(Graciosa
reseña de una obra que como los hechos narrados en la misma, también
hará historia.)
—¿Se
refiere usted a la obra o a la reseña?
—
Me refiero a la obra, don Antonio, ni más faltaba.
Mario
Lamo Jiménez
I
Introducción
Al
igual que el cometa Halley que sólo aparece cada 76 años, El
arzobispo de terciopelo de Enrique Santos Molano, es una de
aquellas obras que tal vez veamos una sola vez en la vida. Y si
alguien la estuvo esperando todo ese tiempo, como la visión del
cometa, la espera valió la pena.
Al
finalizar su lectura al lector le queda aquella sensación de satisfacción
que sólo es capaz de producir una maravillosa obra de arte o un
atardecer idílico. El arzobispo de terciopelo , además
de ser una gran novela histórica sobre la vida de Antonio Nariño,
es la recreación de un momento histórico en la que el autor, con
la meticulosidad y la sapiencia de un arqueólogo, ha reconstruido
la vida cotidiana de la que fuera Santafé hace más de dos siglos.
A la reconstrucción de esa vida cotidiana hemos de sumarle
la visión del historiador que ha sabido captar la esencia del conflicto
histórico que se vivía en esa época y la pluma del literato, que
con unos diálogos de perfección teatral y una trama que envuelve
al lector desde el mismo prólogo, nos mete de lleno en la novela.
De repente, los personajes de la historia patria cobran
vida y se nos presentan como seres humanos, con sus defectos y virtudes
y sin siquiera quererlo, nos sumergimos en su mundo y su conflicto
se convierte en el nuestro.
II
La trama
La
novela empieza en el presente. El autor se encuentra en Villa de
Leiva y nos cuenta cómo por un azar del destino, debajo de una tabla
suelta en la casa en donde muriera Antonio Nariño, encuentra un
manuscrito fantástico: Las memorias de Nariño, escritas de su puño
y letra, complementadas por las de su hijo, de nombre también Antonio
Nariño.

UNA VILLA
DE LEIVA FANTÁSTICA
El
autor, convertido en personaje de su propia novela, nos narra cómo
se sienta por años a desenredar los hilos de manuscritos antiguos
para tejer con ellos la trama de sus memorias fantásticas. El resultado
es una novela narrada en primera persona por el mismo Nariño, (resucitado
por la mágica pluma de Santos Molano), y que comienza en algún momento
de 1781 en una encrucijada histórica que habría de partir en dos
la historia de América: La revolución de Los Comuneros y la revuelta
de Tupac Amarú.
El
joven Antonio Nariño, antes de cumplir los diecisiete años, nos
cuenta su vida cotidiana; pero no se trata de una vida cualquiera.
Es una vida en la cual de las reuniones de sociedad se pasa a las
intrigas políticas y a los cortejos amorosos. Santos Molano, de
un plumazo, nos transporta al pasado, y de repente el lector se
encuentra en un poblado de veinte mil habitantes y como espectador
de primera fila del conflicto histórico que se venía encima: Los
comuneros avanzan hacia Santafé para derrocar el poder autoritario
de la metrópoli que desangra a las colonias para financiar
sus guerras y los intelectuales criollos, entre ellos Nariño, se
aprestan a cumplir con su misión histórica de servirles de apoyo.
Sin embargo los criollos actúan bajo la máscara del anonimato. El
arzobispo de terciopelo, Caballero y Góngora, sospecha de ellos
y no encuentra el momento de pescarlos in fraganti para enviarlos
a la tortura de las mazmorras de Cartagena o para exhibir en un
poste sus cabezas.
III
Los personajes
Enrique
Santos Molano logra enseñarle al lector, como si de una pintura
al óleo se tratara, los rasgos de toda una serie de personajes que
desfilan por la obra. Lejos de las caricaturas históricas que reducen
a un personaje a fechas, eventos o parajes, el autor recrea primero
que todo el alma (o falta de la misma) del personaje. Los
personajes centrales de la obra son Antonio Nariño, y su antípoda,
El arzobispo de terciopelo, Caballero y Góngora.
PRENSA
DE ANTONIO NARIÑO
El
protagonista
El
personaje de Antonio Nariño, por cuya boca conocemos el mundo santafereño,
es en verdad apasionante. Santos Molano se ha compenetrado no sólo
con los aspectos históricos del personaje, sino que lo ha reencarnado
hasta en su más mínimo detalle. El Nariño de Santos Molano es un
ser vivo, a grado tal, que cuando vibra por sus venas el fervor
patriótico o la pasión amorosa, uno como lector no solamente siente
en carne propia las injusticias del momento, sino que hasta huele
el perfume de la amada, descrito por Santos Molano con poéticas
palabras:
"Magdalena
nos miraba, enternecida y analítica, y se arrodilló a nuestro lado
para compartir el juego con el muñeco y rematarme con el aroma embrujador
de su perfume; pero no, no era el perfume. El aroma venía de su
interior y el perfume actuaba como su emisario". (pág. 62)
Y
mientras Nariño reparte versos subversivos para fijar en las paredes
de Santafé, a la vez pide consejos amorosos para conquistar a Magdalena,
a lo cual todo el mundo pone un reparo: ella es dos años mayor que
él. El Precursor de la Independencia de América, a pesar de su tierna
edad, ya está enfrascado en aventuras políticas y amorosas a las
que hombres mayores nunca se atreverían. Una vez que entra
en su mundo, el lector no tiene alternativa, la personalidad deslumbrante
de este Nariño que nos regala Santos Molano, como en una película
de guerra, amor y misterio, nos obliga a poner los cinco sentidos
en la novela con el ansia de anticipar lo que nos espera a la vuelta
de la esquina de una calle santafereña en pleno siglo XVIII. Y no
cuento de él más, para dar al lector el placer de recorrer por su
cuenta, a través de los ojos de Nariño, esas mismas calles de pintorescos
nombres, empedradas con el enigma de los siglos.
El
antagonista
Su
excelencia, el arzobispo Caballero y Góngora nos lo describe
Nariño como un hombre "alto, robusto, de magnífica presencia
y maneras distinguidas, aristocráticas, inteligentes…" A lo
largo de la obra el lector puede percatarse que debajo de sus ropajes
y aristocracia se encuentra un político manipulador, que no duda
en mentir con tal de alcanzar sus objetivos inmediatos: Suprimir
a sangre y fuego la Revolución de Los Comuneros. El arzobispo se
encuentra ante una encrucijada: las tropas realistas han sido derrotadas
en el Puente Real y Galán y sus veinte mil comuneros se aprestan
a tomarse a Santafé y acabar para siempre con el gobierno realista.
Es allí donde El arzobispo de terciopelo demuestra ser mejor guerrero
que los guerreros y más mañoso que los políticos: Se ofrece como
mediador ante los insurrectos para en base a mentiras y manipulaciones
(las famosas Capitulaciones) acabar con la revuelta. Para controlar
a los criollos conspiradores, cuenta con una red de espías que siguen
a Nariño a sol y sombra.
El
personaje del arzobispo se encuentra perfectamente delineado en
la obra, y por boca de otros personajes y del arzobispo mismo, el
autor perfila a su desalmada excelencia. Por ejemplo, el doctor
Moreno y Escandón, otro de los personajes de la novela, afirma acerca
del arzobispo: "será nuestro enemigo, y por ello debemos respetarlo
tanto como temerlo, porque es inteligente, astuto, sagaz, sabio,
y hasta creo que inescrupuloso, como acaba de demostrarlo en Zipaquirá".
(pág. 105)
Sin
embargo, la esencia misma del arzobispo y la metáfora en que se
basa el título de la obra la llegamos a conocer a través del pensamiento
de otro de los personajes, uno de los espías a sueldo de los realistas,
don Francisco Carrasco, quien en un diálogo con el arzobispo, piensa
de él de esta manera:
"Su
ilustrísima parece de terciopelo, pero pega con guante de hierro".
En
resumidas cuentas, el arzobispo de terciopelo es el preámbulo del
estado moderno: Iglesia, ejército, represión, prensa, verdugo y
espía, todo envuelto en un solo paquete; bendecido por la Santa
Madre Iglesia y estampado con el sello real.
Otros
personajes fantásticos
El
arzobispo de terciopelo es una obra que goza de una gran singularidad,
los personajes secundarios son tan apasionantes como los principales.
En estricto desorden alfabético nos referiremos a algunos de ellos,
más para que el lector goce de su presencia cuando lea la obra,
que para hacer un análisis exhaustivo de los mismos. Son tantos
los personajes que aparecen en la obra, y sus rasgos tan interesantes,
que prácticamente habría que escribir otro libro para darles a todos
cabida y el respeto que se merecen. El abanico que a continuación
abrimos, constituye tan sólo una muestra de dichos personajes.
"Arrepentíos
de vuestro pecado"
Empezaré
por un personaje que parece salido de una tragedia griega; personaje
de una teatralidad tal y de una belleza poética insuperable, que
si no fuera porque el mismo autor afirma que un día en verdad deambuló
por las calles santafereñas, uno juraría que era inventado o que
se trataba simplemente de un personaje alegórico. Su nombre verdadero
es un enigma, pero el nombre con el cual era conocido por calles
y mesones era el de El Pecado Mortal. El Pecado es un
mendigo que esconde bajo sus ropajes, más de lo que su humilde imagen
aparenta. Es una obra de teatro ambulante "de barbas luengas
y enmarañadas, cubierto con un sombrero tricornio tan viejo como
él y una capa esmirriada" que transita las calles, instando
a los pecadores a que se arrepientan de sus pecados; y ya sea por
temor o por arrepentimiento verdadero, recibe unas cuantas monedas
de sus benefactores. Sin embargo, El Pecado tiene un secreto, el
cual le dejará saber a Nariño una noche mientras vaga por las calles
repitiendo su estribillo de "Pecadores, pecadores…arrepentíos
de vuestro pecado mortal". Y desde el momento en que aparece,
El Pecado le da una dimensión aún más fantástica a la novela, pues
además de convertirse de manera inesperada en el hilo conductor
de una apasionante subtrama, su mera presencia, medio bíblica y
medio burlesca, sirve para romper con cualquier esquema narrativo
que uno esté esperando, y el lector, casi sin quererlo, resulta
queriendo a este personaje al revelarse la naturaleza del alma que
El Pecado Mortal oculta tras su extraño ropaje.
El
autor hace admirable uso de este personaje, y como en una partida
de ajedrez perfecta, aparece y desaparece de su cuadro del tablero
de personajes, justo en el momento apropiado o cuando más se necesita.
Un
perfume de mujer
Como
en toda gran obra, no podrían estar ausentes los personajes femeninos;
pero en la obra de Santos Molano, los personajes femeninos no son
meras decoraciones ni simples objetos del deseo masculino. Son también
seres pensantes y de sentimientos revolucionarios, que a pesar de
las restricciones sociales de la época, como los grandes ríos, se
saben salir de cauce para inundar con su presencia todos los rincones
de la novela. Y es aquí donde nos referiremos a Magdalena Ortega
y Mesa, a quien dejáramos abandonada, pero no olvidada, al principio
de esta reseña cuando hablábamos del personaje de Nariño. Magdalena
era hermana de la ya fallecida esposa de José Antonio Ricaurte y
Rigueyros, abogado de Nariño, y de quien nos ocuparemos más adelante.
Cuando primero aparece en la novela, la percibimos a través de los
ojos de Nariño haciendo "un chiste subversivo", y luego,
en una escena que nos demuestra que detrás de su belleza, hay una
mujer de principios, que se queda sentada cuando después de una
cena, los criollos aplauden, algunos por falsa cortesía, otros por
hipocresía, un anuncio del visitador regente: "Ella no aplaudió,
ni puso cara de contento. Estaba mustia, contrariada de ver a los
criollos vivar a su verdugo..." (pág. 39).
Magdalena
colabora con la causa de los insurrectos en contra del régimen español
y cuando un grupo de criollos intenta derrocar fallidamente en Santafé
al régimen infame, ella les da asilo a dos de sus cabecillas en
su misma casa en la "Calle de las Véjares", arriesgando
de paso su propia vida. (pág. 114)
Más
adelante, cuando Galán va a ser asesinado en plaza pública por órdenes
del arzobispo de "mano de hierro" y Magdalena,
junto con otros de los personajes recibe la orden de asistir a presenciar
la ejecución de la sentencia, ella responde:
"Nadie
podrá obligarme a presenciar el martirio de Galán (…) lo que se
va a cometer el primero de febrero es un crimen, un acto horroroso
de crueldad…" (pág. 149)
Magdalena
hace una acertada lectura política de la ejecución de Galán y muestra
a la vez el temple de la que habría ser la esposa del Precursor,
Antonio Nariño.
Y
dos de los conspiradores
Dos
de los personajes de la aristocracia criolla que expresan su simpatía
por la causa revolucionaria y que participan en las reuniones "subversivas"
de la época en contra del régimen español, son el Marqués de San
Jorge, Jorge Miguel Lozano de Peralta y José Antonio Ricaurte y
Rigueyros. Del primero, oímos por boca de Nariño la siguiente apreciación,
al escuchar aquél los nombres de los patriotas presos y torturados
tras la fallida insurrección de Los Comuneros:
"Yo
tenía de don Jorge Miguel Lozano de Peralta, padre de unos de mis
mejores amigos, la idea de un hombre duro, impasible, frío, rico
y poderoso. Era otro el que contemplé esa tarde. Sollozaba con cada
nombre que soltábamos…" (pág. 124)
CASA
DEL MARQUÉS DE SAN JORGE
Santos
Molano nos presenta a un Marqués de San Jorge en su debida dimensión
histórica, el único noble que existiera en la Nueva Granada no es
partidario de la causa realista. Su simpatía por la causa revolucionaria
es tal, que en la página siguiente así se expresa:
"Estos
plebeyos a que se refieren con su desprecio de seres superiores
el señor arzobispo y los señores oidores, esos plebeyos son los
verdaderos nobles, los aristócratas de espíritu, llenos de ideas
generosas, ilustrados, trabajadores y honrados; ellos están arruinados,
por anhelar algo mejor para esta república que tanto aman, (…) ellos
están perdidos y yo tengo buena parte la culpa por haberlos incitado".
(pág. 125)
Es
así que sabemos que el Marqués de San Jorge ha jugado su parte en
la insurrección y que incluso siente que el merecedor del castigo
es él, cuando exclama: "…es a mí y no a ellos a quienes deben
castigar, y estoy aquí, cagado del susto, escondido y llorando como
un pusilánime". (pág. 125)
El
discurso del Marqués de San Jorge, salido de la pluma de Santos
Molano, es un discurso reflexivo, analítico y que sintetiza los
males que siglos más tarde todavía nos siguen atormentando.
Unos
versos revolucionarios
Un
personaje legendario en la antigua Santafé, fue el doctor José Antonio
Ricaurte y Rigueyros. De él sabemos en la novela que había enviudado
hacía poco y que era dueño, entre otros inmuebles, de la casa que
hoy en día es el Museo de El Chicó.

CASA DE
ANTONIO RICAURTE Y RIGUEYROS
A pesar
de gozar de una cuantiosa fortuna y de que podría haberse hecho
el de la vista gorda antes los atropellos de los españoles, Ricaurte
y Rigueyros abraza la causa revolucionaria. En su lujosa hacienda
de El Chicó tienen lugar a veces las reuniones de los subversivos
de aquel entonces. Santos Molano recrea de una manera magistral
las reuniones de estos revolucionarios. En una de ellas, en casa
de Ricaurte y Rigueyros, los mismos, después de una noche de baile
y tertulia que había contado hasta con la presencia del mismo arzobispo,
se sientan a una mesa para ponerle poesía a la revolución: La pluma
prueba que es capaz de batirse con más fuerza que el filo de una
espada. Santos Molano nos describe así la escena:
"Sentados
en torno a una mesa redonda rellena de colaciones y de seis tazas
de chocolate humeante y espumoso, conversaban José Antonio y los
hermanos Luis y Pepe Ayala. José Antonio nos indicó las sillas vacías,
nos invitó a que honráramos el chocolate y las colaciones, y entre
sorbo y sorbo informó que tenía para leernos unos versos".
(pág. 43)
Nariño
piensa en un principio que Ricaurte y Rigueyros los ha reunido allí
tal vez para leerles unos versos de amor, pero pronto se da cuenta
de que estaba equivocado:
"No
eran versos de amor los escritos en los seis pliegos que blandía
amedrentador el doctor Ricaurte, eran los más sediciosos, desafiantes
y revolucionarios versos que se habían compuesto aquí desde el advenimiento
de don Gonzalo Jiménez de Quesada a estas tierras de dificultades".
(pág. 43)
Es
así que los ahora conspiradores no sólo tienen que escuchar lo versos
sino además copiarlos y fijarlos en sitio público. Eran unos versos
de apoyo a Los Comuneros. Uno de ellos, perfectamente podría aplicar
a la Colombia del siglo XXI:
"A
más de que si estos dominios tienen
sus
propios dueños, señores naturales,
¿por
qué razón a gobernarnos vienen
de
otras regiones malditos nacionales?"
(pág.
46)
Pero
en aquella época, la poesía, además de ser revolucionaria, podía
costarle al autor o a quien la propagara la vida.
IV
Antropología de la obra
El
arzobispo de terciopelo es una obra de una riqueza tal, que se presta
para ser analizada desde tantos ángulos, como ángulos tiene la vida
misma. Sin ser una obra costumbrista, es un cuadro de costumbres
perfecto de la época, y sin ser un tratado de antropología, la información
antropológica que ofrece serviría para llenar todo un tratado de
antropología. El arzobispo de terciopelo es un ejemplo vívido de
las costumbres, relaciones familiares y sociales de la época neogranadina.
El autor ha hecho una exhaustiva investigación genealógica, y como
en el mejor estilo antropológico, podríamos trazar, usando la misma
como herramienta, los árboles genealógicos de decenas de los personajes
que Santos Molano recrea en su obra. Allí, por ejemplo, nos enteramos
quiénes eran los abuelos y tíos abuelos del héroe de San Mateo,
Antonio Ricaurte, y quiénes los padres y hermanos de Magdalena Ortega
y Mesa, quien fuera la esposa de Nariño, además de ser hermana de
la fallecida esposa de Ricaurte y Rigueyros. La minuciosa investigación
histórica de Santos Molano nos presenta los nombres de las calles
coloniales por las que circulan los personajes y la ubicación exacta
de las casas donde tiene lugar la acción de la obra. Por ella nos
enteramos de la salida secreta trasera de la casa del Marqués de
San Jorge que da al río de San Agustín o de las mazmorras donde
es detenido Galán, antes de su infame ejecución. Las casas están
descritas en detalle, desde sus canapés hasta sus gobelinos y ni
qué hablar de las calles, cuya descripción casi cinematográfica
nos ubica física y espiritualmente en un entorno que, como una hermosa
postal, se queda para siempre grabada en nuestra memoria. Para ejemplo,
un florido botón de una de las descripciones callejeras que percibimos
por boca de Nariño:
"Atravesé
pensativo la Plazuela de San Francisco, embellecida por jardines
atractivos de flores nativas de mil colores y especies que rodeaban
la capilla de El Humilladero, y bordeaba sus cuatro costados por
árboles sembrados en persona por el doctor Mutis con asiduidad cariñosa
y científica". (pág. 80)
Podríamos
consultar también en la obra de Santos Molano los libros que se
leían en la época y que influyeron en el pensamiento filosófico
y revolucionario de los patriotas o la naturaleza de la organización
masónica en que se agruparon los criollos para conspirar contra
el gobierno colonial, e incluso podríamos escuchar la música y ver
los bailes que hicieron época en aquel entonces. La recreación lingüística
del habla y locuciones de la época daría para escribir todo un diccionario
del español hablado en épocas de la colonia, y también podríamos
leer en El arzobispo de terciopelo las descripciones de un alma
poética, que con un romanticismo revolucionario comunica metafóricamente
las sutilezas del alma. Todo esto y mucho más podría ser objeto
de análisis y seguramente lo será, sin embargo, para concluir, quiero
a hacer un pequeño análisis de un elemento que a mi entender recorre
toda la obra: El Humor.
Humor
El
humor inglés, como los cortes de tela inglesa, prueba con Santos
Molano estar muy bien adaptado al frío de la sabana. Al igual que
Shaw, quien mezclaba la filosofía y el humor, El arzobispo de terciopelo
contiene ambos ingredientes y en las proporciones debidas. Por ejemplo,
un par de personajes que se nos presentan al principio de la novela,
los espías españoles a sueldo del arzobispo, con cada una de sus
apariciones, a pesar de la seriedad de la situación, nos ponen a
sonreír por su apariencia y por la descripción que de ellos hace
el autor.
En
el segundo capítulo "Dos lunares nerviosos", Nariño se
da cuenta de que lo espía en una biblioteca un hombre en cuyo bigote
izquierdo se destacan dos lunares, y él nos describe así al espía:
"La
personalidad toda del individuo se concentraba en aquellos lunares,
y tuve la impresión de que no se trataba de un hombre, sino de un
par de lunares nerviosos a los que la figura humana les servía de
adorno". (pág. 21) Los "dos lunares nerviosos" se
irán transformando en el curso de la obra para describir a través
de los mismos las acciones del personaje. Es así que en determinado
momento, sabemos que "los lunares nerviosos brincaron",
(pág 176) o que los lunares patean rabiosos. (pág. 185)
El
compañero espía de "los lunares nerviosos" es descrito
como un "gesto burlón, perverso, que desentonaba con el conjunto
armonioso de su cara" (pág. 28). Los "dos lunares nerviosos"
y el "gesto burlón" se convierten en los personajes de
una farsa llena de humor, expresado sutilmente y con muchas gamas.
A
veces el humor de la novela toma aires de comedia, como en el Capítulo
XIII, donde la sordera de uno de los personajes se presta a una
divertida comedia de equivocaciones. El siguiente diálogo tiene
lugar a las cuatro de la mañana entre el padre de las Ortega y Mesa,
quien sufre de sordera, y su hija Magdalena:
"—¿Qué
el señor arzobispo viene a jugar ajedrez, hija? ¿A estas horas?
—No,
padre —le dijo Magdalena, en tono más subido y arrimándole los
labios al oído—, que están aquí el señor marqués de San Jorge,
con José Antonio Ricaurte y unos amigos, porque han pasado cosas
terribles.
—¡Ah,
sí! –dijo don José Ignacio—. Pobre marqués. Estos son tiempos terribles,
tiempos terribles, impropios para jugar ajedrez". (pág.114)
La
seriedad de la situación (a los patriotas perseguidos, Magdalena
Ortega y Mesa les da refugio en su casa), se da a través de una
situación humorística que baja la tensión del momento, pero no por
mucho tiempo.
Además
del humor, Santos Molano utiliza otras técnicas como la ironía en
los diálogos, el uso de recursos tipográficos para que el lector
se entere del modo de hablar de las personas sin necesidad de describírselo,
o simplemente el uso de una sola palabra que, puesta en el sitio
indicado, les da a los diálogos la fortaleza del lenguaje cotidiano,
el cual Santos Molano no es tímido para usar:
"—Qué
alivio —dijo José Antonio—, ya me estaban dando churrias".
(pág 102)
Y,
finalmente, hasta en el preámbulo de la muerte, uno de los patriotas
que está a punto de ser asesinado por el arzobispo, Lorenzo Alcantruz,
encuentra lugar para reírse de la situación imposible en que se
encuentra:
"—¡Carajo,
como soy de pendejo! Yo sí estoy arrepentido…estoy arrepentido,
arrepentido de no haber pedido más tabacos a su ilustrísima. Sólo
me quedan dos". (pág. 160)
Para
concluir esta parte, traeré a colación una cita del mismo Bernard
Shaw, la cual podríamos aplicar perfectamente a esta novela:
"Si
uno le va a decir la verdad a la gente, lo mejor es hacerla reír".
Santos
Molano nos cuenta una gran verdad histórica que incluso hoy en día
muchos quisieran no oír por sus paralelos con el presente, pero
lo hace con un fino sentido del humor, humor que seguramente también
refleja el humor de la época; el humor visto por los ojos de un
historiador.
V
Conclusiones
La
obra de Enrique Santos Molano tiene un mérito innegable:
Por primera vez en la historia de la literatura colombiana los áridos
personajes de nuestros libros de historia infantiles y juveniles
dejan de ser personajes de cartón, fechas a memorizar y eventos
a repetir mecánicamente, para convertirse en personajes de carne
y hueso.
La
historia, como nos la presenta Santos Molano, es una historia verdaderamente
revolucionaria, ya que logra que el lector sienta esta historia
como propia: es un análisis del pasado, para aplicar en el presente
y para evitar que sus errores se repitan en el futuro.
El
lector curioso podrá hacer con esta obra sus propias comparaciones,
ya que los eventos del pasado tienden a repetirse en el presente
y la obra de Santos Molano parece como una señal de alerta: El que
no conoce la historia está condenado a repetirla.
Los
textos de historia, consciente o inconscientemente han hecho de
la historia una materia tan árida y aburridora que lo único que
han logrado es la creación de una conciencia ahistórica en el pueblo
colombiano.
El
arzobispo de terciopelo, como dijimos al principio de esta reseña,
hará historia, pues por primera vez tenemos en nuestras manos una
novela que sirve a su vez de texto de historia, pero no de la historia
de "Oh gloria inmarcesible", sino de la verdadera historia,
aquélla que escribieron con sangre nuestros antepasados y que cada
vez que olvidamos, la estamos traicionando.
Santos
Molano ha recuperado la historia de Colombia, y con ella la memoria
colectiva del pueblo colombiano, para que recuerde que son los pueblos
los que hacen la historia y no los amos.
Fin
de la primera parte de esta reseña de "Las memorias fantásticas".
—¿Quiere
usted decir que aquí nos quedamos?
—No,
don Antonio, ya salió el segundo tomo y quedan otros cinco.
—¡Tener
memoria es una cosa fantástica!
—Absolutamente
cierto, don Antonio; pero mejor aun es tener unas memorias
fantásticas.
Ya
que muchos lectores quieren saber dónde se consigue la obra,
pueden adquirirla en Bogotá en las Librerías del Círculo de Lectores
y en el centro Andino en Tower Records. |