Greek Mythology Link - by Carlos Parada, author of Genealogical Guide to Greek Mythology

Las Cuatro Edades de Friedrich

 

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Enlaces externos

 

«Una vigorosa fuerza vital debe haber caracterizado a las antiguas tribus griegas ...» [Jacob Burckhardt 1818- 1897, Griechische Kulturgeschichte]

«¿Qué sería la totalidad de la historia si un íntimo significado no viniera en su ayuda? Sería lo que es para muchos que por cierto conocen la mayor parte de lo acontecido, pero que no entienden ni lo más mínimo de la historia real.»[Friedrich von Schelling 1775-1854, Las edades del mundo]

«Habrá un mundo único y la paz de la Edad de Oro se dará a conocer por primera vez a través de la unión armoniosa de todas las ciencias.» [Friedrich von Schelling 1775-1854, Las edades del mundo]

 

Océano Atlántico, marzo de 1967

 

«... une erreur entrée dans le domaine public n'en sort jamais; les opinions se transmettent, héréditairement, comme des terrains—on y bâtit—cela finit par faire une ville: cela finit par faire l'Histoire.» [1] [Rémy de Gourmont 1858-1915, Epilogues]

 

Ein Kentaur

Dime, Friedrich, ¿por qué piensas dedicarte a la filosofía ahora que has terminado tus estudios de español? ¿No sería mejor que te acomodaras al Zeitgeist, aplicándote a la electrónica, la ingeniería, la economía o la política? Pues esta época no es de filósofos, a menos que planees trocar los conceptos filosóficos en políticos...

Jean-Paul Sartre
1905-1980

Simone de Beauvoir
1908-1986

Rémy de Gourmont
1858-1915

Y ahora que lo pienso, no me sorprendería si estuvieras hechizado, como tantos jóvenes actualmente, por la fama del existencialisme de Sartre y Simone de Beauvoir, que como admitirás se deriva más de los asuntos sociales que de la filosofía. De otro modo las masas, a las que no podría cautivar ninguna variedad de contemplación filosófica, no estarían tan encantadas... Deberías cuidarte de todos los 'ismos', y exhortar a Sartre a tomar el 'antídoto Gourmont'

Voici la saison des pommes,
Allons au verger, Simone,
Allons au verger.
[2]

...con la esperanza de que el sano retiro de la pareja en el verger permita mayores logros filosóficos que el estar sentados—siempre a disposición de los fotógrafos de prensa—en los cafés de alguna polis, con un halo alrededor de sus cabezas más coloreado que el que vimos rodeando a la luna la noche que zarpamos de Río de Janeiro.

Naturalmente estos halos aparecen cuando la atmósfera está nubosa o vaporosa; o en otro caso por engaño de la vista, como le ocurrió a Descartes cuando estaba sentado como nosotros en un barco y descubrió un halo vívidamente coloreado en torno de la lámpara. Claro que este último pertenecía a una categoría diferente: era una ilusión óptica o un fantasma insustancial, como cuando el mismo Descartes imaginó que podía construir una filosofía enteramente nueva desde los cimientos, como si nadie hubiera filosofado antes que él. Pero en lo referente a las distintas clases de halos, podrás distinguir una de la otra simplemente cubriendo la fuente de luz con tu dedo, tal como Sartre lo hace con essence y Simone con ese individualisme que afirma haber vencido.

René Descartes
1596-1650

Jacob Burckhardt
1818-1897

Arthur Schopenhauer
1788-1860

Friedrich Schelling
1775-1854

Centauro

Pero para volver a tus planes, deberías estar avisado que nuestro Schopenhauer lealmente aconsejó a los jóvenes que no perdieran el tiempo estudiando filosofía en instituciones oficiales, donde la noble disciplina ha sido transformada en historia de la filosofía o bien en ese híbrido que nuestro Burckhardt describió, diciendo

Die Philosophie des Geschichte ist ein Kentaur [3]

Pues, como explica, ni la filosofía es histórica ni la historia es filosófica. Pero los dioses sabrán si la filosofía no podría hacerte feliz, ya que como nuestro Friedrich Schelling admitió

No solamente el poeta sino que también el filósofo experimenta sus éxtasis

...y eso es lo único que importa, Friedrich, lo único que importa...

En todo caso, ya te dediques a la filosofía o a cualquier otra cosa, cuídate de mantener la claridad de tus conceptos. Pues cuando ayer conversábamos a la hora de la cena con esa encantadora chica chilena, pude notar que confundías las edades de piedra, bronce y hierro de los historiadores con las Cuatro Edades del Hombre, ya fuera porque te distraía el alto nivel de su minifalda, o porque no percibes que la similaridad entre ambos juegos de edades es, como dicen en las películas, 'pura coincidencia'... Y cuando termines con tu risita te explicaré de qué se trata...

 

«Cual la generación de las hojas, así la de los hombres.» [Homero, Ilíada 6.146]

 

Delineamiento de las Cuatro Edades

Como ya sabes, a las Cuatro Edades del Hombre se las llama poéticamente de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro. Están vinculadas a las rizómata (o raíces) que Empédocles presentó como fundamento de su descripción del mundo. Pero para el propósito que ahora nos atañe, estos nombres se refieren al principio que gobierna la periodicidad mediante la típica estructura cuádruple que exhiben todos los ciclos. Las diferentes edades reflejan a su vez las alternaciones de otro principio cuya descripción omitiré para que no nos alejemos demasiado de nuestro tema.

Esto no fatigará tu materia gris, pues las cuatro edades son las mismas que las fases del Nacimiento, Crecimiento, Maduración y Declinación. Tanto el individuo como la sociedad—con tal que no perezcan prematuramente—deben pasar por esas cuatro fases. Así pues, al meditar en un individuo, puedes referirte a ellas ya sea utilizando los nombres de los metales, o bien prosaicamente: Infancia, Juventud, Madurez y Vejez. De similar manera, al contemplarse la sociedad pueden usarse las denominaciones poéticas, o bien otras que, por razones de conveniencia, llamaré Mítica (Oro), Arcaica (Plata), Clásica (Bronce), e Imperial (Hierro). Esta tétrada se repite muchas veces (aunque no ad infinitum) en escalas más pequeñas o más grandes. ¡Ten en cuenta las escalas!, porque cuando Calderón en su Ni siempre lo peor es cierto nos dice

Que éstas son las cuatro edades
de cualquier amor; pues vemos
que en brazo del desdén nace,
crece en poder del deseo,
vive en casa del favor,
y muere en la de los celos.

...se está refiriendo a las cuatro edades del Enamoramiento, y no al ciclo completo del matrimonio. Y no deduzcas del hecho que tanto el hombre como la sociedad estén sujetos a leyes cíclicas, que la última sea un organismo biológico, como algunos se han apresurado a concluir.

Pedro Calderón de la Barca
1600-1681

En este contexto acostumbra a mencionarse que también Pitágoras conocía la sagrada tétrada y contaba hasta cuatro, creyendo que ni la estabilidad ni el retorno a la unidad podían alcanzarse a menos que se entrara en el cuarto grado de la progresión. Se afirma que del número Cuatro—llamado 'perenne fuente de la naturaleza' por su escuela—fluyen todas las cosas, recorriendo los 9 intervalos sagrados de su Tetractis, una figura que obtuvo alineando diez huesos de jarretes o guijarros en cuatro hileras, con un guijarro en la primera y cuatro en la última. A la figura resultante se le llama 'T4' o 'Triángulo 4', aludiendo a la cantidad de hileras, y como he dicho, la cantidad de guijarros de T4 es 10. Puedes hallar el valor de 'T5' o de cualquier otro triángulo usando la fórmula: Tn = n(n + 1)/2.

O

O

O

O

O

O

O

O

O

O

Tetractis

Tetractis 'Mondrian'

Ahora bien, quienes intentan explicar al espíritu a través de su múltiple externalización suelen invariablemente verse sumergidos en la misma diversidad que deseaban superar, la que se presenta como un mar de conceptos desarticulados en cuyo fondo descansa un número indefinido de guijarros. Éstos son a veces coleccionados y ordenados, no por la imaginación sino a la manera de Mondrian, o sea, en cajas que representan, cada cual por su lado, algunas de sus propiedades supuestamente primarias. Más tarde te demostraré que tales manipulaciones, al igual que muchas formas del conocimiento microscópico, no rinden provecho alguno.

Pero en lo que concierne a los nombres de las edades y de sus subdivisiones, llámalas como te parezca con tal que no pierdas de vista sus cualidades y la escala a que se refieren. Son apenas denominaciones, pasibles de alteración en cuanto encuentres otras que mejor describan tu objeto.

 

«... me parece cada vez más necesario recordar la naturaleza de todo lo que acontece, como todo comienza en la oscuridad ...» [Friedrich von Schelling 1775-1854, Las edades del mundo]

«In Arkadien geboren sind wir alle ...» [4] [Arthur Schopenhauer 1788-1860]

«¿Comenzaremos por Hestia, según es la costumbre?» [Sócrates. Platón, Cratilo 401b]

 

La Edad Mítica

 

La primera época, pues, es la de Oro o Edad Mítica, cuando los dioses mantenían relaciones con los mortales. Este período es conocido por los eruditos como la 'Edad Oscura' debido a la circunstancia de que toda Edad Mítica es necesariamente oscura para la posteridad. A lo que se alude con el término 'Oscura' no es tanto su tonalidad particular como el que nada o muy poco se sabe de ella, al no existir documentación alguna. Puedes llamar a esta era 'el comienzo', sólo que tal comienzo ocurre en el hogar de Hestia: el lugar y el momento en que la vida, luego de perecer en sus propias llamas, rejuvenece desde las cenizas. Durante este rejuvenecimiento, todas las formas e ideas aparecen a la vista del hombre entregadas por la divina presencia, que también determina su cantidad, medida y límite. Es ahora que el hombre obtiene su conocimiento del mundo—no mediante el razonamiento discursivo sino a través de la visión mental o la comprensión inmediata—, y percibe también que la presencia divina, además de mantener todos los seres y cosas estrechamente entrelazados, condiciona todo lo que hace.

Aquí podrías preguntar: «¿Por qué los dioses habrían de acercarse al hombre y ocuparse de él?». Pero como esta pregunta, siendo vasta, nos alejaría de nuestro tema, conformémonos de manera provisoria con lo que Friedrich Hölderlin dijo en su Der Archipelagus:

... es ruhn die Himmlischen gern am fühlenden Herzen ... [5]

El prístino ardor de la divina presencia, junto con su belleza y significación, provoca un estado de maravillamiento tal que no deja ocasión para escribir un diario. Esta es una de las razones por las que no se han preservado documentos de esta época; otra es que la creación y la destrucción, como la vida y la muerte, no se mantienen en despachos separados como en las épocas subsiguientes sino que avanzan juntas frenéticamente, siendo inseparables o aún idénticas. De esta manera, todo lo que se forma es muy pronto destruido o metamorfoseado. El ritmo de transformación que en épocas posteriores se vuelve lento, es ahora vertiginoso; por eso el hombre antiguo, viviendo en un mundo encantado o embrujado, aprende a amar la tranquilidad, mientras que el hombre de eras posteriores, habitando un mundo desencantado y estático, intenta cambiar todas las cosas con tanta frecuencia como le es posible.

Poseido por la divina presencia, el hombre aprehende la belleza y la significación, adquiriendo el arte en sus formas originarias, o sea: el Habla, la Música y el Gesto. Estas extraordinarias adquisiciones lo sumergen en un estado de tremenda excitación, y como a menudo cae en éxtasis, el mundo también se embriaga. Pues los dos aún no están divorciados. En consecuencia, se desenvuelve un pandemonio que al revelar las alturas y profundidades del mundo, lanza al hombre del sublime embelesamiento al terror indecible. Y la naturaleza, viéndose de pronto liberada, grita todo su poder y precipita todas las cosas en la turbulencia:

Se abren abismos; piedras y ríos cobran vida; un hombre se vuelve ave; una mujer árbol; el agua se transforma en leche; la sangre en vino... ¡Completa la lista! Porque en esta edad, al prevalecer la mente sobre lo exterior, cualquier cosa que se conciba se vuelve real. Incluso el tiempo y el espacio se comportan como si no fueran sino un sueño. Sin embargo, en el transcurso de épocas posteriores ocurre lo opuesto: el mundo exterior dirige y la mente obedece; y como ésta parece un sueño comparada con aquel, el hombre recurre a la lógica y a la causalidad para hacerle frente al mundo. Pero durante la primera edad, cuando la naturaleza se recrea a sí misma por paradoja, ni lógica ni causalidad tienen validez porque todos los fenómenos son principalmente interiores, y no exteriores.

Las artes figurativas, que requieren un mundo y una mente sobrios, tampoco existen todavía, o acaso deberíamos decir que sus únicos productos disponibles los constituyen la naturaleza y el hombre. Por estas razones, la Edad Mítica es la de la Inspiración y la de la Penetración Intuitiva o—si es que prefieres pensar que todo ocurre en la mente (lo cual no hace diferencia)—la de la Imaginación. Pero cualquiera que sea, no encontrarás ni premeditación, ni análisis, ni motivos ulteriores; pues esta es la edad que disfruta la sabiduría de la Inocencia, a la que Friedrich Hölderlin cantó:

Heilige Unschuld, du der Menschen und der
Götter liebste vertrauteste! du magst im
Hauße oder draußen ihnen zu Füßen Sizen, del Alten,
Immerzufriedner Weisheit voll;
[6]

En todo caso, el hombre, estando únicamente confrontado con el alma—ya sea la del mundo o la suya propia—, debe regocijarse con las formas puras de la belleza y la significación que la divina presencia revela a través de la libertad desembridada y el sagrado absurdo.

Friedrich Hölderlin
1770-1843

En la Edad de Oro, el hombre no está divorciado del conocimiento como en edades posteriores, sino que ambos están unidos. Su visión es su conocimiento, y a través de ella experimenta toda la diversidad de los procesos nacidos de la alta simplicidad de la divina presencia. Durante las épocas tardías, sin embargo, el hombre y el conocimiento son desgarrados; una experiencia desoladora de la que se deriva la creciente necesidad que siente de buscar el conocimiento perdido e investigar el mundo exterior. Pero comparado con el conocimiento del hombre mítico, el de las épocas tardías está hecho de retazos, produciéndose artificialmente por fragmentación y gradación. Más aún, en el proceso de obtener tal conocimiento, el hombre pierde la habilidad de concentrar sus poderes para sí, y en la medida en que los disipa en miríadas de detalles exteriores, la importancia de estos se acrecienta, provocando una disipación todavía mayor. Pero cual la imagen del mundo, así también es la mente del hombre, siendo la una espejo de la otra. En consecuencia, cuando una de ellas aparece pulverizada, puedes estar seguro que la otra lo estará también.

Ahora bien, aunque la Edad Mítica no es esencialmente intemporal, aparece como tal. Porque de la misma manera que el hombre no separa de manera rígida la creación de la destrucción, tampoco distingue los segmentos de tiempo que de a poco se identifican como 'presente', 'pasado' y 'futuro'. De forma análoga, no divorcia lo divino de lo humano, ni al humano de la bestia, ni a la bestia de la planta, ni a la planta de la piedra. Todos ellos son igualmente sagrados, dado que las metamorfosis a que ha asistido unifican el mundo en su mente y en su corazón. En esta edad no existe el pasado, y por tanto ni orgullo ni culpa; tampoco hay futuro, y por tanto ni esperanza ni ansiedad.

Tal es la realidad del hombre mítico. Claro que no necesita ni filosofía ni religión para percibir que los dioses han creado el mundo o para darse cuenta que él mismo es mortal. Por consiguiente, no sólo palpita con deleite mientras vive sino que además aguza las orejas, porque como el poeta arcaico Homero lo expresó

El hombre que escucha a los dioses es escuchado por ellos

El hombre mítico no es religioso, pues la religión es un recurso de épocas tardías concebido para invocar la presencia divina que ha sido perdida, o mejor dicho convertida en divina ausencia. Por ello no hay ni mitos ni religión en esta edad: el hombre vive en presencia de los dioses y conoce el sentido de la vida. Es tarea de la subsiguiente Edad Arcaica, resumir esa experiencia en los relatos llamados 'mitos'. Estos constituyen el recuerdo de la divina presencia: la Edad Arcaica evoca (aunque no retrospectiva sino creativamente). Luego, cuando la memoria se va desvaneciendo, la creencia religiosa y el culto crecen en importancia, y la Edad Clásica invoca. Finalmente, cuando el olvido prevalece y todas las cosas son negadas, la Edad Imperial revoca.

Homero

«¿Cuáles son las fechas de la Edad Mítica?», podrías preguntar. Bien... en Grecia, la historia tendría que fecharla más allá del año 1100 A.C. Pero desde el punto de vista de la cronología histórica, la Edad Mítica es como una 'singularidad' que carece tanto de tiempo como de espacio y que es, por tanto, irrecuperable. Para los hombres de las edades siguientes, viene y se va demasiado rápido, pareciéndose a un vacío. La posteridad no puede tocar de manera directa a la Edad Mítica, sino que debe adivinarla a partir de los residuos dejados por la Arcaica y en menor medida por la Clásica. La Edad Mítica no deja pruebas físicas tras de sí porque, como he dicho, es una edad primordialmente espiritual. En tales tiempos el peso de la vida práctica es reducido al mínimo mediante la Simplicidad y la Confianza, con las que el hombre, venciendo el miedo, vive en la abundancia y la libertad. Al dejar la materia en paz, nunca carece de bienes materiales y posee una gran cantidad de tiempo a su disposición. Estas condiciones no pueden ser entendidas o aún concebidas, una vez que esta edad llegó a su fin.

 

«...pero tienen diferentes funciones y cada cual su propio carácter y se turnan en el poder a medida que el tiempo gira.» [Empédocles, Física B17]

«La vida de los griegos brilla solamente cuando el rayo del mito la ilumina; de lo contrario es sombría.» [Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, 261]

 

La Edad Arcaica

 

Durante la Edad Mítica, pues, el hombre vive con los dioses, quienes suministran el impulso animador, la chispa, la fuerza espiritual que lo reaprovisiona. Hacia el fin de esta edad, sin embargo, las divinidades se van, y su partida representa para el hombre una experiencia enormemente traumática. Siente que sin los dioses el mundo es frío y hostil, y que la vida no vale la pena de ser vivida. Perecería si pudiera, pero al no existir el perecimiento, que es un sueño vano, no puede. Por consiguiente, o vive como aprendió por vía del ejemplo y la experiencia, o entonces vive en medio del insondable Caos, pero de cualquier forma que sea, ¡debe vivir!

Al Caos lo descarta pronto, pues ha aprendido a vivir. Pero al estar solo debe reconciliarse con la existencia; y por estar indefenso, debe represar por sí mismo la turbulencia y el maravillamiento de la edad precedente. De aquí que proteja el maravillamiento derivado de la presencia divina—la Edad de Oro—, evocándolo por medio de los relatos conocidos como 'mitos'. De aquí que, al marcharse los dioses, deba entender con su intelecto y ver con sus ojos la misma belleza y significación que antes percibía con su alma.

Es así como aparecen la lógica y la simetría, tanto en hexámetros como en jarrones. Y como ahora los dioses han construido su morada en la remota comarca de la imaginación, el hombre debe enfatizar los principios racionales de la armonía y la proporción, que son la luminosa síntesis de partes claramente definidas cuya solidez y elegancia evocan sin cesar las cualidades dinámicas que la divina presencia suministró durante la Edad Mítica. Ahora bien, el alma del hombre recibe su sustento de los dioses, y cuando estos se retiran, la vitalidad de aquel disminuye, no pudiendo encontrar ya satisfacción solamente en su alma o en artes inmateriales, tales como la música, el habla o el gesto. Para compensar el vacío originado por la partida de los dioses, el hombre recurre entonces a sus sentidos y comienza a representar en objetos exteriores la belleza y la significación que antes había vivenciado. Así se desarrollan las artes figurativas y también el arte de leer y escribir, y al hacerlo, la música y el habla decaen.

Los productos de la Edad Arcaica, en tanto que meros reflejos, son pálidos comparados con el original, como los mitos son pálidos comparados con los dioses mismos. Pero son gloriosos si se considera el tamaño de la tarea, que era describir lo indescriptible, pronunciar lo impronunciable, transmitir tanto forma sublime como sustancia inexplicable. Es en un momento tal que la cultura helénica se abre camino a través del cadáver viviente de la civilización micénica (la cual se apegaba tanto al Oro por estar acaso tan sumida en el Hierro). En la actualidad, a esta última también se le llama 'griega', desde el desciframiento del 'Lineal B' hace cosa de diez años, pero a esa civilización la regía un Zeitgeist diferente...

Viendo que el colapso de la civilización micénica sumergió a toda la Hélade en la recesión y el desorden, algunos se preguntan: «¿Cómo pudo una época de pobreza y de población dispersa que sufría además las llamadas 'Invasiones Dóricas', ser capaz de producir los rasgos característicos de lo que se convertiría en uno de los más grandes logros de la humanidad?» Pero otros podrían preguntar: «¿Cuándo se ha visto a una gran aglomeración, a una época dedicada al lujo, producir nada que fuera esencial, excepto acaso las condiciones mismas de su propio colapso?

 

«Pero a esas criaturas que pertenecen al período del último combate entre la disociación y la unificación ... las vemos vagar en un estado similar al de la borrachera.» [Friedrich von Schelling 1775-1854, Las edades del mundo]

 

Caos y Revolución

 

Ahora bien, ya notarás, Friedrich, que los factores mecánicos no pueden proporcionar explicación esencial alguna, y que tales preguntas no pueden ser respondidas a fondo si no se contempla la naturaleza inexplicable del Caos, al cual perciben de manera diferente la edad moribunda y la naciente. En efecto, no hay acuerdo en lo concerniente a la naturaleza del Caos, pero como este asunto podría alejarnos demasiado de nuestro tema, apenas mencionaré que para el hombre micénico típico, el mundo se ha transformado en un vacío sin sentido, y la vida misma en una búsqueda sin propósito visible: la postración reina en su corazón y en su mente. Ha retornado, como dijo nuestro Friedrich (me refiero a Schelling)

... a la posición de no desear nada.

...aunque no por haber satisfecho sus deseos esenciales, sino más bien por haber perdido toda esperanza de satisfacerlos y por hallarse indiferente con respecto a la satisfacción misma. Entretanto, para el hombre de la 'Edad Oscura', el mundo se presenta deslumbrante en su apariencia, pletórico de significado y lleno de fenómenos nuevos. Cuando el hombre micénico dice 'locura', el hombre mítico dice 'los dioses'; lo que el primero soporta como fastidio o aburrimiento, el segundo lo disfruta como libertad.

A primera impresión, esto podría parecer una simple 'revolución', pero el hombre mítico no es un revolucionario y no se opone a ningún poder terrenal, puesto que vive en otro mundo. Pero por eso mismo, es visto por los ojos micénicos como ausente, inaccesible, inmanejable, o indócil. Y notarás que cuando se examinan con detención las causas del colapso de las estructuras imperiales, uno invariablemente se encuentra con esta 'ausencia' causada por el trance, que es diagnosticado por los sobrios del momento como apatía, pereza, desobediencia, irresponsabilidad, indiferencia, juerga, u otras cosas parecidas. La importancia moral de este fenómeno la adivinó Étienne de La Boétie cuando declaró:

Soyez résolus de ne plus servir le Pouvoir et vous voilà libres! Je ne veux pas que vous le poussiez ou l'esbranliez, mais seulement ne le soutenir plus et vous le verrez comme un grand colosse à qui on a dérobé la base, de son poids même fondre en bas et se rompre. [7]

Pero una tal revolución sólo ocurre cuando el ciclo de las cuatro edades se ha cumplido y uno nuevo comienza, y no en virtud de la resolución humana. El hombre político, y en particular el hombre revolucionario, naturalmente desecha ese hecho, por ser presa de la ilusión de que puede controlar el Cambio. Se niega a entender que las revoluciones políticas no son sino los infartos causados por la esclerosis de las edades Clásica e Imperial, en especial por la de esta última. Es cierto que aquellas deben invariablemente ocurrir, puesto que dichas edades son épocas de servidumbre—una circunstancia que causa malestar—, pero ellas son apenas un síntoma, no un remedio.

Las revoluciones políticas (al igual que otras formas de la guerra) proporcionan la ilusión de cambio en un mundo inmutable, el cual, como lo expresa el dicho popular, 'cuanto más cambia más se queda igual', puesto que (entre muchos otros factores) quienes se rebelan no tienen la intención de quebrantar el Poder sino de usurparlo. Pero en el curso del tiempo, estas convulsiones incrementan su fastidiosa frecuencia con tal magnitud que finalmente el Poder estima conveniente proclamarse a sí mismo 'revolucionario' y posar de glorioso Adalid del Cambio—una contradicción que la mentalidad de servidumbre prevaleciente en la última edad no puede detectar.

Pero ni los cambios patrocinados por el Poder ni las revoluciones políticas son capaces de transformar en lo básico a una estructura esclerótica tal. El Cambio pertenece a las dos primeras edades, y sólo entonces posee validez. Con el curso del tiempo, el Cambio se detiene de manera natural, y la sociedad queda atrapada en las formas que su ingenio ha sabido producir. Por esta razón, las dos últimas edades veneran al Cambio y adoran cualquier transformación, mientras que las dos primeras veneran la inmutabilidad, y de la Constancia hacen virtud.

Las revoluciones políticas representan la vana esperanza de salud frente a una enfermedad incurable, la quimera del rejuvenecimiento frente a la Vejez. Para algunos, ellas son las aspirinas de la Edad Clásica y la morfina de la Imperial. Para otros, la joven amante del viejo. Pero ni la amante puede impedir que la vejez siga su curso natural, ni ningún medicamento es cura de la muerte. Aún cuando violentas o resueltas, las revoluciones—siendo síntomas, no remedios—no pueden nunca cambiar el curso del tiempo y de la historia. Pero en la medida que son la manifestación de una dolencia incurable, se multiplican y tornan más frecuentes mientras el mundo se diluye en la vasta extensión de la Edad Imperial—el mausoleo final de la sociedad, la pirámide de su deceso.

Nuevo comienzo

 

 

Ahora bien, en el momento de la muerte hay un baño espiritual, y el mundo es creado de nuevo, teniendo muy poco en común con la fenecida edad. Una nueva imaginación nace; un nuevo sueño reemplaza al viejo. Sin embargo algunos querrán todavía descubrir continuidad entre, digamos, la alfarería micénica y la geométrica, pretendiendo ignorar que los productos de arcilla son objetos físicos, incapaces por sí mismos de expresar con plenitud los ideales de sus constructores. De manera similar, otros afirmarán que Homero concibió sus obras maestras desarrollando las tradiciones épicas que encontró entre los huesos del ya mencionado cadáver micénico. Pero si el Götterwelt micénico y el de la Edad Arcaica fuera el mismo, entonces habríamos asistido, no al nacimiento de la cultura helénica sino a un desarrollo ulterior de la micénica. La importancia del Götterwelt es rara vez reconocida por la posteridad; para los hombres de edades tardías, el Götterwelt no es sino una invención arbitraria, excepto para unos pocos, como nuestro Friedrich (me refiero otra vez a Schelling):

Crear una mitología ... es algo que va más allá del poder de realización de cualquier individuo.

Ahora bien, a estos conceptos, Friedrich, se les empuja indefinidamente en todas direcciones porque nosotros, al examinar estos asuntos, no podemos sino contraponer el Conocimiento a la Vida y la Causalidad al Destino. De manera similar, tenemos que aplicar el Análisis a la Imaginación, observar la Naturaleza como si fuera la Historia, considerar al Tiempo como una dimensión del Espacio, manipular la Cronología como si fuera Matemáticas, y adivinar la Forma a partir de la Sustancia. Y como si esto no fuera suficiente, existe todavía otra dificultad que impide el entendimiento mutuo entre períodos distintos, a saber: que cada edad pertenece a un segmento distinto del Tiempo. La Edad Mítica es, como ya lo dije, virtualmente intemporal; por esa razón se parece a la eternidad. Durante esta corta edad se crean y se destruyen los prototipos...

(A propósito: si hubieras podido encontrarte con Américo Spósito en Montevideo, habrías escuchado un par de cosas sobre la importancia de los prototipos. Irónicamente, está en París, como con pena te enteraste... Este pintor admite que el arte depende de la habilidad de encontrar los prototipos, pero argumenta que los egipcios los hallaron, no los griegos... Yo no podría discrepar más, pero de cualquier manera su conversación es fascinante y sus argumentos un desafío... Una lástima que se desencontraran... Ya que lo menciono, ¿por qué no desembarcas en Barcelona en vez de Génova, y tomas el tren a París?)

...pero la Edad Mítica es corta cuando se la ve desde otra edad.

Las Edades y el Tiempo

El Tiempo no transcurre de manera homogénea. Cuando el mundo es joven, cuando no es sino un niño, el tiempo pasa con lentitud, independientemente de lo corto que parezca cuando se le ve desde afuera. Aún el momento más breve es largo por estar cerca del comienzo. El primer día de vida equivale a la totalidad del tiempo vivido. Representa toda la vida, y por esa razón es siempre largo. El segundo día, sin embargo, equivale apenas a la mitad de todo el tiempo vivido. En consecuencia, el tiempo pasa dos veces más rápido durante el segundo día, estando su duración dinámicamente vinculada a la cantidad de experiencia y a su calidad. Tanto éstas como el tiempo mismo se reducen a 1/2 durante el segundo día, a 1/3 en el tercero, a 1/4 en el cuarto, y así sucesivamente mientras se vive. Por consiguiente, la experiencia que puedas obtener, digamos, en tu 30000mo día, es en la práctica insignificante, como lo será la duración de ese día.

En el curso de la Edad Mítica, tiempo corto y largo a la vez, todas las otras eras se ensayan en rápida sucesión, iniciando al hombre en los secretos del destino. Ahora bien, la Edad Arcaica, saliendo de la intemporalidad y sumergiéndose en el presente, desenvuelve los prototipos de la edad precedente sin ningún orgullo sabedor de sus realizaciones. Pero 'Prototipos' o 'Mitos'—como ya lo he dicho—son sólo los términos con los que la Edad Arcaica se refiere a la presencia divina. En este período, el pasado no es todavía experimentado como tal; esa es la razón por la que no hay orgullo. Y el futuro no merece atención alguna.

En el siguiente período—la Edad Clásica—, el egotismo aparece por primera vez, en la medida que el pasado es postulado con orgullo y reverencia a la vez. Con reverencia porque los hombres de esta era entendían que sus antepasados se hallaban más cerca de los dioses que ellos mismos, como lo demostraban sus realizaciones; y con orgullo porque ellos eran los herederos de una raza gloriosa. La imitación de ésta proyecta a la Edad Clásica hacia adelante, y su nueva conciencia del tiempo ('soy, fui y seré') hace que lleve todas las cosas a su culminación. Pero más adelante, cuando la última edad irrumpe, aún otra conciencia del tiempo hace su aparición.

Durante la Edad Imperial, la totalidad del pasado es encajonado como una posesión, como si el verbo 'ser' se conjugara con las formas verbales de 'tener' ('soy más pudiente ahora'). Cuanto mayor duración tiene el pasado, tanto mejor; porque la Edad Imperial es la heredera de todas las épocas anteriores. De esa manera niega el presente. En lo que se refiere al glorioso pasado, cuya heredera, administradora, intérprete y patrona es la Edad Imperial, se descubre con tristeza que está difunto—una verificación aterrorizante... En este momento la admiración se transforma en arrogancia al surgir la pregunta:

«¿Si eran tan geniales, por qué perecieron? ¿Qué podemos hacer para evitar ese mismo destino? 'Destino', ¡una palabra terrible! Una palabra de otra época; pero el destino no es verificable, ¿o sí? Una sociedad no es un organismo, ¿o no? No estamos envejeciendo, ¿o sí?» No se oyen respuestas reconfortantes, puesto que nadie sabe con seguridad... «Pero un 'milagro', o más bien una 'excepción'—una 'excepción histórica' (¡ese es el término!)—podría concebirse, ¿o no?»

Así es como la Edad Imperial vive en el futuro, o más bien lo teme, negando el presente por segunda vez. En consecuencia, esta edad no puede ni comprender a los hombres que en el pasado vivieron en el presente ni tampoco el significado de la intemporalidad, una condición que no se puede verificar, una mera hipótesis, un fenómeno que ocurre en el mejor de los casos en mundos remotos, acaso en otras estrellas. Naturalmente, la Edad Imperial venera las creaciones de las edades anteriores, pero lo hace aguijoneada por la riqueza y el poder que puedan representar: conjuga 'ser' como 'tener'. El espíritu es ahora corpóreo, y su sobriedad no puede comprender cómo los hombres de cualquier edad pudieron estar tan frenéticamente poseídos, como para dedicarse a actividades tan devoradoras de tiempo como son las artes del pasado. Siente gratitud por las riquezas legadas, aún más cuando ella misma, careciendo de presente, no dispone de ningún tiempo, excepto para atender las necesidades de la vida, que reproduce en masse. En efecto, Necesidad es la diosa que gobierna la Edad Imperial, la más rica y sin embargo la más pobre de todas las edades.

Rémy de Gourmont, 1858-1915

«Le citoyen est une variété de l'homme; variété dégénérée ou primitive, il est à l'homme ce que le chat de gouttière est au chat sauvage.» [8] [Rémy de Gourmont 1858-1915, Epilogues]

Friedrich Nietzsche, 1844-1900

«... ni siquiera en sueños podemos ver lo que pueblos antiguos veían estando despiertos.» [Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, 236]

Pericles, c. 495-429 BC

«... si nuestros más remotos antepasados merecen elogio, más lo merecen nuestros propios padres, que agregaron a su herencia el imperio que hoy poseemos...» [Pericles en Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso II.36]

La Edad Clásica

La chispa que la Edad Arcaica capturó en una llama, arde con brillo durante la Edad Clásica, que conduce a las artes figurativas a su apogeo. Para realizarlo procede con perfecta continuidad, aprovechando todos los impulsos que, originándose en la Edad Mítica, le llegan fluyendo suavemente a través de la Arcaica.

Esta última ya había añadido Razón a la Inspiración, lo cual fue requerido por el tipo de proceso creativo que la ocupaba. Pero cuando la Razón avanza, la Inspiración retrocede, y al alcanzar ciertos niveles, ya no nos encontramos en la Edad Arcaica, que mantenía la proporción entre ambas, sino en la Clásica, durante la que la Razón acrecienta su fuerza en la misma proporción con que la Inspiración disminuye. Es ahora que, en la medida en que el ansia de Conocimiento (y en particular de conocimiento aplicado) aumenta, la Disolución comienza... Como he dicho, la Inspiración es mítica, la Creación arcaica, y la Culminación clásica. La completa Disolución es el lote de la Edad Imperial, aunque efectivamente se origina en la Edad Clásica, transformando a esta última época en la más suicida de las cuatro, pues es ahora que las realidades de la Posibilidad y las posibilidades de la Realidad se confrontan por primera vez, y no sin Angst.

El hombre de la Edad Clásica es capaz de consumar las realizaciones de la era precedente porque la altamente iluminada Edad Arcaica lo ha instruido en los secretos de la forma, pero una vez que se han agotado todas las posibilidades heredadas, no sabe más qué hacer. Una razón de este abatimiento estriba en que es un hombre educado: ya sabe más de lo que puede abarcar. Otra consiste en que ya no consigue recordar: siente que va en camino del olvido, hallándose ya demasiado alejado de la primera edad, que es la fuente de todas las cosas. En consecuencia, los dioses que otrora fueron se convierten cada vez más en el símbolo de lo que no es, dado que ya no escuchan las invocaciones y plegarias, y han cesado de manifestarse.

Como resultado, una terrible duda lo asalta. Pero ya no puede interrogar al pasado, cuyas fuentes están agotadas o consumadas. Percibe que es más rico y más poderoso que sus antepasados, y por ello se enorgullece. Pero en la medida que percibe que su horizonte se cierra, comienza a suspirar no sin nostalgia: «¡Feliz la Edad Arcaica que tuvo una Edad Clásica por su futuro! Pues nuestra edad sería sin dudas perfecta, si sólo pudiera dar a luz a un maravilloso porvenir, digno de nosotros mismos.»

El hombre clásico vive todavía en el presente, pero no tanto como el arcaico. Conoce ahora el pasado y presiente el futuro. Por consiguiente, mientras una sensación de pérdida se le cuela por detrás, la esperanza y la ansiedad lo embisten en ataque frontal. Para calmar estos fastidiosos aunque justificados sentimientos, intenta embridar el mundo recurriendo a la política y la economía, las cuales dan a la Confianza el beso de la muerte.

Como recordarás, Friedrich, la Confianza es característica de la Edad Mítica; pues ninguna otra cosa podría haber hecho frente a la turbulencia ocasionada por la divina presencia. Durante la Edad Arcaica, sin embargo, la confianza es de a poco reemplazada por la confianza en sí mismo, la cual se precisó para fijar los mitos, explicar el mundo y reflejar la magnífica experiencia en obras de arte excelentes. El hombre de la Edad Arcaica, para quien sólo la Excelencia cuenta, es un poeta, un artista y un filósofo, estando todavía bajo el influjo de las convulsiones de la era anterior. Su mente aún recuerda las épocas cuando los dioses se trataban con los mortales. Pero cuando la Memoria, que pertenece a las primeras edades, se desvanece, la Opinión, que aparece en la Edad Clásica, la reemplaza. Apoyada en la Opinión, la polis se desarrolla, transformando al hombre en ese 'animal político' tan proclive a desafiar, no sólo la paciencia de dioses y humanos, sino incluso la misma razón (ya que puedes decir que la Opinión se aleja tanto de la Razón como esta última de la Inspiración; y cuando esta opinión es además 'pública', puedes decir que te aproximas al fin de la era del pensamiento discursivo).

Antes del advenimiento de la polis—en el curso de la era Mítica y en el temprano Arcaico—, el hombre vivía en los campos, en los bosques, en las montañas y en las cuevas. Pues bien, este reino natural representa una libertad prácticamente ilimitada. Es un mundo acaso riesgoso, pero no más mortífero que el mundo de la polis o del imperio. En todo caso, la vida rural le permite al hombre ejercer su libertad en un grado insuperable, y es esta misma la que lo habilita para encontrarse con los dioses, o al menos para sentir la divina presencia. En consecuencia, los mitos sobreviven mientras la vida rural prevalece. Pero hacia el final de la Edad Arcaica, los aldeanos deben someterse a las leyes de los hombres y a 'deidades' tales como la Opinión, la Política, y la Economía, luego de ser confiscados y obligados por la centralización a unirse a la polis.

Ahora bien, los amantes de la productividad material, los inventos y las proezas técnicas, dejándose guiar por el desempeño exterior de las cosas, acostumbran a detestar a la Naturaleza tal como es, estando convencidos de que se la debe mejorar, cuanto más mejor. Sin embargo, es precisamente de esta manera que la libertad humana es abolida paso a paso, como si la naturaleza se vengara atando al hombre a sí mismo y a sus artefactos. Por consiguiente, aquel que otrora viviera libre en los campos, es ahora un esclavo virtual o real (o en el mejor de los casos un ciudadano lleno de obligaciones, lo cual es prácticamente lo mismo) que habita una prisión artificial de su propio diseño. Y como en un mundo tal, los dioses ya no pueden percibirse, las artes figurativas, desarrolladas ahora por las nuevas técnicas de la polis, construyen magníficas imágenes con la esperanza de reconciliarlo con su nueva condición. Y para ayudarlo a sentir en relación a la estatua lo mismo que otrora sentía al percibir la deidad, aparecen la veneración, el culto y la religión institucionalizada, que le enseñan apenas un reflejo de lo que antes sabía por sí mismo o mediante los mitos.

Aún más, es cuando las artes figurativas llegan a su apogeo durante el período Clásico, que su palpabilidad se desplaza con presteza de las incumbencias ideales a las materiales, tales como la riqueza, la salud, la fama, la competencia física y particularmente el comercio. Y mediante este último, la miseria se incrementa (puesto que cuando las riquezas crecen, también aumenta la pobreza en el mismo grado), y con ella la fatiga y también la enfermedad. Y mientras la simplicidad y la moderación —los verdaderos amigos de la salud y la abundancia—disminuyen en beneficio del conocimiento aplicado y de un mundo más complejo, la guerra y otras formas de violencia se tornan más frecuentes.

De esta manera, la Edad Clásica lleva a cabo la transición de la Cultura a la Civilización. Ella es la primera que intenta encabestrar el mundo exterior (así como la Arcaica había encabestrado la turbulencia del alma). Temiendo a la libertad, la cercena; porque el objetivo de la Edad Clásica es impedir que el mundo se torne desenfrenado y peligroso, es preservarlo, organizarlo y educarlo, y naturalmente dejarlo crecer también, porque el tamaño es crucial en todo aquello que es exterior. Aún así, la polis representa todavía un mundo de libertad y belleza, comparado con la desproporcionada 'Jaula de Oro' que concibe la Edad Imperial.

Violeta Parra, 1917-1967

Lo que puede el sentimiento
no lo ha podido el saber
ni el más claro proceder
ni el más ancho pensamiento
[Violeta Parra, 'Volver a los diecisiete']

Friedrich Nietzsche, 1844-1900

Es cierto que todavía vivimos la juventud de la ciencia y tendemos a perseguir a la verdad como si se tratara de una mujer bonita; ¿pero qué ocurrirá el día en que se transforme en una vieja ceñuda? [Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, 257 (1878)]

Homero Expósito, 1918-1987

En la vida no es cuestión de saber mucho sino de olvidarse poco [Homero Expósito]

El Nene

 

El Conocimiento (pues también debemos contemplar esta 'maravilla') es la criatura predilecta de la Edad Clásica y el amo de la Imperial, como explicaré.

Sucedió que cuando esta criatura todavía estaba en su cuna, era un bebé delicioso con ojos brillantes de curiosidad. «¿No es adorable?», preguntaban todos. Claro que lo era, puesto que mirando a la criatura, se le ocurrían a todos ideas hermosísimas. O sea que cuando la delicia se hizo conocida, llegaron multitudes a ver al bebé y a cuidarlo, y todos se quedaban felicísimos con los pensamientos que les habían transmitido los ojos del nene. Al comienzo, las niñeras lo alimentaban cuando precisaba comer y lo ponían a dormir cuando necesitaba descansar. ¡Una cosa natural de hacer! Y ello es precisamente lo que las niñeras de las épocas 'naturales' (las edades Mítica y Arcaica) hicieron. Pero cuando el mundo natural fue cercenado por la Edad Clásica, nuevas niñeras con ideas originales acerca de la crianza aparecieron a mejorar el crecimiento del nene, de manera que una mayor cantidad de ideas, y también más prácticas, pudiera obtenerse con el solo mirarle a los ojos. Ahora bien, dichas niñeras habían perdido toda noción acerca de lo 'natural', y en consecuencia comenzaron a alimentar al nene a todas horas y a mantenerlo despierto desde el alba hasta el anochecer y desde el anochecer hasta el alba, de manera de posibilitar que todos pudieran observar los espléndidos ojos en cualquier momento y depués irse a casa y hacer algo útil con las ideas que habían recibido. De esta forma prolongaron la hora de maravillamiento, posibilitando que se realizaran cosas útiles e inútiles, pero la adorable criatura, siendo así maltratada, se volvió demente; y sus ojos, en lugar de brillar con curiosidad, empezaron a parecerse a los de una bestia que se apresta a devorar a sus atormentadores.

Nadie nota nada, porque las metamorfosis de las épocas tardías no se producen súbitamente como las de épocas tempranas sino gradualmente. Así un día, salta una criatura de la cuna—ya no un nene sino más bien un delincuente juvenil—empuñando terribles instrumentos en sus manos y amenazando con ellos la carne de todos y cada uno. Todavía tiene algo de nene, es decir, ojos seductores y maneras caprichosas, pero nada es capaz de aterrorizar más a ciudades enteras que sus juguetes.

Ni siquiera Pan causa tanto pánico; porque el miedo tiene poco poder sin una conciencia culpable, como lo sabía Dante:

Tanto vogl'io che vi sia manifesto,
pur che mia coscïenza non mi garra,
che alla Fortuna, come vuol, son presto.
[9]

Pero el terror ocasionado por los hábitos insomnes del nene es culpable; porque proviene del ansia indebida de aquellos que lo despojaron del sueño, y de la complicidad de las niñeras.

Dante Alighieri
1265-1321

En todo caso, éstas se han marchado, y sabios pedagogos han tomado el relevo. Están persuadidos de que el nene mostrará sus mejores facetas si se le ofrece el mundo entero como patio de recreo; «pues se aprende asumiendo responsabilidad», razonan. «Vamos, toma ese martillo y ve a reparar la ventana que has destrozado», sus pedagogos le dicen. Así lo hace; sólo que, antes de reparar la ventana, baja a uno de un martillazo. «Pero reparó la ventana, como se le ordenó», los pedagogos observan mientras le aumentan el subsidio. Pues se supone que el nene es 'mono'; y si todavía se parece a un atracador, puede que se deba a que la idea de 'mono' no se ha puesto todavía a la altura del genio del nene.

De esta manera el nene llega a imaginarse que cualquier cosa es posible. En consecuencia, se hace adicto a la violencia y no vacila en atacar a los mismos cuatro elementos, destruyendo la superficie de la tierra, arrojando mugre por los aires, envenenando el agua, y usando el fuego para todo tipo de propósito, incluyendo la tortura de la carne. Y en su tiempo libre, viola la inocencia, alimenta a la arrogancia, arruina la belleza, diseca cuerpos, corrompe almas, inventa artefactos temibles, pronuncia todo tipo de verdad y todo tipo de falsedad, y se presta a cualquier clase de barbarie que pueda concebirse.

Esto puede parecer filosófico pero no lo es; no hay ninguna filosofía en la pedagogía adulona. La pedagogía natural proviene del amor, y es por eso que la pedagogía afectada debe parecerse a lo que puede ser confundido con el amor, por ejemplo, consentir al nene. Pero ese servilismo está principalmente enraizado en la ciega esperanza de que él, aunque destruya toda la superficie de la tierra, podrá transformar cualquier cosa en oro, un 'complejo de Midas' que se fortalece con el pasar del tiempo.

Augusto, 63 A.C. - 14 D.C.

«Puesto que he representado bien mi parte, palmeen las manos
Y despídanme del escenario con un aplauso.»
[Augusto, en Suetonio, Vidas de los Césares, II, 99]

La Edad Imperial

 

...Como decía antes, la llama encendida en la Edad Arcaica y alimentada en la Clásica, comienza a extinguirse, volviéndose humo y cenizas en la Edad Imperial. Por tanto, podrías describir la Historia como la transición de la chispa a las cenizas, de la animación al esqueleto. Podrías también decir del alma al cuerpo, dado que la Edad Imperial es la expresión corporal que resulta de aquella chispa generativa de antaño, pero se trata más bien de su propia imagen, como si tú—un joven—te miraras en el espejo y vieras a un anciano clavándote la vista. Porque mientras la Edad Mítica es la de la Infancia, la Arcaica la de la Juventud, y la Clásica la de la Madurez, la de la Imperial es la de la Ancianidad. Y estando decrépita, la Edad Imperial admira a la Juventud, puesto que eso es lo que a ella le falta, mientras que durante las primeras edades, cuando el mundo era joven, la Ancianidad se veneraba, pues eso faltaba.

La Imperial es la primera edad que, no siendo capaz de añadir nada nuevo, agrega más de todas las cosas. Sufre de una insaciable sed de novedades en todos los aspectos de la vida, pero como nada nuevo puede ser introducido, puesto que todas las cualidades ya han sido desarrolladas, completadas y agotadas durante las eras previas, la Edad Imperial se concentra en la esfera de la Cantidad.

El Infinito se inventa en esta época, y a imitación de su naturaleza ilimitada, todas las cosas, o bien se dividen (para lograr una mayor cantidad), o bien se aumentan (para obtener cosas más grandes). Todas las cosas tienden a traducirse a números, aún cuando no representen cantidades: por ejemplo, la vitalidad se transforma en longevidad, o la grandeza en inmensidad. Pero en general puedes decir que se trata de incrementar ya sea el tamaño o la cantidad: lo pequeño se vuelve grande, lo grande colosal, lo poco mucho, y lo mucho infinito. En consecuencia, el hombre adopta el contar y el medir como sus pasatiempos más interesantes, y aprende a ver el mundo a través de cifras.

Las grandes bibliotecas aparecen en esta edad, y se ve a una enorme cantidad de volúmenes llenando sus estantes. Pues ahora el Conocimiento es aún más exterior que en la época precedente, y el hombre ya no sabe ninguna cosa a menos que la encuentre escrita en sus volúmenes. Y en estos confía como si fueran verdades vivientes. También los ejércitos crecen y se hacen más poderosos, puesto que las riquezas a proteger son ahora inmensas. Y éstas ya no se acumulan para gastarlas, sino para aumentarlas, contarlas y compararlas. Al final hay enormes cantidades de todo, incluso de miseria, ya que no pocos disfrutan, como dice la canción de Gershwin, «mucho 'e na'». Y si estas cantidades representan vicios o virtudes, tampoco se sabe, dado que ya no es relevante ni posible distinguir entre ellos.

En este mundo cuantitativo, el hombre comienza a perder las cualidades únicas de su individualidad. Quien una vez fuera aldeano y luego ciudadano, no es ahora sino una testa insignificante en una uniforme masa hechizada por el pseudomito de la 'Igualdad'. Es irrelevante si esta masa está formada por hombres a quienes la jurisprudencia llama 'libres' o 'esclavos', dado que han perdido su 'tiempo' y con él su vida y libertad.

Quien no dispone para sí mismo de los dos tercios de su jornada, es un esclavo, cualquiera sea su profesión: estadista, hombre de negocios, oficial o profesor.

Eso es lo que nuestro Friedrich (es decir, Nietzsche) pensaba sobre este asunto... El poder centralizado que los esclaviza, y que ellos mismos han construido, aniquila la diversidad en nombre de esa misma igualdad y los obliga a todos a actuar de acuerdo a un modelo preestablecido hasta en los más mínimos detalles (como cuando Tiberio prohibió el besarse por razones tanto higiénicas como morales). Y tampoco importa si los devotos de este pseudomito se llaman a sí mismos cristianos, demócratas, socialistas o con otras denominaciones. Pues lo que es común a todos ellos, es el delirio utópico que transfiere, por alucinación senil, la Edad de Oro al futuro.

La igualdad es también un pseudomito en el sentido de que no puede ser implementada. Quien ocupa el poder continúa siendo más poderoso y acaudalado que el resto, aunque también se adhiera a dicha religio laici. Pero sólo cantidades lo separan de sus contemporáneos, no cualidades. Y como él mismo no reconoce valores ideales ni se rige por ellos, pierde pronto los atributos espirituales que, elevándolo moralmente, podrían haber justificado el poder y la riqueza que disfruta. Pero al carecer éstas de una justificación distinta de ellas mismas, se vuelve dependiente de la simpatía y benevolencia de su entorno. En consecuencia, adula a las masas, imitando tanto sus hábitos como maneras, con la esperanza de que ellas, al verlo como a un 'igual', puedan soportar mejor su poder y riqueza.

Las masas, por su parte, se componen de individuos que se diferencian cada vez menos unos de otros, a medida que pasa el tiempo. Pero cuando el hombre pierde sus cualidades individuales únicas, siendo considerado como un número o como una entidad anónima, reacciona transformándose en un 'individualista', es decir, en alguien cuyo mundo empieza y termina consigo mismo. Siente que no puede ejercer influencia, y por tanto tampoco acepta la influencia de ninguno de sus 'iguales'. En consecuencia, tanto uno como otros se ven confinados dentro de sus respectivas soledades. Todos alaban la igualdad, sin lugar a dudas, pero nadie es sincero en su encomio; pues lo que cada uno más desea para sí, es vencer el anonimato y elevarse por encima de sus 'iguales' por medio de la identidad que la fama, la riqueza o el poder pudieran conferir.

Así es como el pseudomito de la igualdad desemboca en desenfrenado individualismo, erosionando la cohesión social con la rivalidad práctica y moral. ¡Y yo mismo estaría actuando como un individualista, si pretendiera que revelo algo nuevo, ya fuera en este asunto o en cualquier otro! Como he dicho, la época de las novedades ya pasó hace mucho tiempo. O como nuestro Johann Heinrich Voß lo expresara:

Dein redseliges Buch lehrt mancherlei Neues und Wahres,
Wäre das Wahre nur neu, wäre das Neue nur wahr!
[10]

Johann Heinrich Voß
1751-1826

Ya Florus declaró:

Si consideramos al pueblo romano como un hombre, y reflexionamos sobre todo el curso de su vida ... encontraremos que ha pasado por cuatro fases...

...y luego de describir su infancia, su juventud y su madurez, concluyó:

Desde Augusto hasta la época actual han pasado casi doscientos años, durante los que la holgazanería de los emperadores ha marchitado al imperio llevándolo a su vejez.[1.1.]

La Edad Imperial mira al mundo de manera horizontal, transformándolo en una extensión llana, cuyos puntos son intercambiables o indiferentes. Lo más alto que el hombre imperial conoce son sus propios edificios o, si es que se las arregla para pensar en términos 'abstractos', el princeps y el senado. Esto es lo más alto que puede volar. Y el princeps y el senado, habiendo también perdido su libertad e inspiración, no pueden hallar aprobación mirando hacia arriba, al mundo de los valores ideales, sino que deben buscarla mirando hacia abajo. Pues tal mundo ya no existe para ellos.

Entretanto las masas, habiendo perdido el mito del aldeano, la filosofía del ciudadano y todo resto de libertad e independencia, deben someterse a la economía, la política y el dogma, los cuales, simplificando todas las ideas, simulan la perdida Edad Mítica de la infancia de la humanidad, sumergiéndolas en el infantilismo. Y estos 'infantes' exigen, cuando no están cumpliendo sus deberes de esclavos, que su vacuidad sea entretenida por la futilidad del anfiteatro romano. Pues tales deberes les agota el entendimiento a tal punto, que ya no les queda seso para absorber la inteligencia del drama que los ciudadanos atenienses del Siglo V disfrutaban, de la misma manera que a estos ya no les quedaba seso para realizar las celebraciones míticas de la Edad Arcaica temprana.

Podrías representar la manera como el mundo es percibido por las distintas edades con ayuda de un compás. Para el hombre mítico el mundo se presenta como una línea vertical, formada por los brazos juntos del instrumento y cuya articulación representa a los dioses; al abrir un poco el compás, puedes representar la forma como el hombre arcaico veía el mundo; abriéndolo más todavía, puedes ver el panorama del hombre clásico; y por último, cuando aplanas al instrumento abriendo sus brazos completamente, obtienes la manera de ver del hombre imperial. La juntura es ahora un punto como los demás, y la protuberancia que al principio se nota es luego emparejada, a la manera de Procrustes, por la Edad Imperial.

Como cada edad ve al mundo

En este mundo plano, las cualidades no son entendidas porque ellas existen en un mundo vertical. Por consiguiente, el hombre parece abolir las jerarquías y reverenciar la igualdad, pero eso es sólo porque no comprende a ninguna de ellas. Puede que sepa como las cosas funcionan, pero ignora su naturaleza y es abrumado por ellas. Se ocupa del destino de la humanidad toda, pero del de nadie en particular, pues no ve razón en privilegiar a una testa más que a otra, puesto que todas le parecen puntos equivalentes en la vasta extensión. A Horacio le aburrieron enormemente estas planas vision