con ella la fatiga y también la enfermedad.
Y mientras la simplicidad y la moderación los
verdaderos amigos de la salud y la
abundanciadisminuyen en beneficio del conocimiento
aplicado y de un mundo más complejo, la guerra y
otras formas de violencia se tornan más frecuentes.
De esta manera, la Edad Clásica lleva a cabo la
transición de la Cultura a la Civilización.
Ella es la primera que intenta encabestrar el mundo exterior
(así como la Arcaica había encabestrado la
turbulencia del alma). Temiendo a la libertad, la cercena;
porque el objetivo de la Edad Clásica es impedir que
el mundo se torne desenfrenado y peligroso, es preservarlo,
organizarlo y educarlo, y naturalmente dejarlo crecer
también, porque el tamaño es crucial en todo
aquello que es exterior. Aún así, la
polis representa todavía un mundo de libertad
y belleza, comparado con la desproporcionada 'Jaula de Oro'
que concibe la Edad Imperial.
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Violeta
Parra, 1917-1967
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Lo que puede
el sentimiento
no lo ha podido el saber
ni el más claro proceder
ni el más ancho pensamiento [Violeta
Parra, 'Volver a los diecisiete']
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Friedrich
Nietzsche, 1844-1900
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Es cierto que
todavía vivimos la juventud de la ciencia y
tendemos a perseguir a la verdad como si se tratara
de una mujer bonita; ¿pero qué
ocurrirá el día en que se transforme
en una vieja ceñuda? [Friedrich
Nietzsche, Humano, demasiado humano, 257
(1878)]
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Homero
Expósito, 1918-1987
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En la vida no es
cuestión de saber mucho sino de olvidarse
poco [Homero Expósito]
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El Conocimiento (pues también debemos
contemplar esta 'maravilla') es la criatura
predilecta de la Edad Clásica y el amo de la
Imperial, como explicaré.
Sucedió que cuando esta criatura
todavía estaba en su cuna, era un
bebé delicioso con ojos brillantes de
curiosidad. «¿No es adorable?»,
preguntaban todos. Claro que lo era, puesto que
mirando a la criatura, se le ocurrían a
todos ideas hermosísimas. O sea que cuando
la delicia se hizo conocida, llegaron multitudes a
ver al bebé y a cuidarlo, y todos se
quedaban felicísimos con los pensamientos
que les habían transmitido los ojos del
nene. Al comienzo, las niñeras lo
alimentaban cuando precisaba comer y lo
ponían a dormir cuando necesitaba descansar.
¡Una cosa natural de hacer! Y ello es
precisamente lo que las niñeras de las
épocas 'naturales' (las edades Mítica
y Arcaica) hicieron. Pero cuando el mundo natural
fue cercenado por la Edad Clásica, nuevas
niñeras con ideas originales acerca de la
crianza aparecieron a mejorar el crecimiento del
nene, de manera que una mayor cantidad de ideas, y
también más prácticas, pudiera
obtenerse con el solo mirarle a los ojos. Ahora
bien, dichas niñeras habían perdido
toda noción acerca de lo 'natural', y en
consecuencia comenzaron a alimentar al nene a todas
horas y a mantenerlo despierto desde el alba hasta
el anochecer y desde el anochecer hasta el alba, de
manera de posibilitar que todos pudieran observar
los espléndidos ojos en cualquier momento y
depués irse a casa y hacer algo útil
con las ideas que habían recibido. De esta
forma prolongaron la hora de maravillamiento,
posibilitando que se realizaran cosas útiles
e inútiles, pero la adorable criatura,
siendo así maltratada, se volvió
demente; y sus ojos, en lugar de brillar con
curiosidad, empezaron a parecerse a los de una
bestia que se apresta a devorar a sus
atormentadores.
Nadie nota nada, porque las metamorfosis de las
épocas tardías no se producen
súbitamente como las de épocas
tempranas sino gradualmente. Así un
día, salta una criatura de la cunaya
no un nene sino más bien un delincuente
juvenilempuñando terribles
instrumentos en sus manos y amenazando con ellos la
carne de todos y cada uno. Todavía tiene
algo de nene, es decir, ojos seductores y maneras
caprichosas, pero nada es capaz de aterrorizar
más a ciudades enteras que sus juguetes.
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Ni siquiera Pan causa tanto pánico;
porque el miedo tiene poco poder sin una conciencia
culpable, como lo sabía Dante:
Tanto vogl'io che vi sia
manifesto,
pur che mia coscïenza non mi garra,
che alla Fortuna, come vuol, son presto.
[9]
Pero el terror ocasionado por los hábitos
insomnes del nene es culpable; porque proviene del
ansia indebida de aquellos que lo despojaron del
sueño, y de la complicidad de las
niñeras.
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Dante
Alighieri
1265-1321
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En todo caso, éstas se han marchado, y
sabios pedagogos han tomado el relevo. Están
persuadidos de que el nene mostrará sus
mejores facetas si se le ofrece el mundo entero
como patio de recreo; «pues se aprende
asumiendo responsabilidad», razonan.
«Vamos, toma ese martillo y ve a reparar la
ventana que has destrozado», sus pedagogos le
dicen. Así lo hace; sólo que, antes
de reparar la ventana, baja a uno de un martillazo.
«Pero reparó la ventana, como se le
ordenó», los pedagogos observan
mientras le aumentan el subsidio. Pues se supone
que el nene es 'mono'; y si todavía se
parece a un atracador, puede que se deba a que la
idea de 'mono' no se ha puesto todavía a la
altura del genio del nene.
De esta manera el nene llega a imaginarse que
cualquier cosa es posible. En consecuencia, se hace
adicto a la violencia y no vacila en atacar a los
mismos cuatro elementos, destruyendo la superficie
de la tierra, arrojando mugre por los aires,
envenenando el agua, y usando el fuego para todo
tipo de propósito, incluyendo la tortura de
la carne. Y en su tiempo libre, viola la inocencia,
alimenta a la arrogancia, arruina la belleza,
diseca cuerpos, corrompe almas, inventa artefactos
temibles, pronuncia todo tipo de verdad y todo tipo
de falsedad, y se presta a cualquier clase de
barbarie que pueda concebirse.
Esto puede parecer filosófico pero no lo
es; no hay ninguna filosofía en la
pedagogía adulona. La pedagogía
natural proviene del amor, y es por eso que la
pedagogía afectada debe parecerse a lo que
puede ser confundido con el amor, por ejemplo,
consentir al nene. Pero ese servilismo está
principalmente enraizado en la ciega esperanza de
que él, aunque destruya toda la superficie
de la tierra, podrá transformar cualquier
cosa en oro, un 'complejo de Midas' que se
fortalece con el pasar del tiempo.
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Augusto,
63 A.C. - 14 D.C.
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«Puesto
que he representado bien mi parte, palmeen las
manos
Y despídanme del escenario con un
aplauso.» [Augusto, en Suetonio,
Vidas de los Césares, II, 99]
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...Como decía antes, la llama encendida
en la Edad Arcaica y alimentada en la
Clásica, comienza a extinguirse,
volviéndose humo y cenizas en la Edad
Imperial. Por tanto, podrías describir la
Historia como la transición de la chispa a
las cenizas, de la animación al esqueleto.
Podrías también decir del alma al
cuerpo, dado que la Edad Imperial es la
expresión corporal que resulta de aquella
chispa generativa de antaño, pero se trata
más bien de su propia imagen, como si
túun jovente miraras en el
espejo y vieras a un anciano clavándote la
vista. Porque mientras la Edad Mítica es la
de la Infancia, la Arcaica la de la Juventud, y la
Clásica la de la Madurez, la de la Imperial
es la de la Ancianidad. Y estando decrépita,
la Edad Imperial admira a la Juventud, puesto que
eso es lo que a ella le falta, mientras que durante
las primeras edades, cuando el mundo era joven, la
Ancianidad se veneraba, pues eso faltaba.
La Imperial es la primera edad que, no siendo
capaz de añadir nada nuevo, agrega
más de todas las cosas. Sufre de una
insaciable sed de novedades en todos los aspectos
de la vida, pero como nada nuevo puede ser
introducido, puesto que todas las cualidades ya han
sido desarrolladas, completadas y agotadas durante
las eras previas, la Edad Imperial se concentra en
la esfera de la Cantidad.
El Infinito se inventa en esta época, y a
imitación de su naturaleza ilimitada, todas
las cosas, o bien se dividen (para lograr una mayor
cantidad), o bien se aumentan (para obtener cosas
más grandes). Todas las cosas tienden a
traducirse a números, aún cuando no
representen cantidades: por ejemplo, la vitalidad
se transforma en longevidad, o la grandeza en
inmensidad. Pero en general puedes decir que se
trata de incrementar ya sea el tamaño o la
cantidad: lo pequeño se vuelve grande, lo
grande colosal, lo poco mucho, y lo mucho infinito.
En consecuencia, el hombre adopta el contar y el
medir como sus pasatiempos más interesantes,
y aprende a ver el mundo a través de cifras.
Las grandes bibliotecas aparecen en esta edad, y
se ve a una enorme cantidad de volúmenes
llenando sus estantes. Pues ahora el Conocimiento
es aún más exterior que en la
época precedente, y el hombre ya no sabe
ninguna cosa a menos que la encuentre escrita en
sus volúmenes. Y en estos confía como
si fueran verdades vivientes. También los
ejércitos crecen y se hacen más
poderosos, puesto que las riquezas a proteger son
ahora inmensas. Y éstas ya no se acumulan
para gastarlas, sino para aumentarlas, contarlas y
compararlas. Al final hay enormes cantidades de
todo, incluso de miseria, ya que no pocos
disfrutan, como dice la canción de Gershwin,
«mucho 'e na'». Y si estas cantidades
representan vicios o virtudes, tampoco se sabe,
dado que ya no es relevante ni posible distinguir
entre ellos.
En este mundo cuantitativo, el hombre comienza a
perder las cualidades únicas de su
individualidad. Quien una vez fuera aldeano y luego
ciudadano, no es ahora sino una testa
insignificante en una uniforme masa hechizada por
el pseudomito de la 'Igualdad'. Es irrelevante si
esta masa está formada por hombres a quienes
la jurisprudencia llama 'libres' o 'esclavos', dado
que han perdido su 'tiempo' y con él su vida
y libertad.
Quien no
dispone para sí mismo de los dos tercios de
su jornada, es un esclavo, cualquiera sea su
profesión: estadista, hombre de negocios,
oficial o profesor.
Eso es lo que nuestro Friedrich (es decir,
Nietzsche) pensaba sobre este asunto... El poder
centralizado que los esclaviza, y que ellos mismos
han construido, aniquila la diversidad en nombre de
esa misma igualdad y los obliga a todos a actuar de
acuerdo a un modelo preestablecido hasta en los
más mínimos detalles (como cuando
Tiberio prohibió el besarse por razones
tanto higiénicas como morales). Y tampoco
importa si los devotos de este pseudomito se llaman
a sí mismos cristianos, demócratas,
socialistas o con otras denominaciones. Pues lo que
es común a todos ellos, es el delirio
utópico que transfiere, por
alucinación senil, la Edad de Oro al futuro.
La igualdad es también un pseudomito en
el sentido de que no puede ser implementada. Quien
ocupa el poder continúa siendo más
poderoso y acaudalado que el resto, aunque
también se adhiera a dicha religio
laici. Pero sólo cantidades lo separan
de sus contemporáneos, no cualidades. Y como
él mismo no reconoce valores ideales ni se
rige por ellos, pierde pronto los atributos
espirituales que, elevándolo moralmente,
podrían haber justificado el poder y la
riqueza que disfruta. Pero al carecer éstas
de una justificación distinta de ellas
mismas, se vuelve dependiente de la simpatía
y benevolencia de su entorno. En consecuencia,
adula a las masas, imitando tanto sus
hábitos como maneras, con la esperanza de
que ellas, al verlo como a un 'igual', puedan
soportar mejor su poder y riqueza.
Las masas, por su parte, se componen de
individuos que se diferencian cada vez menos unos
de otros, a medida que pasa el tiempo. Pero cuando
el hombre pierde sus cualidades individuales
únicas, siendo considerado como un
número o como una entidad anónima,
reacciona transformándose en un
'individualista', es decir, en alguien cuyo mundo
empieza y termina consigo mismo. Siente que no
puede ejercer influencia, y por tanto tampoco
acepta la influencia de ninguno de sus 'iguales'.
En consecuencia, tanto uno como otros se ven
confinados dentro de sus respectivas soledades.
Todos alaban la igualdad, sin lugar a dudas, pero
nadie es sincero en su encomio; pues lo que cada
uno más desea para sí, es vencer el
anonimato y elevarse por encima de sus 'iguales'
por medio de la identidad que la fama, la riqueza o
el poder pudieran conferir.
|
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Así es como el pseudomito de la igualdad
desemboca en desenfrenado individualismo,
erosionando la cohesión social con la
rivalidad práctica y moral. ¡Y yo mismo
estaría actuando como un individualista, si
pretendiera que revelo algo nuevo, ya fuera en este
asunto o en cualquier otro! Como he dicho, la
época de las novedades ya pasó hace
mucho tiempo. O como nuestro Johann Heinrich
Voß lo expresara:
Dein redseliges Buch lehrt
mancherlei Neues und Wahres,
Wäre das Wahre nur neu, wäre das Neue nur
wahr! [10]
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Johann
Heinrich Voß
1751-1826
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Ya Florus declaró:
Si
consideramos al pueblo romano como un hombre, y
reflexionamos sobre todo el curso de su vida ...
encontraremos que ha pasado por cuatro
fases...
...y luego de describir su infancia, su juventud
y su madurez, concluyó:
Desde Augusto
hasta la época actual han pasado casi
doscientos años, durante los que la
holgazanería de los emperadores ha
marchitado al imperio llevándolo a su
vejez.[1.1.]
La Edad Imperial mira al mundo de manera
horizontal, transformándolo en una
extensión llana, cuyos puntos son
intercambiables o indiferentes. Lo más alto
que el hombre imperial conoce son sus propios
edificios o, si es que se las arregla para pensar
en términos 'abstractos', el princeps
y el senado. Esto es lo más alto que puede
volar. Y el princeps y el senado, habiendo
también perdido su libertad e
inspiración, no pueden hallar
aprobación mirando hacia arriba, al mundo de
los valores ideales, sino que deben buscarla
mirando hacia abajo. Pues tal mundo ya no existe
para ellos.
Entretanto las masas, habiendo perdido el mito
del aldeano, la filosofía del ciudadano y
todo resto de libertad e independencia, deben
someterse a la economía, la política
y el dogma, los cuales, simplificando todas las
ideas, simulan la perdida Edad Mítica de la
infancia de la humanidad, sumergiéndolas en
el infantilismo. Y estos 'infantes' exigen, cuando
no están cumpliendo sus deberes de esclavos,
que su vacuidad sea entretenida por la futilidad
del anfiteatro romano. Pues tales deberes les agota
el entendimiento a tal punto, que ya no les queda
seso para absorber la inteligencia del drama que
los ciudadanos atenienses del Siglo V disfrutaban,
de la misma manera que a estos ya no les quedaba
seso para realizar las celebraciones míticas
de la Edad Arcaica temprana.
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Podrías representar la manera como el
mundo es percibido por las distintas edades con
ayuda de un compás. Para el hombre
mítico el mundo se presenta como una
línea vertical, formada por los brazos
juntos del instrumento y cuya articulación
representa a los dioses; al abrir un poco el
compás, puedes representar la forma como el
hombre arcaico veía el mundo;
abriéndolo más todavía, puedes
ver el panorama del hombre clásico; y por
último, cuando aplanas al instrumento
abriendo sus brazos completamente, obtienes la
manera de ver del hombre imperial. La juntura es
ahora un punto como los demás, y la
protuberancia que al principio se nota es luego
emparejada, a la manera de Procrustes, por la Edad
Imperial.
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Como cada
edad ve al mundo
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En este mundo plano, las cualidades no son
entendidas porque ellas existen en un mundo
vertical. Por consiguiente, el hombre parece abolir
las jerarquías y reverenciar la igualdad,
pero eso es sólo porque no comprende a
ninguna de ellas. Puede que sepa como las cosas
funcionan, pero ignora su naturaleza y es abrumado
por ellas. Se ocupa del destino de la humanidad
toda, pero del de nadie en particular, pues no ve
razón en privilegiar a una testa más
que a otra, puesto que todas le parecen puntos
equivalentes en la vasta extensión. A
Horacio le aburrieron enormemente estas planas
vision | |