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Afiche Festival Magdalena Pacífica Organiza: Teatro La Máscara Cali, Colombia del 21 al 30 de septiembre de 2002 |
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Festival Magdalena Pacífica: Mujeres actuando por el cambio en Colombia
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(*read the English version)
Marlène Ramírez-Cancio
diciembre del 2002
para
la revista Conjunto #127 (Cuba)
http://www.casa.cult.cu/homerevistaconjunto.asp
todos los dramas de occidente.”
—Patricia Ariza
Desde la superficie brillosa de mi programa del Magdalena Pacífica (Festival Internacional de Teatro Contemporáneo de Mujeres), me miran los ojos negros de una joven vestida al estilo de Frida Kahlo, con cejas anchas, mirada seria y flores en el pelo. Me mira ahora como me miró desde cada afiche, programa, camiseta y escarapela en Cali, Colombia, por semana y media en el mes de septiembre de este año. Estaba en todas partes: pegada en las ventanas de las tiendas, en las esquinas de los teatros, en los postes de luz en las calles, en las puertas de cristal del museo... Bajo la foto hay un nombre: Melisa Contento. Recuerdo el momento en que, parada frente a uno de los afiches más grandes del festival, alguien nos contó que Melisa Contento era una artista bogotana de rap, y que hacía poco había muerto en un accidente. Mirándola ahora, habiendo regresado nuevamente de Colombia con una sensación de urgencia por la violencia que sufre el país, veo cómo —en un solo clic de la cámara— esta foto captura, simultáneamente, dos cosas: la expresión artística femenina y la muerte.
La conciencia de esos dos elementos estaba muy presente en el Festival Magdalena Pacífica, al que asistí este año del 21 al 30 de septiembre en Cali. Las mujeres del Teatro La Máscara (organizadoras del festival), decidieron enmarcar el evento como una reflexión colectiva sobre la violencia en Colombia a través del teatro femenino. Colombia lleva más de cincuenta años de conflicto armado —los disturbios en las calles durante el llamado “Bogotazo” destruyeron la capital en el 1948, y luego, con el surgimiento de los grupos armados de oposición y contra-oposición, la violencia alcanzó nuevas intensidades. Hoy día, paramilitares, guerrillas, narcotraficantes y ejército matan a quienes ellos definan como colaboradores de su enemigo. Se destruyen pueblos enteros. Los secuestros son habituales —y no se trata sólo de las famosas “pescas milagrosas” y los secuestros políticos por parte de la guerrilla— sino también de la delincuencia común, que ha adoptado el secuestro como práctica estándar. Por miedo a esto, muchas personas de las ciudades ya no viajan por carretera a otras partes, ni van al campo, y así, el país se va haciendo cada vez más pequeño para sus habitantes, confinados a una ciudad y (tal vez) al avión que de vez en cuando los transporta a otras ciudades, igualmente cercadas. La violencia, y la amenaza diaria de la violencia, ha llegado a formar parte de la vida cotidiana. Entre los últimos puntajes de fútbol y los planos cerrados de los cuerpos de las modelos en bikini, los noticieros acostumbran mostrar escenas ultra-explícitas de cuerpos abaleados y sangrientos; entre la Selección Colombia y la Señorita Colombia, el cuerpo lacerado de la nación se exhibe en plena luz. Por eso es que las mujeres del Teatro La Máscara declaran que para ellas “es esencial expresar nuestra preocupación por la situación de violencia que se ha agudizado después de la ruptura del proceso de paz y el avance de las ideas de enfrentamiento. Sabemos hasta la saciedad el riesgo en que vivimos” (comunicado de prensa, agosto 2002).
A pesar de haber cumplido 30 años de labores artísticas en Cali este año, el trabajo del Teatro La Máscara —el grupo de teatro femenino más antiguo (y uno de los únicos) en Colombia— ha sido constantemente ignorado e invisibilizado. La violencia y la crisis económica en el país, junto con el prejuicio generalizado (o la falta de información) sobre lo que significa el “feminismo”, han llenado de desafíos las últimas tres décadas en las vidas de sus integrantes y de su directora, Lucy Bolaños. Como me dijo Pilar Restrepo, integrante fundadora del grupo, “hay una falsa concepción del feminismo [en Colombia], un encasillamiento. Las feministas siempre se acusan de radicales, que odian a los hombres, que le quieren quitar el poder, que no creen en la familia y en los valores morales. El término, en vez de revolucionar, se ha convertido en un falso panfleto” (entrevista personal, 1998). Pero con mucho esfuerzo, determinación y pasión, el grupo de estas pioneras del teatro de género ha sobrevivido. Han seguido desarrollando su trabajo, no sólo en escena con sus obras de creación colectiva, sino también ofreciendo talleres a comunidades marginadas, creando y manteniendo vínculos entre mujeres en distintos sectores, y participando activamente en protestas por la paz, tal como el gran pasacalle este año en Bogotá llamado “Las Mujeres Paz Harán”.
Desde el 1994, La Máscara ha presentado su trabajo en los festivales de teatro internacionales del Magdalena Project (Red Internacional de Mujeres en el Teatro Contemporáneo, basada en Gales, Gran Bretaña), lo cual ha alimentado su compromiso con el teatro de género y fortalecido su contacto con otras mujeres más allá de las fronteras nacionales. Desde el 1999, cuando el Magdalena Project perdió sus subsidios, la organización de los festivales se ha tenido que ir rotando entre los grupos participantes. Este año, fue el Teatro La Máscara que se encargó de la ardua labor que conlleva la organización del festival. Organizar este festival les proporcionó la oportunidad de explorar lo que para ellas es una preocupación urgente: repensar el rol de la mujer en la construcción de paz en Colombia. Le pusieron el nombre “Magdalena Pacífica” no sólo por ser un festival del Magdalena Project llevado a la costa del mar Pacífico de Colombia, sino también (en una bonita coincidencia de palabras) para expresar su deseo de que la tierra del Magdalena, “río madre” de Colombia, pueda algún día existir en una situación pacífica, sin guerra y sin violencia. A través de la participación nacional e internacional de mujeres artistas en el Magdalena Pacífica, por lo tanto, querían unir a la ciudad de Cali en una celebración común, para “proponer otras maneras de frenar las actitudes de los violentos, [...] no con el enfrentamiento bélico, sino mediante la reflexión cultural” (ibid).
Esta meta de “reflexión cultural” se manifestó en diversas facetas del festival, cuyo alcance fue tan amplio como el deseo de comunicación de La Máscara, y se extendió a áreas culturales más allá del ámbito del teatro. En sólo diez días, hubo más de setenta eventos en diversos lugares de la ciudad de Cali, que incluyeron sesenta funciones de cuarenta grupos de teatro; eventos especiales llamados “Voces de las Mujeres del Mundo por una Colombia Pacífica”, que eran foros de discusión donde se reunieron mujeres activistas, políticas, periodistas, líderes sociales, académicas, escritoras, economistas, etc.; lecturas de poesía; talleres de teatro, canto y danza; proyecciones de videos; exposiciones de pintura y fotografía; y, finalmente, los actos de inauguración y de clausura, que consistieron en espectáculos de música gratuitos y abiertos a la ciudad entera.
Para las organizadoras, una prioridad importante era que el festival generara el mayor número posible de espectadores entre las diversas comunidades de Cali y que éstos tuvieran acceso a los eventos del festival. Por ejemplo, dispusieron de transporte y boletos para un grupo de madres jóvenes con quienes trabaja el Teatro La Máscara, e invitaron a colegios y universidades a llevar a sus alumnos a los eventos especiales durante el día. También se pensó en el público general caleño a la hora de crear los horarios: aunque hubo unas pocas obras que se presentaron durante las horas de la tarde, todas las demás fueron programadas alrededor de las 7:30 de la noche, ya que, como me dijo Pilar, “ésa es la hora que la gente acostumbra ir al teatro”. Con tanta selección, el tener que escoger uno de los diez espectáculos que había por noche, todos a la misma hora, no fue nada fácil… A continuación haré un recuento de lo que sí alcancé a ver.
La programación: breves destaques
El sábado 21 de septiembre, al aire libre, fue la música rap que dio inicio al festival. Luego de un “ritual por la paz” presentado por las estadounidenses del Velvet Heartist Troupe, las jóvenes caleñas de La Colonia, un grupo de “hip-hop femenino con sentido social”, tomaron control del escenario con una explosión de energía. Basada en sus experiencias de vida en el distrito de Agua Blanca —conocido como uno de los barrios de estrato más bajo de la ciudad— la música original de La Colonia contenía letras fuertes que expresaban su visión particular de mundo, siempre desde la perspectiva de la mujer, manifestando, entre otras cosas, su deseo de que “quede atrás la idea del sex symbol femenino”. Con contundencia, con mucho corazón, y con una presencia escénica que exigía respeto y solidaridad, estas jóvenes tocaron los temas del embarazo, el discrimen hacia la mujer, la desigualdad socio-económica, y el racismo, con frases poderosas que provocaron fuertes aplausos del público, como: “si crees que se acabó la esclavitud, mira a tu alrededor...” —todo en el ritmo del rap, con algunas intervenciones melódicas en varios de sus números.
En términos de obras teatrales, tuve la oportunidad de ver las siguientes: Teatro La Máscara, Casa Matriz (texto de Diana Raznovich, dirigida por Diego Vélez); Próxima Estación, Corazón abierto (creación colectiva, Nohora Ayala y Fanny Baena, Colombia); Trama Luna Teatro, Matando horas (texto del dramaturgo español Rodrigo García, dirigida por la colombiana Luz Marina Gil); Teatro delle Radici, Umbral (unipersonal de la actriz, autora y directora argentina Cristina Castrillo, radicada en Suiza); Artspot Productions, Rumores de guerra (autora y directora Kathy Randels, Estados Unidos); Magdalena Project, water[war]s - Guerras por el agua (creación colectiva dirigida por Jill Greenhalgh); Nomad Teatro, Las sin tierra 1.00: Siete intentos de cruzar el estrecho (concepto y desarrollo de Mike Brookes, dirigida por Jill Greenhalgh); y Compañía Nacional de Teatro de Lituania, El Amante (autora Marguerite Duras, directora Birute Marcinkeviciute). Me gustaría hablar brevemente sobre dos de estos espectáculos.
Un proyecto que merece especial atención es la performance de creación colectiva llamada water[war]s (Guerras por el agua), dirigida por Jill Greenhalgh, fundadora del Magdalena Project. La idea de water[war]s surgió en el 2000, a partir de de una pregunta y una respuesta que persiguen a la directora: "... ¿cuál será el motivo de las guerras del próximo milenio? No serán por tierra, ni por petróleo, ni por oro, sino por agua". Desde el comienzo del proyecto, Greenhalgh ha sido invitada a distintos países para crear versiones de la performance con grupos de actrices locales. En un periodo de trabajo muy corto (cuatro o cinco días) cada actriz escoje un aspecto del tema del proyecto y desarrolla su propia imagen-secuencia, que luego se integra y se combina con el trabajo de sus compañeras. En Colombia, el colectivo fue conformado por ocho actrices colombianas y dos mexicanas, sobre el tema de la escasez de agua en el planeta. Greenhalgh eligió montar el espectáculo en una casa desocupada, donde los espectadores deambulábamos en medio de personajes que se movían en ciclos y nos arrastraban en una combinación de voces, sonidos e imágenes por una especie de laberinto. El resultado fue una galería viviente de distintas texturas y temperaturas, comenzando con el hielo y el frío de la entrada, pasando a través de la abundancia de agua en el centro, y llegando a la sequía y el fuego del patio de atrás. Y siempre en el trasfondo, una voz precisa y constante, como una letanía, leyendo estadísticas sobre el consumo excesivo de agua, la cantidad de agua en el cuerpo humano, las proyecciones de escasez de agua potable, etc.
Por su parte, Lucy Bolaños del Teatro La Máscara y su hija Susana Uribe presentaron una excelente puesta en escena de Casa Matriz, obra de la dramaturga argentina Diana Raznovich, dirigida por Diego Vélez. Fue una obra ideal para este equipo de madre e hija: escrita para dos actrices, la obra presenta la historia de Bárbara, una mujer que está cumpliendo 30 años (igual que el Teatro La Máscara) que está en la búsqueda de una madre perfecta. Para celebrar su cumpleaños, Bárbara decide comprarse un regalo muy costoso: contrata a una “madre sustituta” de Casa Matriz, una agencia que se especializa en proporcionarles a sus clientes madres-por-un-día, completamente personalizadas, construidas detalle por detalle de acuerdo a las necesidades emocionales de sus clientes. Pero Bárbara es muy exigente, lo cual no le facilita el trabajo a la madre profesional, que se encuentra teniendo que cambiar constantemente de un rol a otro: pasa de ser la madre fría, a ser la madre abnegada, la madre alegre, la madre diva y hasta la madre muerta. Las actuaciones de Bolaños y Uribe transmitieron todo el humor, la ternura y la crítica a los estereotipos femeninos que esta ingeniosa obra implica.
Este tipo de mirada crítica a los patrones sociales desde la perspectiva de género es algo que La Máscara siempre ha tenido como elemento en su teatro, desde que iniciaron su trabajo con obras de Brecht sobre la prostitución y el aborto. La obra de Diana Raznovich les ha venido como anillo al dedo, y según me dijeron en una entrevista, el público ha respondido con entusiasmo: la temporada de apertura este año fue de dos meses, lo cual es una temporada larga comparada con las temporadas de dos semanas que suelen hacer. Esto es sumamente alentador, ya que conozco la historia de La Máscara y sé toda la resistencia que han tenido que enfrentar, por parte de colegas, del público, de los hombres y hasta de las mismas mujeres. Yo no las había visto desde el 1998, y ahora que regresé cuatro años después, vi que —aunque les va mejor en muchos aspectos, incluyendo la expansión de la infraestructura de su teatro con ayuda de una ONG alemana— una cosa no ha cambiado: la actitud de machismo (directo o indirecto) que las rodea. Llevaba sólo tres días en Cali, y ya un director me había llamado “neurótica”, me había diagnosticado con “histeria” y me había acusado de ser “fascista”, porque aparentemente yo era demasiado “feminista” para su gusto. La primera noche del Magdalena Pacífica, dentro de la antesala del teatro La Máscara, oí a un hombre echar un “chiste”: “¿Por qué las mujeres se casan de blanco?”, preguntó. “Para hacer juego con la nevera y la lavadora”. Unas noches después, estaba sentada en una mesa con un grupo. Algunos de ellos eran artistas, otros estaban directamente envueltos con el festival Magdalena Pacífica. Entre risas, uno de ellos le dice a otro: “Oiga hermano, pero qué redundancia esto del Magdalena Pacífica… Eso de ‘mujeres en escena’, ¿qué quiere decir? Pues, ¡’mujeres que la montan’! ¡Valga la redundancia!" [montarla en Colombia quiere decir no sólo “poner en escena” sino también “fastidiar”].
Si las mujeres que hacen teatro no son sino mujeres que fastidian, pues espero que La Máscara siga montándola, y montándola, y que inspiren a otras mujeres y hombres a montársela también a los estereotipos manoseados, que (aunque se escondan detrás del “humor negro” que se supone que ignoremos, porque es “sólo un chiste”) atrapan a tantas personas en jaulas rígidas de identidades caducas...
Los eventos especiales
Los paneles de discusión fueron eventos verdaderamente especiales para mí, ya que tuve el honor de escuchar las ideas y propuestas de tantas mujeres activas en la vida cultural y las iniciativas por la paz en Colombia. Una de ellas fue Patricia Ariza, directora de la Corporación Colombiana de Teatro, actriz del Teatro La Candelaria, colaboradora del Teatro La Máscara, y co-organizadora del Festival Magdalena Pacífica. En su ponencia, Ariza hizo hincapié en el número altísimo de personas en Colombia que se encuentran con hambre, que viven debajo de los niveles de miseria, y que están de refugiados internos en su propio país. “Colombia condensa todos los dramas de occidente”, dijo, y “occidente se está consumiendo en la exclusión”. Entre estos dramas se encuentra también el de las mujeres activistas, a quienes, en su búsqueda de transformación, les ha tocado vivir en ese espacio dificultoso “entre la casa y la plaza”. Concluyó que, por el momento, “tenemos que vivir con esa contradicción”, seguir en la búsqueda de paz, e involucrarnos en proyectos concretos, como por ejemplo, salvar el Río Amazonas, proyecto por el cual Ariza misma ha venido luchando hace unos años.
Uniéndose a este llamado por la protección del medio ambiente, Leonor Zalavata, líder indígena colombiana, compartió con nosotros su teoría de la paz, que está arraigada en la naturaleza. Su lucha principal es por los derechos sociales y culturales de los indígenas, “porque quienes sufrimos el rigor de la guerra somos nosotros” y además, con la devastación de los recursos naturales y los cambios a las reformas laborales, “nos están matando de todas formas”. Para ella es fundamental mantener la calma, ir a la naturaleza a encontrarse a sí misma después de pasar temporadas en la ciudad, porque, dijo en broma, “¿a quién no le provoca coger a un funcionario de estos y ahorcarlo?” Con esta energía alegre, nos dijo que lo esencial para su comunidad es “no renunciar a las tradiciones indígenas, [porque] es en el fortalecimiento de nuestro espíritu propio que está la paz”.
Ana Teresa Bernal, por su parte, activista y líder social de la Red de Iniciativas por la Paz, comentó que con el reciente cese de las negociaciones de paz bajo el gobierno de Uribe, “otra vez reina una profunda confusión, como si volviéramos a empezar”. Les urgió a las personas presentes que se comprometieran con las soluciones pacíficas, comenzando al nivel individual, en el hogar, y que no le delegaran todo al gobierno, que tanto insiste en el enfrentamiento. “No se puede hacer la paz”, concluyó, “con una lógica de guerra”.
En ese panel mismo panel habló Vera Grabe, que por dieciséis años fue guerrillera de la M19 y fue una de las principales figuras en las negociaciones que llevaron a ese grupo a abandonar las armas. Recientemente fue candidata a la vicepresidencia, junto al candidato presidencial del Polo Democrático, Lucho Garzón. En su ponencia, nos dijo: “Quienes hicimos la guerra conocemos muy bien el valor de la paz”. Para ella es fundamental ofrecer alternativas de gobernación al país, en la que la participación ciudadana ocupe un rol mucho más activo, creando junto al gobierno las condiciones que posibiliten la paz. Basándose en la historia de otros grandes movimientos culturales, añadió que ese tipo de cambio sí es posible, diciendo: “La gran revolución del siglo pasado fue la revolución de las mujeres, y fue una revolución pacífica”. La revolución de ahora —la transformación de la cultura de guerra de Colombia— también podrá lograrse, sugirió, si el país toma ese ejemplo de las mujeres para realizar sus metas, comenzando desde la transformación personal y la pedagogía.
Dejando huellas…
El evento de clausura, también en el Teatro al aire libre Los Cristales, estaba lleno de gente. Se podían ver las siluetas de las personas amontonadas hasta las gradas más altas del lugar; recuerdo el rostro de Lucy Bolaños mirando la multitud, que bailaba y aplaudía al son de la música que daba fin a la celebración. Me alegré al verla sonreír y absorber la magnitud de su logro, ya que ése había sido un día particularmente difícil para ella: tanto Lucy como Pilar habían recibido comentarios muy críticos de varias de las participantes, a quienes les había parecido que la versión del Magdalena por parte de La Máscara había fallado al no enfocarse en que las artistas presentes compartieran su trabajo entre ellas. En años anteriores, los festivales habían sido más pequeños; el Magdalena Aotearoa en Nueva Zelanda, por ejemplo, concluyó con la estadía de las participantes juntas en una isla por tres días. El Magdalena Pacífica, según algunas compañeras del Magdalena Project, había sido demasiado ambicioso y esparcido; y que los foros y demás eventos especiales no tenían “nada que ver” con el Magdalena Project.
Pero en una sociedad saturada de guerra como la de Colombia, estoy convencida de que, por el contrario, tuvieron todo que ver. El proyecto teatral de las mujeres de La Máscara está inextricablemente ligado al contexto social y político de Colombia: la violencia es un asunto urgente, del aquí y el ahora, de la cual las mujeres con anhelos de cambio no quieren ni pueden desvincularse. Si ahora con el nuevo gobierno se han creado “redes de informantes” civiles para delatarse los unos a los otros, ¿por qué no crear redes de conciencia diferencial a través eventos como éste? La meta de este festival no era traer a las mujeres a un grupo cerrado, sino abrirse a la ciudad entera, crear espacios de reflexión sobre la violencia, alcanzar a las diversas comunidades, repensar el rol de la mujer en la transformación del país, imaginar alternativas distintas a las que los medios masivos y sus imágenes sangrientas presentan a diario. El Magdalena Pacífica fue una estrategia para actuar (dentro y fuera de los teatros) hacia la paz, a través del arte, el pensamiento y la presencia las mujeres. Me parece fundamental entender que el mundo femenino no es homogéneo, que las prioridades y metas de las mujeres de un país no serán iguales a las de otras—y que si las metas son distintas, las estrategias serán distintas también. Hay que ser flexibles al negociar, a nivel transcultural, las consignas de los feminismos (en plural). Yo sugeriría que el Magdalena Pacífica, lejos de ser una “desviación” del Magdalena Project, fue una extensión, una expansión, y una re-significación positiva de éste, en un contexto particular.
Viendo a Lucy mirar el público la última noche, podía sentir la huella que ella esperaba dejar en la memoria social de su ciudad. Como había dicho Vera Grabe, “La paz es una manera de ver el mundo; hay que cambiar la cultura de violencia en este país, y eso tenemos que hacerlo todos juntos”. Imaginaba también la huella que todas esas mujeres y hombres estarían dejando en La Máscara, impulsándolas a continuar su trabajo teatral de género desde el terreno de su propio feminismo.
Y a todo esto, por supuesto, la imagen enorme de Melisa Contento en el trasfondo, mirando también en silencio, con sus ojos impasibles, desde los afiches blancos del festival. Si de su retrato pudiera haber salido su voz de cantante, ¿con qué palabras y en qué ritmo habría descrito lo que veía?
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