Llovía y la recta que lanzaba el autobús hacia el bar Atlántico era un espejo en el que se peinaba la tormenta. La mugre de los ventanucos aumentaba la sensación de niebla y al fondo, el mar, no dejaba de hostigar con un bramido perenne...El mar de todos los inviernos: hosco, oscuro, imprevisible; recordando que mantenía intacta su fuerza de engullir la vida de las orillas o repartir tesoros de pesca temporales. Al otro lado los campos y el ganado, las aldeas. Allá, junto a la ermita, la casa de piedra de Dosinda.

Era un chirriar que despertaba al más somnoliento, el autobús de la compañía Finisterre se detuvo doliente de metales, la portezuela se abrió pesada y Finderina descendió musitando un "hasta luego".

Bajo el orballo, intenso y caprichoso a los designios del viento de noroeste, emprendió la cuesta de Mereixo. A lo lejos divisó una viejecilla de negro que descendía con un cesto. Estaba lejos, pero notó su mirada, conforme se le iba acercando levantó la mano derecha, enjuta y huesuda, se paró para esperarla:
-Finderina ! minha filla, minha nena.
Se le abrazó con tibieza y nerviosismo, le miró sin darle tiempo a responder:
-Non corras filla, morreu tía Dosinda.
El frío de las noticias con tajo la recorrió, Dosinda Leis había expirado de madrugada, entre las vecinas, sola y sin ella. Finderina apretó con dolor sus dientes, abrazó de nuevo a Seiruga y se desplomó sobre su hombro. Subieron la cuesta entre maizales, ajenas a la lluvia.

 


Era un destino anunciado el fin de Dosinda, un cáncer se la comía inexorablemente poniendo fin a una vida dedicada a la literatura y a la enseñanza.
Dosinda había sido su segunda madre, la madre de muchos veranos, aquellos en que corrían entre maíces, apedreaban a las vacas o se sentaban en el porche de San Xian de Moraime. Allí aprendió a ver la lluvia, entonces la tía sacaba una merienda suculenta y les contaba leyendas, cuentos o creencias de los viejos.