Llovía y la recta que lanzaba el autobús hacia el bar Atlántico era un espejo en el que se peinaba la tormenta. La mugre de los ventanucos aumentaba la sensación de niebla y al fondo, el mar, no dejaba de hostigar con un bramido perenne...El mar de todos los inviernos: hosco, oscuro, imprevisible; recordando que mantenía intacta su fuerza de engullir la vida de las orillas o repartir tesoros de pesca temporales. Al otro lado los campos y el ganado, las aldeas. Allá, junto a la ermita, la casa de piedra de Dosinda. Era
un chirriar que despertaba al más somnoliento, el autobús
de la compañía Finisterre se detuvo doliente de metales,
la portezuela se abrió pesada y Finderina descendió musitando
un "hasta luego". Bajo
el orballo, intenso y caprichoso a los designios del viento de noroeste,
emprendió la cuesta de Mereixo. A lo lejos divisó una viejecilla
de negro que descendía con un cesto. Estaba lejos, pero notó
su mirada, conforme se le iba acercando levantó la mano derecha,
enjuta y huesuda, se paró para esperarla:
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