Siempre volvían a jugar entre los helechos de Moraime y siempre les parecía encontrar huellas de los caballos de los reyes suevos, aquellos que desde el siglo XII se coronaban en San Xian y que llegaban en cortejo desde remotos lugares de Galicia.

A veces, jugando al escondite su primo Xurxo salía corriendo como alma que lleva el diablo, pues aseguraba haber visto algún jinete del séquito real y la leyenda contaba que se llevaban a los niños rubios para convertirlos en esclavos.

En todo eso pensaba mientras velaba a Dosinda en su casa amplia y casi hidalga, llena de gente que dialogaban en ese tono tan propio de lo velatorios, a medio camino entre el respeto, la devoción de algunos y el empuje vital de recordar anécdotas divertidas de la finada.

Pasó la madrugada y con el alba la separación física era inminente.
Y ahora Finderina seguía la lenta comitiva que acompañaba a Dosinda hacia su reposo merecido después de tanta galerna. Había amanecido nublado sobre el pequeño cementerio.

Bajo los castaños, que tantos de sus cuentos habían atendido, discurría la extensa comitiva, entonando cantos, musitando rezos parecía dar calor a Finderina y la empujaba a bajar la cuesta, con el fondo de la bahía, con las piedras severas del camino.

 

Era una señal, una metáfora de emprender el regreso. Y lo hizo. Lo hizo recogiendo la casa, ayudada por Seiruga y algunos parientes lejanos, ordenando a la guardesa cuando debía podarse el jardín, como debía mantener la limpeza de la enorme biblioteca, cerrar los archivos cuando ventilara el estudio. Cosas obvias, formalidades que la mujer conocía con exactitud, pero que Finderina las repetía para recordárselas a ella misma, como procurando que su voz retumbara en la estancia. Como para pensar que las ánimas, que pululan en la Costa da Morte por las lareiras, llevaran el dictado al castaño bajo él que Dosinda dormía sin límite a sabiendas de que su Findiña, como la llamaba, se hacia cargo de las cosas.